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En tierra de nadie

por | Dic 19, 2020 | 0 Comentarios

Por Ana Landeta Fernández

«…ni dirán: Helo aquí, o helo allá;

porque el reino de Dios entre vosotros está…»

Lc 17,21

Rudy tenía 21 años. Estaba cansado… Vivía en un pequeño pueblo al sur de Alemania con sus padres y sus 4 hermanos. Él era el mayor. Navidad siempre había sido su época favorita del año. Todo el mes de diciembre le parecía haber una luz irradiando el lugar: la nieve, los Weihnachtsmärkte, las luces en los árboles de Navidad, el olor de comida navideña (especialmente el del Glühwein y el de las Plätzschen), las velas, la iglesia, los niños caminando, cantando en coro; los niños corriendo, persiguiéndose unos a otros, con sonrisas y mejillas coloradas… Rudy había sido siempre uno de aquellos niños, y aún lo era en espíritu. Este año, sin embargo, la pasaría de manera muy diferente, aún le costaba asimilarlo. Jamás había pasado Navidad fuera de casa; ahora —le habían dicho— se encontraba en alguna parte de Bélgica. 

Creía entender la razón por la cual esta Navidad la pasaría junto a una multitud de muchachos y hombres enlodados y malolientes; entre cucarachas, ratas y ocasionales animales de rapiña. Escuchando, en vez de cantos, alaridos; oliendo, en vez de mantequilla, azúcar y frutas, una hediondez terrible; viendo no luces, sino azufre, polvo y caos. Sin abrazos, risas ni tertulias. Y al final, detrás de todo, un silencio sepulcral, donde no quedaba espacio para la piedad o la caridad. Creía que el sacrificio valdría la pena; necesitaba confiar en que así sería. 

Durante su tiempo lejos, había habido diversas cosas que le hacían recordar su hogar; como por ejemplo, su nuevo amigo Thomas de Hannover, que tenía el pelo y la mirada siempre alborotados, justo como su hermano más querido, Hans; pero sobre todo, lo que le hacía recordar su hogar era lo que no sucedería jamás si estuviera allí; como por ejemplo, a Thomas, de tan solo 19, tan vigoroso en cuerpo y en espíritu como alguien podía estarlo, lo habían declarado muerto hacía una semana. Aún no había podido encontrar el cuerpo, pero necesitaba, ¡cómo necesitaba hacerlo!: cerrarle los ojos, alzar una oración por él sentado a su lado, acariciar su pelo indomable, y decirle «auf Wiedersehen», aunque su amigo ya no viera nada y a Rudy le fuera imposible asimilar la posibilidad de un escenario en que lo veía de nuevo…

                                        *                  *                  *

La noche, sosegada, imperceptiblemente, iba dejando paso a la luz: ya era Navidad. Rudy se había prometido no dejar que nada perturbara el ánimo esperanzado y cálido que siempre tenía durante ese día más que en cualquier otro del año, pero le estaba pareciendo imposible si quiera hacerlo surgir. Y es que estaba en una trinchera. Le daba lo mismo si le asignaban granadas, un lanzallamas, un cuchillo o un fusil: cada cual tenía su propio modo siniestro de lacerar al ‘enemigo’; con cualquiera se sentía igualmente miserable, igualmente despreciable… ¡Cómo lo habían hecho sufrir aquéllos; cómo él les había pagado con la misma moneda! ¿Qué se suponía que debía pensar de sí mismo y de sus compañeros? ¿qué del ser humano? Deseaba tener sólo un momento para aclarar su mente… pero ¿ya qué más daba?; ya demasiado había sido hecho, y todo era irreversible. Sentía una especie de vaho invadir su ánimo. Se alarmó al experimentarlo no como algo proveniente de fuera, sino como algo para lo cual su espíritu había sido tierra fértil, algo que estaba echando raíces y con ellas lo empezaba a envolver. Quería fervientemente salvarse de ese hastío y frialdad fatales.

Nauseabundo, se incorporó del pedazo de tierra en que había dormido los últimos 8 días. Todos dormían. Encontró que estaba empapado de sudor; le punzaba la cabeza; se le había formado un nudo en la garganta. Debía calmarse. Caminó unos cuantos pasos a su izquierda y trepó fuera de la trinchera. Se sentó a su orilla, con los pies estirados y recargando su peso sobre sus brazos. Respiró hondo varias veces, mientras observaba el cielo que se aclaraba. Intentó tararear su villancico favorito, que siempre le evocaba los agradables momentos en que lo había cantado. Siguió respirando, hondo, lento, suave… poco a poco su mente iba logrando imitar el estado de ese cielo al que emulaba. Por un instante, sintió paz. 

 Sonrió. Se le había ocurrido una idea.

 
*                  *                  *

Había cruzado ‘la tierra de nadie’. Era aún muy temprano. Vio a alguien despierto. Era un joven, que fumaba con la mirada perdida. Se acercó. «Merry Christmas», le dijo casualmente con su inglés gutural. «Merry Chris…» El muchacho se sobresaltó enormemente al ver quién le había hablado; enseguida adquirió una posición defensiva y así se quedó, esperando a que su enemigo hiciera algo contra él. Pero Rudy se quedó callado, esperando también, con las manos en los bolsillos y con una expresión que era una mezcolanza de solemnidad y pueril curiosidad. «Feliz Navidad a ti también», dijo finalmente el muchacho. Inmediatamente le soltó un brusco: «¿Qué crees que estás haciendo aquí?». Entonces Rudy —agarrándose de todo el coraje que su ánimo le concedía— logró responderle, con cabal sobriedad: «Quería proponer una tregua… sólo por hoy, por ser Navidad». El muchacho se rio de buena gana. Al ver que Rudy no cambió ni un ápice su expresión, su risa cesó abruptamente, y su expresión se congeló en estupefacción: se le quedó viendo como si estuviera loco. «Rudy Schneider», dijo Rudy, extendiéndole la mano. «Patrick Haley», dijo el muchacho estrechándosela, aún aturdido. Tras un breve silencio, Patrick le ofreció a Rudy un cigarrillo de la caja de metal donde los guardaba. «Parecías encontrarte en medio de algo cuando llegué…» dijo Rudy, aceptando el cigarrillo. Patrick le respondió: «Me temo que sí. Me encontraba en pleno desarrollo de un experimento.». «¿De verdad? ¿Qué clase de experimento?». Patrick, de repente poniéndose muy serio, le dijo a Rudy: «Sucede, que he visto tantas y tan variadas ratas desde que empezó la guerra, que se me ocurrió que intentar recordar a cada una sería una manera mucho más entretenida de intentar conciliar el sueño que el contar ovejas». Ambos rieron. 

De pronto, la siempre efervescente intriga natural de Rudy, detectando que se hallaba ante un objeto de conocimiento nuevo, pero sobre todo extremadamente raro (¡provenía de un lugar que se hallaba más allá del Continente!) —y, por tanto, que se encontraba en la frontera de un terreno lleno de conocimientos y experiencias por ella inexplorados—, comenzó a bullir incontrolablemente y, haciendo a Rudy olvidarse de la mesura que hasta entonces había procurado en el trato —haciéndole olvidar, del todo, la singular situación en que se encontraba— lo llevó a iniciar una discusión con su interlocutor sobre toda clase de cuestiones: 

«Un amigo me contó de esos lugares suyos, los ‘pubs’, que cuando estuvo en Gran Bretaña vio casi tantos como la cantidad de personas que se cruzó: ¿exageraba?» … «Así que, Alemania ¿eh? ¿Es cierto lo que dicen sobre sus bosques?» … «¿De verdad trabajabas en una fábrica? ¡Por favor, cuenta cómo son las máquinas!» … «…cumpliré 29 el siguiente mes…» … «Mi abuelo siempre me lo decía…» …  

*                  *                  *

Era difícil decir cuánto tiempo había pasado corriendo el hilo animado de su conversación pero, para cuando por primera vez se detuvo, ya había amanecido. 

Ambos llevaban ya un buen rato en silencio. Fumando. Con la mirada perdida. En cualquier momento despertarían los demás. Mientras Patrick exhalaba el humo del cigarrillo, le dio un golpecito y concentró su mirada en ver las cenizas recién desprendidas caer. Entonces dio un largo suspiro y, levantando la mirada, comenzó a decir: «En realidad, en lo que estaba pensando cuando llegaste era en lo increíble que es todo esto… que las cosas hayan cambiado tan radicalmente de un momento para otro: me está costando recordar la cara de mi novia, cómo era mi vecindad… quién era yo antes de venir acá. Incluso me está costando recordar la causa por la que estamos luchando: no las palabras —ésas nos las repiten a diario— pero el valor de su significado, ¿entiendes?
»Porque, ¿quién de nosotros puede realmente llamarse justo? Hacemos a otro lo que tememos que nos hagan para evitar que nos lo hagan a nosotros. Nadie quiere ser herido, pero parece que las condiciones de la vida nos obligan a herir. Luchamos siempre en busca de poder y de gloria, pero en el fondo todo lo que buscamos es redención; luchamos, sobre todo, por dotar de significado a esta terrible realidad: buscamos únicamente redención.
»Y nuestros respectivos compatriotas nos alzarán como símbolos… jamás se les ocurrirá que puedan estar vacíos… Y tendrán esperanza, pero una falsa esperanza, porque ignora los límites de sus posibilidades… pues las expectativas que ellos tienen —las que todos tenemos— sobrepasan por mucho lo que el ganar una guerra jamás podrá otorgarnos…

¡Cómo podría ser una guerra —por lo menos una guerra como ésta— lo que va a acabar con todas las guerras! Pero, ¿cómo pensar que contamos con otro recurso que la guerra, cuando una y otra vez aprendemos por experiencia que nuestras mismas vidas consisten justamente en que luchemos por ellas? Pero y entonces, ¿qué camino nos queda?: ¿acaso puedes pensar una crueldad más terrible que ésta?, ¿la del estar condenados a esperar lo que simplemente no podemos conseguir?

»Sé que es un pensamiento desolador, ¡lo detesto!, y nada deseo más que el que alguien me desdiga… pero, ¿quién podría, cuando contra él se alza de inmediato la brutal y contundente evidencia de la maraña de hechos que se entretejen en esta guerra? ¿Quién podría contradecirme sin menospreciarlos? Y aun si pudiera, ¡quién osaría decirlo sabiendo que con ello corre ese gravísimo riesgo!… ¡Ay!… y es que…». Y luego, silencio. Nada. De manera tan repentina como había empezado a hablar, dejó de hacerlo; sacó de su caja un nuevo cigarrillo y comenzó a fumarlo.

Rudy simplemente se le quedó viendo un momento, le dio una palmada en el brazo y con una sonrisa agria le dijo: «Entiendo lo que quieres decir». Patrick guardó silencio durante un largo rato; estaba completamente trastocado.  Llegado cierto tiempo, esto es, cuando estuvo listo para dejar correr por él libremente los efectos de la acción de Rudy, se rió y negó con la cabeza, antes de finalmente levantar la mirada y decirle a Rudy, con una sonrisa que de hecho se parecía un poco a la de esos niños correteando por las calles: «¿Sabes, amigo? Creo que después de todo no es una mala idea la tuya».

*                  *                  *

Ese día, los miembros de ambos ejércitos intercambiaron regalos, se cantaron villancicos los unos a los otros, oficiaron juntos ceremonias por sus muertos, algunos incluso se retaron a una partida de fútbol. Eso fue lo que sucedió aquella vez que se pasó la Navidad en tierra de nadie.

Soldados en la trinchera, Primera Guerra Mundial

Basado en una historia real.

Redacción

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