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Genio Femenino

por | Abr 24, 2024 | 0 Comentarios

Por Mary Jo Anderson

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“[H]a llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia,
un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora.
Por eso, en este momento en que la humanidad
conoce una transformación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.

Mensaje de clausura del Concilio Vaticano II

Los críticos de la Iglesia Católica frecuentemente se burlan de la insistencia de la Iglesia en que las mujeres tienen dones únicos para la Iglesia y el mundo.  De hecho, las exhortaciones del Papa Juan Pablo II a las mujeres, para que empleen su “genio femenino” para construir una cultura de la vida, a menudo se enfrentan con posturas inconformes dentro y fuera de la Iglesia.  El mantra trillado es que “hasta que las mujeres sean ordenadas al sacerdocio, la Iglesia es culpable de discriminación”.

¿Cómo deberían responder los católicos a estas acusaciones? ¿Cómo pueden las mujeres católicas comunicar las verdades más profundas del “efecto y poder” de la vocación femenina?

Una respuesta rápida es que es ilógico pensar que la Iglesia confiaría la enorme misión de “ayudar a que la humanidad no decaiga” a ciudadanos de segunda.  De hecho, la Iglesia ha llamado a las mujeres a ser el arma secreta del siglo XXI.  Ella necesita y busca con urgencia la participación particular y activa de sus hijas.

El poder innato del genio femenino se pone de manifiesto sólo cuando la vocación de la mujer se capta adecuadamente.  La Iglesia reconoce que la cultura de la muerte tiene éxito allí donde las mujeres abdican de su vocación única;  por tanto, llama a las mujeres a recuperar la plenitud de su vocación, la plenitud necesaria para “ayudar a la humanidad a no caer”.

Esta plenitud de la vocación femenina hace falta en el debate sobre “compartir el poder” en la Iglesia y la insistencia en la ordenación de mujeres, porque la plenitud de la experiencia humana sólo puede realizarse cuando los dones inherentes a cada género están ordenados el uno al otro.  Esta es la “verdad conocida, pero olvidada” que ha resultado espinosa para quienes critican a la Iglesia.

Dignidad y Vocación

La frase “genio femenino” se atribuye a Juan Pablo II, pero el concepto se esboza en algunas exhortaciones del Papa Pío XII, en particular a la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (1957).  El Concilio Vaticano II profundizó aun más en la actualidad de las contribuciones definitivamente femeninas a la sociedad. Sin embargo, el resumen más completo del significado de la feminidad a la luz de esta “hora” de la historia es Mulieris Dignitatem (Sobre la dignidad y la vocación de la mujer).  Promulgada por Juan Pablo II en la fiesta de la Asunción en el año mariano de 1988, Mulieris es una reflexión sobre la fuerza espiritual y moral de la mujer.  El Papa reflexionó más sobre el tema en su Carta a las mujeres de 1995, que abordó el desafío del feminismo contemporáneo y ofreció una advertencia sobre las formas de ideología feminista que son más destructivas que constructivas.

Está claro que la Iglesia ve una importancia extraordinaria en los atributos femeninos y su potencial para construir una cultura de la vida, y Mulieris ofrece a las mujeres formas prácticas de aplicar su genio femenino al mundo que las rodea.  Cuatro aspectos de esa genialidad son claves en el plan de batalla femenino para “ayudar a la humanidad a no decaer”: receptividad, sensibilidad, generosidad y maternidad.

Foto: Robin Thakur

Receptividad

Fue una mujer, la Santísima Virgen María, quien primero recibió al Hijo de Dios. La esencia del fiat de María es la receptividad femenina sin mancha del pecado original.  En la Anunciación, el cielo invita –no obliga– a María a recibir al Dios-hecho-Hombre.  Como María, todas las mujeres están llamadas a ser un “genio” de la receptividad –biológica, emocional y espiritualmente.  Los cuerpos de las mujeres están creados para recibir nueva vida, pero para ser completamente femeninas, los corazones y espíritus de las mujeres también deben ser receptivos.

La naturaleza receptiva de las mujeres es primordial para comprender el genio femenino.  La naturaleza de los hombres es generativa: los hombres están llamados a dar su vida –incluso hasta la muerte– por la defensa y protección de la mujer. Pero la naturaleza y los dones de los hombres son sólo la mitad del diseño de Dios para la humanidad.  El don de sí mismo del hombre y su forma masculina de relacionarse con el mundo se atrofian y son estériles cuando no puede entenderse a sí mismo en relación con la mujer, tanto física como espiritualmente.

En el Génesis, Adán carece de una pareja adecuada hasta que Dios crea a Eva.  Ella es como él en su humanidad pero hermosamente diferente en su modo de ser específicamente femenino.  Asimismo, ella está completa –es plenamente femenina–sólo en relación con la dimensión masculina del ser humano. Por lo tanto, los atributos masculinos y femeninos sólo pueden entenderse en relación el uno con el otro.

Así, vemos que Dios confió el futuro de la humanidad a la mujer y su capacidad de amar sacrificialmente y que la dignidad de cada mujer es completa cuando ama a la humanidad en su calidad de imagen de Dios.  En Mulieris, Juan Pablo II escribe sobre las “cualidades femeninas” de Dios que se encuentran de manera más prominente en el Antiguo Testamento (por ejemplo, “Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré” [Isaías 66:13]). Cuando la mujer trabaja desde su natural naturaleza receptiva, ella se realiza personalmente y la comunidad que la rodea es bendecida por el aspecto femenino de la experiencia humana.

 Cuando las mujeres están abiertas a recibir la vida, el mundo vuelve a florecer.

La receptividad es la base de todos los demás atributos femeninos. La mujer encuentra en cada vida algo irrepetible, algo maravilloso.  El don de sí para la mujer es un don de vida para toda la humanidad.  Cuando las mujeres trabajan de acuerdo con el principio de receptividad, fomentan políticas pro-vida y pro-familia en el lugar de trabajo y en la cultura.

Foto: Kishore Singh

Sensibilidad

La naturaleza receptiva de una mujer está en el corazón de su sensibilidad. Tener la capacidad de acoger la vida dentro de su propio cuerpo la hace estar siempre alerta a la vida interior de los demás. Antes de que el mundo conozca a este nuevo ser, ella es sensible a sus necesidades y tiene esperanzas para su futuro.

Mucha gente ve la sensibilidad como una debilidad, sin darse cuenta de que en realidad es una fortaleza, un don que tiene la mujer para ver más allá del exterior y mirar en las necesidades más profundas del corazón, sin separar nunca la persona interior de su aportación exterior.

Esta sensibilidad hacia los demás puede emplearse en el ámbito público y tener una influencia incalculable en las políticas públicas. Cuando una adolescente católica enfrentó los dictados de moda de una gran tienda departamental, la tienda escuchó su exigencia por ropa de moda que también fuera modesta. Cuando las enfermeras hablaron a favor de aumentar la nutrición de los pacientes que no respondían en los hospitales, las políticas de los hospitales cambiaron. En un número significativo de estos casos “sin ninguna esperanza”, esta mayor atención devolvió la salud a los pacientes.

Cuando las mujeres cabildean por un trato más humano de los reclusos, se modifican las leyes. Cuando las mujeres luchan contra los ataques de la industria del sexo a los valores de la comunidad, las leyes de zonificación cambian. Cuando las mujeres luchan contra los daños que ocasiona la pornografía hacia la persona humana, las políticas públicas siguen su ejemplo. (Muchas mujeres han sido engañadas con la idea de que el “trabajo sexual” debería ser legal para que una mujer pueda “elegir” degradarse a sí misma.

La Iglesia se rehúsa a permitir que las mujeres sean oprimidas de esta manera, por “legal” que sea. Nada podría ser más insensible a la persona humana que reducir los cuerpos de las personas a una mercancía para ser vendida. Si las mujeres no usan su sensibilidad para oponerse a esto, un nuevo “Mundo feliz” de canibalismo clínico se cierne ante nosotros: úteros de alquiler, órganos humanos en venta, seres humanos clonados a los que se les quitan partes como a un coche viejo.) La Iglesia insta a las mujeres a ejercitar su sensibilidad para recuperar la conciencia de la humanidad de cada persona.

Las mujeres pueden mostrar a la sociedad, tanto pública como privada, cómo ser abiertas, receptivas y sensibles a las necesidades humanas más profundas.

Foto: Charan Sai

 Generosidad

La capacidad de generosidad de una mujer está íntimamente ligada a su naturaleza receptiva. La generosidad hace que una mujer esté disponible para las necesidades de su comunidad y de su profesión, necesidades que van mucho más allá de la eficiencia operativa.

El primer acto de generosidad es acoger una nueva vida, y en esto María es nuestro mejor ejemplo. Pero los Evangelios están repletos de relatos de mujeres generosas. Por ejemplo, la historia de la ofrenda de las dos moneditas que depositó la viuda recuerda a las mujeres contemporáneas que el tamaño de nuestra ofrenda es menos importante que la orientación de nuestro corazón. Y la mujer que ungió a Jesús con el perfume precioso nos enseña a reconocer el valor humano por encima del valor material.

La generosa hospitalidad de Marta y María tiene un atractivo universal para todos los que anhelan la calidez de la comunión humana. Los críticos que confunden su generoso servicio con servidumbre no entienden el punto: Jesús muestra un gran interés en la vida de las mujeres y su entorno, y las invita a participar en su obra. Su deseo de comunión humana es satisfecho no sólo por los apóstoles sino también por mujeres como Marta y María. Esto se demuestra en su profundo intercambio espiritual e intelectual con Marta (Juan 11:21-27). Jesús confió en los corazones generosos de las mujeres su propia necesidad humana de hospitalidad, apoyo y comprensión de su misión.

La Iglesia percibe el grave peligro de la propaganda que seduce a las mujeres para alejarlas de su naturaleza inherentemente generosa y sostiene que todos los niveles de interacción humana se benefician de la influencia de las mujeres como mujeres –es decir, de acuerdo con su auténtica naturaleza femenina. Esa generosidad natural, un arma contra el cientificismo deshumanizador, se manifiesta cuando las mujeres enfatizan las dimensiones sociales y éticas para equilibrar los logros científicos y tecnológicos de la humanidad (ver Carta a las Mujeres 9).

Foto: Mario Cuadros.

Maternidad

El misterio de la maternidad no se puede agotar ni capturar con palabras, pero ha sido descartado por algunas mujeres que creen erróneamente que la igualdad se logrará borrando las diferencias entre hombres y mujeres. Algunas querrían que las mujeres emularan los rasgos masculinos para lograr la igualdad, pero el triste resultado de ese enfoque ha sido una disminución de los auténticos aspectos femeninos de la familia humana.

Juan Pablo II escribe que la mujer ejerce “una maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la personas y en el futuro de la sociedad” (Carta a las Mujeres 9). También destaca la maternidad, biológica y espiritual: “La mujer es más capaz […] de dirigir su atención hacia la persona concreta” (Mulieris Dignitatem 18).  Este rasgo singular –que la prepara para la maternidad, no sólo física, sino también afectiva y espiritualmente– es inherente al designio de Dios, que confió el ser humano a la mujer de manera muy especial (cf. ibíd., 30).

Juan Pablo II entiende que es esta orientación maternal la que construye comunidades cohesionadas y que afirman la vida.  Es la influencia materna la que promueve la unidad dentro de las familias y es la génesis de la paz en toda la familia humana.

Mary Ann Glendon –esposa, madre y profesora de derecho en la Universidad de Harvard– recordó a las mujeres que:

Vamos a pedir una transformación cultural. Brindar cuidados, lo cual merece todo el respeto, es una de las formas más importantes del trabajo humano [y también resulta fundamental] la reestructuración del mundo del trabajo de tal manera que la seguridad y el progreso de las mujeres no tengan que ser a expensas de la vida familiar.

Catholic.org
Foto: Cliff Booth.

 El tiempo es ahora

La Iglesia ha puesto un enorme énfasis en el papel de la mujer en esta hora de la historia.  La cultura de la vida simplemente no se puede construir sin la influencia de las mujeres.  Afortunadamente, la esperanza en las mujeres como agentes de esta restauración está bien fundamentada en un hecho demográfico clave: las mujeres, como nunca antes en la historia, ocupan posiciones cruciales en la plaza pública. Los avances que las mujeres han logrado profesional y culturalmente las colocan a ellas y a su “genio femenino” en el epicentro del cambio social. Las mujeres pueden abrir nuevas perspectivas para la cultura de la vida desde sus lugares de autoridad y poder de en una sociedad que valora los derechos de las mujeres. Por supuesto, solo las mujeres con una formación y una comprensión de su genio femenino podrán lograr esos cambios.

El Papa Juan Pablo II escribe que “la mujer tiene un genio propio, que es vitalmente esencial tanto para la sociedad como para la Iglesia”.  Así, “han de considerarse profundamente injustas, no sólo con respecto a las mismas mujeres, sino también con respecto a la sociedad entera, las situaciones en las que se impide a las mujeres desarrollar todas sus potencialidades y ofrecer la riqueza de sus dones.” (Mensaje del Ángelus del 23 de julio de 1995).

En última instancia, el genio femenino se centra en el acto redentor de Jesucristo. Alice von Hildebrand comentó que “cuando la piedad se extingue en las mujeres, la sociedad se ve amenazada en su tejido mismo, ya que la relación de una mujer con lo sagrado mantiene a la Iglesia y a la sociedad en equilibrio, y cuando se rompe este vínculo, ambas se ven amenazadas por una total caos moral”. (First Things, abril 2003, 37)

Las mujeres que deseen tomar su lugar en esta guerra por la vida deben anclar sus esfuerzos en la Eucaristía, que “expresa el acto redentor de Cristo” (Mulieris Dignitatem 26). Son las mujeres, unidas a Cristo eucarísticamente, las que tienen el poder y la perseverancia para extender esa redención a la sociedad en su forma única y femenina.


Mary Jo Anderson es editora colaboradora de Crisis y forma parte del consejo editorial de Voices (la revista de Women for Faith and Family).  Vive con su esposo en Orlando, Florida.


Traducción: Irene González Hernández. Este artículo apareció en Catholic Answers, Inc. en Agosto 2005. Agradecemos la autorización de Mary Jo Anderson y Catholic Answers para traducir y publicar este artículo.

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