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Heridas de guerra

por | Abr 1, 2022 | 0 Comentarios

Foto de portada: Infantes de marina argentinos en la toma de las Malvinas 1982.

Este 2 de abril se cumple un sentido aniversario: 40 años del inicio de la Guerra de Malvinas entre la República Argentina y el Reino Unido. 

Tras un largo historial de reclamos territoriales, Argentina, bajo el gobierno de facto de la dictadura de la Junta Militar, inició acciones bélicas con el fin de recuperar la soberanía de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. Hacia finales de junio de 1982 la guerra finaliza. La ocupación inglesa prosigue en los territorios en disputa. Pero el conocido “Conflicto del Atlántico Sur” sigue vigente de múltiples maneras

Islas Malvinas vistas desde Google Earth.

No se trata aquí de analizar la justicia de las demandas diplomáticas. Tampoco se trata de juzgar las estrategias militares utilizadas. Ni siquiera de rememorar los detalles históricos de su desenvolvimiento. Ni de retratar el controvertido perfil de los respectivos líderes políticos de ambos países, Leopoldo Fortunato Galtieri y Margaret Thatcher, que llevaron adelante esta contienda. 

Siete años tenía yo cuando se desató la guerra. Lejísimos estaba de la zona de conflicto. Difícil es describir con exactitud las vivencias totales de esos días, pero euforia, exaltado patriotismo, ansia de victoria, se encontraban entre ellas, exacerbadas como siempre por la mano de la propaganda oficial.  Pronto el insensato orgullo se trocó en desazón. La guerra se perdió y con ella cientos de irrecuperables vidas.  

Cementerio argentino de Puerto Darwin. Foto: Tomás Terroba

Recuerdo haber ido con mi familia a despedir un tren que trasladaba soldados rumbo al lejano sur. Les llevamos algunos chocolates y revistas para acompañarlos de alguna manera en su travesía. Para mí eran hombres enormes. Pero muchos eran muchachos muy jóvenes, algunos con ojos aún adolescentes, que con valiente arrojo se enfilaban hacia esas frías tierras australes, casi míticas, donde habrían de conocer cara a cara la extrema aspereza del combate. 

Jamás sabré si alguno de ellos regresó. Jamás conoceré los rostros aún llorosos de las madres y los padres que los aguardaban. Pero sí me tocó conocer más de cerca la historia de una compañera de escuela, por un lado, y la de un amigo, por otro, ambos niños entonces de mi edad, hoy adultos, que habrían de crecer en la dura ausencia de sus respectivos padres, muertos en aquellas islas.

Y de eso se trata ahora aquí: se trata de hijos, se trata de padres, se trata de hermanos, se trata de nietos, se trata de vecinos, se trata de amigos, que esa guerra jamás devolverá. 

Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

Hoy nos toca presenciar, aún de lejos, otra vez más el mismo desgarro que la guerra provoca. Hace apenas poco más de un mes, en Ucrania, había mujeres y hombres ocupándose simplemente de las cuestiones de su vida cotidiana. Hoy lo cotidiano para ellos es la muerte. Allí hoy hay familias, barrios y ciudades enteras sumidas en la desolación. Y tanto en Ucrania, como en Rusia, hay madres y padres, hijos e hijas, hermanos y hermanas, que jamás recuperarán a sus seres queridos. 

No sabemos aún cuál será el desenlace de este desastre, ni el de las demás guerras aún activas en otras partes del planeta. Lo que sí sabemos es que, si alguna vez terminan y un día se llegara a conmemorar los 40 años de su fin, al igual que con las de Malvinas, todas esas heridas de guerra, seguro aún no habrán sanado. 

Cementerio argentino de Puerto Darwin. Foto: Chris Harris
Mariana Barry

Mariana Barry

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