Leer Magnifica Humanitas desde perspectivas no cristianas y no católicas: un recordatorio sobre la lentitud de la sabiduría.

Es necesario que, como católicos formados intelectual y prácticamente, guiemos a quienes no poseen las coordenadas de nuestro movimiento más que intelectual ante problemáticas tan sorprendentes como la Inteligencia Artificial.

“Todo se hace demasiado pronto. Y todo retraso es educador.”

— Jean Guitton, 1962.

Veo cómo muchos reaccionan casi en tiempo real a Magnifica Humanitas de León XIV. Y sin afán de juzgar banalmente, más bien hago el ejercicio de intentar recordar algunas cosas que la tradición que he estudiado me trae a expresarme.

Me pregunto si, en medio de tanta velocidad, todavía queda espacio para observar lentamente que en la encíclica permanece algo de aquello que la humanidad lleva siglos intentando, no tanto comprender, sino aplicar en nuevas circunstancias.

Este problema desata otro más interesante: ¿puede entenderse esta encíclica desde un punto de vista no cristiano? Más aún, ¿desde uno no católico?

Un cristiano tiene cierta conciencia de la historicidad de su fe. Dependemos de algunos testimonios y de la preservación de un conjunto de prácticas que conforman una ética cristiana.

Así, el catolicismo surge como respuesta a la interrogante sobre cómo guiarse dentro de una tradición cristiana que es, propiamente, pluralista, sin importar la opinión de quien sea. Esto es un hecho. El catolicismo intenta orientar respecto a cómo vivir una ética cristiana y cómo preservar sus doctrinas, entendidas como el conjunto de hechos revelados pasados, presentes y futuros.

Sin dar más rodeos, es indudable que buena parte de lo que hoy reaparece en la encíclica ya fue pensado antes por filósofos, religiosos y personas sabias mucho antes que nosotros. No tratar a alguien como medio no es una invención kantiana; podemos ir más atrás. Aristóteles creía algo semejante, aunque sólo en la medida en que uno fuera señor de sus actos, condición privilegiada y probablemente accidental. Los estoicos antiguos quizá estuvieron más cerca de esa premisa.

Francisco de Vitoria (1483–1546) y Bartolomé de las Casas (1484–1566) fueron dos escolásticos católicos que defendieron que los indios de las tierras conquistadas eran plenamente humanos, tal como ellos mismos. Pero, como ironizaba Borges, la solución terminó siendo traer esclavos negros para trabajar en las minas.

Pero el modo de leer esta encíclica requiere algo crucial que no puede pasarnos desapercibido como católicos que intentamos guiar a quienes no lo son. En el catolicismo hay algo eterno en una historicidad originaria que persiste en nuestros modos de vida tan añejados; no permitimos modificaciones substanciales, pero sí nuevas formulaciones y aplicaciones para nuevas épocas.

Como católicos no carecemos de ley. Cristo no vino a abolir la ley. Pero también es evidente que no todo puede preverse desde ella. Su espíritu —el amor— es aquello que la ley cristiana busca preservar y lo que la mantiene viva.

Dado que somos humanos —o al parecer ya no demasiado humanos, sino ¡magníficamente humanos!— estamos ansiosos por publicar primero respecto a la novedad. Esto es bueno. Pero los retrasos son educadores. Sólo sugiero cultivar la paciencia de quien sabe que ciertas verdades requieren tiempo, pues a veces se comprende más de lo que puede digerirse y aplicarse.

Hegel decía que “el búho de Minerva”, que personifica la sabiduría, “emprende su vuelo al caer el crepúsculo”: entendemos realmente las cosas cuando ya han ocurrido. La comprensión necesaria, ni siquiera profunda, siempre llega más tarde que las palabras mismas que traen la primera idea o los acontecimientos.

Por otro lado, William James advertía algo todavía más notable: muy pocos tienen verdadero derecho a cambiar la moral de una sociedad, porque la moral no nace de la espontaneidad, sino de hábitos humanos construidos lentamente a través de generaciones y circunstancias muy concretas que conducen al valiente a hablar.

Quizá por eso me inquieta la facilidad con la que hoy queremos redefinirlo todo en cuestión de minutos. Señalar la supuesta novedad radical de una nueva encíclica muchas veces ignora que, en el fondo, se trata de viejas formas de pensar expresadas nuevamente para tiempos distintos.

Es necesario que, como católicos formados intelectual y prácticamente, guiemos a quienes no poseen las coordenadas de nuestro movimiento más que intelectual ante problemáticas tan sorprendentes como la Inteligencia Artificial. Aunque quizá no lo sean tanto a la vista de un cristiano, que se caracteriza por vivir en este mundo en vista de otro; de la novedad temporal, en vista de la revelación desde la eternidad.

Y no: mi afirmación es tajante. Esta encíclica no puede leerse plenamente, he ahí el matiz, desde un punto de vista no cristiano, ni tampoco no católico. Para el católico —y para algunos cristianos— no aparecerá aquí una novedad radical ni un mero enfoque técnico, sino más bien la claridad renovada de la importancia de la tradición católica en la historia de la humanidad como una de las luces que orientan. Una aplicación más de los principios de la doctrina social cristiana a la Inteligencia Artificial.

Pero ello no impide que pueda servir como guía en los asuntos magníficamente humanos que hoy nos conciernen.

En esta dirección, el pluralismo dentro de la sociedad puede convivir con la verdad en cierta convergencia en asuntos prácticos. Un ejemplo claro fue la Declaracion de Derechos Humanos de 1948. Pero esta convergencia práctica no es posible si no se comprende cada forma de vida y de creencia como un camino que debe trazarse en un mapa. Las ideas no flotan fuera de las formas de vida; y esto no es una limitación, sino una pauta de lectura para esta nueva enclíclica de Leon XIV, que va dirigida a «toda la gente de buena voluntad».

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