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Lo mexicano es una vivencia: Conversación con José Manuel Cuéllar

por | Sep 15, 2021 | 0 Comentarios

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A finales de agosto se celebró el centenario del filósofo mexicano Emilio Uranga (1921-1988) discípulo de José Gaos y parte del grupo Hiperión, junto con Ricardo Guerra y Luis Villoro. Los hiperiones tenían influencias del Existencialismo y la Fenomenología; y querían estudiar el ser de lo mexicano. Para celebrar el centenario de Uranga se organizó un coloquio y se escribieron varios textos; un buen amigo, me compartió dos artículos, uno de ellos era “Emilio Uranga: genio olvidado de la filosofía” de José Manuel Cuéllar.

Uranga reflexionó constantemente sobre lo mexicano en sus obras Análisis del ser mexicano y Ensayo de una ontología del mexicano; en las que acuñó términos como “nepantla” y “zozobra” que hacen referencia al modo de ser del mexicano. Nepantla es estar en la disyuntiva entre dos términos, la neutralidad entre el sí y el no, el centro, el punto medio de un movimiento oscilatorio. La zozobra, un término muy poético e inspirado en López Velarde, alude a una experiencia insoportable: ser y encontrarse en lo accidental, contingente, finito, ambigüedad e incompletud; la zozobra es reconocerse herido y desgarrado para aceptar el dolor. Sin embargo estos términos no son únicamente mexicanos, sino que pueden comprenderse como una experiencia universal humana.

Es septiembre, el mes más adecuado, para preguntarnos sobre la vivencia de ser mexicano. Porque no basta con desempolvar las banderas y colocarlas en los edificios, las puertas, las ventanas, los coches y hasta en nuestra cara; es necesario detenernos a reflexionar sobre la esencia que nos une como nación. Y no basta con desempolvar la bandera, sino que hay que leer de nuevo al patrimonio intelectual mexicano: a los poetas, los literatos y los filósofos. 

José Manuel es Maestro en Filosofía de la Cultura por la UNAM y Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Sus intereses filosóficos, culturales y literarios lo vuelven un muy buen conversador. Por su juventud y trayectoria, bien se puede observar que está dejando huella en el círculo intelectual mexicano. 

Cuéllar es autor de La Revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI (Ariel, 2018); editor y compilador del libro La exquisita dolencia. Ensayos de Emilio Uranga sobre Ramón López Velarde (Bonilla Artigas, 2021). 

Ha escrito tres novelas y las tres han sido premiadas: El caso de Armando Huerta (Premio Nacional Luis Arturo Ramos 2009), El club de las medias rotas (Premio Elefante de Novela 2010) y Ciudademéxico (Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2014). 

Ha publicado varios artículos, académicos y culturales, lo que muestra su versatilidad de pensamiento, que puede dar saltos desde la rigurosidad de los argumentos académicos, hasta la liviandad que produce una buena pluma. José Manuel sigue el consejo de su filósofo de cabecera: es necesario escribir con estilo. 

Portada “La revolución inconclusa”
de J. M. Cuéllar.

Además de filósofo eres literato, ¿qué autores han influido en tu vida y te han formado? Y aunque es muy difícil de responder, ¿cuál es tu libro preferido y que sin duda recomendarías?

En la adolescencia deglutí con fruición todos y cada uno de los libros de Carlos Fuentes y de Gabriel García Márquez. Del primero me llamaban la atención sus digresiones sesudas sobre la realidad nacional. Creo que experimenté algo parecido a un sentimiento de arraigo o a una inquietud por México recorriendo a galope las páginas de La muerte de Artemio Cruz o los cuentos de El naranjo (“Las dos orillas” me impresionó profundamente). Con Gabriel García Márquez tuve una experiencia distinta. Con él aprendí que el lenguaje es una especie de materia dúctil y que en cada anécdota nimia se oculta una epopeya digna de narración. En Crónica de una muerte anunciada el autor nos lleva de un personaje y de un tiempo a otro sin que apenas nos demos cuenta. Esto, a mis quince años, me parecía un acto de prestidigitación. En mi cumpleaños número 20 recibí dos libros: Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, y La muerte de Virgilio, de Hermann Broch. No tenía idea de que el flujo del lenguaje y el flujo de la conciencia pudieran fundirse de ese modo tan extraordinario. Más tarde me di de bruces con la Ética de Spinoza. La desgrané con paciencia textualista. Esa lectura me llenó de satisfacciones. Fue una conquista en toda regla. Fue como escalar el Everest. Así lo sentí en su momento. 

Así como tras una conferencia de Alfonso Reyes, Emilio Uranga decidió estudiar filosofía, ¿qué es lo que te llevó a estudiar filosofía? 

Tengo una imagen grabada en la memoria: la del Dr. Héctor Zagal entrando a un salón de la Prepa UP, detenerse unos instantes en el umbral a observar a su espantada audiencia y soltar a quemarropa la primera tarea del curso: “Para el siguiente lunes un reporte de la Ilíada”. Me tomé muy en serio la tarea. Acabé exhausto, como si hubiese corrido un maratón. Al lunes siguiente, el Dr. Zagal recolectó las tareas, nos miró por encima de sus anteojos y dijo: “Para el siguiente lunes un reporte de la Odisea”. Al mes ya me sentía un atleta olímpico.

Detrás de cada alumno ha habido algún profesor que influyó en el desarrollo intelectual y personal de su estudiante. ¿Quiénes han sido tus mentores y qué aprendiste de ellos?

Luis Patiño me introdujo a la figura de Emilio Uranga en un curso de la UNAM. Adolfo Castañón me enseñó el arte de editar y anotar un texto. Mientras trabajaba en el diario alemán de Emilio Uranga no podía menos que sentirme como una especie de miniaturista. Así de delicado y artesanal era el trabajo. Guillermo Hurtado ha sido un guía sumamente atento. Cada conversación con él –y conversamos muy seguido– me descubre líneas de investigación. De él he adoptado la convicción metodológica de que no hay ideas aisladas y desencarnadas. Lo que hay es, en cualquier caso, un “clima de ideas”. 

Guillermo Hurtado te nombra el experto en Emilio Uranga y en tu libro La revolución inconclusa (Ariel, 2018) analizas su papel como artífice de la ideología priista. También lo describes como un hombre de inteligencia endemoniada y promesa de la filosofía. ¿Cuál consideras que es su mayor aportación filosófica?

Estoy escribiendo todo un libro para dar cuenta de sus aportaciones (porque son muchas y muy fecundas), pero para decirlo muy apretada y provocadoramente: Emilio Uranga acuñó un nuevo filosofema, “el-ser-para-el-accidente”, que se parece en algún sentido al “ser-para-la-muerte” de Heidegger (Sein zum Tode), pero con una notable ventaja: no sólo suena menos tétrico, sino que pone en primer plano la libertad (y, por consiguiente, la responsabilidad) que ostenta toda persona. Uranga nos obsequió con una brillante lectura de Ramón López Velarde. El poeta de Jerez aparece ante nosotros como el gran pensador de la intersubjetividad (por encima de Husserl). Términos como “zozobra” o “nepantla” siguen dando de qué hablar y siguen mostrándose muy eficaces a la hora de pensar identidades fronterizas, ambiguas o no binarias. El estilo literario de Uranga vale por sí solo como una aportación. “No hay que escribir bien, sino con estilo”, llegó a declarar Uranga y su prosa lo demuestra. Pensar no equivale a escanciar ideas en un molde. Uranga aprovechó sus columnas en el periódico para desarrollar una concepción “originaria” de la Revolución como gesta humanista. En fin. Sus aportaciones son muchas. 

Portada del libro “La exquisita dolencia: Ensayos sobre Ramón López Velarde” de Uranga. Edición J. M. Cuéllar.

La filosofía mexicana ha sido relegada incluso dentro de México y sin embargo hay autores que además de reflexionar sobre el ser del mexicano escriben muy bien, como Vasconcelos, Paz, Ramos, Uranga y otros. Pero a veces parece que la filosofía mexicana se entiende únicamente a partir de categorías de lo mexicano. ¿Consideras que esta filosofía puede entenderse también a partir de términos universales? Y ¿cuál sería una de sus aportaciones más importantes?

Habría que hacer una larga parada en cada una de esas estaciones (Vasconcelos, Paz, Ramos, Uranga). Basta quizá con decir que para todos ellos “lo mexicano” no era el punto de llegada sino el punto de partida. Todos ellos denunciaron sin ambages la experiencia de la exclusión (del mexicano, pero también de cualquier pueblo oprimido), el imperialismo cultural, la mecanización de la condición humana. Todos ellos sintieron como propia la responsabilidad de sacar adelante al país y de promover transformaciones morales. Muchas veces no comprendemos esto y los juzgamos. A mí, por lo menos, se me dificulta entender qué significa que un filósofo tenga una vocación moral y pretenda en un mismo gesto inmiscuirse en los debates de la plaza pública y profanar las bóvedas de la conciencia de sus lectores. 

Quizá es un poco injusto preguntarte lo siguiente, porque da para un análisis complejo y detallado, pero en pocas y sencillas palabras ¿cómo definirías lo mexicano?

“Lo mexicano” es un quehacer colectivo, una manera de ser, una decisión que debemos tomar a diario y que exige de nosotros acción y compromiso. “Lo mexicano” no es lo mismo que la “mexicanidad”. No tiene nada que ver con banderines de colores y chinas poblanas. “Lo mexicano” es una vivencia. En el caso de Uranga, la vivencia de una accidentalidad y una insuficiencia constitutivas. “Lo mexicano” es un modo de abrirse a la mendicidad y a la modestia de la condición humana. De aquí que “lo mexicano” no sea una gaveta que nos peculiariza sino un “canal de riego”. “Lo mexicano” es justamente aquello que no se elabora ni se define en el escritorio de un “filósofo docto”. 

Cambiando un poco el tema. El debate político contemporáneo parece vacío de contenido, se enfoca más en las formas que en el fondo; esta deficiencia de los políticos mexicanos, aunados a otros problemas como la corrupción, ha generado escepticismo y apatía. ¿Qué consejo le darías a los jóvenes mexicanos contra la apatía política?

He dicho en otros lugares que los mexicanos –jóvenes y no tan jóvenes– debemos recuperar el suelo de la historia y de la filosofía. El enemigo a combatir es la desmemoria y el adanismo, es decir, la desconcertante sensación de que somos los primeros hombres de la Creación y de que no existe nada por encima de nuestro hombro. Hay que desempolvar a nuestros maestros espirituales, cuidar de nuestro patrimonio, cultivar el sentimiento de pertenencia a una tradición que nos desborda, escapar despavoridamente del letargo academicista y hacer uso de las nuevas –ya no tan nuevas– vías de comunicación. 

Finalmente quisiera saber ¿tienes un nuevo proyecto en puerta y es posible que nos hables un poco sobre ello?

Estoy escribiendo la biografía intelectual de Emilio Uranga (ya casi acabo). Está por publicarse el diario alemán de Uranga (1954-56), junto con la correspondencia a Luis Villoro y la correspondencia cruzada Uranga-Reyes. Acaba de salir un libro que tuve el gusto de editar y compilar: La exquisita dolencia (Bonilla Artigas, 2021). Se trata de los ensayos que Uranga dedicó a López Velarde a lo largo de tres décadas. No todo es Emilio Uranga. He estado escribiendo papers sobre el Conde de Keyserling (me parece escandaloso que no se reconozca su influencia en la filosofía mexicana), sobre las interpretaciones filosóficas de la Independencia, sobre Antonio Caso (“el Maestro de la cabellera leonina”), sobre el discurso de Ávila Camacho y hasta sobre la pandemia y sobre la 4T… Pero lo que de verdad quiero es volver a escribir una novela. 

Andrea Fajardo

Andrea Fajardo

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