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Una mexicana muy flamenca: Conversación con la bailaora Carmen Bautista

Una mexicana muy flamenca: Conversación con la bailaora Carmen Bautista

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No es mi intención escribir sobre los orígenes del flamenco, que además bastante depende de especulaciones históricas o elaborar un análisis sobre el ritmo, la división de las estrofas o los palos. No soy especialista en música y mucho menos de este arte en particular y por eso prefiero dejar a los más versados su estudio.

El flamenco es Patrimonio Cultural Inmaterial y quizá una de las artes más representativas de España. Y es que en el imaginario colectivo cuando mencionan a España, te piensas que todas las mujeres van por la calle con los vestidos de puntos de colores, flores, peineta y mantilla… con el traje de flamenca, en pocas palabras, como si siempre fuera la Feria de abril. Y te imaginas a todos apretujados en las casetas bebiendo rebujitos, comiendo un pescaíto y bailando sevillanas con mucho arte.

En esta ocasión quiero reflexionar sobre el arte como esperanza de futuro. Una problemática urgente es la niñez marginal: aquellos niños que por no tener mayores opciones y esperanzas se ven volcados hacia la calle. Una calle que no les promete un buen presente y mucho menos un mejor porvenir. En los barrios marginales la educación ya es un lujo y las actividades extraescolares son casi impensables. Sin embargo, algunas personas se lo han pensado muy bien para atraer a los niños fuera de los peligros de las calles.

Remedios Málvarez muestra en su documental Alalá, que significa “alegría” en calé, como el arte del flamenco ha preservado a varios niños del barrio más conflictivo de Sevilla, el polígono sur, de la calle. El Centro Cívico El Esqueleto y la fundación Alalá, ideada por el guitarrista Emilio Caracafé instruyen a los niños en el canto, la danza y la guitarra. La población es principalmente calé y el flamenco corre por sus venas. Así es como los niños, que quizá no se convertirán en cantaores, bailaores o guitarristas, pueden mirar con mayor esperanza al futuro. Sin embargo, esta no es la única iniciativa. En otros lugares se emplearán otros métodos, actividades, deportes o cursos; pero todos tienen la finalidad de evitar que los niños caigan en la vida “fácil” de la calle.

Esto no significa que por ir a una escuela ya automáticamente serán salvados y tendrán una mejor infancia; sería demasiado inocente creerlo. Pero lo que puede lograr un buen maestro es infundir en un alumno una gran pasión que le ayude a direccionar su vida. Ayudarles a encontrar un futuro, acompañarlos cercanamente para que tengan confianza en sí mismos.

Con la idea del baile, que forma en la disciplina y la educación como la base para un futuro con mayores perspectivas es que pensé en conversar con Carmen Bautista, quien es bailaora y docente. Carmen ha bailado en Zurich, Viena, Sevilla, en varias ciudades de Italia y en México; y combina con su arte muy flamenca el arte de la docencia. Carmen ha inspirado a varias niñas en el baile, con una mano segura, firme y amistosa les ha enseñado a creer en ellas mismas a través del baile.

Carmen, gracias por conversar conmigo para Spes. Ya desde hace varios años dejaste México para vivir en la capital del flamenco. Haz hecho giras por diferentes ciudades europeas y México. Eres bailaora y docente, por lo que además de bailar en un tablao, también enseñas. Tu carrera, como bailaora, va viento en popa, pero en lo personal, ¿qué tal llevas la vida cotidiana como expatriada?

Llevo cuatro años, ya voy por el quinto. Creo que Sevilla es el Disneylandia del flamenco. Ya hice raíces. Al principio es un poco extraño llegar a un lugar completamente nuevo y acostumbrarse a todo, desde lo más simple como el cambio de dinero: como dejar de pensar que cuarenta euros equivalen a cuarenta pesos. Pero puedo decir que ya tengo una familia: los amigos que he hecho.

Me alegra que te encuentres bien en Sevilla y sobre todo muy bien acompañada. Entrando ya en la cuestión del baile; de todos los diferentes tipos de ritmos y bailes, ¿cómo es que surgió en ti la inquietud por el flamenco?

Desde que era pequeña estuve en clases de baile: tahitiano, jazz, ballet y gimnasia, pero nunca hice flamenco. Mi escuela de baile es parte del INBA y antes de estudiar la carrera puedes tomar un nivel previo de formación básica, que dura siete años. Durante la primaria, de estos siete años, a veces me cruzaba con los chicos de la carrera de flamenco y aunque me llamaba la atención, me interesó verdaderamente hasta que tomé la primera clase.

En esta escuela te forman como docente y el último año tienes que hacer prácticas; cuando tenía once años tomé la clase de una chica que estaba por graduarse y me encantó. Y pensé que justamente eso era lo que quería hacer. A los once años tomé mi primera clase de flamenco, después de haber pasado por otros bailes, y ya no lo dejé. Desde los once años estuve segura de que quería estudiar la carrera en danza española.

Mencionas que antes tomabas clases de otros tipos de baile hasta que descubriste tu pasión por el flamenco, pero, aunque se dice que “quien mucho abarca, poco aprieta” y es mejor enfocarse en ser el mejor en un ritmo, ¿por qué decidiste centrarte únicamente en el flamenco y no en el jazz o ballet?

Venía de una crisis de violencia escolar. Las clases de danza son muy fuertes, los maestros tradicionales no tienen una formación docente y antes era mucho peor: a veces utilizaban métodos poco ortodoxos y perdían fácilmente la paciencia. Porque a la vez ellos aprendieron desde esa “metodología”. Por ejemplo, algunos bailarines de ballet practicaban con métodos extremos como colocar la flama de un encendedor debajo de la pierna para poderla sostener en alto el mayor tiempo posible. A mí no me ocurrió, pero me regañaban constantemente e incluso le decían a mi mamá que era la peor del grupo y que tenía sobrepeso. Por eso ya no quería bailar, ya no quería ir porque no le veía sentido, hasta que descubrí el flamenco y una nueva perspectiva de enseñanza.

El baile tiene una exigencia corporal muy fuerte; como las gimnastas que por lo regular deben contar con cierto peso y estatura. Sí que debe ser una gran presión, especialmente para una niña pequeña. Sin embargo, mencionas que hubo un cambio radical en el método de enseñanza. El papel de un buen maestro es fundamental y es algo que tu misma ejerces: aprendiste y enseñas.

Claro, es algo que he observado durante mi formación: la figura del maestro. En México vemos a los maestros desde una perspectiva vertical, pero en Sevilla hay una perspectiva más horizontal, y he aprendido muchísimo.

Y la cercanía no le quita la profesionalidad o respeto al profesor. Cambiando un poco el tema. Es muy común preguntarles a los niños, ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y al final muchos terminan haciendo una cosa diametralmente opuesta, porque es muy difícil saber desde tan temprana edad lo que queremos hacer. Sin embargo, tu tenías muy claro que querías estudiar danza española, pero nosotras nos conocimos en un salón de la Facultad de filosofía. ¿Puedes decirme algo más al respecto?

Sí, yo tuve muy claro desde los once años a qué quería dedicarme y cada año escolar lo pasaba como un paso menos para mi meta. En secundaria pensaba, “ahora falta menos”, pero cuando iba a terminar la prepa, pensé que quería estudiar otra cosa. Y para que veas lo fundamental que es un buen maestro: disfrutaba tanto las clases de ética de Adriana Clavel que descubrí que la filosofía también me encantaba.

La carrera de danza era por la tarde y las clases de filosofía por la mañana, pero era demasiado. Imagina, salir de Mixcoac después de clases corriendo hasta el centro para las clases de flamenco en la tarde y en la noche ir hasta el norte. Y así todos los días. A veces llegaba a las clases, estaba muy emocionada y quería aprender, pero el cansancio me ganaba. Me dolió dejar la carrera de filosofía, pero lo hice después de discernir: ¿cómo te ves en realidad? Y me veía más en el flamenco.

Es que era demasiado: un día lleno de actividades y no tenías casi momentos de descanso. Algo que también me resulta curioso es que yo pensaba que igual tendrías una influencia cercana, que te introdujo al flamenco, yo qué sé, una abuela o tía o alguien de la familia que bailara, porque no es tan común.

En México no es tan fácil tener una referencia cercana al flamenco a menos de que se trate de una familia con ascendencia española directa. Así que no es tan sencillo despertarse un día y decir “quiero bailar flamenco” como si fuera algo muy común.
Aunque culturalmente existan referentes, en mi familia no había una conexión directa. Recuerdo que siendo chica, en alguna ocasión le dije a mi mamá que me gustaba el flamenco. Y ella buscó un disco, y según yo, me ponía a bailar con los pasodobles. Que aunque no es flamenco, esa era su referencia. Mi mamá me acercó del modo que pudo y así ayudó a encender la chispa. Pero algo dentro de mí decía: debe haber algo más.

El flamenco además de un baile es parte de una cultura muy española e incluso se podría considerar calé con esta mezcla gitana. Últimamente parece que todo puede ser “apropiación cultural” e incluso ha caído en una sensiblería en la que cualquiera puede ofenderse sin que sea su “cultura” la que es “utilizada”. Eso me recuerda un vídeo en el que un gringo se viste con zarape y sombrero, va por la calle y les pregunta a estudiantes si les parecía ofensivo su vestuario. Y ellos respondían que eso no era un disfraz, que a lo mejor tenía un significado y claro, terminaban con la etiqueta de “apropiación cultural”. Después fue al barrio mexicano y a nadie le molestaba, no era ofensivo, es más les resultaba hasta simpático. Considerando la sensibilidad de algunos sectores por la apropiación cultural, ¿te ha sucedido que alguien te cuestione que bailes flamenco y no danza regional mexicana? ¿O te han puesto la etiqueta de la apropiación cultural?

Eso como tal no, nadie me ha cuestionado que baile flamenco y no otro ritmo, pero sí es todo un tema. Mucha gente viene a Sevilla a bailar flamenco y aquí se queda. Por ejemplo, bailo con un grupo de artistas callejeros, y a veces la gente pregunta “¿todos son españoles?” y respondemos “no, somos mexicanos, argentinos, la otra es de Brasil.” E inmediatamente mencionan que parecemos españoles.

Aunque claro que también hay una distinción entre los estudiantes internacionales y los que son propiamente españoles y no sólo eso, los andaluces.

Además, el flamenco tiene un trasfondo cultural muy amplio, que a veces ni siquiera los locales conocen. Se conoce más en Andalucía, pero tiene una base rítmica de África y de ritmos orientales. Tanta mezcla hubo en España y tantas influencias de ritmos, pero no por ello tiene un origen cien por ciento andaluz. Incluso en la danza y la música se puede encontrar algo muy clásico; el flamenco va evolucionando y se va expandiendo, y creo que por eso puede ser universal. Por ejemplo, en Japón es dónde hay más academias de flamenco.

Qué curioso, nunca me hubiera imaginado tantas academias en Japón o a japoneses bailando flamenco. Es muy internacional. Y es muy interesante lo que mencionas de la mezcla. Yo tenía la idea de que era un baile propio de Andalucía y los gitanos.

Cuando se aloja en Andalucía es por los gitanos, y hay un cataor que recopilaba los cantos de las familias gitanas. Pero no es que sea propio de un grupo étnico, sino que siempre hubo esta apertura de la mezcla. No podía darse desde un grupo cerrado, porque los gitanos iban a los teatros y ahí estaban los payos; entonces esta mezcla fue creando el contexto andaluz.

Carmen, ¿cuál sería el reto más grande para una bailaora?

Me parece que es buscar y encontrar su propio estilo. Porque por mucha técnica que puedas tener es importante tener algo que comunicar. El nivel técnico de alguien puede ser increíble: la cantidad de giros y zapateados que pueda dar. Pero imagina transmitir tu propia historia por medio del baile. Porque no basta con seguir los pasos que aprendes en un curso, eso sería una simple repetición y se podría perder la esencia por la técnica. Buscarnos, recrearnos y dar algo de nosotros en el baile.

Claro y es lo que puede diferenciar a 20 cantaores del Camarón. Entre la técnica y lo espontáneo.

Sí, ahora muchos cantaores cantan como Camarón. Es difícil, porque tampoco se puede hacer todo muy diferente, pero si se necesita dar algo propio. Algo muy tuyo.

El flamenco es un arte y una emoción que ya no puede delimitarse ni por un origen. Porque tanto arte puede tener una sevillana que una mexicana o venezolana. Cuando yo bailo soy más yo, porque conecto con mis emociones y después conecto con mis compañeros. Es como un ritual: la guitarra, el canto y el baile; a veces no tienes que conocer a tus compañeros para poder conectar con ellos.

Tan internacional es el flamenco que hasta escuché la fusión del vídeo “Carmen de la cueva” de Stella Papa en el que participaste, ¿cómo fue rodar este proyecto?

Ella es griega y hay muchos proyectos de fusión, que quedan muy bien por las raíces del flamenco. Stella Papa contrató a otra cantaora flamenca, a mi me enseñaron la canción, la entendí y sólo bailé. La fusión fue muy interesante del griego con el ritmo flamenco, pero justamente por el ritmo es que se puede dar muy bien. Aunque el trabajo en el flamenco es también muy espontáneo, me hablaron de ella, la conocí y grabamos.

Para concluir, a pesar de que estos proyectos soy espontáneos, ¿qué planes tienes a futuro?

He bailado y sigo intentando crecer como intérprete. A veces me puedo bloquear y pensar que no es suficiente, pero busco seguir creciendo. Sin embargo, hay mucha gente y trabajo informal; bailar en los tablaos en Sevilla a veces es complicado. Pero me gusta viajar y enseñar, entonces me gustaría bailar en diferentes partes del mundo y enseñar. Iré a México a bailar y dar varios cursos y espero en un futuro ir a Japón. Mi novio es guitarrista y trabajador social y queremos hacer un proyecto que no sólo sea estético, sino que también se fomente la inclusión. Entonces veremos a dónde nos lleva la docencia y el baile.

Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Un manual para ejercitar la paciencia: Cinco panes y dos peces

Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

Andrea Fajardo

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Uno de los males contemporáneos de la sociedad es el desprecio hacia la vulnerabilidad. Queremos ser siempre fuertes, duros, jóvenes y tener todo bajo control. Olvidamos que si nos cortamos también sangramos,que somos finitos, falibles y necesitados. ¿Quién quiere ser vulnerable? Parecería ridículo, y sin embargo en la vulnerabilidad y la flaqueza hay mayor fuerza. Una contradicción, pero así es el mundo: contradictorio, extraño e incontrolable.

El viernes desperté como cualquier día normal y me preparé para una revisión rutinaria; después de desayunar puse en una bolsa mis documentos, la cartera, el teléfono con la mitad de la batería porque planeaba volver a casa después de un par de horas, tomé el rosario –no tanto porque fuera a rezar en ese momento, sino porque siempre lo cargo, como se carga la cartera­– y por último, guardé el libro Cinco panes y dos peces del Cardenal Van Thuan (1928 – 2002). Un libro muy ligero, con menos de 90 páginas y que no tiene desperdicio. Caminé hacia la estación del Sbahn, transbordé una vez y luego tomé el autobús hasta el consultorio.

Un día normal, como cualquier otro, en el que pensamos que todo está bajo control, pero no hay nada más alejando de la realidad que pensar que podemos controlar minuciosamente lo que sucede, como si la vida fuera un reloj suizo. La doctora me miró seriamente y me dijo que debía llamar una ambulancia. ¿Una ambulancia? Nunca me he subido a una y me siento bien, no me siento enferma, no siento nada extraño, lo que sí siento es miedo. Los paramédicos llegan, me colocan en una silla y me bajan; quería decirles, si acaso no preferían que bajara por mi propio pie las escaleras, pero desde ese momento, la voz se debilita y en plena vulnerabilidad extiendes tus manos, otro te ciñe y te lleva hacia donde no quieres. (Cf. Juan 21, 18)

La ambulancia se dirige hacía algún hospital, ellos saben hacia dónde, yo sólo me dejo conducir y cuando llegamos alcanzo a ver el nombre. Sin saber bien dónde estoy, al menos puedo avisar en dónde me encuentro y pedir que me traigan un par de cosas por si acaso. De pronto comienza un espiral de miedo, angustia, revisiones, inyecciones, catéter, muestras de sangre, piquetes, noticias a medias, diagnósticos incomprensibles, soledad y espera. Algo que en momentos me resulta abrumador, como si estuviera dentro de la misma estación esperando a Godot, sin saber qué espero y por cuánto tiempo, hasta que llega una respuesta y después una nueva espera, con una nueva angustia que carcome, hasta que se repita el ciclo o termine.

Hace muchos años, Fernando Galindo, dijo en una clase que una de las funciones de la filosofía es aprender a ser resistentes a la frustración. Quizá ya no recuerde esa clase, pero fue una frase que me impactó y que me gusta repetir a mis alumnos. Es cierto, una de las funciones prácticas de la filosofía es que de cierto modo aprendemos a resistir la frustración. Ahora está de moda hablar de la resiliencia, que consiste en adaptarse a la adversidad del mejor modo posible. Prefiero pensar en esa tolerancia a la frustración y que desemboca en la paciencia.

Etimológicamente la paciencia viene del verbo latino pati (patientia) y que significa sufrir. Bíblicamente es un don del Espíritu Santo que consiste en saber sufrir. Podemos pensar que la paciencia es un esperar pasivo y sufriente hasta que la adversidad termine, sin embargo, no hay nada más activo que ser paciente. Y en ese sentido el libro Cinco panes y dos peces es el manual perfecto para ejercitarnos en la paciencia.

Desde que comencé el libro, el mes pasado, pensé que merecía una reseña, porque consiste en el testimonio de 13 años en prisión de un inocente y expone ante los jóvenes siete claves para ser pacientes en la adversidad. Claro que desde la comodidad del hogar y las distracciones diarias lo dejaba para el día siguiente, y así sucesivamente. En mi defensa debo decir, que estaba en México y que mi plan era hacerlo cuando regresara al frío invierno berlinés.

Cinco panes y dos peces.

Llevo más de una semana en el hospital y hasta el momento no sé cuándo volveré a casa, ante la incertidumbre, pensé que podría escribirla al regresar, pero ésta mañana he cambiado de parecer: no hay mejor momento para escribirla que bajo estas circunstancias. El cardenal Van Thuan escribió parte de su testimonio y lo que aprendió en el cautiverio. Él ejerció cada día durante 13 años la paciencia; sin saber cuándo podría ser liberado, pero con la esperanza de que algún día lo sería. Con la misma esperanza, de que un día de estos o alguna de estas semanas volveré a casa, escribo, no asemejando las situaciones, sino siguiendo los pasos, siguiendo el manual: los cinco panes y los dos peces para alcanzar la serenidad y la paciencia.

El cardenal Van Thuan comienza el libro inspirado en el Evangelio de Juan (Jn. 6, 5-11) para resumir sus vivencias que “a veces con gozo, a veces en sufrimiento, en la cárcel, pero siempre llevando en el corazón una esperanza rebosante” en 7 puntos que lo ayudaron durante los 13 años de cautiverio.

Van Thuan, obispo de Saigon (Vietnam) fue detenido el 15 de agosto de 1975, día de la Asunción, y liberado el 21 de noviembre de 1988, día que se conmemora la presentación en el templo de la Virgen María. El motivo de su detención fue ser un sacerdote católico en un país bajo el régimen comunista, en otras palabras, una víctima más de la persecución cristiana de esta época.

A continuación, les presento los cinco panes y los dos peces:

François-Xavier Nguyen Van Thuan

“Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

Cardenal Van Thuan

Primer pan: vivir el momento presente

Tras su detención y mientras lo conducían 450 km en la oscuridad nocturna sintió tristeza, abandono y cansancio. En el camino recordó las palabras de un sacerdote que estuvo prisionero 12 años en China, y que se la vivió esperando. Fue entonces que tomó una decisión. “Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.

No podemos estar siempre esperando, ¿esperando qué? A veces lo que esperamos nunca ocurre. Esto no significa que debemos sumergirnos en la apatía y dejar de esperar cosas, sino que hay que esperar de otro modo, no pasivamente, sino activamente.

En esos momentos Van Thuan consiguió lo necesario para comenzar a escribir su libro El camino de la esperanza, porque le preocupaba dejar a los pocos católicos sin pastor. Van Thuan se pregunta ¿cómo puedo vivir el momento presente con amor? Dejando lo que es accesorio y concentrándonos en lo esencial e imprimiendo en cada acto, así sea simple, el máximo de amor posible.

Si te toca esperar, entonces espera con amor; si te van a inyectar, sacar sangre, hacer otra prueba, tomar pastillas: hazlo con amor. Es fácil decirlo y muy difícil hacerlo, pero cada día se puede intentar de nuevo. Van Thuan no sabía cuánto tiempo tendría que esperar en el encierro, y yo tampoco, pero la espera se vuelve más soportable cuando la ofrecemos y vivimos intensamente, no en la pasividad.

Es posible elegir esperar en la angustia, desesperación y la tristeza, o intentar, aunque sea muy duro y cueste una fuerza enorme, esperar activamente: descansando en la paciencia. Claro que hay momentos más difíciles, pero no hay que olvidar que no estamos solos.

Segundo pan: Discernir entre Dios y las obras de Dios

Van Thuan es un sacerdote muy dinámico y activo, por lo que el cautiverio en un pequeño espacio y soledad era una tortura mental que lo tenía al borde de la locura. Una noche escuchó en su corazón que debía aprender a discernir entre Dios y las obras de Dios. Todas las actividades pastorales que realizaba eran obras de Dios, pero no eran Dios. Y él había elegido a Dios, a su voluntad, no a sus obras.

Es como aquella inspiración de Margarita María Alacoque “encárgate tú de mis cosas, que yo me encargaré de las tuyas”, porque a fin de cuentas Dios lo resuelve todo mejor de lo que nosotros lo podemos solucionar. De este modo Van Thuan dejó su misión pastoral en manos de Dios, porque comprendió que Él lo quería ahí, en prisión. En ese momento sintió una paz que ya no lo abandonó.

Hace algunos días intenté salir voluntariamente, aunque estaba indecisa al no comprender cien por ciento el diagnóstico y los procesos, pensando que los médicos alemanes pecan de exageración. Llevaba días de desesperación, con dolor en un brazo por las constantes tomas de sangre, en los dedos por las mediciones de azúcar y en el otro brazo por el catéter. Y en esa desesperación y sin sentirme enferma, pensé que aun cuando tuviera que guardar reposo, estaría mucho mejor en casa.

Quería irme a toda costa, pero sin un panorama claro, durante la noche y con los nervios a flor de piel aumentados por la oscuridad, en oración pedí ayuda para discernir. Aquella mañana me levanté alegre, pensando que me iría en pocas horas y en oración repetía, “yo no sé lo que es mejor, pero quisiera volver a casa, si esa es tu voluntad abre toda puerta y hazlo de forma sencilla; pero si no debo irme y es tu voluntad que me quede, dilo claramente y dame serenidad para aceptarlo”. Basta decir que no pudimos hacer la alta voluntaria, tampoco me dieron una fecha aproximada de salida, y aunque en el momento pensé “qué pesado estar aquí sin fecha final”, poco a poco he tenido una mayor serenidad para vivir un día a la vez en el hospital, porque por el momento aquí es donde debo de estar.

Portada del libro “El camino de la esperanza” del Card. Van Thuan.

Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

Andrea Fajardo

Tercer pan: Un punto firme, la oración

“ ”Padre, en la prisión usted ha tenido mucho tiempo para orar.” No es tan simple como se podría pensar. El señor me ha permitido experimentar toda mi debilidad, mi fragilidad física y mental. El tiempo pasa lentamente en la prisión, particularmente durante el aislamiento”. Se dispone del tiempo, pero a veces cuesta demasiado concentrarse o dejar de sentirse solo. Así que en ocasiones basta con una oración sencilla: “cuando me faltan las fuerzas y no logro siquiera recitar mis oraciones, repito: “Jesús, aquí estoy, soy Francisco”. Me entra el gozo y el consuelo, experimento que Jesús me responde: “Francisco, aquí estoy, soy Jesús”.”

No siempre tenemos la disposición de una oración con palabras complicadas, es más, las palabras sobran, basta con algo sencillo, como los niños cuando se espantan y gritan por papá y mamá. No tiene que decir mucho e inmediatamente los padres van y los tranquilizan con su presencia. Así que podemos simplemente llamar a Jesús o al soplo del Espíritu Santo, y ellos sin dudarlo acudirán.

Van Thuan también menciona que le gusta orar con la Palabra de Dios, pero cuando lo apresaron no pudo tomar la Biblia, lo único que llevaba consigo era el rosario. Así que recolectó todos los pedacitos de papel que pudo y en ellos escribió más de 300 frases del Evangelio, hizo una pequeña Biblia que utilizaba para orar. Entre otras oraciones se encuentra el Magnificat, Te Deum y el Veni Creator.

Es cierto que tras los momentos difíciles la oración serena e incluso alegra el corazón, nos aliviana el peso. Pero quisiera añadir que no es solamente la propia oración, también la comunidad es muy importante. Una fuerza que sostiene es saber que otros oran por ti, que una comunidad que te ama y se preocupa, intercede por ti así sea al otro lado del Atlántico.

El aspecto comunitario de la religión es muy importante, pero no sólo por la comunidad que se forma al participar de los mismos ritos, sino que hay una forma de amor desinteresado que los une, fortalece y acompaña. Aprovecho para agradecer a todos aquellos que me han tenido presente en sus corazones y que me acompañan cercanamente a pesar de la distancia.

Cuarto pan: Mi única fuerza, la Eucaristía

Es muy conocido y conmovedor el testimonio del cardenal Van Thuan y la Eucaristía. Se las apañó para que le enviaran vino por motivos medicinales y cada día a las 3 de la tarde celebraba la misa, con tres gotas de vino y una de agua, en la palma de su mano. Pero esta fuerza no la guardó para sí mismo, sino que en ocasiones podía compartirla con otros católicos, quienes también en la prisión tenían la oportunidad de comulgar: “Fabricamos bolsitas con el papel de las cajetillas de cigarros para conservar al Santísimo Sacramento. Jesús eucarístico estuvo siempre en la bolsa de mi camisa”.

Y no solamente la misa, también los presos montaban guardias nocturnas y adoraban a Jesús Eucaristía, quien les “ayudaba inmensamente con su presencia silenciosa”. Van Thuan, en esta locura y escándalo para el mundo, incluso se atreve a decir que aquellas misas en el cautiverio fueron las más bellas de su vida.

En México algunas cosas son más sencillas, siempre se conoce a algún padre o ministro de la Eucaristía, que visita a los enfermos. Sin embargo, en Alemania, un país que otrora se autodenominaba cristiano, la Iglesia es un poco más fría y ciertas cosas no son tan sencillas. Si bien no puede venir un sacerdote o ministro diario a traerme la comunión, sí puede ocurrir algunas veces. El día que el padre vino a visitarme y me trajo la Eucaristía, me sentí alimentada, cobijada y con la fuerza para resistir. Y para estos casos, podemos contar también con la comunión espiritual.

Card. Van Thuan en prisión.
Fuente: cardinalvanthuan.org

Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal.

Andrea Fajardo

Quinto pan: Amar hasta hacer la unidad es el testamento de Jesús

Al principio los guardias no le hablaban a Van Thuan, lo trataban como un enemigo y el trato ensombrecía el ambiente. Hasta que un día pensó que, a pesar de la cautividad, él tenía una mayor riqueza: el amor de Cristo. A partir de ese momento comenzó a amar a los guardias y a ofrecer pequeñas muestras cotidianas de caridad, una sonrisa, una palabra amable e incluso llegó a enseñarles otros idiomas y resolver sus dudas religiosas. El ambiente cambió radicalmente.

Van Thuan escribe en El camino hacia la esperanza, “cuando hay amor se siente el gozo y la paz, porque Jesús está en medio de nosotros. Viste un solo uniforme y habla una sola lengua: la caridad”. Ver con otros ojos, con los ojos de Jesús, ayuda a amar y perdonar incluso a aquellos que nos hacen mal, algo que encontraban inconcebible los guardias.

Los cristianos deberíamos ser el instrumento del amor de Dios en el mundo. “El más grande error es el no darse cuenta que los otros son Cristo. Hay muchas personas que no lo descubrirán sino hasta el último día. Jesús fue abandonado en la Cruz y ahora lo sigue estando en el hermano y en la hermana que sufre en cualquier rincón del mundo. La caridad no tiene límites; si los tiene no es caridad”.

Cuando nos duele una muela, toda nuestra atención se centra en esa muela. Incluso la sentimos más porque estamos constantemente al pendiente de ese dolor y dejamos de notar otras sensaciones corporales. Lo mismo sucede con el sufrimiento, que puede llevarnos a centrarnos únicamente en nosotros mismos y cuando sólo pensamos y atendemos nuestra miseria caemos en la victimización y el egoísmo: Nos auto-pobreteamos, nos sentimos la única víctima, el único sufriente.

En una semana cambié cuatro veces de compañera de habitación. Cada una con situaciones diferentes, cada una con un propio dolor. En el hospital te puedes encontrar de todo dependiendo de la sección: desahuciados, gente con dolores tremendos, mujeres que acaban de parir, bebés prematuros en incubadoras o que deben ser operados, mujeres que yacen con el miedo de perder a sus bebés y tantas incontables enfermedades y sufrimientos.

Desde hace algunos días comparto habitación con la misma mujer, ella tampoco sabe cuánto tiempo se quedará, también tiene miedo y sufre. En las mesas de noche ella tiene el Corán y yo tengo la Biblia. A veces ella llora, otras veces, lloro yo. Pero si algo ha sucedido es que, a pesar del propio sufrimiento, no nos hemos cerrado al sufrimiento de la otra. Me preocupa su diagnóstico, me apena verla llorar, no necesitamos hablar mucho porque basta una palmadita en la espalda y la seña de que oraré también por ella. Ella se preocupa por su bebé, por su hija y su marido, y dentro de toda la avalancha, no hace oídos sordos a mis problemas, porque sin que lo esperara me compartió un plátano y me consiguió una sopa. Cosas sencillas porque la caridad comienza por lo pequeño y escala hacia lo más grande. Esa es la caridad que todo lo transforma y que acompaña, que nos hace salir de nosotros mismos.

Primer pez: María inmaculada mi primer amor

La madre y la abuela de Van Thuan infundieron su amor a María y ella ha sido una señal a lo largo de su vida. Lo arrestaron el día de la Asunción y lo liberaron, de una forma tan sencilla, que incluso sorprende, el día de la presentación de la Virgen en el templo. Van Thuan reconoce la mano de María a lo largo de su vida y especialmente durante el cautiverio. Cuando física y moralmente se sentía abatido en la prisión, oraba el Ave María, pero no solamente pide por su intercesión, sino que también le pregunta “Madre, ¿qué cosa puedo hacer por ti? Estoy listo para seguir tus órdenes, para realizar tu voluntad por el Reino de Jesús”.

Van Thuan nunca se sintió abandonado por María, y como mexicanos, nos es natural saber que en las aflicciones y miedos ¿acaso no está aquí la que es nuestra madre? “Para mí, María es mi Madre, que me dio Jesús. La primera reacción de un niño que siente miedo, que está en dificultades o sufre, es la de clamar: “mamá, mamá”, esta palabra es todo para el niño”. Es un reflejo natural buscar el apoyo materno, a veces mucho más instintivo que buscar al padre, por eso María, como madre, es una figura tan accesible.

Van Thuan pensaba constantemente en el Virgen del Perpetuo Socorro, y lo mismo hago yo. Me fascina el icono: María sostiene firmemente y con ternura al bebé Jesús, quien está espantado porque unos ángeles le presentan la Cruz y el martirio. El bebé Jesús tiene miedo y tiembla, por lo que uno de sus zapatos está a punto de caer. Pero ahí está María con la mirada serena y sosteniéndolo con sus manos.

Desde hace muchos años tengo especial cariño al icono de la Virgen del Perpetuo Socorro, cuando la vi en Roma y un querido sacerdote amigo mío me explicó, lleno de ternura, el temblor de Jesús que se ve en su pequeño pie y zapato quedé profundamente conmovida.

Por las noches, antes de dormir, coloco el rosario en mi vientre, porque es como tener la mano de María, y a modo de jaculatoria le digo: “madre, sostén con tu mano a Elías, del mismo modo y con el mismo amor con que sostuviste al bebé Jesús”.

Icono Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Segundo pez: he elegido a Jesús

A modo de conclusión Van Thuan nos presenta 24 puntos prácticos para vivir un día unidos a Jesús. Recuerdo que querido amigo, y ahora sacerdote, dijo en alguna ocasión que el camino de santidad se construye día con día, que cada mañana podemos orar para que Dios nos conceda 24 horas de fidelidad. Estos últimos 24 consejos, que pueden parecer breves y sencillos, nos ayudan a mantenernos en la esperanza, la paciencia y la fidelidad.

Cinco panes y dos peces: Testimonio de 13 años de cárcel es un manual muy práctico, escrito desde lo que podría haber sido la desolación, para ayudarnos a ejercitar la paciencia en un mundo turbulento.

Sonido de libertad: Los niños de Dios no están a la venta

Sonido de libertad: Los niños de Dios no están a la venta

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Nos hemos malacostumbrado a los cárteles de “se busca”. Los vemos diariamente, a veces los compartimos y otras pasamos de largo. Estos carteles son el pan cotidiano de un país en el que cada hora desaparecen al menos tres niños. Sabemos que uno de los grandes males que aqueja a México es el narcotráfico, pero el tráfico de personas, especialmente el tráfico infantil (que es sexual, esclavista y de órganos), es tan lucrativo que compite duramente con el tráfico de armas y de narcóticos.

¿Por qué es tan lucrativo? Porque una bolsa de cocaína se vende una vez, mientras que a un mismo niño se le puede vender –explotar­– varias veces al día e incluso su muerte puede aprovecharse. El tráfico infantil tiene un gran consumidor que es Estados Unidos y las herramientas son las plataformas de la dark web, que muchas veces incia con las redes sociales. Lo que comienza como una búsqueda de pornografía puede derivar incluso en viajes de turismo sexual, por lo que se pasa de espectador a delincuente por contacto (contact offender).

El futuro son los niños y es por ello que es nuestro deber moral proteger su integridad física y salvaguardar su inocencia. El ser humano es digno desde el momento de la concepción hasta la muerte, fin en sí mismo, nunca medio, ni consumidor, ni producto, sino persona. Y como persona no debería estar nadie a la venta: “los niños de Dios no están a la venta”, es una de las frases que se escucha en la película Sonido de libertad (Sound of Freedom), producida por Eduardo Verástegui y protagonizada por Jim Caviezel (La Pasión).

Una película dura, pero necesaria, basada en la historia real de Tim Ballard, que tardó ocho años en realizarse, por la investigación que requirió. Ballard es un ex agente del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, quien tras su renuncia, decide dedicarse a salvar niños del tráfico infantil con su propia fundación (2013) sin fines de lucro –Operation Underground Railroad, inspirado en los abolicionistas de la esclavitud en Estados Unidos–. En la película, Ballard (Jim Caviezel) promete a un pequeño niño de siete años rescatado de una red de tráfico, que también buscaría a su hermana, lo que lo llevó a salvar a 121 niños en la selva colombiana.

¿Por qué es tan importante esta película? Por la denuncia. Cuando se menciona el problema, podemos tomar conciencia e intentar prevenirlo desde nuestras trincheras. Sucedía lo mismo con la mafia, que parte de su poder radicaba en la clandestinidad y el secreto, pero una vez que comienza a denunciarse, se da el primer paso para solucionar el problema. Es más fácil operar cuando nadie cree que existes, porque así nadie se mete en tus asuntos y tienes más libertad de movimiento. Del mismo modo actúa el acusador.

En una entrevista Caviziel señala que, así como tras ver La lista de Schindler surge en los espectadores la intención de hacer algo, lo mismo sucede con Sonido de libertad, con la diferencia de que ahora estamos realmente en el momento histórico del problema y por ende nos compete hacer algo.

¿Qué acciones concretas podemos hacer para proteger a los niños cercanos a nosotros? Podemos comenzar desde cosas pequeñas como no exponerlos en redes sociales, porque una foto inocente y linda, será vista con malos ojos por aquellos pervertidores. Una segunda acción es tener mucho cuidado con el contenido que los pequeños consumen y limitar el uso de los dispositivos y juegos. Muchas veces los juegos en línea se prestan para que los pedófilos contacten a los niños, reporta Tim Ballard en una entrevista con Lewis Howes, pues es una técnica común que les pidan fotos o que se desnuden mientras juegan. Tim Ballard señala que lo más importante es entender las aplicaciones, juegos y saber lo que nuestros hijos hacen en línea. Una tercera acción es oponernos a la sexualización de los menores que muchas veces deriva en abuso y en otros casos en confusión de identidad (las llamadas infancias trans).

El 4 de julio se estrenó Sonido de libertad en Estados Unidos y ya desde la preventa fue todo un éxito. Varios han recomendado la película entre ellos Mel Gibson, quien afirma que “uno de los problemas más perturbadores del mundo actual es la trata de personas y en particular el tráfico infantil. El primer paso para erradicarlo es tomar conciencia”.

Aproximadamente a finales de agosto se estrenará en México, pero desde ahora podemos pedir que la proyecten en los cines más cercanos, para así hacer ruido, mostrar que somos legión y que no nos vamos a quedar callados porque ningún niño está a la venta.

Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

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Un famoso dilema ético nos cuestiona si accionaríamos una palanca para desviar un tranvía que está a punto de arrollar a cinco personas, a sabiendas de que al cambiar de vía el tranvía arrollaría a una persona. Han surgido variantes a este dilema: en ocasiones eres tú quien conduce el tranvía; en otras sólo accionas la palanca; incluso podrías ser tú ese único individuo a quien se dirige inminente el tranvía fuera de control. En algunas variables, se propone que se siente menos culpabilidad al accionar la palanca o presionar un botón, a pesar de que la consecuencia sea la misma que la de que arrojar desde un puente a un hombre muy gordo para detener al tranvía. En otra variable la vía es “un bucle”, o sea que, aunque lo desvíes, en cierto punto el tranvía volverá a la vía principal y el impacto contra alguna persona tendrá lugar.

En otra variante, no se trata de un tranvía, sino de mineros: cinco mineros quedan atrapados en la mina, si accionas la palanca, una roca se desplazará y podrás liberar a los cinco trabajadores, pero un minero morirá inevitablemente, porque la roca desviará el curso y lo aplastará.

Incluso se han hecho simulaciones en las que vas conduciendo un auto que se estrellará con otro; si lo desvías puedes salvar tu propia vida, pero atropellarás a alguien. La mayoría de quienes realizaron esta simulación, giraban el volante inmediatamente. Porque se trataba de un desconocido. Pero cuando la simulación cambiaba la cara del desconocido por la del hijo de cada persona, la mayoría permanecía en el carril y prefería estrellarse antes que arrollar a su propio hijo. Así pues, existen múltiples variaciones del dilema del tranvía.

Imagen: McGeddon

La ética utilitarista elegiría salvar el mayor número de vidas posibles. En este caso siempre se elegiría salvar a cinco, aunque se tenga que sacrificar a un inocente. La ética deontológica, que elige seguir un supuesto deber y tiene vertientes kantianas consideraría inmoral arrojar al hombre gordo del puente para detener al tranvía, pero no vería con tan malos ojos accionar la palanca, porque no se utiliza a alguien como medio para salvar a los demás. Incluso podría ocurrir que la persona vea que un tranvía se dirige hacia ella y se mueva para evitarlo.

La solución no es sencilla, de otro modo no sería un dilema y a esto hay que sumar la intención, el doble efecto y los daños colaterales. Estos experimentos mentales, que a veces pueden parecer demasiado abstractos y descabellados por las variables que se van sumando, tienen la finalidad de ayudarnos a tomar decisiones cotidianas o al menos a tomar partido y formar una opinión frente a situaciones extraordinarias. Y quizá es una situación extraordinaria precisamente lo que hemos observado en estos días.

Un submarino con cinco personas desaparece en el Atlántico. Un barco con al menos 700 personas naufraga en el mar Jónico. ¿A quién destinas mayor esfuerzo y recursos para la búsqueda y rescate? ¿Acaso esta situación no es semejante al dilema del tranvía?

Ahora hay que añadir los detalles. El submarino Titán de la empresa Ocean Gate realizó una inmersión el domingo 19 de junio para buscar los restos del Titanic en el Atlántico Norte, a 700 kilómetros de Terranova, Canadá y perdió la comunicación poco tiempo después.

Lugar aproximado del Titanic y desaparición del Titán.

Se trata de un submarino que no cuenta con ninguna certificación técnica oficial; que en el 2018 fue demandado por uno de los ingenieros, David Lochridge, quien consideró no se cumplían lineamientos de seguridad; que incluso es comandado por un control de una consola de juegos que fue adaptado, algo común en sumergibles, pero que no deja de resultar extraño; para la travesía, los participantes deben firmar unos documentos en los que aceptan las posibilidades de daños físicos e incluso la muerte; un submarino que en el 2022 perdió la comunicación con la nave nodriza durante tres horas –cuenta el periodista David Pogue, quien a pesar de sus temores hizo la expedición por cuestiones laborales; cada pasajero turista (además de la tripulación y eventuales pasajeros científicos) paga ordinariamente un costo de 250,000 dólares.

La expedición consta de ocho días en altamar para enseñar a los pasajeros turistas lo necesario para tripular el submarino y eventualmente realizar la inmersión. El pequeño submarino hecho con fibra de carbono y titanio puede sumergirse hasta cuatro mil metros y tiene capacidad para cinco personas, que deben ir sentadas y realmente no tienen mucho espacio. El oxígeno alcanza para 96 horas aproximadamente, pero algunos expertos aseguran que se trata de un estimado, porque quizá los tripulantes intenten respirar un poco menos para alargar la duración, de ahí que se trate de una búsqueda contra reloj.

Twitter David Pogue.

Al limitado oxígeno debemos añadir la oscuridad del fondo marino, las bajas temperaturas, las corrientes marinas, la posibilidad de quedar enganchado al naufragio del Titanic y creo que es importante considerar el factor humano: no sabemos cómo puede reaccionar cada individuo ante la desesperación de una posible inminente muerte tan terrible.

La noticia ha despertado furor por varios factores: porque el Titanic y su imaginario atrae por sí mismo; por el costo de la expedición; porque la ironía de que se considere el submarino Titán una punta de lanza mientras que es comandado por un control de Xbox; porque se trata de varios millonarios atrapados; y porque se ha hecho un derroche de recursos y desplegado una búsqueda y que cuesta millones de dólares, mientras que otros rescates no tienen tanta cobertura y ni de cerca esos recursos.

Los cinco hombres a bordo del Titán son un empresario y explorador británico –Hamish Harding–, un excomandante de la armada francesa y experto en el Titanic –Paul Henri Nargeolet–, el padre e hijo de una familia multimillonaria pakistaní –Shahzada y Suleiman Dawood­­­–, y el fundador de Ocean Gate ­–Stockton Rush– quién además es marido de Wendy Rush, la tataranieta de Isidor e Ida Straus, una pareja millonaria que murió en 1912 en el naufragio del Titanic. Se trata de cinco personas que conscientemente aceptaron los riesgos de la aventura y que además tenían grandes fortunas.

Twitter David Pogue sobre el uso del control de Xbox.

En la otra vía, se encuentra uno de los más grandes naufragios de los últimos meses en el Mediterráneo, con un número indefinido de migrantes procedentes de un barco pesquero que zarpó de Libia. Hasta el momento la guardia costera griega ha rescatado a 106 personas, pero al menos 79 han muerto y hay varios desaparecidos. ¿Quiénes iban a bordo? En este caso no tenemos los nombres, ni una breve semblanza, simplemente sabemos se trataba de migrantes. La llamada de auxilio ocurrió el martes desde la zona más profunda de ese mar, conocida como la Fosa de Calipso, que tiene una profundidad de cuatro mil metros, por lo que los rescates en esta zona son difíciles. El martes por la noche un buque de la Guardia Costera divisó la embarcación y ofreció ayuda, pero la ayuda fue rechazada, el barco continuó su recorrido y poco tiempo después se volcó.

La guerra y la pobreza orilla a la migración y con ella los traficantes de personas se han enriquecido. El año pasado la Organización Internacional para las Migraciones registró al menos 3,800 muertes en esta ruta. Lucran con los esfuerzos económicos de los migrantes, que en comparación con los 250,000 dólares podrían parecer mínimos, pero que en realidad valen mucho más porque se trata quizá de los ahorros de toda una vida; como la parábola de la viuda que da sólo una pequeña moneda como ofrenda, pero que vale más porque no ha dado lo que le sobra, sino lo necesario para vivir (Marcos 12, 41 – 44).

Para darnos una idea de la dificultad de esta travesía, les recomiendo la película Las nadadoras de Sally El Hosaini, basada en la historia de dos hermanas sirias que huyen de la guerra con la esperanza de llegar a Alemania. Las hermanas y su primo sobreviven la ruta del Mediterráneo en una balsa, en parte porque ellas se arrojaron al mar y nadaron parte de la travesía. Después de una estancia en un campo de refugiados en Grecia continuaron el camino mayormente a pie hasta Alemania.

Una de las hermanas participó en las Olimpiadas de Río de Janeiro, mientras que la otra es voluntaria y ayuda a rescatar migrantes, pero puede ser encarcelada por su labor, ya que esta ayuda humanitaria también se considera de cierta forma ilegal. A modo de pequeña crítica, sin quererme desviar del tema, quisiera señalar que en la película también se puede observar la dificultad de un migrante “promedio”, que tiene que lidiar con un nuevo idioma y de encontrarse en un lugar en el le será casi imposible progresar laboralmente. Quizá en su lugar de origen tenían alguna calificación técnica o profesional; mientras que en el nuevo lugar tendrán que empezar desde cero y en muchos casos aspirarán únicamente a trabajos manuales. Estos migrantes “comunes” se distinguen de casos excepcionales en los que el migrante es buen deportista o tiene alguna otra gran habilidad que lo ayuda a destacar.

Operación Tritón de Frontex. 15 de junio 2015.
Fuente: Fuerza de Defensa Irlandesa.

Retomando el tema, las redes sociales ardieron, porque es indignante la cantidad de recursos destinados a las búsquedas y recursos de ambos casos. Los esfuerzos y el dinero para rescatar a los tripulantes del Titán son millonarias: Estados Unidos ha enviado aviones, a la Guardia Costera y a la Marina, Canadá ha enviado médicos y barcos, los franceses sumergieron un robot. ¿Quién asume estos costos?

Bien sabemos que las aseguradoras no suelen asegurar este tipo de empresas; y más si consideramos que los cinco pasajeros firmaron un documento en el que son conscientes y aceptan el peligro físico y la posible muerte. Así pues, los rescates por lo general son pagados por los contribuyentes, salvo en ciertas excepciones. Por ejemplo, si tienes un accidente en el monte o en el mar en Croacia el rescate –así sea que utilicen un helicóptero– no tendrá ningún costo para la víctima; mientras que en otros lugares como Austria, Alemania o Estados Unidos sí habrá un pequeño costo, especialmente si el accidente ocurrió por la imprudencia de la víctima.

¿Es imprudente sumergirse en un submarino sin certificación, manejado por un control casi de juguete, con tripulantes inexpertos, en una zona profunda, oscura, helada y con una fuerte corriente marina? La pregunta es más retórica … por lo que a mí respecta, me parece una gran imprudencia e incluso temerario.

El límite para la esperanza era el jueves 22 de junio a las 13:00 horas (Europa) porque se consideraba que a esa hora se agotaría el oxígeno, sin embargo, la búsqueda continuó al menos hasta las 19 horas cuando los guardacostas anunciaron que encontraron restos significativos; incluso para ese momento se sumaron nuevos barcos al rescate, pero lo que se ha encontrado son restos del submarino. A las 21 horas la Guardia Costera de Estados Unidos en su rueda de prensa dio por fallecidos a los cinco hombres; parece que a casi 500 metros del Titanic, implosionó el Titán. Se encontraron los restos del submarino, cinco piezas, pero no creen probable recuperar los cuerpos.

Titanic partiendo de Southamton el 10 de abril de 1912.
Foto: Francis Godolphin Osbourne Stuart.

Volvamos al dilema del tranvía, claro, en este caso no es un tranvía, sino un submarino y un barco. Si siguiéramos la lógica de la ética utilitarista, lo evidente y justo sería destinar la mayoría de los esfuerzos, tiempo y recursos a rescatar a los migrantes del barco pesquero del Mediterráneo y prevenir futuros naufragios, en lugar de rescatar a cinco personas que aceptaron los riesgos de satisfacer su curiosidad para ver las ruinas del Titanic. Pero no se destinaron los mismos recursos, a veces pesa más el dinero y eso también es utilitarista.

Se podría argumentar que no es el mismo caso, porque las víctimas de ambos naufragios se encuentran en lugares diferentes; pero en febrero del 2022 un barco pesquero gallego, Villa de Pintaxo, se hundió casi en las mismas coordenadas que el Titán, muy cerca de Terranova, Canadá. 24 tripulantes murieron y tres personas sobrevivieron; basta decir que el despliegue para el rescate no fue tan abrumador como en el caso del Titán.

Entonces ¿acaso los cinco pasajeros del Titán valen más que los 700 del barco pesquero o que los tripulantes del Villa de Pintaxo? El dilema del tranvía sigue sin resolverse, incluso si se considerara una mayoría cuantitativa y no cualitativa. No creo que se puede resolver con una ética utilitarista y tampoco deontológica. Así como tampoco creo que una vida valga más que otra.

Para cada caso se debería intentar salvar a todas las personas, mantener la esperanza y agotar las posibilidades. ¿Es inmoral el despliegue de recursos para intentar rescatar a los cinco hombres del Titán? Lo es si comparamos las víctimas de otros naufragios y también resulta de cierto modo injusto y por eso nos escandaliza. Pero no debemos olvidar que en ambos naufragios las víctimas murieron de manera horrorosa.

Para morir da lo mismo si pagaste 250,000 dólares o 1000 euros; da lo mismo si eras turista o migrante; nada de eso importa. Porque varios hombres tendrán una sepultura marítima; porque a varios se les han llenado los pulmones de agua; porque habrán muerto congelados o les habrá faltado el oxígeno.

Los cinco o los cientos vivieron sus últimos minutos sabiendo que morirían de un modo horrible; no creo que alguien tenga los nervios de acero para resignarse con tranquilidad ante tal escenario y es por ello, que tanto los cinco, como los miles que yacen en el fondo marino merecen nuestra compasión.

Ser madre en el peor de los mundos posibles

Ser madre en el peor de los mundos posibles

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No es una noticia nueva que desde hace años la tasa de natalidad en Europa ha disminuido considerablemente. Esta medida, independiente de la estabilidad económica, decrece todavía más con los años. Cuando miramos las noticias y el mundo en general, nos cuestionamos seriamente si acaso es el momento adecuado para tener un hijo. Llegaron los cuatro jinetes: crisis económicas, políticas, sociales y ecológicas. Tal parece que es un mundo aterrador y en decadencia. Y sigues escuchando: guerra, bombas, destrucción, conflictos, el coste de la energía que se incrementa y los salarios que permanecen igual. Sabes que el invierno será frío y que será impagable encender la calefacción. Todo parece poco esperanzador y no es de extrañar que al observar todos estos factores externos la natalidad decrezca. 

Sin embargo las guerras, la miseria y los problemas nunca han sido un verdadero impedimento y esto lo confirman las generaciones que nacieron durante el tiempo de la guerra y la posguerra. No afirmo que estas sean condiciones adecuadas para la infancia, pero lo cierto es que incluso en momentos así, estas generaciones tienen buenas memorias. 

Mi vecina octogenaria recuerda a su madre con dos maletas minúsculas –llenas con lo poco que pudo tomar al abandonar su hogar– y dos niñas pequeñas. Los alemanes que vivían en territorio polaco tenían que dejar absolutamente todo para establecerse en un país en ruinas. Eran tiempos oscuros y fríos, muchos niños morían por los efectos de la guerra y el hambre. Y su madre cargando dos maletas y dos niñas llegó a Dresden, ayudó en la reconstrucción, trabajó arduamente y construyó un nuevo hogar para su familia. Con el tiempo, lograron reencontrarse con su padre, quien con mucho esfuerzo sobrevivió su estancia en el frente, y sin medios adecuados y haciendo galas de habilidades detectivescas logró encontrar a su mujer e hijas . Podríamos pensar que no merece la pena vivir una infancia carente, pero mi vecina ha sido muy feliz y no se arrepiente de vivir, tampoco detesta su infancia sin juguetes, sino que recuerda con alegría a sus padres. 

Trümmerfrauen “mujeres de los escombros” en Leipzig (1949). Foto: R. Rössing. Fuente: Deutsche Fotothek.

Hace algunos meses mientras paseábamos por el bosque y la guerra entre Ucrania y Rusia comenzaba, justo hablábamos sobre la natalidad. Mi vecina comentó que percibía que uno de los argumentos de mi generación para no tener hijos era justamente la guerra y las crisis. Ella me miró y me dijo: “este es un gran problema”. Luego me contó –con más detalles– los hechos que relaté anteriormente y continuó “el problema no es la guerra, siempre hay conflictos; el problema es que los jóvenes piensen que sólo bajo ciertas condiciones materiales vale la pena vivir. El problema es su miedo y su poca esperanza. Si todos pensaran así, si se paralizaran por el miedo y la desesperanza, y esperaran al momento propicio, hace ya mucho tiempo que ya no habrían seres humanos”. 

Basta decir que me dejó muda, porque es cierto, de algún modo la desesperanza nos ha paralizado y es uno de los males que nos aqueja. Miramos el futuro con ojos pesimistas. Querido Leibniz, te equivocaste, este es el peor de los mundos posibles. 

Sin embargo, no creo que sea el único factor. Dentro de estas cuestiones externas podríamos añadir las nuevas dificultades para encontrar pareja, antes parecía mucho más sencillo, ahora ni siquiera las aplicaciones de citas son tan efectivas. Quizá podemos sumar que nos hemos concentrado más en nosotros mismos: mis viajes, mis compras, mi auto; todo lo que es mío y que gira alrededor de mí. Porque lo importante es que yo sea estable, que yo sea exitosa, que yo haga carrera, que yo sea feliz… sí, queremos ser felices, nadie por naturaleza desea ser desgraciado, pero entonces ¿por qué en una época con tantos avances somos de las generaciones más miserables? ¿Por qué la mayoría está deprimida? ¿Por qué tantos son diagnosticados con ansiedad? Preguntas complejas. Quizá tomamos todo demasiado seriamente, incluidos a nosotros mismos. 

Un factor que no puedo dejar pasar de largo, porque considero que es crucial, es la visión de la mujer. El rol social de la mujer ha cambiado con los años, la mujer ya no se queda en casa, sino que también estudia, trabaja, crece, viaja y decide. En ese sentido la maternidad se vuelve menos atractiva. Pensamos que la maternidad es un tiempo en blanco para el curriculum, aunque no son vidas excluyentes, hay madres que trabajan en una oficina o fábrica y cuando llegan a casa se ocupan de la familia. Pero incluso durante el turno laboral, nunca dejan de ser madres. 

La maternidad y paternidad son el único trabajo en el que no hay jubilación, no hay hora de entrada y tampoco de salida y por supuesto tampoco hay una remuneración. Realmente nunca ha tenido un valor monetario, pero al menos antes no estaba mal visto. Al menos antes la mujer podía decir sin vergüenza que era madre. El problema es justamente ese, que ya no lo consideramos algo importante, sino que incluso puede ser una carga. 

Foto: Mehmet Turgut

La diferencia entre el grado de estudios de mis abuelas y el mío es relevante, es probable que ellas estudiaran hasta la preparatoria y después se dedicaran al hogar y a criar al menos 5 hijos; mientras que yo hice una carrera universitaria ¿eso las vuelve a ellas incompetentes y a mí competente? ¿Las vuelve tontas y a mi inteligente? ¿Las vuelve sumisas y a mi liberada, independiente y empoderada? Absolutamente no. 

El mundo laboral y la oficina de impuestos nos quiere siempre trabajando: producir y consumir, producir y consumir, producir y consumir. Y así sigue la cadena. Entonces miramos un poco con desdén a la mujer que se queda en casa; porque aparentemente no produce nada; porque aparentemente ese no es un trabajo; porque aparentemente no hace nada por la sociedad; porque aparentemente ser madre es una existencia carente de sentido. 

Y como mujeres nos preocupamos y nos desgarra tener que elegir entre la casa y la vida laboral. La mujer salió de casa no solamente con el afán de realizar su propia carrera, también salió impulsada por la estrechez económica. Seamos sinceros: un sólo salario ya no alcanza. ¿Son malvadas las madres que trabajan? Por supuesto que no, se dividen e incluso trabajan más eficientemente para regresar a casa lo antes posible y cuidar a sus hijos. 

¿Por qué no se considera el trabajo del hogar y la maternidad un trabajo? ¿Acaso no desarrollan habilidades? Puedo asegurar que una amiga –madre de 4 niños– tiene más capacidades para coordinar un proyecto que varios egresados de distintas carreras. La maternidad le ha enseñado nuevas técnicas y habilidades muy deseables para el mundo laboral; no se quedó en casa de brazos cruzados — administra, coordina y crea un hogar. Así que cualquier empresa debería estar feliz de contratar a una mujer que ha desarrollado estas cualidades. 

En El cuento de la criada, Margaret Atwood, imagina una sociedad distópica y semejante a nuestra actualidad. La autora canadiense parte de la idea de que todo es posible bajo ciertas circunstancias e incluso se inspiró en algunos acontecimientos históricos que ocurrieron con anterioridad. Su estancia en Berlín y la división entre Oriente y Occidente jugó un papel fundamental durante su proceso creativo. 

Portada “El cuento de la criada” de Margaret Atwood. Editorial Salamandra.

La premisa de la novela comienza con la reducción de la población por la contaminación y una serie de problemas ecológicos; la fertilidad corre riesgo y es por ello que las mujeres fértiles son el bien más preciado. En Gilead –lo que antes era Estados Unidos– un nuevo régimen teocrático y extremista ha tomado el control; con una lectura fundamentalista y literal de algunas historias bíblicas, como la de Sara o Raquel –mujeres que no podían procrear y que ofrecen a sus criadas para que tengan descendencia–, deciden distribuir a las mujeres fértiles –las criadas– entre los hombres poderosos y con esposas infértiles. La única función de las criadas es engendrar. Pero el hijo no será de la criada, sino de los esposos; la criada es despojada de la maternidad, y es utilizada únicamente como una incubadora. 

La idea de Atwood es interesante y ha inspirado a varios proyectos creativos, no solamente una adaptación cinematográfica en 1990 y que no fue tan exitosa, sino también 5 temporadas de una serie –la primera se basó en el libro y las siguientes son el producto de alargar un fenómeno popular– y sobre todo se ha constituido como parte del imaginario pro-choice estadounidense. Algunas de las mujeres que protestan por la legalización del aborto utilizan las capas rojas y los tocados blancos, que caracterizaban a las criadas; a fin de cuentas los símbolos son más fuertes que las consignas. 

Atwood escribe, en la voz del comandante, “¿Acaso no recuerdas los bares para solteros, la indignidad de las citas a ciegas en el instituto o en la universidad? El mercado de la carne. ¿No recuerdas la enorme diferencia entre las que conseguían fácilmente un hombre y las que no? Algunas llegaban a la desesperación, se morían de hambre para adelgazar, se llenaban los pechos de silicona, se hacían recortar la nariz. Piensa en la miseria humana”. La realidad supera la ficción de una novela publicada en los años 80. Nuestra sociedad se ve reflejada en estas mismas preguntas, que al final recaen en ese anhelo tan humano de sentirse amado.

Y no basta con eso, es claro que también la irresponsabilidad de algunos hombres juega un papel decisivo en la vida de algunas mujeres, el monólogo del comandante continúa: “si llegaban a casarse, las abandonaban con un niño, dos niños, sus maridos se hartaban, y se marchaban. O, de lo contrario, él se quedaba y las golpeaba.” Aunque no podemos cerrar los ojos ante el abuso y el abandono, no todo hombre es por naturaleza un padre irresponsable y golpeador. No todo hombre es aquel violador, aquel acosador esquinero que tanto proclama el feminismo radical. Pero si la feminidad está fragmentada, ¿no podemos esperar lo mismo de la masculinidad? 

Prosiguiendo con el discurso del capitán llegamos a la clave que mencioné con anterioridad: la cuestión monetaria: “O, si tenían trabajo, debían dejar a los niños en la guardería o al cuidado de alguna mujer cruel e ignorante, y tenían que pagarlo de su bolsillo, con sus sueldos miserables. Como la única medida del valor de cada uno era el dinero, las madres no obtenían ningún respeto. No me extraña que renunciaran a todo el asunto.”

Foto: Dick Scholten

En una sociedad capitalista, en la que el valor de la persona no reside en el hecho de ser persona, sino en aquello que puede producir y consumir, no es de extrañar que aquellos seres incapaces de hacerlo sean mal vistos y poco deseados. Si lo único que nos define es la ley de la oferta y la demanda, no debe extrañarnos que se abandone a los ancianos porque-ya-no-son-útiles; no debe extrañarnos que el aborto sea un derecho porque aquello que está en el vientre es un producto, no un ser con toda dignidad; no debe extrañarnos que la maternidad no sea deseada porque no paga impuestos y ni gana un salario.

Un problema contemporáneo es que estamos peleados con todo aquello que tiene un valor trascendental, quizá por la desesperanza frente al futuro en este mundo y al abandono de un futuro trascendente, pero también porque nos hemos enredado con los conceptos. Ahora tenemos más de 32 pronombres diferentes para designar a dos sexos. La ideología vence a la biología. Y si por un lado despreciamos la maternidad, al grado de ya no querer identificarla con el sexo femenino, no debemos extrañarnos que ahora sea tan difícil responder a la pregunta ¿qué es una mujer? Además de lo escandaloso de este hecho, debería preocuparnos que con el fin de no herir ciertas susceptibilidades incluso haya quienes propugnen por dejar de usar la palabra mujer. Al no poder responder lo que es ser una mujer, tampoco podemos defender a la mujer y a la maternidad.

Un ejemplo de esto son las injusticias de las atletas femeninas que son vencidas por hombres que transcisionan para “ser-mujeres”. En todo caso lo más justo sería que aquellos atletas trans tuvieran su propia categoría y que compitieran entre sí. Hay que aceptarlo, jurídicamente la igualdad es posible, pero fisiológicamente es imposible, incluso entre atletas muy bien preparados. Otro ejemplo son las mujeres encarceladas que han sido violentadas por un hombre que se identifica como una mujer. ¿Acaso no nos estamos olvidando de proteger verdaderamente y dar un lugar a la mujer? Aquí es también donde el feminismo se divide, entre aquellas que consideran que un hombre trans es verdaderamente una mujer y aquellas que consternadas claman que a pesar de la transición, y por mucho que el hombre trans lo desee jamás será una mujer, y los espacios de las mujeres deben ser defendidos. 

Una última anotación que me resulta interesante de Atwood aparece casi al final de El cuento de la criada, cuando Gilead tiene un nuevo régimen y los ciudadanos se encuentran en un congreso que estudia los tiempos antiguos. El especialista afirma “el modo más eficaz de controlar a las mujeres en la reproducción y otros aspectos era mediante las mujeres mismas. Existen varios precedentes históricos de ello; de hecho, ningún imperio impuesto por las fuerzas o por otros medios ha carecido de esta característica: el control de los nativos mediante miembros de su mismo grupo”.

En la sociedad que propone Atwood las criadas eran controladas por las esposas y educadas en sus deberes por las tías, y todo giraba en torno a la reproducción, por lo que eran otras mujeres las que decidían y hablan por las otras mujeres. Es algo curioso, porque Atwood es una autora considerada feminista, y últimamente me da la impresión de que el movimiento feminista es quien afirma llevar la voz sonante de la mujer, aún cuando este movimiento no representa a todas.

La maternidad es la manzana de la discordia, afirman que toda mujer debe decidir si quiere o no quiere ser madre, a la vez que critican a aquellas que deciden ser madres y quedarse en casa: sumisas, retrógradas, patriarcales. ¿Acaso el feminismo no controla también la reproducción femenina? ¿Acaso no nos dice cómo debería ser una mujer empoderada? Con banderas de fraternidad y sororidad descartan a las mujeres que no entendemos el feminismo o la lucha de reivindicación femenina en esos mismos términos. O sea que en este movimiento de máxima apertura hay sin embargo un pensamiento hegemónico que no se puede contradecir.

Es necesario matizar que hay diferentes olas de feminismo, unos más o menos radicales que otros. Sin embargo, no es mi intención definir y demarcar el feminismo y la deconstrucción del patriarcado. Basta con decir que el feminismo se ha infiltrado incluso en universidades y ambientes católicos, en los que podría considerarse una contradicción el feminismo radical con la postura pro-vida que defiende la Iglesia. Aunque no son los únicos que se han infiltrado en ambientes ajeno: una fuente anónima con quien pude conversar hace labor dentro de los grupos feministas, del mismo modo que las feministas hacen labor dentro de estos grupos universitarios católicos. Nuestra informante cuenta que al principio comenzó discutiendo las posturas, pero con el tiempo se dio cuenta de que para verdaderamente ayudar a la mujer tienes que concentrarte en ellas –en la mujer– y no en ideologías. 

Pero no es posible ayudar si estamos rotos y lastimados; a la mujer en crisis no basta con decirle “aquí estamos”, sino que es necesario estar presente y meter las manos. Ayudar va más allá de decirte qué pastilla puedes tomar para abortar, o qué método anticonceptivo debes usar. Ayudar a la mujer consiste en escucharla, orientarla y acompañarla. 

Foto: Rodrigo Morelos Oseguera

Sorprendentemente encontré una película en Netflix que se parecía mucho al artículo Historia de dos embarazos de Mary Eberstadt que publcamos hace poco. Recalco que fue sorprendente, porque es una postura más moderada y de centro, un poco disonante respecto a la agenda que regularmente sigue Netflix. En Mis dos vidas una chica recién graduada se encuentra ante una prueba de embarazo, que bien puede ser positiva o negativa. Así vemos cómo se desarrollaría la vida de la protagonista durante los siguientes 5 años. Con la prueba positiva, decide tener a su hija y abandonar su carrera, mientras que con la prueba negativa cumple sus planes y entra a trabajar en un estudio de animación en Los Ángeles. En ambas posibilidades tiene dificultades y tras muchos esfuerzos logra su sueño profesional como dibujante y encuentra una pareja. Una trama bastante previsible, pero ¿qué hubiera pasado si se apegara más a la realidad, una realidad en la que no siempre cumplimos nuestros sueños incluso cuando vivimos la vida que deseábamos? La película termina con la chica y la prueba entre sus manos, mientras que sus dos posibles versiones futuras afirman que todo estará bien. Así que al final, sin importar cuál de las dos versiones pudieran suceder, ambas son igualmente buenas. 

Nadie puede decirnos cómo vivir y al final por mucho que planeemos nuestra vida hay acontecimientos que lo cambian todo radicalmente y a veces suceden de forma espontánea. Podríamos ser optimistas y pensar que todo va a estar bien, que al final tendremos la carrera perfecta, la familia y los viajes. La realidad es que las mujeres parecen tener menos oportunidades, especialmente si se deciden por la maternidad, aunque nada les garantiza que sacrificarla les traerá felicidad. 

Abandonemos el miedo y la desesperanza. Abandonemos la idea de los momentos ideales que sólo ocurren en las películas. Abandonemos la concepción de que el trabajo del hogar y la maternidad no tienen valor sólo por no tener un salario. 

Si una futura madre lee este texto, quiero invitarla a que abandone el miedo de perderse a sí misma, esa idea de que pondrá su vida en pausa. Quizá no sea todavía el mejor de los mundos posibles, pero cada día debemos trabajar desde cada trinchera para que sea mejor. Una trinchera cuya primera línea de defensa es la maternidad — un trabajo que es fundamental para crear mejores sociedades; un trabajo sin pausas, sin horas de entrada y de salida, sin jubilación, sin quincena, sin aguinaldo y sin un perfil rimbombante de LinkedIn; pero un trabajo que mantiene unida a la sociedad, es más, un trabajo que permite que exista la sociedad.

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