Nostalgia: de Eldorado a Würschnitz

“No hay nada más bello que lo que nunca he tenido,
nada más amado que lo que perdí…”
Joan Manuel Serrat

Una vez que pasaras la reja debías continuar todo recto hasta la fuente ¿o era una capilla? La memoria me falla. Pero al llegar a la fuente o capilla debías caminar hacia la izquierda y por ahí encontrarías las tumbas. Eso es lo que siempre contaba mi abuela. Pero a ella también la memoria le hizo una jugarreta y aunque recordaba de cierto modo el camino, no las encontró. Seguramente se hubiera ido con cierta melancolía del cementerio, por no haber encontrado el camino hacia las tumbas de sus padres. Sin embargo, no iba sola y la perseverancia del tío Víctor, hizo que las encontrara. Sí, cerca de ese camino; a la izquierda de la fuente o capilla que era la referencia, un poco abandonadas y cubiertas por la maleza. Él las descubrió, quitó las ramas y mi abuela vio de nuevo las tumbas de sus padres.

Escuché esa historia muchísimas veces, pero era tranquilizador escucharla. Algo hay de relajante en escuchar historias cuyo final ya conoces… el final nunca cambia, las tumbas las encontró. Y, sin embargo, vean que ya no recuerdo bien si era una fuente o una capilla la referencia… y seguramente yo sería incapaz de encontrar ese camino que en la imaginación conozco bien, pero en la realidad nunca he visto. Con tristeza debo admitir, que la voz de mi abuela, que antes sonaba más nítida en mi cabeza, se va desvaneciendo poco a poco. Esas historias de mi infancia, que ni siquiera son propias, sino la historia familia mezclada, se diluyen con el paso del tiempo.

Años después condujimos desde la Ciudad de México hasta Sinaloa, para que mi abuela visitara de nuevo su tierra. Pasamos por Guadalajara y Mazatlán, conocimos a los parientes de Culiacán y al final llegamos a Eldorado. Esa era la finalidad del viaje. Llegar al pueblo en el que nació y creció. Un pueblo que en mi imaginario era casi mítico, fundando por las historias que mi abuela contaba, impregnadas de nostalgia y por mi imaginación. Nunca antes había estado ahí, pero sabía que había un ingenio azucarero, que los dueños eran los Redo, que una mañana la niña Manuela se comió a escondidas grandes trozos de manteca en la cocina, que por las mañanas salía a correr. Por eso me decepcioné cuando llegué y no encontré nada de eso.

Lo que me imaginaba no existía, no estaban los Redo, el pueblo estaba cada vez más solo, las calles sin asfaltar y el viento lo volvían el lugar perfecto para filmar una película de vaqueros. Pero algo de aquello que mi abuela quedaba, aún permanecía. Mi abuela se encontró con su hermano, ¿o era su primo? Y mientras ellos platicaban del pasado, mi hermano y yo salimos a jugar con una niña que algún grado de parentesco con nosotros tenía. Nos enseñó el pueblo: el kiosco, a los hombres que desde un zaguán nos encargaron comprarles unas caguamas y cigarros de la tienda de la esquina y la maquina tragamonedas –que era la máxima diversión– de la tortillería. También vimos a un pequeño pariente que jugaba debajo de un auto viejo y polvoriento a que era un mecánico. No me malinterpreten, si pudiera también volvería a aquel día; volvería gustosa a recorrer las calles y esta vez pondría más atención, volvería a comer ese buen plato de machaca con huevo que nos sirvieron y sobre todo volvería a sentarme a escuchar lo que mi abuela platicaba sobre su niñez en Eldorado. Cuando nos fuimos había algo en el aire, algo que, por ser una niña, en aquel momento no alcancé a comprender: nostalgia. Fuimos a buscar un espejismo, un pueblo inexistente, porque mirábamos con los ojos del presente un pasado lejano.

Etimológicamente la nostalgia tiene una raíz griega: nóstos que significa regreso o retorno al hogar y álgos que significa dolor; la nostalgia es el dolor por querer volver. ¿Volver a dónde? Al hogar, a la infancia, a la juventud, a un recuerdo específico. Kant diría que no es precisamente volver a un lugar específico, sino volver a un tiempo. Por lo regular es volver al tiempo que añoras, en el que todo iba bien o que pensabas que todo era mejor… es una añoranza por un tiempo que ya no está y que muchas veces puede ser la juventud o la infancia. Es un dolor por el lugar en el tiempo en el que fuiste feliz.

La nostalgia impregna la naturaleza humana, quizá por ello En busca del tiempo perdido de Marcel Proust es una obra maestra de la literatura universal, nos identificamos porque todos tenemos algún recuerdo nostálgico que en cualquier momento puede ser detonado. Como el caso de la magdalena. El sabor de una magdalena, detona todo un recuerdo: las mañanas en que la tía Leonie mojaba la magdalena en su té y se la ofrecía. Proust señala que los recuerdos viejos se empalman con los nuevos, los recuerdos abandonados en la memoria se desintegran, hasta que de pronto algo sensorial lo saca de un lugar oculto… nuestra cabeza se desempolva, y aparece de nuevo nítidamente un recuerdo:

Pero cuando nada subsiste de un pasado antiguo, después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, solas, más frágiles pero más vivas, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor permanecen aún mucho tiempo, como almas, recordando, esperando, esperando sobre las ruinas de todo lo demás, llevando sin doblegarse, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.

Aunque las personas desaparezcan y los lugares ya no sean los mismos, un olor, un sonido, el tacto pueden remitirnos a un recuerdo nítido y casi olvidado.

Así opera la nostalgia, siempre al acecho, siempre dispuesta a vulnerarnos. Es universal, todo el mundo la ha sentido en algún momento y por ello podemos comprenderla, nos resulta familiar. Hace muchos años conocí a una mujer, Margalit, que se emocionó hasta las lágrimas al escuchar una canción en sefardí, curiosamente la canción hablaba sobre la nostalgia. No es que la letra de la canción la emocionara, sino que esa canción le recordó a su abuela, las canciones que ella escuchaba en esa lengua casi perdida. Margalit no pudo contener las lágrimas y los ojos empañados entre los desconocidos. La memoria como facultad intelectual guarda muchas cosas en diversos cajones y paradójicamente mientras recordamos estamos generando un nuevo recuerdo. Ahora mismo mientras recuerdo las lágrimas nostálgicas de Margalit estoy generando un nuevo recuerdo: la fría mañana de primavera en Berlín en que al escribir recordé que Margalit lloró con un recuerdo.

Un dicho popular dice que uno siempre vuelve a donde fue feliz; y en cierto, hace algunos años escuché a una pareja alemana que le contaba a su nieto en la calle de Baumschulenweg que algunos edificios eran de otro color, que la tienda de colchones no existía, y mencionaban cómo había cambiado el barrio en el que vivieron durante tanto tiempo. Ahora debería actualizarlos: la tienda de colchones ahora es un Dominos, renovaron varias fachadas, la panadería vietnamita ya no está y el sastre se jubiló. Esa calle en la que viví varios años cambió. El cambio es aún más notorio y veloz en las megalópolis. Y no sólo los edificios, las tiendas, los árboles y las personas cambian, nuestro estado de ánimo influye muchísimo. A veces recuerdo el estado anímico con el que leí un libro y si releo sus páginas me sitúan de nuevo en ese momento. Pero es algo muy breve, se escapa de nuevo, se transforma y se superpone con lo nuevo.

Uno de los momentos capitales de mi vida fue cuando viví en Roma, es un tiempo irrepetible y cristalizado en mi memoria. Tiempo después volví, pero con un poco de recelo y reticencia, porque sabía que aquel tiempo no se repetiría, que construiría algo nuevo sobre algo viejo y esa estructura podría tambalearse. Recorrí de nuevo la via del Largo di Torre Argentina y aunque la Feltrinelli seguía en la esquina y el edificio en el que vivía seguía siendo la sede del partido radical y las monjas benedictinas, algo había diferente. Aquellos a los que buscaba no estaban. La Andrea con varios kilos de menos y colágeno hasta en las rodillas me miraba desde un punto muy lejano que no podía alcanzar. Lo que era conocido se desdibuja y todo se ve como a través de un cristal empañado. Porca nostalgia!

El recuerdo se ensalza, se vuelve una pieza de museo, y por eso pensamos que el pasado fue mejor. En el momento no lo notamos y en el recuerdo se preserva sobre todo lo bueno. Aunque claro, hay a quien le gusta recordar malos gestos, las malas experiencias, la mierda embarrada en la calle, los detalles incómodos, pero yo no tengo tanta vocación por el sufrimiento. Así que mis recuerdos no son tan objetivos y me han creado un imaginario casi místico que se confronta a veces con la realidad. Entonces vuelvo después de años a aquellos sitios y de pronto las cabezas de Quetzalcóatl de la plaza cívica en la Unidad Independencia ya no me parecen tan grandes como antes, los colores de los juegos han perdido la intensidad, el jardín está seco y la casa de mi abuela ya no es su casa, porque ella no está ahí.

¿Por qué de pronto pienso tanto en ella? ¿Por qué me vino súbitamente el viaje a Eldorado? ¿Qué magdalena despertó mi recuerdo y mi nostalgia? Mi suegra fue mi magdalena. Después de un largo viaje, la última noche en un pequeño pueblo en República Checa, Steffen le dijo a su madre que ahora que estaba jubilada debería aprovechar y viajar un poco. Le sugirió que su padre y ella podrían visitar el pueblo en el que ella nació y vivió hasta los 11 años, antes de mudarse a Stralsund. Le preguntó si no le gustaría ver de nuevo el lugar, recorrer las calles y recordar o si quizá eso le resultaría melancólicamente insoportable. Pero no se trata de melancolía, un estado del alma reflexivo y tristón, sino de nostalgia, que, aunque pareciera lo mismo, tiene sus matices. Pregunté cuál era el pueblo y al buscarlo en el mapa no aparecía tan lejano. Propuse que fuéramos porque quedaba de camino.

Ella no tuvo una infancia tan buena a la que quisiera regresar, además de que no se veía tan emocionada con la idea.

Yo estaba un poco escéptica, porque debo admitir que mi suegra no es la persona más orientada del mundo, y aunque las cosas en un pueblo cambian más lentamente que en una ciudad, pensé que sería difícil de encontrar el recuerdo de un pueblo de la DDR tras la unificación de Alemania. Así entramos a Würschnitz, un pueblo que nunca antes había escuchado mencionar, en Sajonia, cerca de lo que antes era Karl Marx Stadt y que ahora es Chemnitz. Además, seguramente los nombres de las calles habían cambiado. Ella dijo que era la calle que recorría el río, que cerca había una farmacia. Steffen presionaba preguntando ¿te acuerdas de esto, se ve que es viejo? Ella sólo decía que todo se veía diferente. Yo pensaba que buscábamos la casa de su infancia, pero no… la nostalgia es volver al lugar en el que fuiste feliz, buscábamos la casa de su Oma, su abuela. Y de pronto encontramos una calle que seguía el curso de un riachuelo y una farmacia cerca. El número 27 seguía siendo el número 27, pero lo que nos ayudó a identificar el lugar fue un pequeño muro. Ese muro, era el equivalente de la fuente o capilla, que mi abuela buscó años atrás en el cementerio. Y contra todo pronóstico, mi suegra, reconoció ese muro. “Siempre caminaba hacia acá y distinguía la casa por ese muro, entonces sabía que había llegado a la casa de la Oma”. Ese muro fue su magdalena.

Nos bajamos del auto y como en todo pueblo pequeño, los vecinos se asomaron por las ventanas. Un curioso nos preguntó desde el balcón y ella respondió que cuando era niña siempre visitaba a su abuela en esa casa. Nos dijo que ahora era de otro color, que antes había un jardín en vez de adoquines para estacionar a los autos, que los balcones era añadidos. Contó algunas historias de su propia abuela, vimos una pequeña tienda de juguetes que todavía existía. Los ojos se le empañaron, pero controló las lágrimas. Continuamos el camino en silencio. No era un silencio tenso, era un silencio melancólico impregnado de recuerdos. ¿Qué pensaba? ¿Qué sentía? No lo sé. No lo dice. Los alemanes no son muy expresivos sobre sus sentimientos.

Y en ese ambiente tan nostálgico, ella sumida en los recuerdos de su Oma, y mi hijo dormido en la silla del coche, yo también me sumergí en los míos. De pronto me encontré pensando en mi abuela, en ese viaje a Eldorado, en como ella buscaba en su memoria el camino hacia las tumbas de sus padres. Y tuve la certeza de que yo le contaré a mi hijo que un día viajé a Eldorado buscando los recuerdos de mi abuela y que otro día fuimos juntos a Würschnitz buscando los recuerdos de la Oma de su abuela. Y como un rayó que profetiza una futura nostalgia me vi con pasos vacilantes acompañada de un brazo fuerte, buscando una cerrada en Holbein, la esquina de Mayahuel… siguiendo los pasos desdibujados que en un pasado lejano caminé.  

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