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Medusa en tiempos de incompetencia

por | Abr 19, 2021 | 0 Comentarios

Por Gilberto del Paso

La incompetencia y la ignorancia de algunos servidores públicos se evidencian mucho más en los momentos de crisis. Es justo cuando se tienen que tomar las decisiones con mesura y prudencia cuando sale a relucir el ser humano incapaz de ejercer su posición de líder y utilizar los criterios del bien común y colectivo para la toma de sus decisiones. Esta trágica realidad, tan actual como antigua, la podemos encontrar en varios capítulos de la historia, siempre con terribles y fatídicos resultados para la sociedad y las naciones. 

Quizá el más bello ejemplo de incompetencia pública lo podemos ver plasmado desde hace 200 años en un enorme lienzo de tela de casi 5 metros de altura y más de 7 metros de ancho.

Cuando a principios del siglo XIX se encomendaba una obra de esas dimensiones, lo que se esperaba era ver algo grandioso; algún hecho histórico sorprendente, lleno de heroísmo y simbolismo. El legado que había dejado el clasicismo de Luis David, mostrando hechos sorprendentes de la vida política francesa (La Coronación de Napoleón -1808) o relatos de las grandes obras clásicas grecorromanas aún seguía vigente (La Muerte de Sócrates -1787), la exacta proporción entre el color y las formas eran enseñadas con rigor en las academias de arte más prestigiosas de Europa. 

La crítica y los amantes del arte esperaban ver en ese largo e imponente lienzo algo que sorprendiera a la vista, tanto por su composición como por sus dimensiones. Pero lo que vieron los espectadores, a mediados de 1818 en la obra del joven, rebelde y afamado Theodoré Géricault, los llenó de asombro e indignación.

Horace Vernet, Jean-Louis-André-Théodore Gericault, probablemente 1822 o 1823

La obra no parecía recoger ningún hecho histórico o un relato simbólico lleno de gloria y honor. Tampoco contaba un mito griego o un hecho religioso. Con colores sombríos, llenos de pardos y ocres, el joven y extravagante artista había plasmado el fatídico destino de una tragedia marítima ocurrida hacía sólo tres años antes y que Géricalult se encargaría de lograr que no se olvidará jamás.

La enorme pintura relataba la trágica historia de la fragata francesa Medusé ocurrida en el año 1816.  La Medusa partió del puerto francés de Rochefort el 17 de junio de 1816 con destino a Senegal, costa oriental africana. La fragata, que había servido en las guerras napoleónicas, zarpó con 400 tripulantes, entre ellos el enviado especial del Rey Luis XVIII, para tomar posesión del gobierno de la colonia francesa de Senegal, otros oficiales de alto rango, soldados, marineros, esclavos, mujeres y niños.

El gobernador quería llegar cuanto antes a Senegal, ejercer la soberanía francesa en ese territorio cuanto antes. Inmediatamente, expresó al capitán de la Medusa su intención de llegar a la brevedad posible. La costa noreste de África era conocida por sus terribles vientos y su irregularidad la profundidad de las aguas cercanas a las costas. Los marinos experimentados preferían ir a aguas más profundas aun cuando la travesía fuera más lenta. 

Pero el capitán tenía el gran deseo de complacer al gobernador. Eso le traería buena reputación y reconocimiento ante el rey y la nueva monarquía borbónica impuesta después de la caída de Napoleón. A fin de cuentas fue el mismo Rey quien había nombrado capitán a dedo, sin importar que tuviera más de 20 años sin haber estado bajo el comando de una embarcación. El capitán y vizconde Hugues Duroy de Chaumareys era un analfabeto de los engaños y argucias del mar.

Pronto, la impericia del capitán hizo que la Medusa encallara en aguas poco profundas, a unas 50 millas de la costa de Mauritania. Una opción para mantener a la fragata a flote de nuevo era tirar por la borda los pesados cañones que llevaba. El capitán se negó a perder indignamente la fuerza de defensa de la embarcación.

Los botes salvavidas eran insuficientes (otra falta de cuidado en los detalles de parte del capitán), así que se decidió construir una embarcación con retazos de madera para que esta fuera remolcada, con pasajeros y víveres, por el bote salvavidas. Pronto, el capitán se dio cuenta de que no podría salvar su vida y la del gobernador si el barco salvavidas insistía en remolcar la improvisada balsa.

Fue así que se cortaron las cuerdas. Se dejó a la deriva de la furia del mar a 147 personas, tripulación y pasajeros, con poco o casi nada de víveres. Trece días después de su abandono, la embarcación fue encontrada por una embarcación inglesa, con únicamente 15 sobrevivientes, de los cuales 5 murieron poco después. Sólo dos de ellos se atrevieron a contar su historia. La emblemática pintura titulada La balsa de La Medusa justamente relata con detalle y profundo dramatismo pocas horas antes de que los sobrevivientes fueran salvados. 

La balsa de la Medusa, Géricalult.

Gracias a su testimonio se pudo saber qué ocurrió con la balsa durante esos 13 días a la deriva: disputas por los víveres, peleas a muerte entre bandos que querían tomar el control de la balsa, los más débiles fueron arrojados al mar para ser devorados por los tiburones, riñas por apoderarse del centro de la embarcación, suicidios y hasta canibalismo. Los peores rasgos del ser humano salieron a relucir en razón de la supervivencia. 

El impacto producido por la obra de Géricault fue lo que finalmente le dio difusión a este trágico hecho. Por un lado, generó un escándalo en la sociedad francesa que terminó culpando al Rey y a lo que quedaba del antiguo régimen como una prueba de lo perverso e inhumano del sistema monárquico. 

El prestigio de la monarquía francesa también se vino abajo ante la comunidad internacional; soldados franceses dejados a la suerte por el régimen sólo para que fueran salvados por una embarcación inglesa. Si a los franceses no les importaba sus ciudadanos y soldados, entonces ¿a quién?

La presión fue tal, que terminó por obligar a enjuiciar a Chaumareys. Su falta de pericia, su súbita inexperiencia e ignorancia habían causado la muerte y el deshonor para Francia. Su desinterés por salvar a los olvidados y el encubrimiento del trágico hecho sumaban a la gravedad de sus crímenes. Había elementos para que el vizconde pasara el resto de sus días en la cárcel. La justicia estableció una condena de 3 años. 

Géricault murió sin ver su gran obra expuesta en el Louvre, donde se encuentra ahora. Para muchos, la trascendencia de la obra se basa en su valor artístico: la transición del clasicismo al romanticismo. Para otros, su valor simbólico va más allá. Representa el uso del arte para denunciar los sistemas corruptos, incompetentes e inhumanos. Para darle sentido a la tragedia humana y como un recordatorio simbólico para evitar la repetición de hechos malaventurados de la historia de la humanidad. 

Aun cuando por la desidia, la ignorancia y el ocultamiento de los hechos a manos de los “servidores públicos” generen tragedias humanas, la obra de Géricault nos recuerda que la verdad siempre sale a relucir y que las víctimas de las injusticias siempre tendrán el derecho a la verdad y a la justicia. Sólo a través de este reconocimiento es que los cambios sociales, que respetan al hombre en su integridad y naturaleza, son posibles.

Poco después, y en parte como fruto de la tragedia de la Medusa,  se instauró en Francia la Ley de Gouvion de Saint-Cyr, una serie de reformas a la milicia donde quedó sentado (y vigente hasta ahora) que las promociones militares únicamente serían otorgadas por el mérito y sólo el mérito. La ignorancia y la impericia no serían desde entonces, la causa de la muerte y el olvido en las embarcaciones francesas. 

¿Cuántas Medusas tendrán que pasar para lograr que se priorice el mérito y la prudencia sobre el culto  personal, la lambisconería y el bien individual?  Esperemos que ninguna.

Redacción

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