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Mejor es lo bello

por | Oct 25, 2020 | 0 Comentarios

Pires Plays Mozart
Deutsche Grammophon, 2020

Tan difícil como conmover al público con una pieza innovadora es conmoverlo con un clásico que ha sido escuchado miles de veces. Si me pidieran una recomendación para alguien que quisiera introducirse en la escucha de música clásica, en este momento, recomendaría la interpretación de Mozart de Maria João Pires: Pires Plays Mozart. La sugeriría, eso sí, junto con la interpretación de Daniel Barenboim: Mozart: Complete Piano Sonatas and Variation, del sello Warner Clasics. Ambas son magistrales, pero transversalmente distintas.

Tercer movimiento de la sonata 11, interpretada por D. Barenboim.

Tómese por ejemplo la Sonata 11 en La mayor, la famosa Marcha turca. La interpretación de Barenboim es, me atrevo a decir, la tradicional; la mejor que conozco de su tipo. En ella se hace presente el portento marcial, sobre todo en el tercer movimiento. Uno lo escucha y se siente en Austria. La sutileza de Pires, en cambio, podría parecer irreverente, especialmente en la entrada del mismo tercer movimiento: casi con letargo, pero no es letargo.

Mucho se ha dicho sobre el modo en que la fisionomía de Pires la llevó a desarrollar su técnica: tiene manos pequeñas. Su destreza es más una astucia que una fuerza.

Tercer movimiento de la sonata 11, interpretada por M. J. Pires

Mozart escribió la Marcha turca, en principio, para emular el brío de las bandas militares otomanas. Si tomamos como criterio la adecuación histórica, habría que decir que la de Barenboim es una interpretación más lograda. Aunque no hemos de olvidar que en tiempos de Mozart el virtuosismo estaba constituido en gran medida por la delicadeza. Puesto que las teclas eran ligeras, los estudiantes de piano debían practicar con monedas en el dorso de la mano para alcanzar la suavidad apropiada.

¡A quién le importa la adecuación histórica de la belleza! En João Pires interesa más bien el gozo, una resurrección del arte. De hecho, hace ya algún tiempo decidió retirarse de una actividad artística convencional, y montar conciertos en lugares alternativos que acerquen al público al espíritu de la música; por ejemplo, en el Monasterio de Santa María de Cervià de Ter, cuya acústica supera la de muchas salas de conciertos sin empacho. Maricel Chavarría da cuenta al respecto en La vanguardia (20/02/2019), y Jesús Ruiz Mantilla, en una entrevista para El país (04/09/2020), ofrece las palabras de Pires: «competir, en el arte, se ha vuelto una enfermedad». «En el deporte, puede que valga; en el arte, no». En la entrevista, critica el afán vacío por la perfección de la técnica; una búsqueda de seguridad y evasión del riesgo: «ser artista consiste en lo contrario: asumir y aceptar todos los riesgos». «Hemos perdido la esencia del sentimiento creativo, que viene del amor, de ayudar, de disfrutar al estar juntos, de hacer feliz al otro».

Frente al ejército de músicos empecinados en un virtuosismo maquinal, Pires arriesga nuevas interpretaciones; vive y revive el gozo de la música. Me recuerda un chiste: ¿cuántos pianistas se necesitan para cambiar un foco? Cien; uno que lo cambie y noventa y nueve que le critiquen la técnica.

Tercer movimiento de la sonata 11, interpretada por M. J. Pires

Palpé la esencia del sentimiento artístico, de la que habla ella, la primera vez que escuché el tercer movimiento de la Sonata 11. La escuché en otro álbum, Mad About Piano, compilación también de Deutsche Grammophon. Cuando escuché el inicio pensé: ‘es Mozart con candela’. Fue mi intento verbal por asir esa novedad. Me pareció experimentar el asombro originario que debieron vivir los contemporáneos de Mozart, como si no fuera un piano lo que escuchaba, sino un animal vivo, independiente, respirando. Pires nos recuerda que, tal vez, a despecho de las almas pitagóricas, la música está más en el sonido presente que en las borrosas notas.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

Alberto Domínguez Horner

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