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Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

por | Ago 12, 2021 | 0 Comentarios

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No a todos les interesa que surja un movimiento social fuerte en contra de los abusos de los gigantes tecnológicos. Muchos, incluso, no creen que haya abusos. Otros no quieren que surja porque son ellos los abusivos. De cualquier modo, a todos les interesa saber si es posible. A unos para luchar y resistir, a otros para defenderse y a otros para precaverse.

La resistencia a los monopolios exige sabotear las redes sociales que fungen como su mejor herramienta de control. Oponerse al medio dominante representa un cambio estructural respecto de otras protestas sociales que, al contrario, buscaban instaurar su discurso en esos medios. Por otra parte, hay quienes piensan que la cuarta revolución tecnológica, tal como la estamos viviendo, es inevitable. Esa idea, propaganda de los monopolios, promueve una falta de confianza ante la libertad humana.

Las redes sociales no son malas por sí mismas, y siempre han existido desde los albores de la humanidad. La familia es una red social. El problema son las succionadoras de datos y los traficantes de atención digital como Facebook, que se disfrazan de redes sociales. Un cambio social sólo es posible si no subestimamos el poder al que queremos frenar. Para casi todos, la renuncia a estas redes significaría la pérdida de su trabajo, de su red laboral o de sus oportunidades de empleo. La renuncia es impensable, porque nos ataron con unas cadenas que individualmente no lograríamos romper. También nos clavaron un anzuelo emocional: diez años o más de vivencias íntimas y vitales registradas y entretejidas con estas plataformas. Y, sin embargo, hay alternativas para fraguar la resistencia.

Los gigantes tecnológicos no se hacen cargo de su impacto ambiental.

Estar en contra del medio dominante

Las redes sociales son la ciénaga de estos enormes ogros tecnológicos (Alphabet, Facebook, Amazon, etc.). No son las verdes praderas de la convivencia humana. Se presentan a sí mismas como lugares libres, como meros medios. Esto es, como si no fueran un acontecimiento sino sólo el lugar de los acontecimientos. Pero bien saben los comunicólogos que cada medio impone su ambiente, más aún: su estructura. Mientras más violenta la estructura, más corrosión en la vida de los usuarios.

Debido a su configuración particular, cada medio transmite ciertas ideas y moldea de cierto modo a la sociedad que lo usa. Los medios de comunicación no son neutros ni siquiera en tanto que meros medios. Su estructura promueve unas prácticas e ideas, y rechaza, cancela o amordaza otras. Si uno considera dañinas esas ideas y no quiere que terminen por aprisionarnos, mejor que busque cómo hacer la resistencia desde ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Luchar contra el medio dominante ¿es descabellado? Como mencioné al inicio, los movimientos sociales suelen triunfar (o al menos diríamos que recorrieron la mitad escarpada del camino) cuando siembran su discurso en el medio dominante. La propaganda gay en el cine o la presencia del feminismo en los medios es ya un triunfo de esos movimientos. Pero sólo es un triunfo para algunos partidarios, porque no todos los homosexuales están de acuerdo con la visión de la sexualidad que Netflix eligió promocionar, ni todas las feministas con las perspectivas de género que los medios de comunicación legitimaron. La existencia de medios tan poderosos catapulta a algunos y se traga a otros, y no siempre ganan los más sensatos. Suelen ganar los que elevan las ventas.

Ahora bien, ¿qué pasa si el objetivo no es instaurar un discurso en el medio dominante, sino derrumbar ese medio? ¿Se necesita un medio alternativo? ¿La solución es simplemente abandonar el medio? Está la opción de resistir a los abusos de las corporaciones desde dentro de sus medios. Si simplemente abandonamos los medios, no podremos llegar a las demás personas a quienes les vendría bien, si no resistir, al menos saber exactamente de qué se alimentan las redes sociales cibernéticas. Sin embargo, la estrategia de minar al medio desde dentro consigue poco a largo plazo. Los dueños de las redes lo advertirán, calcularán las pérdidas de sus negocios y ahogarán la disidencia. O tal vez… tal vez lo hacen ya.

Esto, en el fondo, sugiere que no es posible un movimiento social así. Dados los tamaños de nuestras poblaciones, los movimientos sociales necesitan medios de comunicación para lograr la organización y la unidad indispensables. Aun así, aunque este movimiento no puede erguirse apoyado en los medios que pertenecen a los gigantes tecnológicos, sí puede apoyarse en medios alternativos en los que la tiranía de las corporaciones no sea bienvenida. Como dice una vieja canción: «iremos de uno en uno, después de pueblo en pueblo».

Las revoluciones industriales no son procesos naturales

En las discusiones sobre el tema, siempre hay alguien que recrimina como ‘neoludismo’ a la prudente cautela ante la tecnología que sobrepasa ciertas dimensiones. Porque en toda discusión se suele colar gente más interesada en escupir y sacar la lengua que en conversar y perseguir el bien. Los luditas eran artesanos que se dedicaban a destruir máquinas en el siglo XIX, en especial, máquinas de hilar y telares industriales, porque estos instrumentos les quitaban el trabajo. Suele decirse que, al final, los luditas no lograron nada. Hay una gran diferencia, empero, entre las máquinas de hilar y los sistemas computacionales de las redes sociales. Verdad perogrullesca.

Se suele decir también que vivimos la cuarta revolución industrial, y que los cambios traen cierta inestabilidad para algunas personas pero que, a largo plazo, los problemas se resolverán. Por mencionar un ejemplo, las condiciones laborales son cada vez más precarias. Cualquier cajero, vendedor, obrero o personal administrativo de un puesto no tan alto no estaría equivocado al temer que una máquina lo remplace. Sin embargo, como bien señala Kate Crawford en su reciente libro Atlas of AI, las compañías de la nueva industria necesitan muchísimo personal y trabajadores externos. El problema está más en que los humanos sean tratados como máquinas. Se les exige y explota al ritmo de las máquinas. Crawford observa de primera mano cómo el mantenimiento de la infraestructura y los robots de Amazon es impecable, mientras que sus pasillos están repletos de empleados vendados y de dispensadores de analgésicos. Los humanos no son un recurso y no nacieron para la explotación. En las múltiples huelgas y manifestaciones, los trabajadores de Amazon lo único que piden es el indispensable respeto humano, cosa que resulta demasiado pedir cuando los directivos de la empresa lo comparan con sus ambiciones.

Amazon, Centro de Distribución. Créditos: Megan Farmer.

El cambio tecnológico ha traído injusticia, irrupción a la privacidad, y un daño psicológico y ambiental tremendos. No es tan fácil pensar que la legislación pertinente vendrá y que las cosas estarán mejor que como estaban antes. Al respecto, conviene considerar dos cosas.

La primera es que la resistencia no se daría en contra de este tipo de tecnologías que permiten hablar de una cuarta revolución, sino sólo en contra de las que coincide que son de este tipo y que, específicamente, sirven a los intereses abusivos de los monopolios. La segunda es que la historia no es un proceso natural. Las legislaciones no ‘se dan’. Hay abogados y legisladores que trabajan duro para que los intereses de unos pocos no se sobrepongan al bien común. Los legisladores de este tipo (también hay legisladores perversos) deben estos logros a la práctica esforzada de su ética profesional, y no al determinismo. Lo mismo pasa con cualquier cambio histórico: no se ordenará ni será bueno si nosotros mismos no lo ordenamos y lo hacemos bueno.

Un movimiento así no revertirá la historia y quizás tampoco derribará a estos gigantes, pero sí puede limitar este imperio deshumanizante. Las personas no están hechas para la tecnología, sino la tecnología para las personas. Es posible un mundo en el que lo laboral y lo público no invadan la vida privada e íntima. Un mundo en el que puedas renunciar a darle de comer tus datos al ogro sin perder la posibilidad de un empleo decente.

Fraguar el movimiento

A nadie que esté enterado del funcionamiento de los algoritmos de Facebook y del condicionamiento continuo, subrepticio y agresivo que imprimen en sus usuarios, le parecerá descabellada la resistencia. Las personas que trabajan en puestos significativos de la compañía por supuesto que también saben lo que está en juego. De todos modos, al hablar de esto en algunos círculos sociales, a uno lo miran como a don Quijote queriendo revivir la época de los caballeros andantes. Tal vez sí es un cambio igual o más grande, pero, como no es descabellado, tampoco es imposible.

No conozco a ningún comerciante que no se vería seriamente afectado si se abstuviera de los productos de Facebook Inc. (Facebook, WhatsApp, Instagram, etc.). Trabajadores de otros sectores también perderían oportunidades grandes. En cambio, si todos… todos… lo hicieran, los empresarios pequeños y medianos ganarían un mercado tremendo (con la condición de que sus productos sean de calidad). Lamentablemente, las probabilidades de que todos lo hagan no son más que una posibilidad irrelevante. Por lo pronto, este movimiento sólo puede proponerse que algunos, un número cuantioso, abandone estas redes (no todas). Puede proponerse, eso sí, que estas redes dejen de ser centrales u obligadas.

Además de que abandonar las redes no es una opción para casi nadie en este momento, imaginarlo resulta emocionalmente complicado. Tomemos al 2011 como referencia, año en que Facebook contaba con 800 millones de usuarios y constató un ritmo de crecimiento de 250 millones de usuarios anuales nuevos. Desde entonces, sus usuarios comparten sus recuerdos más entrañables y tienen conversaciones íntimas en el chat (cuando digo íntimo me refiero a una idea más amplia que la de la mera sexualidad; también hay enojos, tristezas, miedos y alegrías íntimas… algunas de estas personas no se atreverían a sostener esas conversaciones cara a cara). En las redes, desde hace diez años aproximadamente, millones de personas han validado sus logros personales, su aspecto y sus ideas, basados en el número de aprobaciones y reacciones de sus posts. Algunos conocieron a sus actuales parejas, otros tuvieron sus más dramáticas peleas o sus más vitales conversaciones. Diez años es un tiempo considerable, y más para las personas menores de veinte. Las redes sociales cibernéticas se inmiscuyeron y compenetraron todas nuestras vivencias, las íntimas y las superficiales, las perentorias y las cotidianas. Nos clavaron un anzuelo gordo. No es raro que algunas personas se sientan ofendidas cuando otros hablan mal de las redes, como si estuvieran hablando mal de ellas mismas.

La manera de fraguar un movimiento que le haga frente a estos medios dominantes no puede ser abandonarlos. El abandono ocurrirá cuando este movimiento alcance algunas de sus metas. El primer paso para lograrlo (o lo que tendrían que evitar sus detractores a toda costa) consiste en establecer una aprobación y un tejido social alternativos. Decir “yo no cerraré mis cuentas, porque perdería demasiado, pero aprecio y apoyo a estos activistas que le hacen frente a los gigantes”.

Se trata de un proceso. Después de, socialmente, aprobar la resistencia y desaprobar los abusos, surgirán nuevos horizontes. Si quieres pero no puedes eliminar tu cuenta de Facebook, Instagram, Twitter, TikTok o lo que sea, una opción es darle actividad esporádica o mínima. Por ejemplo, entrar sólo una vez a la semana. Es difícil. Psicológicamente, están diseñadas para producirnos ansiedad. Cada vez que te alejas, atraviesas un síndrome de abstinencia.

Un punto de partida para un tejido social alternativo es buscar, en viejos o en futuros conocidos, amistades nuevas que también quieran resistirse a los monopolios. Esa es una razón suficiente para entablar amistad. Los movimientos se piensan y organizan mejor en conjunto. Pronto estaremos en lugares en los que nunca habíamos estado, con personas que antes no conocíamos, hablando de la resistencia informática.

Por Alberto D. Horner
Twitter: @HornerAlberto

Alberto Domínguez Horner

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