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Navidades rotas

por | Dic 24, 2020 | 0 Comentarios

por Mariana Barry

De acuerdo a la definición oficial de la Organización Mundial de la Salud, la “salud” es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Esta definición, vigente como tal desde 1948, presupone evidentemente una cierta controversia con otra concepción coetánea, según la cual, la salud y la enfermedad serían mutuamente funcionales. Por tal razón es que busca explícitamente deslindar una de otra; literalmente, redefinir los límites que mantienen entre sí. Sin embargo, según el diccionario de la RAE, la “enfermedad” sería una alteración más o menos grave de la salud. Salud y enfermedad constituyen todavía un conflictivo binomio difícil de separar. Seguramente se me escapen rigurosos tratados sobre este tema, pero ya esta patente falta de claridad alerta sobre esta dicotomía, que en este año 2020 se puso especialmente de manifiesto. Al punto que hubo quienes encontraron necesario proclamar esa definición oficial de salud como algo nuevo a través de carteles y pancartas, como es el caso, por ejemplo, de las manifestaciones que tuvieron lugar recientemente en la ciudad de Berlín. 

Precisamente, nuestra relación con la salud y con la enfermedad y nuestra forma de referirnos a ellas, nos dicen mucho también de cómo nos comprendemos a nosotros mismos en cada situación. 

No es necesario extenderse demasiado en relatar lo que sucedió este año. El 2020, y esperemos que sólo él, está signado como el año de la pandemia. Decimos pandemia y pensamos en enfermedad. Sí, por supuesto, se trata de la propagación a escala planetaria de una enfermedad sumamente contagiosa como lo es el COVID 19, provocada por Coronavirus. Pero, en su etimología, la palabra “pandemia”, lejos de hacer referencia a una enfermedad, pone su énfasis más bien en el conjunto de los afectados por ella. En griego πανδημία, de παν, pan, “todo”, y δήμος, demos, “pueblo”, hace alusión al pueblo entero, al pueblo en su totalidad. En tal sentido, enfermos o no, contagiados o no, el conjunto del pueblo es el que se ve totalmente afectado. 

La pandemia, por lo tanto, no es en sí misma la enfermedad, sino la irrevocable inminencia de ella, de la cual nadie escapa. En tal estado de cosas, los todavía “sanos” se ven expuestos a un acoso constante por parte de los “portadores” sintomáticos y asintomáticos. Inocentes amenazan a inocentes. La ya antigua normalidad se rompió para todos por igual. Mientras unos se amparan aún en una férrea asepsia, profilaxis y reclusión, otros engrosan diariamente las estadísticas, tanto de enfermos como de fallecidos, que los medios gustan exponer periódicamente en morbosos récords. Se ha escuchado incluso la oscura sentencia de que el virus vive de nuestro contacto. El pueblo y su dinámica como tal constituyen su mejor caldo de cultivo.

Como sea, toda esta vorágine sobrevino casi por sorpresa, aunque hay quienes dicen habernos alertado: una enfermedad, al parecer nueva, de la cual no hay aún conocimiento certero respecto a su tratamiento, su diseminación y sus consecuencias totales. Se han tomado por eso medidas improvisadas y extremas, unas apropiadas y otras abiertamente fallidas, e incluso algunas rayanas al autoritarismo, en nombre de la “salud pública”.  Aún así ningún país puede arrogarse todavía la fórmula del éxito. 

En este estado de máxima urgencia, nos vimos impelidos también a encontrar las palabras con las cuales aprehender la complejidad de este fenómeno. Tal como lo desarrolla Susan Sontag en su obra “La enfermedad y sus metáforas”, ciertas enfermedades, como la tuberculosis y el cáncer han suscitado un sinfín de metáforas que configuran y desfiguran su real comprensión. 

Similar parece ser el caso ahora con el COVID 19, cuyo trato es en términos de “guerra”: hay un enemigo, hay invasiones, hay soldados, hay desarrollo armamentístico, hay estrategias de lucha, hay campo de batalla, hay devastación, hay vencedores y hay vencidos. Incluso en una humorada campaña de concientización del gobierno alemán se habla de los “héroes de sofá”, en referencia a la necesidad de quedarse en casa a fin de garantizar el aislamiento social y evitar el contagio. Las metáforas sirven normalmente para ampliar creativamente el campo de comprensión de un hecho, una vivencia, etc. Pero a veces su reiterado uso las desgasta y terminan siendo una simple reducción a lo conocido, que entorpece aún más su adecuado enfoque. La metáfora militar, cuyos antecedentes son ampliamente descritos por la escritora estadounidense, puede tener una eficacia provisoria a los efectos de lograr una reacción inmediata en la población. Pero a largo plazo sería conveniente ensayar nuevas maneras de relacionarnos con un problema semejante a través de ciertas metáforas que nos permitan abrirnos a nuevas perspectivas. Por lo visto, no encontramos todavía las palabras justas para expresar plenamente algunas de las cuestiones que más afligen al ser humano. 

De todas maneras, conservemos por ahora esta imagen bélica. Situémonos en el contexto de una guerra real y extraigamos de ella el máximo de significatividad que nos pueda proporcionar. Para eso podemos recurrir al cuento “No sólo en Navidad” (Nicht nur zur Weihnachtszeit) del escritor y premio nobel alemán Heinrich Böll.

En este cuento se narra la historia de una típica familia alemana que año tras año celebra bellamente los tradicionales ritos navideños. La mayor entusiasta, y quizás la única, era la Tía Milla. Todo su afán estaba centrado en el árbol y sus adornos, cuya atracción principal era un conjunto de enanitos de cristal, que, tras alcanzar una cierta temperatura bajo el calor de unas velas puestas en su base, comienzan a golpetear febriles un acampanado yunque. Pero lo más preciado era un ángel de rosadas mejillas vestido de plata que por medio de un oculto y secreto mecanismo abre sus labios y desde la punta del árbol susurra Paz, Paz, Paz… 

Sin embargo, un día sobrevino la guerra, más precisamente, la segunda guerra mundial. La situación se volvió desesperada: un árbol tan delicado no podría sobrevivir a tantos bombardeos. Una verdadera tragedia. Tras amargos llantos, luchas e interminables discusiones, la tía Milla desconsolada, finalmente, desistió de armar el árbol mientras durara la guerra. 

Un día la guerra terminó. La familia toda pudo reunirse felizmente a cantar villancicos y a comer dulces en torno al árbol al son de los susurros de Paz, Paz y el demencial golpeteo de los enanitos de cristal. Afuera se extendían las ruinas y las montañas de escombros.  Sin embargo, “todo debía ser como antes”. 

Pero un día el tiempo de Navidad también terminó y era hora ya de deshacer el árbol y guardar sus adornos hasta el próximo año. Ahí acaeció el espanto. La tía Milla comenzó a gritar ininterrumpidamente. Gritó y gritó durante casi una semana. Ni los neurólogos, ni los psiquiatras, ni el cura encontraban la solución. Las dosis de calmantes no alcanzaban a acallar sus chillidos. La sugerencia de un exorcismo fue rechazada de plano. La tía siguió gritando.

Finalmente, su esposo, el bondadoso tío Franz, un reconocido comerciante a quien poco afectó económicamente la guerra y cuya complacencia con el régimen no viene a cuento, tuvo una brillante idea: armar nuevamente el árbol. A mediados de febrero, casi carnaval, era una tarea casi imposible de realizar. Toda la familia se movilizó. Se consiguió talar clandestinamente un árbol y tras alistar todos los preparativos lograron celebrar la Nochebuena. Por fin la tía se calló. Y su rostro se iluminó con una tierna sonrisa en medio del frenético concierto de los enanitos y los susurros de Paz, Paz del ángel. Todos cantaron y rieron. Brindaron y comieron. Y el cura dio su bendición. El sosiego por fin llegó para quedarse, …pero sólo hasta la próxima noche. 

Todos se retiraron pensando que lo peor ya había pasado, pero, en realidad, recién había comenzado. Cuando apenas intentaron desmontar el árbol, el griterío se reinició aún con más ardor. A partir de ese momento, todas las noches de la semana, de todos los meses de los años siguientes hubo que festejar invariablemente la Nochebuena. Nadie debía faltar, ni el tío Franz, ni sus hijos, ni sus nietos. Ni siquiera el cura podía excusarse. En esto el tío Franz fue inapelable. Cualquier alteración desataría el escándalo. En medio del verano boreal, las velas debían encenderse, los cánticos navideños debían entonarse y las galletas, comerse; los enanitos debían cumplir siempre a horario su función y el ángel debía susurrar insidiosamente Paz, Paz.

De más está decir que la locura no alcanzó solamente a la tía Milla. Sólo uno de sus hijos había advertido del peligro de tan desmesurada devoción por el árbol y su ornamento. Pero, por supuesto, no fue escuchado. Pronto cada uno comenzó a colapsar a su manera. Algunos llegaron a desarrollar náuseas ante las galletas navideñas e incluso emprendieron el exilio. El bondadoso tío Franz, a fuerza de no desatender sus nuevos negocios, ni a su reciente amante, fue uno de los primeros en hacerse remplazar por un actor, hasta que cada uno tuvo el suyo. Incluso sus nietos, cuya alimentación no podía sostenerse más en base a mazapán, fueron remplazados por muñecos de cera. Todo continuó así como una liberadora y decadente pantomima que permitió que “todo fuera como antes”.

En este satírico cuento Heinrich Böll quiere ilustrar puntualmente una parte de la sociedad de esa época: sus absurdos apegos, sus contradicciones, sus hipocresías, sus luchas externas e internas y sus pretendidos salvatajes. El autor nos pone ante una escena que nos resulta francamente extraña: la guerra parece no haber afectado a esta familia en lo crudo de sus horrores. Esa guerra en la cual su casa, su ciudad, su país eran parte del campo de batalla, pareciera haber sucedido lejanamente. Pero no sólo el negacionismo de la tía Milla es el que pretendía que las cosas sigan siendo como antes. Su extrema sensibilidad ante el árbol de Navidad era proporcional a la insensibilidad ante la verdadera tragedia que se cernía sobre ellos: la de que efectivamente nada cambie.  Casi todos los miembros de la familia, en la medida en que no buscaban un cambio radical, sino que se acomodaban al simulacro de mantener todo igual, al punto de poner actores y muñecos en su lugar, contribuían al anquilosamiento en un pasado ideal, que nunca fue tal. El acomodamiento y la simulación no eran algo nuevo, sino precisamente lo más conservador. 

Es una historia insólita con detalles desopilantes. Pero si la analizamos más de cerca, puede ser que no nos resulte del todo ajena.  En estos días, de esta particular “guerra” que estamos viviendo se habla de la vieja y la nueva “normalidad”. Al inicio de esta pandemia añorábamos las anteriores rutinas y nos aterraba perder ciertas prácticas cotidianas como si fueran la única salvaguardia de nuestro mundo. Rituales vacíos a los que consagramos nuestros días. ¿A qué nos aferramos desde el interior de nuestras casas como “héroes de sofá” cuando afuera arrecia la lucha? ¿Qué extrañamos tanto de la otrora normalidad que quisiéramos hacer perdurar indefinidamente como la tía Milla la noche de Navidad? La enfermedad sin duda es un peligro ante el cual nadie quiere estar sometido. Pero no se trata sólo de eso. A la guerra no se llega sin un conflicto previo. Por lo tanto, aquella presunta normalidad no parece haber sido a fin de cuentas tan saludable. Algún tipo de desorden nos condujo a esto. Por eso sería oportuno cuestionar hasta qué punto éramos nosotros mismos quienes vívidamente sosteníamos esa normalidad o si se trataba más bien de una recreación por parte de actores y muñecos a través de los cuales nos hacíamos representar. Dejar “todo como era antes”, como si en el medio no hubiera pasado nada, es empecinarnos en revivir una antigua normalidad, definitivamente rota, sin dar lugar al nacimiento de lo verdaderamente nuevo, a nuestro propio renacimiento quizás.

El árbol de la tía Milla como estandarte de los rituales navideños puede ser un garante de la continuidad, que año a año se rearma, pero de nada sirve que sea un fetiche de mera repetición y no un símbolo de renovación.

Periódico Noticias Gráficas (Argentina) – Diciembre 1944

Mariana Barry

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