Resulta que en la verdad hay filosofía

por | Dic 22, 2020 | 0 Comentarios

El filósofo y la teología
Étienne Gilson
Guadarrama, Madrid, España, 1967.
288 p.

Hay cosas que parecen más ridículas que buscar las llaves de la casa bajo el sillón cuando en realidad las llevas en el bolsillo, como, por ejemplo, hacer filosofía cristiana. Etienne Gilson advirtió este problema desde sus años en la Universidad de París a comienzos del siglo XX: ¿cómo es posible que un cristiano, quien presupone la Verdad  —así con mayúscula— por un simple acto de fe, busque la verdad —con minúscula, porque a lo largo de la historia de la filosofía ha estado más cercana a un enigma que a una certeza—? A sus 75 años, Gilson narra con una visión madura de su época de formación cómo fue que compaginó sus convicciones católicas con su vocación filosófica. Para él la cuestión se enmarcaba en tres vértices: la compatibilidad entre filosofía y teología, el olvido del medioevo en el mundo académico de entonces y, por último pero muy cercano a él, las circunstancias en la Sorbona.

Gilson discurre de manera anecdótica y, sin perder su amable estilo, delinea con toda claridad los puntos más relevantes de la discusión a la que se enfrentó. Recorre su vida desde el niño que tuvo que memorizar el catecismo de 1885, pasando por el hombre que decidió ser profesor para tener vacaciones, hasta el anciano que recuerda sin pretender justificarse en lo absoluto sus aciertos y errores en la busca de su filosofía. Pero antes de narrar todo esto, remarca en las primeras páginas la soledad a la que se enfrentó como filósofo cristiano en el siglo XX en un país descristianizado. Una vez más parece ridículo hacer filosofía cristiana, pero no para Gilson.  

 En 1905 Emilie Durkheim era profesor de la Sorbona. Durkheim, de formación judía, impartía sus clases sin siquiera permitir un atisbo de su fe; sin embargo, su doctrina, en palabras de Gilson, “es una sociología del levítico”. Años más tarde reprehendieron a Etienne Gilson porque sus clases de filosofía medieval parecían más bien clases de doctrina católica. La teología de cualquier tipo estaba relegada, tanto que por consenso general se pensaba que la modernidad sucedía a la filosofía griega como si nada hubiese ocurrido entre ambos periodos. En su tesis doctoral, de 1913, sobre La libertad en Descartes y la teología concluyó que la plena justificación de la postura cartesiana no estaba en él sino en las teologías escolásticas. Con esto mostró que, no sólo había un estadio intermedio que conjuntaba la modernidad con la Grecia clásica, sino que los cimientos de la modernidad se encuentran en el medioevo y sus retoques —no más que sus retoques— en la antigua Grecia.

Una tesis doctoral, sin embargo, no fue suficiente. Ante su conclusión aparecieron serias objeciones: que Tomás de Aquino no fue filósofo sino teólogo y que, si acaso puede considerarse como filósofo, es el único filósofo del medioevo, es decir, que no hubo filosofía medieval sino un solitario filósofo. Ya a sus 75 años no le fue difícil responder a la primera objeción y con ello a la segunda. Sí, tenían razón, Santo Tomás fue un teólogo, de la misma manera en que Malebranche, pues nadie puede ser teólogo si no lo es en primer lugar y ante todo (aunque Malebranche no estaría completamente de acuerdo); no obstante, ser teólogo no excluye que alguien sea filósofo; al contrario, toda teología exige cuando menos ciertos presupuestos filosóficos. En el capítulo La teología halla de nuevo ahonda sobre este tema. La filosofía es sierva mas es la sierva imprescindible, a tal grado que Tomás de Aquino asumió todos los pilares filosóficos que requería su teología y, cuando no había dónde sostenerse, dio a luz a sus propios pilares como un auténtico filósofo.

Después de todo, la filosofía cristiana no parece tan absurda como tener las llaves en el bolsillo y buscarlas bajo el sofá. Con la vista puesta en la Verdad, Gilson descubrió una serie progresiva de indicios que apuntan a esa Verdad y que le otorgan firmeza. Mientras Gilson se esmeró en conciliar el cristianismo y la actividad filosófica, mientras bregaba por recuperar la teología, recuperó la metafísica. Y es allí donde se conjuntan los dos horizontes de El filósofo y la teología.

Por Alberto Domínguez Horner
Twitter: @HornerAlberto

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