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Nefarious la película

Nefarious la película

Por Salvador Fabre

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La película dirigida por Chuck Konzelman y Cary Solomon, estrenada en abril del 2023, ha dado ya mucho de que hablar. Es impresionante cómo una producción de bajo presupuesto, pero con un potente mensaje, un gran guion y una excelente actuación, puede impactar en la sociedad. Es una especie de carga de profundidad, en donde, a través de los diálogos, volvemos a plantearnos las preguntas fundamentales de la existencia humana: ¿qué es el bien?, ¿qué es el mal?, ¿hay otra vida además de la que ahora vivimos?, ¿existe Dios?, ¿existen los demonios? Presenta agudamente, también, dos conflictos interesantes: el clásico seudo enfrentamiento entre ciencia y fe, entre un poseso y un psiquiatra ateo, por un lado, y por otro, el triste caso de un sacerdote sin fe en lo sobrenatural, lamentablemente frecuente en nuestros tiempos. El cóctel no puede ser más sugerente y explosivo.

La película puede utilizarse como un buen material de respaldo para el curso teológico de “Historia de la Salvación.” Es decir, el plan de Dios para salvarnos y, por contraparte, el del demonio para condenarnos. Nefarious le va explicando, con mucha paciencia al psiquiatra James Martin -¿velada alusión al sacerdote jesuita James Martin?- cómo dispuso Dios (el enemigo) las cosas y cómo su amo (el diablo), se ha empeñado en corromperlas desde el principio. Deja muy claro que los demonios nada pueden directamente contra Dios, pero indirectamente sí le afectan, matando y destruyendo lo que Él ama: la humanidad. Es particularmente aguda su descripción y actuación, del placer que experimentan los demonios por cada niño abortado, así como el “sufrimiento del Carpintero” (Jesús), por los niños asesinados en el vientre de su madre.

El filme aborda, podríamos decir, a dos niveles, los grandes debates de nuestro tiempo, sin timideces ni ambages, sino decididamente. En este sentido es contracultural y políticamente incorrecto, pero en ello estriba su éxito: en proclamar la verdad y defender la perspectiva sobrenatural, que viene a ser como una trama oculta detrás de toda la historia de la humanidad. La perene lucha entre el bien y el mal, de la cual no podemos abstenernos, aunque en teoría nos mantengamos al margen o indiferentes, pues esa actitud supone ya tomar una postura al respecto.

En un primer momento, toca decididamente y con gran fuerza tres grandes temas de actualidad, los tres relacionados con el “evangelio de la vida”: la eutanasia, el aborto y la pena de muerte. Y Nefarious les llama por su nombre: asesinatos. Profetiza al Dr. James Martin que antes de abandonar la prisión, habrá cometido tres asesinatos. El Dr. Martin se ríe de tal pretensión, pero, poco a poco, a lo largo del filme, Nefarious le va haciendo ver que ya los cometió: la eutanasia de su madre enferma hace 10 años, el aborto de su novia ese mismo día, y la firma de su condena a muerte, cuando ya tenía la certeza de que sí se trataba de un caso de posesión diabólica y que el desdichado poseído Edward Wayne Brady, nada tiene que ver con los asesinatos cometidos.

En una perspectiva más de fondo, la película muestra cómo la historia de la humanidad puede leerse como una gran trama -Historia de la Salvación- en la que se disputa el alma y el corazón del hombre. Y ofrece una clave de lectura a la vez profunda e interesante: el modo de vivir la libertad. El gran don de Dios a los ángeles y a los hombres es la libertad. Pero la libertad -nadie mejor que Dios lo sabe- encierra en sí misma un sentido y un riesgo. Fuimos creados libres, hombres y ángeles, para amar, pero corremos el riesgo de rebelarnos contra ese sentido originario de la libertad, y utilizarla para enaltecernos a nosotros mismos. El eco del “seréis como dioses” de la tentación de Adán y Eva en el paraíso, recorre toda la historia de la humanidad.

Es muy sugerente la “justificación” que Nefarious hace de la rebelión de los demonios contra Dios, la cual sigue seduciendo a muchos de nuestros contemporáneos: Dios nos crea libres, pero a la vez nos convierte en sus esclavos. Somos libres para adorarlo y alabarlo, pero si nos rebelamos, nos espera el infierno. La actitud de satán está llena de señorío: se rebela contra Dios, porque no quiere servir a nadie, porque su libertad es solamente para sí mismo. Él es el fin de su propia libertad, y convence a los hombres de que no sirvan a Dios ni a nadie, sino sólo así mismos. Ahí radica la grandeza de la libertad para el demonio. Se vuelve a cumplir entonces la aguda intuición de san Agustín: “Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial, y el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena.”

Límpiame

Por padre José Antonio Coronel

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Con la posibilidad inminente (o como dicen los actuarios, con la mayor probabilidad del
evento leucemia), es seguro que se me olvidarán muchas experiencias de gratitud al
despedirnos: todo el arsenal de la Biblia, tantas enseñanzas repasadas en medios de formación.
Una muy sencilla, es de san Josemaría: “nos deberíamos despedir (al morir) con un hasta
luego”. Allí se resume el giro copernicano que Jesús imprimió al cese de la vida. Cuando
Esteban muere apedreado, la Biblia dice que “se durmió en el Señor”. Por eso, poco a poco se
fue cambiando el nombre del lugar de los fallecidos. Antes se llamaban necrópolis, es decir
ciudades de muertos. Ahora lo cristianos llamamos cementerios, es decir dormitorios. Sitios
en que nuestros despojos están durmiendo hasta que Cristo nos resucite.
En un sermón por zoom debido al covid, resumí mis motivos de gratitud. Lo grabó un
amigo y se puede ver en CANAL DE YOUTUBE [la homilía se encuentra disponible en el
siguiente enlace:



Faltaron detalles como la compañía de mis otros amigos de catequesis en la colonia
Guerrero; me dio mucho gusto encontrarme con Arturo el mero día de mi ingreso al hospital;
faltó consignar fundamental la amistad con las niñas de ciencias de ciencias y del Colmex,
pues también me han ido enseñando que ser sacerdote es ser amigo; varios conocen lo mucho
que me animó una a emprender el camino célibe, Dios se lo ha de pagar.
He contado mucho que mi pase en macro economía lo debo a la misericordia del Colmex,
y a varios compañeros que sabían más que yo. Amistad, gente que te ayuda,
[seguramente quiso extenderse más sobre esta idea].


El otro pensamiento que me viene no es tan nuevo. Es la petición de un niño de 4 años.
Estábamos él -un terrorista nato- y uno de sus hermanos a la entrada del pasillo largo de mi
casa. Mirándome, me dijo sin más: -límpiame mis moquitos-. Al momento saltó la mamá
gritándole desde el fondo del pasillo que eso NO debía decirse, o algo así.
Además de morirme de risa, pensé que sería estupendo entrar así en el cielo; pidiendo, a
mi papá Dios que me limpie la nariz.


Le he dado muchas vueltas a ese deseo, y lo encuentro muy adecuado. Primero, porque sé
que la enormidad de nuestros fallos ha sido lavada por la entrega sangrienta de Jesús. Dice
Sto. Tomás que una sola gota limpia toda la herida del mundo, así que por grandes que sean
nuestras imbecilidades, no hay ninguna que quede fuera del pañuelo divino.


Eso de ser niños delante de Dios, cualquiera puede hacerlo suyo siguiendo a san Juan y a san Pablo,
que nos dicen que somos hijos de Dios.
Y, luego, oyendo al fundador del Opus Dei, que hablaba
de empaparse, de saturarse de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros.
Un Padre, delante del Cual, somos más pequeños que delante de nosotros, un pequeño de dos años.
Mi siguiente tarea cara a una probable partida tiene que ser la gratitud. La más inmediata es a
Diosito y a los que mandaron porras, sangre, plaquetas… parecería trabajo inútil viendo que no le
ganamos a la enfermedad. Pero, pero dice Isaías que electi mei non laborabunt frustra, que los
elegidos de Dios nunca trabajan en vano. Una amiga nos escribía en el wasap de mi grupo de
actuarios, que todo es ganancia. Todas las mañanas un padrecito de mi casa me traía la Comunión

Un mes y días en el hospital, con plena conciencia, han sido mi última escuela técnica de
agradecimiento. Vi especialmente a los doctores, Omar Coronel y al Dr. Ahumada aplicarse con
dedicación obsesiva al mejor tratamiento contra la bestia que me estaba atacando. Obviamente, los
doctores de apoyo. Y luego… la constelación de enfermeros de terapia. Te dan unas 8 horas de su
vida en cada turno. Es imposible no llegar a pensar en Ana, Elizabeth, Itzel, Séfora, María Piedad,
Fabiola, Juanita, Beatriz, Arturo, Beto, Elías, Ezequiel…
Tercera impresión, que continúa la anterior.


La debo a muchos, fundamentalmente en plan vivencial, a san Josemaría, en sus catequesis sobre
la Eucaristía. A Benedicto XVI, a Scott Hahn y a Guardini.
Voy a tratar de resumir a ese último.


La locura de que Dios se presente en el mundo es la Encarnación. Todo Dios va a autolimitarse –
no dejando ver su majestad-, primero en María, luego, por 36 años a lo largo y ancho de Palestina,
habiendo sido emigrante bebé en Egipto. En esos años de estreno, pudo decir Jesús a Felipe, en el
ámbito de la institución de la Eucaristía: Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre.


Precisamente la Eucaristía (“esto es mi cuerpo que es entregado por ustedes”) hará que la entrega
de Cristo ponga a nuestra disposición constante una invasión de toda la gloria en altares, de nuestro
planeta). Tuve que dejar de celebrar, aunque casi todos los días literalmente sintonizaba con una
misa en la que me fingía estar presente. Pero ya no se me quitó esa idea del asalto de la gloria a
través de los boquetes de la Misa.


Y se me vino el ejemplo visto a la inversa de los agujeros negros que se tragan la materia y la luz
de lo que tienen cerca. Aquí pasa al revés, el boquete de la Misa pone luz, paz, verdad, belleza,
cariño, alegría que vienen del cielo.


¿Por qué Rusia-Ucrania?, etc. Si esa Luz parece hacerse humo negro y mortal… es porque no la
aprovechamos suficientemente; pero la Luz que sí se refleja (gente que reza, gente que quiere y
sirve) hace que este mundo no sea un infierno total. Benedicto recordaba que, con la Encarnación,
Dios ha se había abreviado.


Vuelvo al casi principio, ahora que se me acerca el cielo (quizás con el delay del purgatorio), la
imagen más esperanzadora (para mí) es la del niño que le pide a su Papá que le limpie la nariz.
Lo que aprendí aquí


[Fin del escrito]
El P. José Antonio Coronel falleció alrededor de la 1 am del jueves 21 de septiembre. Pocas horas
antes recibió nuevamente la absolución, la Unción de Enfermos, la Comunión y la bendición papal,
con indulgencia plenaria. Hasta el último minuto pidió por sus familiares y amigos, a quienes
amaba entrañablemente.


Agradeció enormemente todas las muestras de cariño que recibió a lo largo de su vida y, en
especial, durante su última enfermedad. Le dolía no haber podido responder a cada uno en lo
individual. Sin embargo, pidió que, como muestra de gratitud, les enviara el video de una homilía
que pronunció en 2022.


Aprovecho para enviarles también esta carta que estaba redactando. A pesar de que no pudo
concluirla, las tres páginas que alcanzó a escribir son una joya. No alcanzó a plasmar por escrito
lo que aprendió las últimas semanas en el hospital (ahí se trunca la carta), pero algunas ideas al
respecto aparecen en la homilía que pronunció el P. Ricardo Furber en la Misa de Exequias,
celebrada en la Parroquia de San Josemaría Escrivá, en Santa Fe (Ciudad de México); se encuentra
disponible en el siguiente enlace: (Lecturas a
partir del minuto 19:35, Homilía a partir del minuto 23:30).

Buscando un manual para el desamor

Buscando un manual para el desamor

Por Binnui Navarro Romo

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A propósito de
La Mujer en la Casa
Jean Guitton
Herder, Barcelona, España, 1962.
134, p.

Jean Guitton escribía muy buenos libros con muy malos títulos; éste es uno de los peores títulos: La Mujer en la Casa (1962). Pero también es uno de sus mejores libros, y el título, aunque no parezca, tiene una buena explicación. En su libro, Jean Guitton se ocupa del amor humano subordinado a la finalidad de una vida religiosa y católica. Lo que hizo fue reescribir su libro sobre El Amor Humano (1957); presenta La mujer en la casa como fragmentos más trabajados de aquel otro libro, con la intención de que sea “polvo radiactivo (que pueda ser) recogido por algunos muchachos y muchachas de estos tiempos para ayudarlos, en el transcurso de la vida, a vivir ese gran misterio”.

Guitton advierte que este misterio se le ha comenzado a mirar con resentimiento, con cierta sospecha de ser un mal, o con grandes esfuerzos para que lo parezca (por ejemplo, Simón de Beauvoir; a quien Guitton dedica un capítulo llamado El Segundo Sexo, tal como la obra de Beuvoir, de 1949). Con su título tiene dos propósitos: ironizar y profundizar. El sentido profundo del título da continuidad a la ironía (como haré notar más adelante), pero el sentido irónico nos cautiva y nos hace exigir razones. En el amor conyugal hay más que solo las formas imperfectas que a veces hemos conocido. No podríamos negar que en ciertos momentos de nuestra historia se ha llevado a cabo de muy mala manera, pero eso no significa que en el matrimonio y la maternidad (principales blancos de la crítica de Beauvoir a nuestra sociedad), haya maldad pura. Ciertas cosas deben cambiarse, otras no. Primordialmente, Guitton dedica su libro a la juventud con la finalidad de difundir este mensaje y ayudarnos a aclarar nuestras creencias, para tener una buena vida religiosa.

Como filósofo católico, busca reconciliar la tensión que existe en nuestra vida entre la experiencia del amor humano y la del amor de Dios. Escritor de El Trabajo Intelectual: consejos para los que estudian y los que escriben (1951), también es el filósofo que concilia una filosofía en la que las vías de acción acompañan a las razones. Nos enseña a vivir con paciencia en una vida activa y con Dios siempre en mente. Por vida activa me refiero a una vida de finalidades, necesidades y proyectos humanos.

Se puede ejemplificar y confirmar lo anterior con lo que dice en el capítulo El precoz y el tardío:  “en el fondo, lo precoz es el método del humano. Lo tardío es el método que Dios se reserva; Él, que, disponiendo todo el tiempo, es capaz de esperar”.  Este es un principio: un consuelo. Luego, intercala los principios y los métodos, incluso, con ejemplos notables. De manera que ilumina nuestros límites, pero, también, las posibilidades dentro de los márgenes de nuestra vida humana, haciéndonos ver nuestra vida en la vida de los demás:

Pero es bueno que la naturaleza y la historia, maestra de los retrasos, engendren consagraciones tardías.

Todo se hace demasiado pronto. Y todo retraso es educador. Tales son los acontecimientos, las circunstancias, los retrasos y las obligaciones que a menudo obligan a las personas a hacer tardíamente lo que debieron haber hecho en la juventud: tales las «vocaciones tardías», como fueron las de los primeros apóstoles.

El amor de Dios no limita nuestro deseo de amar, sino que lo engrandece; es decir, lo educa. Y esto del mismo modo que el amor de Dios no elimina la esperanza humana, sino que la conduce y hasta la sostiene. El mayor consejo de Guitton siempre parece ser que hay que dejarse conducir por Dios: hay que permitirnos aprender y para ello hay que estar dispuestos a tomar decisiones y asumir las consecuencias, para cambiar nuestro rumbo cuando se pueda, y sea conveniente, cambiarlo. En un mundo donde todas las situaciones pueden ser descritas sin Dios (más bien con términos “positivos”, por llamarlos de algún modo y recordando a Comte, su compatriota), él afirma que Dios es la situación que abarca todas nuestras vidas: aprendemos por el amor de Dios, porque permitiéndonos y decidiendo amar, vivimos sobre el camino de Dios. Aquí llegar a pensar positivamente (u óptimamente, para ser más claros) significa esforzarse en pensar teológicamente: con Dios siempre en mente. Ser racional significa decidir amar y abrir todos los senderos para poder hacerlo.

El sentido más profundo del título La mujer en la casa se aclara apenas uno lee las primeras páginas:

La mujer es la que hace la casa más que el albañil. Mi casa es lo que llamo «mi interior», como si fuesen mis adentros, cuando no es sino el caparazón. Pero este caparazón permite mi vida secreta. Este exterior me da un interior.

En discusión con quienes llegan a pensar que el amor conyugal es la finalidad última de la vida, y también con quienes lo consideran un pasatiempo sin mayor importancia que cierto disfrute, Guitton llama al amor conyugal la casa del amor divino: la intimidad que da símbolo al amor de Dios. Para él, el matrimonio y el noviazgo son más que meras formalidades o ilusiones, porque son  “trazos de una vida definitiva, apoyadas en la roca de las promesas”. (Cap. VII: La boda de Emaús, p. 42). Afirma que esto sólo podemos comprenderlo quienes tenemos fe: vemos el amor humano como un instrumento de Dios, quizá, más bien, como una vía hacia Dios. Pero creo en este doble rostro del amor humano (como instrumento de Dios y como vía hacia Dios) parece contrastar con las palabras que Jesús responde a sus discípulos, cuando les advierte que en su queja “si ésta es la condición del hombre que tiene mujer es mejor no casarse”, pueden profundizar hacia la vocación del celibato: “¡Entienda el que pueda!” (Mateo 19:10-12).

A pesar de ello, Guitton quiere salvar la experiencia del amor conyugal en nuestro deseo de vivir conforme del amor Dios y sigue luchando (más bien, buscando abrir vías para su amor) contra las duras palabras del evangelio, cuando Jesús afirma: “en la resurrección no se casarán ni ellas ni ellos, sino que serán en el cielo como ángeles” (Mateo 22:30). Aunque señala, en el capítulo sobre El Segundo Sexo de Beuvoir, que no piensa que hay una oposición entre el mandato divino y el matrimonio, pero no por el celibato, sino por la castidad: en la unión matrimonial hay un esfuerzo por llegar a algo incorruptible, pues, como Beuvoir de algún modo vió, en nosotros los seres humanos hay algo más profundo que el sexo, que conforma sólo cierta parte (aunque importante) de la brevedad de nuestras vidas mortales. Para él esto significa el camino para aclarar el sentido más importante del matrimonio. Guitton quiere ver, como en lo personal tiendo a hacer, un trazo de la eternidad, del amor de Dios, en el amor humano que ya sucede en nuestras vidas.

Guitton y yo nos rehusamos a las abstracciones, que hacen de la eternidad una promesa inhumana y disuelven nuestra historia, como si fuera una apariencia o ilusión, para sobreponer lo esencial. Esto lo pude advertir en un bonito capítulo llamado ¿Volveremos a vernos en otra vida?: “concebir la permanencia del yo sin una permanencia del nosotros parece difícil, a menos de imaginar metamorfosis, sustituciones del ser que terminan por despersonalizarnos”. No se trata de una lucha contra la palabra de Dios, sino de un modo de reconciliar la experiencia ordinaria del amor, en el matrimonio, con el deseo de vivir conforme a la palabra de Dios. Así, como Guitton, no creo luchar con las palabras de Dios, sino trabajar con mi naturaleza, pues deseo llevarla al puerto de la salvación.

De acuerdo con él, el sentido del matrimonio se aclara en la continuidad entre la vida mortal y la eterna. El noviazgo y el matrimonio son experiencias genuinas de amor, porque si se vive según la fe se aprende a construir la casa, a ver en el amor humano un puente hacia el amor divino. Se trata de un misterio y para el cristiano esto significa el claroscuro de una verdad que aclara sin ser transparente: sólida como los cimientos, sirve de base, pero no se logra ver a través de ella. Quizá, tal como la eucaristía, el amor conyugal es un símbolo que no rechaza su “apariencia” al poner nuestra fe en el milagro divino y admirar el matrimonio como símbolo de Dios, sino que se complementan, enriqueciendo el sentido de lo ordinario mediante lo revelado: pan y vino son sacrificio del trabajo humano y se transforman en el sacrificio de Dios.

Es así como, años después de haber escrito El Amor Humano (1957) y su reiteración en La Mujer en la Casa (1962), escribe Mi Testamento Filosófico (1997), obra en la que imagina que tras su muerte, en la espera del juicio de Dios, su mujer fallecida antes que él, Marie-Louise, lo visita para tranquilizarlo: su matrimonio, como vía del amor hacia Dios, se volvió un instrumento para su salvación. Fue su esposa quien contribuyó a su salvación. En esa escena de Mi Testamento Filosófico, pone en boca de Marie-Louise una interesante definición del amor humano:

“— ¿Qué es el amor humano?

— Un impulso de vida que se reflexiona, se interioriza y se eleva a lo espiritual. En la superficie, la juventud, la belleza, la pasión, el placer. En el primer nivel de profundidad, la alegría, el honor, la confianza, la estima, el respeto amoroso, la generosidad tierna, el afecto firme y cordial.

— ¿Y en las grandes profundidades?

— El abismo que llama al abismo”.

En el último momento de su vida, encontró la profundidad cristiana que buscaba en el matrimonio. Su esfuerzo me parece fructífero y creo que nosotros podemos recuperar un vocabulario como el suyo (así como seguir su ejemplo de vida), para dirigir nuestro rumbo siempre a Dios, y poder apreciar el doble rostro de nuestra vida, como instrumento de Dios y como nuestra vía hacia Dios, para entrever en el amor humano el camino del amor divino. Aprender a amar sin más. Contemplar que la tensión entre lo divino y lo humano se da en el amor, que es, finalmente, Dios y humano, o Dios hecho hombre… Mi sospecha es que ese es el abismo que llama al abismo: el matrimonio como símbolo de Dios es como el hombre que es la palabra de Dios. Es como el cristiano que busca perseverar continuamente en la finalidad de volverse hijo de Dios. Imitar al ser humano perfecto que fue Cristo. Tarea en la que sólo Dios puede conducirnos, tal como Guitton hacía ante la palabra de Dios, actuando sobre su naturaleza y sobre sus hábitos. Sobre tal profundidad es bueno perseverar para nunca dejar de amar, pero recordemos que un corazón dispuesto a la alegría es también un corazón dispuesto a la tristeza. Así, no puedo evitar sentir que ese dirigirse a Dios es, más bien, siempre, un redirigir constante en torno a la revelación divina y la Iglesia de Cristo.

Con su experiencia, nos enseña a perseverar en Dios y vivir este gran misterio, que, quizá, no sólo es el amor conyugal, sino la vida humana como amor: el camino por convertirnos en hijos de Dios. El amor es un gran prisma que posee más lados que los del amor conyugal, pero posee un sólo vértice principal que es Dios. Vale la pena que se reflexione sobre esto: muchas veces, jóvenes y adultos, no evitamos sentir una grave tristeza al no hallar el amor del noviazgo, o del matrimonio, en nuestras vidas, y vivimos insensibles ante el amor que recibimos e impotentes del amor que podríamos dar. La amistad, la familia, incluso la ciudadanía, son un ejemplo de estas formas del amor humano, pues una casa se construye con varios materiales: ese es mi reclamo hacia Guitton.

Lo más valioso de este libro es que haya sido una reescritura de El Amor Humano (1957): nos enseña que siempre es bueno reconsiderar el gran misterio que es vivir el amor como humanos. No sólo al escribir sobre éste, sino también al vivirlo. Guitton me dio esa oportunidad al leer su libro. Él nos señala que el matrimonio, como podríamos pensar que también es el sacerdocio, son promesas de entrega total a Dios. Le da importancia a los sacramentos de la iglesia católica y busca su sentido vital. A diferencia de la amistad, la familia y otras formas de las relaciones humanas que pueden vivirse virtuosamente (como camino hacia Dios), el matrimonio y el sacerdocio podrían pensarse como instituciones difíciles de cada día. Se trata de tareas más arduas, con promesas de por medio que comienzan un día y no acaban sino hasta la muerte. Los esposos se encuentran después de un cansado día, rezan; los sacerdotes llevan a cabo las tareas cotidianas que mantienen la iglesia de Cristo en compañía de otros sacerdotes; los novios dialogan sobre sus metas; todos en medio de las enfermedades, el trabajo y otras dificultades de nuestro mundo y de otras interacciones cotidianas. El matrimonio y el noviazgo (como un camino hacia el matrimonio) implican formas de intimidad entre dos personas, que el sacerdocio evita por una fuerza mayor en la renuncia a este mundo en nombre de Dios.

Sin embargo, no podemos olvidar que esta casa puede hacerse de varios materiales y con varias habitaciones, y eso podría ser deseable: desear vivir la vida como amor nos exige más que el matrimonio y el sacerdocio, y eso nos da una casa mucho más ancha, menos monótona y más sólida. El matrimonio y el sacerdocio suenan más como a un bello vestíbulo que da a todos los cuartos, que a la casa entera. Quizá, hasta es el techo que recubre toda la casa, pero no es la casa misma: su supervivencia requiere de todo lo demás, pues sólo así habría una casa y Dios la habitaría. Pero lo más importante quizá sea que Dios habita en el amor que llegamos a tener hacia todos los seres humanos, pero antes Dios tiene que ser el cimiento de toda la casa: como una semilla de mostaza, se nos prometió, el amor de Dios cubrirá todas nuestras vidas (Mateo 13: 31-32). Por otro lado, el matrimonio y el sacerdocio deben fortificar y abrir caminos a ese amor, y evitar limitarlo. Quizá, como casas deben pensarse en medio de las comunidades: ¡qué difícil es expresar y vivir el que sólo a Dios debemos adorar si queremos ser felices! Vivir esta vida como humanos con la finalidad de agradar a Dios. Quizá se resume en unas pocas palabras: esforzarse en vivir la santidad.

Usando las  palabras de un poema de Machado, este libro es como las estelas que dejó tras de sí un genuino filósofo (pienso a Guitton como un hombre que se esforzó en entender y en vivir la sabiduría, es decir, la palabra de Dios). Por ello recomiendo La Mujer en la Casa (1962) como un libro de cabecera. Este es el término que el mismo Jean Guitton usa en El Trabajo Intelectual (1951) para describir a los libros que nos sirven a lo largo de la vida: porque nos recuerdan el rumbo y nos proporcionan vías más o menos claras para seguir adelante en esa dirección. Los ángulos de La Mujer en la Casa son tantos, y creo que cada pasaje se relacionará mejor conforme avanza uno en edad, pero en cierto momento de la vida, las palabras de Guitton nos suenan sólo a medias y nos sonríen como meras promesas, que la vida nos revelará en su momento. El principio con el que concluyo es que vale la pena siempre reconsiderar: reescribir y reconducir siempre con Dios en mente. Al invitar a leer a este filósofo busco sugerir el camino de la genuina sabiduría: que es la de Cristo, si él es el hijo de Dios. A quien debemos seguir para aprender a vivir el amor al que nos sentimos llamados: sepamos ser precoces y vivir día a día, pero también dispongamos nuestra vida al aprendizaje de la sabiduría, que es el método de Dios y el camino de la santidad.

Ilustración del autor

Retiro espiritual

Por Pbro. Mario Arroyo

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Una aguja en un pajar, un garbanzo de a libra, una oportunidad a no desperdiciar, todo eso y más es un retiro espiritual de silencio, en medio de nuestro mundo ajetreado y caótico. Al redactar estas líneas me estoy tomando un intervalo dentro de mi retiro espiritual de silencio, con la necesidad de compartir la profunda experiencia espiritual que estoy viviendo, y junto conmigo otras 28 personas.

No se trata sólo del lugar, una hacienda en medio del campo apacible y silencioso; no es solo el comer bien, con calma, sin prisas, dormir excelentemente bien gracias al silencio redundante; es todo un clima, una atmósfera espiritual, que raramente se encuentra y se valora en un mundo donde lo importante es el instante y correr, no se sabe muy bien hacia dónde.

El silencio y el clima de recogimiento espiritual marcan la diferencia y ofrecen una experiencia rarísima y por ello valiosísima en nuestro mundo estresante y competitivo.

Escribo con la ilusión de animar a quien se encuentre vacilante para asistir a un retiro —siempre hay pendientes, excusas comprensibles— y de animar a buscar esta maravillosa oportunidad a quienes no la tengan tan a la mano. Vale la pena el esfuerzo de desconectarse del mundo unos días y descubrir, maravillados, que el mundo sigue girando perfectamente, para bien o para mal, sin nosotros. Pero que, en cambio, nosotros salimos enriquecidos y fortalecidos al ausentarnos por unos días, para volver con nuevos bríos a la palestra de la sociedad, la cultura, el trabajo, la familia, de donde no queremos desertar; sino simplemente tomar un respiro para volver con más claridad de mente y más fuerzas para hacer realidad nuestros sueños y, lo que es más importante, los sueños de Dios.

¿Cómo es esta experiencia? Se trata, valga la redundancia, de retirarse a un lugar aislado y tranquilo, si es posible sin conexión a la red o con pésima conexión a la misma —como es mi caso—  porque si no, seguimos estando en el mundo a mitad del campo. Ir a un lugar tranquilo, silencioso, sin conexión ¡no es poca cosa! Aparcar nuestros pendientes y problemas, ya regresaremos para hacerles frente, no nos estamos convirtiendo en cartujos, nuestra marcha es breve, un fin de semana o, si tienes la oportunidad como yo, una semana desconectados y cargando baterías interiores.

El silencio es el portero de la vida para adentro. Es la oportunidad de no mirar hacia afuera, sino hacerlo hacia adentro de nosotros mismos, hurgar en nuestro interior para ver qué encontramos o, mejor dicho, a quién encontramos. Es un viaje al fondo de nuestra interioridad, pero no para satisfacer nuestra curiosidad o para creernos el ombligo de la creación, sino, y aquí está parte de la maravilla y del secreto, para encontrar a Dios en lo más profundo de nosotros. En ese sentido, un buen retiro convierte la introspección –necesaria– en diálogo.

El retiro nos permite descubrir en lo más hondo de nuestra alma a Dios y ver cómo se manifiesta discretamente en nuestra vida. Cómo de ahí brota un manantial de donde surgen esas fuerzas espirituales para acometer las arduas batallas que nos presenta el mundo allá afuera, ese mundo que nos espera, nos necesita y nos ofrece resistencia. Si muchos invierten tiempo y dinero en tener en forma el cuerpo, pocos, en cambio, invertimos tiempo y dinero en tener en forma el alma. Pero ya lo decía san Agustín –si mal no recuerdo– “el alma arrastra el cuerpo, aunque el cuerpo esté destrozado”. Vale la pena invertir en el alma, pues progresivamente nuestro cuerpo se deteriora y va limitando, mientras, sin caer en ninguna especie de dualismo, el alma puede ir poco a poco madurando.

Las grandes obras no suelen fracasar por falta de medios, sino por falta de espíritu. Démosle un respiro a nuestro espíritu, demostrémosle que es importante para nosotros, para nuestras vidas; confiemos en que si está bien eso redundará en beneficio personal, familiar y social, démonos la oportunidad de hacer un curso de retiro espiritual en silencio. Redescubriremos así la paz, la alegría y la sonrisa que están dentro de nosotros y que el mundo busca arrebatarnos.

(Personas interesadas en informes de retiros espirituales como el descrito en el artículo, favor de escribir a info.mx@opusdei.org)

Buscando un manual para el desamor

Sobre hacer el mal sin saberlo

“El gran dragón rojo y la mujer vestida de sol”. Acuarela: William Blake.

Por Agustín Bernal

Si se me permitiera describirme en una frase diría que mi vida entera ha sido un ensayo y error para no ser malvado. Mi punto de partida es la eterna pregunta de Job: ¿Por qué Dios deja que prosperen los malvados?

El problema es que la cuestión del ser malvado no es tan simple cuando nuestras acciones libres pueden ser cuestionadas por el velo de la sospecha. No somos dueños de nosotros mismos. Kant se equivocó: no manda la razón, pero tampoco sabemos quién manda: ¿el inconsciente? ¿la voluntad de poder? ¿el materialismo histórico? ¿Las estructuras de poder? Sin embargo, todos los días se habla de responsabilidad, es más, hay quienes se han convertido en emisarios de la responsabilidad.

Movimientos sociales exigen justicia y plantean soluciones basadas en la responsabilidad. Evidentemente, es fácil reconocer al malvado cuando sostiene el cuchillo que mata, pero la exigencia de la responsabilidad va más allá de la imputabilidad, no sólo se es responsable por sostener el cuchillo también por el pensamiento de sostenerlo. Exigir responsabilidad, he entendido, es un lujo del racionalismo: se debe suponer que el ser humano es o puede llegar a ser completamente dueño de sus acciones, como si las intenciones estuvieran tan claras cual fantasmas revelados con talco. Pero la mayoría de nosotros somos seres humanos grises que fluyen con el acontecer del día a día. 

En lo personal, persigo molinos de viento; no hay nada que me afecte más que equivocarme moralmente, la pérdida de control sobre mis acciones morales me espanta (esta es una de las razones, por ejemplo, por las que no tomo alcohol en exceso, la sola idea de perder el control es monstruosa), y aún así, en el intrincado de mi vida, la resaca del ¿por qué diablos hice eso? me tira en cama por días y me hace auto-flagelarme hasta el cansancio. Soy juez y parte de mis pecados y no me los perdono. 

Ángel con las virtudes Temperancia y Humildad contra Demonio con los pecados Ira y Odio. Fresco 1717 iglesia de San Nicolás en Cukovetz, Bulgaria. Foto: Edal Anton Lefterov.

Hubo un tiempo en el que encontré en Nietzsche la solución: volverse dueño de sus propios instintos. Pero no funcionó. Soy propenso al perfeccionismo. No quiero ser malvado. Agreguen a la mezcla un escepticismo excesivo y un solipsismo crónico que me hace voltear automáticamente la mirada cuando una masa defiende con inmenso fervor un punto. No es que me guste ser polémico, renuente y necio, es que así soy en automático. Le temo al autoritarismo, a los flautistas de Hamelin y a los discursos que interpretan al mundo desde un podio. Le temo a las palabras y a perder la voz; a la multitud y a la soledad; a la cordura y la locura; a la pequeñez y a la inmensidad. Por ello, la pregunta de Job no me parece tan aterradora ni tan problemática como la siguiente: ¿Por qué Dios deja que nos equivoquemos y hagamos el mal sin intenciones de hacerlo? Esa pregunta me ha quitado el sueño varios años. 

Pueden quitar a Dios del esquema, y sólo preguntar ¿por qué nos equivocamos y hacemos el mal sin intenciones de hacerlo? En pocos minutos se encontrarán inmersos en los dédalos de los sesgos inconscientes, la sociedad rousseauniana y la deconstrucción como despertar de conciencias. Desde mi punto de vista, ese laberinto es el patíbulo de la libertad humana. Por eso inicié la pregunta desde la trascendencia. Desde el postrarse y exclamar “Eli, Eli, ¿lama sabactani?”. De profundis clamavi

Una de mis canciones favoritas reza: “libre, libre, como el pensamiento, impredecible, siendo objetivos, si no tan libre, lo menos manipulable posible” y otra más afirma con sabiduría: “la libertad no trae escrito qué hacer con los remordimientos”. Parece que cuando acepta el postulado de la libertad viene con cargos extras y sin posibilidad de devolución. El infierno de Dante se organiza desde la incapacidad para domar la concupiscencia hasta la acción racional malvada: el lujurioso es un ser humano que se rindió a su lado animal; el traidor pervirtió su propia racionalidad humana. El malvado quebranta su realidad humana, puede entonces juzgársele divinamente y terrenalmente. La responsabilidad y la imputabilidad recaen en las fauces del demonio que devora a Bruto, Casio y Judas. Mas el ser humano promedio no es ni Bruto, ni Casio ni Judas, sino un anónimo benefactor y malefactor que es incapaz de responderse: ¿quién soy yo? ¿Por qué nací? ¿Qué sigue? 

“Libre” de Buena Fe.

En la serie The Good Place, se plantea la maldad del ser humano gris y se reflexiona en torno a ella: la mujer que no apoya causas sociales y no siente empatía por los oprimidos, el hombre que siempre dice la verdad sin importar si daña al otro, el idiota que peca de ignorante y por ignorante y bruto es malvado; la persona de baja autestima que busca aprobación de todos y realiza el bien sólo por quedar bien. No son ni Bruto, ni Casio, ni Judas. The Good Place se torna en una maravilla cuando un programa de computadora revela por qué nadie ha entrado al Good Place en siglos: todos los seres humanos son grises y el mundo es un intrincado de males banales que los convierte a todos en malvados. 

Algo parecido al planteamiento de la cábala judía sobre cómo ciertas sefirot (atributos o emanaciones divinas) se quebraron y se crearon las qfilot (emanaciones malignas), causantes de la maldad. La solución: el Tikun Olám, la reparación del mundo, a menudo, explicado en términos de justicia social, (porque si la red de maldades es lo que convierte al ser humano gris en malvado, quizá hay que aprender a ser tejedores y reparar las redes para que lo grisáceo no sea malvado). Pero el Tikun Olám es más que un llamado: es el poder de rectificar lo que hicimos mal, es un llamado a la responsabilidad. Resulta entonces que la libertad sí trae escrito qué hacer con los remordimientos: rectificarlos. El camino del ser humano gris es ese: la rectificación de su libertad, borrar lo malo, escribir lo bueno. Mas esto no es equivalente a un cambio en el discurso propio, ni una corrección dialógica humana o una hermeneútica ilustrada que a veces le hace de Barón de Münchhausen, no es la aceptación de un discurso hegemónico ni la anexión de uno mismo a una causa, no es un despertar de consciencia social, sino una revelación de indigencia humana y grandeza divina, una cimera estética-teológica, la aceptación de que uno es una escultura incompleta que se cincela día a día, el misterio de la libertad más allá de los confines miserables de la racionalidad y el contrato social. 

“Puerta de la luz” de Josef Gikatilla.
El hombre sostiene el árbol
con las 10 sefirot.

La aceptación de que algo me trasciende y yo mismo soy trascendencia si me rectifico ante mí mismo, ante los otros y ante un Dios que me busca día a día, porque he aprendido que no es el ser humano quien busca a Dios, sino Dios quien busca al ser humano. Y esa búsqueda es un acto de amor, una relación no correspondida por el ser humano, pero siempre tejida por un Dios que está, pero no vemos, porque creemos que verlo nos haría menos.

¿Ante un amor así, de qué sirven los tratados de filosofía política más importantes? Cito otra canción: “Mis células del cuerpo en estado de gracia/ ¿están en dictadura o en democracia? Acogen mi espíritu, reparan mi risa, poco que me importa cómo se organizan”. El amor antes que el discurso. La responsabilidad transformada en un camino hacia la trascendencia y no hacia la perpetua rueda de la bota que pisa a la hormiga.

¿Por qué nos equivocamos y hacemos mal aún sin querer hacerlo? Puedo brindar algunas reflexiones al respecto, pero no una respuesta final. En Gen. 18:17-19 se lee: “Y el Señor dijo: ¿Ocultaré a Abraham lo que voy a hacer, puesto que ciertamente Abraham llegará a ser una nación grande y poderosa, y en él serán benditas todas las naciones de la tierra? Porque yo lo he escogido para que mande a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y rectitud, para que el Señor cumpla en Abraham todo lo que Él ha dicho acerca de él”. El plan que Dios se pregunta si debe guardar no es poca cosa: la destrucción de Sodoma y Gomorra (hoy lo llamaríamos genocidio). La historia se sabe: las ciudades fueron destruidas. Pero antes de eso, Dios sí reveló su plan a Abraham y éste le increpó: “¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él? Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; nunca tal hagas. El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gen. 18, 23:27). 

Abraham asume que la destrucción de las ciudades es una acción injusta y por eso increpa a Dios, lo que sigue es una negociación entre Dios y Abraham, una especie de regateo de mercado: ¿cuántos seres humanos justos se necesitarían para no destruir la ciudad? La puja empieza en 50, termina en 10. “No la destruiré por consideración a los diez”. Abraham no logra encontrar a los justos, y no es que le faltara el juicio, sino que en verdad no había seres humanos justos en Sodoma. En Gen. 19:4 se confirma: “los hombres de Sodoma, rodearon la casa, tanto jóvenes como viejos, todo el pueblo sin excepción”. La destrucción de la ciudad era una acción justa. 

La destrucción de Sodoma y Gomorra. Óleo: John Martin (1852)

Regresemos al primer pasaje, el de la duda divina sobre revelar su plan de genocidio. Dios insiste en la tarea encomendada a Abraham: “mande a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y rectitud”. Consideremos ahora que Dios lo ve todo y lo sabe todo, por tanto, Él sabía de la ausencia de seres humanos justos en Sodoma. Sin embargo, Abraham, un ser humano, incapaz de ver el tapiz celestial, no lo sabía. Así, la destrucción de Sodoma habría sido injusta si hubiera sido cometida por un ser humano, porque somos incapaces de mirar el todo.

Entonces, ¿cómo puede Abraham guardar y hacer guardar el camino del Señor, haciendo justicia y rectitud si no lo puede ver todo? E incluyamos en el todo, la oscuridad de los corazones y las omisiones más reprobables. Un ser humano no puede andar destruyendo ciudades en nombre de la justicia, no puede andar sacrificando a justos e impíos con esperanza de que Dios los separe. No le corresponde tal hazaña de justicia divina, porque sería injusticia humana. Por eso, la justicia considerada como una construcción social, o la visión de la religión como un opio de pueblo, decantan en tiranías que convierten lo sanguíneo en sanguinario, porque niegan el misterio o carecen de la humildad para aceptar que existe una justicia trascendental que sí puede juzgar pensamiento, palabra, obra y omisión. Y, cojas de espiritualidad, pero henchidas de indignación y sufrimiento, las teorías sociales de las estructuras riegan la maldad en todos los seres humanos y, así, eliminan cualquier regateo de seres humanos justos, y buscan la inmaculada concepción social de un ser humano juez de pensamientos, palabras, obras y omisiones.

En un mundo así, todos somos impíos pero algunos son más impíos que otros, la redención no tiene lugar más que como un postulado reservado para la inmaculada sociedad del futuro, donde la impiedad no se traduce en injusticia; lo urgente es la purga, la pugna, el señalamiento, la distancia, el distinguirse del más impío, y lo peor: la injusticia vestida de gala desfila como justicia mientras los espectadores toman fotografías y aplauden. 

“La mejor pieza de la noche constó de un elegantísimo traje de gala que logró combinar a la perfección la piedra con la espalda de la modelo”, escribe un crítico de moda por la mañana, “un signo claro de que no queremos más injusticias”. Pero tampoco es una malignidad creerse juez y parte, más bien, es una perspectiva imposible para el ser humano, así, la justicia tendría que comprenderse más como catalejo que como un estructura: un acercar lo lejano,  un enfocar lo justo, un identificar a aquellos diez seres humanos justos por los que vale la pena mantener en pie a una ciudad de pecadores. 

A mi modo de ver, esa es la tarea humana. Y es por eso que nos equivocamos y hacemos el mal aún sin quererlo, porque, incapaces de vista celestial, encontramos lo celestial en el curso de nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones y, como en una especie de iluminismo, sólo podemos rectificar cuando la luz está prendida. Pero no debe confundirse el interruptor de encendido con un discurso armado de causas y efectos, de estructuras que nos atraviesan como alfileres y prohibiciones de risas o empatías irreflexivas, pues si se privilegia el discurso pronto defenderemos que se arrojen bombas sin separar a justos de ímpios. Y en un mundo de muertos nadie llora luto.

Otra respuesta que puedo esbozar, proviene de mis reflexiones en torno al Gran Gatsby de Fitzgerald. El narrador, espectador de lo sucedido, comienza el relato con una defensa ante el consejo de un padre a un hijo: “Cuando sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”. Un consejo que es casi una calca de cualquier comentario actual de red social donde se señala la falta de empatía y la irreflexión del privilegio. 

Portada “El gran Gatsby” de F. Scott Fitzgerald

La diferencia es que el narrador de la historia de Gatsby se percata de un límite que no es una línea recta, sino una compleja red de causas, intenciones, palabras, omisiones, pensamientos y obras ante las cuales el juicio es casi una obligación. Apenas uno termina la primera parte del libro, advierte que el relato entero es un juicio obligado que contradice el consejo de un padre. El narrador convierte al lector en juez, una transformación que se da poco a poco, pero que termina en un juicio inevitable hacia todos los personajes de la novela. 

Debo decir que de no haber leído la novela, el juicio de la figura de Daisy puede errarse, pues ninguna de las dos adaptaciones cinematográficas logran captar la complejidad del personaje y el espectador corre el peligro de juzgarla, ya sea como una mujer desalmada e ingrata o como una mujer sumisa incapaz de desatarse de su marido. La Daisy de Fitzgerald es mucho más compleja que un dilema de sumisión, es un personaje que siente, ama, se arrepiente; una mujer víctima de su época atrapada en un dilema romántico donde el amor del pasado se le junta con el amor del presente. 

La idea de amor de Daisy contrasta con el fijismo romántico del Gatsby, atrapado en la contemplación del ser amado, como si éste fuera el primer motor. Toda la historia de Gatsby puede leerse como una confrontación de diferentes perspectivas sobre el amor, donde todos los personajes se convierten en víctimas y victimarios de sus propias decisiones. Aunque el ideal romántico más peligroso termina por ser el del Gatsby, pues aquel amor por Daisy se convierte en una mentira, en un miedo, en una llamada que nunca llegó, en una bala mortal, y en la soledad de un sepulcro, porque aquel hombre misterioso creyó que el amor era suficiente para exculpar sus negocios opacos; aquel pobre diablo creyó que el amor de Daisy convertía lo impío en justo. Gatsby es la prueba de que el amor también condena. 

Nietzsche señala, como es bien sabido gracias a las tarjetas del 14 de febrero, que el amor se encuentra más allá del bien y del mal. Su afirmación no es una defensa cursi, sino una verdad terrible: el amor desdibuja la moral, es un cáliz de oro con veneno. Villaurrutia describe al amor en su poema Amor condusse noi ad una morte con temeridad: “Amar es una cólera secreta, una helada y diabólica soberbia”. 

Actualmente, el amor pasa por el discurso y después de un lavado estructural se le quita lo terrible y se le añade lo aceptable, no sin antes culpar al romanticismo y a Disney por ponerlo en un pedestal. En conclusión: el Gatsby no hubiera muerto si hubiera sabido que si duele, no es amor; que si hay celos, no es amor. El Gatsby estaría vivo si no hubiera creído en una estructura social que le hizo creer que Daisy lo amaba. No, Gatsby, eso no era amor. Era cualquier cosa, menos amor; una opresión dormida, un gigante que pisa, una mala interpretación, una deuda histórica. Ahórrate la pena de morirte, Gatsby, aprende, infórmate, porque la próxima vez que lea tu historia termine contigo vivo, pobre y sin Daisy, quizá con otra mujer, como en la película de Batman, sentado en un restaurante, con una sonrisa de satisfacción y no con la ansiedad de recibir una llamada que no llegará mientras te desangras en la piscina. No, Gatsby, deja de ser un eterno retorno. 

Por fortuna, para rehuirle a esta explicación, hay un personaje de la novela que nos quita el peso del juez: un letrero de gafas que ve todo lo que sucede frente al taller (el taller también es un personaje que habla, después de todo, en él o cerca de él sucede todo). Supongamos que las gafas son Dios y el taller es el mundo. La conclusión es obvia: Dios lo vio todo. Dios lo sabe todo. Dios sabe quién engañó, quién atropelló, quién mintió, quién portó la pistola, quién murió. Lector, narrador y letrero se entrelazan, pero el misterio permanece: el lector podrá juzgar a los personajes al final, pero ni el narrador ni el letrero con gafas revelan su juicio.

Nebulosa de Helix imagen conocida como “el ojo de Dios”. Imagen del telescopio Hubble.

¿Qué juicio resulta correcto? No lo sabemos. Nunca lo sabremos. Pero no por ello nuestro juicio es vano, sino al contrario: sirve para rectificar a los personajes, y en esa rectificación nos añadimos. Como si el libro fuera un consejero y una advertencia. Así, los personajes se equivocan y hacen el mal sin quererlo porque es la única forma en la que la tragedia del Gatsby es posible de ser juzgada: ¿Daisy amaba a Gatsby? ¿El asesino quería matar a Gatsby a consciencia o fue víctima de su pena? ¿La mentira se justifica a pesar de la tragedia? ¿Gatsby es un héroe romántico o un tonto? 

Las equivocaciones separan al ser humano gris del malvado, porque en las equivocaciones están las semillas del juicio. Nos equivocamos y hacemos el mal sin quererlo, no porque lo hemos normalizado y lo hayamos perdido de vista, sino porque la equivocación es parte del proceso para identificar el mal. Pero no como un proceso racional de discursos y silogismos, o de poderes que atraviesan, sino como un proceso que parte desde la humildad menos ilustrada posible, un proceso común que no necesita de logos ni de artículos de revista científica, un proceso común a ignorantes y sabios. Un proceso tejido por un amor que nunca se terminará de entender y el misterio de una justicia que nos rebasa. 

Después de todo, la historia del Gatsby es una historia de amor donde el observador último permanece expectante, callado y trascendental, divinamente aburrido. Nos equivocamos y hacemos el mal sin intención de hacerlo porque sólo así aprenderemos a hacer el bien a conciencia, y esto sólo es posible si la rectificación trasciende lo humano y apunta hacia el misterio de lo divino.

MDNMDN