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Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

Ateísmo maduro

Ateísmo maduro

¿Puede un ateo celebrar a un santo? ¿Puede un protestante venerar a un santo? A primera vista, la respuesta es no. Sin embargo, en realidad, depende. ¿De qué depende? Del lugar donde se celebre. Si en ese lugar han sido superados viejos prejuicios anticatólicos y los clichés que ello lleva consigo, es posible que un católico, un protestante y un ateo vayan de la mano para recordar la figura de un santo, por la impronta que ha dejado en la cultura y en la civilización de ese lugar. Tal es el caso de Alemania, donde ateos, protestantes y católicos celebran a san Martín de Tours (11 de noviembre) o a san Nicolás de Bari (6 de diciembre).

San Nicolás en Alemania

Me lo hacía considerar, recientemente, una amiga que vive en Alemania. Comentando cómo los niños hacen una procesión de velas, al atardecer, durante toda una semana, para celebrar a san Martín de Tours. Son seguidos, mezclándose entre ellos, por católicos, protestantes y ateos. Todos se unen a la fiesta, por considerarla parte del patrimonio cultural alemán. Digamos que la identidad germana incluye la celebración de san Martín, de forma que su fiesta va más allá de las estrictas fronteras del catolicismo, para ser un santo de todos los alemanes (lo que no deja de ser curioso, pues su tumba está en Francia y su origen es húngaro).

Algo análogo sucede con san Nicolás de Bari que, como se sabe, es el antecedente histórico de la figura de Santa Claus (del alemán Sankt Niklaus) y Papa Noël. Originalmente los regalos se entregaban a los niños el 6 de diciembre, día de su fiesta. Se cambió a Navidad la fecha de entrega de los presentes gracias a la reforma protestante, que dio mayor importancia al Christkind, al nacimiento de Jesús, siendo el Niño Jesús quien traía los regalos. Curiosamente también, lo de la chimenea como lugar por donde entra Santa Claus para repartir los regalos, tiene su origen en una tradición, según la cual san Nicolás dejó caer sobre la chimenea de una casa pobre, una bolsa con monedas de oro, ya que el padre de esa familia había decidido dedicar a sus tres hijas a la prostitución, porque no tenía dinero para darles dote.

Procesión de San Martín en Berlín

Ahora bien, lo que vemos en Alemania, supone la existencia de un ateísmo y un protestantismo maduros que, sin renunciar a su propia identidad y a sus propias ideas, reconocen la presencia de elementos católicos en la configuración de la cultura en la cual viven. Tienen la madurez para reconocer un hecho histórico y cultural: cómo los elementos católicos han contribuido a conformar la identidad alemana. Digamos que su culto no es religioso, sino nacional. Son, respectivamente, ateísmos y protestantismos maduros, que han superado el estadio de beligerancia contra el catolicismo, y tienen la capacidad de reconocer las cosas buenas que éste ha proporcionado a su patria a lo largo de la historia.

Dicha madurez me hacía pensar que en América Latina estamos muy lejos de conseguirla. Por acá, con mucha frecuencia, los grupos evangélicos conciben su identidad en clave antagónica con el catolicismo. Es decir, lo que los aúna, muchas veces, es tener un enemigo común: la Iglesia Católica. Por lo tanto, construyen su propia identidad en confrontación con el catolicismo, de manera que son incapaces de reconocer nada bueno en él, pues dejarían entonces de tener una razón para existir. Se trataría, en consecuencia, de protestantismos inmaduros, que necesitan de la confrontación con el catolicismo para definir su identidad. En ese sentido, es difícil que un evangélico practicante reconozca el valor que tiene la Virgen de Guadalupe en la conformación de la identidad mexicana, o el Señor de los Milagros en la cultura peruana.

Procesión del Señor de los Milagros en Lima

También, en América Latina, nos encontramos con frecuencia, con grupos ateos beligerantes. Más que ateos, en realidad son antiteístas, pues definen su identidad en confrontación con los valores católicos, mientras copian los modus operandi de las religiones, por ejemplo, su talante proselitista y agresivamente polémico. Quizá la manifestación más evidente de ello sean algunas de las actividades que organizan, por ejemplo “la parrillada hereje”, una carne asada que se realiza el Viernes Santo. Buscan hacer coincidir su evento social con la conmemoración litúrgica del Viernes Santo, como una especie de bautizo de fuego, en el cual se pone en evidencia cómo han roto definitivamente con sus creencias católicas, aunque, irónicamente, todavía dependen de ellas.

¿Cómo sería un ateísmo maduro en América Latina? A mi entender debería cumplir con dos condiciones: la primera, ser pacífico, operar bajo el lema: “vive y deja vivir”. No entender que “el enemigo” es el creyente, sino dejar a cada quien seguir su camino: si ateo, ateo; si creyente, creyendo. La segunda característica -y la más difícil- es reconocer el valor objetivo de lo que la cultura católica ha proporcionado a las tradiciones del país, contribuyendo decisivamente a forjar su identidad. Bajo ese prisma, nada de extraño tendría que un ateo participara en la procesión del Señor de los Milagros, o celebrara el 12 de diciembre a la Virgen de Guadalupe.

Basílica de Guadalupe el 12 de diciembre

Deconstrucción

Deconstrucción

Vulgarmente se afirma que la historia la escriben los vencedores. Sin embargo, ya no es así. La cultura woke nos ha enseñado a reescribir la historia, a resignificar la cultura, los hechos, la realidad toda, viéndola desde un nuevo prisma, lo que otorga una nueva vigencia a las palabras de Campoamor: “Nada es verdad, nada es mentira, todo es del color del cristal con que se mira”.

En el caso del catolicismo reciente, estamos viendo cómo se ha reescrito su historia y resignificado su papel en la cultura, la sociedad y el mundo. Hay tres ejemplos paradigmáticos de este proceso de “deconstrucción”, es decir, deshacer una realidad en sus elementos más simples, para reconstruirla de forma diferente. El resultado es que, con elementos verdaderos, deconstruyes una realidad, para construir otra nueva, diferente, que ya no es verdadera. Sustituyes así una narrativa original y veraz, por otra divergente y falaz, que pasa a ocupar el lugar de la primera. Se trataría de la deconstrucción del papel que tuvieron en la Iglesia y el mundo el Venerable Pío XII, santa Teresa de Calcuta y san Juan Pablo II, por orden cronológico.

Primero, Pío XII. Al terminar la guerra, recibió repetidas veces el reconocimiento del pueblo judío, por su callada labor que salvó directamente a miles de judíos en Roma, y sus esfuerzos diplomáticos por alcanzar la paz y salvar judíos del holocausto nazi. Así, nada más terminar la guerra, el 21 de septiembre de 1945, Leo Kubowitzki, Secretario General del Congreso Judío Mundial, expresó su “más sentido agradecimiento por la acción realizada por la Iglesia Católica a favor del pueblo judío en toda Europa durante la guerra”. Así se percibía la labor de Papa -avalada con hechos concretos- al finalizar la guerra. Pocos años más tarde, cuando falleció Pío XII en 1958 y habiendo surgido ya el Estado de Israel, con más perspectiva histórica, Golda Meir, entonces Ministra de Asuntos Exteriores y más tarde Primera Ministra Israelí, consideró a Pío XII como “un gran amigo de Israel”. No contenta con eso subrayó: “Compartimos el dolor de la humanidad… cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de las víctimas”. Esa era la percepción de las autoridades judías, cuando todavía estaban frescos en la memoria, los espantosos sucesos del holocausto. Aunque el testimonio más elocuente de la labor del Papa a favor de los judíos, es el del Gran Rabino de Roma, Israel Anton Zoller, que había desempeñado esa función entre 1939 y 1945 -los años de la guerra-, y al final de la guerra se convirtió al catolicismo, tomando por nombre de pila Eugenio, en honor a Eugenio Pacelli (Pío XII), por los esfuerzos que había realizado para salvar judíos en Roma.

El proceso de “deconstrucción” de la figura del Venerable Pío XII comenzó en 1963, con ocasión de la obra de teatro “El Vicario”, de Rolf Hochhut, en la que presenta la figura del Papa como temerosa y apegada a su estatus y privilegios, de modo que, por miedo, decide callar todo lo que sabía sobre el holocausto judío. En el año 2007 se hizo público que “El Vicario” fue mandado a hacer por la KGB soviética, por indicaciones de Nikita Kruschev, pues buscaba minar la autoridad moral de la Santa Sede. Sin embargo, a 16 años de haberse hecho pública esta noticia, no se ha podido rehabilitar la figura de Pío XII, hasta el punto de que no se ha beatificado, para evitar fricciones con el pueblo judío. Ha prevalecido la imagen pública del Papa basada en una mentira.

Segundo acto: santa Teresa de Calcuta. Cuando murió santa Teresa de Calcuta, en 1997, representaba la imagen encarnada de la caridad. La carta de presentación del catolicismo, mostrando cómo su congregación – las Misioneras de la Caridad- hacía por caridad, por los más pobres de los pobres, lo que nadie más hacía en el mundo. Recibió el premio Nobel de la Paz en 1979 y en 1980 el premio Bharat Ratna de la India, considerado el mayor galardón civil de ese país. Sin embargo, ya había comenzado el proceso de “deconstrucción” de su imagen. Era demasiado atractiva, buena, dejaba muy bien parada a la Iglesia, había que reescribir su historia. En 1994 el periodista ateo beligerante Chistopher Hitchens realiza el documental: “Ángel del Infierno” sobre la Madre Teresa. Es una obra maestra de cómo se puede mirar desde otra perspectiva a la realidad, sirviéndose de la “hermenéutica de la sospecha”, para cambiar la percepción pública de la santa.

Primero Hitchens, y más tarde otros periodistas ateos e instituciones nacionalistas hindús, reescribieron la historia de la santa. Así, aparecía como alguien amante de los micrófonos y las cámaras, que instrumentalizaba a los pobres para codearse con los poderosos. Amiga de dictadores, como Fidel Castro, Jean-Claude Duvalier, o Augusto Pinochet, con quienes se entrevistó para abrir casas de las Misioneras de la Caridad en sus respectivos países. Se le acusaba de poca claridad en los manejos económicos, de manejar enormes sumas de dinero para sus obras de beneficencia, sin haber sido auditada nunca; de aprovechar la situación de desamparo de los moribundos que atendía, para presionarlos a convertirse al catolicismo, y de que, ni sus monjas tenían preparación suficiente para cuidar enfermos, ni sus hospitales contaban con equipamientos básicos. A la santa le encantaría aparecer fotografiada junto a Lady Diana y, finalmente, las monjas de la caridad no la atenderían a ella en sus hospitales -mal equipados- al final de su vida, sino en instituciones hospitalarias privadas. Especialmente insidiosa fue su crítica a la “teología del dolor” de la santa, para quien el sufrimiento representaba un modo de unirse a Cristo, y el sufrimiento de los enfermos resultaría grato a Dios. Fruto de esa campaña denigratoria, a los ojos de muchos intelectuales y bastantes jóvenes, santa Teresa de Calcuta no representa más el modelo acabado de caridad e interés por los pobres.

Por último, san Juan Pablo II. Al morir este Sumo Pontífice, en 2005, se verificó una insólita y apoteósica peregrinación, de todas partes del mundo, para velar sus restos mortales, protagonizada especialmente por jóvenes, que hacían colas de hasta 10 o 12 horas, por pasar tan solo unos instantes al lado del cuerpo del Papa difunto. Tanto es así, que Benedicto XVI, al iniciar su pontificado, no pudo sino exclamar, ante tal espectáculo que “la Iglesia está viva y es joven”. Nadie ha reunido en la historia, mayor número de jefes de estado como él en su funeral. Juan Pablo II fue, además, el hombre que consiguió la mayor concentración de seres humanos en la historia, al reunir a más de 5 millones de personas en Manila, Filipinas, en 1995. Fue la persona que ha sido vista directamente por más personas en la historia universal. Pieza clave para la caída del Muro de Berlín y del comunismo en el este de Europa, lo que devolvió la libertad a millones de personas. Fue el Papa que impulsó para que se esclareciera la verdad sobre el caso “Galileo” y que pidió perdón a Dios en el año 2000, por los crímenes perpetrados en Su Nombre a lo largo de la historia, particularmente la Inquisición y las Cruzadas. Alguien que incansablemente intercedió por la paz en el mundo… Todo ello, llevó al Papa Emérito, Benedicto XVI, a escribir una carta, con motivo del centenario del nacimiento de Karol Wojtyla, sugiriendo tímidamente, que podría incluírsele en la lista de los Papas que llevan el calificativo “Magno”, es decir, sólo dos en la historia de la Iglesia: San León Magno y San Gregorio Magno.

Sin embargo, nada de eso cuenta ya. A san Juan Pablo II se le echa en cara haber, no sólo tolerado, sino promovido y puesto como ejemplo, a clérigos culpables de pedofilia o de abuso sexual. Tal sería el caso de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y al Cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de Washington, promovido a esa sede por el Papa Wojtyla. En ambos casos, ya había sido advertido. En efecto, las denuncias contra Maciel, ya antiguas, se renovaron a mediados de los años 90 del siglo pasado, pero no se les prestó mayor atención. También, importantes autoridades eclesiásticas le advirtieron de que McCarrick gozaba de pésima reputación en los Estados Unidos, pero McCarrick le escribió directamente al Papa, defendiéndose, argumentando que sólo eran calumnias eclesiales de envidiosos. Finalmente le creyó y lo puso al frente de la arquidiócesis de Washington.

Valentina Alazraki ha sugerido que san Juan Pablo II estaba acostumbrado, por su largo tiempo en la diócesis de Cracovia, bajo el mando de un gobierno comunista, a escuchar miles de calumnias falsas contra sacerdotes, con el fin de desprestigiar a la Iglesia. Lo mismo pensó en el caso de Maciel. No podían sino ser calumnias, pues, como dice el evangelio: “no hay árbol bueno que produzca frutos malos” (Mateo 7, 18), y los frutos de la institución fundada por Maciel eran más que elocuentes. Al mismo tiempo, el P. Maciel tuvo importantes defensores dentro de la Curia Romana, particularmente al Cardenal Angelo Sodano, segundo de a bordo en el gobierno de la Iglesia. Las denuncias, renovadas contra Maciel al final de su pontificado, le agarrarían muy cansado y cedería a la visión que le ofreciera su más directo colaborador, el cardenal Sodano, defensor de los Legionarios.

Cuando juzgamos con perspectiva histórica y teniendo todos los elementos de juicio, podemos cometer injusticias contra los directos protagonistas de los hechos. Tenemos una información de la que ellos no gozaban. Ahora bien, en estos tres casos, resulta fundamental que prevalezca la verdad histórica, es decir, que no cedamos el paso a narrativas basadas en la “hermenéutica de la sospecha”. Recuperemos, por el contrario, la iniciativa y ofrezcamos una narrativa basada en la verdad, que tome conciencia de las limitaciones y los elementos de juicio que tenían en su momento los protagonistas de los hechos.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Rezar la Iglesia

Rezar la Iglesia

A quienes amamos a la Iglesia, considerándola nuestra Madre en la fe y Esposa de Cristo, no puede sino producirnos una profunda desazón y abatimiento la situación por la que ahora está pasando. La crisis es múltiple, conoce diversos frentes: desde la abierta persecución en diversos puntos del globo, como Nigeria o Nicaragua, hasta la solapada persecución que sufre en diversas democracias laicistas, como Francia o España. A ello se une la dolorosa crisis de la pedofilia clerical, una herida que no hemos acabado de limpiar. Pero, junto a estos escenarios, ya de por sí tétricos, se complica más el panorama por la crisis interna que sufre en la propia jerarquía o autoridad sagrada: la sorda y solapada confrontación entre sus pastores. La Iglesia padece un sisma de facto que la desgaja en tres grupos. Simplificando un poco el cuadro, están conformados por los obispos alemanes liberales, por un lado, los obispos conservadores estadounidenses, como el recientemente depuesto Joseph Strickland, pero también de otras partes del mundo, como Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kazajstán, por otro y, en medio, la Iglesia apiñada en torno a Francisco.

Muchas veces, además, el núcleo “apiñado” en torno a Francisco, no entiende algunas de sus decisiones de gobierno, su modo personal de dirigir a la Iglesia, que en ocasiones siembra desconcierto y confusión, por la ambigüedad que expresan algunos documentos pontificios. Tal es el caso, por poner ejemplos recientes, de la posibilidad de dar la comunión a divorciados vueltos a casar, que tienen una vida sexual activa con su nueva pareja, y que después de un determinado acompañamiento espiritual, pueden ellos discernir, bajo el consejo de un sacerdote como asesor espiritual, acercarse a la comunión. O, la posibilidad o no, de que parejas gay sexualmente activas y transexuales activos, puedan recibir el sacramento del bautismo, ser padrinos y testigos de un matrimonio sacramental. La redacción del texto oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe es lo suficientemente confusa como para que quepan las dos posibilidades: sí o no. Sin embargo, a pesar de estas piedras puestas en el camino de la fe del Pueblo de Dios, muchos decimos, parafraseando a san Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?” Somos conscientes de que la Iglesia no puede estar sin el Papa, y que sin el Papa no somos nada -católicamente hablando-, de forma que, aunque no entendemos, creemos, y eso nos lleva a rezar más por Francisco.

Las declaraciones recientes, de dos prominentes eclesiásticos, que gozan de un gran liderazgo espiritual en el seno de la Iglesia, expresan cabalmente lo complicado de la situación. Quizá la más escandalosa sea la del Cardenal Gerhard Ludwig Müller, quien fuera Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y editor de las Obras Completas de Ratzinger, al afirmar que Francisco “ya ha pronunciado muchas herejías materiales”. Lo dijo durante una entrevista publicada en LifeSiteNews, que rápidamente fue sacada de circulación. Pocos días antes, en First Things, otra importante revista religiosa norteamericana, el mismo Cardenal Müller explicó que en caso de que el Papa cometiera una herejía formal, quedaría automáticamente privado de su cargo, apoyándose en una referencia de san Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia y jesuita, como el Papa.

Por su parte, el cardenal Robert Sarah, importantísimo autor espiritual de la Iglesia contemporánea, sostuvo recientemente, durante la presentación del libro “Credo: Compendio de la fe católica” de Athanasius Schneider, que “la crisis de la Iglesia ha entrado en una nueva fase: la crisis del Magisterio”. El resultado de esta crisis es desolador: “confusión, ambigüedad y apostasía. Gran desorientación, profundo desconcierto e incertidumbre devastadoras han sido inoculadas en el alma de muchos creyentes cristianos”. El panorama, como se ve, no puede ser más desesperanzador.

Ante una situación así, ¿qué hacer? Creo que una salida válida y eficaz consiste en mirar la historia bimilenaria de la Iglesia, que es también historia de salvación. Eso permite sopesar los acontecimientos con una perspectiva histórica amplia, con “visión de eternidad”. Y, dentro de ella, mirar particularmente el ejemplo de los santos. Dos me parecen particularmente relevantes en el presente contexto histórico: santa Catalina de Siena y san Josemaría Escrivá, pues ambos vivieron en un tiempo de profunda crisis eclesial y nos brindan ejemplo de cómo vivirla ahora.

La Iglesia en época de santa Catalina no podía estar peor. El Papa vivía en Aviñón, había abandonado Roma y estaba bajo el control del rey de Francia. Ella intercede para que vuelva a Roma -contra el parecer de la mayoría de los cardenales, que eran franceses-, al poco muere, y se realizan simultáneamente dos cónclaves, los cuales eligen a dos Papas distintos: había comenzado el “Cisma de Occidente”. Para la santa el panorama resultaba desolador: había rezado toda su vida por la vuelta del Papa a Roma, y cuando lo consigue, al poco tiempo, se encuentra con una situación peor: ¡hay dos Papas! Cabe decir, además, que esa situación de confusión afectó a toda la Iglesia, habiendo santos que apoyaban a uno y otros que apoyaban a otro. Así, el Papa auténtico para Santa Catalina no lo era para san Vicente Ferrer, ambos vinculados a la orden dominicana, por cierto.

En ese contexto, ¿cuál era la actitud de la santa? Son suficientemente explícitas las palabras de su “Diálogo” (con Dios Padre): “Dulce Señor mío, vuelve generosamente tus ojos misericordiosos hacia este tu pueblo, al mismo tiempo que hacia el Cuerpo Místico de tu Iglesia; porque será mucho mayor tu gloria si te apiadas de la inmensa multitud de tus criaturas, que si sólo te compadeces de mí, miserable, que tanto ofendí a tu Majestad. Y, ¿cómo iba yo a poder consolarme, viéndome disfrutar de la vida al mismo tiempo que tu pueblo se hallaba sumido en la muerte, y contemplando en tu amable Esposa las tinieblas de los pecados, provocadas precisamente por mis defectos y los de tus restantes criaturas?” (Diálogo 4, 13).

Es decir, en un contexto de mucho mayor división que el actual, la actitud de la santa fue rezar y esperar. El problema se solucionó con el tiempo, aunque no le tocó a ella verlo en vida. Otro santo que rezó intensísimamente por la Iglesia, en un momento de particular crisis: el postconcilio del Vaticano II, fue san Josemaría. Con esa inquietud en el corazón acudió a multitud de santuarios marianos a pedir por la Iglesia, particularmente a la Basílica de Guadalupe, en México, donde realizó una novena. En ese contexto acuñó una expresión espiritual muy rica: “me duele la Iglesia”. Tampoco le tocó a él ver el final de la crisis postconciliar. Fue necesario el pontificado de san Juan Pablo II -un Papa profundamente mariano-, para calmar las aguas y que las cosas volvieran a su cauce.

Otro momento de crisis , descrito admirablemente por san John Henry Newman, fue la cuestión arriana de la Iglesia durante el siglo IV. Hubo épocas, durante ese siglo, en el que la mayoría de los obispos eran arrianos -es decir, herejes-, mientras el contenido auténtico de la fe era conservado por el pueblo fiel. Por eso se comenzó a considerar la fe del pueblo creyente como “lugar teológico”, es decir, testigo de la auténtica fe, que en determinadas circunstancias pueden no tenerla clara los mismos pastores de la Iglesia.

Estos ejemplos nos permiten conservar la auténtica fe, teniendo claro que la unión con el Papa y la devoción a María -ambas realidades forman parte del contenido de la fe del pueblo creyente-, garantizan nuestra permanencia en la auténtica fe de Cristo, en la auténtica Iglesia de Jesús. ¿Y cuál es la actitud que debemos adoptar? La de santa Catalina y san Josemaría: orar y esperar; “rezar la Iglesia”.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com


Rezar por el Papa

Rezar por el Papa

A todo el mundo católico nos sorprendió la intención de oración del Papa para este mes de noviembre: él mismo. La intención de la “Red Mundial de Oración del Papa” es el Papa mismo, y se ha dado a conocer, como sucede habitualmente, a través del simpático “video del Papa”. En su mensaje, Francisco explica que no por ser Papa deja de ser humano, y da a entender que cae sobre sus hombros un enorme peso que él no puede llevar en solitario. Necesita, por el contrario, del apoyo de la oración del pueblo fiel, que le da fuerzas y le ayuda a discernir en cada momento qué es lo que Dios quiere.

Al ver, asombrado, el breve pero emotivo video, me sorprendieron particularmente dos cosas de su mensaje. La primera es que pide “ser juzgado con benevolencia”. Que lo miremos con benevolencia. En realidad, no es nuestro papel juzgar a nadie, menos al Papa, Vicario de Cristo en la Tierra. Pero pide que lo miremos benévolamente o, dicho de otra forma, que le otorguemos habitualmente el beneficio de la duda. El Papa, en principio, quiere lo mejor para la Iglesia y para el mundo, y goza de una especial asistencia del Espíritu Santo, confiemos en él. Es verdad que es un hombre como nosotros, y por eso mendiga la oración de pueblo fiel, que en realidad tiene el gozoso deber de rezar por sus pastores, especialmente por el Papa, sea quien sea, hoy es Francisco.

El segundo detalle, que no deja de translucir una pisca de humor, lo constituye el final de su mensaje, cuando lacónicamente dice: “recen por mí. A favor”. Me traía a la memoria una anécdota de la fe sencilla, pero a veces poco ilustrada del pueblo: en una ocasión, en los Andes peruanos, una sencilla indita fue con el cura del pueblo a pedir “una misa de daño” contra otra persona. Es decir, hay que rezar por el Papa, pero no para que se muera pronto, sino para que guíe la Iglesia bajo el impulso del Espíritu Santo, y para que, haciéndolo, Dios lo haga santo.

Las dos peticiones: la benevolencia y rezar a favor del Papa, traslucen una idea de fondo que es basilar en la fe: la unidad o, como dirían los teólogos, “la eclesiología de comunión”. Es decir, muchas veces lo más importante es estar unidos; la unidad prima tantas veces sobre la eficacia, o incluso la razón. En la Iglesia sucede como en los matrimonios: lo importante no es quien tenga la razón, sino estar unidos. Y el Papa es el vínculo visible de la unidad; es decir, sin el Papa, no somos nada, espiritualmente hablando, aunque, hipotéticamente, “tengamos la razón”.

Se comprende entonces cómo la fuerza de la Iglesia es la oración, así como el carácter sobrenatural de la misma. Nos unen vínculos sobrenaturales muy fuertes, la comunión de los santos, que proclamamos cada domingo al rezar el Credo en Misa. Frente a los críticos de Francisco -que no son pocos- en esta actitud se trasluce su marcado sentido sobrenatural y su profunda humildad. Así, de la misma forma que nosotros sin el Papa, no somos nada, católicamente hablando; de igual manera, el Papa, no puede nada sin la fuerza espiritual que le aporta el “santo pueblo de Dios”, como le gusta llamar a la Iglesia. Su petición trae a mi memoria, inevitablemente, un gesto semejante de un santo de nuestro tiempo, san Josemaría Escrivá. Con mucha frecuencia solía terminar las reuniones con públicos más o menos numerosos, pidiendo la limosna de la oración, con una expresión semejante a la de Francisco: “rezad por mí. Para que sea bueno y fiel”. Francisco, al igual que san Josemaría, se encuentran entonces en la misma “longitud de onda” sobrenatural. Es una forma concreta de refutar a los que acusan a Francisco de convertir la Iglesia en una ONG, olvidando su carácter sobrenatural.

Para los fieles cristianos resulta un componente indispensable de nuestra unión con Dios la oración por el que hace cabeza, por el Papa. Cristo, María, el Papa, son los grandes amores del cristiano; no sólo se trata de rezar, sino también de querer, más incluso, de amar. Además, como se deja entrever por lo urgente del mensaje de Francisco, es una necesidad. La fuerza de la Iglesia, al fin y al cabo, no es otra que la fuerza de la oración. Por eso, a pesar de que pudiéramos pensar que hay otras cosas más urgentes por las cuales rezar, y que muy bien podrían ser la intención del Papa para este noviembre, como la paz en Tierra Santa o en Ucrania, Francisco ha preferido que rezáramos por él, para catequizarnos en nuestros deberes de piedad filial, y para que la oración de Francisco, por esas y otras causas urgentes, como el problema de la migración o la crisis ecológica, tengan la fuerza de la oración de toda la Iglesia en unión a su pastor.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

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