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¿Una Pascua de chocolate?

¿Una Pascua de chocolate?

Por Reinhard Bingener

(Publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Jueves 28 de marzo de 2024. Traducción F. Galindo)

Desde febrero ríen los conejos de pascua en los anaqueles de los supermercados, y también los coloridos huevos de chocolate descansan desde hace semanas en las vitrinas. Una buena noticia para la celebración de Pascua, porque se aplica la regla de que no hace falta preocuparse por la permanencia de las tradiciones, siempre y cuando se promuevan en el súper.

Y sin embargo la transformación alcanzada en la era del consumismo tiene un precio. En la mezcla pascual de símbolos cristianos y paganos de la fecundidad, parece que los símbolos paganos llevan la ventaja. La Pascua se transforma así en una animado festival de primavera. Y todos los contenidos que no sepan a la dulce y crocante pasta de chocolate son relegados fuera de la vista, de manera amigable pero contundente.

Dramaturgia de los días de fiesta

La pérdida cultural pesará más que la ocasionada por un proceso similar en torno a la Navidad. Pues la Pascua comprende no solo un aspecto del cristianismo, sino todo su horizonte de sentido: En el Domingo de ramos se contemplan las esperanzas intramundanas vinculadas a la entrada de Jesús en Jerusalén. En el Jueves santo se contemplan los aspectos de la comunidad y la ética que se relacionan con la Última cena y el Lavatorio de los pies. El Viernes de dolores contempla el sufrimiento y nuestra condición mortal; y en el Domingo de Pascua se contemplan las esperanzas trascendentes unidas a las resurrección de Jesús.

Quien se sumerge en esta dramaturgia de los días santos — así sea titubeante o guardando una distancia crítica — se topará de manera casi forzosa con que todos estos temas no pertenecen a un pasado lejano o afectan a personas ajenas, sino que también tocan su propia existencia.  Al margen de que 2024 es el año de Immanuel Kant, es difícil imaginarse que quien contempla al crucificado en una iglesia el Viernes de dolores o en Pascua no se enfrente con la cuatro conocidas preguntas del filósofo de Königsberg: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el ser humano?

Disolución de las preguntas por el sentido

Para muchos de nuestros contemporáneos, sino es que para la mayoría, resulta difícil dar una respuesta definitiva a estas preguntas, a causa de la conciencia moderna oscilatoria sobre la verdad. Este es el precio que el individuo de una sociedad desarrollada paga a cambio de una visión abierta del mundo. ¿Debemos concluir entonces que es mejor ni siquiera pensar al respecto? Quizá sea posible marear el sentido humano por el infinito con el sabor del rompope. ¿Qué nos lo impide?

Sin embargo también la gradual disolución de las preguntas por el sentido tiene un costo. Pues con ellas se disuelve también gradualmente la conciencia sobre lo efímero y confuso de nuestro ser: En comparación con el cosmos el ser humano no es nada; en relación consigo mismo, en cambio, es todo. Y la aceptación de esta totalidad del ser humano, que vale no solo para uno mismo, sino para cualquier otra persona, es una de las raíces más fuertes del humanismo que vincula entre sí a los seres humanos de todo tiempo y lugar.

Un ser del Sábado santo

La mirada en la fragilidad del ser ayuda también a ponderar los problemas en su proporción adecuada. La notoria irritabilidad de la sociedad quizá tenga mucho que ver con que tanto mazapán y relleno cremoso en nuestra vida obnubilan los sentidos. Las expectativas se vuelven disparatadas y la impaciencia se acrecienta. Debates sobre las pensiones y la pobreza se llevan a cabo sin ser conscientes de cuán grande es el lujo histórico en el que vivimos. Debates sobre el clima y el agro tienen lugar desde una reticente ignorancia de las leyes fundamentales de la física o excluyendo el consenso generalizado de los biólogos. Debates sobre el aborto que transcurren sin que siquiera se mencione el conflicto ético fundamental que presenta el aborto. Debates sobre la identidad en los que el presente se erige como maestro de escuela que sujeta al pasado a su implacable juicio.

El común denominador de estos debates es la carencia de humildad y una actitud de reclamo centrada radicalmente en cuestiones materiales. Una reconciliación con la historia de la Pascua no nos librará de estos espasmos como por arte de magia. Pero sí fortalecerá el sentido por la Conditio humana — por el valor del alma humana, y también por los límites de la capacidad humana de dominación y poder. Si el ser humano se esfuerza constantemente, es capaz de generar grandes cosas. Pero respecto a las preguntas esenciales de su existencia no es ningún Prometeo, pues la respuesta  a estas preguntas no está al alcance de su mano.

El ser humano es un ser del Sábado santo: Busca su lugar entre la certeza de la propia muerte y la esperanza de la salvación y la permanencia. Año con año la celebración de la Pascua nos recuerda nuestra posición.

Fuente: F.A.Z.

Tres pensamientos esperanzadores

Tres pensamientos esperanzadores

Por Salvador Fabre

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¿Qué tienen en común Jorge Mario Bergoglio, san Josemaría y Hannah Arendt? Los tres nos transmiten pensamientos esperanzadores, para la cotidianidad de nuestra vida, con sus limitaciones, errores y pecados.

Comencemos por Francisco, en realidad, Jorge Mario Bergoglio, ya que la cita está tomada de un libro entrevista titulado: “El Jesuita”, de cuando era arzobispo de Buenos Aires: “Para mí el sentirse pecador es una de las cosas más lindas que le pueden suceder a una persona, si la lleva hasta las últimas consecuencias… Cuando una persona toma conciencia de que es pecador y que es salvado por Jesús, se confiesa esta verdad a sí misma, y descubre la perla escondida, el tesoro enterrado. Descubre lo grande de la vida: que hay alguien que lo ama profundamente, que dio su vida por él.” Una de las experiencias más traumáticas en la vida espiritual es descubrir que en realidad no somos tan buenos como pensábamos, que cargamos miserias y pecados, de las cuales muchas veces no conseguimos desembarazarnos. Aceptar nuestra condición de pecadores y al mismo tiempo sabernos amados por Jesús, así como somos, es una de las verdades más consoladoras de nuestra fe, que el Papa saca a luz en este texto con particular lucidez.

A san Josemaría y a sus hijos espirituales, se les he tildado con frecuencia de perfeccionistas, por su magnánima aspiración a la santidad, de forma que tal ideal podría conducir a una forma de exigencia exagerada, incluso inhumana o, por lo menos, poco comprensiva. Sucede con él, como con la institución por él fundada, el Opus Dei, como cuando uno se forma un juicio de primera impresión, de simpatía o antipatía. En realidad, ese juicio es arbitrario, hace falta tiempo y conocimiento más profundo para hacerse cargo de quién es en realidad, esa persona. Así sucede cuando nos sumergimos en los textos de san Josemaría, pues en ellos muestra un profundo conocimiento de la naturaleza humana, frágil, pero que es capaz de elevar los ojos hacia Dios; sirva el siguiente ejemplo, entre muchos:

“Llegará un momento en que hemos de estar contentos siempre de ser como somos: ¡pobre cosa! ¿Tú querrías ser un diamante? ¡Pues no, señor!, te he llamado barro de botijo. Di al Señor: me ofrezco a Ti, para Ti solo y querría lucir como un diamante. Pero como barro de botijo, que es lo que soy, tan poca cosa, Tú me aprovecharás, y yo haré lo posible por servirte.”

En esta referencia, “el santo de lo ordinario” -como le llamó san Juan Pablo II-, nos recuerda que, a pesar de nuestras limitaciones y miserias, siempre podemos servir a Dios, a la Iglesia a las almas. No podemos excusarnos en nuestros pecados para dejar de colaborar en la obra de la redención. En otro texto, también muy esperanzador y autobiográfico, nos dice: “a pesar de mis miserias, quizá por ellas, mi amor es un amor que se renueva cada día.” Y definía la vida cristiana como un continuo “comenzar y recomenzar”, de modo que está permitido caerse, pero está prohibido no levantarse.

Por último, citamos a una profunda pensadora judía, una de las filósofas más importantes del siglo XX, discípula de Martin Heidegger. Por su talante filosófico -y no pastoral, como podrían ser las consideraciones de Francisco o san Josemaría- se muestra más profunda, pero va a la raíz de la cuestión. Ella, sin ser cristiana, tenía en alta estima al cristianismo, particularmente admiraba y quería al “Papa Bueno”, san Juan XXIII. La reflexión que compartimos a continuación, es sobre la fidelidad, que perfectamente puede aplicarse a la fidelidad a la vocación, sea matrimonial -como lo entiende ella- o al celibato apostólico:

“Fidelidad, True, Verdadero y fiel. Es como si aquello a lo que uno no puede guardar fidelidad nunca hubiera sido verdad. De ahí el gran crimen de la infidelidad, que es una manera de liquidar lo-que-ha-sido-verdad, de anular lo que uno mismo ha traído al mundo; equivale a un auténtico aniquilamiento, pues en la fidelidad, y solo en ella, somos dueños de nuestro pasado: su existencia depende de nosotros…”

Como puede desprenderse de la cita de nuestra pensadora -que no era ninguna santa-, la fidelidad a nosotros mismos, a nuestra identidad última, depende de nuestra fidelidad a nuestra vocación, a nuestro camino. No hacerlo equivale, en cierta forma, a violentar metafísicamente nuestra historia, nuestra identidad, nuestro pasado. Nuestras miserias y pecados, en consecuencia, no nos eximen de nuestro deber de fidelidad.

Depresión de los santos

Depresión de los santos

Por Salvador Fabre

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Hay un clásico de la literatura espiritual titulado: “Los defectos de los santos” de Jesús Urteaga Loidi. Este breve texto busca ser una actualización y complemento de tal libro. En realidad, Urteaga se refiere a los santos de la Biblia y sólo a sus flaquezas morales. El mensaje es claro: busca transmitir esperanza en la búsqueda de la santidad, mostrar que nadie nace santo, y cómo los santos, al igual que nosotros, tuvieron sus luchas y caídas, pero siempre se levantaron. En este texto, también partiendo de personajes centrales del Antiguo Testamento, busco mostrar cómo las flaquezas humanas en general -no sólo morales- sino psicológicas o anímicas, también están presentes en los santos, de manera que no tenemos que extrañarnos por tenerlas, menos aún ponerlas como excusa para no tender a la santidad.

Quizá la forma más brutal de abatimiento y desesperanza ante la vida sea el suicidio. Son desalentadores los índices de suicidio, sobre todo entre jóvenes, los casos han aumentado exponencialmente durante este milenio. Es particularmente alarmante enterarse de que algún amigo o familiar ha tenido un intento de suicidio, y doloroso quizá el experimentar personalmente, en alguna ocasión, el deseo de morir, el desencanto ante la vida, considerarla más como un castigo o una carga que como un don. Pues bien, esta última situación la experimentaron dos de los personajes más egregios del Antiguo Testamento: Moisés y Elías, y no veo motivo por el que un santo posterior a la venida de Cristo o contemporáneo nuestro, la pueda sentir también.

Cronológicamente, el primero en experimentarlo fue Moisés. Abrumado por la carga que Dios había puesto sobre sus espaldas, le pide al Señor que le quite la vida y le reclama su modo de tratarlo. Así lo relata Números 11, 11-15: “… y [Moisés] le dijo a Yahveh: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo?… No puedo cargar yo sólo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. Si vas a tratarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no sea más mi desventura.»”

Moisés, es evidente, por lo menos por un momento se siente desgraciado en su vocación, en el camino y la misión que Dios le ha dado. Y Moisés es calificado en otra parte por Dios mismo como “el más humilde de los hombres” (cfr. Números 12, 3). Es, claramente, lo que podríamos llamar un “consentido de Dios.”

Por su parte Elías, el modelo de los profetas, tuvo también su momento de abatimiento. Escuetamente nos dice 1 Reyes 19, 4: “Él [Elías] caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»” El más grande de los profetas “se deseó la muerte.”

Recordemos que Moisés y Elías de alguna forma engloban y simbolizan todo el Antiguo Testamento. No en vano fueron ellos los que se le aparecieron a Jesús en la Transfiguración, comentando con Él las cosas que iban a acaecer en Jerusalén (la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Misterio Pascual). Y sin embargo esos dos grandes se desearon la muerte, le pidieron a Dios que les quitara la vida; consideraron la vida y su vocación como superior a sus fuerzas, se sintieron profundamente desalentados y desdichados.

En la Sagrada Escritura es maravilloso ver cómo se entreteje lo humano y lo divino, la Biblia nos muestra a sus protagonistas como hombres reales, de carne y hueso, con sus grandezas y debilidades, que no hace esfuerzos por disimular. Así nos ayuda a comprender que el ideal de la unión con Dios, la realización de nuestra misión en la vida, el desafío de la vida misma y de la vocación, no son “ideales” (no en el sentido de poseer un ideal, sino en el de representar una quimera, una ensoñación, algo bonito pero irrealizable, un buen deseo), sino “reales”, con todas las consecuencias que las palabras “real” y “humano” tienen. Los más grandes cayeron en ese abatimiento, en ese sótano anímico; pero se levantaron.

No se trata de una caída propiamente moral, sino anímica, un estar en el fondo de la depresión y el desaliento. ¡Qué diferencia con Judas!, que sí se suicidó, sucumbió a la desesperación. Moisés y Elías se quedaron en el límite, rehicieron su vida y realizaron su vocación. ¿Dónde estaría la diferencia? Es difícil decirlo, ¿predestinación? Tal vez… Lo claro es que tanto Moisés como Elías convirtieron su abatimiento en una forma de diálogo con Dios. Le expusieron a Dios su alma y su corazón tal como estaban, y Dios los escuchó y los levantó. Es decir, convirtieron su depresión en oración, y se abrió para ellos el camino de la esperanza.

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

[1]

Autora: Dra. Carrie Gress.

Traductor: Dr. Rafael Hurtado.

La idea de que los católicos deben aceptar el feminismo como condición de diálogo con mujeres no-católicas se ha repetido con tanta frecuencia que ahora simplemente se acepta como una verdad indiscutible. Pero, ¿realmente ha funcionado dicha estrategia?

Antes de responder a esta pregunta, repensemos por un momento las enseñanzas de San Juan Pablo II, a quien generalmente se le reconoce como el “artífice” que proclamó la necesidad de desarrollar un “nuevo feminismo” o “feminismo católico”. En efecto, Juan Pablo II estaba manifiestamente interesado en defender la dignidad de todas las mujeres. En su Carta Apostólica de 1988, Mulieris Dignitatem, exploró con profundidad la naturaleza de la feminidad, proporcionando un “marco teórico” que permite una mejor comprensión de la feminidad católica, vista desde la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, lo que no es posible encontrar en dicho documento de aproximadamente 25,000 es el término “feminismo”.

En todo caso, el término “feminismo” fue utilizado tan solo una vez, a saber, en su encíclica de 1995 Evangelium Vitae, en la que hizo un llamado a desarrollar un “nuevo feminismo”. En un breve párrafo, el documento nos dice:

“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación” (E.V. n. 99).

A pesar de esta única mención, la idea de un “nuevo” feminismo ha sido claramente sobrevendida a los fieles católicos como la ruta ideal para entender la feminidad. Incluso el término se ha utilizado para afirmar que aquellos que no estén a favor del nuevo “feminismo católico”, estarían rechazando la visión católica global y abarcadora del Papa polaco.

Es innegable, según ya se ha dicho, que Juan Pablo II estaba profundamente interesado en restaurar y exaltar la dignidad de las mujeres, siempre y cuando se hiciese de un modo coherente con la fe católica. Lo que a menudo suele pasar con aquellos que se ciñen a la visión del Pontífice es que se centran en el adjetivo “nuevo” feminismo, sin tener claridad lo inadecuado que era el “viejo” feminismo.

A través de mi propia investigación relativa al “viejo” feminismo —sobre todo en mis dos libros The Anti-Mary Exposed [2] y The End of Woman— misma que no estaba disponible durante el pontificado de Juan Pablo II, he descubierto que el feminismo como movimiento ideológico tiene problemas significativos que no se pueden pasar por alto. Desde el principio, el feminismo ha tenido conexiones profundas con el ocultismo, con el igualitarismo (de influencia socialista/marxista) y con la erradicación de la monogamia como condición necesaria para lograr la liberación de las mujeres.

Estos esfuerzos, por demás desacertados, han provocado de modo progresivo la infelicidad crónica de más mujeres, la disminución de matrimonios y un daño severo a la familia nuclear. En cuanto ideología, el feminismo ha perpetuado la creencia de que el aborto es el medio por el cual las mujeres alcanzarán la igualdad con los hombres, generando al menos 44 millones de abortos en todo el mundo tan solo en el año 2023, cifra que supera las cifras del resto de causas de muerte sumadas.

Más allá de señalar los problemas del feminismo, quizás sea más relevante identificar la “pregunta” que ha impulsado la mayoría de las diversas formas de feminismo, a saber, ¿qué hacer para que las mujeres se parezcan más a los hombres? El mismo Papa Juan Pablo II reconoció esta tendencia en su breve párrafo alusivo al feminismo, afirmando que es necesario rechazar “la tentación de seguir modelos «machistas»”, en los que las mujeres han de adoptar vicios masculinos. Lamentablemente esta idea ha derivado en la creencia de que los hijos son un obstáculo para la felicidad de las mujeres, dando lugar a la ya conocida “cultura anticonceptiva” que pretende socavar la maternidad de las mujeres, como si ésta fuera una maldición en lugar de la bendición por excelencia que las enseñanzas de la Iglesia Católica siempre han promovido.

Contrastantemente, el feminismo ha sido tradicionalmente considerado como un medio para facilitar la integración de personas ajenas al movimiento a través de la promoción de “escenarios” cuasi-familiares. El resultado que han obtenido se traduce en que un mayor número de mujeres católicas se identifican más con el feminismo que con las enseñanzas de la Iglesia.

Actualmente, las mujeres católicas usan anticonceptivos, abortan y se divorcian aproximadamente a la misma tasa que las mujeres no-católicas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, mismas que se han desarrollado de modo progresivo a lo largo de la historia, han sido opacadas por el lenguaje feminista contemporáneo, el cual presenta una comprensión superficial de la feminidad.

Aunque ciertamente hay casos individuales que contradicen la idea anterior, actualmente las mujeres católicas se parecen más a las feministas seculares de lo que las feministas seculares se parecen a las mujeres católicas. Mientras tanto, la feminidad, y particularmente la maternidad, que desde siempre ha sido un icono de la Iglesia misma, ha sido despojada de su belleza, significado, fecundidad y misterio. En lugar de que el feminismo se convierta en un “puente”, se ha convertido en el “destino”, en un fin en sí mismo.

El feminismo es la ideología que está impulsando el declive de nuestra civilización. Sin embargo, ha logrado hacer creer a las mujeres católicas que es la única manera de restaurar o defender la dignidad de la mujer. En su esfuerzo por parecer relevante y atractivo, el “feminismo católico” se ha convertido en una especie de “agua estancada”, tratando de mantener principios católicos sin rechazar los dogmas problemáticos del viejo feminismo.

Toda esta parafernalia podría resultar comprensible si la Iglesia Católica no ofreciese algo mejor. O si realmente el feminismo, y no la Iglesia, fuera el camino mediante el cual las mujeres obtuvieran verdadera dignidad e igualdad con respecto a los hombres. En este respecto, el catolicismo sufre de lo que podemos llamar una “abundancia de riquezas”.

El apoyo de la Iglesia a las mujeres comenzó cuando Jesucristo habitó entre nosotros, y se pronunció e intensificó en la medida que creció la devoción a Nuestra Señora y cuando se extendió el testimonio de los santos. La Iglesia, no el feminismo, declaró contundentemente la dignidad y la igualdad de la mujer, realidad bellamente expuesta por el Papa Juan Pablo II en la ya mencionada encíclica Mulieris Dignitatem. Pensadoras como Edith Stein (La Mujer), Ida Görres (The Hidden Face), Gertrud von Le Fort (The Eternal Woman) y Alice von Hildebrand (El Privilegio de Ser Mujer) se sumaron con sabiduría a esta causa. Las mujeres, y no solo las mujeres católicas, están ávidas de hacerse de esta rica sabiduría, hermosa y convincente. Y aunque pocos lo ven, la tenemos en nuestras manos.

En efecto, podría haber un “nuevo feminismo”, pero éste tendría que distanciarse completamente del “viejo”. Lograr esta encomienda dada la profunda integración que el viejo feminismo ha tenido con la cultura contemporánea, se antoja muy improbable, si no se da previamente una verdadera desintoxicación intelectual y una formación más profunda. Este es un proyecto que se ha intentado desde hace más de 30 años, pero el gran peso que tiene la ideología feminista parece sofocar los esfuerzos católicos, incluso el deseo, de desarrollar algo discerniblemente “nuevo”.

En esencia, el catolicismo no necesita del feminismo. Un simple regreso a lo que la Iglesia Católica puede ofrecer en esta materia no solo suplantaría lo que el feminismo imperante podría ofrecer, sino que lo superaría significativamente. Si realmente estamos comprometidos con atraer a las mujeres a la Iglesia mientras fortalecemos a las que ya están en ella, es hora de que comencemos a promover nuestra abundante sabiduría en lugar de continuar promoviendo lo que en realidad nos está destruyendo.

Dra. Carrie Gress.

Profesora Investigadora en el Centro de Estudios con sede en Washington, D.C., Ethics and Public Policy Center, y en el Institute for Human Ecology en la Catholic University of America, Estados Unidos de América (https://www.carriegress.com/)

Dr. Rafael Hurtado.

Profesor Investigador Titular en el Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana, Campus Guadalajara, México (https://www.up.edu.mx/investigacion/rafael-hurtado-dominguez/)


[1] El presente escrito es una traducción realizada por el Dr. Rafael Hurtado del artículo “Is Catholic Feminism Working?” publicado en https://www.thecatholicthing.org/2024/03/01/is-catholic-feminism-working/ escrito por la Dra. Carrie Gress.

[2] Este libro está disponible en lengua castellana: https://tanbooks.com/products/books/anti-maria-al-descubierto-rescatando-la-cultura-de-la-feminidad-toxica/


Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

MDNMDN