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¿Una Pascua de chocolate?

por | Mar 29, 2024 | 0 Comentarios

Por Reinhard Bingener

(Publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Jueves 28 de marzo de 2024. Traducción F. Galindo)

Desde febrero ríen los conejos de pascua en los anaqueles de los supermercados, y también los coloridos huevos de chocolate descansan desde hace semanas en las vitrinas. Una buena noticia para la celebración de Pascua, porque se aplica la regla de que no hace falta preocuparse por la permanencia de las tradiciones, siempre y cuando se promuevan en el súper.

Y sin embargo la transformación alcanzada en la era del consumismo tiene un precio. En la mezcla pascual de símbolos cristianos y paganos de la fecundidad, parece que los símbolos paganos llevan la ventaja. La Pascua se transforma así en una animado festival de primavera. Y todos los contenidos que no sepan a la dulce y crocante pasta de chocolate son relegados fuera de la vista, de manera amigable pero contundente.

Dramaturgia de los días de fiesta

La pérdida cultural pesará más que la ocasionada por un proceso similar en torno a la Navidad. Pues la Pascua comprende no solo un aspecto del cristianismo, sino todo su horizonte de sentido: En el Domingo de ramos se contemplan las esperanzas intramundanas vinculadas a la entrada de Jesús en Jerusalén. En el Jueves santo se contemplan los aspectos de la comunidad y la ética que se relacionan con la Última cena y el Lavatorio de los pies. El Viernes de dolores contempla el sufrimiento y nuestra condición mortal; y en el Domingo de Pascua se contemplan las esperanzas trascendentes unidas a las resurrección de Jesús.

Quien se sumerge en esta dramaturgia de los días santos — así sea titubeante o guardando una distancia crítica — se topará de manera casi forzosa con que todos estos temas no pertenecen a un pasado lejano o afectan a personas ajenas, sino que también tocan su propia existencia.  Al margen de que 2024 es el año de Immanuel Kant, es difícil imaginarse que quien contempla al crucificado en una iglesia el Viernes de dolores o en Pascua no se enfrente con la cuatro conocidas preguntas del filósofo de Königsberg: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el ser humano?

Disolución de las preguntas por el sentido

Para muchos de nuestros contemporáneos, sino es que para la mayoría, resulta difícil dar una respuesta definitiva a estas preguntas, a causa de la conciencia moderna oscilatoria sobre la verdad. Este es el precio que el individuo de una sociedad desarrollada paga a cambio de una visión abierta del mundo. ¿Debemos concluir entonces que es mejor ni siquiera pensar al respecto? Quizá sea posible marear el sentido humano por el infinito con el sabor del rompope. ¿Qué nos lo impide?

Sin embargo también la gradual disolución de las preguntas por el sentido tiene un costo. Pues con ellas se disuelve también gradualmente la conciencia sobre lo efímero y confuso de nuestro ser: En comparación con el cosmos el ser humano no es nada; en relación consigo mismo, en cambio, es todo. Y la aceptación de esta totalidad del ser humano, que vale no solo para uno mismo, sino para cualquier otra persona, es una de las raíces más fuertes del humanismo que vincula entre sí a los seres humanos de todo tiempo y lugar.

Un ser del Sábado santo

La mirada en la fragilidad del ser ayuda también a ponderar los problemas en su proporción adecuada. La notoria irritabilidad de la sociedad quizá tenga mucho que ver con que tanto mazapán y relleno cremoso en nuestra vida obnubilan los sentidos. Las expectativas se vuelven disparatadas y la impaciencia se acrecienta. Debates sobre las pensiones y la pobreza se llevan a cabo sin ser conscientes de cuán grande es el lujo histórico en el que vivimos. Debates sobre el clima y el agro tienen lugar desde una reticente ignorancia de las leyes fundamentales de la física o excluyendo el consenso generalizado de los biólogos. Debates sobre el aborto que transcurren sin que siquiera se mencione el conflicto ético fundamental que presenta el aborto. Debates sobre la identidad en los que el presente se erige como maestro de escuela que sujeta al pasado a su implacable juicio.

El común denominador de estos debates es la carencia de humildad y una actitud de reclamo centrada radicalmente en cuestiones materiales. Una reconciliación con la historia de la Pascua no nos librará de estos espasmos como por arte de magia. Pero sí fortalecerá el sentido por la Conditio humana — por el valor del alma humana, y también por los límites de la capacidad humana de dominación y poder. Si el ser humano se esfuerza constantemente, es capaz de generar grandes cosas. Pero respecto a las preguntas esenciales de su existencia no es ningún Prometeo, pues la respuesta  a estas preguntas no está al alcance de su mano.

El ser humano es un ser del Sábado santo: Busca su lugar entre la certeza de la propia muerte y la esperanza de la salvación y la permanencia. Año con año la celebración de la Pascua nos recuerda nuestra posición.

Fuente: F.A.Z.

Redacción

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