Pregate per me: el pontífice de la fragilidad

La vida transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Doce años de un pontificado. Se escribe muy rápido y doce años han pasado muy rápido, pero en realidad es un periodo largo. Si bien el papado más longevo fue el de Pío IX con 31 años y 7 meses (1846 – 1878), seguido por el de Juan Pablo II con 26 años y 5 meses (1978 – 2005), los 12 años y 1 mes del Papa Francisco (2013 – 2025) no son pocos.

Hace doce años, llevaba poco más de un mes en Roma, cuando explotó la noticia de la renuncia voluntaria del Papa Benedicto XVI, un pontificado que duró 7 años y 10 meses. Fue un momento histórico, la segunda vez en la historia de la iglesia que un Papa renunciaba. Para algunos significó que el lado más conservador de la iglesia se retiraba, un Papa que podría parecer demasiado serio y severo, quizá por su carácter alemán; pero que a la vez dejó un gran legado intelectual. Sin temor a equivocarme, creo que es de los grandes pensadores de nuestra época.

Tras el carismático Juan Pablo II, la personalidad de Ratzinger no resultaba tan magnética y por eso se especulaba con ansias las cualidades del siguiente pontífice. Quizá el problema es que nos gusta comparar personalidades y queremos que estas se amolden a nuestras expectativas. En lo personal, Ratzinger, me parece todo un personaje, gran intelectual y con un gran amor a Dios y a la liturgia. Por eso no me extraña que el Aula Paolo VI estuviera a tope para la última audiencia aquel febrero del 2013.

Los cardenales se encerraron cum clave –cónclave– a reflexionar. Aunque no ha sido el cónclave más largo de la historia. Cuando el Papa Gregorio X fue elegido en 1271, los cardenales deliberaron por más de 2 años y como estaban muy divididos, el cardenal de Viterbo decidió encerrarlos con llave y racionar la comida. A partir de esta experiencia se reformó el proceso de cónclave. Así que en el 2013 los cardenales no se encerraron por años y meses, sino que tras un par de fumate nere, el 13 de marzo salió de la chimenea de la Capilla Sixtina la fumata bianca. Recuerdo que aquella tarde llovía un poco, fue un día nublado y fresco. Francamente esperaba el humo negro porque por el frío quería irme y comer una sopa caliente; un pelícano descansaba sobre la chimenea y revoloteaba, cuando de pronto se elevó el humo blanco. El frío desapareció y el atrio se conmocionó cuando un cardenal salió por el balcón y anunció: Habemus Papam.

Se rumoreaba que el nuevo Papa era latinoamericano, que hablaba español, pero no eran sólo rumores: Jorge Mario Bergoglio, argentino y jesuita, aunque como bien los italianos no dejaban de mencionar, un Papa latinoamericano, con raíces italianas. No sé cuánto tiempo habrá pasado, la incertidumbre hacía que los minutos parecieran horas. Al fin, Bergoglio, se asomó, investido como pontífice y tomó el nombre de Francisco, por san Francisco de Asís. El flamante Papa Francisco cerró su primer mensaje pidiendo oración, pregate per me.

Desde ese momento, Francisco, hizo cosas de forma diferente, desde la cuestión de la sedia vacante, los zapatos rojos, y el recordar a una iglesia europea que los sacerdotes deben tener olor a oveja. Algo que no resulta tan novedoso en la iglesia latinoamericana y africana, pero que, en ocasiones, parece que se ha olvidado en Europa, de ahí que insistiera constantemente en ello.

Todo pontificado, como ocurre en la vida, tiene aciertos y desaciertos, luces y sombras, pero aquellas cuentas le corresponden a Dios. El Papa Francisco fue cercano al pueblo y también vivió momentos con una gran carga histórica y simbólica, como cuando en el 2020 con la pandemia, dio la bendición Urbi et Orbi, ante una plaza vacía y silenciosa, pero con espectadores de todo el mundo. Solo y empapado por la lluvia, caminó con esfuerzo con el crucifijo de san Marcelo y el ícono de la virgen de la salud, tras la oración, recalcó “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca. Todos frágiles, pero llamados a remar juntos”. En una era en la que nos sentimos inmortales e invencibles, es bueno recordar que somos frágiles, que somos débiles, pero que juntos podemos hacer más que en soledad.

Hoy culminan doce años de un pontificado que nos llamó a estar abiertos a la vulnerabilidad, a salir a las calles y a servir. Así como al inicio de su pontificado, el Papa Francisco, pidió oración y con la esperanza en la resurrección, elevamos una última oración. Quizá podemos sentirnos un poco huérfanos, pero nunca desamparados. Cada pontificado ha sido diferente, no sólo por la personalidad y carisma de cada Papa, sino porque el Espíritu sopla según las necesidades de la iglesia de este tiempo. Acabamos de vivir la Pascua, la tumba está vacía, la silla está vacía, pero con confianza esperamos el siguiente humo blanco.

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