¿Vas a misa todos los días? ¿Crees en el amor? ¿Dispones tu vida a la Palabra de Dios? Jean Guitton escribió que “a los ojos del incrédulo, el creyente está un poco loco”. La afirmación es incómoda porque no parece falsa. Vista desde fuera, la fe puede parecer una excentricidad: rezar a alguien que no vemos, confiar en una promesa que nunca poseemos plenamente, orientar la vida hacia aquello que no puede demostrarse como se demuestra un cálculo o un objeto. Pero la incomodidad va más lejos todavía. El creyente no sólo está un poco loco ante los ojos del incrédulo; muchas veces también se siente así ante sí mismo.
Vivimos en una época en la que incluso nuestras palabras suelen perder su consistencia. Se habla constantemente de verdad, de libertad, de autenticidad o de justicia, pero rara vez sabemos con claridad qué significan estas cosas para nosotros. Podemos terminar sin saber lo que creemos, o creyendo aquello que realmente no sabemos. En medio de esta confusión aparece la figura del nihilista: aquel que ya no espera nada y para quien tampoco vale la pena buscar nada. No hay verdad definitiva, no hay sentido último, no hay finalidad profunda. Todo termina reduciéndose a una sucesión de acontecimientos sin fundamento.
El nihilismo produce temor tanto en el filósofo como en el creyente. El primero teme que su búsqueda desemboque en el vacío; el segundo, descubrir que su fe no era más que una ilusión piadosa. Pero quizá el nihilismo no sea únicamente una doctrina o una amenaza intelectual. Tal vez sea también una experiencia inevitable de la vida humana: el momento en que nuestras seguridades se derrumban y quedamos frente a la pobreza de nuestra condición.
Ya san Pablo parecía advertir un problema semejante cuando escribía a los corintios que “aquel que habla un lenguaje incomprensible no se dirige a los hombres sino a Dios, y nadie le entiende” (1 Cor 14:2). El problema no era simplemente lingüístico. Si nuestra fe se vuelve incomprensible incluso para nosotros mismos, ¿cómo sabremos en qué creemos? ¿Cómo distinguir la fe de una emoción pasajera, de una obsesión o de un sueño?
En uno de los pocos fragmentos claros de su Fenomenología…, Hegel ironiza sobre quienes creen recibir sabiduría divina en sueños mientras renuncian al entendimiento: “Lo que en realidad reciben y dan a luz en su sueño no son, por tanto, más que sueños”. Y, en efecto, existe un modo de religiosidad que termina confundiendo la fe con un estado emocional permanente: supersticiones, sentimentalismos, culpas vacías, obsesiones espirituales o la búsqueda desesperada de señales extraordinarias. La tentación del creyente moderno consiste muchas veces en intentar compensar la fragilidad de su fe mediante experiencias intensas que le permitan sentirse seguro de Dios.
Pero la fe cristiana —o al menos cierta experiencia de ella— no surge de esa seguridad. Surge, más bien, de atravesar la inseguridad sin abandonarse completamente a la desesperación.
Por eso el creyente también puede parecer ridículo. Henri Bergson observaba en su Ensayo sobre la risa que lo ridículo aparece cuando el ser humano se vuelve rígido, cuando sus ideas o sus hábitos dejan de responder adecuadamente a la realidad. Dice Bergson:
“Son corredores que caen e inocentes engañados, corredores de ideal que tropiezan con las realidades, cándidos soñadores a los que la vida acecha con malicia”.
Y añade:
“Pero sobre todo son muy distraídos, con esta superioridad sobre los demás: que su distracción es sistemática, organizada en torno a una idea central”.
Hay algo inevitablemente ridículo en nuestros grandes ideales humanos: tropezamos constantemente con la realidad mientras intentamos alcanzar aquello que imaginamos absoluto. El creyente no escapa de esto. También él cae, también él duda, también él se distrae persiguiendo sueños que muchas veces no comprende.
Sin embargo, quizá el problema de la fe no consista en reconocer esta fragilidad, sino en querer ocultarla. Una esperanza insincera puede terminar siendo más peligrosa que la desesperación misma.
Quiero advertir que soy una persona de fe y que en mi fe en el credo Católico doy cimiento a toda mi vida: una fe que es más fuerte que cualquier idea, pues plantea la centralidad de una persona, que es Dios. Pero es necesario realizar este ejercicio, pues como se advierte a sí mismo Guitton —y quizá también a nosotros los creyentes—:
“Cuando un hombre no es perseguido por su creencia, no resulta fácil saber lo que cree y a qué profundidad lo cree. En realidad, lo que yo creo, es lo que aceptaría sostener bajo la ironía, bajo el silencio o el desprecio de los que estimo; es aquello por lo que soportaría que me quemaran el dedo meñique. Sólo se cree realmente aquello por lo que aceptaría sufrir, o llegado el caso ser tomado por un imbécil”.
Durante mucho tiempo, buena parte de los esfuerzos intelectuales modernos intentaron responder al nihilismo prometiendo que el ser humano alcanzaría finalmente la verdad, el progreso o cierta plenitud moral mediante la razón, la política, la ciencia o la historia. Pero los grandes proyectos humanos se parecen muchas veces a la Torre de Babel: apuntan al cielo y, aun así, dejan intacta la inquietud más profunda del corazón humano. El problema quizá no sea que el hombre construya, sino creer que puede salvarse completamente mediante sus construcciones.
Hace algunos años escribí un poema sobre ello: El Sueño de la Verdad. Creo que este poema se pronunciaba aún con más firmeza que el credo del nihilista: no es que haya nada, es que “todo será verdadero y nada será suficiente”.
Así, Jesucristo fue tentado por el que ahora es el dueño del mundo:
“El diablo lo llevó a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares”.
Pero Cristo respondió:
“Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (Mt 4:7-10).
En esta respuesta de Cristo podemos notar que quizá la respuesta más profunda al nihilismo no esté en negar la pobreza humana, sino en aceptarla plenamente. San Pablo escribe que Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre” (2 Co 8,9). Y acaso el centro del cristianismo no sea la glorificación de la fuerza humana, sino la revelación de un Dios que entra en la fragilidad, el sufrimiento y la muerte.
Por eso los evangelios muestran constantemente a Cristo acercándose a quienes ya no tienen nada que los sostenga. La mujer que padecía flujo de sangre “había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en ello toda su fortuna; pero, lejos de mejorar, había empeorado” (Mc 5,26). No obstante, pensó que “con sólo tocarle el vestido” se curaría (Mc 5,28). Jairo escucha que su hija ha muerto antes de que Jesús llegue y, aun así, Cristo le responde: “No temas; basta que tengas fe” (Mc 5,36).
En todos estos casos, la fe es el acto último que surge de la disposición de Cristo ante nosotros, cuando las seguridades se nos han agotado. Sí, es Dios quien nos busca. Pero la fe aparece como un acto humano de necesidad y, a su vez, de gratuidad. Un acto demasiado evidente, pero que, a su vez, sólo surge cuando padecemos la indigencia.
Según Cristo y quienes tienen fe en Él, quien renuncia a la vida la gana: “quien quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de (Dios), la hallará” (Mt 16:25).
¿Qué significa esto? Jesús lo explicó con varias parábolas:
“Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Y le respondió: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Acercándose al otro le pidió lo mismo; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto les digo, que los publicanos y las rameras van delante de ustedes al reino de Dios” (Mt 21:28-31).
Y también ante la cananea que le imploró:
“¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está gravemente atormentada por un demonio”.
Ella insiste incluso después del rechazo de Cristo:
“Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
Y Jesús responde:
“Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres” (Mt 15:22-28).
En este sentido, creer no significa ignorar la desesperación; aunque quizá signifique, muy a menudo, no convertir la desesperación en nuestra última palabra.
Entonces, el nihilismo no es propiamente un problema para nuestra vida cristiana, sino una experiencia, que se convierte en problema cuando se afirma sobre ésta la desesperanza o se intenta saltar sobre la desesperanza con una esperanza insincera. Nietzsche afirmó “la muerte de Dios” como la constatación de que las antiguas certezas habían perdido fuerza para nosotros.
Pero el problema quizá no sea simplemente que Dios desaparezca de nuestro horizonte de seguridades; el problema podría ser vivir a Dios como una ilusión, o como amuleto. Desde este punto de vista, no se trata de un problema exclusivo de nuestras circunstancias modernas.
Me invito, y haciéndolo los invito a ustedes, a no vivir a Dios como una ilusión, sino a intentar creer sinceramente y en la verdad.
En Lo que yo creo…, Guitton escribe:
“para penetrar en el terreno desconocido de la incredulidad, no tengo que hacer ningún esfuerzo. Me basta con relajar en mí un resorte (…). Conozco la incredulidad por el acto constante que realizo para escapar de ella: es mi reposo y mi sombra”.
Y quizá esto sea cierto para todo creyente sincero. La fe no elimina la duda. Más bien, convive con ella.
Por ello, la fe exige sinceridad antes que entusiasmo. El cristiano no está llamado necesariamente a fabricar emociones religiosas constantes, ni a convencerse artificialmente de que todo tiene sentido. Quizá está llamado, más bien, a permanecer. A vivir, trabajar, sufrir, amar y esperar incluso cuando no posee claridad y, menos, seguridad.
William James advierte en Razón y fe que estrictamente la racionalización nunca logra establecer por sí sola conclusiones religiosas completamente firmes. La razón compara, infiere y organiza; pero la vida humana no puede esperar indefinidamente a una certeza para actuar. Por ello, decía James, terminamos viviendo mediante una “escalera de la fe”: aquello que “podría ser verdadero”, “debería ser verdadero” y finalmente “será verdadero para mí”.
No se trata de una demostración, sino de una disposición de la existencia, que requiere paciencia ante el dolor y la ausencia de evidencias que sostengan nuestras exigencias. Vivimos así constantemente: nuestras decisiones más importantes —amar, confiar, esperar, entregarnos— rara vez descansan sobre evidencias completamente satisfactorias.
Pero James va todavía más lejos. La experiencia religiosa, afirma, introduce hechos nuevos que la razón natural jamás habría podido anticipar: “experiencias de una vida inesperada que suceden en la muerte”. Hay momentos en que las seguridades humanas colapsan —la autosuficiencia, el orgullo, la fortaleza personal— y, precisamente ahí, se requiere una forma distinta de vida.
Cristo mismo sugiere algo semejante cuando exhorta a sus discípulos:
“Miren, estén alertas y oren; porque no saben cuándo será el momento. (…)Estén alertas, pues no saben cuándo vendrá el señor de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo, o por la mañana” (Mrc 13: 33-37).
Y también cuando afirma:
“Si Dios hace tan hermosas a las flores, que viven tan poco tiempo, ¿acaso no hará más por ustedes? ¡Veo que todavía no han aprendido a confiar en Dios! (…) Ustedes tienen como padre a Dios que está en el cielo, y él sabe lo que ustedes necesitan. Lo más importante es que reconozcan a Dios como único rey, y que hagan lo que él les pide. Dios les dará a su tiempo todo lo que necesiten” (Mt 6:28-33).
Respecto a esto último, Jean Guitton añade:
“Hay que decir que la experiencia es a menudo dolorosa. Compruebo que (Dios) se ocupa sin cesar de romper lo que yo creo desear para realizar lo que quiero más profundamente”.
Quizá por eso la fe cristiana no elimina la experiencia del nihilismo, sino que aprende a habitarla con gracia. El nihilista concluye que nada vale definitivamente; el creyente honesto acepta que no puede darse a sí mismo el fundamento último de las cosas. Ambos reconocen un límite. Pero mientras uno se abandona a la desesperanza o a la indiferencia, el otro intenta responder mediante la confianza y la acción.
Desesperar es humano. Esperar verdaderamente quizá sea algo más difícil y valioso.
La tradición cristiana nunca enseñó que el hombre pudiera salvarse completamente por su propia perfección espiritual o intelectual. Santo Tomás de Aquino afirmaba que el ser mismo es recibido: vivimos porque algo —o mejor dicho, Alguien— nos sostiene constantemente en el existir. La vida no nos pertenece por completo. No nos damos el ser a nosotros mismos.
Un antídoto que Guitton nos sugiere en su Testamento Filosófico, lo pone en un diálogo ante el diablo del siguiente modo:
“—(…) Dudar forma parte del método racional para llegar a la verdad y la duda hace tabula rasa. Así nace la libertad del espíritu. Y esta libertad, Guitton, excluye su fe”.
(…)
“—Hay que dudar, pero dudar bien (…) La duda realmente universal incluiría una duda misma sobre la duda. Vea usted, querido amigo–enemigo, así es como soy crítico o intento serlo. Ésta me parece racionalmente superior”.
(…)
—Renuncia usted a la razón.
—No mucho más de lo que se renuncia a la República cuando se guarda la guillotina”.
Por eso la fe quizá no consista en conquistar una certeza sobre Dios, sino en vivir sinceramente ante Él, que es una persona y no una idea. No se trata de abolir la duda, sino de impedir que la duda destruya completamente la posibilidad misma de la confianza de que Dios está en todo lo que somos, hay y vivimos.
William James explicaba que Lutero “se abrió paso a través de aquella capa de autosuficiencia naturalista”. Pensó —y “posiblemente estaba en lo cierto”— que san Pablo ya lo había hecho antes que él. La experiencia religiosa auténtica, continúa James, “muestra que se es fuerte tan sólo siendo débil”. Y añade:
“No se puede vivir en el orgullo o en la autosuficiencia. Existe una luz bajo la cual todas las distinciones, excelencias y seguridades de nuestros caracteres, naturalmente fundadas y actualmente aceptadas, parecen auténticas chiquilladas. La única puerta hacia los logros más profundos del Universo es renunciar a nuestra vanidad de ser buenos”.
Tal vez aquí se encuentre un punto común entre cierta experiencia del nihilismo intelectual y la experiencia cristiana de la fragilidad. El nihilista descubre el vacío, desespera y colapsa. El creyente superficial descubre el vacío y corre demasiado rápido a llenar de ilusiones, sentimentalismos o falsas certezas. Pero la fe cristiana exige otra cosa: permanecer en esa intemperie sin desesperar y sin mentir.
Si esto resulta arriesgado decirlo así, mi propia vida me conduce a plantear que cierta experiencia del nihilismo intelectual no sea incompatible con el Cristianismo, sino el reconocimiento del límite humano y, para el creyente, de la necesidad de Cristo. Ese nihilismo es más bien vital, y, añadiré: pragmático, porque llama a sostener la acción paciente.
El nihilismo, entonces, no es necesariamente el final de la fe. Puede ser también el momento en que la fe madura. El creyente descubre que no puede sostenerse únicamente sobre emociones, argumentos o expectativas personales. Tal vez aprende a permanecer incluso cuando experimenta el silencio, la fragilidad o el absurdo. A vivir sin racionalizar lo que Dios mismo puso en nuestra existencia.
Porque, si Dios existe, difícilmente podría ser reducido a una ilusión fabricada por nuestros deseos y raciocinios. Y si existe una verdad capaz de responder a nuestra indigencia, quizá no aparezca como premio de nuestra autosuficiencia, sino como aquello que se revela cuando dejamos de intentar salvarnos en la medida humana. Y, en todo caso, como sugiere Guitton: “si la nada es la verdad definitiva, el ateo ni siquiera tendrá la dicha de triunfar”.



