¿Cómo orar con Magnifica Humanitas? Un recordatorio sobre el modo de leer cristiano

"La intelectualidad no debería separarse de la espiritualidad. (...) Nuestra época se resiente de la división que ha consentido entre la técnica y el espíritu. Hemos conservado la mentalidad del esclavo" -Jean Guitton, El trabajo intelectual.

Ahora quisiera hacer un movimiento más sencillo, en el curso de estos ensayos, pero quizá más exigente: preguntarme cómo orar con esta encíclica.

La pregunta puede parecer extraña porque estamos acostumbrados a recibir una encíclica bajo formas demasiado rápidas. Pero, si somos católicos, deberíamos detenernos antes de responder: ¿qué caracteriza ese modo “católico” y “cristiano” de leer una encíclica? ¿Qué parte de esa lectura católica y cristiana distingue a una que no lo es?

Conviene aclararlo desde el inicio. En el uso común, solemos distinguir entre rezar y orar. Rezar suele asociarse con la oración vocal: decir una fórmula, pronunciar el Padre Nuestro, el Ave María, el Rosario o una plegaria aprendida. Orar, en cambio, suele entenderse de modo más amplio: ponerse ante Dios, hablarle, escucharlo, meditar, contemplar, examinar la propia vida ante Él.

El Catecismo de la Iglesia Católica ayuda a ordenar esta distinción cuando enseña que la tradición cristiana reconoce tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa. La oración vocal asocia el cuerpo a la oración interior; la meditación hace intervenir el pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo; la contemplación es mirada de fe, escucha de la Palabra de Dios y amor silencioso.

Por eso, cuando pregunto cómo orar con Magnifica Humanitas, no me refiero solamente a rezar una fórmula inspirada en la encíclica, aunque eso también pueda hacerse. Me refiero a recibirla como materia de oración: leerla ante Dios, meditar sus advertencias, examinar nuestra vida a partir de ella, contemplar qué verdad cristiana quiere recordarnos y convertir su enseñanza en trabajo, discernimiento y santidad cotidiana.

En mis ensayos anteriores señalaba que Magnifica Humanitas no puede leerse plenamente desde un punto de vista no cristiano ni no católico. No porque no pueda decir algo a toda persona de buena voluntad, sino porque sus palabras nacen de una forma de vida, de una historicidad originaria, de una tradición que no se entiende sólo desde categorías externas. Las ideas no flotan fuera de las formas de vida. También la oración pertenece a una forma de vida. Por eso una encíclica no se recibe plenamente cuando se comprende intelectualmente, sino cuando empieza a ordenar religiosamente el alma.

Orar con Magnifica Humanitas significa dejar que su preocupación por la dignidad humana, la técnica y la Inteligencia Artificial descienda del plano de las ideas al plano de la vida; y luego, de la vida natural a la vida espiritual. No basta preguntar qué dice la Iglesia sobre la Inteligencia Artificial, sino, por medio de esta pregunta, examinar qué está haciendo la Inteligencia Artificial con nuestra atención, con nuestro trabajo, con nuestra paciencia, con nuestra memoria, con nuestra capacidad de amar y servir.

Éste me parece el eje central de la vitalidad del catolicismo en Magnifica Humanitas. El catolicismo no ilumina el presente porque invente apresuradamente una doctrina nueva para cada novedad temporal. Lo ilumina porque conserva principios antiguos, prácticas concretas y una sabiduría lentamente formada, capaz de aplicarse a circunstancias nuevas. La tradición no es lentitud muerta de la inercia. Es una lentitud viva de la fecundidad. Una forma de demorarse para que la verdad pueda ser digerida, encarnada y practicada.

Por eso quisiera leer esta encíclica desde tres coordenadas de la espiritualidad católica: san Ignacio de Loyola, para el discernimiento; san Benito, respecto al ora et labora como regla de vida cristiana; y san Josemaría Escrivá, para la santificación del trabajo ordinario.

San Ignacio: la oración como discernimiento

San Ignacio de Loyola (1491-1556) nos muestra que no basta mirar lo que ocurre fuera de nosotros. También hay que mirar lo que ocurre dentro. La vida espiritual se juega en movimientos interiores: consolación, desolación, inquietud, paz, claridad, confusión, tristeza, vanidad, deseo de servir o deseo de imponerse.

Esto no fue para Ignacio una teoría abstracta. Antes de ser el fundador de la Compañía de Jesús, fue un hombre herido. Su conversión comenzó tras la batalla de Pamplona, cuando una bala de cañón le destrozó la pierna y lo obligó a una larga convalecencia en Loyola. Durante ese retiro forzado, al no tener los libros de caballería que deseaba, leyó vidas de Cristo y de santos. Allí empezó a advertir algo que después sería central en su espiritualidad: no todos los pensamientos dejan el mismo fruto en el alma. Algunos entusiasman de momento y luego dejan vacío; otros quizá cuestan al inicio, pero dejan paz, claridad y deseo de servir a Dios. Su discernimiento nació, en cierto modo, de aprender a leer la diferencia entre esos movimientos interiores.

Esto es importante ante la Inteligencia Artificial porque la técnica no sólo modifica procesos externos. También modifica hábitos interiores. Nos vuelve más rápidos, quizá más eficientes, pero no necesariamente más sabios o juiciosos. Nos ofrece soluciones inmediatas, pero no siempre nos educa en la paciencia requerida para comprender lo necesario.

Por eso, orar con Magnifica Humanitas desde san Ignacio implica preguntarnos: ¿qué movimientos produce en mí este mundo técnico? ¿Me vuelve más disponible para Dios y para los demás? ¿Me ayuda a servir mejor? ¿Me hace más humilde? ¿O me acostumbra a la dispersión, a la ansiedad, a la vanidad de producir y opinar demasiado pronto?

En tiempo de desolación, san Ignacio aconseja no hacer mudanza. Esta advertencia no llama a la pasividad, sino a la prudencia. En una época que exige reacción constante, quizá esta enseñanza se vuelve más necesaria que nunca. No hacer mudanza significa no entregar inmediatamente el juicio al ruido, a la sospecha, a la fascinación tecnológica o al escándalo. Significa demorarse lo suficiente para discernir nuestra acción mediante examen.

La Inteligencia Artificial puede ayudarnos. Sería ingenuo negarlo. Pero también puede alimentar una vida sin demora, sin silencio, sin examen. Y una vida sin examen difícilmente puede volverse oración. Por eso una de las formas de orar con Magnifica Humanitas consiste en hacer examen de conciencia sobre nuestra relación con la técnica: ¿qué tipo de persona está formando en nosotros?

San Benito: la oración y el trabajo

San Benito (480-547) ofrece otra dirección. La famosa regla inspirada en su forma de vida, ora et labora, no es una consigna antigua. Puede ser aún una forma de ordenar nuestra vida moderna. La oración y el trabajo son dimensiones casi omnipresentes en la vida humana, y se mantienen en una misma vida ofrecida a Dios. Pero esa unidad exige hábitos, silencio, obediencia, comunidad y medida.

Según la tradición, Benito abandonó Roma siendo joven, precisamente porque percibió en ella una forma de desorden espiritual. Se retiró primero a la soledad de Subiaco, no como quien desprecia el mundo, sino como quien necesita ordenar el alma antes de poder ordenar una comunidad. Después, en Montecasino, ese retiro se volvió regla, vida común, oración, trabajo y estabilidad. San Benito no respondió al desorden de su tiempo con pura crítica, sino fundando una forma de vida. Eso me parece central: ante un mundo desordenado, la respuesta cristiana no es sólo una idea correcta, sino una vida ordenada.

Frente a la prisa, san Benito recuerda que una vida buena se organiza por un ritmo que permita al alma respirar. Orar con Magnifica Humanitas desde san Benito implica preguntarnos qué regla de vida necesitamos ante la técnica, constantemente cambiante y transformadora.

Lo que principalmente nos recuerda san Benito es que el cristianismo responde con formas concretas de vida, porque su raíz es Cristo. Si la Inteligencia Artificial invade todos los márgenes de la vida, el católico necesita recuperar espacios de silencio, lectura, presencia y oración. No como nostalgia, sino como resistencia espiritual. Una tradición que ha aprendido a vivir durante siglos sabe que no toda novedad merece gobernar el corazón.

San Josemaría Escrivá: santificar el trabajo atravesado por la técnica

San Josemaría Escrivá (1902-1975) permite llevar esta reflexión al lugar donde muchos encontramos realmente la Inteligencia Artificial: el trabajo ordinario. La Inteligencia Artificial entra en la oficina, en la universidad, en la biblioteca, en la investigación, en la escritura, en la administración, en la docencia, en la comunicación. No aparece sólo como un tema de especialistas, sino como una herramienta concreta que modifica nuestros hábitos laborales.

La pregunta más católica es otra: ¿puede el trabajo atravesado por la Inteligencia Artificial convertirse todavía en lugar de santificación? Aunque esto suene a repeluz para un no cristiano, o incluso para un no católico: ¿cómo puede usarse santamente la Inteligencia Artificial? Es una pregunta clave en estos tiempos.

San Josemaría insistió en la necesidad de santificar el trabajo ordinario. Esto significa que el trabajo no es sólo medio de subsistencia, éxito o reconocimiento. Puede ser lugar de encuentro con Dios, servicio a los demás, cuidado del mundo y perfeccionamiento humano. Pero, para ello, debe hacerse bien, con rectitud de intención, con amor, con responsabilidad y con espíritu de servicio.

En 1928, Escrivá comprendió la misión de recordar la llamada universal a la santidad en medio del mundo. Esto es importante: la santidad no queda reservada al monasterio, al púlpito o al retiro, sino que puede vivirse en el escritorio, en el aula, en los expedientes, en la conversación ordinaria y, hoy, también frente a una pantalla. Su invitación vuelve a ser necesaria porque la técnica ha entrado precisamente ahí: en el espacio cotidiano donde trabajamos.

Esta enseñanza se vuelve especialmente actual porque la Inteligencia Artificial puede ayudarnos a trabajar mejor, pero también puede facilitar una nueva mediocridad. La técnica puede multiplicar nuestras capacidades, pero no puede sustituir el esfuerzo por la rectitud del corazón. Más aún, puede complicarlo, ante las amplias posibilidades de dar siempre la vuelta al esfuerzo por conectar con lo humano.

Orar con Magnifica Humanitas desde san Josemaría implica preguntarnos cómo trabajamos cuando trabajamos con Inteligencia Artificial. ¿La usamos para servir mejor o para evitar el esfuerzo? ¿Para cuidar más los detalles? ¿Para liberar tiempo para lo importante o para producir más ruido? ¿Para pensar mejor o para dejar de pensar?

Si nuestras herramientas amplían nuestra acción, también deben ampliar nuestro examen de conciencia. La santidad en el trabajo consiste en impedir que la técnica nos dispense de amar, pensar y servir a los demás.

La lentitud de la sabiduría como forma de oración

En mis ensayos anteriores he sugerido que la encíclica, como renovación del mensaje católico, nos recuerda algo que la humanidad lleva siglos intentando no tanto comprender, sino aplicar en nuevas circunstancias. Éste me parece un punto importante. Hay que tener presente que observamos más de lo que podemos digerir. Incluso, ante Magnifica Humanitas, tenemos el mensaje correcto antes de tener vida suficiente para sostenerlo. Incluso podemos llegar a publicar demasiado pronto aquello que todavía no hemos orado.

Por eso Magnifica Humanitas necesita lentitud. No porque sea oscura, sino porque lo humano requiere tiempo. La dignidad humana no se comprende en la prisa. La técnica no se juzga bien desde la fascinación inmediata. La tradición no se recibe como novedad del consumo académico. La sabiduría no actúa al ritmo de la reacción.

La oración, quizá, es una forma cristiana de aceptar esa tardanza de la sabiduría. Orar no es retrasar inútilmente la acción. Es permitir que la acción nazca de un corazón más ordenado.

Afirma Antonin-Dalmace Sertillanges, en La vida intelectual: espíritus, condiciones, métodos (1920), recordando un principio de santo Tomás de Aquino: orationi vacare non desinas —no abandones jamás la oración—. Pues la inteligencia ejerce una función religiosa, “rindiendo culto a lo supremo verdadero a través de lo concreto y disperso” (p. 27).

Una encíclica dirigida a toda la gente de buena voluntad puede ofrecer convergencias prácticas a quienes no comparten la fe católica. Pero para el católico hay algo más. No se trata sólo de encontrar principios morales razonables sobre la Inteligencia Artificial. Se trata de dejar que esos principios se vuelvan examen, regla, trabajo, oración y servicio a la luz de Dios mismo.

Para lograr ese espíritu de oración, añade Sertillanges, “no es necesario (…) entregarse a algún encantamiento misterioso. Ningún esfuerzo extrínseco es necesario” (p. 28). Esto es una profundización en la invitación universal de León XIV con Magnifica Humanitas. Orar es una invitación universal.

Conclusión: aplicar lentamente lo eterno en lo temporal

Magnifica Humanitas no trae una novedad radical. Y creo que ahí está su fuerza. La tradición católica no necesita fingir sorpresa ante cada novedad del mundo. Vive en la historia, pero no pertenece del todo al ritmo de la novedad temporal. Mira los problemas de este mundo en vista de otro; responde a lo nuevo desde una revelación que no envejece.

Por eso preguntarse cómo orar con Magnifica Humanitas es preguntarse cómo aplicar lentamente lo eterno en lo temporal. San Ignacio nos enseña a discernir los movimientos interiores que produce la técnica. San Benito nos enseña a ordenar la vida para que el trabajo no devore la oración. San Josemaría nos enseña a santificar todo trabajo más allá de toda circunstancia y técnica.

La pregunta católica no es sólo qué dice la Iglesia sobre la Inteligencia Artificial. La pregunta del católico es qué haremos con esa palabra. Porque una encíclica no se recibe plenamente cuando se entiende. Se recibe plenamente cuando empieza a ordenar la vida.

Un comentario

  1. Orar con Magnifica Humanitas implica preguntarnos cómo trabajamos cuando trabajamos con Inteligencia Artificial. ¿La usamos para servir mejor o para evitar el esfuerzo? ¿Para cuidar más los detalles? ¿Para liberar tiempo para lo importante o para producir más ruido? ¿Para pensar mejor o para dejar de pensar?
    Creo que se está confundiendo una aplicación nueva IA en nuestra relación con Dios, Él ha permitido todos los avances científicos que están a disposición de la humanidad para servir mejor a los sere humanos. y otra es la oración que es la comunicación que tenemos con el Señor como dice la Biblia traer todas vuestras peticiones ante el Señor con ruego y agradecimiento, asi que veo muy forzado el querer orar con Magnifica Humanitas, ya que la oración cambia la mente humana y se puede hacer en cualquier lugar y momento. Está muy rebuscado el tema queriendo hacer pensar como San Ignacio de Loyola Siglo XV, o San Benito siglo I después de Cristo donde no había ni la menor idea de los avances científicos, un poco Josemaría que pudo ver un poco lo del siglo pasado pero murió en 1970 donde iniciaba todo lo que tenemos ahora, así que no comprendo que tiene que ver la responsabilidad como ser humano y dependiente de Dios que tiene siempre la obligación de servir como dijo Jesús, he venido a servir no a ser servido, de atender lo que con avances científicos o sin ellos tenemos la obligación de ser siempre útiles a los demás. Orar sin cesar nos dice la Biblia, que el Señor escucha y conoce los corazones.

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