¿Sólo lo útil vale nuestra atención? La relevancia lógica como problema práctico

«¿Y qué me importa a mí el sistema solar? Dice usted que giramos en torno al sol... Que lo hiciéramos alrededor de la luna no afectaría un ápice a cuanto soy o hago», Sherlock Holmes, Estudio en Escarlata.

Uno de los problemas lógicos más interesantes es la relevancia.

La mayor parte de las veces discutimos la relevancia a propósito de las conclusiones que obtenemos a partir de ciertas premisas. Por premisa me refiero a aquella parte de nuestro discurso que establecemos para obtener otra parte: la conclusión. Esto es, la relevancia de la inferencia o el argumento.

Hay, sin embargo, otro tipo de relevancia lógica que suele soslayarse y que tiene un peso mayor: aquello que dirige una empresa humana o una comunidad.

Por empresa entiendo un conjunto de personas coordinadas hacia una finalidad, con todo lo que esto conlleva. Para algunos, esto sería idéntico a hablar de “sesgo”. Pero esa identificación es inadecuada, porque introduce de antemano una animadversión contra una circunstancia propia del conocimiento humano.

El psicólogo Daniel Kahneman no llama sesgo a cualquier forma de relevancia lógica puesta sobre el curso de una empresa humana. El punto de partida es más elemental: nuestras capacidades cognoscitivas son definidas y proceden heurísticamente. Esto es: iniciamos en ciertas premisas, o puntos de partida, y concluimos en un resultado. Este procedimiento es temporal: la premisa se da en un tiempo 1 —t1— y concluimos en un tiempo 2 —t2—.

Kahneman llama heurístico a ese punto de partida operativo. Su distancia respecto de una lógica puramente deductivista está en que el paso de t1 a t2 no implica una serie de pasos que conecten con total evidencia la relación entre el heurístico-premisa y su resultado-conclusión. Por eso los razonamientos heurísticos son atajos.

Cuando la relación entre el heurístico y su resultado es incorrecta, aparece el sesgo. Por ejemplo: si cada vez que me pierdo decido usar un GPS, pero el GPS nunca me lleva a mi destino sin preguntar, corregir y perderme varias veces, entonces mi heurístico es incorrecto. O, en la jerga lógica: inválido. Ese heurístico ya es un sesgo.

Cuando hay una empresa humana, Kahneman añade algo más: comenzamos desde un heurístico orientado por un valor real. Cuando nuestras acciones se acercan a ese valor, seguimos alineados mediante heurísticos válidos. Son válidos porque permanecen orientados hacia un valor real: una especie de acuerdo institucional que mueve la empresa y la regula.

Cuando nos desalineamos con nuestros resultados del valor real o heurístico sin regularnos, entonces aparece el sesgo.

Pero hay otro fenómeno interesante: cuando una empresa humana nunca le da a un objetivo común, entonces no hay valor real. Hay ruido. De ahí la importancia práctica de esta segunda forma de relevancia lógica.

Tal vez esto sigue siendo demasiado abstracto. Pero tiene un enfoque práctico genuino.

Sherlock Holmes, el detective ficticio de Conan Doyle inspirado en el médico Joseph Bell, nos enseña que la atención —esa habilidad heurística que Kahneman trata de definir— debe ser entrenada.

En Estudio en escarlata, la primera novela sobre Holmes, el detective ofrece un ejemplo de esta habilidad:

«Hay delante de mí un individuo con aspecto de médico y militar a un tiempo. Luego se trata de un médico militar. Acaba de llegar del trópico, porque la tez de su cara es oscura y ése no es el color suyo natural, como se ve por la piel de sus muñecas. Según lo pregona su macilento rostro, ha experimentado sufrimientos y enfermedades. Le han herido en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y de manera forzada… ¿en qué lugar del trópico es posible que haya sufrido un médico militar semejantes contrariedades, recibiendo, además, una herida en el brazo? Evidentemente, en Afganistán».

Como Holmes suele señalar, es más fácil explicar después cómo se pasa de premisa en premisa hasta llegar a una conclusión. La habilidad clave está antes: en el entrenamiento de la conjetura.

Y la conjetura no es una habilidad espontánea. Es entrenable como un músculo.

Holmes explica esto a Watson cuando lo sorprende su ignorancia en temas de astronomía. Watson descubre que Holmes “ignoraba la teoría copernicana y la composición del sistema solar”. Entonces Holmes responde:

«Parece usted sorprendido —dijo sonriendo ante mi expresión de asombro—. Ahora que me ha puesto usted al corriente, haré lo posible por olvidarlo».

Watson se escandaliza:

«¡Olvidarlo!».

Holmes explica:

«Considere usted que el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección».

Un necio, dice Holmes, echa mano de cuanto encuentra a su paso. Por eso, el conocimiento que pudiera serle útil no encuentra cabida o queda tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él.

En cambio, el operario hábil selecciona con cuidado el contenido de ese espacio disponible que es su cabeza. Sólo de herramientas útiles se compondrá su arsenal, pero éstas serán abundantes y estarán en perfecto estado.

El punto de Holmes es fuerte:

«Constituye un grave error suponer que las paredes de la pequeña habitación son elásticas o capaces de dilatarse indefinidamente. A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos».

Por eso concluye:

«Resulta, por tanto, de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles».

Watson todavía protesta:

«¡Sí, pero el sistema solar…!».

Holmes interrumpe:

«¿Y qué me importa a mí el sistema solar? Dice usted que giramos en torno al sol… Que lo hiciéramos alrededor de la luna no afectaría un ápice a cuanto soy o hago».

Podríamos suponer, entonces, que para Holmes sólo lo útil vale nuestra atención.

Pero esa sería una conclusión apresurada.

A menudo lo más inútil resulta de la mayor utilidad cuando se reúne con el lugar, el momento y la situación adecuados. Holmes no dice simplemente que lo útil sea lo que sirve de inmediato. Su criterio es más fino: importa aquello que afecta “a cuanto soy o hago”.

Ese es el matiz de esta lección.

La relevancia lógica no consiste únicamente en saber si una conclusión se sigue de ciertas premisas. También consiste en saber qué premisas merecen entrar en nuestra atención, qué hechos relevantes ordenarán una práctica, qué criterios sostienen una empresa humana y qué ruido nos impide llegar a un valor común.

La pregunta, entonces, no es sólo si algo es útil. Ante pregunta aparecen sesgos, porque es ruido.

La pregunta correcta es: ¿útil respecto de qué forma de vida, de qué práctica, de qué empresa y de qué finalidad? No sólo útil en su sentido general, sino en ese respecto o aquel. Lo que implica a menudo introducir ordenadamente esos datos «inútiles», en espera del momento adecuado, pero con el cuidado de darles orden a esa finalidad.

Ahí la lógica deja de ser un ejercicio abstracto y se vuelve un problema práctico.

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