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Abusos sexuales en Francia

por | Oct 15, 2021 | 0 Comentarios

Por Pbro. Mario Arroyo

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Ha sido devastadora la noticia: en un periodo de 70 años, entre 1950 y 2020 hubo 216 mil casos de abuso sexual a menores por parte de clérigos en Francia. Si se considera  a personas con algún tipo de autoridad eclesial, desde órdenes religiosas hasta colaboradores formales de la Iglesia y voluntarios, el número de agresiones se calcula en 330 000. El número de los agresores se calcula entre 2900 y 3200 sacerdotes. Así lo reveló el informe dirigido por Jean-Marc Sauvé. La reacción del Papa Francisco no tardó en llegar al conocer esos abominables datos, expresando “tristeza y dolor” por las víctimas, unidas a la “vergüenza” por la lentitud de la Iglesia en reaccionar. “Es el momento de la vergüenza” afirmó, aunque expresó también su cercanía al clero francés, reconociendo que pasaban por “una prueba dura, pero saludable”.

El dato es de por sí es espantoso e injustificable, lamentable por donde se le quiera ver. Sin embargo, pienso que reclama una reflexión más profunda, precisamente para poder ir a las causas del problema, condición indispensable para superarlo. Un dato, que no tiene el fin de fungir como justificación, sino de contextualización, es que durante el mismo periodo sufrieron agresiones sexuales alrededor de 5.5 millones de niños y adolescentes franceses. Esto permite contextualizar los dramáticos hechos, y no solo para tener el falso consuelo de que los abusos por parte de la Iglesia representan menos de 5%, mientras que se calcula que los agresores familiares directos o políticos representan alrededor de 80% de las agresiones. No se trata de buscar comparaciones que de alguna forma exoneren esta horrible culpa, sino de ahondar en el significado de unos números tan elevados.

Se trata de reconocer, junto con la culpa de la Iglesia, que no enfrentamos un problema eclesial pero también un problema  social. Otra cosa es pretender tapar el sol con un dedo o buscar hacer un uso de las estadísticas exclusivamente para denigrar a una institución y no para resolver el problema. 216 mil son muchos; 5.5 millones también; no es un problema exclusivo de la Iglesia, es un problema de la sociedad, de la cual la Iglesia es un reflejo.

¿Qué significa esto? Que quienes formamos parte del estado clerical dentro de la Iglesia no somos mejores que el resto de nuestros hermanos y hermanas; somos como los demás. Las heridas sociales nos afectan igual y eso se refleja en los números tan elevados de abusos sexuales. Pero es la sociedad la que está herida, no solo la Iglesia; la Iglesia reconoce con vergüenza su culpa, y se duele por las víctimas, y toma medidas para erradicar definitivamente este mal dentro de sus filas, y hace una dolorosa pero necesaria purificación de la memoria, consistente en el reconocimiento de la culpa y la petición de perdón. La sociedad ¿qué debe de hacer?

Muñeca abandonada en Chernobyl, Ucrania. Foto: Adam Jones.
Muñeca abandonada en Chernobyl, Ucrania. Foto: Adam Jones.

Además de escandalizarse, ¿hace algo la sociedad? ¿Indaga en sus causas? Finalmente, la pedofilia es aceptada por los principales representantes del movimiento de la revolución sexual, como Wilhelm Reich, Alfred Kinsey o Shulamith Firestone. La sociedad ha seguido en gran medida los dictámenes de tal revolución y así se han ido eliminando todos los “tabúes sexuales”. Actualmente existen incluso movimientos que abogan por la legitimación de la pedofilia. En Francia misma la edad para el consentimiento sexual es de 15 años (antes era de 13); si hay consentimiento, no es violación el que un adulto tenga relaciones con una adolescente, por lo menos según la ley de Francia.

No podemos ser tan miopes: nuestras costumbres sexuales, el desenfreno que se vive en esta materia, induce o provoca este tipo de crímenes. Hemos banalizado a tal punto la sexualidad, que los miembros más débiles de la sociedad caen en la pendiente de la pedofilia. Y no es que quiera hacer víctimas a los victimarios, pero tampoco cerrar los ojos al hecho de que están enfermos de sexo. Un sexo que se promueve, por activa y por pasiva, de forma omnipresente, en una sociedad, que luego se extraña por engendrar depredadores sexuales. Debemos reconocer, por lo menos, que en este aspecto somos poco coherentes. La Iglesia ha iniciado el largo y arduo camino de purificación y desagravio, la publicación de este doloroso informe es una muestra, toca a la sociedad y a la cultura hacer lo propio.

Redacción

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