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Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

Lógica y espiritualidad: más allá de la conmemoración de la UNESCO sobre un Día de la Lógica.

A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la “construcción de la paz”.

Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la “espiritualidad Cristiana“, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.

Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no “da el ancho” al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre “poner límites a la razón, para dar lugar a la fe“.

Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.

Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las “definiciones”, “principios del conocimento”, “…de la acción”, o las “formas”. Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vida moral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.

Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.

Y así, la plenitud o “eudaimonía” de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos “principios”. Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.

Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus “principios del conocimiento“. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los “jóvenes” por su falta de experiencia, pero también a las personas de “carácter juvenil” en general.

Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.

Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado “silogismo práctico” encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: “Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/ me dispongo a comer los pasteles”. Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.

Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como “si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y“. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.

Por otro lado, nótese que la estructura de acción del “silogismo práctico” consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultado esperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico

Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de “silogismo teórico” que parte del principio “todos los hombres son mortales“, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor “Sócrates es hombre” pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que “Sócrates es mortal”. Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como “Elías fue hombre y no murió” para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la “inmortalidad” (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).

Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o “primer principio”. Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.

Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: “no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios”.

Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de “escuchar y ver” y “sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio”. El “espíritu de Cristo”, dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto “hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor“. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.

Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.

Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.

Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida “como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín”.

Canonizaciones difíciles

Canonizaciones difíciles

La Iglesia no es inmune a la cultura, finalmente está formada por hombres de su tiempo y debe transmitir sus mensajes en esas coordenadas espacio temporales y, por lo tanto, culturales. En ese sentido, no es impermeable a la moda de lo “políticamente correcto” ni a la corriente “woke” o “de la cancelación”. Parece ser que ha habido santos -personas que, podemos suponer con bastantes visos de credibilidad, están en el Cielo- que sin embargo han sido “cancelados” y no se pueden canonizar. No es gratuita esta pretensión de declararlos “santos antes de tiempo”, pues tienen fama de santidad, sus vidas han dejado una profunda estela de bien en la Iglesia y en la historia de la humanidad, y se ha estudiado concienzudamente su vida. ¿Cuál es su error? Pretender acceder a los altares en el momento equivocado.

Sierva de Dios Isabel la Católica

Sin hacer una investigación exhaustiva, me vienen a la mente dos ejemplos: la Sierva de Dios Isabel la Católica y el Venerable Fulton J. Sheen. Isabel I de Castilla murió con fama de santidad, aunque su proceso comenzó muy tarde, en 1974, es decir, se trataría de un proceso histórico que intentaría determinar su fama de santidad a lo largo de los siglos, como una especie de “culto inmemorial” al estilo del Beato Duns Escoto, que a su vez determine, a través de una estricta indagación histórica, cómo vivió heroicamente las virtudes cristianas. A parte de eso, la cristiandad y la civilización occidental tienen una deuda enorme con Isabel: gracias a su apoyo América fue descubierta, y fue defensora de los derechos de los indígenas como personas humanas, adelantándose por siglos a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En efecto, la reina les da el tratamiento de súbditos libres y reconoce sus derechos humanos. A partir de ese momento, los reyes de España se consideraron protectores de los indígenas, por lo menos durante el reinado de los Habsburgo. Es verdad que algunos colonizadores, encontraban la manera de eludir la ley, pero la ley estaba escrita y fue promulgada por Isabel I.

¿Cuál es el pecado imperdonable de Isabel la Católica? La expulsión de los judíos sefardíes del reino de España. Comprender este hecho implica sumirse en su contexto histórico. Obviamente, con ojos del siglo XXI nos parece una barbaridad, pero quizá no lo fuera tanto desde la perspectiva del siglo XV, que fue cuando ocurrieron los eventos. Justo en ese momento se estaba fraguando el concepto de “nación” o “estado” en su sentido moderno. La nobleza perdía el poder, el cual se concentraba en la figura de los reyes. Había diversos elementos que componían el cóctel de una nación: un solo rey, una sola lengua, una sola moneda, una sola religión. Por eso, en el siglo siguiente se adoptó la consigna: “cuius regio, eius religio”, es decir: según sea la religión del rey, esa será la religión del pueblo que él gobierna. Y esta norma se adoptó en todo el territorio europeo. Es decir, mirando el contexto religioso, fue una medida “normal”, aunque, objetivamente injusta; pero esa injusticia estaba más allá del horizonte de interpretación de la reina. Su beatificación supondría un duro golpe al diálogo interreligioso mantenido con los judíos desde el Concilio Vaticano II, y por ese motivo está en stand-by.

Venerable Fulton J. Sheen

El caso del Venerable Fulton J. Sheen es más sorprendente. Iniciado su proceso durante el pontificado de san Juan Pablo II, declarado Venerable por Benedicto XVI, aprobado por Francisco el milagro que debería abrirle las puertas a la beatificación -finalmente, un milagro documentado atribuido a su intercesión vendría a ser como el acta notarial de que efectivamente se encuentra en el Cielo-, fijada su fecha de beatificación para el 21 de diciembre de 2019, fue suspendida pocos días antes de celebrarse. Este evento, sin duda, resulta novedoso para la añosa historia de la Iglesia, nunca había sucedido algo así. ¿El motivo? Un obispo juzgó que el comportamiento del obispo Sheen con un sacerdote que tuvo una conducta sexual inapropiada en 1963 pudiera ser mal entendido por el Fiscal General de Nueva York. Sobra decir que la investigación histórica realizada durante el proceso exoneraba completamente a Sheen del caso, afirmando rotundamente que “nunca había puesto a niños en peligro”. Pero, dado el revuelo actual sobre el triste caso de la pederastia clerical, donde no hay presunción de inocencia sino de culpabilidad, aconsejaron meter en la congeladora su beatificación, a pesar de su milagro, los frutos en conversiones de su predicación y su magnífica doctrina.

Mirando retrospectivamente, pienso que algunos de los santos más grandes de la historia de la Iglesia, no serían canonizados con los criterios actuales. Me vienen a la memoria dos ejemplos: san Ambrosio de Milán y san Cirilo de Alejandría. San Ambrosio es culpable de lo que podríamos denominar “la primera quema de una Sinagoga en la historia”, perpetrada por monjes en Raqqa, actual Siria. El emperador Teodosio intentó castigar a los culpables, pero Ambrosio, furibundo antisemita, impidió que lo hiciera, sugiriendo que la Iglesia tenía derecho a hacerlo. Mientras san Cirilo de Alejandría, quien también fue antisemita (destruyó su Sinagoga y los expulsó de Alejandría), es culpado por instigar el salvaje asesinato que el populacho perpetró contra Hipatia de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma. Cabe hacer notar que ambos son doctores de la Iglesia y “campeones de la ortodoxia”: san Cirilo es el principal promotor, dentro del Concilio de Éfeso en el 431 d.C., de que María siguiera considerándose “Theotokós”, es decir, “Madre de Dios”; y san Ambrosio de la conversión de san Agustín, quizá el pensador católico más prominente de la historia. Pero en su época, ser antisemita no te bloqueaba el camino a los altares.

San Ambrosio de Milán

En su tiempo el antisemitismo no era un pecado, ahora sí lo es. La Iglesia ha reconocido, quizá un poco tarde, su parte de culpa en la formación del antisemitismo gracias al gran san Juan Pablo II, que en el contexto de la “purificación de la memoria” publicó: “Nosotros recordamos: Una reflexión sobre la Shoah”. San Ambrosio, san Cirilo e Isabel la Católica obraron con buena conciencia, aunque lo que hicieron objetivamente estuvo mal. Pero en su tiempo eso no se percibía y ello no les impidió a los primeros dos el acceso a los altares, a la última sí. Pienso que lo mismo le sucede a Fulton J. Sheen, durante su vida no había la sensibilidad que hay ahora, y por ello la Iglesia vacila al ponerlos como ejemplo. Pero, finalmente, pienso que eso les tiene a ellos sin cuidado, pues seguro estarán ya disfrutando de la visión de Dios en el Cielo, aunque nosotros no queramos reconocerlo.

Unidad, desafío de la Iglesia

Unidad, desafío de la Iglesia

Para el 2024 la Iglesia Católica se enfrenta a un desafío particular: la unidad. Lo cual no deja de ser, hasta cierto punto, traumático, pues la unidad es don del Espíritu y se realiza en la celebración de la misa de los sacerdotes en comunión con su obispo y de los obispos en comunión con el Papa. Es decir, esto significa que algo estamos haciendo mal, o que Dios no está haciendo su parte. Como lo último es teológicamente imposible, no nos queda sino atender al primer motivo.

Lo anterior, si cabe, se agudiza aún más, pues estamos a medio ejercicio sinodal, es decir, se está poniendo en marcha una “nueva forma de hacer Iglesia”, cuya característica fundamental es expresada por esa palabra: “sinodalidad”, que significa “caminar juntos, en la misma dirección”. Históricamente estamos en el parteaguas entre dos “sínodos sobre la sinodalidad”, que buscan impulsar este nuevo modo de “hacer Iglesia” impulsado por Francisco. No es aventurado decir que, de lograrse, será la gran herencia del Papa a la historia de la Iglesia, pues modificará la manera de gobernarla y tomar decisiones en la posteridad.

Dicho lo cual, no cabe sino constatar que hay otros “actores del drama”. Aunque no está de moda nombrarlo -sólo en las películas de terror, marcadamente exageradas-, el diablo es, nos guste o no, unos de los protagonistas del drama. Y su función es precisamente esa: dividir. Su obra maestra es conseguir la “contradicción de los buenos”: que personas buenas, que buscan el bien de la Iglesia, cada una a su manera, según su propio modo de ver la vida, su cultura y su forma de pensar, estén enfrentadas entre sí. Viene a ser cómo dos burros que, en vez de tirar del carro en la misma dirección, tiran en dirección opuesta. Y tal parece que, de momento, lo está consiguiendo.

De alguna forma la división se ha ido gestando a lo largo de todo el pontificado de Francisco. Su forma de dirigir a la Iglesia y de presentar el mensaje evangélico contrasta marcadamente con la de sus dos predecesores, que iban en la misma línea. Esto, dentro de todo, es normal en la historia de la Iglesia, y se ha visto en su historia reciente; baste pensar en los diferentes modos de dirigir la Iglesia del Venerable Pío XII y de san Juan XXIII. Francisco ha hecho un esfuerzo por mantener cierta continuidad. Así, durante algunos años mantuvo en puestos clave de la Iglesia a personas del equipo de Benedicto XVI, como pueden ser los cardenales Müller y Sarah, o el arzobispo Gänswein. Pero ahora ya no están, desde la renuncia del Cardenal Sarah por límite de edad, los que dirigen la Iglesia son totalmente del equipo de Francisco. En este contexto histórico se ha ido acendrando la división, siendo dos los puntos de inflexión: el Sínodo sobre la Sinodalidad y la Declaración Fiducia supplicans, de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El cardenal Sarah

Conversando sobre el sínodo con uno de los participantes, me hacía notar cómo se notaba esa división en el seno de la Iglesia. Comentaba que la Conferencia Episcopal Norteamericana había elegido a padres sinodales de línea conservadora; Francisco nombró liberales para equilibrar la ecuación doctrinal. La Conferencia Episcopal Alemana había nombrado padres sinodales liberales; Francisco eligió a los pocos obispos alemanes conservadores que quedan. Decía, curiosamente, cómo a lo largo de la estrecha convivencia que hubo durante el sínodo, se manifestaban visiblemente esas diferencias. Mientras los obispos alemanes de línea distinta podían conversar cordialmente a pesar de sus obvias distancias, los obispos norteamericanos de diferentes partidos no se hablaban, no se saludaban, evitaban todo contacto. La conclusión que él sacaba era que resultaba un imperativo urgente tender puentes en el seno de la Iglesia.    

La gota que derramó el vaso de esta crisis de unidad fue la Declaración Fiducia supplicans, que polarizó abiertamente a la Iglesia, haciéndose público el disenso con el Magisterio pontificio, en diócesis singulares (Prelatura de Moyobamba), países enteros (Kazajstán) y continentes enteros (África), con el cardenal Robert Sarah apoyando dichas posturas. Personalmente pienso que se trata de una falta de comprensión sobre el espíritu del documento, pero en cualquier caso, los hechos evidencian dos realidades divergentes: si de una parte constituye un escrito profundamente pastoral y esperanzador, de otra es, claramente, un marcado error de gobierno. Sus efectos, entre los que se encuentra la aceptación del Papa y de la Congregación de la Doctrina de la Fe de que no se aplique en África, no permiten pensar otra cosa. En cualquier caso, la tarea que queda pendiente a la Iglesia en el 2024 es tender puentes dentro de ella misma. El sínodo tiene precisamente esta misión, pero lamentablemente resulta dudoso que lo consiga, porque en realidad es parte del casus belli.

Sínodo de la Sinodalidad

Navidad amarga

Navidad amarga

¿Y a los que no nos gusta la Navidad? ¿De verdad somos tan raros? ¿Hay pocas personas que padecen la “depresión blanca” o “blues de Navidad”? ¿Tenemos acaso un gen de “Ebenezer Scrooge” o “Grinch”? ¿Debo sentirme mal -peor- por sentirme mal en Navidad si soy cristiano? ¿Tenemos motivos objetivos para estarlo?

No quiero ser aguafiestas, pero es una realidad que muchas personas lo que esperamos de la Navidad es que pase pronto. Y no se precisan causas fuertemente objetivas. Supongo, por ejemplo, que para los pocos cristianos que hay en Gaza, la Navidad será más bien amarga. También las personas que viven su Navidad en la UCI, junto con los que los cuidan y los que los quieren, no tendrán una fiesta especialmente entusiasmante. Probablemente muchas personas solas o que han perdido a su familia, por fallecimiento o, por ejemplo, por un divorcio en el que la mujer se lleva a los hijos con sus papás y su nueva pareja. O personas con enfermedades crónicas muy duras, o con graves problemas económicos, o simplemente que no han conseguido alcanzar sus propósitos vitales en ese año o, peor aún, que consideran fracasado el sentido global de su vida. Si vamos sumando, en nuestra herida sociedad, no van siendo tan pocos.

Grinch

A veces las causas -un tanto misteriosas, la verdad-, pueden ser más sutiles. La náusea que provoca la publicidad navideña por todas partes y en clave exclusivamente consumista; el colmo es cuando aparecen chicas “navideñas” semidesnudas. Ya no se consiguen postales con motivos cristianos: el reno, el árbol y Santa han sustituido a Jesús incluso en países tropicales, o del hemisferio sur, donde ahora es verano. El constatar cómo, salvo reductos reducidos y privilegiados, el protagonista de la fiesta es American Express o Visa, pero no Jesús. El ver cómo se vacía de su sentido original la fiesta, de forma que ahora se usa un aséptico “Felices Fiestas”, que no se sabe muy bien qué signifique, más allá de unas copas de alcohol y unos regalos. El ver cómo, en consecuencia, nos encontramos viviendo unos rituales sociales vacíos de sentido, en los cuales te ves forzado a ponerte una careta de felicidad, más falsa que los perfiles de redes sociales y, por supuesto, más amarga. En definitiva, la tristeza por constatar, muy a pesar nuestro, la pérdida del sentido original de la Navidad.

A esta causa, más bien cultural y sociológica, se unen otras más íntimas. La nostalgia por “la Navidad perdida”, es decir, las añoradas navidades de la infancia y adolescencia, que se esperaban con tanta ilusión. Unido a ello, constatar cómo, a diferencia de esos “años maravillosos” se ha perdido en gran medida ese maravilloso don que es “la ilusión” y no se sabe cómo recuperarlo. El vivir una Navidad sin niños, que es como una “Navidad seca”, precisamente porque ellos son los que aportan los mágicos ingredientes de la ilusión, la candidez y la maravilla. La nostalgia por la pérdida de los seres queridos, tan asociados a esas navidades maravillosas, como pueden ser los abuelos y los padres.

Ebenezer Scrooge

A las personas de fe este sentimiento nos provoca un conflicto espiritual. El retruécano se retuerce aún más, porque el significado religioso de la fiesta es de profunda alegría y esperanza. La fe nos dice, además, que el contenido de la Navidad es real, objetivo. No es un cuento de niños, como Santa que entra por la chimenea, o un consuelo para perdedores. Es real: Dios se hizo hombre y bajó al mundo, mostrándose inerme, como un Niño en los brazos de su Madre. Y, al hacerlo, salvó a la humanidad. La fuerza espiritual de lo que conmemoramos debería colmarnos de alegría… debería, pero no lo hace. Si fuéramos santos lo haría, pero no lo somos… todavía.

¿Cómo explicarlo? Tal vez nos ayude una estratagema frecuente en la teología católica, la cual nos dice que “Dios nos salvó”, pero “todavía no se manifiesta plenamente esa salvación”. Ese “ya, pero todavía no”, con el que mágicamente se explica el caos del mundo, la Iglesia y la vida personal. Sabemos que esa plenitud anhelada será una realidad al final de los tiempos, en la escatología, o en la vida de los santos, que de alguna forma la anticipan. Pero en nuestra vida y en nuestro tiempo, sólo nos queda el deseo de que pase pronto, para volver a nuestra rutina salvadora, y no pensar tanto en lo que debería ser, pero no es.

Protagonistas del Adviento: la Virgen

Protagonistas del Adviento: la Virgen

No resulta sencillo escribir sobre la Virgen María. Quizá pueda explicarlo con una anécdota: hace años en un kínder pidieron a los niños que dibujaran a su familia. Un niño dibujó a todos los de su casa, menos a su mamá. La psicóloga del kínder, alarmada, llamó a sus papás a cita, temiendo algún maltrato, algún problema familiar o trauma en el niño. Al preguntarle, con gran delicadeza, por qué no había dibujado a su mamá, respondió con desarmante sencillez: “es que mi mamá es muy bonita y yo dibujo muy feo”. Algo así sucede cuando tenemos que escribir sobre nuestra Madre, pero no queda otro remedio, pues Ella es el personaje central del Adviento, ya culminante.

Una clave para abordar el misterio de María en el Adviento es servirnos de los “prefacios de adviento” (el “prefacio” es una oración de la Misa, que de algún modo expresa el significado de la celebración particular del día). Así, uno de ellos, quizá el más utilizado en los días previos a Navidad, dice lacónicamente lo siguiente: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. ¿Cómo quisiéramos esperar la venida de Jesús? Como la Virgen: “con inefable amor de madre”. Lo que pedimos humildemente a Dios estos días, es que colme nuestro corazón de amor a Jesús, porque quisiéramos, por un imposible, amarlo como Ella. Sólo el amor es la respuesta proporcionada de la creatura a su Creador, y quisiéramos que nuestro corazón rebose de él estos días.

Ahora bien, de hecho, hay un prefacio de adviento enteramente dedicado a la Virgen. El prefacio de adviento IV, titulado: “María, nueva Eva”, que ofrece, en un contexto más amplio, una panorámica de la misión de la Virgen en la trama de la redención. Vale la pena recoger por extenso el texto de esa oración:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.

Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sion recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva,
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador”.

Son varios los acentos mariológicos en esta oración, que pueden servirnos para encauzar nuestra oración y piedad durante estos días. En primer lugar, agradecer a Dios, fuente de todos los bienes, de todos los dones, por el don eximio de la Virgen: “alabarte, bendecirte y glorificarte por el misterio de la Virgen Madre”. María es “la joya de la corona de Dios”, “el buque insignia de la creación”, “la obra maestra del Creador”. Nada hay superior, en todo lo creado por Dios, que la Virgen (si exceptuamos la Humanidad Santísima de Cristo, ahora viviente en el seno de María). Ella, por especial privilegio, engloba los dos dones que Dios ha concedido, por especial privilegio, a la mujer: la maternidad y la virginidad. En esa “paradoja biológica”, que escandaliza a muchos descreídos, está significada la particular predilección de Dios por la Virgen.

En su “seno virginal recibió la vida” Jesús. “Aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y surgieron para todo el género humano la salvación y la paz”. Para decirlo más simplificadamente, los más grandes bienes nos han venido de la Virgen; de su seno brota “la salvación y la paz”, la Eucaristía, Jesús. Y, en palabras del Papa Francisco: “la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido «siendo nosotros todavía pecadores» (Romanos 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz”.

“La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María… para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia”. Es bonito ver cómo la oración litúrgica parafrasea a san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). El paralelismo entre la gracia y la misericordia es consolador. Hallar gracia equivale a hallar misericordia, recibir gracia a recibir misericordia. Y María es ambas cosas: “Madre de Gracia” y “Madre de Misericordia”. También en la Virgen se verifica un doble paralelismo teológico: Eva y María, por un lado; La Virgen y la Iglesia, por otro. Para comprender mejor el “misterio de María”, podemos servirnos de las figuras de Eva y de la Iglesia.

Con el fin de ejemplificar la profunda y mística relación entre María y la Iglesia nos servimos de una de las lecturas hagiográficas de la Liturgia de la Horas, en este tiempo de adviento:

“Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues, así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, así mismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas son vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón, como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la Virgen Madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos… En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel” (Beato Isaac de Stella, abad).

Para comprender este texto se necesita conocer la doctrina paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. De hecho, una de las definiciones bíblicas de la Iglesia, retomadas primero por el Venerable Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi y más tarde por el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium, es “Cuerpo de Cristo”. En este “Cuerpo” la Cabeza sería el mismo Jesús, nacido de María; los miembros de este Cuerpo somos todos los bautizados, hijos de la Iglesia. Un desarrollo de la teología paulina al respecto será la doctrina de san Agustín del “Cristo Total, Cabeza y miembros”. El Cristo Total es la Iglesia, teniendo por Cabeza a Cristo y bajo la Cabeza a todos los fieles de la Iglesia. Por eso se puede decir, como se proclamó al final del Concilio Vaticano II, que María no es sólo “miembro de la Iglesia”, en cuanto salvada por Cristo, sino que también es “Madre de la Iglesia”, en cuanto Madre de Jesús.

Para explicar el paralelismo entre María y Eva nos serviremos de otro texto de la Liturgia de las Horas o Breviario, que se puede leer en las memorias de la Virgen: “Por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz” (San Aelredo abad). Es decir, gracias a Eva nacimos, pero también por ella morimos. En cambio, gracias a María vivimos y viviremos eternamente. Eva es madre de los vivos que mueren, María en cambio es Madre de los que vivirán eternamente.

Por último, sólo señalar, con otro prefacio, el Prefacio IV de la Virgen, que “María brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y firme esperanza”. El adviento es, sin duda, tiempo de esperanza, pero también de consuelo. ¿Consolarnos de qué? De los males del mundo, de la Iglesia y en nuestra propia vida. Por eso, podemos hacer nuestro el consejo de san Bernardo, cuando nos encontremos en medio de las tormentas de la vida, de la parte de la historia que nos toca ser protagonistas: “mira a la Estrella, mira a María”.

MDNMDN