En la razón también se encuentra a la esperanza

por Pilar Rivera

Hoy en día estamos rodeados de malas noticias, de comentarios que desconsuelan. Cuando las redes sociales deberían servir para unirnos, solamente nos han hecho más individuales y nos hacen sentir cada vez más aislados.

Vivimos polarizados. Los adultos creen que los jóvenes son tontos y vacíos, los jóvenes creen que ya nadie piensa como ellos, los maestros creen que ya nadie quiere aprender y todos creemos que ya no hay nada que se pueda hacer para mejorar la situación en la que nos encontramos, que estamos solos, que los esfuerzos serán en vano y que la lucha está perdida…

Eso es lo que yo observaba y en parte fue también lo que pensé, pero esta semana pude darme cuenta con alegría de mi gran error y sé que no fui la única.

Hace unos meses, algunos maestros de la Anáhuac tuvieron la loca iniciativa de hacer un Seminario de Formación para líderes católicos. Ellos lo hicieron por amor a México y así mismo lo nombraron.

No me imagino todo lo que tuvieron que hacer para que esto pudiera llevarse a cabo, pero sí estoy segura de cómo deben sentirse ahora que acabó; muy orgullosos. Lograron despertar en nosotros un sentir que quema: la esperanza, todo a través de la razón.

El primer día se escuchaban comentarios un poco reticentes. Había personas que llegaron muy por “casualidad”, otras que estaban muy entusiasmadas y, por qué no, también algunos fanáticos que leyeron la antología unas tres veces.

Desde el principio y sin conocernos, los profesores no tuvieron miedo de retarnos (cosa que es más que reconfortante). Nos dejaron mucho por leer, nos hablaban de historia, nos preguntaban de filosofía, nos hacían ver arte, estudiar de economía, escuchar discursos políticos, profundizar en teología, nos insistieron en que participáramos, en que dialogáramos, en que cuestionáramos y sobre todo en que nos dispusiéramos a escuchar y que conjuntamente nos estiramos para alcanzar la verdad. ¿Cómo me hizo sentir eso? Pues bueno, ha sido una de las pocas veces en las que he sentido que de verdad confían en la capacidad de los jóvenes.

He participado en foros, en MUNS, en debates, en ágoras, en asambleas y en distintos eventos donde se busca promover “el protagonismo de los jóvenes” y aunque han sido espacios asombrosos que agradezco, sentía que, si bien sí se quería abrir el espacio a los jóvenes, se nos subestimaba bastante, principalmente porque me daba cuenta que jamás se nos corregía aún cuando claramente estábamos en el error. En este seminario se destacaron cuatro cosas que son invaluables, la caridad para enseñar, la apertura para escuchar, la fraternidad para corregir y la humildad para reconocernos limitados.

Aprendí la importancia de compartir nuestras opiniones, pero sobre todo de estar dispuestos y ansiosos por escuchar la verdad.

Conforme fue pasando el seminario y hasta terminar, aumentaban las participaciones y las ganas de participar. Era genial la disposición de los profes para contestar nuestras preguntas incluso en los momentos de descanso, que después de las charlas los mismos alumnos nos quedáramos discutiendo el tema y contrastáramos nuestras ideas, que aunque no entendíamos todo y aunque en momentos ya nos dolía la cabeza siempre hubo esa motivación por seguir aprendiendo.

Fue un espacio muy rico, donde todos los que fuimos, emocionados o dudosos, pudimos aprender hasta desbordarnos, pero no sólo eso, pues no se quedó meramente en un ejercicio intelectual, sino que acarició nuestras almas. El hecho de que nunca faltara la misa, la lectura espiritual, el testimonio de grandes hombres (desde los que leímos hasta los que vimos), conciliamos dos cosas que nunca han estado ni estarán separadas, la fe y la razón, vivimos intensamente ambas y no hay mejor cosa para el espíritu que eso.

Los profesores lograron reunir a una comunidad que no solo es rica en conocimientos, también es abundante en espíritu y no existe nada más esperanzador para un joven católico que ver esas dos cosas conjugadas y más aún si es en otros jóvenes.

Ya me estaba acostumbrando a creer que éramos pocos, que ya a nadie más le interesaba el bien del otro y que se había perdido el sentido de sacrificio, esta semana me di cuenta de que no es así y me quemó la esperanza, no para consumirse rápidamente, sino para poder alumbrar.

El cambio es posible y por ahora es concreto, requiere de compromiso.
¿El reto a largo plazo? Transformar la cultura.
¿Qué no va a ayudar? La imposición, no podemos obrar desde el miedo.
¿Cuál es la tarea concreta? Leer, escribir, escuchar, dialogar, hacer puentes, fomentar a la
comunidad, usar la razón y vivir la fe.

El balón ya está puesto en la cancha, ¡a jugar!

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