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¿Es México una verdadera democracia?

por | Sep 17, 2021 | 0 Comentarios

Por Fernando Galindo

La destrucción del muro de Berlín a mano de manifestantes de la DDR en noviembre de 1989 marcó el inicio de la disolución (casi pacífica) de la otrora invencible Unión Soviética, y fue la primera sorpresa histórica para muchos de mi generación. La segunda, al menos para mí, fue la paulatina contención del dominio político del PRI, primero en algunos estados y en las cámaras, y finalmente en la Presidencia.


Recuerdo un anuncio televisivo del gobierno federal de México en alguna navidad de mi infancia, debe haber sido 1984; en él hablaban de todas las cosas buenas que nos deseaban y de lo bien que estábamos como país. Y recuerdo haber pensado, quizá con palabras de niño, “¡qué dicha sería poder creer en los anuncios del gobierno!” e imaginar que todo estaba bien y que todo estaría bien en el futuro. No entendía, por supuesto, la crisis de entonces; pero la intuía como cualquier niño que lee las angustias y las luchas de sus padres, aunque no le digan nada.


En el 2000, tras la derrota del PRI, mi abuelo Ausencio, médico militar, me dijo que él nunca pensó vivir para ver al PRI fuera de los Pinos; “yo tampoco”, le respondí tímidamente.

Veinte años y cuatro administraciones después, veinte años en los que pasamos del entusiasmo a la barbarie, y de la promesa de honestidad y eficiencia al grosero régimen de saqueo y rapiña del nuevo-viejo PRI; y luego a este tiempo extraño de división, encono y confusión, me pregunto si podemos decir que México es una verdadera democracia.


Hay muchos índices y criterios de expertos que intentan medir la calidad de una democracia. A título personal pienso que lo esencial en una democracia es la libertad; que la finalidad y el sentido de una democracia es proteger y promover la libertad; la libertad no lo es todo, pero sin la libertad, todo es nada.

Libertad que se declina, concreta o conjuga en distintos ámbitos: en primer lugar libertad de prensa; después libertad política, libertad de pensamiento y libertad religiosa; también libertad empresarial, libertad educativa y por último libertad como seguridad. Todas las formas o ámbitos de libertad se alimentan en gran medida de la libertad de prensa.

En México da la impresión de que nos preocupamos más por la libertad como seguridad que por la libertad de prensa. Pero esto es un error.
La libertad como seguridad —la libertad de salir a la calle sin sufrir un asalto o un secuestro; y volver a la casa sin encontrar la puerta rota, todos los cajones volteados, y muchos “objetos de valor” ausentes — es la forma más básica y la menos preciosa de las libertades.

La libertad como seguridad existe en cierta forma — una forma mocha y perversa — incluso en regímenes que no son democráticos: los gobiernos autoritarios suelen no permitir ladrones ni criminales distintos de ellos mismos.

En México llevamos más de una década en una batalla hasta ahora inútil por recuperar la libertad como seguridad. Al menos eso es lo que atestiguan los muros cada vez más altos y los controles cada vez más estrictos — esos que te piden al ingresar en auto “identificación oficial”, abrir la cajuela y declarar “el motivo de la visita”— en las unidades habitacionales fortificadas de alta gama y gama media en muchas ciudades del país.


Las empresas de seguridad privada gozan de excelente salud y el número de sus elementos es cada vez más considerable. Y sin embargo la sensación de inseguridad y la acumulación de anécdotas tristes — asesinatos, secuestros reales y simulados, extorsiones y feminicidios — no parecen disminuir.

Amplios sectores de la sociedad mexicana se han condenado al exilio voluntario al interior de sus fortalezas y han abandonado los espacios públicos. Y siguen sin vivir seguros. Mientras tanto derraman pocas o ninguna lágrima por la libertad de prensa.

Quizá existe cierta libertad de expresión: uno se puede mofar en foros públicos y privados del “Borolas” y del “Cacas”; y de las nociones literarias, geográficas, numéricas, cronológicas y en general de las inagotables manifestaciones de estupidez de Peña Nieto. Pero México lleva varios años con la vergüenza de contarse entre los países con más periodistas — hombres y mujeres — asesinados en el heroico desempeño de su vocación y su trabajo.

A la par con dudosas democracias como Turquía y Rusia, en México ser periodista equivale en muchos casos a una sentencia de muerte.
Hay cierto respeto (cierto) por los conductores y las conductoras de mayor trayectoria y conocimiento a nivel nacional, los que salen en la tele y en el radio. Pero cualquier periodista, conocido o no, que haga periodismo de investigación de a de veras, y le pise los callos al narco, a intereses económicos opacos o al gobierno (actores muchas veces relacionados), asume los riesgos para él o ella, para su buen nombre e incluso para su familia.

Muchos periodistas han pagado el periodismo de investigación con su vida.

La estructura mediática en México tampoco favorece al periodismo: las cadenas influyentes y de alcance nacional tienen históricamente pocos compromisos con la libertad de prensa y la calidad de la información; y sí se preocupan en cambio por ganarse el favor del poder político en turno a través de la adulación y el servilismo.

Como en otras democracias la televisión es más popular como medio periodístico que la prensa escrita. Y la calidad de la prensa escrita deja mucho que desear: Tenemos muchos periódicos, pero ninguno bueno. Somos pocos lectores y lectores poco exigentes.


Ningún periódico en México vive de sus suscripciones; muchos dependen de la propaganda oficial, al igual que otras revistas políticas. Y casi todos están al servicio o son el proyecto mascota de algún grupo de poder.
Somos poco exigentes y por eso los periódicos no se preocupan por usar el español con la mínima decencia: son comunes los errores tipográficos, de redacción y de ortografía en periódicos de circulación nacional. No pasa nada; nadie los lee; y si los leemos, no pasamos del encabezado; y si pasamos del encabezado y leemos la nota, no nos damos cuenta de los errores; y si nos damos cuenta de los errores, no nos parecen importantes.

No exigimos tampoco buenos textos, nos basta el entretenimiento, algo de chismes, lugares comunes en la sección de deportes y algo de información “digerida” y “digestible”.

Organillero. Foto: Fran Dany.


Con una televisión meramente comercial y una prensa escrita crónicamente anémica y en peligro de extinción es difícil que sobreviva una democracia.


La libertad política se entiende como la libertad de participar en la política: la capacidad para participar en la toma de decisiones que afectan las condiciones de la vida en común.

La libertad política tiene que ver por supuesto con el derecho a votar. Pero sin prensa libre y sin prensa de calidad la ciudadanía carecerá de la información indispensable para elegir con sensatez a sus representantes, carecerá también de la capacidad para llamarlos a rendir cuentas en el foro público y más allá de las cansinas estructuras legales.


Es difícil además conocer la forma de pensar de un candidato a partir de sus campañas publicitarias, realizadas por agencias mercadológicas que lo mismo venden champús, que seguros de vida o tratamientos de fertilidad.
Sumados a serios problemas de parcialidad, nuestra prensa no alcanza a cubrir a la mayoría de los candidatos locales, aquellos que hacen la diferencia en la vida de un municipio.


En años recientes, han surgido en algunos municipios supuestas plataformas de “periodismo ciudadano”; se trata en realidad de sicofantes que aplican estrategias de manipulación y juego sucio al servicio de algún grupo de poder.

Bajo la mantra siempre bien recibida en México de la “indignación ciudadana”, utilizan estas plataformas digitales para desinformar, difamar y calumniar a sus adversarios. No son plataformas ciudadanas, mucho menos periodísticas.


Y no basta el derecho a votar; igualmente importante es el derecho a ser votado. Con los partidos pasa algo similar a lo que sucede con los periódicos: Muchos partidos, ninguno bueno.


Por lo general es inútil aspirar a una candidatura de elección popular si no se dispone de pocos escrúpulos y mucho dinero. ¿Quién se afilia a un partido político por convicción o por afinidad de principios?


Y de nuevo la prensa juega un papel fundamental: Sin cobertura de política local y de actores locales, será casi imposible desplazar a la casta que controla a los partidos.

Con una cobertura de medios obsesionada con los liderazgos vistosos y concentrada en figuras de alta popularidad (Cuauhtémoc Blanco no es una casualidad), que concibe la política con una variable de la pseudo cultura de la celebridad prevalente en el deporte y el entretenimiento, hay pocas oportunidades para que la ciudadanía conozca y apoye nuevos liderazgos locales, enraizados y comprometidos con sus comunidades.

La libertad política necesita de un ámbito público que trascienda las instituciones de gobierno; un foro público de presentación y confrontación de ideas, principios, visiones y proyectos. Ese foro público solo puede construirse con el trabajo de la prensa, y en específico de la prensa escrita.

No bastan programas de “opinadores” que cada semana en participaciones de pocos minutos o pocos segundos explican a una audiencia cada vez más reducida y menos entusiasta todo lo que está mal y denuncian a todos los que están mal (o bien, depende de la orientación del programa), con las mismas voces desde hace décadas; con nuevas caras que cumplen más con el requisito de verse bien en televisión que con el de tener algo valioso que decir.


Los foros políticos de la tele son aburridos, por predecibles, repetititititivos y homogéneos. Los asuntos más complejos de nuestra democracia y de la vida de nuestra nación requieren un inicio textual, que detone una conversación.


Sin prensa escrita la ciudadanía carecerá de los ideales y las ideas que animan y robustecen el esfuerzo que cada generación debe hacer para preservar la libertad. Sin lectores esforzados y con ganas de aprender, y no solo de opinar, la educación cívica cotidiana que de manera indirecta pero indispensable lleva acabo la prensa libre, será imposible.

La prensa libre, cuando cumple su misión y encuentra sus lectores, genera con ellos un espacio para discutir cuestiones prácticas y pragmáticas, de acciones y medidas concretas; un espacio para proponer, para disentir, para aprender y para negociar.


Las redes sociales, por su naturaleza estruendosa y escandalosa, no se prestan para una buena discusión, mucho menos para una conversación pública. Son más bien un palenque desordenado de todos contra todos; gana quien dice lo más ocurrente y lo más hiriente; quien descalifica o ridiculiza a su adversario; quien juega sucio; quien cree que tiene la razón y que no le queda nada por aprender.


Sin genuina libertad de prensa no habrá tampoco libertad de pensamiento: quedaremos atrapados por nuestros perjuicios, complejos, inseguridades y traumas históricos; atrapados por nuestra “conciencia de clase” o nuestras creencias religiosas privadas que nunca maduraron bajo la luz pública. O peor aún, quedaremos atrapados en la banalidad del mundo de la farándula y en los avatares y sobresaltos de los famosos, perdidos en nuestro culto neopagano a la celebridad; atrapados en las obsesiones del life-style y en los caprichos y las tonterías de la moda; recluidos sin saberlo en las pequeñeces insignificantes no de la vida doméstica —que es la primera escuela de ciudadanía—sino de la vida privada: de la vida consagrada al disfrute de placeres triviales y al narcisismo y la contemplación del propio éxito.


Fuera de la luz pública, marginados de la política, viviremos como ciudadanos renegados, que han olvidado y despreciado el honor y la oportunidad de servir a la patria.


Sin libertad de prensa nos faltarán voces que nos ayuden a pensar y tratar de comprender nuestra realidad; las únicas voces que escucharemos en nuestro interior serán las de nuestras propias angustias y caprichos; será imposible un diálogo interno que exponga nuestros miedos e incertidumbres a las ideas de otros. Caeremos en una vida interior de monólogo, en un ejercicio permanente de autocomplacencia por estar “completos”. Autocomplacencia por entenderlo todo y por tener siempre la razón.


Sin ese diálogo interno conflictivo, desafiante, novedoso, esperanzador que es el pensamiento libre, no lograremos sostener el diálogo público, imperfecto e inacabado, pero siempre dispuesto al acuerdo y a la negociación que constituye la esencia de la política y de la vida democrática.


Sin libertad de pensamiento difícilmente habrá libertad religiosa: La fe requiere la confrontación para madurar y no ser un mero adoctrinamiento; requiere la polémica teórica y práctica de ideas contrarias y modos de vida diferentes. Una fe que nunca duda es fanatismo. Pero nuestra prensa rara vez habla de religión o de fe. Y suele confundir discusiones religiosas con politiquería religiosa — con las luchas de poder al interior de congregaciones y asociaciones religiosas.


La prensa no habla de religión porque asume que eso iría en contra del laicismo del Estado. No se habla de religión para no herir sensibilidades jacobinas de algunos lectores; no se habla de religión para no “catequizar”, para “no ser parcial”. Con esta actitud renunciamos a uno de los temas más interesantes para la discusión pública y la discusión de la vida en común: el lugar y el papel de la fe y de la religión en una democracia. Con esa actitud prolongamos en los hechos el mandato priísta y la historia oficialista del odiado régimen. En México la religión como asunto público no existe.


Así como tenemos una cierta libertad de expresión, pero no libertad de prensa, tenemos también cierta libertad de culto privado, pero no libertad religiosa. No está permitido, por ejemplo, discutir en el ámbito público qué papel debe tener la religión en la educación.


No hay tampoco libertad educativa. Es increíble que instituciones educativas no estatales puedan preparar médicos, ingenieros civiles, abogados; pero no puedan formar normalistas. Es increíble el afán del régimen, de este y de tantos otros anteriores, por negar el papel que la educación no brindada por el Estado ha jugado y juega en nuestro país: “ni los veo, ni los oigo”, repite el Estado una y otra vez.


La educación que no da el Estado, no existe. Y si existe es solo por benevolencia del Estado, y no merece ningún apoyo ni ninguna consideración. La educación que no da el Estado es una afrenta, porque es un recordatorio permanente de que este Estado paternalista y secular siempre ha sido muy largo en sus promesas, pero se ha quedado corto en los hechos.


De eso, del monopolio estatal sobre la educación, de la vanagloria de tantos funcionarios públicos de la educación y el contraste con el rezago doloroso de millones de estudiantes; de que seamos una sociedad alfabetizada, pero una república iletrada; de que no entendamos una tasa de interés o no comprendamos un texto sencillo; ¡de que ni siquiera sepamos escribir en español! De eso tendríamos que escribir y leer en la prensa.


Y por último la libertad de empresa: La libertad de empresa no tiene nada que ver con el dogma del libre mercado y las aberraciones derivadas de la doctrina asociada con Milton Friedman.


La libertad de empresa es en primer lugar la libertad de dedicarnos a la actividad o profesión que mejor nos parezca: la libertad de ganarnos la vida como nos plazca. Esta libertad nunca ha sido bien vista por los gobiernos en México, que intuyen a veces sin articularlo, que la multipolaridad del poder económico amenaza necesariamente a la política cupular y de casta que ha favorecido a nuestras clases gobernantes. Y que les ha permitido enriquecerse a través de la política y a costa de los ciudadanos.


En México satanizamos el afán de lucro porque la riqueza debe ser un regalo del Estado, o bien como dádiva y subsidio para mantener una clientela y mantenerla en la pobreza; o bien como “premio” por el servicio público prestado. La riqueza no debe tener como origen el trabajo, el ingenio, la audacia y la buena suerte, porque esta riqueza empresarial resiste y contiene el apetito y el poder del Estado.


La libertad empresarial está amenazada porque cada vez es más difícil, en especial para los jóvenes, volverse empresarios: Las barreras jurídicas son enormes; las leyes no las entiende nadie, excepto quien se gana la vida por hacerlas, entenderlas o manipularlas.


La carga fiscal es abusiva, sobre todo si se tiene en cuenta los malos servicios que se reciben a cambio. Y en ocasiones, empresarias y empresarios son víctimas de una imposición cuádruple:


Primero a través de la falta de seguridad jurídica. En este país la única ley que seguro se respeta es la del más gandalla. Hemos cambiado la máxima latina pacta sunt servanda (“los acuerdos deben cumplirse”), por la más clandestina “el que no transa no avanza.”


Además está la imposición de la carga fiscal legal, pero abusiva; y en tercer lugar el costo de las extorsiones y moches que se tienen que pagar a los malos servidores públicos de bajo y alto rango, da igual, todo mundo quiere algo.


Y por último el oneroso tributo que impone la criminalidad. Impuesto que se paga de manera directa a través del “derecho de piso” y otras formas de extorsión, o incluso con la vida de algún colaborador o socio; o de manera indirecta, a través de los altísimos costos que tenemos que asumir para proteger nuestra integridad y nuestro patrimonio, y de todo lo que tenemos que gastar para reponer lo robado: ¿Cuántos pesos nos cuesta cada peso que “gana” el narco?


Por si esto fuera poco, el Estado tampoco garantiza una “cancha pareja” para la actividad empresarial: Cada administración desde que se tiene memoria ha tenido sus “empresarios” y empresas favoritas, que favorecen no por ventajas competitivas o por innovadoras; sino porque son cercanas al régimen.

¡Y ay de aquel o aquella que se atreva a meterse con los favoritos! ¡Ay de aquel o de aquella que se esfuerce porque los contratos de las obras y los proyectos públicos se ejerzan a cabalidad, sin moches para los servidores públicos!


De todo esto reporta en ocasiones la prensa de negocios. Pero casi siempre de manera timorata y recatada, porque muchos de los dueños de los medios tienen también el interés de mantener rentas protegidas, garantizadas por el régimen en algún otro de sus “negocios”.

¿Es México una verdadera democracia?

La respuesta depende de la calidad de nuestra libertad en todas sus formas. Y las formas de nuestra libertad dependen de la libertad de prensa.
Ante esta perspectiva desalentadora, ¿qué podemos hacer, tomando en cuenta que la nuestra no es la única democracia en Europa y América que atraviesa una época crítica?


Hay incontables iniciativas loables en nuestro país: Personas e instituciones que desde la sociedad civil promueven el debate crítico, las discusiones basadas en información fidedigna y la concienciación de la ciudadanía; hay por supuesto muchas y muchos periodistas valientes que en estas condiciones adversas se juegan la vida por denunciar abusos y proteger a los vulnerables; hay también servidoras y servidores públicos honrados, ejemplares; empresarias y empresarios genuinos que generan riqueza, dan empleo, pagan impuestos y satisfacen necesidades y deseos de todo tipo.

Hay docentes en todos los niveles, desde el kínder hasta la universidad, en instituciones públicas y privadas que se entregan cada día para preparar a nuestros niños y jóvenes; hay sin duda asociaciones religiosas que promueven la vivencia de una fe caritativa, humana y respetuosa de las diferencias.


Y lo mismo vale para otras democracias.


De nuestra parte, hemos hecho esta revista digital: este es nuestro granito de esperanza. Somos un grupo heterogéneo y disparatado de personas de México y otros países con distintas trayectorias y creencias, unidas por el afán de construir un nuevo hogar de ideas y palabras en el que podamos convivir.


Este es nuestro esfuerzo para colaborar en la construcción de un foro público abierto a todas y a todos. Es nuestra apuesta por un espíritu de apertura radical, espíritu de bienvenida, como dice uno de nuestros principios.


Esperamos colaborar para llevar la luz modesta, pero útil e imprescindible del farol de la calle a tantas historias que necesitan contarse y a tantos temas que debemos discutir. Se está haciendo tarde, pero aún estamos a tiempo.


¡Gracias por leérnos!

Foto: Mariana Barry

Fernando Galindo

Fernando Galindo

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