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La conjura de los necios, ¿Intelectual o parásito?

por | Jun 12, 2021 | 0 Comentarios

La conjura de los necios

John Kennedy Toole

Anagrama, 1992

Una vez, en una clase, un compañero nos expuso este libro. Yo quedé fascinado por la idea: un intelectual mantenido que se mostraba como una caricatura reprobable, pero que, de pronto, no parecía tan errado en sus acciones. Sin embargo, el libro contenía mucho más, es un texto que te hace repensar entre risas. Y quizá, al volver a leerlo para hacer esta reseña, me doy cuenta de que valdría la pena que todos le demos una leída en esta época de egos, redes sociales y “congruencia” moral de tantas personas detrás de las pantallas.

¿Quienes son los necios?

¿De qué trata el libro? Resumiré de la manera más sencilla para no arruinar el texto a quien quiera leerlo y pueda sorprenderse. El texto relata la historia de Ignatius, un joven de treinta años que no trabaja y vive mantenido por su madre. El sujeto en cuestión es un intelectual amante de la Edad Media que cree que, si se regresaran a esos valores teológicos y geométricos, el hombre retornaría el curso correcto de la civilización y dejaría a un lado los estragos y afrentas a la moral que supone la modernidad.

Su madre y él se involucran en un choque luego de que ella condujera en estado de ebriedad, y él se ve  forzado a abandonar su santuario del pensamiento (una habitación apestosa y desorganizada) para salir a trabajar. Las peripecias que suponen los ideales tan extremos, la impertinencia, la prepotencia y el ego de Ignatius contrapuestos a los trabajos que encuentra son lo que le da cuerpo a esta novela y te llenan de carcajadas página tras página.

Ignatius es un personaje que, así como el Quijote, parece estar desencajado de su realidad y atrapado en un pasado con otros valores ajenos a los modernos. Ignatus, trata de imponer sus ideales a la gente y se rehúsa a aceptar opiniones de los demás. Para el lector actual, verá en Ignatius la representación de un NINI (en México, así se le dice a alguien que ni estudia ni trabaja), pero también verá al clásico chico que le cuesta terminar la carrera y se toma el doble de tiempo para terminarla.

Otros se carcajearán al mirarlo como una representación adelantada a su época de esa generación de cristal, pues el personaje a todo ofrece una objeción, y da mil excusas para hacer el mínimo esfuerzo diciendo que no puede someterse a semejante esfuerzo físico o trastorno mental que le supone la vida real. Irónicamente, es también alguien que cree que todo tiempo pasado fue mejor, algo que los lectores jóvenes verán como un espejo de las generaciones adultas que los critican, les llaman “milenials” y “centenials”, y les adjudican la decadencia de la sociedad. Finalmente, los intelectuales nos daremos de topes en la cabeza al ver lo ridículos que nos vemos como el personaje principal, hablando de tontería y media idealista y creyéndonos poseedores de la realidad, cuando muchas veces sólo solapamos con argumentos nuestra mediocridad. Un culto que, por alguna razón, se la pasa viendo programas de la cultura que tanto recrimina para hacer corajes y señalar lo mal que está la sociedad.

¿Pero una novela tan larga para burlarse de este chico solamente? No, aquí es donde la novela se vuelve valiosa para su lectura actual y viene el giro que te ofrece la gran construcción de personajes: “lo que te choca te checa”. Desde el principio, el escritor se permite evidenciar que la madre, aunque sufre por su hijo, también es culpable, no niega ridiculizarla como una alcohólica que se deja llevar por la gente muy fácil (por algo su propio hijo la había manipulado). El policía, que parece ser el antagonista del personaje, pues este sí es trabajador y sabe su lugar en el mundo, es ridiculizado en dicho trabajo y tratado como basura, sin mencionar que no deja de errar en todo lo que hace. 

¿Seguimos? Pues veremos también que el capitalista, el que es productivo y dueño del poder adquisitivo, también es un fracasado. Conserva la fábrica de pantalones de su padre pero la está llevando a la bancarrota por la desidia que le da el recuerdo de su padre que siempre lo trató como un bueno para nada. Su esposa a cada rato le reclama cómo puede destruir así el legado de su padre, en otras palabras, no es muy diferente de Ignatius, quien está “echando a perder su privilegio (uno estudios, otro capital heredado)” sin poder invertirlos con propiedad.

¿Y esa esposa será entonces el eje moral? Para nada, como  Ignatius, quiere imponer su visión del mundo forzando a una vieja que desea jubilarse a trabajar, porque, según ella, psicológicamente eso la hará sentirse “útil”. Su preocupación por ella llega al extremo del acoso que se basa en las “buenas intenciones” de una mujer acomodada por ayudar a un “miserable” que ni le ha pedido ayuda. 

Así podemos seguir, pero preferiría que el lector se sumerja en la historia y note cómo todos los personajes sufren de “egocentrismo” y desean imponer sus propios ideales a la vida; todos son un reflejo del mismo Ignatius que, mientras uno avanza en el texto, a veces pareciera que no está tan equivocado como parecería, pues quizá todos son necios. Quizá por eso el título inglés refiere a una Confederación más que a una conjura como dice la traducción (A Confederacy of Dunces).

El estilo de escritura

Pongan atención a cómo inicia la primera parte, con una descripción del estilo de vestimenta y el primer choque entre el policía Matus e Ignatius. Narrativamente, nos dice qué viste Ignatius y por qué para conocerlo y reírnos de él, la manera de pelear también ya nos adelanta de lo que es capaz y sus defectos, pero también evidencia el hecho de que, en realidad, no hacía nada malo en la escena. Este hecho narrativo y descripción nos da una idea de cómo son estos personajes en su complejidad, cómo son una burla de sus propios ideales, cómo ambos son obstinados, son fracasados y, de alguna manera, tampoco son tan errados en algunas ideas.

Más adelante Ignatius comienza a ser un héroe y pareciera que sus causas son correctas, pero siempre el escritor sabe humanizarlo. Hay una causa justa que él defiende, pero sus métodos son algo ridículos. Cae en contradicciones, y el escritor se burla de él, no sin antes señalar muy sutilmente cómo nadie tiene la razón, pues todos están muy alienados con sus propias ideologías que no pueden ver la realidad o, mejor dicho, la realidad está tan entrecruzada que unos aciertan en unas cosas y erran en otras.

Es aquí donde el personaje toma otra característica desde el punto de vista de la trama, pues él, como catalizador, como espejo del resto de los personajes, causa un “sabotaje” al sistema, un zafarrancho que hace que las cosas se sacudan y que, de pronto, algunos se den cuenta de que pueden estar mejor o vean más allá de la realidad que daban por hecho. El sabotaje del personaje tira todas las máscaras y algunos de los personajes aprenden a ver una realidad un poco más cercana al verdadero suceder de las cosas. 

Quizá esa es la conclusión y la razón por la cual el texto no ha envejecido nada y uno puede ver en el personaje de Ignatius al enemigo público número uno del siglo XXI, porque seguimos siendo un grupo de personas que quieren imponer verdades y que ridiculizan al otro por pensar diferente. 

Por eso, finalmente, recomiendo leer el libro como un gran texto para pasar bien el rato y sentir ese sabotaje, donde nos demos cuenta de que todos tenemos algo de Ignatius (o de cualquier otro de los necios retratados en la novela) y que no vale la pena vivir encerrados; hay que sacar los ideales a la calle y que se arme un zafarrancho, en una de esas, quizá las cosas comiencen a verse como lo que son. 

Quizá por eso John Kennedy Toole escribió este libro y se suicidó al ver que nadie lo quería publicar. Quizá algo de eso entendió la madre del escritor y, en consecuencia, buscó que se publicara el texto. Los que apostaron por la publicación póstuma del libro vieron aún menos (pero lo suficiente) en la diversión y la crítica como algo que el mundo no podía perderse. 

Léanlo, véanse al espejo y comiencen con el sabotaje.

YakamÍ Machado

YakamÍ Machado

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