La dimensión existencial y terapéutica del pragmatismo filosófico de C.S.Peirce

«Con la exageración y simplificación que se requiere para hacer comprensible una verdad compleja, podría decirse que en el mundo del presente son tres las filosofías que realmente funcionan(...):el marxismo, el existencialismo y el pragmatismo», Otto Appel, 1987

Uno de los aspectos más difíciles del Pragmatismo Filosófico de Charles Sanders Peirce es la exigencia que su propio autor imprimió en él. Otto Apel, en El camino del pensamiento de Charles S. Peirce (1967), reconoce esto al explicitar que la regla que utilizó para reconstruir la vida intelectual de este filósofo fue su máxima pragmática: la condición para investigar y pensar aquello que es realmente valioso consiste en esforzarse en clarificar sus consecuencias prácticas.

Toda la obra de Peirce consiste, propiamente, en un esfuerzo por esclarecer las condiciones que explican por qué todas las dimensiones intelectuales de nuestra vida —desde los asuntos más prácticos hasta los más teóricos y complejos— requieren claridad respecto de sus consecuencias. Considero que esto lo lleva incluso a rumiar en exceso e incurrir en varias conclusiones catastróficamente abstractas.

Por ejemplo, su máxima pragmática de 1878 en How to Make Our Ideas Clear dice literalmente:

Considere qué efectos (effects), que pueden concebiblemente (conceivably) tener consecuencias prácticas (practical bearings), podemos concebir (we conceive) del objeto de nuestra concepción (the object of our conception). Entonces, la concepción de esos efectos (our conception of these effects) constituye toda nuestra concepción del objeto (is the whole of our conception of the object) (CP 5.403).

Esto es verdaderamente una catástrofe: concebible, concebir, concepción… En mi esfuerzo por purificar el pragmatismo peirceano mediante un estudio cruzado de varios de sus fragmentos (dado que es un autor fragmentario, al estilo de los antiguos, que no lo hacian de manera intencional), la traducción de la máxima a la que he llegado es:

Considerar qué efectos, que pueden tener consecuencias prácticas imaginables, podemos pensar del objeto de nuestra consideración. Entonces, nuestra consideración de esos efectos constituye toda nuestra comprensión del objeto (CP 5.403).

Esto es: considerar qué comportamientos, expectativas e implicaciones resultarán de encontrar algo (si se trata de un objeto independiente de la acción) o de llevar a cabo dicha idea. Pues el significado de una idea no reside en una esencia oculta ni en una definición abstracta aislada, sino en el conjunto de diferencias prácticas que introducirá adoptarla en el curso de nuestra vida.

Esto lo he explicado en la nota 10 de mi tesis de licenciatura, La didáctica de la lógica desde el aristotelismo refinado de C.S.Peirce (2024). Pero puede resumirse principalmente en que Peirce se impone la prohibición de utilizar la palabra «concepto», pues no hay nada intermedio entre las cosas y las palabras, salvo el hábito de aprender a usar estas últimas. Asimismo, la imaginación es la proyección de una expectativa acerca de cómo creemos que son las cosas o de cómo creemos que debe ser nuestro comportamiento.

De manera que comprender algo equivale a comprender qué cambia en nuestra manera de actuar, esperar, sentir o interpretar el mundo si esa idea es verdadera o si decidimos incorporarla a nuestra vida personal y social. Pues influimos con nuestras acciones en la sociedad, y la sociedad influye en nosotros.

Peirce no era un pragmático de carácter, sino de disposición. El pragmatismo de Peirce era una exigencia de disciplina respecto a sus propias ideas. Por lo mismo, una terapia en el sentido clásico del término: un cuidado e incluso tratamiento para sanar. Él mismo expresa la frustración de una vida desperdiciada en una persecución de ideas poco valiosas:

A partir de una sola creencia confusa, una sola fórmula sin significado, acechando en la cabeza del joven, puede actuar a veces como una obstrucción inerte de materia en una arteria, estorbando la nutrición del cerebro y condenando a su víctima a desfallecer en la plenitud de su vigor intelectual y en medio de la abundancia intelectual (CP 5.393).

Y manifiesta el gran riesgo de vivir tal vida, porque la vida es investigación: un proceso orientado a resolver las «dudas» que nos irritan a lo largo de la existencia, transformando nuestras creencias, paso a paso, en el curso de la experiencia. La creencia es la «semicadencia que cierra una frase musical en la sinfonía de nuestra vida (con dimensión naturalmente) intelectual”.

Por supuesto, Peirce buscaba simplificar tanto el complejo fenómeno de la vida humana que decidió denominar investigación a todo curso de la experiencia que transita entre la duda y la creencia.

Pero la investigación abarca desde la duda o el problema más simple —«¿tengo suficientes monedas en mi bolsillo para el camión?»— hasta los más vitales: «¿creo en un Dios amoroso?» o «¿vale la pena dedicar mi vida a investigar este teorema matemático o estos fragmentos del griego antiguo de hace 2000 años?». La vida se pone en cada creencia o idea que decidimos incorporar, ya sea para investigarla o para vivirla. Si son madres, padres o profesores, verán que evidentemente puede irse aún más lejos: la vida de otros —aquellos a quienes cuidamos y guiamos— también se pone en juego.

Ser pragmático, entonces, es una respuesta existencial al problema de qué efectos prácticos decido incorporar a mi vida: ¿de qué comportamientos míos y de la comunidad de la que soy parte quiero ser espectador y heredero? Consiste en preguntarse: ¿quién decido ser en mis emociones, en mi comportamiento, en mi vocación y en los frutos que doy a la sociedad? ¿Qué decido hacer con lo que la sociedad me brinda y cómo quiero influir en su curso?

Peirce pocas veces es reconocido como un filósofo que responde a los problemas de la existencia humana. Pues, claro, no habla de la angustia ante la nada, entre otras cuestiones en las que, personalmente, no considero que valga la pena comprometer la propia vida; lo digo por experiencia propia. El pragmatismo es, como quiero sugerir, una filosofía profundamente actual, preocupada por no romper con la tradición ni cerrarse a las crisis posmodernas, pues se trata, ante todo, de ser un pragmático y dejar de «filosofar con espíritu literario».

Se trata, en primer lugar, de reconocer que el problema de la verdad no reside en la verdad misma, sino en mi incapacidad para reconocerla y buscarla. Toda creencia y toda investigación exigen un costo: nuestra propia vida. Por ello, la vida que decidimos gastar constituye el primer efecto práctico de una creencia.

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