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La esperanza

por | Dic 2, 2020 | 0 Comentarios

Por José Peón Contreras

Reseña sobre el poema “La Esperanza” de José Peón Contreras

I

Al pie del blanco y perfumado lecho 
que nuestra madre cariñosa mece,
cuando el primer vagido lanza el pecho,
como un fantasma célico aparece 
y el delicioso néctar de la vida 
en sonrosada copa nos ofrece.
El alma en la ignorancia adormecida 
no comprende el placer, pero lo siente 
rebosar en el pecho sin medida.
Y si un punto el dolor hiere inclemente 
al tierno corazón, bien se le alcanza 
que al verter una lágrima inocente 
le volverá a su dicha la esperanza.
Y es la esperanza entonces,
si no lo sabes,
el regalado beso 
de nuestra madre;
su fe absoluta
y el celestial abrigo 
de su ternura.

II

Cuando las puertas de la edad dichosa 
en la alegre niñez atravesamos
con firme paso y frente candorosa,
y en sus dinteles sin llorar dejamos 
las áureas galas del pasado encanto
(todo lo que después tanto lloramos),
todo ese goce fugitivo y santo,
ese breve y risueño panorama
(todo lo que después lloramos tanto);
cuando este mundo por doquier derrama 
toda su alegre pompa y galanura
y una voz interior nos dice: “ama”, 
entonces, ¡ay! nuestra mirada pura 
goza al verdor de la campiña amena,
se embriaga con la fuente que murmura 
y el arroyuelo que en los juncos suena;
ama la luz que la floresta esmalta,
y adora a la creación que la enajena.
Y el hombre, en su ilusión, siente que salta 
feliz cual nunca el corazón ardiente,
pero siente también que algo le falta. 
Y eso que falta y en su pecho siente 
triste y desolador, bien se le alcanza 
que es de su vago padecer presente 
la lucha del dolor y la esperanza. 
Y es la esperanza entonces
un devaneo;
algo que nos fingimos
como un ensueño;
sombra de un ángel,
¡lucero misterioso 
que cruza el aire!

III

Rasga la edad de juventud el manto 
y el desengaño con su soplo frío 
congela en nuestros párpados el llanto;
todo nos dice con acento impío 
que ya acabó el placer y la ventura,
que sólo queda al corazón hastío;
que en vano el alma con ardor procura
buscar el bienestar que le robaron
largos años de afán y de locura;
que ya los años del amor pasaron,
quedando sólo al porvenir sombrío
las remembranzas crueles que dejaron.
Turbio y pausado entre el ramaje umbrío
cruza el que fuera límpido arroyuelo
y encenagado el antes claro río. 
Pálida y triste en el confín del cielo,
lánguida surge la gentil estrella
que con brillante luz nos dio consuelo.
Triste la flor en el pensil descuella
entre vil hojarasca, donde acaso
la tórtola doliente se querella. 
Ella que ha visto hundirse paso a paso
al moribundo sol, sus penas llora
porque su amor también tuvo un ocaso. 
Naturaleza entera se colora
con fúnebre matiz y blanca y triste
su faz enseña la apacible aurora. 
El alma torpe en su inacción insiste, 
y a soñar otra vez con sus amores
luchando con la duda se resiste. 
¿Dónde hallará las peregrinas flores
que miró marchitarse una por una
de tanta decepción a los rigores?
Mas, ¡ah! que de repente la fortuna
brilla en el cielo del dolor, risueña
como en el alto azul plácida luna. 
Palpita el corazón y un cuadro sueña
puro, deslumbrador y alegre alcanza.
Que si en buscar felicidad se empeña
¡no ha muerto para siempre su esperanza!
Y es la esperanza entonces
un ser querido,
que nuestro llanto enjuga
con su cariño.
Un dulce lazo
que al hogar nos sujeta,
modesto y santo. 

IV

No es ya la vida el caos turbulento
donde va la existencia despeñada
al rudo empuje de aquilón violento.
Es la mar transparente y sosegada
do nuestra barca sin timón navega
por alígeras brisas impulsada. 
De blancas rosas su sendero riega
la postrera ilusión y el almo cielo 
sobre ella el manto de zafir despliega. 
Barca gentil que sin ningún recelo 
se abandona ligera a la corriente
que el viento risa en sonoroso vuelo.
Barca gentil… en ella dulcemente
reclinada la tierna compañera,
al beso brinda la serena frente.
Allí la sed de su pasión primera
sacia de nuestro amor en la ternura 
y a nuestro amor sonríe placentera.
Ni una rápida sombra de amargura 
dejar se atreve su impalpable huella,
sobre el cristal de su mirada pura.
Su mirada límpida destella,
baña la faz del candoroso infante 
que el labio esconde entre los labios della.
Y así pasa un instante y otro instante,
y el tiempo, como rápido meteoro,
risueño alumbra el porvenir delante;
y el hombre al fin de sus ensueños de oro 
toca la realidad y ávido alcanza 
del dulce hogar el célico tesoro.
Entonces al mirar en lontananza 
eterno el bienestar, tal vez presiente 
que aún no ha llegado la última esperanza 
a helar su pecho y marchitar su frente.
Y es su esperanza entonces 
tumba sencilla 
coronada de mirtos 
y siemprevivas.
Y al pie una palma 
a cuya sombra al cielo 
¡se eleve el alma!

Pedro Peón Espejo

Pedro Peón Espejo

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