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La grandeza del sacerdocio

por | May 14, 2023 | 0 Comentarios

Por Salvador Fabre

Portada: Gabriel Manjarres

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Mucho se ha escrito recientemente, debido a los escándalos sexuales, sobre la fragilidad del sacerdote. Muy poco, sin embargo, sobre la grandeza del sacerdocio católico. Si bien no podemos obviar las flaquezas de algunos sacerdotes, sería injusto meter a todos los que son perseverantemente fieles a su vocación en el mismo saco. Y es justo hacer una reflexión, ahora que padecemos una aguda crisis vocacional, en el inexplicable hecho de que un joven -la mayor parte de las veces- lo deje todo por seguir a Cristo más de cerca y servir a su Iglesia.

Queda ya lejano aquel 16 de junio de 2009, cuando Benedicto XVI escribió su carta, conmemorando el 150 aniversario del fallecimiento del Santo Cura de Ars, convocando al “Año Sacerdotal.” Año que el New York Times se encargó de hacer verdaderamente tormentoso para la Iglesia, pero que, a más profundidad, por encima de las tormentas superficiales, nos recordó a todos los católicos, el inigualable tesoro que tenemos en la Iglesia gracias al sacerdocio y la impresionante e inmerecida gracia que supone recibirlo. Quienes alcanzan esta comprensión, consideran poco dar la vida “y mil vidas que tuvieran”, para seguir un ideal tan grande, aunque luego, con el paso de los años, se encuentren con la evidencia de su propia fragilidad que contrasta vivamente con el inconmensurable don de Dios.

Estatua del Cura de Ars.
Iglesia de Vieux-Ferrette.

Benedicto XVI cita en esa carta, con frecuencia a san Juan María Vianney, quien da una sintética definición del sacerdocio: “El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.” Un poco más adelante vuelve a citar al santo de Ars, patrono de todos los sacerdotes, especialmente de los párrocos, quien afirma: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia.” La grandeza del sacerdocio está vinculada al “Misterio de Fe”, es decir a la Eucaristía. Ninguna realidad humana es más grande que la capacidad, otorgada gratuitamente por Dios, de celebrar la Misa, de consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y, en esa línea, de perdonar los pecados, y volver limpia un alma que estaba manchada y aprisionada por el mal.

Mucho se ha discutido, sobre todo después del Concilio Vaticano II sobre la identidad del sacerdote (como si no hubiera dejado una clara pauta el decreto Presbyterorum Ordinis, emanado por el mismo concilio). Es el momento de volver la mirada a los grandes santos sacerdotes que nos han precedido. Indudablemente que el tesoro -insisto de intento- más grande que tienen es la Eucaristía. Existe un trinomio indisoluble entre Sacerdocio, Eucaristía e Iglesia. Como bien vio san Juan Pablo II: “la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia.” San Juan María Vianney y san Pío de Pietrelcina, nos han dejado ejemplo del sacrificio, casi hasta una especie de “martirio” por desvivirse en la impartición del sacramento de la penitencia. ¿Qué es lo más grande que tiene entre manos el sacerdote, lo que sólo él puede hacer? Celebrar la Misa, dar a Jesús a su Iglesia y prestarle sus palabras a Jesús para consagrar y perdonar los pecados.

Con esto no quiero caer en una visión “sacramentalista” del sacerdocio, como si fuera exclusiva y excluyente. Al contrario, es quizá la parte más importante del pastel, pero no la única. La clave la tenemos en la Sagrada Escrituras, en las últimas palabras de Jesús según san Mateo: “vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” Es decir, la función sacerdotal es doble: por un lado, administrar los sacramentos, pero por otro, predicar la palabra de Dios, el Evangelio, la Buena Nueva. Eso podría complementarse con la misión de los diáconos, en los Hechos de los Apóstoles, dedicados a la atención de las viudas y los huérfanos, es decir, a las obras de misericordia.

Foto: Oleksandr Pidvalnyi

Por eso, es imprescindible que, al pensar en el sacerdocio, más que mirar a los que han caído, causando tanto mal en las almas, miremos a los testigos de la grandeza del sacerdocio, a los santos, que se han desgastado por predicar la palabra de Dios, administrar los sacramentos y vivir las obras de misericordia, como los ya mencionados san Juan María Vianney, san Pío de Pietrelcina, pero también san Damián de Molokai, san Maximiliano María Kolbe o san Josemaría Escrivá entre otros.

No debemos, sin embargo, dejar caer en saco roto las dolorosas enseñanzas que nos ha traído el siglo XXI. La idea angelical del sacerdote se ha quebrado para siempre. Ahora tomamos conciencia de que son hombres, de carne y hueso, que tienen que luchar por la santidad y por ser fieles a Dios cada día de su vida. En esto ha puesto su acento el magisterio de Francisco, para animar a los sacerdotes para que se enfrentan con el drama de conciliar su propia flaqueza con la grandeza de su misión. Basta para ello leer la homilía maravillosa que hizo este año en la Misa Crismal, el Jueves Santo con los sacerdotes de Roma. Con esta conciencia, se le pide al pueblo fiel, apoyo, cariño, comprensión y vela por sus sacerdotes y, sobre todo, oración por su fidelidad y para que vengan nuevas vocaciones.

Redacción

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