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Laudatio Papa Benedicto XVI

por | Ene 4, 2023 | 0 Comentarios

Crédito imagen: stmartin.ie

Por Pbro. Oswaldo Alejandro Sánchez Soto

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«Para esto he nacido y he venido al mundo:
para dar testimonio de la verdad.
El que es de la verdad, escucha mi voz»

Jn 18, 37b.

La presente reflexión es una más de entre muchas que están circulando por los diversos medios de comunicación. Mi intención al escribirla es mostrar mi gratitud y admiración profunda al Papa Benedicto XVI que ha marcado el inicio de mi ministerio sacerdotal y ha cautivado mi corazón de una manera que ni yo mismo lo esperaba. Con profundo respeto manifiesto unas pobres palabras en honor a este gigante de la reflexión teológica de la Iglesia de los siglos XX y XXI, siendo además uno de los grandes intelectos de la historia de la humanidad, el cual, tiene su fuente en su aún más grande vida interior.

En mi punto de vista, se podría identificar el sello distintivo del Papa Benedicto XVI como el Papa de la Verdad. Recuerdo que, cuando yo era seminarista, me llamó la atención una reflexión que hizo –cuando él era todavía el Cardenal Ratzinger– en el Viacrucis del año 2005 en el Coliseo: «¿No deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros somos quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia… Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos».

Recuerdo que muchos se impresionaron por estas palabras de Joseph Ratzinger, por su sinceridad, por la libertad y autoridad irrefutable con las que las decía, y justo en ese momento muchos llegaron a pensar que era éste, precisamente, quien debía ser el nuevo Papa, ya que había demostrado una visión de la realidad, una libertad para expresarla como nadie en ese entonces.

A mí me impactó todavía más la homilía que pronunció en la Misa pro eligendo Romano Pontifice:
«¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento! […] La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalista. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos».


Estas palabras denotaban que la profunda serenidad de sus decisiones, no nacían de sensiblerías, ni de consideraciones o respetos humanos, ni de un impulso visceral, sino que nacían de alguien que buscaba afianzar cada decisión y cada reflexión en la verdad que nos hace libres. El relativismo nacido de hacer de los antojos del yo la medida de la verdad, es lo que ha destruido al hombre de hoy, porque si ya no sabe qué es la verdad, ya no sabe qué es el amor ni tampoco cuál es el camino para la paz y la felicidad real.

Benedicto XVI, enero 2006.
Foto: Sergey Kozhukhov

Mi asombro creció cuando lo eligieron Papa, no porque no me lo esperaba sino por los signos que le acompañaban: el nombre que decidió tomar, las primeras palabras de su pontificado, haciendo una humilde referencia al Pontífice anterior. En efecto, me sorprendió cómo no se dejó amedrentar por las opiniones viscerales de muchas personas cuando lo compararon con Juan Pablo II y las palabras necias que se decían: «este Papa no me gusta, no está guapo, no es carismático, será el gran inquisidor», sin darse cuenta que lo importante del Papa no es su “cara bonita”, sino sus palabras, sus hechos, su misión de presidir en la caridad a todas las Iglesias.

Benedicto XVI no era un hombre ingenuo. Con toda naturalidad reconoció el gran Pontificado de Juan Pablo II, con su carisma, por todo lo que hizo, por ser el Papa que la Iglesia necesitaba en esa época histórica, pero él sabía que su circunstancia histórica y su personalidad eran distintas, justamente las adecuadas para responder a las necesidades de la Iglesia, por eso no se quiso llamar Juan Pablo III sino Benedicto XVI, en honor a san Benito, Patrono de Europa y en honor al Papa Benedicto XV, para manifestar que su misión en la Iglesia era continuar la vuelta al fundamento que da identidad a la Iglesia, la vuelta a las fuentes de la fe, que es también el espíritu del Concilio Vaticano II.

El recuerdo de las sencillas palabras que pronunció en aquél primer día de su Pontificado, sigue vivo en mí: «soy un humilde trabajador, de la Viña del Señor». Parecían unas palabras sosas, pero con el paso de los años han manifestado toda su fuerza, corroborándose en su despedida: la Iglesia no es de nadie, es de Cristo. No somos dueños de la Iglesia, somos trabajadores de la viña del Señor, servidores de nuestros hermanos, «la Iglesia no es una empresa ni una organización política, sino la familia de Cristo», decía en su última audiencia. En efecto, ser Papa y por ende, Obispo, Presbítero, Diácono, Párroco, sacristán, catequista, jefe de algún carisma, no son puestos a los qué aferrarse como si se fuera dueño de ellos, como si fuera un oprobio el hecho de “perderlos”.
No. Todos los ministerios de gobierno en la Iglesia son para el servicio y no es que se tenga derecho a acceder a ellos o conservarlos a como dé lugar, el gobierno está en función del bien común, el bien de las almas, y si no eres idóneo te vuelves inepto por falta de fuerzas; no es un oprobio renunciar, porque la herencia de cualquier cristiano es Jesucristo, y si no te retiras cuando hay que hacerlo, dejarás muchos cadáveres detrás de ti.

Así, cuando oigo que dicen que este Papa renunció porque tenía miedo a los problemas, me da risa. Si algo le caracterizó fue tomar el toro por los cuernos: ¿hay problemas en la Iglesia? No los ocultamos, buscamos soluciones ¿hay abusos, hay delitos? Se pide perdón, se abre un proceso de búsqueda de justicia, transparentemente se busca sanear la situación sin disfrazarla, como si lo más importante fuera “defender” a un sacerdote que no vive dignamente, a como dé lugar, hasta el absurdo y el cinismo, sin importar la denigración a la dignidad de las víctimas.
Toda defensa se hace desde la verdad, buscando el bien de las personas, tanto de las víctimas como del delincuente: que éste asuma las consecuencias de sus actos –aunque sea dolorosísimo como es el caso de perder el estado clerical– para que asumiéndolas, el que ha cometido el delito encuentre el camino más importante: la salvación de su persona, su vida cristiana desde la fe, la esperanza y la caridad, y no conservándolo en el ministerio a costa del bien de las almas.
No se tiene derecho a ser sacerdote, no se tiene derecho a ser Obispo ni Papa. Es Dios quien llama para que demos la vida por las ovejas, pero si respondemos mal a esa llamada cuando no damos la vida y escandalizamos, es mejor quitarse de en medio, porque de lo contrario, el Señor nos pedirá cuentas de los cadáveres que dejemos detrás.

Cardenal Joseph Ratzinger, 2005. Foto: Camillo Piz.

Por eso, la cruz del que gobierna en la Iglesia es justamente gobernar, es decir, amar a las personas en la verdad, pidiendo a Dios el discernimiento para saber a dar a cada persona lo que necesita, sin tener falsos respetos humanos, que nacen de las adulaciones. Cuando oigo a algunos sacerdotes que anhelan ser Obispos, pienso en las palabras del Señor: «No sabéis lo que pedís ¿podréis beber del cáliz que yo voy a beber?». Piensan que ponerse el “gorrito” de Obispo es la cúspide de su “carrera” eclesiástica, y no se dan cuenta que si quieren ser pastores de verdad, la mayoría de las veces estarán solos bajo la cruz, porque las personas son volubles: hoy te adulan, mañana te destrozan, y si gobiernan por querer quedar bien con la gente sólo fracasarán, porque si trataron de darle gusto en todo a las personas, la gente dirá despreciándote: «éste es un tonto, lo tenemos bien controladito», pero si les amas en la verdad estando dispuesto a cargar con sus críticas y hasta su odio, al final, rendirá fruto verdadero, como se ha visto en el gran Papa Benedicto XVI: mientras más “arriba” estés –si gobiernas en el servicio de la caridad en la verdad– más crucificado estarás, más negado a ti mismo estarás, hasta tal grado que tu vida privada no existirá, como bien lo dijo Benedicto XVI el último día de su pontificado.

Justamente, en mi punto de vista, este es el espíritu del Pontificado de Benedicto XVI, expresado en la hermosa encíclica Deus Caritas Est, donde uno de los mensajes más contundentes es que la Caridad (caridad fraterna, conyugal, social, pastoral, en el gobierno de la Iglesia) está fundamentada en la verdad. Muchas veces se ha malentendido la caridad y la misericordia: se piensa que como Dios ama al pecador ama también sus pecados y se usa la caridad y la misericordia para legitimar nuestros pecados, los atropellos y las injusticias. La misericordia consiste en que Dios no juzga al pecador, no se escandaliza de su debilidad y lejos de condenarlo lo espera con los brazos amorosos abiertos, con una condición: que no defienda ni justifique sus pecados, sus malas actitudes, que no llame a su oscuridad luz, que no ostente sus miserias como si fueran algo para presumir, cierto que ha dicho san Pablo que presume de sus debilidades para que resida en él la fuerza de Cristo, pero su sentido es que no tiene empacho en que sus comunidades vean que es un pobrecillo para que vean que no se predica a sí mismo, sino a Cristo, que sólo transmite la fuerza y la sabiduría de Dios.

Jesucristo ama al pecador pero no sus pecados, para eso ha muerto y resucitado, para hacernos libres de ellos, por eso nos los denuncia, nos corrige, nos pide que se los entreguemos, de lo contrario, Cristo no nos amaría, es como si nuestro Señor dijera: «cómo me gusta tu soberbia, cómo me gusta la forma con la que hieres a los demás, me complace verte esclavo de la lujuria, de la avaricia, de la mentira. Qué alegría verte sin discernimiento ni sabiduría». Por eso Jesucristo nos ha dicho que siendo Él la Verdad, conociéndole a Él, seremos libres, de ahí que se entienda ahora sí en qué consiste el corazón misericordioso de Dios: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados por la carga (de los pecados, de vivir sin amor) y yo os aliviaré. Volved a mí para salvaros, entregadme vuestras miserias y yo a cambio os daré mi vida. No te justifiques, vuelve a mí arrepentido, con luto y llanto, yo no te echaré en cara nada, te sanaré y te perdonaré, pero no llames a tu oscuridad luz, porque si a eso que llamas luz es oscuridad, qué oscuridad habrá».

Si se vive la caridad en la verdad, entonces es verdadera caridad, de lo contrario, son sensiblerías que dejan en sus esclavitudes y miserias a las personas, con la diferencia de que las disfrazamos un poquito, con una apariencia de «aquí no pasa nada». Por eso, lejos de ser un inquisidor, el Papa Benedicto XVI ha sido un Papa justo y de grandísima caridad, que ha amado en la verdad a la Iglesia, a la humanidad y a cada una de las personas.

Paulo VI y card. J. Ratzinger.
Fuente: Jornal O Bom Católico.

No puedo dejar de citar al menos otros tres o cuatro hechos. El primero es el de la vigilia de oración y la Eucaristía final de la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia, Alemania, en 2005, cuando definía el significado de la adoración: «Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra “adoración” en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser».

Al escucharlas pensé: «este Papa es un poeta, es un esteta de la teología, pero a la vez es un genio para transmitirla», porque su genialidad consiste en saber expresar los profundos misterios de nuestra fe en un lenguaje claro, conciso y preciso, pero sin traicionar su contenido. Pienso que aquella noche cautivó el corazón de los jóvenes –entre los cuales estaba yo– precisamente por su franqueza, sencillez y sus palabras. Recuerdo que posteriormente la gente iba a las audiencias de los miércoles con papel y lápiz para apuntar lo que decía, iban a escucharle; verdaderamente este Papa lograba comunicar el mensaje de Cristo.

El segundo y el tercero son del año sacerdotal y que coincidieron con el inicio de mi ministerio: cuando fue a Fátima, recién destapado el problema de los sacerdotes pederastas, recuerdo que muchos pensaban que ante el escándalo, la gente no acudiría a la llamada del Papa. Todo lo contrario, la plaza del Santuario estaba abarrotada, ya que el Papa sin empacho dijo que el verdadero enemigo de la Iglesia no está afuera sino adentro, desarmando totalmente a aquellos que pretendían herirla con chantajes, para que no se supieran más las cosas, lo cual, no funcionaría con Benedicto XVI, es como si hubiera dicho: «pueden decir lo que quieran, es verdad que hay pecados. Los reconocemos, pedimos perdón, buscamos soluciones, no tenemos miedo a la verdad, no tenemos por qué ocultar nada. Si lo reconocemos ¿con qué otra cosa piensan destruir a la Iglesia de Cristo?». Esta actitud fue secundada por la gente. Recuerdo que mientras estuve dando la comunión en esa Eucaristía, la gente constantemente me decía: «Padre, queremos sacerdotes santos, ánimo, sea santo». Lo cual, me llegó hasta los huesos.

El otro hecho es la clausura del año sacerdotal, donde otra vez el Papa, dijo unas conmovedoras palabras por su sinceridad y serenidad:
“El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio».”

Marc Girard, Card. J. Ratzinger y Papa Juan Pablo II.
Foto: Marc Girard.

Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida.
Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios.

El último acontecimiento fue la Jornada Mundial del Juventud de Madrid 2011. Recuerdo el amor, la cercanía, la firmeza, la sinceridad y la valentía con que se dirigió a los jóvenes, a pesar del tiempo inclemente de aquella noche de la vigilia del sábado: un anciano enfermo, con la fortaleza de Cristo apacentando a los jóvenes que deseaban verle y estar con él. Una palabra sencilla y sincera a la vez fue, en mi punto de vista la que sería más eficaz en este tipo de jornadas: «queridos jóvenes, volved a vuestras parroquias». En efecto, si no se da una continuidad a estos encuentros tan intensos, terminan perdiéndose sus frutos. Sé que muchos jóvenes le hicieron caso porque hasta hoy he visto que muchos de ellos son constantes en su vida parroquial.

¡Oh querido Benedicto XVI! Tan incomprendido, tan odiado y ahora tan amado. Muchos dicen que renunciaste porque tuviste miedo a la cruz. No, tú no tuviste miedo, porque la profunda serenidad de tu renuncia nació de tu profunda libertad interior que se afianza en la verdad. A la Iglesia y a los problemas que hoy tiene, hay que responderle con eficacia. No se trata de ser un héroe y ser reconocido como tal, eso es basura, sino en amar a la Iglesia y tú la amas profundamente y porque la amas, te hiciste a un lado humildemente, para que otro enfrente lo que tú has visto que ya no podías responder como la Iglesia lo necesita. Fuiste Papa emérito, te retiraste no para vivir para ti mismo, yendo a conferencias y apareciendo en público, sino que en lo callado y en el silencio, seguiste siendo un fortísimo soldado de Dios sosteniendo a la Iglesia con tu oración, inmolándote por amor a la Iglesia en lo oculto de la reflexión, apagándote poco a poco como una velita y cumpliendo lo que dijo San Juan Bautista: «es necesario que Él crezca y que yo disminuya (Juan 3,30)».

Ahora comprendo más que nunca que la humildad es andar en verdad ¡Cuánto me has enseñado! ¡Cuánto nos has amado! ¡Cuánto tenemos todavía qué aprender de ti: los que gobiernan y todo aquel que busque edificar su vida sobre el cimiento de la verdad! ¡Que ahora ya goces del esplendor de la verdad y de la plenitud de la caridad en la Casa del Padre, contemplando su Rostro! ¡Gracias infinitas Papa Benedicto XVI…Gracias Joseph Ratzinger!

Redacción

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