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Nadar sin mojarse

por | Sep 7, 2021 | 0 Comentarios

Por Maria Angeles Arizaleta

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Desde que tengo memoria, siempre quise estudiar una maestría en Estados Unidos; quizá por la enorme influencia de la cultura de este país en mi educación, o porque simplemente me parecía el paso “lógico” habiendo estudiado en México. 

Entré a la carrera de Economía en una Universidad en México, siempre con unos objetivos muy claros: Paso 1. Trabajar como becaria en una multinacional. Paso 2. Graduarme y trabajar en una empresa estadounidense en México. Paso 3. Habiendo conseguido un currículum “adecuado”, irme a hacer una maestría en alguna universidad en la “East Coast” de Estados Unidos. ¿Qué fácil no? El paso 1 sí lo cumplí, consiguiendo un puesto de becaria en Procter and Gamble, el paso 2 también: después de graduarme conseguí un puesto en finanzas en General Mills. Pero el paso 3 se vio desplazado cuando conocí a mi actual esposo. En ese momento, mis prioridades cambiaron, y no quería pasar uno o dos años en Estados Unidos mientras él estaba en México.  

Sin embargo, él también compartía mi sueño de hacer una maestría fuera de México, pero no en Estados Unidos, sino en Inglaterra. Tengo que confesar que nunca consideré ese país como uno que me llamara mucho la atención; fuera de London School of Economics, mis miras académicas no cruzaban el Atlántico. Pero cuando mi entonces novio me propuso casarnos e irnos a hacer la maestría los dos, el sueño americano se convirtió en el sueño inglés.

Los dos aplicamos a varias universidades en Londres, Oxford y Cambridge, y tuvimos la suerte de entrar, los dos, a distintos programas en Oxford. Él entró al MBA de Saiid Business School, y yo entré a una maestría en Economía Política en Oxford Brookes University. Para una pareja de felices recién casados, cualquier lugar es una luna de miel, pero de verdad no me imagino un mejor destino para ello que Oxford.

Con una población de poco más de 150,000 habitantes, Oxford es un “pueblo” comparado con la Ciudad de México, pero es un pueblo mágico en toda la extensión de la palabra. Vivir ahí es como dejar el mundo real y entrar a un mundo de fantasía medieval donde se respira cultura y conocimiento, donde la gente estudia post-doctorados a los 30 años y al mismo tiempo compite en el equipo de remo del “college” al que pertenece. El sistema de colleges, por cierto, es la inspiración para las casas de Hogwarts: todos los estudiantes son parte de la universidad pero cada quien pertenece a un college distinto.

Oxford es una ciudad estudiantil que se mueve al ritmo del semestre académico, en vacaciones los estudiantes se van para dejarle paso a los turistas que corren a ver donde filmaron las películas de Harry Potter; y en época de exámenes los pubs se vacían considerablemente, cediéndole su clientela a las bibliotecas.

Una ciudad de estudiantes como Oxford permite la calidad de vida con la que cualquier pareja de “chilangos” sueña: salíamos juntos a correr todos los días, comíamos juntos también en una escuela u en otra, íbamos a clases por separado, después a alguna conferencia impartida por alguien que jamás pensamos poder ver en persona, para finalmente terminar juntos otra vez tomando una pint con los amigos; ¡y todo esto en un martes cualquiera! 

Quizá este ambiente de Academia influya en la actitud de los estudiantes. El ser “matado” no es la excepción sino la regla; nadie se vuela clases ni festeja que un profesor no llegue a clase a tiempo. Los alumnos llegan desvelados a clase no por haber salido de fiesta la noche anterior, sino por haberse quedado hasta las tantas de la madrugada leyendo algún paper que tiene “algo” que ver con la clase. Aunque claro que los estudiantes de Oxford la pasan bien, los viernes en la noche la ciudad se transforma y las fiestas terminan a las 6:00 am en un puesto de kebabs. Pero sí hay prioridades, y hasta donde pude ver, los estudiantes de Oxford tienen sus prioridades muy claras.

El efecto “Oxford” se notaba tanto en estudiantes de licenciatura como en los estudiantes de maestría, pero era mucho más notable en éstos últimos. Cuando vuelves a ser estudiante (sobre todo si tienes la oportunidad de serlo de tiempo completo y fuera de tu país) ves tu educación con otros ojos. Los “undergrads” (o estudiantes de licenciatura) están ansiosos por terminar la carrera y empezar a trabajar, mientras que los “grads” (o estudiantes de posgrado) ya sabemos lo que es estudiar y lo que es trabajar, y desde luego ya no nos corre la prisa por regresar a trabajar. Mucho menos prisa en dejar el mundo mágico de Oxford, lleno de amigos, risas y anécdotas, para regresar al estrés laboral que muchas veces se respira en México. 

Tanto nuestros compañeros como nosotros teníamos algo en común: una sensación como de presión por aprovechar todo al máximo porque estábamos contra reloj. Sabíamos que esta experiencia increíble iba a durar sólo un año, porque aún cuando muchos de nuestros amigos consiguieron quedarse a trabajar en Londres, o incluso en el mismo Oxford, nunca volveríamos a estar todos en el mismo lugar como estudiantes de tiempo completo. ¡Qué envidia nos daban los undergrads que apenas empezaban su carrera! ¡Cuántas ganas de decirles “aprovechen esta etapa!”, pero nadie escarmienta en cabeza ajena; qué más quisiéramos todos que tener las oportunidades de un alumno de primer semestre y la experiencia de que te da una década de trabajo y responsabilidades al mismo tiempo, pero eso es como querer nadar sin mojarse. 

En este espíritu de concentrar “lo mejor de los dos mundos”, los dos retomamos el papel de estudiantes de una manera mucho más responsable, pero sobre todo mucho más consciente. Cada clase la aprovechamos al máximo, cada tarea la disfrutamos. ¡Incluso recuerdo emocionarme al hablar de mi tesis! Nos convertimos en estudiantes comprometidos con su universidad, involucrándonos en actividades extracurriculares y deportivas que en México la verdad siempre nos dieron flojera, o quizá siempre pensamos que “a lo mejor el próximo semestre”. 

Si tuviera que escoger el aspecto que más disfruté de este año , con ojos cerrados, diría que fue empezar nuestra vida juntos lejos de casa. Los dos pasamos de la casa familiar a nuestro primer departamento (bueno, más bien un mini estudio) en un país en el cual nunca habíamos estado más de unos días. Juntos aprendimos a navegar la cultura inglesa,  aprendimos a compartir cada aspecto de nuestras vidas para formar una familia propia. Viajamos a lugares que en otro contexto hubiera sido imposible visitar. No me aventaría a llevar a mis dos hijas en este momento a los Highlands por ejemplo, ni mucho menos a un partido de la Eurocopa… Forjamos amistades muy profundas, que nada conocían de nuestras vidas de solteros, sino que construimos juntos, como una pareja. No puedo evitar sonreír cada vez que me acuerdo de nuestro año fuera: Oxford fue un lienzo en blanco para empezar nuestra familia; un lienzo con nuestros propios hábitos, rutinas y tradiciones, y sobre todo, muchos chistes y referencias que sólo él y yo podremos entender.

Regresar a estudiar un posgrado es una oportunidad de oro; una oportunidad que agradezco infinitamente a quienes la hicieron posible, sobre todo a mi esposo por invitarme a compartir esta experiencia con él y expandir mis horizontes más allá del país vecino. Aun cuando las cosas se pongan difíciles, siempre tendremos esas caminatas por Roger Dudman Way.

Redacción

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