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¡Que viva México! Que llegue a vivir México

por | Sep 15, 2020 | 0 Comentarios

Por Jesús Alcántara

A pesar de tener raíces milenarias a ambos lados del Atlántico, ese proyecto, esa empresa, ese sueño al que llamamos México comenzó a nacer apenas hace dos siglos.

Después de 300 años de historia novohispana (deslumbrante, complejísima y casi desconocida para la mayoría de los mexicanos), una mezcla de patriotismo criollo y de entusiasmo liberal engendró a un estado nacional, cuya forma quedó planteada por primera vez con seriedad en la Constitución de 1824, heredera tanto de la Pepa de Cádiz como de la Constitución de los Estados Unidos de América.

En su artículo segundo, la Constitución del 24 consignaba:

La nación mexicana adopta para su gobierno la forma de república representativa, popular, federal.

Esa formulación aparentemente simple define hasta nuestros días las coordenadas de nuestro ideal político nacional. Con pequeñas variaciones, el mismo proyecto fue refrendado por la constitución de 1857, que en su artículo 40 hablaba de una “República representativa, democrática, federal”; y en esos mismos términos, la definición fue luego trasladada, sin cambio, al texto original de la constitución de 1917 (en 2012 se le agregó, además, la característica “laica” a la forma de gobierno de nuestro país).

De modo que los mexicanos atravesamos la primera intervención francesa, la guerra contra los Estados Unidos, el trauma irresuelto de la pérdida de nuestros territorios del norte, la dictadura de Santa Anna, la guerra de reforma, la segunda intervención francesa, el Segundo Imperio, los maltrechos gobiernos liberales que le siguieron, a los que sucedió la dilatada dictadura de Díaz, la revolución mexicana y la construcción del régimen político que emanó de ella; y a lo largo de ese accidentado periplo, una y otra vez nos hemos repetido que lo que andamos buscando es convertirnos en un Estado nacional con una forma de gobierno republicano, democrático y federal.

No quiero ser un aguafiestas, pero por poco que se hurgue en esa historia, de inmediato salta a la vista que, en estos doscientos años, los mexicanos hemos hecho casi de todo, menos construir los valores, las costumbres, las tradiciones y las instituciones propias del republicanismo, de la democracia o del orden federal.

El republicanismo significa, ante todo, horizontalidad social, responsabilidad y participación ciudadana, pesos y contrapesos; en fin, implica la voluntad y la capacidad de compartir el poder. Si me apuran, yo estoy casi dispuesto a afirmar que México no terminó nunca de convertirse en una república, al menos en ese sentido. Nuestra historia política y social ha favorecido una y otra vez –y lo sigue haciendo– la concentración del poder, los liderazgos unipersonales y excluyentes, la cultura del ordeno y mando; en suma, el presidencialismo absolutista, que luego se va reproduciendo en cada estado, en cada municipio, en cada dependencia pública; y muchas veces, también en las instituciones privadas, en las escuelas y universidades, en las casas.

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Por su parte, la democracia supone, para empezar, competencia política efectiva, libre y justa; un sistema de partidos y un entramado institucional que garanticen que la voluntad ciudadana se exprese en las urnas y se traduzca en una ininterrumpida y pacífica transmisión del poder, conforme a reglas y plazos preestablecidos y aceptados por todos. Pero si ya nos ponemos exquisitos, la democracia exige, además: división de poderes, compromiso con la legalidad, transparencia, responsabilidad pública y rendición de cuentas. Con buena fe, estoy pronto a reconocer que al menos desde 1989 (año del primer gobierno estatal de alternancia), comenzamos a dar los primeros pasos en la dimensión electoral de nuestro orden democrático –y sólo nos tomó 165 años desde aquello de la república representativa y popular–, pero como buen mexicano a caballo entre el siglo XX y el XXI, no deja de preocuparme que el poco camino andado en esa dirección pueda fácilmente desandarse. Además, en términos sustantivos estamos todavía muy lejos de ese ideal de democracia en el que muchos aprendimos a creer, pero que, a la hora de la hora, parece que no termina de convencernos a todos.

A su vez, el federalismo no ha dejado de darnos dolores de cabeza. En las pugnas entre conservadores y liberales del siglo XIX, uno de los temas principales era si México debía ser una federación o un estado centralista: El ala liberal abanderaba las reivindicaciones de autonomía y reconocimiento de las realidades locales que se habían desarrollado con notables diferencias desde el periodo novohispano y durante los primeros años de nuestra vida independiente, además de que el federalismo norteamericano les parecía muy atractivo. El partido conservador, por su parte, argumentaba que el tamaño y la complejidad de este país exigían alineación y control en los temas de gobierno, eficiencia en la recaudación y en la administración pública, y que la fragmentación del territorio debilitaría y dificultaría el desarrollo del país.

Aunque formalmente se impuso el modelo federal de los gobiernos liberales, con honestidad hay que reconocer que, durante la mayor parte de su historia, México ha tendido al centralismo gubernamental, hasta el punto de que los presidentes de la república –por lo menos hasta el gobierno de Ernesto Zedillo– mantuvieron el poder metaconstitucional de destituir gobernadores. Veinte años de fortalecimiento del poder local frente al federal nos han dejado un sabor agridulce a los mexicanos, debido a la multiplicación de casos de corrupción desenfrenada por parte de los gobiernos estatales (no que antes no pasara), y hoy parecemos estar en un proceso de nueva concentración del poder en la figura presidencial, o por lo menos en un intento en ese sentido. Sobre la conveniencia o no del federalismo, yo ni quito ni pongo rey, lo único que sí señalo es que un sistema federal funcional y mediamente satisfactorio, tampoco hemos tenido, a pesar de nuestra insistencia en el modelo.

Después de este breve repaso sobre los avatares de nuestro histórico proyecto de nación, recuerdo una experiencia personal: después de una adolescencia y una primera juventud en la que me conflictuaba mucho el rumbo que debía dar a mi vida, la vocación que debía seguir, en fin, el sentido de mi existencia, la terapeuta que me atendía en esa época me dijo, más o menos, estas palabras: “desde hace años has venido a contarme que tenías un sueño por cumplir, pero que distintas situaciones te lo impedían; ahora, todos esos obstáculos ya no están, y sin embargo, estás sufriendo de una ansiedad todavía peor. ¿Por qué no aceptas de una vez que ese sueño no era realmente lo que querías?”

Cada 15 de septiembre, por la noche, nos reunimos (quizá este año no tanto), y juntos proferimos un grito que nos llena el pecho: ¡Viva México! Ese nombre, México, designa muchas cosas, pero entre otras, una vocación política muy clara, la de constituirse en una república, democrática y federal. Vale la pena preguntarnos qué tanto hemos querido, de verdad, que ese México viva, y qué tanto estamos dispuestos a hacer para que así sea.

Jesús Rogelio Alcántara

Jesús Rogelio Alcántara

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