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“Romance marino”: un poema del libro “Un faro en lontananza”

por | Nov 12, 2021 | 0 Comentarios

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Portada del poemario “Un faro en lontananza” de Pedro Peón Espejo.

ROMANCE MARINO
México, septiembre 2018.

“¡Todo el mundo se halla abordo!
¡Soltad los cabos y amarras!”
Desde su puente de mando
el viejo almirante exclama
puesta una mano en la rueda
del timón y otra en la espada
(que en muestra de lujo ostenta
empuñadura de plata).
Obedecióse la orden
y así la grácil fragata
levando el ancla de hierro
del muelle de Sisal zarpa.
La brisa sopla con fuerza.
Del puerto distancia ganan
y mientras que de él se alejan,
hinchadas las velas blancas,
un viejo marino, absorto,
a Dios en oración llama, 
lleno de recogimiento,
con las siguientes palabras:
“Danos, Señor, te lo pido,
tu providencial bonanza
y que en esta travesía
hallemos la mar en calma.
Si nos lo concedes, Padre,
en prenda por tantas gracias,
con júbilo entonaremos
por los siglos tu alabanza”. 
El navío va surcando
las impertérritas aguas
que translúcidas reflejan
los tonos de la esmeralda
y bajo el bauprés de proa
que sobre las ondas se alza
las aguas al dividirse,
mientras el navío avanza,
forman aérea espuma
que aunque efímera contrasta 
contra el pardo y rudo casco
por su apariencia tan blanca. 
Al cabo de un par de horas 
de haber levado las anclas
a la costa ya del barco 
un par de leguas separan.
Las dunas y los palmares
de hojas casi doradas,
antes de nítidas formas,
se borran en lontananza
al igual que los tejados,
el faro, el fuerte y las casas.
Todo pierde lentamente,
a causa de la distancia,
tamaño, forma y colores
y se reduce a la nada. 
Así la orilla se pierde
y dejan atrás la playa
y las tierras yucatecas,
¡tierras por Dios olvidadas!
internándose en el reino
de las caprichosas aguas.
Sujetos a este elemento
de voluntad tan extraña,
rezan porque haya buen tiempo
poniendo en Dios la esperanza.

II

El barco hiende a buen paso
la superficie azulada
que en breve tiempo se vuelve
la copia tornasolada
del cielo donde el ocaso
impone todas sus galas.
Los pasajeros contemplan
al sol en la balaustrada
de la primera cubierta
y todos, ante la magia,
de semejante espectáculo,
se conmueven en el alma
y dan gracias por la vida,
y dan gracias por la sabia
Providencia que los guía,
los protege y los ampara.
Pero mientras todos gozan
admirando el cielo, el agua,
vuelta la cara a la proa,
en soledad llora Paula. 
Llora porque está muy sola,
llora porque le hace falta
la persona que antes era
todo cuanto le importaba.
Intenta mudar el ánimo,
lo intenta, pero fracasa:
tal fuerza tiene el recuerdo
que de él guarda en el alma
que tan sólo al evocarlo
se deshace en mar de lágrimas. 
Lamenta no haber podido
huir de la paternal casa
cuando aún era el momento,
antes de que sospecharan.
Lamenta no haberle dicho
lo que el alma le dictaba,
lo que ella por él sentía
y ¡cuánto los dos se amaban!
Lamenta haber sido débil,
lamenta haber sido ingrata.
Ahora quiere mas no puede,
ya es muy tarde: el barco avanza.
Y cuando los años pasen,
se pregunta la muchacha,
¿sobrevivirá el recuerdo
de aquel hombre que la amaba?
¿De aquel valiente guerrero
de la armadura dorada?
¿A don Alfonso de Ojeda
guardará en su remembranza?
Y mientras en esto piensa
de ella misma avergonzada,
ve que su padre se acerca:
viene a intentar consolarla.
Y así dice: “Hija mía,
¿por qué lloras con tal saña?
¿Qué no ves que finalmente
nos vamos de vuelta a España?
Fue lo que siempre quisiste:
retornar a las montañas
y a los prados siempre verdes
de nuestra tierra, Cantabria.
Esta ocasión fui llamado
a la corte del monarca,
donde los grandes del reino
han menester de mi amplia
experiencia y recto juicio
que he ejercido con constancia
en esta tierra paupérrima,
por dos décadas tan largas. 
Ya verás que no hay pesares
tan tremendos, ¡todo pasa!
Verás que cuando arribemos
mañana a la vieja Habana
volverá a ti el entusiasmo,
y la sonrisa a la cara.
En la isla un par de días
y luego ¡a la Madre Patria!
¡Con cuánto dicha te esperan
tus primas Teresa y Ana!
Anda, mi Paula querida,
alégrate y la faz cambia.”
Fue del padre un noble intento
querer que con sus palabras
Paula tornara sus cuitas
en gozo y en esperanza.
Una vez hubo pasado
la hora tardía que marca
la prudencia y el decoro
el descenso de las damas
al descanso de la noche,
quiso permanecer Paula,
escondida en el castillo
que se yergue con audacia
en la proa del navío,
para aguardar a las claras,
trémulas, suaves y tenues
luces que el alba derrama
cuando asoma en el Oriente
y un nuevo día proclama.
El manto nocturno cubre
por completo el panorama:
no se ven astros ni luna
pero la mar está en calma.
En la obscuridad serena
(ya nadie más la acompaña)
Paula le dice a la noche
lo que piensa, y así habla:
“Cómo le pude haber dicho,
cómo le pude, insensata,
decir que ya era muy tarde,
que su estrategia era vana,
que a don Santiago, mi padre,
no se le olvida una cara
y que al verlo él sabría
que algo detrás ocultaba.
Apenas se conocían,
se habrán visto, cosa rara,
una vez en algún lado,
él nunca venía a la casa:
las noches que lo veía
¡era yo quien me escapaba!
Cuánta razón él tenía:
dudo que lo recordara.
Cómo me atreví a decirle
que nuestra relación estaba 
destinada a la tragedia,
en su origen, condenada,
que mis padres no podrían
aprobar tremendo drama:
él, caballero criollo
y yo, noble castellana.
Y cómo pude decirle
que ya no más lo intentara,
que era una causa perdida,
que inútil era la farsa.
Alfonso, cuánto lo siento,
perdona mi desconfianza
la tibieza en mi carácter,
y mis dudas, que eran vanas. 
Alfonso, soy toda tuya,
mi vida no vale nada.”
Poco a poco la doncella
cae, rendida, agotada,
del castillo de la proa
sobre las rígidas tablas…

III

Contra el negro de la noche,
allá a lo lejos, contrasta
un refulgente destello:
son relámpagos que estallan.
La superficie del piélago
otrora tan serenada,
tórnase a causa del viento
en salvaje marejada.
El destino, inevitable,
dirige a aquella fragata,
con catastrófico rumbo
a la feroz turbonada.
¡Desvarío en la cubierta!
¡Agua, viento, viento y agua!
La madera gime, cruje.
Retumban las campanadas.
El casco gira con fuerza.
Las olas alebrestadas.
Cae un rayo fulminante.
El mástil se resquebraja.
Y, de repente, el velero,
se pierde entre furia tanta.
El bajel mucho semeja
a una miserable cáscara,
sujeta a los elementos,
inerme ante las malvadas
intenciones de su sino,
del que ningún ser escapa.
Choca contra un arrecife,
de corales como dagas,
sobre cuya superficie
la vieja fragata encalla.
Ya sin más poder moverse,
al compás de la borrasca,
los elementos furiosos
contra la nave se ensañan. 
La estrellan con su fiereza
contra la rocosa franja,
y al cabo de un poco tiempo
sin piedad la descalabran.
Se hunden pesadamente
los cañones y las anclas,
los maderos y cadenas,
los mástiles y las blancas
velas que todo lo cubren
como fúnebre mortaja.
Ya la embarcación completa
bajo del agua se halla.
Sobresale sólo en proa
el bauprés, como una lanza,
el cual por el travesaño
forma una cruz algo abstracta.
¡Con cuánta razón dijiste,
Señor, aquellas palabras!
Que nadie conoce el día
ni la hora señalada. 

IV

Movida por las corrientes,
sobre un par de viejas tablas,
por milagroso designio,
a una isla arribó Paula.
El cuerpo pálido y débil
que sobre ellas descansaba,
al llegar donde la costa,
cayó en las arenas blancas.
El viejo guardián del faro,
que del sitio aquel cuidaba,
al mirar hacia la orilla
y ver la rústica balsa,
se dispuso a socorrerla 
y a tratar de rescatarla.
“¡Despierta, mujer, despierta!
Mirad que ya a salvo te hayas.
No tenéis de que angustiaros 
que yo aquí te daré casa.
Y cuando un barco divise,
con la insignia del monarca,
juro yo mismo llevaros
y entregaros, bella dama,
que ellos han de cuidaros,
y devolveros a España…”
Paula muy lentamente,
abre los ojos y exclama:
“Buen hombre, yo le suplico,
que me acepte en su morada.
Será usted como mi padre,
no me quejaré de nada,
y para usted yo una hija,
mas líbreme de ir a España,
pues si voy han de casarme
con alguien de alta importancia
y mi corazón anhela.
Al único a quien él ama
y a nadie más pertenezco,
que yo sin él no soy nada.
Déjeme, señor, quedarme,
que aquí siempre habrá esperanza:
de que venga a rescatarme,
y me halle siempre casta
aguardándolo hasta el fin.”
Y al decirlo se desmaya.
El farero, un hombre bueno, 
conmovióse al escucharla.
Adoptóla en esa isla
perdida y abandonada
y mantuvo su secreto
cuando algún barco llegaba.
Ella creció y con el tiempo
le mostró aprecio y confianza. 
Los dos en su soledad
con fervor se acompañaban.

V

Una tarde, rojo el cielo,
Paula por la playa andaba.
Pasó por unos maderos
que fueran de una fragata 
y recordó tantas cosas,
cosas llenas de nostalgia.
Sin más mirar al naufragio,
que tantas penas le daba, 
diose vuelta y apartóse
hacia el faro, hacia su casa.
¿Qué pasará cuando encuentre
entre esas sogas y anclas,
una espada y en su pomo
dos iniciales grabadas
y a su lado una armadura,
una armadura dorada?

Pedro Peón Espejo

Pedro Peón Espejo

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