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Sumergiéndome en la eternidad… y sus maravillas

por | Nov 11, 2023 | 0 Comentarios

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«El presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad»

C.S. Lewis
Y para mí especialmente ahora.

Como una mexicana en sus veinte años nunca me hubiera planteado estudiar Teología como carrera universitaria. Estudiar Teología —para muchos en mi país y por ignorancia— es para sacerdotes y algunas religiosas. Muchos estudiamos catecismo en su momento y pretendemos que conocemos a fondo nuestra fe; en realidad nos falta muchísimo por aprender. Desde hace un par de meses he emprendido una aventura fascinante: viajé a Roma y me matriculé en el Baccalaureato en Teología en una universidad pontificia.

Al llegar a las clases sentí que soy minoría en este mundo. Un aula de cincuenta personas en las que tan solo somos cinco mujeres. Además, somos pocos los laicos que no están ahí para prepararse para el sacerdocio. ¿Por qué estudio Teología? La pregunta la recibo al menos alguna vez por semana. Hasta ahora me dispongo a responderla con cabeza. No para los demás, sino para mí.

Dos cosas son las que principalmente me han motivado a estudiar esto. La primera, Dios. La segunda, Roma. Antes de venir, una buena amiga —con la que comparto ambas profesiones de filósofa y teóloga— me insistió: «Estudiar Teología es conocer lo que Dios quiere que sepas de Él mismo». No necesité más: esa verdad bastó para que me aventurara en esto. Para una católica practicante como yo, estudiar con seriedad las verdades de mi fe resulta completamente fascinante y revelador. Sabía que había todo un mundo por conocer, pero nunca creí que sería tan definitivo para lo que significa ser católica, para lo que significa ser hija de Dios.

Aunado a esto me motiva el hecho de que el Papa Francisco haya hecho un llamado especial a los laicos para su participación en la Iglesia. Su voto en el pasado Sínodo es tan solo un ejemplo de esta actitud de Su Santidad. Como laica, mujer y estudiante de Teología esta actitud me interpela directamente. Me hace sentir la responsabilidad del mundo y de la Iglesia en mis hombros. Me resulta un honor poder cargar con un cachito de esta piedra sobre mis hombros, aún flacos, por todo lo que me queda por estudiar y profundizar. Cuando subo al último piso de mi universidad y salgo al terrazzo veo la cúpula de San Pedro, recuerdo mi colaboración con el Santo Padre y renuevo mi esperanza en que esto vale la pena.

San Pedro, Ciudad del Vaticano.
Foto: Mauricio Fajardo.

Me ha sorprendido especialmente la cultura de las universidades pontificias. En Europa es común —permítaseme esta expresión, aunque sé que implica muchos matices— estudiar Teología a nivel universitario, incluso para personas no cristianas o poco practicantes. Esto lo comprobé en Roma, donde encuentro a muchas personas que deciden emprender esta aventura como yo. No existe mucho prejuicio alrededor de estas universidades. Yo sí tenía este prejuicio, por el pragmatismo del que vengo en el que cualquier estudio lo tiene que avalar un título reconocido por mi gobierno. Lo que he encontrado aquí es un verdadero espíritu de búsqueda de la verdad. El conocimiento no utilitario cobra especial importancia aquí, lo cual es valiosísimo.

Mi segunda motivación es Roma, ¡y qué motivación! Su apodo de città eterna no es trivial. Una amiga una vez me dijo «Roma es de otro mundo y mil mundos al mismo tiempo». No puede tener más razón. Mi universidad tiene Piazza Navona como patio de recreo. Para llegar al centro de Roma camino por Via Flaminia. Esto me permite entrar hacia el centro por la Porta del Popolo: antigua entrada a la gran ciudad. Todos los días me maravillo ante esta entrada. Ahí hay un semáforo que me permite frenar, contemplarla y retomar la conciencia de que estoy a punto de entrar en la historia de esta ciudad, de ayudar a seguir escribiendo esa historia. Al contemplar me repite que no me puedo acostumbrar.

 Vivir en Roma es viajar en el tiempo diariamente. Es respirar y convivir con el caos —aunque viniendo de la Ciudad de México, la palabra caos es sinónimo de cotidianidad—. Es esquivar turistas e italianos enojados. Es, de un mismo vistazo, percibir tres mil años de historia. Es escuchar todas las lenguas, porque todos los caminos llevan a Roma. Fue la capital del gran imperio y sigue siendo capital de Occidente en muchos sentidos. Roma es abrumadora: es enorme, en todos los sentidos de la palabra. Al mismo tiempo llega a ser tan personal y acogedora, de las maneras más extrañas, pero logra serlo. Ante tanta universalidad —con la que convivo diariamente— es imposible que la añoranza del país de origen sea triste. Junto con la nostalgia que el estar lejos de casa conlleva, Roma consigue reunir a todas las naciones y valorar la riqueza de cada una.

Llevo solo unos pocos meses y la aventura acaba de empezar. Pero si con poco tiempo ha conseguido sorprenderme y fascinarme, ¡todo lo que me espera! Lo que más he valorado es que Roma me ha enseñado a contemplar… espero que no se detenga.

Ana Fernández

Ana Fernández

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