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Ser madre en el peor de los mundos posibles

Ser madre en el peor de los mundos posibles

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No es una noticia nueva que desde hace años la tasa de natalidad en Europa ha disminuido considerablemente. Esta medida, independiente de la estabilidad económica, decrece todavía más con los años. Cuando miramos las noticias y el mundo en general, nos cuestionamos seriamente si acaso es el momento adecuado para tener un hijo. Llegaron los cuatro jinetes: crisis económicas, políticas, sociales y ecológicas. Tal parece que es un mundo aterrador y en decadencia. Y sigues escuchando: guerra, bombas, destrucción, conflictos, el coste de la energía que se incrementa y los salarios que permanecen igual. Sabes que el invierno será frío y que será impagable encender la calefacción. Todo parece poco esperanzador y no es de extrañar que al observar todos estos factores externos la natalidad decrezca. 

Sin embargo las guerras, la miseria y los problemas nunca han sido un verdadero impedimento y esto lo confirman las generaciones que nacieron durante el tiempo de la guerra y la posguerra. No afirmo que estas sean condiciones adecuadas para la infancia, pero lo cierto es que incluso en momentos así, estas generaciones tienen buenas memorias. 

Mi vecina octogenaria recuerda a su madre con dos maletas minúsculas –llenas con lo poco que pudo tomar al abandonar su hogar– y dos niñas pequeñas. Los alemanes que vivían en territorio polaco tenían que dejar absolutamente todo para establecerse en un país en ruinas. Eran tiempos oscuros y fríos, muchos niños morían por los efectos de la guerra y el hambre. Y su madre cargando dos maletas y dos niñas llegó a Dresden, ayudó en la reconstrucción, trabajó arduamente y construyó un nuevo hogar para su familia. Con el tiempo, lograron reencontrarse con su padre, quien con mucho esfuerzo sobrevivió su estancia en el frente, y sin medios adecuados y haciendo galas de habilidades detectivescas logró encontrar a su mujer e hijas . Podríamos pensar que no merece la pena vivir una infancia carente, pero mi vecina ha sido muy feliz y no se arrepiente de vivir, tampoco detesta su infancia sin juguetes, sino que recuerda con alegría a sus padres. 

Trümmerfrauen “mujeres de los escombros” en Leipzig (1949). Foto: R. Rössing. Fuente: Deutsche Fotothek.

Hace algunos meses mientras paseábamos por el bosque y la guerra entre Ucrania y Rusia comenzaba, justo hablábamos sobre la natalidad. Mi vecina comentó que percibía que uno de los argumentos de mi generación para no tener hijos era justamente la guerra y las crisis. Ella me miró y me dijo: “este es un gran problema”. Luego me contó –con más detalles– los hechos que relaté anteriormente y continuó “el problema no es la guerra, siempre hay conflictos; el problema es que los jóvenes piensen que sólo bajo ciertas condiciones materiales vale la pena vivir. El problema es su miedo y su poca esperanza. Si todos pensaran así, si se paralizaran por el miedo y la desesperanza, y esperaran al momento propicio, hace ya mucho tiempo que ya no habrían seres humanos”. 

Basta decir que me dejó muda, porque es cierto, de algún modo la desesperanza nos ha paralizado y es uno de los males que nos aqueja. Miramos el futuro con ojos pesimistas. Querido Leibniz, te equivocaste, este es el peor de los mundos posibles. 

Sin embargo, no creo que sea el único factor. Dentro de estas cuestiones externas podríamos añadir las nuevas dificultades para encontrar pareja, antes parecía mucho más sencillo, ahora ni siquiera las aplicaciones de citas son tan efectivas. Quizá podemos sumar que nos hemos concentrado más en nosotros mismos: mis viajes, mis compras, mi auto; todo lo que es mío y que gira alrededor de mí. Porque lo importante es que yo sea estable, que yo sea exitosa, que yo haga carrera, que yo sea feliz… sí, queremos ser felices, nadie por naturaleza desea ser desgraciado, pero entonces ¿por qué en una época con tantos avances somos de las generaciones más miserables? ¿Por qué la mayoría está deprimida? ¿Por qué tantos son diagnosticados con ansiedad? Preguntas complejas. Quizá tomamos todo demasiado seriamente, incluidos a nosotros mismos. 

Un factor que no puedo dejar pasar de largo, porque considero que es crucial, es la visión de la mujer. El rol social de la mujer ha cambiado con los años, la mujer ya no se queda en casa, sino que también estudia, trabaja, crece, viaja y decide. En ese sentido la maternidad se vuelve menos atractiva. Pensamos que la maternidad es un tiempo en blanco para el curriculum, aunque no son vidas excluyentes, hay madres que trabajan en una oficina o fábrica y cuando llegan a casa se ocupan de la familia. Pero incluso durante el turno laboral, nunca dejan de ser madres. 

La maternidad y paternidad son el único trabajo en el que no hay jubilación, no hay hora de entrada y tampoco de salida y por supuesto tampoco hay una remuneración. Realmente nunca ha tenido un valor monetario, pero al menos antes no estaba mal visto. Al menos antes la mujer podía decir sin vergüenza que era madre. El problema es justamente ese, que ya no lo consideramos algo importante, sino que incluso puede ser una carga. 

Foto: Mehmet Turgut

La diferencia entre el grado de estudios de mis abuelas y el mío es relevante, es probable que ellas estudiaran hasta la preparatoria y después se dedicaran al hogar y a criar al menos 5 hijos; mientras que yo hice una carrera universitaria ¿eso las vuelve a ellas incompetentes y a mí competente? ¿Las vuelve tontas y a mi inteligente? ¿Las vuelve sumisas y a mi liberada, independiente y empoderada? Absolutamente no. 

El mundo laboral y la oficina de impuestos nos quiere siempre trabajando: producir y consumir, producir y consumir, producir y consumir. Y así sigue la cadena. Entonces miramos un poco con desdén a la mujer que se queda en casa; porque aparentemente no produce nada; porque aparentemente ese no es un trabajo; porque aparentemente no hace nada por la sociedad; porque aparentemente ser madre es una existencia carente de sentido. 

Y como mujeres nos preocupamos y nos desgarra tener que elegir entre la casa y la vida laboral. La mujer salió de casa no solamente con el afán de realizar su propia carrera, también salió impulsada por la estrechez económica. Seamos sinceros: un sólo salario ya no alcanza. ¿Son malvadas las madres que trabajan? Por supuesto que no, se dividen e incluso trabajan más eficientemente para regresar a casa lo antes posible y cuidar a sus hijos. 

¿Por qué no se considera el trabajo del hogar y la maternidad un trabajo? ¿Acaso no desarrollan habilidades? Puedo asegurar que una amiga –madre de 4 niños– tiene más capacidades para coordinar un proyecto que varios egresados de distintas carreras. La maternidad le ha enseñado nuevas técnicas y habilidades muy deseables para el mundo laboral; no se quedó en casa de brazos cruzados — administra, coordina y crea un hogar. Así que cualquier empresa debería estar feliz de contratar a una mujer que ha desarrollado estas cualidades. 

En El cuento de la criada, Margaret Atwood, imagina una sociedad distópica y semejante a nuestra actualidad. La autora canadiense parte de la idea de que todo es posible bajo ciertas circunstancias e incluso se inspiró en algunos acontecimientos históricos que ocurrieron con anterioridad. Su estancia en Berlín y la división entre Oriente y Occidente jugó un papel fundamental durante su proceso creativo. 

Portada “El cuento de la criada” de Margaret Atwood. Editorial Salamandra.

La premisa de la novela comienza con la reducción de la población por la contaminación y una serie de problemas ecológicos; la fertilidad corre riesgo y es por ello que las mujeres fértiles son el bien más preciado. En Gilead –lo que antes era Estados Unidos– un nuevo régimen teocrático y extremista ha tomado el control; con una lectura fundamentalista y literal de algunas historias bíblicas, como la de Sara o Raquel –mujeres que no podían procrear y que ofrecen a sus criadas para que tengan descendencia–, deciden distribuir a las mujeres fértiles –las criadas– entre los hombres poderosos y con esposas infértiles. La única función de las criadas es engendrar. Pero el hijo no será de la criada, sino de los esposos; la criada es despojada de la maternidad, y es utilizada únicamente como una incubadora. 

La idea de Atwood es interesante y ha inspirado a varios proyectos creativos, no solamente una adaptación cinematográfica en 1990 y que no fue tan exitosa, sino también 5 temporadas de una serie –la primera se basó en el libro y las siguientes son el producto de alargar un fenómeno popular– y sobre todo se ha constituido como parte del imaginario pro-choice estadounidense. Algunas de las mujeres que protestan por la legalización del aborto utilizan las capas rojas y los tocados blancos, que caracterizaban a las criadas; a fin de cuentas los símbolos son más fuertes que las consignas. 

Atwood escribe, en la voz del comandante, “¿Acaso no recuerdas los bares para solteros, la indignidad de las citas a ciegas en el instituto o en la universidad? El mercado de la carne. ¿No recuerdas la enorme diferencia entre las que conseguían fácilmente un hombre y las que no? Algunas llegaban a la desesperación, se morían de hambre para adelgazar, se llenaban los pechos de silicona, se hacían recortar la nariz. Piensa en la miseria humana”. La realidad supera la ficción de una novela publicada en los años 80. Nuestra sociedad se ve reflejada en estas mismas preguntas, que al final recaen en ese anhelo tan humano de sentirse amado.

Y no basta con eso, es claro que también la irresponsabilidad de algunos hombres juega un papel decisivo en la vida de algunas mujeres, el monólogo del comandante continúa: “si llegaban a casarse, las abandonaban con un niño, dos niños, sus maridos se hartaban, y se marchaban. O, de lo contrario, él se quedaba y las golpeaba.” Aunque no podemos cerrar los ojos ante el abuso y el abandono, no todo hombre es por naturaleza un padre irresponsable y golpeador. No todo hombre es aquel violador, aquel acosador esquinero que tanto proclama el feminismo radical. Pero si la feminidad está fragmentada, ¿no podemos esperar lo mismo de la masculinidad? 

Prosiguiendo con el discurso del capitán llegamos a la clave que mencioné con anterioridad: la cuestión monetaria: “O, si tenían trabajo, debían dejar a los niños en la guardería o al cuidado de alguna mujer cruel e ignorante, y tenían que pagarlo de su bolsillo, con sus sueldos miserables. Como la única medida del valor de cada uno era el dinero, las madres no obtenían ningún respeto. No me extraña que renunciaran a todo el asunto.”

Foto: Dick Scholten

En una sociedad capitalista, en la que el valor de la persona no reside en el hecho de ser persona, sino en aquello que puede producir y consumir, no es de extrañar que aquellos seres incapaces de hacerlo sean mal vistos y poco deseados. Si lo único que nos define es la ley de la oferta y la demanda, no debe extrañarnos que se abandone a los ancianos porque-ya-no-son-útiles; no debe extrañarnos que el aborto sea un derecho porque aquello que está en el vientre es un producto, no un ser con toda dignidad; no debe extrañarnos que la maternidad no sea deseada porque no paga impuestos y ni gana un salario.

Un problema contemporáneo es que estamos peleados con todo aquello que tiene un valor trascendental, quizá por la desesperanza frente al futuro en este mundo y al abandono de un futuro trascendente, pero también porque nos hemos enredado con los conceptos. Ahora tenemos más de 32 pronombres diferentes para designar a dos sexos. La ideología vence a la biología. Y si por un lado despreciamos la maternidad, al grado de ya no querer identificarla con el sexo femenino, no debemos extrañarnos que ahora sea tan difícil responder a la pregunta ¿qué es una mujer? Además de lo escandaloso de este hecho, debería preocuparnos que con el fin de no herir ciertas susceptibilidades incluso haya quienes propugnen por dejar de usar la palabra mujer. Al no poder responder lo que es ser una mujer, tampoco podemos defender a la mujer y a la maternidad.

Un ejemplo de esto son las injusticias de las atletas femeninas que son vencidas por hombres que transcisionan para “ser-mujeres”. En todo caso lo más justo sería que aquellos atletas trans tuvieran su propia categoría y que compitieran entre sí. Hay que aceptarlo, jurídicamente la igualdad es posible, pero fisiológicamente es imposible, incluso entre atletas muy bien preparados. Otro ejemplo son las mujeres encarceladas que han sido violentadas por un hombre que se identifica como una mujer. ¿Acaso no nos estamos olvidando de proteger verdaderamente y dar un lugar a la mujer? Aquí es también donde el feminismo se divide, entre aquellas que consideran que un hombre trans es verdaderamente una mujer y aquellas que consternadas claman que a pesar de la transición, y por mucho que el hombre trans lo desee jamás será una mujer, y los espacios de las mujeres deben ser defendidos. 

Una última anotación que me resulta interesante de Atwood aparece casi al final de El cuento de la criada, cuando Gilead tiene un nuevo régimen y los ciudadanos se encuentran en un congreso que estudia los tiempos antiguos. El especialista afirma “el modo más eficaz de controlar a las mujeres en la reproducción y otros aspectos era mediante las mujeres mismas. Existen varios precedentes históricos de ello; de hecho, ningún imperio impuesto por las fuerzas o por otros medios ha carecido de esta característica: el control de los nativos mediante miembros de su mismo grupo”.

En la sociedad que propone Atwood las criadas eran controladas por las esposas y educadas en sus deberes por las tías, y todo giraba en torno a la reproducción, por lo que eran otras mujeres las que decidían y hablan por las otras mujeres. Es algo curioso, porque Atwood es una autora considerada feminista, y últimamente me da la impresión de que el movimiento feminista es quien afirma llevar la voz sonante de la mujer, aún cuando este movimiento no representa a todas.

La maternidad es la manzana de la discordia, afirman que toda mujer debe decidir si quiere o no quiere ser madre, a la vez que critican a aquellas que deciden ser madres y quedarse en casa: sumisas, retrógradas, patriarcales. ¿Acaso el feminismo no controla también la reproducción femenina? ¿Acaso no nos dice cómo debería ser una mujer empoderada? Con banderas de fraternidad y sororidad descartan a las mujeres que no entendemos el feminismo o la lucha de reivindicación femenina en esos mismos términos. O sea que en este movimiento de máxima apertura hay sin embargo un pensamiento hegemónico que no se puede contradecir.

Es necesario matizar que hay diferentes olas de feminismo, unos más o menos radicales que otros. Sin embargo, no es mi intención definir y demarcar el feminismo y la deconstrucción del patriarcado. Basta con decir que el feminismo se ha infiltrado incluso en universidades y ambientes católicos, en los que podría considerarse una contradicción el feminismo radical con la postura pro-vida que defiende la Iglesia. Aunque no son los únicos que se han infiltrado en ambientes ajeno: una fuente anónima con quien pude conversar hace labor dentro de los grupos feministas, del mismo modo que las feministas hacen labor dentro de estos grupos universitarios católicos. Nuestra informante cuenta que al principio comenzó discutiendo las posturas, pero con el tiempo se dio cuenta de que para verdaderamente ayudar a la mujer tienes que concentrarte en ellas –en la mujer– y no en ideologías. 

Pero no es posible ayudar si estamos rotos y lastimados; a la mujer en crisis no basta con decirle “aquí estamos”, sino que es necesario estar presente y meter las manos. Ayudar va más allá de decirte qué pastilla puedes tomar para abortar, o qué método anticonceptivo debes usar. Ayudar a la mujer consiste en escucharla, orientarla y acompañarla. 

Foto: Rodrigo Morelos Oseguera

Sorprendentemente encontré una película en Netflix que se parecía mucho al artículo Historia de dos embarazos de Mary Eberstadt que publcamos hace poco. Recalco que fue sorprendente, porque es una postura más moderada y de centro, un poco disonante respecto a la agenda que regularmente sigue Netflix. En Mis dos vidas una chica recién graduada se encuentra ante una prueba de embarazo, que bien puede ser positiva o negativa. Así vemos cómo se desarrollaría la vida de la protagonista durante los siguientes 5 años. Con la prueba positiva, decide tener a su hija y abandonar su carrera, mientras que con la prueba negativa cumple sus planes y entra a trabajar en un estudio de animación en Los Ángeles. En ambas posibilidades tiene dificultades y tras muchos esfuerzos logra su sueño profesional como dibujante y encuentra una pareja. Una trama bastante previsible, pero ¿qué hubiera pasado si se apegara más a la realidad, una realidad en la que no siempre cumplimos nuestros sueños incluso cuando vivimos la vida que deseábamos? La película termina con la chica y la prueba entre sus manos, mientras que sus dos posibles versiones futuras afirman que todo estará bien. Así que al final, sin importar cuál de las dos versiones pudieran suceder, ambas son igualmente buenas. 

Nadie puede decirnos cómo vivir y al final por mucho que planeemos nuestra vida hay acontecimientos que lo cambian todo radicalmente y a veces suceden de forma espontánea. Podríamos ser optimistas y pensar que todo va a estar bien, que al final tendremos la carrera perfecta, la familia y los viajes. La realidad es que las mujeres parecen tener menos oportunidades, especialmente si se deciden por la maternidad, aunque nada les garantiza que sacrificarla les traerá felicidad. 

Abandonemos el miedo y la desesperanza. Abandonemos la idea de los momentos ideales que sólo ocurren en las películas. Abandonemos la concepción de que el trabajo del hogar y la maternidad no tienen valor sólo por no tener un salario. 

Si una futura madre lee este texto, quiero invitarla a que abandone el miedo de perderse a sí misma, esa idea de que pondrá su vida en pausa. Quizá no sea todavía el mejor de los mundos posibles, pero cada día debemos trabajar desde cada trinchera para que sea mejor. Una trinchera cuya primera línea de defensa es la maternidad — un trabajo que es fundamental para crear mejores sociedades; un trabajo sin pausas, sin horas de entrada y de salida, sin jubilación, sin quincena, sin aguinaldo y sin un perfil rimbombante de LinkedIn; pero un trabajo que mantiene unida a la sociedad, es más, un trabajo que permite que exista la sociedad.

Alternativas del capitalismo

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Aquí en Spes, nos gusta pensar sobre el presente, el futuro y el pasado. Con los problemas que el capitalismo está teniendo, hicimos una serie de entrevistas para pensar en su esencia, y posibles alternativas. Aquí, entrevistamos al Dr. Javier Ros Codoñer, sociólogo de la Universidad Católica de Valencia, “San Vicente Mártir”. 

1.- ¿Nos podría dar su definición de capitalismo?

Es bastante sencilla. Es el sistema económico que tiene como pilares fundamentales la propiedad privada, la libertad económica, la inversión constante de capital y el consumo. Ciertamente se trata de elementos que en abstracto no son necesariamente disruptivos con una sociedad de lo humano sino que se hallan en la base de legítimas aspiraciones individuales y sociales como pueden ser la búsqueda de mejores condiciones de vida, la libertad en todos sus campos, la satisfacción de necesidades más o menos necesarias… Sin embargo su imbricación con la autorreferencialidad y el poder conlleva indefectiblemente a un sistema económico, y por ende social, altamente volátil y opresivo para grandes masas de la población, tanto a nivel local, como regional y global.

2.- ¿Es sustentable? Ecológicamente hablando.

El capitalismo tal y como lo conocemos no es ecológicamente sustentable en ningún caso. Ello se debe a que el capitalismo por definición se sostiene en el constante crecimiento del beneficio, lo que implica el aumento de la producción y, por tanto, el aumento imparable en el consumo de recursos naturales y la generación cada vez de mayores tasas de desechos y contaminación. Ciertamente hay modos de producción que son menos depredadores y contaminantes, pero su uso está en función del beneficio empresarial, no en su mayor capacidad adaptativa a las necesidades medioambientales. 

3.- Ahora se usa el término: capitalismo tardío ¿qué es esto? ¿cómo se sabe? 

El capitalismo tardío simplemente es la evolución del capitalismo secular. Dadas las actuales condiciones globales y tecnológicas se trata de un capitalismo del que difícilmente es posible escapar pues invade prácticamente todos los rincones del planeta y cada uno de los intersticios de las vidas personales. El capitalismo es capaz de encontrar y hacer negocio de cualquiera de los ámbitos de la vida y hasta de cualquier ideología, véase sino la famosa imagen del Che Guevara realizada por Korda; los beneficios que produce por los llamados derechos de autor son enormes décadas después de la muerte de este destacado líder anticapitalista.

Bien sea porque nos hallamos en la parte que se beneficia, siempre hasta un punto, de este sistema económico, bien sea porque aportamos a él “sangre, sudor y lágrimas”, todos estamos implicados. Se trata de un capitalismo que ha maximizado todos los recursos humanos y tecnológicos con el fin de que unos cuantos alcancen cotas de enriquecimiento inimaginables hasta hace tan solo unos años. Como muy bien analiza Zuboff, vivimos ya en una era de capitalismo de vigilancia.

4.- Con tanta desigualdad, ¿puede haber una revolución? 

Es difícil que se dé este proceso social, que por cierto, siempre es tremendamente desestabilizador y altamente manipulado por élites concretas. Desde luego en las denominadas sociedades occidentales es inimaginable cualquier tipo de movimiento social que conlleve complicarse la vida. Occidente vive bajo la tiranía del soft power que a través de la publicidad, las series de televisión, los iconos sociales y la música ha generado una sociedad-rebaño altamente narcisista y consumidora incapaz de “moverse” a no ser que sea “virtualmente”. En las sociedades en desarrollo es más posible que aparezcan procesos revolucionarios, sin embargo, tanto los modelos culturales occidentales mencionados, como las presiones de las grandes multinacionales y de muchos gobiernos corruptos se encargan de minimizar los riesgos de revueltas o los encauzan hacia fines que a medio o largo plazo acaban beneficiando siempre a las élites.

5.- ¿Qué opina del neoliberalismo?

Es la ideología que justifica el expolio del medio ambiente, el aniquilamiento de espacios naturales y culturas ancestrales, la esclavitud de gran número de personas en África y Asia especialmente, que nos condena a la obligación de elegir constantemente para así estar siempre consumiendo, que se opone frontalmente a la vida en familia y, en tantas ocasiones, al don de la vida, etc. La libertad como meta social e individual carece de sentido, la libertad siempre es “de algo” y “para algo” y, aun teniendo en cuenta esto, nuestras sociedades posmodernas la han transformado en fin de la existencia. De esta forma, la libertad por sí misma únicamente produce incertidumbre y, a la postre, frustración como muy bien analiza Illouz para el caso de las relaciones amorosas contemporáneas. Si la libertad no es el camino para la construcción de la sociedad de lo humano donde la verdadera dignidad de la persona sea la meta, donde la verdad, sea tan denostada actualmente, sea principio y fin del obrar, lejos quedará la libertad de convertirse en una aliada de las personas para erigirse en la más temible de las estructuras que oprimen al hombre.

6.- ¿Puede el capitalismo o el neoliberalismo resolver la desigualdad?

Jamás. El neoliberalismo defiende que el crecimiento económico basado en unas cotas elevadísimas de libertad conllevará en un primer momento al enriquecimiento de las élites para luego ir expandiéndose a modo de mancha de aceite al resto de la población. En cierta medida esto es cierto y basta con mirar el uso de tecnologías que iniciaron su andadura a precios muy elevados y sólo accesible para consumidores de alto poder adquisitivo y que, hoy, hasta los adolescentes poseen e incluso con varios aparatos por familia. Aunque se pueda hablar de cierta “democratización” de acceso a una alta gama de productos y mejora del nivel de vida, ello siempre será para una parte de la población (que cada vez es menor) , además,  siempre nos encontraremos en nuevos inicios de dicho proceso, es decir de nuevas situaciones económicas que se parten desde arriba.

Además de todo ello, sólo basta con mirar los datos sobre beneficios de las multinacionales y de los grandes empresarios nacionales o globales para ver cómo sus beneficios han aumentado de modo considerable en 2021, con pandemia incluida por cierto. También puede apreciarse en los procesos de concentración en grandes fondos de inversión como son Black Rock o Vanguard, auténticos imperialistas económicos mundiales. El neoliberalismo es creador de desigualdades siempre, esta realidad forma parte de su adn.

7.- ¿Qué alternativas hay al capitalismo y sus variantes, sin ir al pasado, considerando que el socialismo ya ha fracasado? 

Tal y como ha demostrado la historia, si lo que se pretende es modificar un sistema social, en este caso centrado en el aspecto económico, no es suficiente con que se dé una contraposición o combate de ideas. Al final, las ideologías conllevan multitud de creencias e intereses más o menos ocultos de los líderes que las generan o viven a costa de ellas. Es fundamental encarnar nuevos modos de relacionarnos, modos de vivir que apuesten por la profunda e irrenunciable dignidad humana que necesariamente deben actualizarse constantemente. No se puede mejorar la estructura social si no hacemos personas, individuos, cada vez más responsables, comprometidos y capaces de vivir su dignidad personal como lugar de encuentro y entrega por el otro. No hay dignidad subjetiva, porque la objetiva es inalienable, sin donación.

En este contexto, se pueden enumerar algunos elementos o vías de reflexión interesantes para llevar adelante una sociedad de lo humano. El primero es la defensa de la propiedad privada porque favorece el interés por mejorar y producir y porque si algo no es tuyo no puedes compartirlo. En este sentido, la segunda variable sería el destino comunitario, o universal si se prefiere, de los bienes; para ello es necesario entender la realidad desde la hermenéutica del don, lo que únicamente se sustancia en la relación familiar vivida como tal desde la infancia. El tercero sería la potenciación de la familia como primera sociedad y única generadora de virtud social que haría posible el resto de elementos. En tercer lugar, el desarrollo de iniciativas civiles y asociativas encaradas a potenciar los circuitos económicos informales, no monetarizados y encuadrados en la economía del don. En cuarto lugar, un Estado subsidiariode las realidades sociales más cercanas a las personas concretas (familia, escuela, comunidad local…). En quinto lugar, un mundo productivo, empresarial concienciado y acompañado por una esfera ética al servicio de la integralidad de la persona. Finalmente, una Iglesia a la altura de las circunstancias, generadora de enriquecimiento personal sin límites, aquí sí, a través de facilitar el encuentro de los fieles con Cristo resucitado y de generar espacios de acogida y encuentro sincero con aquellos que se acerquen a ella. Se trata de favorecer modelos sociales donde la persona, las comunidades primarias y las estructuras sociales amplias puedan tener su papel en función del resto de realidades y, en última instancia, de cada persona concreta.

¿Capitalismo o socialismo?

¿Capitalismo o socialismo?

Por Esteban Morfín de la Parra

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Antes que nada, quiero aclarar que este artículo hará referencia en todo momento a los aspectos económicos de los sistemas comunista, capitalista y socialista. No pretendo ahondar en las ideas filosóficas que respaldan y dan origen a estos sistemas, ni me interesa tampoco la nobleza de sus propósitos. Hablaré únicamente del impacto directo que dichas políticas tienen en la creación y distribución de la riqueza en los países en los que se han aplicado.

Al pensar en socialismo inmediatamente lo relacionamos con comunismo, la Unión Soviética, Corea del Norte, Cuba, pobreza, hambre, matanzas, desastre. El comunismo sí es una forma de socialismo, pero no su única manifestación. Es su expresión extrema. 

Todo el comunismo es socialismo, pero no todo el socialismo es comunismo. Como ya mencioné, el comunismo es la expresión extrema del socialismo, donde el gobierno es dueño de todo y de todos, controlando las vidas de los ciudadanos en cada uno de sus aspectos. 

Al leer a Marx, se entiende perfectamente por qué fue tan popular e incisivo en su época. Sus ideas eran elocuentes y le hablaban directamente a un grupo de personas que atravesaba una época difícil de pobreza y hambruna, con una clase gobernante inepta y despilfarradora, personificada en la figura del zar Nikolai. Cosa curiosa, pues Marx ni siquiera pretendía que Rusia adoptara el comunismo, o no tan rápido como lo hizo.

Marx habla de un mundo donde todos trabajan solamente lo necesario, aportando cada uno su parte, cooperando a construir una gran nación que es una gran familia, donde el gobierno rige como primero entre iguales, como un padre amoroso que vela por sus hijos. Nadie necesita dinero porque el Estado provee para todos. Nadie es más rico que nadie. Nadie pasa hambre. El trabajo no escasea. En papel, suena como un sistema maravilloso. Sin embargo, pasa por alto un par de detalles sumamente importantes: la naturaleza humana y los incentivos.

Me explico. Si bien los seres humanos tenemos sin duda alguna la capacidad de hacer el bien y comportarnos de forma noble, también es cierto que tenemos la capacidad de hacer un mal terrible y comportarnos de la manera más ruin. Teniendo esto en cuenta, las reglas de una sociedad deben construirse de modo que motiven a los individuos a sacar a lucir el lado bondadoso y noble de la humanidad. Esto se hace a través de incentivos. Si el sistema incentiva la corrupción y el crimen, las personas se comportarán seguramente de forma corrupta y criminal.

Hablando entonces de la naturaleza humana y los incentivos, ¿Qué resultado podemos esperar si un grupo pequeño de personas recibe el poder absoluto sobre una nación, su gente, sus riquezas y sus medios de producción, para “administrarlos” en nombre del proletariado? Salvo que se trate de extraterrestres o de santos elevados por encima de todos los demás, lo más natural será que estas personas busquen beneficiarse de su posición, viviendo y lucrando a costa del resto de la población. 

¿Qué efecto veremos si, además de esto, le decimos a todos que el dinero ya no es necesario porque ahora el Estado proveerá todo? Una persona normal, al ya no tener incentivos para generar riqueza, pues todo le será entregado y nada de lo que haga aumentará su riqueza, comenzará a trabajar menos y producir menos. Lo mismo para las empresas. ¿Qué motivo tienen para seguir luchando por ser productivas si no pueden gozar de las riquezas que generan? Ninguno. Todo se paraliza poco a poco y comienzan la escasez, la violencia, las represiones, las matanzas y demás consecuencias horribles que millones de personas sufrieron y sufren en carne propia.

Es imposible crear e implementar un sistema basado exclusivamente en buenas intenciones y sentimientos nobles. Al menos uno que funcione. No se pueden eliminar elementos indispensables y naturales como el dinero, la propiedad privada y el libre mercado, todos estos ingredientes fundamentales del capitalismo. 

Pero un capitalismo extremo, similar al sistema norteamericano actual, es casi tan malo y destructivo como el comunismo. A nivel matemático, no podría estar más equivocado. Estados Unidos es el país más rico del mundo. Sus políticas económicas a nivel doméstico son sumamente eficientes y motivan de forma excelente la creación constante de riqueza. El gobierno incentiva constantemente a las empresas a seguir creciendo mediante condonaciones de impuestos y facilidades legales. Sin embargo, la mayor parte de esa gran riqueza está en pocas manos, mientras el resto del país batalla por las migajas que caen debajo de la mesa.

Desde inicios del 2021, Estados Unidos enfrenta la llamada Gran Renuncia (the Great Resignation). Millones de estadounidenses han dejado sus trabajos. Tan solo en agosto, 4.3 millones de personas renunciaron a sus trabajos, equivalente a casi 3% de toda la fuerza laboral del país. Los motivos detrás de este fenómeno son y seguirán siendo tema de debate. Algunos dicen que se debe a los estímulos económicos del gobierno. Otros hablan de que se trata de una reacción al estancamiento de los salarios, que se mantienen iguales mientras los precios suben. Hay también quienes lo ven como una consecuencia del estrés provocado por la pandemia, a pesar de la cuál la carga de trabajo para la mayoría de la gente no disminuyó en lo absoluto. 

Creo que todo lo anterior es cierto. Me parece también que los empleados en general son cada vez más conscientes de que, al trabajar para una compañía, la mayor parte del fruto de sus esfuerzos termina beneficiando a alguien más. 

En un sistema como el de Estados Unidos, cada quién vela por sí mismo. Cuando alguien triunfa, lo hace a lo grande, y no creo que exista otro lugar en el mundo en el que sea más fácil convertirse en millonario. Pero quienes ganan, ganan solos. Quienes están alrededor y debajo no reciben más que salpicaduras de las cubetadas de dinero que empiezan a fluir cuando una empresa comienza a crecer de verdad. Los únicos que verdaderamente ganan son los accionistas y los ejecutivos más altos. ¿Qué motiva esto? Una sociedad individualista, donde si necesito pasar por encima de alguien para llegar a mi meta debo hacerlo sin pensarlo demasiado, o podría perder esa gran oportunidad que se me presenta. 

Me recuerda a un casino: la mayoría de los jugadores pierden y unos pocos hacen fortuna, ilusionando a todos los demás y motivándolos a seguir jugando, seguros de que ellos serán los siguientes en ganar. Económicamente es una genialidad. No se me ocurre una mejor manera de motivar el emprendimiento y la generación de riqueza. Pero no dejemos de lado el hecho de que la gran mayoría de los jugadores son perdedores. 

¿Vale la pena generar tanta riqueza si solo la podrá disfrutar una minoría? ¿No sería mejor sacrificar un poco la eficiencia en nombre de la equidad y el bienestar general? ¿Qué tanto beneficio real le reporta a cualquier persona, incluido el propio Elon Musk, cada nuevo millón de dólares que genera el multimillonario director de Tesla? Una raya más al tigre; ni él mismo se da cuenta. ¿Por qué no mejor tomar ese millón y repartirlo de modo que beneficie a más personas?

Wassily Leontief, quien recibió el premio Nobel de Economía en 1973 por su trabajo acerca de la interdependencia de los factores y actores económicos en su modelo input-output, decía que una buena economía es como un velero capitaneado con maestría. El viento son las fuerzas de mercado, los intereses personales y empresariales, las tendencias. Son aquello que empuja la economía hacia adelante. Más si se deja el velero a merced de estas fuerzas, no solo no llegará a ninguna parte, sino que posiblemente terminará por volcarse. Es por esto que necesita un capitán y una tripulación que lo gobiernen y dirijan, controlando las velas y dirigiendo el barco hacia su destino. 

Velero. Foto: Javier Lastras.

Bajo esta analogía, podríamos decir que un sistema comunista es como dejar el velero en el puerto, amarrado permanentemente y sin mantenimiento, con una tripulación que no solamente no quiere soltar amarras, sino que agrede a cualquiera que intente sacar la embarcación del puerto, donde terminará hecho una ruina. Del otro lado, tenemos al capitalismo puro, donde el velero se hace a la mar con poca y a veces ninguna intervención de parte de la tripulación, dejando que el viento lo lleve a donde sea; eventualmente naufragando. 

Me parece que no estamos demasiado lejos de presenciar el naufragio de Estados Unidos, a menos que la tripulación se decida pronto a controlar más el barco. De hecho, ya más de alguna vez la economía estadounidense ha estado a punto de volcarse por completo en las grandes crisis. Sólo entonces interviene el gobierno para controlar la situación desesperada, dejando caer al agua de la bancarrota y la miseria a cuantas personas sea necesario para mantener a flote la embarcación, volviendo a soltar los controles una vez que la crisis ha pasado.

Voy a usar ahora ejemplos clásicos y controvertidos de economías perfectamente funcionales, que crean riqueza y la reparten equitativamente entre sus pobladores. Hablo de Dinamarca, Finlandia y Noruega. Las personas más ricas de estos países tienen fortunas de 11.7, 5.7 y 10.6 mil millones de dólares respectivamente al momento en que se redactó este artículo. Si bien seguimos hablando de cifras estratosféricas, cualquiera de ellas apenas alcanza a entrar en la lista de las cien mayores fortunas personales de Estados Unidos del 2021 y sumadas no llegan más allá del lugar veintiséis (Forbes, 2021). 

Si bien se trata de países mucho más pequeños, con poblaciones minúsculas en comparación con la de Estados Unidos, sigue siendo una señal de una repartición de la riqueza mucho más equitativa que la que se da en la gran potencia norteamericana. Además, para sentidos prácticos, no existe ninguna diferencia entre el poder adquisitivo de Jeff Bezos con sus más de 200 mil millones de dólares y cualquiera de estos millonarios nórdicos. 

Volviendo a los números, los últimos coeficientes de Gini medidos para Dinamarca, Finlandia y Noruega son de 28.2, 27.3 y 27.6, respectivamente, mientras que para Estados Unidos, el dato más reciente es de 41.4 (Banco Mundial, 2021).

Indice de Gini 1991 – 2018.
Elaborada por Esteban Morfín con datos del Banco Mundial

El coeficiente de Gini es una medida de la desigualdad de la distribución de la riqueza. Entre más cercano a cero, más equitativa es la distribución. Entre más cercano a cien, más desigual. Estados Unidos no queda demasiado lejos de países tercermundistas como México (45.4), Haití (41.1) y la República Democrática del Congo (42.1).

Y bien, ¿Qué tienen en común Dinamarca, Finlandia, Noruega y otros países con economías exitosas e igualitarias? Todos tienen políticas económicas socialistas, unificadas en el llamado socialismo nórdico o modelo escandinavo. Este socialismo implica una intervención directa del gobierno en la economía, con un papel clave y primario en la redistribución de la riqueza generada, respetando siempre los principios básicos del libre mercado, con grupos de profesionales fuertemente sindicalizados. No implica la inexistencia de la propiedad privada ni el control absoluto del Estado en modo alguno. Implica medidas como tasas fiscales sumamente elevadas o el manejo por parte del gobierno de bienes y servicios de primera necesidad como la educación, la salud y los espacios recreativos. 

Por ejemplo, la tasa de impuestos sobre la renta en Dinamarca es de mínimo 35.5% y máximo 55.6%. Suena exagerado, pero la educación pública es de excelente calidad, los hospitales son gratuitos y de primer nivel, los parques y demás espacios públicos siempre están limpios y bien mantenidos y existen seguros públicos de enfermedad, desempleo y muerte.

Matemáticamente, toda política intervencionista genera una pérdida de eficiencia y, por lo tanto, de riqueza. Este es muchas veces el gran argumento para atacar cualquier medida de este tipo. Sin embargo, ver a Estados Unidos presumiendo su riqueza me hace pensar nuevamente en el velero. Tal vez van muy rápido, pero no tienen un rumbo claro. Si se tratara de una regata, seguramente sería impresionante ver a ese velero ir a toda velocidad, más rápido que cualquier otro, pero no ganaría ningún premio, pues no puede seguir una línea hacia la meta. ¿Para qué sirve mucha riqueza que no se aprovecha? Los veleros socialistas quizá no vayan tan rápido como los de los capitalistas puros, pero van más seguros y cómodos y llegan a la meta.

En pocas palabras, estoy abogando por el equilibrio. Llámelo cada quién como quiera. Capitalismo socialista o socialismo capitalista, es igual mientras nos refiramos a lo mismo. Ni demasiada, ni muy poca intervención gubernamental. Ambos extremos llevan a los países a situaciones de desigualdad económica y social, con una carga enorme de problemas que llegan después, provocando crisis de todo tipo. 

No hay que olvidar que la realidad es mucho más compleja e incluye factores de todo tipo, no solamente económicos. Para que una política socialista sea exitosa, el país en el que se implemente debe de tener un gobierno funcional y un estado de derecho fuerte, además de que la cultura y costumbres del país también deben ser afines a este tipo de estructuras, condiciones que de ninguna manera se cumplen en México. Querer implementar medidas socialistas efectivas con el país como está, sería, en mi opinión, completamente destructivo. Pero esos son temas que dan para muchos otros ensayos.

¿Capitalismo o socialismo?

EN BUSCA DE LA JUVENTUD PERDIDA: EL MITO Y EL CÓMIC

Por Javier Espino Martín

Desde adolescente he sentido una gran fascinación por los cómics de superhéroes. Que no piense nadie que ello se debe a la “opresión” del sistema capitalista que con su cultura de masas y consumista tenía a los pobres niños de mi generación sometidos a consignas ideológicas alienantes que buscan la supeditación del mundo libre a unos pocos opresores ricachones.

Aunque parece lo más evidente, no es por motivos de soflamas comunistoides por las que los niños,  (y digo niñ-o-s, y no “niños y niñas” porque ciertamente, las niñas no leían cómics de superhéroes), de mi generación sintieron una tremenda fascinación por los cómics; sino por otros motivos muy distintos que iré desarrollando en el presente escrito. 

Power of the atom.

Realmente, cuando era adolescente no me planteaba por qué me gustaban los cómics, cuál era su poder de atracción sobre mi psique. Hoy ya maduro, y con apenas pelo para cubrir mi sesera, le he dado muchas vueltas al asunto y después de varios análisis en forma de artículos y cursos de Educación Continua en la UNAM, he llegado a la conclusión de que el cómic de superhéroes despliega una “reinvención mítica” que se plasma a través de un lenguaje icónico-verbal, de gran significado artístico y metafórico.

Los superhéroes son la forma moderna de interpretar y presentar las antiguas divinidades y héroes paganos de las mitologías griegas, nórdicas, egipcias, etc.

Es innegable que el mito ha ejercido durante siglos una tremenda seducción y encanto entre los hombres de cualquier índole, y fue su atractivo tan poderoso que hasta la principal enemiga de los mitos paganos, la Iglesia Católica, después de una primera fase de persecución, acabó por integrarlos en su imaginario religioso, iconográfico y teológico. Con ello, llegó a esa explosión místico-sensorial del arte barroco en que sus principales promotores, los jesuitas, desarrollaron, en torno a la mitología, toda una educación moralista anti-protestante. 

Estatua de Zeus de Esmirna. Louvre.

Pero volvamos a los superhéroes, ¿por qué son míticos? ¿qué elementos los emparentan con el mito? Podríamos tipificar varios factores para ello:

  1. Los poderes sobrenaturales que muestran su superioridad frente a los humanos.
  2. El camuflaje o doble identidad que les permite moverse sin ser reconocidos en la sociedad de los hombres.
  3. La alegorización que representa conceptos abstractos ya sean de carácter natural, ya de carácter espiritual.
  4. Su colorido, plasticidad, y poder para formar y recrear figuras y escenas impactantes en nuestra imaginatio y en nuestra phantasia.

Estos cuatros aspectos básicos que se desarrollan en distintas vertientes son los motivos principales por los que encontramos una conexión entre los relatos y personajes míticos, y los superhéroes y narraciones superheroicas. 

Aunque pudiera tener algunos precedentes, el fenómeno del superhéroe nace en 1938, de la mano de Jerry Siegel y Joe Shuster, con el personaje de Superman en el primer número de “Action Cómics”. Se trata de un héroe que, inicialmente, se enmarca en el formato de revistas pulp y tiene sus principales antecedentes en los personajes que se desenvuelven en las Detective stories.

No es Superman un producto directo de la temática ni de las revistas de ciencia ficción o fantasía; sino de sus hermanas las revistas de temática policíaca. Superman era una especie de detective forzudo (como aquellos “hércules” de circo que tanta divulgación tuvieron durante aquella época), que se dedicaba a “desfazer entuertos”, y  que derrotaba a gangsters y delincuentes, gracias a la fuerza de sus músculos de descomunal potencia, y a su capacidad acrobática de pegar saltos monumentales. 

Detective Comics. Portada 1939.

Pronto Superman se “mitologizó”, y las claves que le llevaron a ello se centran, en especial, en sus poderes, su traje vistoso y su doble identidad. Poco a poco se le fue viendo no como un hombre normal sino como un ser extraordinario: Una nueva divinidad pagana, que procedía del Olimpo propio del “horizonte de expectativas”(1) de la décadas de entre los 40 y 70 del siglo XX. Superman pertenece al horizonte del mundo espacial y extraterrestre. Y concretamente al planeta llamado Krypton, a muchas galaxias de distancia de nuestra Vía Láctea.  

Superman implicó el inicio de todo un mundo superheroico en que, prácticamente casi todos los héroes se emparentaban con los detectives y los ladrones de guante blanco de las citadas Detective stories: Los Batman, Hourman, Dr. Mid-Nite, Atom, Sandman, de aquella época eran detectives disfrazados. De hecho, el principal título de la colección en que, precisamente debutó Batman, y también “la casa” de otros de los superhéroes citados era Detective Cómics, de donde proceden las siglas de DC).

Adventure Comics. Superman.

Sólo el Dr. Fate o The Spectre mostraban un origen mixto al conjugar la magia arcana o el terror con los relatos de policías y ladrones. Aunque su origen explícito o denotativo eran las historias de bandas de maleantes callejeros, no obstante, en sus poderes extraordinarios, sus atuendos coloridos y sus dobles personalidades radicaba, en forma de “correlatos intencionales”, su posterior mitologización hacia una progresiva conversión en los nuevos dioses paganos de la modernidad, de ese capitalismo liberal tan denostado por la izquierda comunista. No en vano, ciertamente, estos héroes fueron empleados para plantar cara “cultural” al comunismo en plena Guerra Fría. Por ellos se llegó a conjugar el origen espacial de algunos con una posible invasión de los soviéticos, que, a modo de malévolos y taimados “extraterrestres”, vienen a invadir el mundo libre y democrático del mundo occidental. 

Son los superhéroes representantes de la democracia y del capitalismo liberal, sin ninguna duda y, en cierto modo, durante los años 40 y 50 sirvieron de propaganda para el american way of life. A diferencia de los antiguos héroes mitológicos, adalides de la elites guerreras, los superhéroes norteamericanos son iconos y símbolos de las clases medias que ascendieron con el capitalismo consumista del siglo XX. No obstante, a pesar de un cierto uso político e ideológico, es innegable que en ellos estaba un poder evocador, heroico, plástico y fascinador que les emparentaba con los antiguos héroes y dioses mitológicos. Poco a poco esos héroes-detectives, esos héroes-propaganda se volvieron dioses, semidioses y héroes de tragedia griega. Progresivamente, Superman se volvió un Zeus o un Apolo extraterrestre, Wonder Woman, una nueva y feminista Atenea, o Flash, un Mercurio de estética Pop. Quizás por su antigüedad y porque tuvieron más años para desarrollarse son los superhéroes de la DC Cómics los que absorbieron y asimilaron antes el espíritu paganizante de las mitologías de la Antigüedad, y se metamorfosearon en una suerte de rejuvenecimiento liberal-capitalista de aquellos evocadores “dioses olvidados”.

Liga de la justicia. Portada 1989.

Los héroes de la Marvel, su principal competidora, tardaron más en ese proceso, aunque, finalmente, lo lograron igual. Nacen los héroes de la Marvel con una impronta de competitividad con la DC. De modo muy sagaz, Stan Lee supo que el inicio del fracaso en un sistema de competencias es imitar al contrario sin aportar una marca o criterios de novedad. Por eso mismo, como buen editor que manejaba exquisitamente el marketing, lanza sus “héroes callejeros”: una suerte de hombres con problemas que, de forma azarosa, han ido adquiriendo sus poderes, lo cual no les ha quitado sus problemas cotidianos, sino que, al contrario, los han agravado enormemente. Unos héroes más cristianos que paganos. Les mueve, a pesar de sus preocupaciones personales, la “caridad” por el prójimo. Son hombres y mujeres “empoderados” que se entregan al mundo. Alejados de los perfectos, místicos, e idealizados héroes de la DC, los héroes de la Marvel se mueven por las calles o los rascacielos de Manhattan. Son problemáticos, irascibles, y pródigos en tormentos interiores. Ese es el inicio de Spiderman, Daredevil, Hulk o Los Cuatro Fantásticos

Hulk. Portada 1979.

Pero, ¿acaso estos héroes callejeros estaban alejados de la “mitologización”? Poco a poco, al igual que los de DC, sus semillas paganas irán desarrollándose hasta alcanzar su plenitud y potencialidad mítico-poética. De este modo, los primeros héroes de la nueva Marvel que fueron Los Cuatro Fantásticos son alegorías de los cuatro elementos empedócleos, que se identifican, no sólo en materia, sino en espíritu, con el agua-el hombre elástico, el aire-la chica invisible, el fuego-la antorcha y la tierra-la mole. De hecho, sus personalidades se alegorizan con cada elemento, así pues, Reed Richards tiene una mente flexible, sagaz e ingeniosa como el correoso y líquido elemento, Susan Storm su esposa, se muestra tierna y comprensiva como el soplo de una suave y sutil brisa, Johnny Storm, ardiente y pasional como el fuego devorador y expansivo, y Ben Grimm, iracundo pero noble como la rugosa y sólida tierra. 

Pero si Los Cuatro Fantásticos son alegorías, otros personajes de la Marvel no dejan de presentar sus semillas míticas como la capacidad totémica de Spiderman y sus enemigos (todos ellos tótems de animales como el escorpión, el pulpo, la mosca, etc), o la alegoría antitética de Daredevil, un cristiano católico que se viste de diablo para llevar el bien en las oscuras noches de la Cocina del “Infierno”; el Capitán América es un Hércules de la libertad y los valores democráticos estadounidenses. Y será justo en la Marvel donde ya se presente a las claras la figura de un dios real hecho superhéroe, como Thor, el asgardiano dios del trueno y de la lluvia, o el semidiós griego Hércules, su amigo y compañero que, a modo de Sancho acompaña al propio Thor-Quijote, en diversas aventuras, lo que supone el contrapunto bonachón y gracioso del solemne y presuntuoso hijo de Odín. Si, en una suerte de hipotexto icónico,  la DC encubre metonímicamente a los dioses de la Antigüedad, la Marvel los exterioriza sin pudor y, con ello, “superheroiza” la mitología clásica. 

Portada 1943.

Permítaseme a estas alturas una cita erudita de W.J. Schelling, uno de los filósofos románticos que mejor interpretó los dioses paganos:

30. La ley determinante de toda forma de los dioses es, por un lado, pura limitación y, por otro, el carácter absoluto indiviso. Pues ellos son las ideas intuidas realmente. Pero las cosas particulares no son en las ideas, sino que están verdadera o absolutamente divididas y sin ser verdaderamente uno, a saber, igualmente absolutas. Por consiguiente, la ley determinante del mundo de los dioses es también, de un lado, la separación o limitación y, de otro, el propio carácter absoluto.

Schelling, “Filosofía del arte”, p. 174.

Aquellos dioses de la Antigüedad se mueven entre la alegoría y el evemerismo(2), perfilan y delimitan el “infinito” de una realidad natural espiritualizada, y moralizada con los valores de la virtud, coraje, u honestidad; transfiguran el horizonte de expectativas mental y material de la época grecorromana; del mismo modo,  en los dioses superheroicos se encierra, se limita y se enmarca el “absoluto” de la realidad contemporánea: la sociedad capitalista, urbana, democrática, industrial, consumista, de la segunda mitad del siglo XX, con su valores éticos de la libertad, la ambición, el interés y la diligencia del trabajo. Valores clásicos grecorromanos frente a valores cristianos de corte calvinista. 

Adventure Comics. Portada 1939.

Los cómics de superhéroes no son infantiles, son adolescentes o pre-adolescentes, a lo sumo. De hecho, yo me apasioné con ellos a los once, doce y trece años. Y ello es porque la “moral mitémica” que los insufla resalta valores de un pathos idealizado basado en el dinamismo y la pureza de la eticidad juvenil: valentía, honor y libertad son códigos juveniles, no infantiles. Cuando entré en la universidad dejé los cómics. Quizás era el abandono de mi infancia y mi adolescencia, la que dejaba atrás, y con ellas, sus símbolos, los superhéroes, con los que me recreaba y me escapaba a mundos idealizados y maravillosos. La universidad supuso la vida real, la fase del esfuerzo para entrar al mundo adulto. Es como cuando el mito, sea pagano sea debidamente cristianizado, dio paso al racionalismo francés y al empirismo inglés que trajo una cruda realidad a la mente humana.

El hombre increíble.

Los mitos fueron denostados en la segunda mitad del XVII y prácticamente todo el XVIII por criterios cartesianos y sensistas. Los seguidores de Descartes, los Bacon, los Hume, los Voltaire y la propia Enciclopedia, o bien arremetieron contra ellos para presentarlos como fábulas y fantasías de una etapa primitiva del ser humano, o bien, “desmitologizándolos”, los utilizaron como herramientas para remarcar la racionalidad y experimentación de la ciencia.

De ese modo, yo me volví un racionalista radical, traumado por el mundo real de los estudios superiores. Y resulta paradójico, ya que estudié Filología Clásica, así que ese contacto con la mitología desde mis estudios podría haberme acercado a los superhéroes de nuevo, pero, ciertamente, no era consciente de ello y mi único objetivo era aprender y terminar las etapas de la carrera universitaria. De todas maneras, con todo el análisis exhaustivo que queramos hacer en la relación del superhéroe con el cómic, su verdadera unión surge de una conexión del espíritu con una suerte de reflexión intuitiva. 

Cuando termine la universidad y ya me instalé en el mundo laboral, de una forma u otra, me volvieron las ganas de leer cómics de superhéroes y, curiosamente, con una fuerza ascendente como nunca había visto. No se puede negar que en todo esto hay mucho de espíritu proustiano, quería recuperar mi propio olor y sabor de la magdalena, en las hojas de color sepia y en las imágenes coloridas de los superhéroes. Pero, cuando ese efecto proustiano fue pasando, dio paso a una etapa de profundización e interiorización de los motivos de por qué leía los cómics de superhéroes y, sin que la pasión nostálgica y sugestiva por aquellas figuras vistosas y majestuosas disminuyera, se le unió un afán crítico de estudiar el fenómeno superheroico en correspondencia con las teorías de la recepción y del evemerismo que ahora mismo sigo llevando a cabo.  De igual forma que me sucedió a mí, ocurrió con el propio mito, cuando la ola racionalizadora y empirista del siglo XVIII pasó, y llegó el XIX con su estética romántica y decadentista, que revigorizó y revitalizó el espiritualismo de los mitos paganos. Posteriormente, el siglo XX reutilizó el paganismo romántico, entremezclándolo con el racionalismo de las distintas ciencias, exactas y humanas. 

“En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Editorial Aliaza.

Las figuras mitémicas de los superhéroes, a modo de iconos paganizantes, se entremezclan con los inventos de la fisión nuclear (Superman), la física cuántica (The Atom), la química y la electricidad (Flash), la radiactividad (Spiderman, Hulk). Actualmente, el cómic superheroico se reconoce a sí mismo como un género mítico-lógico (mithoslogos), y acrecienta y exterioriza más que nunca su marco poético pagano a la vez que interioriza el cientificismo y la tecnologización vigentes. Con ellos, no podemos obviar que se está produciendo un fenómeno preocupante de “corrección política” en los superhéroes, de quererlos convertir en iconos de ideología de género, defensores de las minorías étnicas, o de los colectivos LGBTI, lo cual acabaría con su espíritu clasicista basados en la virtus homérica y la honorabilidad caballeresca. Por eso mismo, lectores de mi generación abandonan, más a menudo, los nuevos cómics por recuperar los clásicos, aunado al factor proustiano que siempre está presente.

Hay un cierto hegelianismo en todo esto, una “tesis” mitológica que se contrapone a una “antítesis” racionalista y a su vez a una “síntesis” romántica para dar pie a una nueva “tesis” que aúna el mito en una nueva forma de héroe mítico: el superhéroe, que conjuga todas las etapas anteriores de paganismo, racionalismo, y romanticismo. Igualmente, me encuentro yo en mi relación con el comic superheroico: una adolescencia paganizante con una juventud universitaria profundamente racionalista, una pre-madurez romántica que anhela recuperar los mitemas superheroicos y, por último, una madurez analítico-sentimental que conjuga mi pasión proustiana por los superhéroes con su estudio argumentativo y científico. 

Daredevil. Portada 1982.

Actualmente, el cómic de superhéroes regresa con fuerza en formatos como el cine, u otros medios audiovisuales como teleseries o videojuegos. La humanidad está cansada de su propia commoditas, y de alguna manera, se está neopaganizando, ya que ha perdido trascendencia religiosa y percibe que esos héroes guardan aquellos antiguos valores clásicos que, aunque perdidos, los desearía recuperar. “El superhéroe-dios olvidado” recrea y refuerza un ethos que fue, que ya no es, y que no sabemos si será…; ya no tengo muchas esperanzas de recuperar aquellos valores mítico-superheroicos; al menos, me queda, cada vez que leo cómics antiguos, que siento, durante unos instantes, el sabor evocador de una juventud perdida que ya no volverá, pero que la fascinación mito-poética de los superhéroes congela en una eternidad ficticia pero hermosa.  

(1) Este concepto junto con el de “correlatos intencionales” procede de las teorías de la Estética de la Recepción de Hans Robert Jauss y Wolfgang Iser (recomiendo consultar estos autores en las entradas, en las que yo mismo he contribuido, del Diccionario Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica, obra colectiva, coordinada por Fco García Jurado, Madrid, Guillermo Escolar, 2021).

(2)  El “evemerismo” es un concepto hermenéutico que procede de Hierá Anagrafé, la obra perdida del autor griego Evémero de Mesene (s. IV. a.C.), donde supone que los dioses fueron, en realidad, antiguos hombres caracterizados por notables y destacados actos (enérgetai) e inventos (heurétai), que el olvido los acabó divinizando. El evemerismo fue una potencial herramienta de interpretación de la mitología pagana en manos cristianas, racionalistas y empiristas. A partir del siglo XIX cambia de orientación y con la estética romántica y decadentista gira su enfoque y muestra que los dioses se camuflan entre hombres corrientes. Ese será, en buena medida, el marco en el que se moverán las dobles identidades de los superhéroes norteamericanos (véase mi entrada de “evemerismo” en el citado Diccionario Hispánico de la Tradición y Recepción Clásica).

MDNMDN