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Genio Femenino

Genio Femenino

Por Mary Jo Anderson

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“[H]a llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia,
un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora.
Por eso, en este momento en que la humanidad
conoce una transformación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.

Mensaje de clausura del Concilio Vaticano II

Los críticos de la Iglesia Católica frecuentemente se burlan de la insistencia de la Iglesia en que las mujeres tienen dones únicos para la Iglesia y el mundo.  De hecho, las exhortaciones del Papa Juan Pablo II a las mujeres, para que empleen su “genio femenino” para construir una cultura de la vida, a menudo se enfrentan con posturas inconformes dentro y fuera de la Iglesia.  El mantra trillado es que “hasta que las mujeres sean ordenadas al sacerdocio, la Iglesia es culpable de discriminación”.

¿Cómo deberían responder los católicos a estas acusaciones? ¿Cómo pueden las mujeres católicas comunicar las verdades más profundas del “efecto y poder” de la vocación femenina?

Una respuesta rápida es que es ilógico pensar que la Iglesia confiaría la enorme misión de “ayudar a que la humanidad no decaiga” a ciudadanos de segunda.  De hecho, la Iglesia ha llamado a las mujeres a ser el arma secreta del siglo XXI.  Ella necesita y busca con urgencia la participación particular y activa de sus hijas.

El poder innato del genio femenino se pone de manifiesto sólo cuando la vocación de la mujer se capta adecuadamente.  La Iglesia reconoce que la cultura de la muerte tiene éxito allí donde las mujeres abdican de su vocación única;  por tanto, llama a las mujeres a recuperar la plenitud de su vocación, la plenitud necesaria para “ayudar a la humanidad a no caer”.

Esta plenitud de la vocación femenina hace falta en el debate sobre “compartir el poder” en la Iglesia y la insistencia en la ordenación de mujeres, porque la plenitud de la experiencia humana sólo puede realizarse cuando los dones inherentes a cada género están ordenados el uno al otro.  Esta es la “verdad conocida, pero olvidada” que ha resultado espinosa para quienes critican a la Iglesia.

Dignidad y Vocación

La frase “genio femenino” se atribuye a Juan Pablo II, pero el concepto se esboza en algunas exhortaciones del Papa Pío XII, en particular a la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (1957).  El Concilio Vaticano II profundizó aun más en la actualidad de las contribuciones definitivamente femeninas a la sociedad. Sin embargo, el resumen más completo del significado de la feminidad a la luz de esta “hora” de la historia es Mulieris Dignitatem (Sobre la dignidad y la vocación de la mujer).  Promulgada por Juan Pablo II en la fiesta de la Asunción en el año mariano de 1988, Mulieris es una reflexión sobre la fuerza espiritual y moral de la mujer.  El Papa reflexionó más sobre el tema en su Carta a las mujeres de 1995, que abordó el desafío del feminismo contemporáneo y ofreció una advertencia sobre las formas de ideología feminista que son más destructivas que constructivas.

Está claro que la Iglesia ve una importancia extraordinaria en los atributos femeninos y su potencial para construir una cultura de la vida, y Mulieris ofrece a las mujeres formas prácticas de aplicar su genio femenino al mundo que las rodea.  Cuatro aspectos de esa genialidad son claves en el plan de batalla femenino para “ayudar a la humanidad a no decaer”: receptividad, sensibilidad, generosidad y maternidad.

Foto: Robin Thakur

Receptividad

Fue una mujer, la Santísima Virgen María, quien primero recibió al Hijo de Dios. La esencia del fiat de María es la receptividad femenina sin mancha del pecado original.  En la Anunciación, el cielo invita –no obliga– a María a recibir al Dios-hecho-Hombre.  Como María, todas las mujeres están llamadas a ser un “genio” de la receptividad –biológica, emocional y espiritualmente.  Los cuerpos de las mujeres están creados para recibir nueva vida, pero para ser completamente femeninas, los corazones y espíritus de las mujeres también deben ser receptivos.

La naturaleza receptiva de las mujeres es primordial para comprender el genio femenino.  La naturaleza de los hombres es generativa: los hombres están llamados a dar su vida –incluso hasta la muerte– por la defensa y protección de la mujer. Pero la naturaleza y los dones de los hombres son sólo la mitad del diseño de Dios para la humanidad.  El don de sí mismo del hombre y su forma masculina de relacionarse con el mundo se atrofian y son estériles cuando no puede entenderse a sí mismo en relación con la mujer, tanto física como espiritualmente.

En el Génesis, Adán carece de una pareja adecuada hasta que Dios crea a Eva.  Ella es como él en su humanidad pero hermosamente diferente en su modo de ser específicamente femenino.  Asimismo, ella está completa –es plenamente femenina–sólo en relación con la dimensión masculina del ser humano. Por lo tanto, los atributos masculinos y femeninos sólo pueden entenderse en relación el uno con el otro.

Así, vemos que Dios confió el futuro de la humanidad a la mujer y su capacidad de amar sacrificialmente y que la dignidad de cada mujer es completa cuando ama a la humanidad en su calidad de imagen de Dios.  En Mulieris, Juan Pablo II escribe sobre las “cualidades femeninas” de Dios que se encuentran de manera más prominente en el Antiguo Testamento (por ejemplo, “Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré” [Isaías 66:13]). Cuando la mujer trabaja desde su natural naturaleza receptiva, ella se realiza personalmente y la comunidad que la rodea es bendecida por el aspecto femenino de la experiencia humana.

 Cuando las mujeres están abiertas a recibir la vida, el mundo vuelve a florecer.

La receptividad es la base de todos los demás atributos femeninos. La mujer encuentra en cada vida algo irrepetible, algo maravilloso.  El don de sí para la mujer es un don de vida para toda la humanidad.  Cuando las mujeres trabajan de acuerdo con el principio de receptividad, fomentan políticas pro-vida y pro-familia en el lugar de trabajo y en la cultura.

Foto: Kishore Singh

Sensibilidad

La naturaleza receptiva de una mujer está en el corazón de su sensibilidad. Tener la capacidad de acoger la vida dentro de su propio cuerpo la hace estar siempre alerta a la vida interior de los demás. Antes de que el mundo conozca a este nuevo ser, ella es sensible a sus necesidades y tiene esperanzas para su futuro.

Mucha gente ve la sensibilidad como una debilidad, sin darse cuenta de que en realidad es una fortaleza, un don que tiene la mujer para ver más allá del exterior y mirar en las necesidades más profundas del corazón, sin separar nunca la persona interior de su aportación exterior.

Esta sensibilidad hacia los demás puede emplearse en el ámbito público y tener una influencia incalculable en las políticas públicas. Cuando una adolescente católica enfrentó los dictados de moda de una gran tienda departamental, la tienda escuchó su exigencia por ropa de moda que también fuera modesta. Cuando las enfermeras hablaron a favor de aumentar la nutrición de los pacientes que no respondían en los hospitales, las políticas de los hospitales cambiaron. En un número significativo de estos casos “sin ninguna esperanza”, esta mayor atención devolvió la salud a los pacientes.

Cuando las mujeres cabildean por un trato más humano de los reclusos, se modifican las leyes. Cuando las mujeres luchan contra los ataques de la industria del sexo a los valores de la comunidad, las leyes de zonificación cambian. Cuando las mujeres luchan contra los daños que ocasiona la pornografía hacia la persona humana, las políticas públicas siguen su ejemplo. (Muchas mujeres han sido engañadas con la idea de que el “trabajo sexual” debería ser legal para que una mujer pueda “elegir” degradarse a sí misma.

La Iglesia se rehúsa a permitir que las mujeres sean oprimidas de esta manera, por “legal” que sea. Nada podría ser más insensible a la persona humana que reducir los cuerpos de las personas a una mercancía para ser vendida. Si las mujeres no usan su sensibilidad para oponerse a esto, un nuevo “Mundo feliz” de canibalismo clínico se cierne ante nosotros: úteros de alquiler, órganos humanos en venta, seres humanos clonados a los que se les quitan partes como a un coche viejo.) La Iglesia insta a las mujeres a ejercitar su sensibilidad para recuperar la conciencia de la humanidad de cada persona.

Las mujeres pueden mostrar a la sociedad, tanto pública como privada, cómo ser abiertas, receptivas y sensibles a las necesidades humanas más profundas.

Foto: Charan Sai

 Generosidad

La capacidad de generosidad de una mujer está íntimamente ligada a su naturaleza receptiva. La generosidad hace que una mujer esté disponible para las necesidades de su comunidad y de su profesión, necesidades que van mucho más allá de la eficiencia operativa.

El primer acto de generosidad es acoger una nueva vida, y en esto María es nuestro mejor ejemplo. Pero los Evangelios están repletos de relatos de mujeres generosas. Por ejemplo, la historia de la ofrenda de las dos moneditas que depositó la viuda recuerda a las mujeres contemporáneas que el tamaño de nuestra ofrenda es menos importante que la orientación de nuestro corazón. Y la mujer que ungió a Jesús con el perfume precioso nos enseña a reconocer el valor humano por encima del valor material.

La generosa hospitalidad de Marta y María tiene un atractivo universal para todos los que anhelan la calidez de la comunión humana. Los críticos que confunden su generoso servicio con servidumbre no entienden el punto: Jesús muestra un gran interés en la vida de las mujeres y su entorno, y las invita a participar en su obra. Su deseo de comunión humana es satisfecho no sólo por los apóstoles sino también por mujeres como Marta y María. Esto se demuestra en su profundo intercambio espiritual e intelectual con Marta (Juan 11:21-27). Jesús confió en los corazones generosos de las mujeres su propia necesidad humana de hospitalidad, apoyo y comprensión de su misión.

La Iglesia percibe el grave peligro de la propaganda que seduce a las mujeres para alejarlas de su naturaleza inherentemente generosa y sostiene que todos los niveles de interacción humana se benefician de la influencia de las mujeres como mujeres –es decir, de acuerdo con su auténtica naturaleza femenina. Esa generosidad natural, un arma contra el cientificismo deshumanizador, se manifiesta cuando las mujeres enfatizan las dimensiones sociales y éticas para equilibrar los logros científicos y tecnológicos de la humanidad (ver Carta a las Mujeres 9).

Foto: Mario Cuadros.

Maternidad

El misterio de la maternidad no se puede agotar ni capturar con palabras, pero ha sido descartado por algunas mujeres que creen erróneamente que la igualdad se logrará borrando las diferencias entre hombres y mujeres. Algunas querrían que las mujeres emularan los rasgos masculinos para lograr la igualdad, pero el triste resultado de ese enfoque ha sido una disminución de los auténticos aspectos femeninos de la familia humana.

Juan Pablo II escribe que la mujer ejerce “una maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la personas y en el futuro de la sociedad” (Carta a las Mujeres 9). También destaca la maternidad, biológica y espiritual: “La mujer es más capaz […] de dirigir su atención hacia la persona concreta” (Mulieris Dignitatem 18).  Este rasgo singular –que la prepara para la maternidad, no sólo física, sino también afectiva y espiritualmente– es inherente al designio de Dios, que confió el ser humano a la mujer de manera muy especial (cf. ibíd., 30).

Juan Pablo II entiende que es esta orientación maternal la que construye comunidades cohesionadas y que afirman la vida.  Es la influencia materna la que promueve la unidad dentro de las familias y es la génesis de la paz en toda la familia humana.

Mary Ann Glendon –esposa, madre y profesora de derecho en la Universidad de Harvard– recordó a las mujeres que:

Vamos a pedir una transformación cultural. Brindar cuidados, lo cual merece todo el respeto, es una de las formas más importantes del trabajo humano [y también resulta fundamental] la reestructuración del mundo del trabajo de tal manera que la seguridad y el progreso de las mujeres no tengan que ser a expensas de la vida familiar.

Catholic.org
Foto: Cliff Booth.

 El tiempo es ahora

La Iglesia ha puesto un enorme énfasis en el papel de la mujer en esta hora de la historia.  La cultura de la vida simplemente no se puede construir sin la influencia de las mujeres.  Afortunadamente, la esperanza en las mujeres como agentes de esta restauración está bien fundamentada en un hecho demográfico clave: las mujeres, como nunca antes en la historia, ocupan posiciones cruciales en la plaza pública. Los avances que las mujeres han logrado profesional y culturalmente las colocan a ellas y a su “genio femenino” en el epicentro del cambio social. Las mujeres pueden abrir nuevas perspectivas para la cultura de la vida desde sus lugares de autoridad y poder de en una sociedad que valora los derechos de las mujeres. Por supuesto, solo las mujeres con una formación y una comprensión de su genio femenino podrán lograr esos cambios.

El Papa Juan Pablo II escribe que “la mujer tiene un genio propio, que es vitalmente esencial tanto para la sociedad como para la Iglesia”.  Así, “han de considerarse profundamente injustas, no sólo con respecto a las mismas mujeres, sino también con respecto a la sociedad entera, las situaciones en las que se impide a las mujeres desarrollar todas sus potencialidades y ofrecer la riqueza de sus dones.” (Mensaje del Ángelus del 23 de julio de 1995).

En última instancia, el genio femenino se centra en el acto redentor de Jesucristo. Alice von Hildebrand comentó que “cuando la piedad se extingue en las mujeres, la sociedad se ve amenazada en su tejido mismo, ya que la relación de una mujer con lo sagrado mantiene a la Iglesia y a la sociedad en equilibrio, y cuando se rompe este vínculo, ambas se ven amenazadas por una total caos moral”. (First Things, abril 2003, 37)

Las mujeres que deseen tomar su lugar en esta guerra por la vida deben anclar sus esfuerzos en la Eucaristía, que “expresa el acto redentor de Cristo” (Mulieris Dignitatem 26). Son las mujeres, unidas a Cristo eucarísticamente, las que tienen el poder y la perseverancia para extender esa redención a la sociedad en su forma única y femenina.


Mary Jo Anderson es editora colaboradora de Crisis y forma parte del consejo editorial de Voices (la revista de Women for Faith and Family).  Vive con su esposo en Orlando, Florida.


Traducción: Irene González Hernández. Este artículo apareció en Catholic Answers, Inc. en Agosto 2005. Agradecemos la autorización de Mary Jo Anderson y Catholic Answers para traducir y publicar este artículo.

La dignidad del cuerpo sexuado: asimetría, igualdad y justicia reproductiva real

La dignidad del cuerpo sexuado: asimetría, igualdad y justicia reproductiva real

Por Leah Libresco
Introducción y traducción de Irene González Hernández

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Cada otoño el Centro de Nicola para la Ética y la Cultura de la Universidad de Notre Dame realiza su congreso anual. Su última edición se llevó a cabo del 11 al 13 de noviembre de 2021 y el tema del congreso fue “Te he llamado por tu nombre: Dignidad Humana en un mundo secular”. Este coloquio interdisciplinario abordó el tema de la dignidad humana desde distintas perspectivas y disciplinas (filosofía, teología, literatura, medicina, ética, etc.) con más de 100 presentaciones y conferencias magistrales de profesores de la talla de Mary Ann Glendon (Harvard Law School) y Alasdair MacIntyre (Notre Dame University).

Uno de los paneles más interesantes y divertidos fue el de “La dignidad del cuerpo sexuado: asimetría, igualdad y justicia reproductiva real” con tres mujeres extraordinarias: Ericka Bachiochi, Abigail Favale y Leah Libresco. 

Leah Libresco, quien fuera una conocida bloguera atea alumna de Yale, se convirtió en 2012 al catolicismo. Actualmente es escritora freelance y cubre temas sobre religión, estadísticas y teatro. Ha escrito textos para First Things y es autora de Arriving at Amen, un libro que cuenta la historia de cómo aprendió a rezar y Building the Benedict Option sobre cómo crear comunidades cristianas sólidas. Actualmente trabaja en la atención de Laicos con estudiantes de Princeton. También tiene un proyecto de substack que se llama Other Feminisms basado en la dignidad de la interdependencia. Es esposa y madre de dos hijos.

A continuación traducimos su exposición en el Congreso de Otoño de Notre Dame.

Leah Libresco en el congreso de Notre Dame.

Discurso de Leah Libresco 

Una verdad fundamental que las feministas mainstream sí captan, que es muy valiosa y es un buen punto de partida para involucrarse con el resto de la cultura es que “las mujeres son iguales en dignidad a los hombres y [desgraciadamente] navegamos en un mundo construido bajo la idea de que los hombres son la persona default esperada”. Y eso pone importantes obstáculos a la participación de las mujeres como ciudadanas, amigas, familiares y en todos los ámbitos de la vida humana. Pero esas trabas no siempre están motivadas por la animadversión. A veces están motivadas por la negligencia, a veces están motivadas por la ignorancia. ¿En quién se piensa cuando se está diseñando una herramienta? No se piensa en el espectro completo de la experiencia humana.

Algunas personas, al igual que un niño pequeño, experimentan que el mundo tiene el tamaño y la forma incorrectos para interactuar con él. Pero tenemos la expectativa de que para un niño esta es una etapa temporal. Con el tiempo, crecerán y se convertirán en “nativos” del mundo construido y podrán navegarlo cómodamente. Para muchas mujeres en muchos ámbitos, ese momento nunca llega. Es común encontrar herramientas, incluso herramientas tan cotidianas como los teléfonos inteligentes, que no se diseñan teniendo en cuenta las proporciones femeninas: teléfonos excesivamente grandes que las mujeres no pueden sostener y que no pueden guardar en los inexistentes bolsillos de su ropa.

Estos son de los ejemplos más divertidos, pero vivir en un mundo que no se construye teniendo a las mujeres en mente, que no considera ni contempla una gama completa de humanos, no es sólo un inconveniente o algo a lo que simplemente le podamos dar la vuelta; puede ser peligroso.

Uno de los ejemplos más notables de lo peligroso que puede ser este olvido, es el hecho de que las mujeres a menudo corren un mayor riesgo en accidentes automovilísticos. Y la razón es que las mujeres tienen las piernas más cortas que los hombres, en promedio. Eso implica que para alcanzar los pedales en el automóvil las mujeres a menudo están más cerca del volante que un conductor masculino, lo que significa que están colocadas más cerca de la “bolsa de aire”, que está calibrada a la distancia que un conductor masculino se sienta. Por ello la bolsa de aira al ser expulsada golpea a una mujer con más fuerza.

La consecuencia de esta falla es una mayor tasa de muertes de mujeres por accidentes de coche. Especialmente porque, en su mayor parte, la seguridad de los automóviles se prueba utilizando maniquíes con proporciones y pesos masculinos, por lo que los peligros particulares para las mujeres no se toman en cuenta en los cálculos de riesgo reales.

Cuando se les presenta este problema a los fabricantes de automóviles, la respuesta es ambigua; hay una cita que quisiera decir textualmente de un fabricante: comprende que esto es un problema, pero realmente desearía que las mujeres se responsabilizaran de ser el problema, esencialmente. Él dice que “biológicamente, las mujeres son un poco más débiles y las mujeres sentadas más cerca del volante pueden ser un problema.

Hay una diferencia entre hombres y mujeres, lo reconozco, y reconozco que esto puede ser difícil de aceptar para las mujeres. Pero este no es un problema fácil de resolver. Se podría decir lo mismo de las personas mayores, porque tampoco son “normales”: La población que envejece también es más vulnerable que el conductor promedio debido a la debilidad de sus huesos y la masa y el tono muscular”. ¡Y ese es su comentario! Las mujeres no cumplen las condiones para ser conductoras, para ser personas; el problema es de las mujeres, no de la ingeniería, y noes un problema el ingeniero deba resolver per sé

¿Quizás las mujeres y los ancianos deberían considerar ponerse una armadura o ropa acolchonada? El fabricante no piensa en cuál es la solución ¿Se puede esperar que este señor diseñe automóviles que funcionen para mujeres o ancianos o personas con capacidades especiales?

Consideremos también que cada vez que empezamos a reducir nuestra definición de quién es un ser humano, encontramos que muchas personas quedan fuera. Las mujeres son uno de los grupos más grandes habitualmente excluidos. Y sucede en todos los ámbitos que excluyen a la mujer, que esta exclusión va acompañada de la marginación de ancianos, personas discapacitadas y niños.

La causa de tales exclusiones esa una concepción muy estrecha de quién es normal. Quienes respaldan esta concepcíon a veces se preguntan con la mejor de las intenciones: “¿Cómo podemos ayudar a todas estas extrañas-mujeres-personas a superar el hecho de que son hombres deficientes?” Creo que esta es precisamente la trampa en la que a veces cae el feminismo –a veces con la mejor de las intenciones. Porque es difícil entender cómo enmendamos una cultura que no ve a las mujeres como iguales en dignidad, como si necesitaran ajustes “personalizados” –es gracioso, porque no decimos que los autos estén “personalizados” o adaptados para los hombres. Como si las mujeres no merecieran ciertos ajustes y adaptaciones para moverse cómodamente por el mundo.

Numerosas activistas feministas activas, que verdaderamente creen en la igualdad de dignidad de la mujer, tristemente se enfocan más bien en responder a la pregunta de “¿cómo puedo ayudar a las mujeres a hacerse pasar por mejores intentos de hombres para que puedan disfrutar de las libertades a las que sé que tienen derecho?”.

Otro ejemplo curioso. Una escritora descubrió que podía hacer que el sistema de navegación GPS de su automóvil reconociera mejor su voz si hablaba de manera exagerada con un tono de voz más grave, porque los diseñadores del sistema de navegación no habían probado el sistema de reconocmiento de voz del GPS con voces femeninas y la inteligencia artificial no estaba preparada para reconocerlas.

Esto es gracioso, pero no es tan diferente de muchos de los consejos que da Sheryl Sandberg en su libro Lean In, que trata sobre cómo navegar en el mundo corporativo construido alrededor de ciertas normas de conversación masculinas, algunas de las cuales son buenas, otras moralmente neutrales y otras un poco tóxicas. Dice Sandberg: “las mujeres tienen que aprender a dejar de disculparse o pedir permiso a otras personas para hacer cosas”. Y luego, si aprenden lo suficientemente bien cómo hacer el “equivalente conversacional” de hablar con voz fingida grave, entonces podrán mantener puestos de trabajo. Y ¿ no nos llena de entusiasmo eso? Podríamos decirle a nuestros autos a dónde ir y luego podríamos desarrollarnos en nuestra carrera profesional siempre que recordemos no decir “Esto es sólo una idea, pero quizá” o “Oh, lamento no haberme dado cuenta de que eso interfería con tu proyecto”. En lugar de estas expresiones amables tenemos que aprender a decir: : “¡No! ¡Me importa un bledo lo que pienses!  ¡Mi proyecto va por encima del tuyo y el tuyo lo voy a pisotear y destruir!”

Quizá parezca que estos “ajustes” son más fáciles de hacer que el ideal de diseñar un ámbito profesional incluyente y amigable para las mujeres. Sin embargo permanece la insatisfacción de pretender que dar cabida a las mujeres en el ámbito de negocios, implica adoptar una forma única de moverse en el mundo, una forma única de interactuar que ni siquiera va acorde con el carácte y la personalidad de mcuhos hombres. Esta visión pretende únicamente forzar a más mujeres y hombres a adaptarse a este modelo estrecho como camisa de fuerza…

En esta misma línea restrictiva la anticoncepción y el aborto son las “exigencias”, “imposiciones” y “arreglos” más peligrosos que se les pide a las mujeres que hagan para compensar el que no sean tan aptas como los hombres, como sería conveniente que fueran.

Muchas de quienes están a favor del “derecho a decidir” piensan que la resolución de Roe vs. Wade no fue una reivindicación del derehco a la privacidad, sino una reivindicación de igual protección ante la ley. Y su reclamo es que las mujeres no pueden tener la misma protección ante la ley, no pueden ser iguales como ciudadanas, sin pagar el precio de entrada a la sociedad, es decir: la capacidad de abandonar a alguien que es vulnerable y depende de ti.

Creo que en la descripción de esa realidad tienen razón, ese es el precio de entrada que le hemos puesto a la pertenencia a nuestra sociedad. El aborto es una exigencia injusta para las mujeres. No es la única exigencia injusta que hemos impuesto a las mujeres. Exigir que las mujeres vuelvan a trabajar o pierdan sus trabajos, días o incluso semanas después de dar a luz a un bebé, niega también no solo la dignidad de un niño, sino la misma realidad física de un niño.

Me gustaría encontrar más formas de animar a la gente a que se preocupe profundamente por la dignidad de las mujeres, que puedan darse cuenta de estas demandas injustas que se nos imponen una y otra vez, para que caigan en la cuenta de que el aborto es un ejemplo más de estas injusticias. Un ejemplo más en el que le decimos a una mujer: “el problema es que eres mujer; es tu responsabilidad encontrar la manera en que no tengamos que lidiar con esa realidad desagradable, y cualquier exigencia, cualquier sacrificio, cualquier cosa, el sufrimiento que tienes que causar para superar eso vale la pena, porque aquí no tenemos lugar para las mujeres”. Cuando no tenemos espacio para las mujeres, tampoco tenemos espacio para bebés y viceversa.

Generar un ambiente de acogida para mujeres y niños demanda un compromiso de nuestra parte para reconocer quiénes somos las mujeres y quiénes somos todos.

Dicho de llanamente: nuestro mundo facilita a los hombres vivir dentro de la mentira de que todos somos seres humanos autónomos. Algo que tampoco es cierto para los hombres. Y creo que cualquier hombre sabe que no es un ser autónomo y no necesita que se lo recordemos. Sin embargo en el presente nuestro mundo está un poco más dispuesto a aceptar las necesidades particulares que tienen los hombres o incluso a pedirles que hagan voluntariamente concesiones injustas; nuestra sociedad les ha pedido estas concesiones por tanto tiempo, que a los hombres ya no les parecen absurdas, a pesar de serlo.

En una discusión reciente sobre la licencia de paternidad de Pete Buttigieg, los ataques de detractores se enfocaban en negar que los padres cumplieran alguna función o tarea de cuidado de los hijos. Esto implica negar que el padre tenga obligaciones reales de atención al bebé, aunque obviamente no amamante al bebé. Es negar que existan obligaciones paternales no solo respecto a la esposa, sino directamente con el hijo. Obligaciones que requieren tiempo y espacio para cumplirse. Es negar también que la finalidad de tener un Estado sea garantizar que las personas tengan la libertad para poder cumplir con sus auténticos deberes.

Y sin embargo la forma en que reaccionamos frente a las obligaciones de las mujeres es diciéndoles que la condición que da lugar a esas obligaciones es un problema del que queremos liberarlas. Al igual que con el ingeniero automotriz, el problema fundamental es que las mujeres son demasiado vulnerables, demasiado cercanas. Y la pregunta es: ¿Dónde estamos estableciendo nuestro punto de referencia de cuán vulnerable es demasiado vulnerable; y de quién, o en el caso del automóvil, de qué estamos demasiado cerca?

Una de las cosas que me parecieron conmovedoras sobre el libro recientemente publicado de O. Carter Snead  “What it means to be human” es que articula la defensa de la dignidad de un bebé en el útero de una manera muy diferente al tipo de defensa que se esgrime más a menudo.

Por lo general, los argumentos que escucho en favor de los no nacidos afirman algo así como: “dado que el bebé es casi como la madre, y dado que ambos son muy cercanos, podemos suplir las carencias del bebé con las capacidades de la madre”. Este tipo de argumento es el que aparece en la película de Juno: “¡Tu bebé tiene uñas, como tú! ¡Son básicamente lo mismo!” Resulta sorprendente tal afirmación viniendo de quienes suelen repetir que el nonato no es más que “un montón de células”.

Parece entonces que entre posiciones encontradas pueden señalarse algunos puntos de coincidencia. Es cierto por otra parte que mi hija (en mi vientre) en este punto puede percibir la luz si sus ojos están abiertos; puede escucharnos también; pero aún está lejos de desarrollar capacidades auditivas y visuales equivalentes a las mías. Pero la dignidad de mi hija no aumentó ni disminuyo cuando desarrolló capacidades auditivas y visuales embrionarias.

Me parece sorprendente del libro de Snead, que no defiende la dignidad del nonato afirmando que “el bebé es básicamente como su madre adulta”; por el contrario, Snead afirma que “la madre es básicamente como el bebé”. ¿No suele ser un insulto comparar a alguien con un bebé? ¿No es infantilizante? Se considera un insulto poruque se asume que afirmar cualquier dependencia mutua de dos personas es denigrante. Snead sostiene que el bebé tiene una exigencia justa ante su madre y es vulnerable y requiere apoyo.

Como mujer embarazada pienso que tengo una exigencia justa hacia mi esposo. Los dos, en virtud de la necesidad creada por la vulnerabilidad de mi embarazo, tenemos una exigencia ante las personas que nos rodean. Y al igual que mi bebé “me exige” en cierta forma y con mucha razón muchas acciones y cuidados, que continue con el embarazo pero también: “aliméntate mejor; descansa más tiempo, haz una pausa en tus actividades”; de una manera análoga yo también tengo derecho a exigir ciertas cosas. El origen de ese derecho es mi vulnerabilidad y mis necesidades derivadas de mi condición de madre embarazada.

Rara vez he visto que la causa pro-vida recura a esta argumentación, que parte del reconocimiento de la debilidad, de la profunda vulnerabilidad y la incapacidad del niño. Y que defiende que esta condición vulnerable y carente es esencialmente igual a la de cualquier otro ser humano.

Por eso, un mundo que es particularmente hostil a las vulnerabilidades específicas de las mujeres siempre será hostil a la necesidad y la carencia humana en general. Un feminismo que aboga por la dignidad de la mujer, por la dignidad de la reproducción de la mujer es un feminismo que en última instancia es benéfico para los hombres, para los ancianos, bueno para los niños y para los discapacitados, porque afirma: “Tenemos que acoger a los demás tal como son: Somos seres vulnerables. Ser humano es ser por naturaleza “una carga” para los demás.”

No sigamos la lógica de que “todos estamos muy cerca de ser autónomos” y que el objetivo es simplemente “elevar un poquito la autonomía de todos” y si esto no resulta entonces “elevarla un poquito más” en la creencia de que el sentido de la vida del ser humano es ser independiente. La independencia no es ni posible, ni deseable, discapacitados o no, embarazadas o no, en el vientre materno o fuera de él.

La pregunta es cómo respondemos a la interdependencia que todos compartimos; y cómo respondemos a ella con amor; y cómo respondemos a ella reconociendo a cada persona. Esto es lo que significa ser una criatura amada por Dios.

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

[1]

Autora: Dra. Carrie Gress.

Traductor: Dr. Rafael Hurtado.

La idea de que los católicos deben aceptar el feminismo como condición de diálogo con mujeres no-católicas se ha repetido con tanta frecuencia que ahora simplemente se acepta como una verdad indiscutible. Pero, ¿realmente ha funcionado dicha estrategia?

Antes de responder a esta pregunta, repensemos por un momento las enseñanzas de San Juan Pablo II, a quien generalmente se le reconoce como el “artífice” que proclamó la necesidad de desarrollar un “nuevo feminismo” o “feminismo católico”. En efecto, Juan Pablo II estaba manifiestamente interesado en defender la dignidad de todas las mujeres. En su Carta Apostólica de 1988, Mulieris Dignitatem, exploró con profundidad la naturaleza de la feminidad, proporcionando un “marco teórico” que permite una mejor comprensión de la feminidad católica, vista desde la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, lo que no es posible encontrar en dicho documento de aproximadamente 25,000 es el término “feminismo”.

En todo caso, el término “feminismo” fue utilizado tan solo una vez, a saber, en su encíclica de 1995 Evangelium Vitae, en la que hizo un llamado a desarrollar un “nuevo feminismo”. En un breve párrafo, el documento nos dice:

“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación” (E.V. n. 99).

A pesar de esta única mención, la idea de un “nuevo” feminismo ha sido claramente sobrevendida a los fieles católicos como la ruta ideal para entender la feminidad. Incluso el término se ha utilizado para afirmar que aquellos que no estén a favor del nuevo “feminismo católico”, estarían rechazando la visión católica global y abarcadora del Papa polaco.

Es innegable, según ya se ha dicho, que Juan Pablo II estaba profundamente interesado en restaurar y exaltar la dignidad de las mujeres, siempre y cuando se hiciese de un modo coherente con la fe católica. Lo que a menudo suele pasar con aquellos que se ciñen a la visión del Pontífice es que se centran en el adjetivo “nuevo” feminismo, sin tener claridad lo inadecuado que era el “viejo” feminismo.

A través de mi propia investigación relativa al “viejo” feminismo —sobre todo en mis dos libros The Anti-Mary Exposed [2] y The End of Woman— misma que no estaba disponible durante el pontificado de Juan Pablo II, he descubierto que el feminismo como movimiento ideológico tiene problemas significativos que no se pueden pasar por alto. Desde el principio, el feminismo ha tenido conexiones profundas con el ocultismo, con el igualitarismo (de influencia socialista/marxista) y con la erradicación de la monogamia como condición necesaria para lograr la liberación de las mujeres.

Estos esfuerzos, por demás desacertados, han provocado de modo progresivo la infelicidad crónica de más mujeres, la disminución de matrimonios y un daño severo a la familia nuclear. En cuanto ideología, el feminismo ha perpetuado la creencia de que el aborto es el medio por el cual las mujeres alcanzarán la igualdad con los hombres, generando al menos 44 millones de abortos en todo el mundo tan solo en el año 2023, cifra que supera las cifras del resto de causas de muerte sumadas.

Más allá de señalar los problemas del feminismo, quizás sea más relevante identificar la “pregunta” que ha impulsado la mayoría de las diversas formas de feminismo, a saber, ¿qué hacer para que las mujeres se parezcan más a los hombres? El mismo Papa Juan Pablo II reconoció esta tendencia en su breve párrafo alusivo al feminismo, afirmando que es necesario rechazar “la tentación de seguir modelos «machistas»”, en los que las mujeres han de adoptar vicios masculinos. Lamentablemente esta idea ha derivado en la creencia de que los hijos son un obstáculo para la felicidad de las mujeres, dando lugar a la ya conocida “cultura anticonceptiva” que pretende socavar la maternidad de las mujeres, como si ésta fuera una maldición en lugar de la bendición por excelencia que las enseñanzas de la Iglesia Católica siempre han promovido.

Contrastantemente, el feminismo ha sido tradicionalmente considerado como un medio para facilitar la integración de personas ajenas al movimiento a través de la promoción de “escenarios” cuasi-familiares. El resultado que han obtenido se traduce en que un mayor número de mujeres católicas se identifican más con el feminismo que con las enseñanzas de la Iglesia.

Actualmente, las mujeres católicas usan anticonceptivos, abortan y se divorcian aproximadamente a la misma tasa que las mujeres no-católicas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, mismas que se han desarrollado de modo progresivo a lo largo de la historia, han sido opacadas por el lenguaje feminista contemporáneo, el cual presenta una comprensión superficial de la feminidad.

Aunque ciertamente hay casos individuales que contradicen la idea anterior, actualmente las mujeres católicas se parecen más a las feministas seculares de lo que las feministas seculares se parecen a las mujeres católicas. Mientras tanto, la feminidad, y particularmente la maternidad, que desde siempre ha sido un icono de la Iglesia misma, ha sido despojada de su belleza, significado, fecundidad y misterio. En lugar de que el feminismo se convierta en un “puente”, se ha convertido en el “destino”, en un fin en sí mismo.

El feminismo es la ideología que está impulsando el declive de nuestra civilización. Sin embargo, ha logrado hacer creer a las mujeres católicas que es la única manera de restaurar o defender la dignidad de la mujer. En su esfuerzo por parecer relevante y atractivo, el “feminismo católico” se ha convertido en una especie de “agua estancada”, tratando de mantener principios católicos sin rechazar los dogmas problemáticos del viejo feminismo.

Toda esta parafernalia podría resultar comprensible si la Iglesia Católica no ofreciese algo mejor. O si realmente el feminismo, y no la Iglesia, fuera el camino mediante el cual las mujeres obtuvieran verdadera dignidad e igualdad con respecto a los hombres. En este respecto, el catolicismo sufre de lo que podemos llamar una “abundancia de riquezas”.

El apoyo de la Iglesia a las mujeres comenzó cuando Jesucristo habitó entre nosotros, y se pronunció e intensificó en la medida que creció la devoción a Nuestra Señora y cuando se extendió el testimonio de los santos. La Iglesia, no el feminismo, declaró contundentemente la dignidad y la igualdad de la mujer, realidad bellamente expuesta por el Papa Juan Pablo II en la ya mencionada encíclica Mulieris Dignitatem. Pensadoras como Edith Stein (La Mujer), Ida Görres (The Hidden Face), Gertrud von Le Fort (The Eternal Woman) y Alice von Hildebrand (El Privilegio de Ser Mujer) se sumaron con sabiduría a esta causa. Las mujeres, y no solo las mujeres católicas, están ávidas de hacerse de esta rica sabiduría, hermosa y convincente. Y aunque pocos lo ven, la tenemos en nuestras manos.

En efecto, podría haber un “nuevo feminismo”, pero éste tendría que distanciarse completamente del “viejo”. Lograr esta encomienda dada la profunda integración que el viejo feminismo ha tenido con la cultura contemporánea, se antoja muy improbable, si no se da previamente una verdadera desintoxicación intelectual y una formación más profunda. Este es un proyecto que se ha intentado desde hace más de 30 años, pero el gran peso que tiene la ideología feminista parece sofocar los esfuerzos católicos, incluso el deseo, de desarrollar algo discerniblemente “nuevo”.

En esencia, el catolicismo no necesita del feminismo. Un simple regreso a lo que la Iglesia Católica puede ofrecer en esta materia no solo suplantaría lo que el feminismo imperante podría ofrecer, sino que lo superaría significativamente. Si realmente estamos comprometidos con atraer a las mujeres a la Iglesia mientras fortalecemos a las que ya están en ella, es hora de que comencemos a promover nuestra abundante sabiduría en lugar de continuar promoviendo lo que en realidad nos está destruyendo.

Dra. Carrie Gress.

Profesora Investigadora en el Centro de Estudios con sede en Washington, D.C., Ethics and Public Policy Center, y en el Institute for Human Ecology en la Catholic University of America, Estados Unidos de América (https://www.carriegress.com/)

Dr. Rafael Hurtado.

Profesor Investigador Titular en el Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana, Campus Guadalajara, México (https://www.up.edu.mx/investigacion/rafael-hurtado-dominguez/)


[1] El presente escrito es una traducción realizada por el Dr. Rafael Hurtado del artículo “Is Catholic Feminism Working?” publicado en https://www.thecatholicthing.org/2024/03/01/is-catholic-feminism-working/ escrito por la Dra. Carrie Gress.

[2] Este libro está disponible en lengua castellana: https://tanbooks.com/products/books/anti-maria-al-descubierto-rescatando-la-cultura-de-la-feminidad-toxica/


Barbie: crítica social y búsqueda de humanidad

Barbie: crítica social y búsqueda de humanidad

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La película de Barbie ha causado furor. Ha hecho pensar a quienes la vieron. Generó placer en unos grupos y crítica en otros. A fin de hacer una reflexión filosófica y sintética fui a verla. Me llevé una sorpresa. Si bien, no suscribo necesariamente todas las tesis propuestas en la película, sí me encontré con un trasfondo interesante de búsqueda de humanidad, de la felicidad y de la trascendencia.

La película está en la tradición de la comedia clásica. Prueba de ello es que ha incomodado a muchas personas y ha dado de qué hablar. Tal como lo hicieron las comedias de Aristófanes en la Atenas clásica del siglo IV. A.C. No hay que olvidar que las tragedias muestran a los hombres mejor de lo que son, y las comedias los muestran peor de lo que son, tal como lo mencionó Aristóteles en la Poética. Por eso hay que pensar que la película de Barbie, como comedia, juega con las imágenes, el lenguaje, lo social, lo humano, lo verosímil y la verdad. Como cualquier obra de arte, la película dice algo verosímil, semejante a la verdad, pero no la verdad misma, la cual tiene que descubrir el espectador en su vida. Igualmente, como comedia, hace una crítica social que incomoda, genera risas, y que pretende llevar a la crítica y la acción.

No reseñaré la película, no quiero arruinársela al lector. Propongo unos puntos de reflexión sobre algunos momentos e ideas interesantes que llamaron mi atención y que vale la pena tomar en cuenta. Primeramente aparece el tema de la búsqueda de la humanidad, tanto de Barbie como de Ken. Luego el control mercadológico del consumismo sobre la individualidad humana. Por último se trata de la apertura a la trascendencia, que la película sugiere.

Busto de Aristófanes.

Barbie en busca de su humanidad

Barbie vive en Barbieland, en un matriarcado, un lugar imaginario en el que las mujeres pueden ser lo que quieran ser. Uno de los problemas de poder ser lo que se quiera radica en no saber qué se quiere ser. Justamente entran aquí las exigencias de la sociedad, en la que Barbie empieza a desencajar. Es por esta experiencia que comienza la búsqueda de su humanidad, que es reflejo de la humanidad de su dueña, Gloria.

Es de notar que Barbie y Ken van juntos en su viaje de búsqueda de humanidad, como si el hombre y la mujer fueran juntos en ese viaje complementándose. Ambos, Barbie y Ken, tienen intuiciones de los aspectos de humanidad que buscan. Cada quien busca cosas diferentes. Originalmente, Barbie es estereotípica e ingenua. Asume que su vida tiene que ser perfecta todos los días, es decir, que “cada día es el día perfecto para siempre”, pero tiene un gran poder intuitivo, porque considera que la felicidad no puede ser superficial. La Barbie rara, que tiene una conexión especial con lo humano y es, en cierto aspecto, una filósofa, la exhorta a encontrar la verdad sobre el cosmos, que sólo puede hallarse a través de un viaje interior. Barbie acepta ser valiente para buscar lo que la hace humana y también lo que significa ser mujer. Es notable que Barbie no está fuertemente conectada con su sexualidad.

Ante los albañiles dice que ella y Ken no tienen genitales, lo que él niega. Esta afirmación es llamativa porque es una muestra de la inmadurez que representa la Barbie estereotípica, que termina aceptando su feminidad cuando visita al ginecólogo.

Igualmente, Ken está en búsqueda de su libertad. Tiene una conciencia de su sexualidad, tanto como la Barbie rara. Busca la otredad de Barbie y la libertad validada de su identidad varonil, que no sabe dónde encontrar o cómo reconocerla de modo recto. Por eso tiene el problema de considerarse a sí mismo, inmaduramente, como sólo un acompañante de Barbie. Cuando Ken ve las relaciones entre varones se encuentra con algo nuevo. Se entusiasma y malinterpreta la masculinidad por el vacío de sus expectativas.

Esta historia recuerda dos relatos clásicos griegos que tratan sobre la relación entre lo humano, lo femenino y lo masculino. Estos relatos son Dafnis y Cloe, de Longo, y Lisístrata, de Aristófanes. La novela Dafnis y Cloe, del autor griego del siglo II D.C. Longo de Lesbos, es una de las pocas novelas de la antigüedad que se conservan. En ella, el pastor Dafnis y su compañera Cloe comparten su infancia y comienzan a crecer juntos. Ambos viven su crecimiento y se encuentran con diversos problemas para resolver y eso les lleva a ser maduros. Al final plenifican su relación de amistad cuando ambos descubren juntos la sexualidad y el erotismo como parte de la naturaleza humana. En la película, Barbie y Ken, descubren este aspecto de su humanidad, cada uno a su modo, aunque su relación no llegue a ser correspondida.

Escultura Dafnis y Cloe de Virginio Arias.

Barbie quiere profundizar en la experiencia humana que comienza a vivir, de un modo más interior, afectivo e independiente. Por su parte, Ken se da cuenta de que es valioso por sí mismo, y que no necesita ganar la validación femenina de Barbie como perfección de su masculinidad. Como se ve, Barbie y Ken difieren de Dafnis y Cloe porque, al final, sus historias y amores no se entrelazan, lo cual también es válido. Pero ambas historias comparten la búsqueda de la genuina humanidad, la madurez y de una vida auténtica que valga la pena.

Por otra parte, la historia crítica y cómica en la que las mujeres tienen el poder y exigen a los hombres un mejor trato no es nueva. Es el argumento de Lisístrata, la comedia de Aristófanes. En esta comedia, la personaje principal, Lisístrata, organiza a las mujeres atenienses en una huelga; sin que puedan unirse con sus maridos. Todas las atenienses se encierran en la Acrópolis hasta que los hombres cambien su actitud machista, exageradamente masculina sin medida y poco humana.

En la película, se sigue un argumento parecido. Los Kens instauran un gobierno de masculinidad exagerada y viciosa. Antes ni siquiera tenían una casa propia, y llegan al poder con muchos cambios: la llamada masculinidad tóxica. Esto porque no han encontrado el fundamento de su humanidad y no tienen un parámetro para saber cómo ser un hombre en sí mismo, sin necesidad de aparentar una masculinidad exagerada para conquistar a las Barbies. Barbie estereotípica y Barbie rara, con ayuda de las humanas Gloria y Sasha, hacen una revuelta política, como Lisístrata en la Acrópolis, y logran restaurar el gobierno anterior.

La Barbie presidenta no permite que los Kens tengan un lugar en la Suprema Corte, lo cual es una imagen cómica de la situación real y lamentable en la que muchas mujeres no tienen acceso al poder, y la imagen cómica pretende incomodar y generar consciencia sobre ello. La idea es que las mujeres ayudan a encontrar la masculinidad virtuosa. Y al revés, pues algunas Barbies formaron pareja con sus respectivos Kens al final. La idea es sugerente: la masculinidad y feminidad impuestas, exageradas, no le hacen bien a la sociedad ni a los individuos. Sólo pueden ser si antes tienen un fundamento
humano integrado, donde mente, sentimientos, y cuerpo vayan unidos.

Grabado Lisístrata, Aubrey Beardsley.

El mercado y el individuo

En la película resalta el tema de la relación entre el individuo, el mercado y la felicidad. Naturalmente, se presenta como una sátira risible, pero tiene un trasfondo de verdad. Como un producto de las corporaciones, Barbie, es la imagen de la manipulación que las marcas y el mercado hacen de los seres humanos. En especial, de las mujeres, pues por una perspectiva corporativa y empresarial, Mattel lleva a Barbie a pensar que ella puede ser lo que quiera ser. Pero, incluso con esto, Barbie está perdida entre un montón de posibilidades, y no sabe quién es. Por eso, la pregunta “¿Quién soy, para qué estoy aquí? es fundamental en la búsqueda humana de Barbie y Ken.

La identidad humana y personal sólo puede encontrarse en la aceptación de lo que somos, sin idealizar las expectativas. Sin vivir para plenificar los planes de la sociedad, la pareja, las empresas o el mercado. El director de Mattel pretende mostrar lo que las mujeres y los hombres deben de ser con la idealización de lo femenino y lo masculino en Barbie y Ken. Justamente esta idealización impide que los personajes descubran su humanidad. Cargan con tal idealización como un lastre que les impide la autenticidad. Barbie siempre debe de ser perfecta y ese peso, dice Gloria la humana, le impide ser una mujer auténtica si sólo trata de plenificar lo establecido por el mercado y la sociedad.

Igualmente, Ken, sufre algo semejante cuando se encuentra con el patriarcado, o más bien, lo qué él entiende erróneamente por patriarcado como poder masculino. Cuando busca su felicidad en lo que el mercado o las empresas dicen que debe de ser lo masculino le hace un gran mal a su sociedad y a los hombres que en ella viven. Los hace cargar un peso externo que no va en concordancia con la autenticidad que surge de la vida interior. En general, la crítica es hacia la vida vertida exclusivamente hacia el exterior, o sea, la que trata de cumplir los criterios de los otros y no los propios en una vida auténtica de la interioridad. Barbie y Ken se acercan a su humanidad cuando se alejan de cumplir las expectativas de una vida exterior y cumplen con las intuiciones de su vida interior.

La apertura a la trascendencia

Por último aparece el tema de la apertura a la trascendencia, entendida como el encuentro, en vida, con Dios, más allá del mundo sensible y de plástico rosa. Mi opinión es que Dios está representado por Ruth Handler, que se presenta como la creadora de Barbie. Ellas hablan cara a cara, al tú por tú. Ruth es una de las pocas que comprende a Barbie en su búsqueda de sentido existencial. Pueden hablar de las cosas humanas que no son atractivas para la vida exterior, sino que son íntimas y sensibles en el mundo interior.

Me parece que Ruth es la imagen de Dios porque es la única que le dice a Barbie que fue creada para la libertad y para la felicidad. Ruth dice que la libertad es un regalo y que tiene sentido en función de la búsqueda de la libertad. Por eso Ruth insta a Barbie a que viva una vida humana, que brote del interior, pues la plenitud de la vida no está en la satisfacción de lo que el exterior nos pide. El encuentro entre Ruth y Barbie me parece que simboliza el encuentro entre el ser humano y Dios, en el que hay sentido, intimidad y comprensión, al margen de lo que diga el mundo exterior. Creo que ese símbolo es muy valioso para volver nuestros ojos a Dios en la trascendencia.

En suma, creo que la película tiene valiosas enseñanzas filosóficas, sobre todo antropológicas. Maneja muy bien las analogías de significado en las relaciones entre Barbie, Ken, Gloria y Sasha y Ruth, representando a Dios. Es una crítica fresca a la sociedad contemporánea y propone algunas reflexiones sobre lo que implica ser mujer, ser varón, ser humano.

Ser madre en el peor de los mundos posibles

Ser madre en el peor de los mundos posibles

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No es una noticia nueva que desde hace años la tasa de natalidad en Europa ha disminuido considerablemente. Esta medida, independiente de la estabilidad económica, decrece todavía más con los años. Cuando miramos las noticias y el mundo en general, nos cuestionamos seriamente si acaso es el momento adecuado para tener un hijo. Llegaron los cuatro jinetes: crisis económicas, políticas, sociales y ecológicas. Tal parece que es un mundo aterrador y en decadencia. Y sigues escuchando: guerra, bombas, destrucción, conflictos, el coste de la energía que se incrementa y los salarios que permanecen igual. Sabes que el invierno será frío y que será impagable encender la calefacción. Todo parece poco esperanzador y no es de extrañar que al observar todos estos factores externos la natalidad decrezca. 

Sin embargo las guerras, la miseria y los problemas nunca han sido un verdadero impedimento y esto lo confirman las generaciones que nacieron durante el tiempo de la guerra y la posguerra. No afirmo que estas sean condiciones adecuadas para la infancia, pero lo cierto es que incluso en momentos así, estas generaciones tienen buenas memorias. 

Mi vecina octogenaria recuerda a su madre con dos maletas minúsculas –llenas con lo poco que pudo tomar al abandonar su hogar– y dos niñas pequeñas. Los alemanes que vivían en territorio polaco tenían que dejar absolutamente todo para establecerse en un país en ruinas. Eran tiempos oscuros y fríos, muchos niños morían por los efectos de la guerra y el hambre. Y su madre cargando dos maletas y dos niñas llegó a Dresden, ayudó en la reconstrucción, trabajó arduamente y construyó un nuevo hogar para su familia. Con el tiempo, lograron reencontrarse con su padre, quien con mucho esfuerzo sobrevivió su estancia en el frente, y sin medios adecuados y haciendo galas de habilidades detectivescas logró encontrar a su mujer e hijas . Podríamos pensar que no merece la pena vivir una infancia carente, pero mi vecina ha sido muy feliz y no se arrepiente de vivir, tampoco detesta su infancia sin juguetes, sino que recuerda con alegría a sus padres. 

Trümmerfrauen “mujeres de los escombros” en Leipzig (1949). Foto: R. Rössing. Fuente: Deutsche Fotothek.

Hace algunos meses mientras paseábamos por el bosque y la guerra entre Ucrania y Rusia comenzaba, justo hablábamos sobre la natalidad. Mi vecina comentó que percibía que uno de los argumentos de mi generación para no tener hijos era justamente la guerra y las crisis. Ella me miró y me dijo: “este es un gran problema”. Luego me contó –con más detalles– los hechos que relaté anteriormente y continuó “el problema no es la guerra, siempre hay conflictos; el problema es que los jóvenes piensen que sólo bajo ciertas condiciones materiales vale la pena vivir. El problema es su miedo y su poca esperanza. Si todos pensaran así, si se paralizaran por el miedo y la desesperanza, y esperaran al momento propicio, hace ya mucho tiempo que ya no habrían seres humanos”. 

Basta decir que me dejó muda, porque es cierto, de algún modo la desesperanza nos ha paralizado y es uno de los males que nos aqueja. Miramos el futuro con ojos pesimistas. Querido Leibniz, te equivocaste, este es el peor de los mundos posibles. 

Sin embargo, no creo que sea el único factor. Dentro de estas cuestiones externas podríamos añadir las nuevas dificultades para encontrar pareja, antes parecía mucho más sencillo, ahora ni siquiera las aplicaciones de citas son tan efectivas. Quizá podemos sumar que nos hemos concentrado más en nosotros mismos: mis viajes, mis compras, mi auto; todo lo que es mío y que gira alrededor de mí. Porque lo importante es que yo sea estable, que yo sea exitosa, que yo haga carrera, que yo sea feliz… sí, queremos ser felices, nadie por naturaleza desea ser desgraciado, pero entonces ¿por qué en una época con tantos avances somos de las generaciones más miserables? ¿Por qué la mayoría está deprimida? ¿Por qué tantos son diagnosticados con ansiedad? Preguntas complejas. Quizá tomamos todo demasiado seriamente, incluidos a nosotros mismos. 

Un factor que no puedo dejar pasar de largo, porque considero que es crucial, es la visión de la mujer. El rol social de la mujer ha cambiado con los años, la mujer ya no se queda en casa, sino que también estudia, trabaja, crece, viaja y decide. En ese sentido la maternidad se vuelve menos atractiva. Pensamos que la maternidad es un tiempo en blanco para el curriculum, aunque no son vidas excluyentes, hay madres que trabajan en una oficina o fábrica y cuando llegan a casa se ocupan de la familia. Pero incluso durante el turno laboral, nunca dejan de ser madres. 

La maternidad y paternidad son el único trabajo en el que no hay jubilación, no hay hora de entrada y tampoco de salida y por supuesto tampoco hay una remuneración. Realmente nunca ha tenido un valor monetario, pero al menos antes no estaba mal visto. Al menos antes la mujer podía decir sin vergüenza que era madre. El problema es justamente ese, que ya no lo consideramos algo importante, sino que incluso puede ser una carga. 

Foto: Mehmet Turgut

La diferencia entre el grado de estudios de mis abuelas y el mío es relevante, es probable que ellas estudiaran hasta la preparatoria y después se dedicaran al hogar y a criar al menos 5 hijos; mientras que yo hice una carrera universitaria ¿eso las vuelve a ellas incompetentes y a mí competente? ¿Las vuelve tontas y a mi inteligente? ¿Las vuelve sumisas y a mi liberada, independiente y empoderada? Absolutamente no. 

El mundo laboral y la oficina de impuestos nos quiere siempre trabajando: producir y consumir, producir y consumir, producir y consumir. Y así sigue la cadena. Entonces miramos un poco con desdén a la mujer que se queda en casa; porque aparentemente no produce nada; porque aparentemente ese no es un trabajo; porque aparentemente no hace nada por la sociedad; porque aparentemente ser madre es una existencia carente de sentido. 

Y como mujeres nos preocupamos y nos desgarra tener que elegir entre la casa y la vida laboral. La mujer salió de casa no solamente con el afán de realizar su propia carrera, también salió impulsada por la estrechez económica. Seamos sinceros: un sólo salario ya no alcanza. ¿Son malvadas las madres que trabajan? Por supuesto que no, se dividen e incluso trabajan más eficientemente para regresar a casa lo antes posible y cuidar a sus hijos. 

¿Por qué no se considera el trabajo del hogar y la maternidad un trabajo? ¿Acaso no desarrollan habilidades? Puedo asegurar que una amiga –madre de 4 niños– tiene más capacidades para coordinar un proyecto que varios egresados de distintas carreras. La maternidad le ha enseñado nuevas técnicas y habilidades muy deseables para el mundo laboral; no se quedó en casa de brazos cruzados — administra, coordina y crea un hogar. Así que cualquier empresa debería estar feliz de contratar a una mujer que ha desarrollado estas cualidades. 

En El cuento de la criada, Margaret Atwood, imagina una sociedad distópica y semejante a nuestra actualidad. La autora canadiense parte de la idea de que todo es posible bajo ciertas circunstancias e incluso se inspiró en algunos acontecimientos históricos que ocurrieron con anterioridad. Su estancia en Berlín y la división entre Oriente y Occidente jugó un papel fundamental durante su proceso creativo. 

Portada “El cuento de la criada” de Margaret Atwood. Editorial Salamandra.

La premisa de la novela comienza con la reducción de la población por la contaminación y una serie de problemas ecológicos; la fertilidad corre riesgo y es por ello que las mujeres fértiles son el bien más preciado. En Gilead –lo que antes era Estados Unidos– un nuevo régimen teocrático y extremista ha tomado el control; con una lectura fundamentalista y literal de algunas historias bíblicas, como la de Sara o Raquel –mujeres que no podían procrear y que ofrecen a sus criadas para que tengan descendencia–, deciden distribuir a las mujeres fértiles –las criadas– entre los hombres poderosos y con esposas infértiles. La única función de las criadas es engendrar. Pero el hijo no será de la criada, sino de los esposos; la criada es despojada de la maternidad, y es utilizada únicamente como una incubadora. 

La idea de Atwood es interesante y ha inspirado a varios proyectos creativos, no solamente una adaptación cinematográfica en 1990 y que no fue tan exitosa, sino también 5 temporadas de una serie –la primera se basó en el libro y las siguientes son el producto de alargar un fenómeno popular– y sobre todo se ha constituido como parte del imaginario pro-choice estadounidense. Algunas de las mujeres que protestan por la legalización del aborto utilizan las capas rojas y los tocados blancos, que caracterizaban a las criadas; a fin de cuentas los símbolos son más fuertes que las consignas. 

Atwood escribe, en la voz del comandante, “¿Acaso no recuerdas los bares para solteros, la indignidad de las citas a ciegas en el instituto o en la universidad? El mercado de la carne. ¿No recuerdas la enorme diferencia entre las que conseguían fácilmente un hombre y las que no? Algunas llegaban a la desesperación, se morían de hambre para adelgazar, se llenaban los pechos de silicona, se hacían recortar la nariz. Piensa en la miseria humana”. La realidad supera la ficción de una novela publicada en los años 80. Nuestra sociedad se ve reflejada en estas mismas preguntas, que al final recaen en ese anhelo tan humano de sentirse amado.

Y no basta con eso, es claro que también la irresponsabilidad de algunos hombres juega un papel decisivo en la vida de algunas mujeres, el monólogo del comandante continúa: “si llegaban a casarse, las abandonaban con un niño, dos niños, sus maridos se hartaban, y se marchaban. O, de lo contrario, él se quedaba y las golpeaba.” Aunque no podemos cerrar los ojos ante el abuso y el abandono, no todo hombre es por naturaleza un padre irresponsable y golpeador. No todo hombre es aquel violador, aquel acosador esquinero que tanto proclama el feminismo radical. Pero si la feminidad está fragmentada, ¿no podemos esperar lo mismo de la masculinidad? 

Prosiguiendo con el discurso del capitán llegamos a la clave que mencioné con anterioridad: la cuestión monetaria: “O, si tenían trabajo, debían dejar a los niños en la guardería o al cuidado de alguna mujer cruel e ignorante, y tenían que pagarlo de su bolsillo, con sus sueldos miserables. Como la única medida del valor de cada uno era el dinero, las madres no obtenían ningún respeto. No me extraña que renunciaran a todo el asunto.”

Foto: Dick Scholten

En una sociedad capitalista, en la que el valor de la persona no reside en el hecho de ser persona, sino en aquello que puede producir y consumir, no es de extrañar que aquellos seres incapaces de hacerlo sean mal vistos y poco deseados. Si lo único que nos define es la ley de la oferta y la demanda, no debe extrañarnos que se abandone a los ancianos porque-ya-no-son-útiles; no debe extrañarnos que el aborto sea un derecho porque aquello que está en el vientre es un producto, no un ser con toda dignidad; no debe extrañarnos que la maternidad no sea deseada porque no paga impuestos y ni gana un salario.

Un problema contemporáneo es que estamos peleados con todo aquello que tiene un valor trascendental, quizá por la desesperanza frente al futuro en este mundo y al abandono de un futuro trascendente, pero también porque nos hemos enredado con los conceptos. Ahora tenemos más de 32 pronombres diferentes para designar a dos sexos. La ideología vence a la biología. Y si por un lado despreciamos la maternidad, al grado de ya no querer identificarla con el sexo femenino, no debemos extrañarnos que ahora sea tan difícil responder a la pregunta ¿qué es una mujer? Además de lo escandaloso de este hecho, debería preocuparnos que con el fin de no herir ciertas susceptibilidades incluso haya quienes propugnen por dejar de usar la palabra mujer. Al no poder responder lo que es ser una mujer, tampoco podemos defender a la mujer y a la maternidad.

Un ejemplo de esto son las injusticias de las atletas femeninas que son vencidas por hombres que transcisionan para “ser-mujeres”. En todo caso lo más justo sería que aquellos atletas trans tuvieran su propia categoría y que compitieran entre sí. Hay que aceptarlo, jurídicamente la igualdad es posible, pero fisiológicamente es imposible, incluso entre atletas muy bien preparados. Otro ejemplo son las mujeres encarceladas que han sido violentadas por un hombre que se identifica como una mujer. ¿Acaso no nos estamos olvidando de proteger verdaderamente y dar un lugar a la mujer? Aquí es también donde el feminismo se divide, entre aquellas que consideran que un hombre trans es verdaderamente una mujer y aquellas que consternadas claman que a pesar de la transición, y por mucho que el hombre trans lo desee jamás será una mujer, y los espacios de las mujeres deben ser defendidos. 

Una última anotación que me resulta interesante de Atwood aparece casi al final de El cuento de la criada, cuando Gilead tiene un nuevo régimen y los ciudadanos se encuentran en un congreso que estudia los tiempos antiguos. El especialista afirma “el modo más eficaz de controlar a las mujeres en la reproducción y otros aspectos era mediante las mujeres mismas. Existen varios precedentes históricos de ello; de hecho, ningún imperio impuesto por las fuerzas o por otros medios ha carecido de esta característica: el control de los nativos mediante miembros de su mismo grupo”.

En la sociedad que propone Atwood las criadas eran controladas por las esposas y educadas en sus deberes por las tías, y todo giraba en torno a la reproducción, por lo que eran otras mujeres las que decidían y hablan por las otras mujeres. Es algo curioso, porque Atwood es una autora considerada feminista, y últimamente me da la impresión de que el movimiento feminista es quien afirma llevar la voz sonante de la mujer, aún cuando este movimiento no representa a todas.

La maternidad es la manzana de la discordia, afirman que toda mujer debe decidir si quiere o no quiere ser madre, a la vez que critican a aquellas que deciden ser madres y quedarse en casa: sumisas, retrógradas, patriarcales. ¿Acaso el feminismo no controla también la reproducción femenina? ¿Acaso no nos dice cómo debería ser una mujer empoderada? Con banderas de fraternidad y sororidad descartan a las mujeres que no entendemos el feminismo o la lucha de reivindicación femenina en esos mismos términos. O sea que en este movimiento de máxima apertura hay sin embargo un pensamiento hegemónico que no se puede contradecir.

Es necesario matizar que hay diferentes olas de feminismo, unos más o menos radicales que otros. Sin embargo, no es mi intención definir y demarcar el feminismo y la deconstrucción del patriarcado. Basta con decir que el feminismo se ha infiltrado incluso en universidades y ambientes católicos, en los que podría considerarse una contradicción el feminismo radical con la postura pro-vida que defiende la Iglesia. Aunque no son los únicos que se han infiltrado en ambientes ajeno: una fuente anónima con quien pude conversar hace labor dentro de los grupos feministas, del mismo modo que las feministas hacen labor dentro de estos grupos universitarios católicos. Nuestra informante cuenta que al principio comenzó discutiendo las posturas, pero con el tiempo se dio cuenta de que para verdaderamente ayudar a la mujer tienes que concentrarte en ellas –en la mujer– y no en ideologías. 

Pero no es posible ayudar si estamos rotos y lastimados; a la mujer en crisis no basta con decirle “aquí estamos”, sino que es necesario estar presente y meter las manos. Ayudar va más allá de decirte qué pastilla puedes tomar para abortar, o qué método anticonceptivo debes usar. Ayudar a la mujer consiste en escucharla, orientarla y acompañarla. 

Foto: Rodrigo Morelos Oseguera

Sorprendentemente encontré una película en Netflix que se parecía mucho al artículo Historia de dos embarazos de Mary Eberstadt que publcamos hace poco. Recalco que fue sorprendente, porque es una postura más moderada y de centro, un poco disonante respecto a la agenda que regularmente sigue Netflix. En Mis dos vidas una chica recién graduada se encuentra ante una prueba de embarazo, que bien puede ser positiva o negativa. Así vemos cómo se desarrollaría la vida de la protagonista durante los siguientes 5 años. Con la prueba positiva, decide tener a su hija y abandonar su carrera, mientras que con la prueba negativa cumple sus planes y entra a trabajar en un estudio de animación en Los Ángeles. En ambas posibilidades tiene dificultades y tras muchos esfuerzos logra su sueño profesional como dibujante y encuentra una pareja. Una trama bastante previsible, pero ¿qué hubiera pasado si se apegara más a la realidad, una realidad en la que no siempre cumplimos nuestros sueños incluso cuando vivimos la vida que deseábamos? La película termina con la chica y la prueba entre sus manos, mientras que sus dos posibles versiones futuras afirman que todo estará bien. Así que al final, sin importar cuál de las dos versiones pudieran suceder, ambas son igualmente buenas. 

Nadie puede decirnos cómo vivir y al final por mucho que planeemos nuestra vida hay acontecimientos que lo cambian todo radicalmente y a veces suceden de forma espontánea. Podríamos ser optimistas y pensar que todo va a estar bien, que al final tendremos la carrera perfecta, la familia y los viajes. La realidad es que las mujeres parecen tener menos oportunidades, especialmente si se deciden por la maternidad, aunque nada les garantiza que sacrificarla les traerá felicidad. 

Abandonemos el miedo y la desesperanza. Abandonemos la idea de los momentos ideales que sólo ocurren en las películas. Abandonemos la concepción de que el trabajo del hogar y la maternidad no tienen valor sólo por no tener un salario. 

Si una futura madre lee este texto, quiero invitarla a que abandone el miedo de perderse a sí misma, esa idea de que pondrá su vida en pausa. Quizá no sea todavía el mejor de los mundos posibles, pero cada día debemos trabajar desde cada trinchera para que sea mejor. Una trinchera cuya primera línea de defensa es la maternidad — un trabajo que es fundamental para crear mejores sociedades; un trabajo sin pausas, sin horas de entrada y de salida, sin jubilación, sin quincena, sin aguinaldo y sin un perfil rimbombante de LinkedIn; pero un trabajo que mantiene unida a la sociedad, es más, un trabajo que permite que exista la sociedad.

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