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Genio Femenino

Genio Femenino

Por Mary Jo Anderson

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“[H]a llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia,
un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora.
Por eso, en este momento en que la humanidad
conoce una transformación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.

Mensaje de clausura del Concilio Vaticano II

Los críticos de la Iglesia Católica frecuentemente se burlan de la insistencia de la Iglesia en que las mujeres tienen dones únicos para la Iglesia y el mundo.  De hecho, las exhortaciones del Papa Juan Pablo II a las mujeres, para que empleen su “genio femenino” para construir una cultura de la vida, a menudo se enfrentan con posturas inconformes dentro y fuera de la Iglesia.  El mantra trillado es que “hasta que las mujeres sean ordenadas al sacerdocio, la Iglesia es culpable de discriminación”.

¿Cómo deberían responder los católicos a estas acusaciones? ¿Cómo pueden las mujeres católicas comunicar las verdades más profundas del “efecto y poder” de la vocación femenina?

Una respuesta rápida es que es ilógico pensar que la Iglesia confiaría la enorme misión de “ayudar a que la humanidad no decaiga” a ciudadanos de segunda.  De hecho, la Iglesia ha llamado a las mujeres a ser el arma secreta del siglo XXI.  Ella necesita y busca con urgencia la participación particular y activa de sus hijas.

El poder innato del genio femenino se pone de manifiesto sólo cuando la vocación de la mujer se capta adecuadamente.  La Iglesia reconoce que la cultura de la muerte tiene éxito allí donde las mujeres abdican de su vocación única;  por tanto, llama a las mujeres a recuperar la plenitud de su vocación, la plenitud necesaria para “ayudar a la humanidad a no caer”.

Esta plenitud de la vocación femenina hace falta en el debate sobre “compartir el poder” en la Iglesia y la insistencia en la ordenación de mujeres, porque la plenitud de la experiencia humana sólo puede realizarse cuando los dones inherentes a cada género están ordenados el uno al otro.  Esta es la “verdad conocida, pero olvidada” que ha resultado espinosa para quienes critican a la Iglesia.

Dignidad y Vocación

La frase “genio femenino” se atribuye a Juan Pablo II, pero el concepto se esboza en algunas exhortaciones del Papa Pío XII, en particular a la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (1957).  El Concilio Vaticano II profundizó aun más en la actualidad de las contribuciones definitivamente femeninas a la sociedad. Sin embargo, el resumen más completo del significado de la feminidad a la luz de esta “hora” de la historia es Mulieris Dignitatem (Sobre la dignidad y la vocación de la mujer).  Promulgada por Juan Pablo II en la fiesta de la Asunción en el año mariano de 1988, Mulieris es una reflexión sobre la fuerza espiritual y moral de la mujer.  El Papa reflexionó más sobre el tema en su Carta a las mujeres de 1995, que abordó el desafío del feminismo contemporáneo y ofreció una advertencia sobre las formas de ideología feminista que son más destructivas que constructivas.

Está claro que la Iglesia ve una importancia extraordinaria en los atributos femeninos y su potencial para construir una cultura de la vida, y Mulieris ofrece a las mujeres formas prácticas de aplicar su genio femenino al mundo que las rodea.  Cuatro aspectos de esa genialidad son claves en el plan de batalla femenino para “ayudar a la humanidad a no decaer”: receptividad, sensibilidad, generosidad y maternidad.

Foto: Robin Thakur

Receptividad

Fue una mujer, la Santísima Virgen María, quien primero recibió al Hijo de Dios. La esencia del fiat de María es la receptividad femenina sin mancha del pecado original.  En la Anunciación, el cielo invita –no obliga– a María a recibir al Dios-hecho-Hombre.  Como María, todas las mujeres están llamadas a ser un “genio” de la receptividad –biológica, emocional y espiritualmente.  Los cuerpos de las mujeres están creados para recibir nueva vida, pero para ser completamente femeninas, los corazones y espíritus de las mujeres también deben ser receptivos.

La naturaleza receptiva de las mujeres es primordial para comprender el genio femenino.  La naturaleza de los hombres es generativa: los hombres están llamados a dar su vida –incluso hasta la muerte– por la defensa y protección de la mujer. Pero la naturaleza y los dones de los hombres son sólo la mitad del diseño de Dios para la humanidad.  El don de sí mismo del hombre y su forma masculina de relacionarse con el mundo se atrofian y son estériles cuando no puede entenderse a sí mismo en relación con la mujer, tanto física como espiritualmente.

En el Génesis, Adán carece de una pareja adecuada hasta que Dios crea a Eva.  Ella es como él en su humanidad pero hermosamente diferente en su modo de ser específicamente femenino.  Asimismo, ella está completa –es plenamente femenina–sólo en relación con la dimensión masculina del ser humano. Por lo tanto, los atributos masculinos y femeninos sólo pueden entenderse en relación el uno con el otro.

Así, vemos que Dios confió el futuro de la humanidad a la mujer y su capacidad de amar sacrificialmente y que la dignidad de cada mujer es completa cuando ama a la humanidad en su calidad de imagen de Dios.  En Mulieris, Juan Pablo II escribe sobre las “cualidades femeninas” de Dios que se encuentran de manera más prominente en el Antiguo Testamento (por ejemplo, “Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré” [Isaías 66:13]). Cuando la mujer trabaja desde su natural naturaleza receptiva, ella se realiza personalmente y la comunidad que la rodea es bendecida por el aspecto femenino de la experiencia humana.

 Cuando las mujeres están abiertas a recibir la vida, el mundo vuelve a florecer.

La receptividad es la base de todos los demás atributos femeninos. La mujer encuentra en cada vida algo irrepetible, algo maravilloso.  El don de sí para la mujer es un don de vida para toda la humanidad.  Cuando las mujeres trabajan de acuerdo con el principio de receptividad, fomentan políticas pro-vida y pro-familia en el lugar de trabajo y en la cultura.

Foto: Kishore Singh

Sensibilidad

La naturaleza receptiva de una mujer está en el corazón de su sensibilidad. Tener la capacidad de acoger la vida dentro de su propio cuerpo la hace estar siempre alerta a la vida interior de los demás. Antes de que el mundo conozca a este nuevo ser, ella es sensible a sus necesidades y tiene esperanzas para su futuro.

Mucha gente ve la sensibilidad como una debilidad, sin darse cuenta de que en realidad es una fortaleza, un don que tiene la mujer para ver más allá del exterior y mirar en las necesidades más profundas del corazón, sin separar nunca la persona interior de su aportación exterior.

Esta sensibilidad hacia los demás puede emplearse en el ámbito público y tener una influencia incalculable en las políticas públicas. Cuando una adolescente católica enfrentó los dictados de moda de una gran tienda departamental, la tienda escuchó su exigencia por ropa de moda que también fuera modesta. Cuando las enfermeras hablaron a favor de aumentar la nutrición de los pacientes que no respondían en los hospitales, las políticas de los hospitales cambiaron. En un número significativo de estos casos “sin ninguna esperanza”, esta mayor atención devolvió la salud a los pacientes.

Cuando las mujeres cabildean por un trato más humano de los reclusos, se modifican las leyes. Cuando las mujeres luchan contra los ataques de la industria del sexo a los valores de la comunidad, las leyes de zonificación cambian. Cuando las mujeres luchan contra los daños que ocasiona la pornografía hacia la persona humana, las políticas públicas siguen su ejemplo. (Muchas mujeres han sido engañadas con la idea de que el “trabajo sexual” debería ser legal para que una mujer pueda “elegir” degradarse a sí misma.

La Iglesia se rehúsa a permitir que las mujeres sean oprimidas de esta manera, por “legal” que sea. Nada podría ser más insensible a la persona humana que reducir los cuerpos de las personas a una mercancía para ser vendida. Si las mujeres no usan su sensibilidad para oponerse a esto, un nuevo “Mundo feliz” de canibalismo clínico se cierne ante nosotros: úteros de alquiler, órganos humanos en venta, seres humanos clonados a los que se les quitan partes como a un coche viejo.) La Iglesia insta a las mujeres a ejercitar su sensibilidad para recuperar la conciencia de la humanidad de cada persona.

Las mujeres pueden mostrar a la sociedad, tanto pública como privada, cómo ser abiertas, receptivas y sensibles a las necesidades humanas más profundas.

Foto: Charan Sai

 Generosidad

La capacidad de generosidad de una mujer está íntimamente ligada a su naturaleza receptiva. La generosidad hace que una mujer esté disponible para las necesidades de su comunidad y de su profesión, necesidades que van mucho más allá de la eficiencia operativa.

El primer acto de generosidad es acoger una nueva vida, y en esto María es nuestro mejor ejemplo. Pero los Evangelios están repletos de relatos de mujeres generosas. Por ejemplo, la historia de la ofrenda de las dos moneditas que depositó la viuda recuerda a las mujeres contemporáneas que el tamaño de nuestra ofrenda es menos importante que la orientación de nuestro corazón. Y la mujer que ungió a Jesús con el perfume precioso nos enseña a reconocer el valor humano por encima del valor material.

La generosa hospitalidad de Marta y María tiene un atractivo universal para todos los que anhelan la calidez de la comunión humana. Los críticos que confunden su generoso servicio con servidumbre no entienden el punto: Jesús muestra un gran interés en la vida de las mujeres y su entorno, y las invita a participar en su obra. Su deseo de comunión humana es satisfecho no sólo por los apóstoles sino también por mujeres como Marta y María. Esto se demuestra en su profundo intercambio espiritual e intelectual con Marta (Juan 11:21-27). Jesús confió en los corazones generosos de las mujeres su propia necesidad humana de hospitalidad, apoyo y comprensión de su misión.

La Iglesia percibe el grave peligro de la propaganda que seduce a las mujeres para alejarlas de su naturaleza inherentemente generosa y sostiene que todos los niveles de interacción humana se benefician de la influencia de las mujeres como mujeres –es decir, de acuerdo con su auténtica naturaleza femenina. Esa generosidad natural, un arma contra el cientificismo deshumanizador, se manifiesta cuando las mujeres enfatizan las dimensiones sociales y éticas para equilibrar los logros científicos y tecnológicos de la humanidad (ver Carta a las Mujeres 9).

Foto: Mario Cuadros.

Maternidad

El misterio de la maternidad no se puede agotar ni capturar con palabras, pero ha sido descartado por algunas mujeres que creen erróneamente que la igualdad se logrará borrando las diferencias entre hombres y mujeres. Algunas querrían que las mujeres emularan los rasgos masculinos para lograr la igualdad, pero el triste resultado de ese enfoque ha sido una disminución de los auténticos aspectos femeninos de la familia humana.

Juan Pablo II escribe que la mujer ejerce “una maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la personas y en el futuro de la sociedad” (Carta a las Mujeres 9). También destaca la maternidad, biológica y espiritual: “La mujer es más capaz […] de dirigir su atención hacia la persona concreta” (Mulieris Dignitatem 18).  Este rasgo singular –que la prepara para la maternidad, no sólo física, sino también afectiva y espiritualmente– es inherente al designio de Dios, que confió el ser humano a la mujer de manera muy especial (cf. ibíd., 30).

Juan Pablo II entiende que es esta orientación maternal la que construye comunidades cohesionadas y que afirman la vida.  Es la influencia materna la que promueve la unidad dentro de las familias y es la génesis de la paz en toda la familia humana.

Mary Ann Glendon –esposa, madre y profesora de derecho en la Universidad de Harvard– recordó a las mujeres que:

Vamos a pedir una transformación cultural. Brindar cuidados, lo cual merece todo el respeto, es una de las formas más importantes del trabajo humano [y también resulta fundamental] la reestructuración del mundo del trabajo de tal manera que la seguridad y el progreso de las mujeres no tengan que ser a expensas de la vida familiar.

Catholic.org
Foto: Cliff Booth.

 El tiempo es ahora

La Iglesia ha puesto un enorme énfasis en el papel de la mujer en esta hora de la historia.  La cultura de la vida simplemente no se puede construir sin la influencia de las mujeres.  Afortunadamente, la esperanza en las mujeres como agentes de esta restauración está bien fundamentada en un hecho demográfico clave: las mujeres, como nunca antes en la historia, ocupan posiciones cruciales en la plaza pública. Los avances que las mujeres han logrado profesional y culturalmente las colocan a ellas y a su “genio femenino” en el epicentro del cambio social. Las mujeres pueden abrir nuevas perspectivas para la cultura de la vida desde sus lugares de autoridad y poder de en una sociedad que valora los derechos de las mujeres. Por supuesto, solo las mujeres con una formación y una comprensión de su genio femenino podrán lograr esos cambios.

El Papa Juan Pablo II escribe que “la mujer tiene un genio propio, que es vitalmente esencial tanto para la sociedad como para la Iglesia”.  Así, “han de considerarse profundamente injustas, no sólo con respecto a las mismas mujeres, sino también con respecto a la sociedad entera, las situaciones en las que se impide a las mujeres desarrollar todas sus potencialidades y ofrecer la riqueza de sus dones.” (Mensaje del Ángelus del 23 de julio de 1995).

En última instancia, el genio femenino se centra en el acto redentor de Jesucristo. Alice von Hildebrand comentó que “cuando la piedad se extingue en las mujeres, la sociedad se ve amenazada en su tejido mismo, ya que la relación de una mujer con lo sagrado mantiene a la Iglesia y a la sociedad en equilibrio, y cuando se rompe este vínculo, ambas se ven amenazadas por una total caos moral”. (First Things, abril 2003, 37)

Las mujeres que deseen tomar su lugar en esta guerra por la vida deben anclar sus esfuerzos en la Eucaristía, que “expresa el acto redentor de Cristo” (Mulieris Dignitatem 26). Son las mujeres, unidas a Cristo eucarísticamente, las que tienen el poder y la perseverancia para extender esa redención a la sociedad en su forma única y femenina.


Mary Jo Anderson es editora colaboradora de Crisis y forma parte del consejo editorial de Voices (la revista de Women for Faith and Family).  Vive con su esposo en Orlando, Florida.


Traducción: Irene González Hernández. Este artículo apareció en Catholic Answers, Inc. en Agosto 2005. Agradecemos la autorización de Mary Jo Anderson y Catholic Answers para traducir y publicar este artículo.

La dignidad del cuerpo sexuado: asimetría, igualdad y justicia reproductiva real

La dignidad del cuerpo sexuado: asimetría, igualdad y justicia reproductiva real

Por Leah Libresco
Introducción y traducción de Irene González Hernández

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Cada otoño el Centro de Nicola para la Ética y la Cultura de la Universidad de Notre Dame realiza su congreso anual. Su última edición se llevó a cabo del 11 al 13 de noviembre de 2021 y el tema del congreso fue “Te he llamado por tu nombre: Dignidad Humana en un mundo secular”. Este coloquio interdisciplinario abordó el tema de la dignidad humana desde distintas perspectivas y disciplinas (filosofía, teología, literatura, medicina, ética, etc.) con más de 100 presentaciones y conferencias magistrales de profesores de la talla de Mary Ann Glendon (Harvard Law School) y Alasdair MacIntyre (Notre Dame University).

Uno de los paneles más interesantes y divertidos fue el de “La dignidad del cuerpo sexuado: asimetría, igualdad y justicia reproductiva real” con tres mujeres extraordinarias: Ericka Bachiochi, Abigail Favale y Leah Libresco. 

Leah Libresco, quien fuera una conocida bloguera atea alumna de Yale, se convirtió en 2012 al catolicismo. Actualmente es escritora freelance y cubre temas sobre religión, estadísticas y teatro. Ha escrito textos para First Things y es autora de Arriving at Amen, un libro que cuenta la historia de cómo aprendió a rezar y Building the Benedict Option sobre cómo crear comunidades cristianas sólidas. Actualmente trabaja en la atención de Laicos con estudiantes de Princeton. También tiene un proyecto de substack que se llama Other Feminisms basado en la dignidad de la interdependencia. Es esposa y madre de dos hijos.

A continuación traducimos su exposición en el Congreso de Otoño de Notre Dame.

Leah Libresco en el congreso de Notre Dame.

Discurso de Leah Libresco 

Una verdad fundamental que las feministas mainstream sí captan, que es muy valiosa y es un buen punto de partida para involucrarse con el resto de la cultura es que “las mujeres son iguales en dignidad a los hombres y [desgraciadamente] navegamos en un mundo construido bajo la idea de que los hombres son la persona default esperada”. Y eso pone importantes obstáculos a la participación de las mujeres como ciudadanas, amigas, familiares y en todos los ámbitos de la vida humana. Pero esas trabas no siempre están motivadas por la animadversión. A veces están motivadas por la negligencia, a veces están motivadas por la ignorancia. ¿En quién se piensa cuando se está diseñando una herramienta? No se piensa en el espectro completo de la experiencia humana.

Algunas personas, al igual que un niño pequeño, experimentan que el mundo tiene el tamaño y la forma incorrectos para interactuar con él. Pero tenemos la expectativa de que para un niño esta es una etapa temporal. Con el tiempo, crecerán y se convertirán en “nativos” del mundo construido y podrán navegarlo cómodamente. Para muchas mujeres en muchos ámbitos, ese momento nunca llega. Es común encontrar herramientas, incluso herramientas tan cotidianas como los teléfonos inteligentes, que no se diseñan teniendo en cuenta las proporciones femeninas: teléfonos excesivamente grandes que las mujeres no pueden sostener y que no pueden guardar en los inexistentes bolsillos de su ropa.

Estos son de los ejemplos más divertidos, pero vivir en un mundo que no se construye teniendo a las mujeres en mente, que no considera ni contempla una gama completa de humanos, no es sólo un inconveniente o algo a lo que simplemente le podamos dar la vuelta; puede ser peligroso.

Uno de los ejemplos más notables de lo peligroso que puede ser este olvido, es el hecho de que las mujeres a menudo corren un mayor riesgo en accidentes automovilísticos. Y la razón es que las mujeres tienen las piernas más cortas que los hombres, en promedio. Eso implica que para alcanzar los pedales en el automóvil las mujeres a menudo están más cerca del volante que un conductor masculino, lo que significa que están colocadas más cerca de la “bolsa de aire”, que está calibrada a la distancia que un conductor masculino se sienta. Por ello la bolsa de aira al ser expulsada golpea a una mujer con más fuerza.

La consecuencia de esta falla es una mayor tasa de muertes de mujeres por accidentes de coche. Especialmente porque, en su mayor parte, la seguridad de los automóviles se prueba utilizando maniquíes con proporciones y pesos masculinos, por lo que los peligros particulares para las mujeres no se toman en cuenta en los cálculos de riesgo reales.

Cuando se les presenta este problema a los fabricantes de automóviles, la respuesta es ambigua; hay una cita que quisiera decir textualmente de un fabricante: comprende que esto es un problema, pero realmente desearía que las mujeres se responsabilizaran de ser el problema, esencialmente. Él dice que “biológicamente, las mujeres son un poco más débiles y las mujeres sentadas más cerca del volante pueden ser un problema.

Hay una diferencia entre hombres y mujeres, lo reconozco, y reconozco que esto puede ser difícil de aceptar para las mujeres. Pero este no es un problema fácil de resolver. Se podría decir lo mismo de las personas mayores, porque tampoco son “normales”: La población que envejece también es más vulnerable que el conductor promedio debido a la debilidad de sus huesos y la masa y el tono muscular”. ¡Y ese es su comentario! Las mujeres no cumplen las condiones para ser conductoras, para ser personas; el problema es de las mujeres, no de la ingeniería, y noes un problema el ingeniero deba resolver per sé

¿Quizás las mujeres y los ancianos deberían considerar ponerse una armadura o ropa acolchonada? El fabricante no piensa en cuál es la solución ¿Se puede esperar que este señor diseñe automóviles que funcionen para mujeres o ancianos o personas con capacidades especiales?

Consideremos también que cada vez que empezamos a reducir nuestra definición de quién es un ser humano, encontramos que muchas personas quedan fuera. Las mujeres son uno de los grupos más grandes habitualmente excluidos. Y sucede en todos los ámbitos que excluyen a la mujer, que esta exclusión va acompañada de la marginación de ancianos, personas discapacitadas y niños.

La causa de tales exclusiones esa una concepción muy estrecha de quién es normal. Quienes respaldan esta concepcíon a veces se preguntan con la mejor de las intenciones: “¿Cómo podemos ayudar a todas estas extrañas-mujeres-personas a superar el hecho de que son hombres deficientes?” Creo que esta es precisamente la trampa en la que a veces cae el feminismo –a veces con la mejor de las intenciones. Porque es difícil entender cómo enmendamos una cultura que no ve a las mujeres como iguales en dignidad, como si necesitaran ajustes “personalizados” –es gracioso, porque no decimos que los autos estén “personalizados” o adaptados para los hombres. Como si las mujeres no merecieran ciertos ajustes y adaptaciones para moverse cómodamente por el mundo.

Numerosas activistas feministas activas, que verdaderamente creen en la igualdad de dignidad de la mujer, tristemente se enfocan más bien en responder a la pregunta de “¿cómo puedo ayudar a las mujeres a hacerse pasar por mejores intentos de hombres para que puedan disfrutar de las libertades a las que sé que tienen derecho?”.

Otro ejemplo curioso. Una escritora descubrió que podía hacer que el sistema de navegación GPS de su automóvil reconociera mejor su voz si hablaba de manera exagerada con un tono de voz más grave, porque los diseñadores del sistema de navegación no habían probado el sistema de reconocmiento de voz del GPS con voces femeninas y la inteligencia artificial no estaba preparada para reconocerlas.

Esto es gracioso, pero no es tan diferente de muchos de los consejos que da Sheryl Sandberg en su libro Lean In, que trata sobre cómo navegar en el mundo corporativo construido alrededor de ciertas normas de conversación masculinas, algunas de las cuales son buenas, otras moralmente neutrales y otras un poco tóxicas. Dice Sandberg: “las mujeres tienen que aprender a dejar de disculparse o pedir permiso a otras personas para hacer cosas”. Y luego, si aprenden lo suficientemente bien cómo hacer el “equivalente conversacional” de hablar con voz fingida grave, entonces podrán mantener puestos de trabajo. Y ¿ no nos llena de entusiasmo eso? Podríamos decirle a nuestros autos a dónde ir y luego podríamos desarrollarnos en nuestra carrera profesional siempre que recordemos no decir “Esto es sólo una idea, pero quizá” o “Oh, lamento no haberme dado cuenta de que eso interfería con tu proyecto”. En lugar de estas expresiones amables tenemos que aprender a decir: : “¡No! ¡Me importa un bledo lo que pienses!  ¡Mi proyecto va por encima del tuyo y el tuyo lo voy a pisotear y destruir!”

Quizá parezca que estos “ajustes” son más fáciles de hacer que el ideal de diseñar un ámbito profesional incluyente y amigable para las mujeres. Sin embargo permanece la insatisfacción de pretender que dar cabida a las mujeres en el ámbito de negocios, implica adoptar una forma única de moverse en el mundo, una forma única de interactuar que ni siquiera va acorde con el carácte y la personalidad de mcuhos hombres. Esta visión pretende únicamente forzar a más mujeres y hombres a adaptarse a este modelo estrecho como camisa de fuerza…

En esta misma línea restrictiva la anticoncepción y el aborto son las “exigencias”, “imposiciones” y “arreglos” más peligrosos que se les pide a las mujeres que hagan para compensar el que no sean tan aptas como los hombres, como sería conveniente que fueran.

Muchas de quienes están a favor del “derecho a decidir” piensan que la resolución de Roe vs. Wade no fue una reivindicación del derehco a la privacidad, sino una reivindicación de igual protección ante la ley. Y su reclamo es que las mujeres no pueden tener la misma protección ante la ley, no pueden ser iguales como ciudadanas, sin pagar el precio de entrada a la sociedad, es decir: la capacidad de abandonar a alguien que es vulnerable y depende de ti.

Creo que en la descripción de esa realidad tienen razón, ese es el precio de entrada que le hemos puesto a la pertenencia a nuestra sociedad. El aborto es una exigencia injusta para las mujeres. No es la única exigencia injusta que hemos impuesto a las mujeres. Exigir que las mujeres vuelvan a trabajar o pierdan sus trabajos, días o incluso semanas después de dar a luz a un bebé, niega también no solo la dignidad de un niño, sino la misma realidad física de un niño.

Me gustaría encontrar más formas de animar a la gente a que se preocupe profundamente por la dignidad de las mujeres, que puedan darse cuenta de estas demandas injustas que se nos imponen una y otra vez, para que caigan en la cuenta de que el aborto es un ejemplo más de estas injusticias. Un ejemplo más en el que le decimos a una mujer: “el problema es que eres mujer; es tu responsabilidad encontrar la manera en que no tengamos que lidiar con esa realidad desagradable, y cualquier exigencia, cualquier sacrificio, cualquier cosa, el sufrimiento que tienes que causar para superar eso vale la pena, porque aquí no tenemos lugar para las mujeres”. Cuando no tenemos espacio para las mujeres, tampoco tenemos espacio para bebés y viceversa.

Generar un ambiente de acogida para mujeres y niños demanda un compromiso de nuestra parte para reconocer quiénes somos las mujeres y quiénes somos todos.

Dicho de llanamente: nuestro mundo facilita a los hombres vivir dentro de la mentira de que todos somos seres humanos autónomos. Algo que tampoco es cierto para los hombres. Y creo que cualquier hombre sabe que no es un ser autónomo y no necesita que se lo recordemos. Sin embargo en el presente nuestro mundo está un poco más dispuesto a aceptar las necesidades particulares que tienen los hombres o incluso a pedirles que hagan voluntariamente concesiones injustas; nuestra sociedad les ha pedido estas concesiones por tanto tiempo, que a los hombres ya no les parecen absurdas, a pesar de serlo.

En una discusión reciente sobre la licencia de paternidad de Pete Buttigieg, los ataques de detractores se enfocaban en negar que los padres cumplieran alguna función o tarea de cuidado de los hijos. Esto implica negar que el padre tenga obligaciones reales de atención al bebé, aunque obviamente no amamante al bebé. Es negar que existan obligaciones paternales no solo respecto a la esposa, sino directamente con el hijo. Obligaciones que requieren tiempo y espacio para cumplirse. Es negar también que la finalidad de tener un Estado sea garantizar que las personas tengan la libertad para poder cumplir con sus auténticos deberes.

Y sin embargo la forma en que reaccionamos frente a las obligaciones de las mujeres es diciéndoles que la condición que da lugar a esas obligaciones es un problema del que queremos liberarlas. Al igual que con el ingeniero automotriz, el problema fundamental es que las mujeres son demasiado vulnerables, demasiado cercanas. Y la pregunta es: ¿Dónde estamos estableciendo nuestro punto de referencia de cuán vulnerable es demasiado vulnerable; y de quién, o en el caso del automóvil, de qué estamos demasiado cerca?

Una de las cosas que me parecieron conmovedoras sobre el libro recientemente publicado de O. Carter Snead  “What it means to be human” es que articula la defensa de la dignidad de un bebé en el útero de una manera muy diferente al tipo de defensa que se esgrime más a menudo.

Por lo general, los argumentos que escucho en favor de los no nacidos afirman algo así como: “dado que el bebé es casi como la madre, y dado que ambos son muy cercanos, podemos suplir las carencias del bebé con las capacidades de la madre”. Este tipo de argumento es el que aparece en la película de Juno: “¡Tu bebé tiene uñas, como tú! ¡Son básicamente lo mismo!” Resulta sorprendente tal afirmación viniendo de quienes suelen repetir que el nonato no es más que “un montón de células”.

Parece entonces que entre posiciones encontradas pueden señalarse algunos puntos de coincidencia. Es cierto por otra parte que mi hija (en mi vientre) en este punto puede percibir la luz si sus ojos están abiertos; puede escucharnos también; pero aún está lejos de desarrollar capacidades auditivas y visuales equivalentes a las mías. Pero la dignidad de mi hija no aumentó ni disminuyo cuando desarrolló capacidades auditivas y visuales embrionarias.

Me parece sorprendente del libro de Snead, que no defiende la dignidad del nonato afirmando que “el bebé es básicamente como su madre adulta”; por el contrario, Snead afirma que “la madre es básicamente como el bebé”. ¿No suele ser un insulto comparar a alguien con un bebé? ¿No es infantilizante? Se considera un insulto poruque se asume que afirmar cualquier dependencia mutua de dos personas es denigrante. Snead sostiene que el bebé tiene una exigencia justa ante su madre y es vulnerable y requiere apoyo.

Como mujer embarazada pienso que tengo una exigencia justa hacia mi esposo. Los dos, en virtud de la necesidad creada por la vulnerabilidad de mi embarazo, tenemos una exigencia ante las personas que nos rodean. Y al igual que mi bebé “me exige” en cierta forma y con mucha razón muchas acciones y cuidados, que continue con el embarazo pero también: “aliméntate mejor; descansa más tiempo, haz una pausa en tus actividades”; de una manera análoga yo también tengo derecho a exigir ciertas cosas. El origen de ese derecho es mi vulnerabilidad y mis necesidades derivadas de mi condición de madre embarazada.

Rara vez he visto que la causa pro-vida recura a esta argumentación, que parte del reconocimiento de la debilidad, de la profunda vulnerabilidad y la incapacidad del niño. Y que defiende que esta condición vulnerable y carente es esencialmente igual a la de cualquier otro ser humano.

Por eso, un mundo que es particularmente hostil a las vulnerabilidades específicas de las mujeres siempre será hostil a la necesidad y la carencia humana en general. Un feminismo que aboga por la dignidad de la mujer, por la dignidad de la reproducción de la mujer es un feminismo que en última instancia es benéfico para los hombres, para los ancianos, bueno para los niños y para los discapacitados, porque afirma: “Tenemos que acoger a los demás tal como son: Somos seres vulnerables. Ser humano es ser por naturaleza “una carga” para los demás.”

No sigamos la lógica de que “todos estamos muy cerca de ser autónomos” y que el objetivo es simplemente “elevar un poquito la autonomía de todos” y si esto no resulta entonces “elevarla un poquito más” en la creencia de que el sentido de la vida del ser humano es ser independiente. La independencia no es ni posible, ni deseable, discapacitados o no, embarazadas o no, en el vientre materno o fuera de él.

La pregunta es cómo respondemos a la interdependencia que todos compartimos; y cómo respondemos a ella con amor; y cómo respondemos a ella reconociendo a cada persona. Esto es lo que significa ser una criatura amada por Dios.

Día Internacional de la Mujer

Día Internacional de la Mujer

Por Pbro. Mario Arroyo

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¿Cómo vive la Iglesia el “Día Internacional de la Mujer”? Habría que preguntarle al Papa, pues es su representante oficial. La verdad es que ya lo ha hecho en repetidas ocasiones, pero su mensaje ha generado rechazo por parte del ala más radical del feminismo. Así por ejemplo, cuando en el 2019 twitteó que “la mujer embellece el mundo”, fue duramente criticado: “no somos adorno”. Además, se reabrieron viejos y eternos lugares comunes: “no se meta en nuestros ovarios”, “aborto libre ya”, “¿entonces por qué no hay ninguna mujer en la curia?” y la letanía podría seguir. Es decir, hay un grave problema de comunicación.

Por todo lo anterior, podríamos decir, que el Día Internacional de la Mujer se vive, por lo menos en amplios sectores de la Iglesia, con una sensación agridulce, con sentimientos encontrados. En efecto, la Iglesia y el Vaticano luchan por la dignidad de la mujer en diversos importantes sectores del mundo. Por ejemplo, la lucha casi personal de Francisco contra la trata de personas, la oposición a los vientres de alquiler por considerarlos nocivos para la dignidad de la mujer, la lucha contra el aborto selectivo de niñas en China y la India, el rechazo de la pornografía, son solo algunos de los rubros en los que la Iglesia presenta diariamente la batalla por la dignidad femenina.

Mujer en Harar, Etiopía. Foto: Habeshaw.

El problema es que esos aspectos no son valorados por las organizadoras del 8M, no son visibles. Y siguen denunciando la oposición de la Iglesia al aborto, como si la piedra angular de la dignidad de la mujer fuera su capacidad de abortar; así como siguen exigiendo cuotas de poder en la Curia Romana. Para la Iglesia esta ceguera selectiva es muy dolorosa, porque aparte de infravalorar su importante papel en la lucha por la dignidad de la mujer, testimonia un hecho en extremo doloroso: estamos perdiendo a la mujer en el mundo. La mujer, que clásicamente desempeñaba y desempeña todavía, un papel fundamental en el seno de la Iglesia, poco a poco se va alejando de ella, sobre todo las generaciones jóvenes, que se dejan cautivar por los ideales del 8M.

El 8M resulta doloroso también, en algunas partes, porque vemos a unas mujeres poco femeninas, transformadas en valkirias furiosas que, en medio de una furia iconoclasta, lo destruyen todo a su paso, cebándose particularmente en los templos religiosos. Resulta penoso tener que defender los templos con cadenas humanas, y muchas veces no se pueden defender todos. En algunos lugares, como en Chile, se ha llegado a incendiar iglesias con motivo del 8M. Tal pareciera que la Igualdad de Género exige como sacrificio la destrucción de la Iglesia.

“Las mujeres molestas cambiarán el mundo”. Foto: Flavia Jacquier.

Es verdad que no todas las que salen a marchar lo hacen con estos aires; son simplemente las más radicales; pero son precisamente éstas quienes más ruido hacen y quienes encabezan el movimiento. Tristemente, muchas mujeres que marchan por la igualdad, por la dignidad, por la eliminación de toda forma de violencia contra la mujer –todas estas causas legítimas que comparte la Iglesia– son utilizadas por un grupo creciente de mujeres, cuya causa es el aborto libre y gratuito, así como el rechazo de la Iglesia. En algunos lugares han marchado incluso monjas católicas oponiéndose a la violencia contra la mujer, y han sido utilizadas como “idiotas útiles” por quienes buscan desmantelar a la Iglesia y constituir al aborto en un súper derecho.

Por todos estos motivos, la celebración del 8M tiene tintes dolorosos para la Iglesia. Ella no puede, sin embargo, dejar de ser fiel a sí misma, lo que supone dos cosas simultáneas, difícilmente conciliables para las feministas radicales. Por un lado, continuar dando la batalla por la igualdad de la mujer y por la eliminación de toda forma de violencia hacia ella, su denuncia valiente y profética de todas las formas en la que es vejada su dignidad. Pero, junto a ese rubro, en el que podríamos ir de la mano con las feministas, está el otro, al que tampoco puede renunciar, y que es causa de conflicto: la denuncia del aborto como una grave ofensa a la dignidad humana, y el hecho de que el sacerdocio esté reservado a los varones por voluntad expresa de Jesucristo. Vista así, la situación de la Iglesia es ambivalente respecto del 8M. Ojalá que podamos encontrar cauces civilizados de diálogo, que pongan el acento más en lo que nos une, que en aquello que nos separa.

Día Internacional de la Mujer

Un mismo horizonte para todos los mexicanos. Justicia y otros pendientes con la discapacidad.

Por María Teresa Sánchez Gómez

Mi experiencia con la discapacidad y la convivencia con las personas que la presentan, me ha enseñado como médico rehabilitador que no es suficiente ser sensible ante este tema; se requiere ser consciente del valor y de la dignidad que todo ser humano tiene para vivir una vida plena, de la necesidad de pertenecer a una comunidad y participar de diferentes actividades. Garantizar una vida digna para todos los individuos exige el conocimiento de las razones morales y legales que dan sentido a  nuestra vida en comunidad.

Para saber y poder atender las necesidades de las personas con discapacidad en México debemos cambiar el enfoque con que concebimos a la discapacidad: Eliminar los prejuicios, los estigmas y los paradigmas para romper las barreras socioculturales que más han lastimado a las personas con discapacidad y a sus familias.

Modificar la forma de mirar la discapacidad es descubrir en el otro la misma dignidad que tengo yo. Es encontrar en el otro lo mismo que hay en mi persona.

Hay quien dice que la discapacidad es un color básico en la paleta de la diversidad humana. Por eso debemos empezar a reconocer que la diversidad en la apariencia física de las personas despierta distintos impulsos que modifican la conducta de los individuos en la forma en que formulan ideas, tabús o sienten escrúpulos. Esta conducta  influye en el momento de construir conceptos acerca de las personas, y de acuerdo a ese concepto la forma en que se valora a las personas.

La diversidad en la apariencia física puede llevar a la conducta de las personas en dos sentidos opuestos. Uno, negativo o de rechazo, que conduce a la segregación o a la exclusión. Otro, positivo o de entendimiento, que permite la inclusión.

La discapacidad, va más allá de las barreras físicas de un individuo, la discapacidad está sobre todo en las barreras del entorno.

Algunos datos acerca de la discapacidad en México

Las diferentes encuestas y censos que se realizan a nivel mundial y en nuestro país, ayudan a tener un mejor conocimiento acerca de la realidad de las condiciones en que vive la gente con alguna discapacidad. Los datos y estadísticas miden diferentes indicadores acerca de la discapacidad. Gracias a estos datos se pueden diseñar políticas públicas y programas que aseguren el respeto a los derechos de las personas con discapacidad.

La falta de aceptación por las familias que tienen a uno de sus integrantes con discapacidad o la insuficiente cobertura territorial para la aplicación de estas encuestas son algunas de las limitantes que dificultan la tarea de contar a todos y todo.

Hay más de mil millones de personas que viven con algún tipo de discapacidad a nivel mundial, de los cuales 80% se encuentra en situación de pobreza, según la Organización Mundial de la Salud.

En nuestro país, datos obtenidos de la Encuesta Nacional de Dinámica Demográfica (ENADID) de 2018 hablan señalan que  más de 7 millones de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y adultos tienen alguna discapacidad.  La discapacidad se presenta con mayor frecuencia en mujeres. Una misma persona puede presentar uno o más tipos de discapacidades. El tipo de  discapacidad que predomina es la motora, seguida de la discapacidad visual, mental y auditiva.

La mitad de las personas con discapacidad son personas adultas mayores, debido al envejecimiento demográfico. Las principales causas que la originan, son las enfermedades y la edad avanzada.

¡Solo 60% de la población con discapacidad en edad escolar asiste a la escuela! El nivel más alto de educación es la primaria. Las personas con discapacidad motora son las que menos asisten a la escuela debido  — en su mayoría — a las barreras arquitectónicas que dificultan la movilidad.

Casi 40% de la población con discapacidad de más de 15 años participa en actividades económicas. Menos de la mitad de la población con discapacidad acepta tener un ingreso por algún programa de gobierno.

La discapacidad también impacta a las personas que no la presentan, pero conviven con ella: familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, maestros, etc. Por lo que las cifras pueden aumentar si se miden más indicadores que incluyan a todas las personas que viven en torno a la discapacidad.

Todos estos datos muestran la pobreza, marginación, discriminación, exclusión y falta de garantía en el cumplimiento de los derechos de las personas con discapacidad. El problema empieza a ocurrir desde sus hogares,  la escuela, el trabajo o la calle. Es ahí, en lo cotidiano donde se presenta la alternativa de enfoque para abordar la discapacidad desde la inclusión social y garantizar sus derechos.

Existen otros datos y estadísticas que reportan el abandono, maltrato, violencia y explotación que sufren las personas con discapacidad. Estos datos son difíciles de obtener debido a que quienes deberían reportarles son las mismas personas que causan estas condiciones: familiares o cuidadores. Y por desgracia, quienes son víctimas no denuncian estos abusos debido a sus limitaciones físicas o intelectuales,  al aislamiento al que están sometidas o a la falta de conocimiento de sus derechos.

De todos los grupos más vulnerables de la sociedad, el grupo con mayor proporción es el de las personas con discapacidad.

Una mirada más justa

La óptica de la sociedad acerca de la discapacidad podría resumirse en tres paradigmas distintos: El paradigma tradicional, es en el que entiende a la discapacidad como un castigo para quien hace el mal. Está presente desde tiempos remotos hasta hoy en día. 

Debido a la primera y segunda guerra mundial en el siglo pasado se estableció el paradigma médico-asistencialista: Eran tantas las personas que quedaron con algunas secuelas que condicionaron discapacidad que se convirtió en un problema de salud pública. Un problema que requería ser atendido de manera más amplia, por lo que el gobierno se involucró en dicha atención.

Recientemente — a nivel internacional — ha surgido un nuevo paradigma que permite tener una visión que aborda la inclusión social y al modelo de derechos:

En el 2006 la Organización de las Naciones Unidas aprobó la “Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad”, en la que México participa. Este instrumento internacional afirma que las personas con discapacidad deben disfrutar de todos los derechos humanos y libertades fundamentales, reconociendo que no es la discapacidad por sí misma la que limita, sino las barreras del entorno social.

En 2007, fue firmada y ratificada esta convención por nuestro país, con lo que nos comprometimos a seguir sus lineamientos y principios, modificando  políticas públicas y legislación para que las personas con discapacidad disfruten plenamente de sus derechos.

Esta convención junto con otros instrumentos internacionales, como la agenda 2030 para el desarrollo sostenible de la ONU,  leyes derivadas de nuestra Reforma Constitucional en Materia de Derechos Humanos de 2011, el Plan Nacional de Desarrollo del gobierno federal de México, y diferentes programas y políticas públicas en materia de accesibilidad, tienen como principal objetivo proteger y hacer cumplir los derechos de las personas con discapacidad para asegurar su inclusión y participación en las actividades de nuestro país.

Seamos alegría y esperanza para otros

La discapacidad se presenta no sólo por las limitaciones físicas o intelectuales de una persona sino más bien, cuando a estas limitaciones se suma todo tipo de barreras que hay en el entorno, en la mente y en corazón del resto de las personas; tenemos tareas pendientes tanto en cuestiones de planeación urbana y movilidad, como en la inclusión laboral o educativa, y en la disminución de la discriminación.

Hay diferentes tipos de barreras a las que se enfrenta la discapacidad, pero la de tipo sociocultural es una de las más importantes. Debido a que son las principales fuentes de prejuicios, estigmas y paradigmas. Estos pre conceptos se conciben desde la misma persona que presenta alguna discapacidad, su familia y la sociedad.

Nuestro país es el ámbito idóneo para el encuentro, porque solo en conjunto nos reconocemos como parte de una misma nación, de un mismo pueblo. Es el lugar donde se debe resaltar el derecho a la dignidad personal, a la inclusión y a la participación generosa para la construcción de un futuro esperanzador. Estos son los derechos inalienables para cualquier persona, sean cuales sean sus circunstancias individuales.

La discapacidad es una realidad, ignorarla no significa que no existe. La indiferencia y el egoísmo de no querer aceptar esta realidad no nos exenta de la probabilidad de adquirirla. Todos somos portadores de esa probabilidad debido a un accidente, a una enfermedad o al envejecimiento.

Este 15 de septiembre que celebramos a nuestra Patria y recordamos con agradecimiento a los hombres y mujeres del pasado que han forjado esta nación,  no olvidemos a aquellas mujeres y hombres  que hoy  claman el reconocimiento de su dignidad y el respeto de sus derechos.

Celebremos este México lindo y querido sin dejar de lado el sufrimiento de quienes padecen pobreza, marginación y abandono por parte de una sociedad que a veces se sumerge en el fango de la mezquindad.

El nuevo paradigma acerca de la discapacidad tiene pocos años de empezar a cambiar la forma de concebir a la discapacidad. Todavía hay mucho por hacer para garantizar los derechos de todos. Reflexionemos: ¿qué estamos haciendo por el otro? Como ciudadanos estamos convocados a trabajar por la paz y la justicia, por el bien común para todos.

Este año la pandemia ha aumentando la brecha que dificulta garantizar los derechos de las personas con discapacidad. La educación, el trabajo, los medios de comunicación, el transporte, el acceso a la salud y a otros servicios  son retos para el progreso en pos de la calidad de vida humana que es posible  si alcanza a todos y se ajusta al respeto de los derechos de cada persona.

Este México justo que todos anhelamos podrá ser si ponemos nuestro esfuerzo al servicio del derecho y los derechos, decretando la igualdad de toda persona, independientemente a nuestra gran diversidad. Resistamos toda injusticia que cada uno lleva en sí mismo. Luchar por la justicia es un combate sin fin: bienaventurados los sedientos de justicia, que nunca serán colmados.

Juntos pongamos nuestra mirada en el futuro, solo unidos podremos salir adelante.

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