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Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

Naufragios: el dilema entre el Atlántico Norte y la Ruta del Mediterráneo

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Un famoso dilema ético nos cuestiona si accionaríamos una palanca para desviar un tranvía que está a punto de arrollar a cinco personas, a sabiendas de que al cambiar de vía el tranvía arrollaría a una persona. Han surgido variantes a este dilema: en ocasiones eres tú quien conduce el tranvía; en otras sólo accionas la palanca; incluso podrías ser tú ese único individuo a quien se dirige inminente el tranvía fuera de control. En algunas variables, se propone que se siente menos culpabilidad al accionar la palanca o presionar un botón, a pesar de que la consecuencia sea la misma que la de que arrojar desde un puente a un hombre muy gordo para detener al tranvía. En otra variable la vía es “un bucle”, o sea que, aunque lo desvíes, en cierto punto el tranvía volverá a la vía principal y el impacto contra alguna persona tendrá lugar.

En otra variante, no se trata de un tranvía, sino de mineros: cinco mineros quedan atrapados en la mina, si accionas la palanca, una roca se desplazará y podrás liberar a los cinco trabajadores, pero un minero morirá inevitablemente, porque la roca desviará el curso y lo aplastará.

Incluso se han hecho simulaciones en las que vas conduciendo un auto que se estrellará con otro; si lo desvías puedes salvar tu propia vida, pero atropellarás a alguien. La mayoría de quienes realizaron esta simulación, giraban el volante inmediatamente. Porque se trataba de un desconocido. Pero cuando la simulación cambiaba la cara del desconocido por la del hijo de cada persona, la mayoría permanecía en el carril y prefería estrellarse antes que arrollar a su propio hijo. Así pues, existen múltiples variaciones del dilema del tranvía.

Imagen: McGeddon

La ética utilitarista elegiría salvar el mayor número de vidas posibles. En este caso siempre se elegiría salvar a cinco, aunque se tenga que sacrificar a un inocente. La ética deontológica, que elige seguir un supuesto deber y tiene vertientes kantianas consideraría inmoral arrojar al hombre gordo del puente para detener al tranvía, pero no vería con tan malos ojos accionar la palanca, porque no se utiliza a alguien como medio para salvar a los demás. Incluso podría ocurrir que la persona vea que un tranvía se dirige hacia ella y se mueva para evitarlo.

La solución no es sencilla, de otro modo no sería un dilema y a esto hay que sumar la intención, el doble efecto y los daños colaterales. Estos experimentos mentales, que a veces pueden parecer demasiado abstractos y descabellados por las variables que se van sumando, tienen la finalidad de ayudarnos a tomar decisiones cotidianas o al menos a tomar partido y formar una opinión frente a situaciones extraordinarias. Y quizá es una situación extraordinaria precisamente lo que hemos observado en estos días.

Un submarino con cinco personas desaparece en el Atlántico. Un barco con al menos 700 personas naufraga en el mar Jónico. ¿A quién destinas mayor esfuerzo y recursos para la búsqueda y rescate? ¿Acaso esta situación no es semejante al dilema del tranvía?

Ahora hay que añadir los detalles. El submarino Titán de la empresa Ocean Gate realizó una inmersión el domingo 19 de junio para buscar los restos del Titanic en el Atlántico Norte, a 700 kilómetros de Terranova, Canadá y perdió la comunicación poco tiempo después.

Lugar aproximado del Titanic y desaparición del Titán.

Se trata de un submarino que no cuenta con ninguna certificación técnica oficial; que en el 2018 fue demandado por uno de los ingenieros, David Lochridge, quien consideró no se cumplían lineamientos de seguridad; que incluso es comandado por un control de una consola de juegos que fue adaptado, algo común en sumergibles, pero que no deja de resultar extraño; para la travesía, los participantes deben firmar unos documentos en los que aceptan las posibilidades de daños físicos e incluso la muerte; un submarino que en el 2022 perdió la comunicación con la nave nodriza durante tres horas –cuenta el periodista David Pogue, quien a pesar de sus temores hizo la expedición por cuestiones laborales; cada pasajero turista (además de la tripulación y eventuales pasajeros científicos) paga ordinariamente un costo de 250,000 dólares.

La expedición consta de ocho días en altamar para enseñar a los pasajeros turistas lo necesario para tripular el submarino y eventualmente realizar la inmersión. El pequeño submarino hecho con fibra de carbono y titanio puede sumergirse hasta cuatro mil metros y tiene capacidad para cinco personas, que deben ir sentadas y realmente no tienen mucho espacio. El oxígeno alcanza para 96 horas aproximadamente, pero algunos expertos aseguran que se trata de un estimado, porque quizá los tripulantes intenten respirar un poco menos para alargar la duración, de ahí que se trate de una búsqueda contra reloj.

Twitter David Pogue.

Al limitado oxígeno debemos añadir la oscuridad del fondo marino, las bajas temperaturas, las corrientes marinas, la posibilidad de quedar enganchado al naufragio del Titanic y creo que es importante considerar el factor humano: no sabemos cómo puede reaccionar cada individuo ante la desesperación de una posible inminente muerte tan terrible.

La noticia ha despertado furor por varios factores: porque el Titanic y su imaginario atrae por sí mismo; por el costo de la expedición; porque la ironía de que se considere el submarino Titán una punta de lanza mientras que es comandado por un control de Xbox; porque se trata de varios millonarios atrapados; y porque se ha hecho un derroche de recursos y desplegado una búsqueda y que cuesta millones de dólares, mientras que otros rescates no tienen tanta cobertura y ni de cerca esos recursos.

Los cinco hombres a bordo del Titán son un empresario y explorador británico –Hamish Harding–, un excomandante de la armada francesa y experto en el Titanic –Paul Henri Nargeolet–, el padre e hijo de una familia multimillonaria pakistaní –Shahzada y Suleiman Dawood­­­–, y el fundador de Ocean Gate ­–Stockton Rush– quién además es marido de Wendy Rush, la tataranieta de Isidor e Ida Straus, una pareja millonaria que murió en 1912 en el naufragio del Titanic. Se trata de cinco personas que conscientemente aceptaron los riesgos de la aventura y que además tenían grandes fortunas.

Twitter David Pogue sobre el uso del control de Xbox.

En la otra vía, se encuentra uno de los más grandes naufragios de los últimos meses en el Mediterráneo, con un número indefinido de migrantes procedentes de un barco pesquero que zarpó de Libia. Hasta el momento la guardia costera griega ha rescatado a 106 personas, pero al menos 79 han muerto y hay varios desaparecidos. ¿Quiénes iban a bordo? En este caso no tenemos los nombres, ni una breve semblanza, simplemente sabemos se trataba de migrantes. La llamada de auxilio ocurrió el martes desde la zona más profunda de ese mar, conocida como la Fosa de Calipso, que tiene una profundidad de cuatro mil metros, por lo que los rescates en esta zona son difíciles. El martes por la noche un buque de la Guardia Costera divisó la embarcación y ofreció ayuda, pero la ayuda fue rechazada, el barco continuó su recorrido y poco tiempo después se volcó.

La guerra y la pobreza orilla a la migración y con ella los traficantes de personas se han enriquecido. El año pasado la Organización Internacional para las Migraciones registró al menos 3,800 muertes en esta ruta. Lucran con los esfuerzos económicos de los migrantes, que en comparación con los 250,000 dólares podrían parecer mínimos, pero que en realidad valen mucho más porque se trata quizá de los ahorros de toda una vida; como la parábola de la viuda que da sólo una pequeña moneda como ofrenda, pero que vale más porque no ha dado lo que le sobra, sino lo necesario para vivir (Marcos 12, 41 – 44).

Para darnos una idea de la dificultad de esta travesía, les recomiendo la película Las nadadoras de Sally El Hosaini, basada en la historia de dos hermanas sirias que huyen de la guerra con la esperanza de llegar a Alemania. Las hermanas y su primo sobreviven la ruta del Mediterráneo en una balsa, en parte porque ellas se arrojaron al mar y nadaron parte de la travesía. Después de una estancia en un campo de refugiados en Grecia continuaron el camino mayormente a pie hasta Alemania.

Una de las hermanas participó en las Olimpiadas de Río de Janeiro, mientras que la otra es voluntaria y ayuda a rescatar migrantes, pero puede ser encarcelada por su labor, ya que esta ayuda humanitaria también se considera de cierta forma ilegal. A modo de pequeña crítica, sin quererme desviar del tema, quisiera señalar que en la película también se puede observar la dificultad de un migrante “promedio”, que tiene que lidiar con un nuevo idioma y de encontrarse en un lugar en el le será casi imposible progresar laboralmente. Quizá en su lugar de origen tenían alguna calificación técnica o profesional; mientras que en el nuevo lugar tendrán que empezar desde cero y en muchos casos aspirarán únicamente a trabajos manuales. Estos migrantes “comunes” se distinguen de casos excepcionales en los que el migrante es buen deportista o tiene alguna otra gran habilidad que lo ayuda a destacar.

Operación Tritón de Frontex. 15 de junio 2015.
Fuente: Fuerza de Defensa Irlandesa.

Retomando el tema, las redes sociales ardieron, porque es indignante la cantidad de recursos destinados a las búsquedas y recursos de ambos casos. Los esfuerzos y el dinero para rescatar a los tripulantes del Titán son millonarias: Estados Unidos ha enviado aviones, a la Guardia Costera y a la Marina, Canadá ha enviado médicos y barcos, los franceses sumergieron un robot. ¿Quién asume estos costos?

Bien sabemos que las aseguradoras no suelen asegurar este tipo de empresas; y más si consideramos que los cinco pasajeros firmaron un documento en el que son conscientes y aceptan el peligro físico y la posible muerte. Así pues, los rescates por lo general son pagados por los contribuyentes, salvo en ciertas excepciones. Por ejemplo, si tienes un accidente en el monte o en el mar en Croacia el rescate –así sea que utilicen un helicóptero– no tendrá ningún costo para la víctima; mientras que en otros lugares como Austria, Alemania o Estados Unidos sí habrá un pequeño costo, especialmente si el accidente ocurrió por la imprudencia de la víctima.

¿Es imprudente sumergirse en un submarino sin certificación, manejado por un control casi de juguete, con tripulantes inexpertos, en una zona profunda, oscura, helada y con una fuerte corriente marina? La pregunta es más retórica … por lo que a mí respecta, me parece una gran imprudencia e incluso temerario.

El límite para la esperanza era el jueves 22 de junio a las 13:00 horas (Europa) porque se consideraba que a esa hora se agotaría el oxígeno, sin embargo, la búsqueda continuó al menos hasta las 19 horas cuando los guardacostas anunciaron que encontraron restos significativos; incluso para ese momento se sumaron nuevos barcos al rescate, pero lo que se ha encontrado son restos del submarino. A las 21 horas la Guardia Costera de Estados Unidos en su rueda de prensa dio por fallecidos a los cinco hombres; parece que a casi 500 metros del Titanic, implosionó el Titán. Se encontraron los restos del submarino, cinco piezas, pero no creen probable recuperar los cuerpos.

Titanic partiendo de Southamton el 10 de abril de 1912.
Foto: Francis Godolphin Osbourne Stuart.

Volvamos al dilema del tranvía, claro, en este caso no es un tranvía, sino un submarino y un barco. Si siguiéramos la lógica de la ética utilitarista, lo evidente y justo sería destinar la mayoría de los esfuerzos, tiempo y recursos a rescatar a los migrantes del barco pesquero del Mediterráneo y prevenir futuros naufragios, en lugar de rescatar a cinco personas que aceptaron los riesgos de satisfacer su curiosidad para ver las ruinas del Titanic. Pero no se destinaron los mismos recursos, a veces pesa más el dinero y eso también es utilitarista.

Se podría argumentar que no es el mismo caso, porque las víctimas de ambos naufragios se encuentran en lugares diferentes; pero en febrero del 2022 un barco pesquero gallego, Villa de Pintaxo, se hundió casi en las mismas coordenadas que el Titán, muy cerca de Terranova, Canadá. 24 tripulantes murieron y tres personas sobrevivieron; basta decir que el despliegue para el rescate no fue tan abrumador como en el caso del Titán.

Entonces ¿acaso los cinco pasajeros del Titán valen más que los 700 del barco pesquero o que los tripulantes del Villa de Pintaxo? El dilema del tranvía sigue sin resolverse, incluso si se considerara una mayoría cuantitativa y no cualitativa. No creo que se puede resolver con una ética utilitarista y tampoco deontológica. Así como tampoco creo que una vida valga más que otra.

Para cada caso se debería intentar salvar a todas las personas, mantener la esperanza y agotar las posibilidades. ¿Es inmoral el despliegue de recursos para intentar rescatar a los cinco hombres del Titán? Lo es si comparamos las víctimas de otros naufragios y también resulta de cierto modo injusto y por eso nos escandaliza. Pero no debemos olvidar que en ambos naufragios las víctimas murieron de manera horrorosa.

Para morir da lo mismo si pagaste 250,000 dólares o 1000 euros; da lo mismo si eras turista o migrante; nada de eso importa. Porque varios hombres tendrán una sepultura marítima; porque a varios se les han llenado los pulmones de agua; porque habrán muerto congelados o les habrá faltado el oxígeno.

Los cinco o los cientos vivieron sus últimos minutos sabiendo que morirían de un modo horrible; no creo que alguien tenga los nervios de acero para resignarse con tranquilidad ante tal escenario y es por ello, que tanto los cinco, como los miles que yacen en el fondo marino merecen nuestra compasión.

¿Capitalismo o socialismo?

¿Capitalismo o socialismo?

Por Esteban Morfín de la Parra

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Antes que nada, quiero aclarar que este artículo hará referencia en todo momento a los aspectos económicos de los sistemas comunista, capitalista y socialista. No pretendo ahondar en las ideas filosóficas que respaldan y dan origen a estos sistemas, ni me interesa tampoco la nobleza de sus propósitos. Hablaré únicamente del impacto directo que dichas políticas tienen en la creación y distribución de la riqueza en los países en los que se han aplicado.

Al pensar en socialismo inmediatamente lo relacionamos con comunismo, la Unión Soviética, Corea del Norte, Cuba, pobreza, hambre, matanzas, desastre. El comunismo sí es una forma de socialismo, pero no su única manifestación. Es su expresión extrema. 

Todo el comunismo es socialismo, pero no todo el socialismo es comunismo. Como ya mencioné, el comunismo es la expresión extrema del socialismo, donde el gobierno es dueño de todo y de todos, controlando las vidas de los ciudadanos en cada uno de sus aspectos. 

Al leer a Marx, se entiende perfectamente por qué fue tan popular e incisivo en su época. Sus ideas eran elocuentes y le hablaban directamente a un grupo de personas que atravesaba una época difícil de pobreza y hambruna, con una clase gobernante inepta y despilfarradora, personificada en la figura del zar Nikolai. Cosa curiosa, pues Marx ni siquiera pretendía que Rusia adoptara el comunismo, o no tan rápido como lo hizo.

Marx habla de un mundo donde todos trabajan solamente lo necesario, aportando cada uno su parte, cooperando a construir una gran nación que es una gran familia, donde el gobierno rige como primero entre iguales, como un padre amoroso que vela por sus hijos. Nadie necesita dinero porque el Estado provee para todos. Nadie es más rico que nadie. Nadie pasa hambre. El trabajo no escasea. En papel, suena como un sistema maravilloso. Sin embargo, pasa por alto un par de detalles sumamente importantes: la naturaleza humana y los incentivos.

Me explico. Si bien los seres humanos tenemos sin duda alguna la capacidad de hacer el bien y comportarnos de forma noble, también es cierto que tenemos la capacidad de hacer un mal terrible y comportarnos de la manera más ruin. Teniendo esto en cuenta, las reglas de una sociedad deben construirse de modo que motiven a los individuos a sacar a lucir el lado bondadoso y noble de la humanidad. Esto se hace a través de incentivos. Si el sistema incentiva la corrupción y el crimen, las personas se comportarán seguramente de forma corrupta y criminal.

Hablando entonces de la naturaleza humana y los incentivos, ¿Qué resultado podemos esperar si un grupo pequeño de personas recibe el poder absoluto sobre una nación, su gente, sus riquezas y sus medios de producción, para “administrarlos” en nombre del proletariado? Salvo que se trate de extraterrestres o de santos elevados por encima de todos los demás, lo más natural será que estas personas busquen beneficiarse de su posición, viviendo y lucrando a costa del resto de la población. 

¿Qué efecto veremos si, además de esto, le decimos a todos que el dinero ya no es necesario porque ahora el Estado proveerá todo? Una persona normal, al ya no tener incentivos para generar riqueza, pues todo le será entregado y nada de lo que haga aumentará su riqueza, comenzará a trabajar menos y producir menos. Lo mismo para las empresas. ¿Qué motivo tienen para seguir luchando por ser productivas si no pueden gozar de las riquezas que generan? Ninguno. Todo se paraliza poco a poco y comienzan la escasez, la violencia, las represiones, las matanzas y demás consecuencias horribles que millones de personas sufrieron y sufren en carne propia.

Es imposible crear e implementar un sistema basado exclusivamente en buenas intenciones y sentimientos nobles. Al menos uno que funcione. No se pueden eliminar elementos indispensables y naturales como el dinero, la propiedad privada y el libre mercado, todos estos ingredientes fundamentales del capitalismo. 

Pero un capitalismo extremo, similar al sistema norteamericano actual, es casi tan malo y destructivo como el comunismo. A nivel matemático, no podría estar más equivocado. Estados Unidos es el país más rico del mundo. Sus políticas económicas a nivel doméstico son sumamente eficientes y motivan de forma excelente la creación constante de riqueza. El gobierno incentiva constantemente a las empresas a seguir creciendo mediante condonaciones de impuestos y facilidades legales. Sin embargo, la mayor parte de esa gran riqueza está en pocas manos, mientras el resto del país batalla por las migajas que caen debajo de la mesa.

Desde inicios del 2021, Estados Unidos enfrenta la llamada Gran Renuncia (the Great Resignation). Millones de estadounidenses han dejado sus trabajos. Tan solo en agosto, 4.3 millones de personas renunciaron a sus trabajos, equivalente a casi 3% de toda la fuerza laboral del país. Los motivos detrás de este fenómeno son y seguirán siendo tema de debate. Algunos dicen que se debe a los estímulos económicos del gobierno. Otros hablan de que se trata de una reacción al estancamiento de los salarios, que se mantienen iguales mientras los precios suben. Hay también quienes lo ven como una consecuencia del estrés provocado por la pandemia, a pesar de la cuál la carga de trabajo para la mayoría de la gente no disminuyó en lo absoluto. 

Creo que todo lo anterior es cierto. Me parece también que los empleados en general son cada vez más conscientes de que, al trabajar para una compañía, la mayor parte del fruto de sus esfuerzos termina beneficiando a alguien más. 

En un sistema como el de Estados Unidos, cada quién vela por sí mismo. Cuando alguien triunfa, lo hace a lo grande, y no creo que exista otro lugar en el mundo en el que sea más fácil convertirse en millonario. Pero quienes ganan, ganan solos. Quienes están alrededor y debajo no reciben más que salpicaduras de las cubetadas de dinero que empiezan a fluir cuando una empresa comienza a crecer de verdad. Los únicos que verdaderamente ganan son los accionistas y los ejecutivos más altos. ¿Qué motiva esto? Una sociedad individualista, donde si necesito pasar por encima de alguien para llegar a mi meta debo hacerlo sin pensarlo demasiado, o podría perder esa gran oportunidad que se me presenta. 

Me recuerda a un casino: la mayoría de los jugadores pierden y unos pocos hacen fortuna, ilusionando a todos los demás y motivándolos a seguir jugando, seguros de que ellos serán los siguientes en ganar. Económicamente es una genialidad. No se me ocurre una mejor manera de motivar el emprendimiento y la generación de riqueza. Pero no dejemos de lado el hecho de que la gran mayoría de los jugadores son perdedores. 

¿Vale la pena generar tanta riqueza si solo la podrá disfrutar una minoría? ¿No sería mejor sacrificar un poco la eficiencia en nombre de la equidad y el bienestar general? ¿Qué tanto beneficio real le reporta a cualquier persona, incluido el propio Elon Musk, cada nuevo millón de dólares que genera el multimillonario director de Tesla? Una raya más al tigre; ni él mismo se da cuenta. ¿Por qué no mejor tomar ese millón y repartirlo de modo que beneficie a más personas?

Wassily Leontief, quien recibió el premio Nobel de Economía en 1973 por su trabajo acerca de la interdependencia de los factores y actores económicos en su modelo input-output, decía que una buena economía es como un velero capitaneado con maestría. El viento son las fuerzas de mercado, los intereses personales y empresariales, las tendencias. Son aquello que empuja la economía hacia adelante. Más si se deja el velero a merced de estas fuerzas, no solo no llegará a ninguna parte, sino que posiblemente terminará por volcarse. Es por esto que necesita un capitán y una tripulación que lo gobiernen y dirijan, controlando las velas y dirigiendo el barco hacia su destino. 

Velero. Foto: Javier Lastras.

Bajo esta analogía, podríamos decir que un sistema comunista es como dejar el velero en el puerto, amarrado permanentemente y sin mantenimiento, con una tripulación que no solamente no quiere soltar amarras, sino que agrede a cualquiera que intente sacar la embarcación del puerto, donde terminará hecho una ruina. Del otro lado, tenemos al capitalismo puro, donde el velero se hace a la mar con poca y a veces ninguna intervención de parte de la tripulación, dejando que el viento lo lleve a donde sea; eventualmente naufragando. 

Me parece que no estamos demasiado lejos de presenciar el naufragio de Estados Unidos, a menos que la tripulación se decida pronto a controlar más el barco. De hecho, ya más de alguna vez la economía estadounidense ha estado a punto de volcarse por completo en las grandes crisis. Sólo entonces interviene el gobierno para controlar la situación desesperada, dejando caer al agua de la bancarrota y la miseria a cuantas personas sea necesario para mantener a flote la embarcación, volviendo a soltar los controles una vez que la crisis ha pasado.

Voy a usar ahora ejemplos clásicos y controvertidos de economías perfectamente funcionales, que crean riqueza y la reparten equitativamente entre sus pobladores. Hablo de Dinamarca, Finlandia y Noruega. Las personas más ricas de estos países tienen fortunas de 11.7, 5.7 y 10.6 mil millones de dólares respectivamente al momento en que se redactó este artículo. Si bien seguimos hablando de cifras estratosféricas, cualquiera de ellas apenas alcanza a entrar en la lista de las cien mayores fortunas personales de Estados Unidos del 2021 y sumadas no llegan más allá del lugar veintiséis (Forbes, 2021). 

Si bien se trata de países mucho más pequeños, con poblaciones minúsculas en comparación con la de Estados Unidos, sigue siendo una señal de una repartición de la riqueza mucho más equitativa que la que se da en la gran potencia norteamericana. Además, para sentidos prácticos, no existe ninguna diferencia entre el poder adquisitivo de Jeff Bezos con sus más de 200 mil millones de dólares y cualquiera de estos millonarios nórdicos. 

Volviendo a los números, los últimos coeficientes de Gini medidos para Dinamarca, Finlandia y Noruega son de 28.2, 27.3 y 27.6, respectivamente, mientras que para Estados Unidos, el dato más reciente es de 41.4 (Banco Mundial, 2021).

Indice de Gini 1991 – 2018.
Elaborada por Esteban Morfín con datos del Banco Mundial

El coeficiente de Gini es una medida de la desigualdad de la distribución de la riqueza. Entre más cercano a cero, más equitativa es la distribución. Entre más cercano a cien, más desigual. Estados Unidos no queda demasiado lejos de países tercermundistas como México (45.4), Haití (41.1) y la República Democrática del Congo (42.1).

Y bien, ¿Qué tienen en común Dinamarca, Finlandia, Noruega y otros países con economías exitosas e igualitarias? Todos tienen políticas económicas socialistas, unificadas en el llamado socialismo nórdico o modelo escandinavo. Este socialismo implica una intervención directa del gobierno en la economía, con un papel clave y primario en la redistribución de la riqueza generada, respetando siempre los principios básicos del libre mercado, con grupos de profesionales fuertemente sindicalizados. No implica la inexistencia de la propiedad privada ni el control absoluto del Estado en modo alguno. Implica medidas como tasas fiscales sumamente elevadas o el manejo por parte del gobierno de bienes y servicios de primera necesidad como la educación, la salud y los espacios recreativos. 

Por ejemplo, la tasa de impuestos sobre la renta en Dinamarca es de mínimo 35.5% y máximo 55.6%. Suena exagerado, pero la educación pública es de excelente calidad, los hospitales son gratuitos y de primer nivel, los parques y demás espacios públicos siempre están limpios y bien mantenidos y existen seguros públicos de enfermedad, desempleo y muerte.

Matemáticamente, toda política intervencionista genera una pérdida de eficiencia y, por lo tanto, de riqueza. Este es muchas veces el gran argumento para atacar cualquier medida de este tipo. Sin embargo, ver a Estados Unidos presumiendo su riqueza me hace pensar nuevamente en el velero. Tal vez van muy rápido, pero no tienen un rumbo claro. Si se tratara de una regata, seguramente sería impresionante ver a ese velero ir a toda velocidad, más rápido que cualquier otro, pero no ganaría ningún premio, pues no puede seguir una línea hacia la meta. ¿Para qué sirve mucha riqueza que no se aprovecha? Los veleros socialistas quizá no vayan tan rápido como los de los capitalistas puros, pero van más seguros y cómodos y llegan a la meta.

En pocas palabras, estoy abogando por el equilibrio. Llámelo cada quién como quiera. Capitalismo socialista o socialismo capitalista, es igual mientras nos refiramos a lo mismo. Ni demasiada, ni muy poca intervención gubernamental. Ambos extremos llevan a los países a situaciones de desigualdad económica y social, con una carga enorme de problemas que llegan después, provocando crisis de todo tipo. 

No hay que olvidar que la realidad es mucho más compleja e incluye factores de todo tipo, no solamente económicos. Para que una política socialista sea exitosa, el país en el que se implemente debe de tener un gobierno funcional y un estado de derecho fuerte, además de que la cultura y costumbres del país también deben ser afines a este tipo de estructuras, condiciones que de ninguna manera se cumplen en México. Querer implementar medidas socialistas efectivas con el país como está, sería, en mi opinión, completamente destructivo. Pero esos son temas que dan para muchos otros ensayos.

¿Capitalismo o socialismo?

Medusa en tiempos de incompetencia

Por Gilberto del Paso

La incompetencia y la ignorancia de algunos servidores públicos se evidencian mucho más en los momentos de crisis. Es justo cuando se tienen que tomar las decisiones con mesura y prudencia cuando sale a relucir el ser humano incapaz de ejercer su posición de líder y utilizar los criterios del bien común y colectivo para la toma de sus decisiones. Esta trágica realidad, tan actual como antigua, la podemos encontrar en varios capítulos de la historia, siempre con terribles y fatídicos resultados para la sociedad y las naciones. 

Quizá el más bello ejemplo de incompetencia pública lo podemos ver plasmado desde hace 200 años en un enorme lienzo de tela de casi 5 metros de altura y más de 7 metros de ancho.

Cuando a principios del siglo XIX se encomendaba una obra de esas dimensiones, lo que se esperaba era ver algo grandioso; algún hecho histórico sorprendente, lleno de heroísmo y simbolismo. El legado que había dejado el clasicismo de Luis David, mostrando hechos sorprendentes de la vida política francesa (La Coronación de Napoleón -1808) o relatos de las grandes obras clásicas grecorromanas aún seguía vigente (La Muerte de Sócrates -1787), la exacta proporción entre el color y las formas eran enseñadas con rigor en las academias de arte más prestigiosas de Europa. 

La crítica y los amantes del arte esperaban ver en ese largo e imponente lienzo algo que sorprendiera a la vista, tanto por su composición como por sus dimensiones. Pero lo que vieron los espectadores, a mediados de 1818 en la obra del joven, rebelde y afamado Theodoré Géricault, los llenó de asombro e indignación.

Horace Vernet, Jean-Louis-André-Théodore Gericault, probablemente 1822 o 1823

La obra no parecía recoger ningún hecho histórico o un relato simbólico lleno de gloria y honor. Tampoco contaba un mito griego o un hecho religioso. Con colores sombríos, llenos de pardos y ocres, el joven y extravagante artista había plasmado el fatídico destino de una tragedia marítima ocurrida hacía sólo tres años antes y que Géricalult se encargaría de lograr que no se olvidará jamás.

La enorme pintura relataba la trágica historia de la fragata francesa Medusé ocurrida en el año 1816.  La Medusa partió del puerto francés de Rochefort el 17 de junio de 1816 con destino a Senegal, costa oriental africana. La fragata, que había servido en las guerras napoleónicas, zarpó con 400 tripulantes, entre ellos el enviado especial del Rey Luis XVIII, para tomar posesión del gobierno de la colonia francesa de Senegal, otros oficiales de alto rango, soldados, marineros, esclavos, mujeres y niños.

El gobernador quería llegar cuanto antes a Senegal, ejercer la soberanía francesa en ese territorio cuanto antes. Inmediatamente, expresó al capitán de la Medusa su intención de llegar a la brevedad posible. La costa noreste de África era conocida por sus terribles vientos y su irregularidad la profundidad de las aguas cercanas a las costas. Los marinos experimentados preferían ir a aguas más profundas aun cuando la travesía fuera más lenta. 

Pero el capitán tenía el gran deseo de complacer al gobernador. Eso le traería buena reputación y reconocimiento ante el rey y la nueva monarquía borbónica impuesta después de la caída de Napoleón. A fin de cuentas fue el mismo Rey quien había nombrado capitán a dedo, sin importar que tuviera más de 20 años sin haber estado bajo el comando de una embarcación. El capitán y vizconde Hugues Duroy de Chaumareys era un analfabeto de los engaños y argucias del mar.

Pronto, la impericia del capitán hizo que la Medusa encallara en aguas poco profundas, a unas 50 millas de la costa de Mauritania. Una opción para mantener a la fragata a flote de nuevo era tirar por la borda los pesados cañones que llevaba. El capitán se negó a perder indignamente la fuerza de defensa de la embarcación.

Los botes salvavidas eran insuficientes (otra falta de cuidado en los detalles de parte del capitán), así que se decidió construir una embarcación con retazos de madera para que esta fuera remolcada, con pasajeros y víveres, por el bote salvavidas. Pronto, el capitán se dio cuenta de que no podría salvar su vida y la del gobernador si el barco salvavidas insistía en remolcar la improvisada balsa.

Fue así que se cortaron las cuerdas. Se dejó a la deriva de la furia del mar a 147 personas, tripulación y pasajeros, con poco o casi nada de víveres. Trece días después de su abandono, la embarcación fue encontrada por una embarcación inglesa, con únicamente 15 sobrevivientes, de los cuales 5 murieron poco después. Sólo dos de ellos se atrevieron a contar su historia. La emblemática pintura titulada La balsa de La Medusa justamente relata con detalle y profundo dramatismo pocas horas antes de que los sobrevivientes fueran salvados. 

La balsa de la Medusa, Géricalult.

Gracias a su testimonio se pudo saber qué ocurrió con la balsa durante esos 13 días a la deriva: disputas por los víveres, peleas a muerte entre bandos que querían tomar el control de la balsa, los más débiles fueron arrojados al mar para ser devorados por los tiburones, riñas por apoderarse del centro de la embarcación, suicidios y hasta canibalismo. Los peores rasgos del ser humano salieron a relucir en razón de la supervivencia. 

El impacto producido por la obra de Géricault fue lo que finalmente le dio difusión a este trágico hecho. Por un lado, generó un escándalo en la sociedad francesa que terminó culpando al Rey y a lo que quedaba del antiguo régimen como una prueba de lo perverso e inhumano del sistema monárquico. 

El prestigio de la monarquía francesa también se vino abajo ante la comunidad internacional; soldados franceses dejados a la suerte por el régimen sólo para que fueran salvados por una embarcación inglesa. Si a los franceses no les importaba sus ciudadanos y soldados, entonces ¿a quién?

La presión fue tal, que terminó por obligar a enjuiciar a Chaumareys. Su falta de pericia, su súbita inexperiencia e ignorancia habían causado la muerte y el deshonor para Francia. Su desinterés por salvar a los olvidados y el encubrimiento del trágico hecho sumaban a la gravedad de sus crímenes. Había elementos para que el vizconde pasara el resto de sus días en la cárcel. La justicia estableció una condena de 3 años. 

Géricault murió sin ver su gran obra expuesta en el Louvre, donde se encuentra ahora. Para muchos, la trascendencia de la obra se basa en su valor artístico: la transición del clasicismo al romanticismo. Para otros, su valor simbólico va más allá. Representa el uso del arte para denunciar los sistemas corruptos, incompetentes e inhumanos. Para darle sentido a la tragedia humana y como un recordatorio simbólico para evitar la repetición de hechos malaventurados de la historia de la humanidad. 

Aun cuando por la desidia, la ignorancia y el ocultamiento de los hechos a manos de los “servidores públicos” generen tragedias humanas, la obra de Géricault nos recuerda que la verdad siempre sale a relucir y que las víctimas de las injusticias siempre tendrán el derecho a la verdad y a la justicia. Sólo a través de este reconocimiento es que los cambios sociales, que respetan al hombre en su integridad y naturaleza, son posibles.

Poco después, y en parte como fruto de la tragedia de la Medusa,  se instauró en Francia la Ley de Gouvion de Saint-Cyr, una serie de reformas a la milicia donde quedó sentado (y vigente hasta ahora) que las promociones militares únicamente serían otorgadas por el mérito y sólo el mérito. La ignorancia y la impericia no serían desde entonces, la causa de la muerte y el olvido en las embarcaciones francesas. 

¿Cuántas Medusas tendrán que pasar para lograr que se priorice el mérito y la prudencia sobre el culto  personal, la lambisconería y el bien individual?  Esperemos que ninguna.

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