«Si en su momento León XIII hablaba de “nuevos asuntos” (rerum novarum), hoy no podemos limitarnos simplemente a repetir sus valiosas enseñanzas, sino que debemos pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica» (Leon XIV, Magnifica Humanitas, 4).
I. Inicio: novedad, tradición y traducción
Anteriormente he escrito ya sobre una premisa: no es posible comprender Magnifica Humanitas como un documento simplemente universal sin considerar antes sus raíces católicas y cristianas. Una encíclica no es un artículo académico, ni un informe técnico, ni un manifiesto filosófico autónomo.
Originariamente, una encíclica era una carta circular enviada a las iglesias de una zona; en el uso católico, una encíclica papal es una carta del Papa, generalmente dirigida a los obispos, aunque con frecuencia orientada también a un público más amplio, sobre algún aspecto de la doctrina católica. Su forma propia, por tanto, es la enseñanza, la orientación y la circulación doctrinal de un juicio eclesial sobre problemas relevantes para la fe, la moral y la vida común.
Por ende, debido a estas raíces, no hay aquí una novedad tecnológica ni una técnica argumentativa ajena a la tradición eclesial. El Cristianismo, y más que nada el Catolicismo, es alérgico al afán de novedades.
Esta alergia no debe confundirse con una negación simple de lo nuevo. Por ejemplo, el Antiguo Testamento no condena toda novedad, pero sí desconfía del afán de novedades cuando este nace del olvido, la idolatría o la impaciencia. Eclesiastés recuerda que “nada hay nuevo bajo el sol” y pregunta si puede decirse de algo: “Mira, esto es nuevo”, cuando en realidad “ya fue en los siglos que nos precedieron” (Qo 1, 9-10). Jeremías, por su parte, exhorta a preguntar “por los senderos antiguos” y a caminar por el “buen camino” para hallar descanso (Jer 6, 16), mientras que Proverbios advierte: “No remuevas los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Pr 22, 28).
Sin embargo, Isaías permite introducir el matiz necesario: “He aquí que yo hago algo nuevo” (Is 43, 19). El contexto es el anuncio de un nuevo éxodo: Dios, que antes abrió camino en el mar, ahora promete abrir camino en el desierto y ríos en la tierra árida. Lo nuevo no consiste en abandonar la memoria recibida, sino en reconocer que la fidelidad de Dios puede hacerse visible de nuevo en otra situación histórica. Por eso, la tradición bíblica de la que provenimos los Católicos y Cristianos no opone la verdad a toda novedad; más bien distingue entre la novedad como ruptura ansiosa y la novedad como renovación fiel.
Así, en Nehemías se narra que Esdras y los levitas leían la Ley ante el pueblo, pero no se limitaban a pronunciar el documento: “leían claramente en el libro de la Ley de Dios, explicaban el sentido, de modo que entendieran la lectura” (Neh 8, 8). La escena es importante porque muestra que la fidelidad a una palabra recibida exige interpretación. Traducir no es solamente cambiar un término por otro; es volver inteligible una herencia para quienes la escuchan en otra situación histórica, lingüística o espiritual.
Por eso, una encíclica también puede entenderse como un ejercicio de traducción doctrinal: toma problemas contemporáneos —como la Inteligencia Artificial, los medios técnicos y la organización informacional de la vida— y los hace pasar por una gramática cristiana de la persona, la dignidad, el bien común y la responsabilidad. Magnifica Humanitas se presenta justamente en esa línea: no como un modelo técnico de IA, sino como una lectura de las “res novae” de nuestro tiempo a la luz de la Doctrina social de la Iglesia, en continuidad con Rerum novarum y con el discernimiento cristiano de los desafíos históricos (Magnifica Humanitas, nn. 3-5).
II. Introducción al problema: encíclica, plagio y circulación de argumentos
Propiamente, el término griego ἐγκύκλιος, del que proviene “encíclica”, significa aquello que circula, que rodea, que vuelve de manera común o recurrente sobre un conjunto de asuntos. De ahí también su parentesco con “enciclopedia”: una forma de reunir, ordenar y hacer circular saberes en torno a un centro.
Frente a esta primera delimitación del problema, la palabra “plagio” abre otro campo semántico. Su raíz latina, plagium, remite a una forma de captura o apropiación indebida: el secuestro, el traslado ilegítimo, el hacer pasar por propio aquello que pertenece a otro. Esta diferencia importa. Mientras la encíclica pertenece al orden de lo que circula, el plagio pertenece al orden de lo que se sustrae.
Por eso, la pregunta por el posible plagio en Magnifica Humanitas de León XIV no puede formularse solamente como una comparación de argumentos entre autores, al modo moderno. Debe formularse como una pregunta por el modo en que ciertos argumentos son recibidos, trasladados, reconocidos o absorbidos dentro de un nuevo marco de aplicación de principios que la tradición cristiana considera permanentes. La propia encíclica afirma que la Doctrina social de la Iglesia no es un conjunto estático, sino un “corpus vivo de verdades”, capaz de leer los desafíos del presente en diálogo con las ciencias y desde la tradición cristiana (Magnifica Humanitas, nn. 3, 23, 27).
Este es el punto donde Mark Coeckelbergh permite precisar el problema filosófico. En “Democracy, epistemic agency, and AI: political epistemology in times of artificial intelligence” (2022), Coeckelbergh sostiene que la democracia presupone alguna forma de conocimiento político por parte de los ciudadanos. No basta con que existan instituciones, normas y elecciones: los ciudadanos deben poder formar creencias políticas, revisarlas, deliberar y participar. Por eso, su pregunta no es simplemente si la Inteligencia Artificial contribuye a la producción y difusión de información falsa, sino si los ciudadanos conservan suficiente agencia epistémica (epistemic agency) en un entorno configurado por IA.
La agencia epistémica, en este contexto, designa la capacidad de las personas para conservar algún control sobre la formación y revisión de sus creencias. Coeckelbergh sostiene que la agencia política democrática depende de esa agencia epistémica: si las creencias políticas de los ciudadanos son manipuladas, la deliberación democrática pierde su suelo propio. Por eso afirma que, si una persona es “lavada cerebralmente” por un régimen autoritario, carece de control sobre sus creencias y, por tanto, también carece de agencia política respecto de su voto o de su participación deliberativa.
Con esto, el problema del plagio en Magnifica Humanitas no debe buscarse primero en una frase idéntica, sino en la posibilidad de que la encíclica haya recibido una arquitectura argumental reconocible: Inteligencia Artificial, formación de creencias, agencia epistémica, democracia, verdad pública, tecnocracia y educación crítica. La cuestión no es únicamente si hay copia textual, sino si hay apropiación argumental no reconocida. Esto se vuelve más importante porque Magnifica Humanitas no oculta su intención de dialogar con saberes contemporáneos, sino que reconoce expresamente la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales para comprender las dinámicas culturales, económicas y políticas del presente (Magnifica Humanitas, n. 23).
III. La demostración del plagio: paralelos entre Coeckelbergh y Magnifica Humanitas
III.1. Verdad pública y poder técnico: el paralelo tecnocrático
El primer paralelo aparece en la relación entre Inteligencia Artificial, comunicación pública y verdad. Magnifica Humanitas afirma que “el uso de las plataformas digitales y los sistemas de IA acelera los profundos cambios en la comunicación pública y política”, y añade que herramientas que podrían favorecer el debate y la participación “se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso”. La desinformación no nace con la IA, pero encuentra en ella “un potente multiplicador” (Magnifica Humanitas, n. 132).
La cercanía con Coeckelbergh no está solo en la preocupación general por la desinformación. Está en la estructura misma del argumento. En ambos casos, la IA no amenaza únicamente porque pueda producir errores, falsificaciones o contenidos engañosos. Amenaza porque modifica las condiciones públicas bajo las cuales los ciudadanos forman sus creencias, confían en sus juicios y participan en la vida común. La encíclica lo formula diciendo que la manipulación de contenidos afecta la dimensión cultural y moral porque la calidad de la comunicación pública depende de la confianza social y repercute en ella (Magnifica Humanitas, n. 132).
El argumento se vuelve más interesante cuando Coeckelbergh vincula esta erosión de la agencia epistémica con una amenaza tecnocrática. Si los ciudadanos ya no confían en su capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, terminan delegando esa tarea en máquinas, expertos, tecnócratas o propietarios de sistemas de IA. El argumento de la duda cartesiana, pero en el contexto de la IA.
Coeckelbergh formula aquí una analogía platónica muy significativa: los expertos en IA y quienes tienen poder sobre ellos pueden presentarse como filósofos reyes platónicos o, más precisamente, como “reyes de la ciencia de datos” (data science kings), es decir, como quienes poseen el conocimiento necesario para gobernarnos.
La consecuencia es más grave: si al final solo la IA parece conocer la verdad, entonces quienes controlan la IA controlan también la verdad y, con ello, a los ciudadanos. En este punto, el problema ya no es únicamente la desinformación, sino la posibilidad de que la autoridad sobre la verdad pública se desplace hacia una élite técnica capaz de administrar los sistemas mediante los cuales los ciudadanos forman sus creencias.
Aquí aparece un paralelo fuerte con Magnifica Humanitas. La encíclica afirma que quienes disponen de “poderosos recursos técnicos y económicos” tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y convencer a muchas personas “acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, e incluso sobre Dios”. A continuación, añade que se trata de “puro poder carente de verdad”, que impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren como verdadero (Magnifica Humanitas, n. 133).
La semejanza es difícil de pasar por alto. Coeckelbergh habla de expertos en IA, corporaciones, gobiernos, propietarios de sistemas técnicos y “reyes de la ciencia de datos” (data science kings). Magnifica Humanitas habla de actores con recursos técnicos y económicos capaces de imponer lo que debe ser considerado verdadero. En ambos casos, el problema es el mismo: la concentración del poder de definir el espacio público de la verdad. La encíclica vincula ese poder con la pretensión moderna de construir la realidad según lo que mejor se adapte a sus propias pretensiones (Magnifica Humanitas, n. 133).
De este modo, la figura de los “filósofos reyes” tecnológicos permite comprender mejor la preocupación de la encíclica. Si quienes controlan los sistemas técnicos pueden orientar la formación de creencias, entonces no se trata únicamente de regular herramientas, sino de evitar que el conocimiento público quede subordinado a una élite técnica y económica. En Coeckelbergh, esta amenaza recibe el nombre de tecnocracia; en Magnifica Humanitas, aparece como poder sin verdad, dominio cultural y debilitamiento de la libertad interior (Magnifica Humanitas, nn. 92, 133, 136).
III.2. Verdad democrática y revisión de creencias: el paralelo epistémico
La coincidencia se vuelve todavía más clara en la relación entre verdad y democracia. Coeckelbergh advierte que, una vez erosionada la agencia epistémica de los ciudadanos, ya no queda suelo para la democracia. Magnifica Humanitas, por su parte, afirma que “la búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia” y que, cuando la pregunta por lo verdadero pierde interés, “la vida democrática se debilita”. Además, sostiene que la democracia no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino en “una relación leal con los hechos” y en una orientación real hacia el bien de las personas y de la sociedad (Magnifica Humanitas, n. 134).
La encíclica no usa el vocabulario técnico de Coeckelbergh, pero traduce su preocupación central: una democracia necesita ciudadanos capaces de formar juicios, contrastar razones, verificar hechos y resistir la delegación total de la verdad a sistemas técnicos o poderes concentrados. Si el ciudadano deja de ser agente epistémico y se convierte en receptor pasivo de narrativas seleccionadas, amplificadas o manipuladas, la democracia puede conservar sus procedimientos, pero pierde parte de su base antropológica. Esto coincide con la advertencia de la encíclica sobre el avance hacia formas totalitarias cuando se pierde la distinción entre hecho y ficción, verdadero y falso (Magnifica Humanitas, n. 134).
Este mismo diagnóstico aparece desarrollado con mayor precisión en un segundo artículo de Coeckelbergh, “AI and Epistemic Agency: How AI Influences Belief Revision and Its Normative Implications” (2025). Allí sostiene que la IA y la ciencia de datos, aunque ofrecen más información, pueden influir en la formación y revisión de nuestras creencias de modos que disminuyen nuestra agencia epistémica. Es decir: el problema no consiste solamente en que la IA entregue información falsa, sino en que puede modificar las condiciones bajo las cuales creemos, dudamos, corregimos y revisamos lo que pensamos.
Este segundo artículo permite precisar mejor el mecanismo. Coeckelbergh distingue con mayor precisión tres formas en que la IA puede dificultar la formación y revisión de creencias: la manipulación directa de creencias (direct manipulation of beliefs), las burbujas epistémicas (epistemic bubbles) y el predominio del conocimiento estadístico (defaulting of statistical knowledge).
La primera ocurre cuando alguien usa IA para perfilar y dirigir contenidos a una persona con el fin de influir en sus creencias. Las burbujas epistémicas reducen la exposición a voces distintas, de modo que una persona escucha sobre todo aquello que confirma lo que ya cree. El predominio del conocimiento estadístico, por su parte, ofrece una ruta epistémica fácil: correlaciones, perfiles y recomendaciones sustituyen el trabajo más lento de buscar causas, razones y evidencias.
De nuevo, Magnifica Humanitas parece recibir el mismo problema en un lenguaje distinto. La encíclica afirma que la manipulación de “contenidos, imágenes y vídeos” expone a los ciudadanos a “perspectivas parciales o engañosas”, y añade que una información veraz “no surge de un control centralizado o automatizado”. También señala que los contenidos digitales influyen en la forma en que las personas perciben el mundo e introducen en la conciencia colectiva imágenes y relatos que orientan los deseos y las decisiones cotidianas (Magnifica Humanitas, nn. 132, 135).
La estructura argumental es muy cercana: Coeckelbergh habla de entornos socio-técnicos que dificultan la revisión de creencias; Magnifica Humanitas habla de plataformas, IA, imaginario colectivo, narrativas sesgadas y manipulación de contenidos. Coeckelbergh insiste en la agencia epistémica; la encíclica habla de pensamiento crítico, libertad interior, verdad como bien común y ecología de la comunicación. El vocabulario cambia, pero la arquitectura del problema es reconocible (Magnifica Humanitas, nn. 132, 136, 137).
El punto más fino está en el predominio del conocimiento estadístico. Para Coeckelbergh, el problema no es que las estadísticas sean falsas por sí mismas. Su preocupación es que, con ayuda de la IA, las correlaciones, perfiles y recomendaciones tienden a reemplazar el trabajo más lento de examinar causas, razones y evidencias. En ese entorno, el sujeto conserva formalmente su libertad para revisar sus creencias, pero el camino de menor esfuerzo consiste en aceptar aquello que el sistema le presenta como más disponible, más frecuente o más compatible con su perfil.
También aquí Magnifica Humanitas se mueve en un terreno cercano. La encíclica pide reglas que hagan más transparentes “los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos”, así como espacios de debate donde primen “la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata”. Además, vincula la educación con la formación crítica en el uso de herramientas digitales, IA y técnicas de verificación de hechos (Magnifica Humanitas, n. 137).
En ambos casos, la solución no consiste simplemente en tener más información. El problema no es cuantitativo. Más datos, más contenidos o más velocidad no garantizan mejor juicio. Lo que se requiere es formar sujetos capaces de revisar creencias, contrastar evidencias, resistir la manipulación y participar en una comunidad de búsqueda de la verdad. Coeckelbergh lo llama fortalecimiento de la agencia epistémica; Magnifica Humanitas lo formula como ecología de la comunicación, formación crítica, verificación, transparencia y custodia de la dignidad humana (Magnifica Humanitas, nn. 137, 139, 140).
III.3. El aparato de notas y el silencio sobre Coeckelbergh
La revisión de las notas de Magnifica Humanitas vuelve más delicado el problema. La encíclica no carece de referencias. Cita ampliamente al magisterio social de la Iglesia, al Concilio Vaticano II, a documentos recientes sobre Inteligencia Artificial, a la Nota Antiqua et nova, a discursos pontificios sobre IA, a la Comisión Teológica Internacional, a Hannah Arendt e incluso a Platón.
Esto importa. Si la encíclica no tuviera aparato crítico, podría alegarse que su género no exige reconstruir genealogías intelectuales. Pero Magnifica Humanitas sí cita fuentes, sí selecciona mediaciones y sí reconoce autoridades doctrinales, filosóficas y contemporáneas. En ese contexto, la ausencia de Coeckelbergh resulta significativa.
La nota n°123 reúne documentos recientes sobre IA, como Antiqua et nova, mensajes de Francisco sobre Inteligencia Artificial, discursos del G7, la Comisión Teológica Internacional y otros textos contemporáneos. Esto muestra que la encíclica pretende situarse dentro de una discusión reciente sobre IA. Más adelante, la nota 143 cita a Hannah Arendt, justo en el tramo donde el documento aborda totalitarismo, verdad y manipulación. La nota 147 cita a Platón, lo que vuelve más llamativo el paralelo con Coeckelbergh, porque él formula explícitamente la analogía entre los filósofos reyes platónicos y los “reyes de la ciencia de datos” (data science kings) (Magnifica Humanitas, notas 123, 143, 147).
La cuestión, entonces, no es que Magnifica Humanitas no tenga notas. Las tiene, y muchas. La cuestión es más precisa: ¿por qué un documento que reconoce tantas mediaciones doctrinales, filosóficas y contemporáneas no reconoce a Coeckelbergh, cuando buena parte de su diagnóstico sobre IA, democracia y verdad pública parece apoyarse en una arquitectura argumental muy cercana a la suya?
Esta ausencia no prueba por sí misma un plagio textual. Pero fortalece la sospecha de apropiación argumental no reconocida. El documento reconoce fuentes eclesiales, bíblicas, filosóficas y contemporáneas, pero omite al autor cuya elaboración parece ofrecer uno de los esquemas más cercanos a los pasajes sobre IA, verdad pública, democracia y formación de creencias.
IV. ¿Cómo entenderlo? Traducción doctrinal, apropiación argumental y exigencia de reconocimiento
Magnifica Humanitas parece hacer circular, dentro de una perspectiva Católico-cristiana, una discusión sobre la filosofía política y social de la Inteligencia Artificial ya formulada con precisión por Coeckelbergh y muchos otros. Sin embargo, la encíclica misma presenta la Doctrina social como un patrimonio que ofrece “principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar”, en diálogo con las ciencias (Magnifica Humanitas, n. 3).
Aquí importa volver al género mismo de la encíclica. Una encíclica es, desde su origen, una carta circular: un documento que rodea un fenómeno, reúne, comunica y orienta. En la Iglesia católica, además, pertenece al ejercicio del magisterio pontificio y suele abordar cuestiones importantes de doctrina, moral o vida social. Esto significa que una encíclica no tiene la misma obligación formal que un artículo académico: no está construida como revisión bibliográfica, discusión entre especialistas o demostración filosófica sometida a aparato crítico.
Su tarea es otra: recibir problemas de una época, discernirlos desde la tradición cristiana y devolverlos a la comunidad como orientación doctrinal. En esa línea, Magnifica Humanitas afirma que la Doctrina social no pretende sustituir las responsabilidades de la política o de las instituciones, sino apoyar el discernimiento común desde una interpretación evangélica de los procesos históricos (Magnifica Humanitas, nn. 24, 27).
Pero esa diferencia de género no elimina toda exigencia intelectual. Precisamente porque una encíclica orienta, enseña y hace circular un juicio doctrinal, debe cuidar el modo en que recibe argumentos ajenos. Puede traducirlos, incorporarlos y reinterpretarlos desde la fe católica; lo problemático aparece cuando una arquitectura argumental reconocible es absorbida sin reconocimiento suficiente. En ese caso, la circulación doctrinal se aproxima peligrosamente a la apropiación.
Por eso, la pregunta “¿hay plagio en Magnifica Humanitas?” no debe reducirse a si León XIV copió literalmente a Coeckelbergh. La pregunta es si la encíclica toma una tradición argumental ya formulada y la hace circular dentro de una perspectiva Católico-cristiana sin reconocer suficientemente su procedencia.
La ausencia de Coeckelbergh quizá debe leerse con más cuidado. Montaigne decía que no hablaba con la mente de otros sino para expresar mejor la propia. En ese sentido, citar puede ser una forma de apropiación reflexiva, una manera de pensar mejor aquello que uno mismo intenta decir. La encíclica, como género, no busca producir un modelo técnico de uso de la IA, ni competir con la filosofía académica en su propio terreno. Busca iluminar cristianamente un problema de época.
Así, el silencio de Magnifica Humanitas respecto de Coeckelbergh puede entenderse de dos maneras. En una lectura estrictamente académica, ese silencio resulta problemático: la encíclica parece recibir una tradición argumental cercana a sus artículos sobre IA, democracia, verdad pública y formación de creencias, sin reconocerlo de modo explícito.
Pero en una lectura propiamente eclesial, ese mismo silencio también funciona como el perro de “Silver Blaze” en Sherlock Holmes: el dato importante es que el perro no ladró. La ausencia de Coeckelbergh no es irrelevante; da la pista sobre el tipo de recepción que realiza la encíclica de estas argumentaciones. No pretende presentarse como una teoría técnica de la Inteligencia Artificial, sino como un discernimiento cristiano sobre la verdad, la persona y la vida común. En “Silver Blaze”, Holmes advierte que lo curioso fue que el perro no hiciera nada durante la noche; aquí, lo curioso es que la encíclica cite muchas fuentes doctrinales, filosóficas y contemporáneas, pero no cite al autor que parece articular con mayor cercanía el problema filosófico que ella traduce.
La respuesta debe conservar el matiz. No conviene reducir el documento a una acusación fácil de plagio. Pero tampoco conviene ignorar los paralelos. La encíclica recoge con notable cercanía la preocupación de Coeckelbergh por la agencia epistémica. La acción de Leon XIV con Magnifica Humanitas puede entenderse como traducción doctrinal. Pero precisamente porque toda traducción implica responsabilidad, queda abierta la pregunta crítica por el reconocimiento de aquello que se traduce.
En suma, Magnifica Humanitas puede leerse como una recepción católica de un problema que ya circulaba en la filosofía contemporánea de la Inteligencia Artificial: la posibilidad de que los sistemas técnicos no solo informen o desinformen, sino que reconfiguren las condiciones bajo las cuales las personas conocen, creen, revisan sus juicios y participan en la vida común. Coeckelbergh ofrece el vocabulario filosófico. La encíclica ofrece la luz cristiana de estos principios. O, su traducción a nuestra forma de vida Católico-cristiana.
Lo que queda como problema es la recepción de la encíclica: ¿cómo recibirán este llamado “todos los hombres y mujeres de buena voluntad”? Lamentablemente, varios han celebrado, tanto Católicos como no-Católicos, en Magnifica Humanitas una gran pronunciación sobre los problemas que plantea la Inteligencia Artificial. A mi modo de ver, no podemos ni debemos exigirle eso. León XIV, así como se ha desmarcado de ser leído como una figura política, probablemente también se desmarcaría de ser leído como autor de un modelo ético-técnico sobre la IA. Más bien, la encíclica contiene un llamado más oculto, pero explícitamente mencionado: “¡Invirtamos en la educación que empieza por nosotros mismos!” (Magnifica Humanitas, n. 238).
Con tristeza percibo una tendencia de esta encíclica a pronunciarse por cuenta propia, sobre algo que podría no ser su asunto directo. A mi ojos, el modesto mensaje de esta encíclica es, como he afirmado en mi anterior ensayo, que el Catolicismo sigue siendo luz del mundo. Sin embargo, considero que por sí misma, esta encíclica se suma a la confusión del mundo, sumido en tiempos de «desolación» y fugacidad. No sé si aun por responsabilidad de Leon XIV, me inclino a creer que no; sin embargo, es necesario recordar que el ambiente mismo en que se da esta luz, está sumido en la desolación.
Referencias
Coeckelbergh, M. (2022). Democracy, epistemic agency, and AI: Political epistemology in times of artificial intelligence. AI and Ethics. https://doi.org/10.1007/s43681-022-00239-4
Coeckelbergh, M. (2026). AI and epistemic agency: How AI influences belief revision and its normative implications. Social Epistemology, 40(1), 59–71. https://doi.org/10.1080/02691728.2025.2466164
León XIV. (2026, 15 de mayo). Magnifica Humanitas: Carta encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
Navarro, B. (2026, 28 de mayo). Leer Magnifica Humanitas desde perspectivas no cristianas y no católicas: Un recordatorio sobre la lentitud de la sabiduría. https://spes.lat/leer-magnifica-humanitas-desde-perspectivas-no-cristianas-y-no-catolicas-un-recordatorio-sobre-la-lentitud-de-la-sabiduria/
University of Chicago. (s. f.). ἐγκύκλιος. En Logeion. Recuperado el 9 de junio de 2026, de https://logeion.uchicago.edu/%E1%BC%90%CE%B3%CE%BA%CF%8D%CE%BA%CE%BB%CE%B9%CE%BF%CF%82
University of Chicago. (s. f.). plagium. En Logeion. Recuperado el 9 de junio de 2026, de https://logeion.uchicago.edu/plagium
Wikipedia contributors. (s. f.). Encíclica. En Wikipedia, la enciclopedia libre. Recuperado el 9 de junio de 2026, de https://es.wikipedia.org/wiki/Enc%C3%ADclica




2 respuestas
Me pareció escandaloso el título de este texto. En el ámbito académico la acusación de plagio es muy seria, y asume una falta moral académica (en vocabulario católico) de la que difícilmente acusaría al Papa León XIV. Las ideas de Coeckelbergh no son demasiado originales, tampoco su diagnóstico; es común que lectores entusiastas encuentren a su autor en turno en todos los autores. Pero a veces el problema está en el lector, no el autor.
Es importante también aclarar que «el rey filósofo» como lo entiende Platón justo no es un técnico, un demiourgo, en el vocabulario original; su virtud no es una virtud técnica: un método específico para la obtención de un resultado; sino las virtudes cardinales y el conocimiento del bien. Estas virtudes le permiten juzgar adecuadamente. Aclaro también que «el rey filósofo» no desea reinar; se ve en cierta forma obligado a ello para agradecer la educación que recibió y promover el bien común. Al rey filósofo no le interesa ningún bien externo: ni dinero, ni poder, ni prestigio. Porque conoce un bien superior que es el Uno bien, la verdad. Esto quizá no lo entendió muy bien Coekelbergh.
Por otro lado, y con la mano en el corazón, no veo por qué el Papa plagiaría a Coekelbergh, y no a Hannah Arendt por ejemplo, una figura mayor; puestos a plagiar…
Y pienso además que el tema central de la encíclica es la protección de la dignidad humana, como dice el subtítulo; no el tema de la «epistemic agency». De eso me parece que la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia sí tiene bastante más que decir que Coekelberh, con todo respeto.
Sí: el título de mi ensayo es escandaloso. Ese es su propósito, lo aprendí de los mejores escritores. Pero el escándalo no consiste en afirmar que León XIV haya cometido plagio, sino en mostrar cómo una parte del público católico y no católico ha recibido esta encíclica bajo categorías quizá inadecuadas para comprenderla.
Mi ensayo no dice: “León XIV plagió”. Pregunta: “¿León XIV plagió?”. Y esa diferencia debe plantearse desde el inicio. Mi pregunta no busca imputar una falta moral y académica al Papa, sino abrir un problema más de fondo: ¿qué esperamos de una encíclica?, ¿la leemos como si fuera un artículo académico?, ¿como si el Papa tuviera que ofrecer una teoría original de la Inteligencia Artificial?, ¿o como un acto magisterial que trae principios recibidos de la tradición católica para discernir una situación nueva?
Sobre Platón, concedo su añadido. Pero Coeckelbergh debe leerse con cuidado y sin tanta emoción, como todo lo que no es literatura: no está haciendo una lectura filológica fuerte de Platón, sino tomando una recepción moderna de la discusión sobre epistemología política, donde Platón aparece como figura problemática de la relación entre conocimiento, autoridad y gobierno. Esa lectura puede ser discutible; pero funciona como síntoma de una preocupación contemporánea.
Además, aunque el filósofo platónico no busque dinero, prestigio o poder, su relación con el bien sí funda una jerarquía política; eso es así. El conocimiento del bien preserva un orden y una autoridad reconocida por la comunidad política. Por eso la discusión no es si Platón era tecnócrata, aunque sí un aristócrata, claramente (matizado en su diálogo sobre las Leyes).
Por eso discrepo en reducir la cuestión de la “agencia epistémica” a algo marginal frente a la dignidad humana. En Coeckelbergh, la agencia epistémica está ligada a la defensa de la plenitud humana, a la capacidad intelectual y a los derechos humanos. Esto es explícito. El punto no es que Coeckelbergh sea el origen de esas ideas, lo cual una vez más, volvería a ser irónico, sino que su vocabulario no es novedoso. Incluso, es cristiano y religioso: de ahí surge la Declaración de los Derechos Humanos.
Ahí está la ironía de mi ensayo. Si hay coincidencias entre la encíclica y autores contemporáneos sobre ética y la filosofía política y social de la IA, eso no significa necesariamente plagio. Más bien nos sugiere preguntar qué tipo de texto es una encíclica. El Papa no está llamado a comportarse como un filósofo político que presenta una teoría original, o que reconoce a sus autores; ni como un especialista en ética aplicada que busca novedad terminológica. Su función es hablar con autoridad desde una tradición, recordar principios antiguos (siempre renovables, nunca nuevos) y ponerlos ante circunstancias que vivimos.
En ese sentido, Magnifica Humanitas plantea con «autoridad» Católica, no «autoría», que la técnica debe quedarsubordinada a la dignidad de la persona humana, y que el progreso tecnológico no puede ser criterio confiable para las comunidades humanas.
Pero si viene a decirme que Leon XIV viene a afirmar que «la IA no es neutral», que «el problema de la IA es la tecnocracia». Le diré que este diálogo será simplemente poco fructífero.
Por eso el problema no es si León XIV tomó ideas de Coeckelbergh. Como usted ve, el problema es si nosotros, lectores modernos, más aún, católicos, hemos perdido la capacidad de leer una encíclica en su naturaleza y contexto.
La pregunta: ¿entonces por qué Leon XIV no dio a entender que este discurso no es novedoso, y que tiene un contexto académico bastante sólido? Es decir: por qué no citó a Coeckleberg, etc. Porque es un buen católico… No sufre del afán de novedades, ni del afán de la autoría.
Y claro que la Doctrina Social de la Iglesia tiene más qué decir, pero no dirá nada nuevo… Perdona si eso es brusco, pero creo que es verdad.