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Gente de chile, dulce, mole y pozole… Y sí hubo “sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7)

Gente de chile, dulce, mole y pozole… Y sí hubo “sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7)

Por Irene Hernández Oñate

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En su mensaje de navidad “Urbi et orbi” de 1981 san Juan Pablo II recordaba que muchos no quisieron acoger a José y María. «No había lugar para ellos en la posada» (Lc 2,7) Y mencionaba que “El mundo, que no acepta a Dios, deja de ser hospitalario con el hombre.” Pero el pasado 14 de diciembre fui invitada a una posada navideña de lo más interesante debido a que los asistentes fueron de lo más variopinto que se puedan imaginar y en un ambiente muy hospitalario. Sí hubo sitio para todos en la posada. 

Primero, la posada se llevó a cabo en la casa de una familia singular porque la componen los padres (papá y mamá) y ¡seis hijos, todos varones! El más pequeño de brazos y el mayor de preparatoria. Si mal no recuerdo, tiene más de un lustro que no me presentaban a una familia tan numerosa. Hoy en día por mis lares lo que abundan son los hijos únicos.

   Se podrán imaginar que la asistencia infantil y juvenil fue nutrida y lo que verdaderamente llamó mi atención fue que ninguno de los chicos, ni uno solo, estaba “autisteando” con algún celular, tablet o pantalla alguna. Fue muy refrescante ver a tanto chiquillo pulular por todo el lugar y entretenerse en actividades que en mi infancia eran las normales (futbol, correteadas, pláticas, etc.).

   También llamó mi atención un joven adulto, filósofo, poeta y músico (en sus veintes), que departía con un grupo de niños de manera natural y amable. Me dio la impresión de estar encantado organizando un coro espontáneo de chicos para cantar villancicos. Fue muy entretenido ver cómo los chiquillos lo escuchaban con atención y lo miraban con admiración. ¡Bien por los adultos jóvenes sin prejuicios generacionales! En mi experiencia los jóvenes adultos de su edad son chocantes, pagados de sí y repelentes a los niños. Si están con ellos es porque, o son animadores pagados o quieren quedar bien con los padres de los mismos.

   Llegó el momento de iniciar la posada y oh sorpresa… ¡Se comenzó con el rezo del rosario!  Cada misterio gozoso fue dirigido por diferentes niños y todos los presentes rezamos a coro. Uno que otro niño se puso nervioso frente al micrófono, pero no por eso el momento fue menos emotivo. Entre misterio y misterio se cantaron los villancicos que prepararon los niños. En verdad es milagroso el ambiente festivo que pueden lograr una guitarra y una flauta dulce. Para cerrar con broche de oro el rosario, un sacerdote de la Obra hizo gala de su fervorosa memoria y dirigió las letanías y las oraciones finales. El susodicho “padrecito” pasó la prueba con honores ya que mencionó en perfecto orden las tres nuevas letanías que el papa Francisco agregó a las letanías lauretanas. 

Confieso que nunca había asistido a una posada en la que se rezara el rosario; mi experiencia con dicha devoción ha sido principalmente en velorios donde señoras muy mayores lo rezan como si quisieran ganar el premio a la “rezandera” más veloz sin importar el desconcierto de los presentes.

   La “pedida de posada con los peregrinos” fue muy semejante a la mayoría de las posadas a las que he asistido a lo largo de los años: nunca es pareja la cantidad de gente que canta “afuera” y la que canta “adentro”, las voces son poco afinadas, pero entusiastas, hay velitas que se apagan a cada rato y lucecitas de bengala que los pequeños se acaban mucho antes del “entren peregrinos”.

   Los sagrados alimentos estuvieron muy sabrosos, hubo tamales tamaño “jumbo” (los que consigo en mi colonia son tres veces más pequeños), tostadas que desbordaban su guisado, flautas caseras que se acabaron de volada, refrescos, agua de jamaica, ponche y galletas con forma de muñeco de jengibre, entre otros. Afirmo que todas las señoras que se cooperaron con los alimentos cocinan muy rico.

   El evento de las piñatas me pareció muy cuidado ya que hubo suficientes piñatas para todos los grupos de edades y quienes las manejaron supieron administrarlas con giros de volantín muy profesionales para que nadie se quedara con las ganas de dar unos cuantos palos a los contenedores de los pecados capitales y por supuesto al aire. Cabe señalar que nadie resultó herido ni mareado.

   Ya con el fresco y la obscuridad de la tarde encima, llegó el vino tinto para lo adultos los cuales se pusieron en “mood” de bohemia poética muy “padre”. Incluso un joven yucateco de ilustre familia, poeta de rima clásica, tuvo oportunidad de leer varios textos de su primer poemario publicado así como autografiar algunas copias del mismo para varios de los presentes. Se recitaron textos en inglés y en francés con su respectiva traducción al castellano y fue muy grato observar cómo varios niños pequeños escuchaban extasiados. Luego hizo su aparición el karaoke y los cantantes amateurs en verdad resultaron muy entonados y desenvueltos. En tiempos de crisis económica podrían dedicarse también a la “artisteada”.

   Entre los distintos asistentes hubo incluso un campesino urbano. Resulta que el hijo menor de la familia Fajardo, cultiva “microgreens” ¡en el sótano de su casa! (Si quieren saber qué son los “microgreens” escríbanle, por favor). Menciono a los hijos de la familia Fajardo porque fueron invitados ilustres del evento y me hicieron el gran favor de llevarme desde la Ciudad de México hasta Toluca que fue donde se llevó a cabo la posada que aquí reseño.

   También fue de lo más agradable platicar unos momentos con la “señora de la casa” que a mi parecer es la roca que sostiene todo y a todos con su silenciosa y patente presencia.

   Quedo muy agradecida de haber sido invitada a esta hermosa posada navideña de SPES, ejemplo de auténtica y espontánea hospitalidad cristiana.

Gente de chile, dulce, mole y pozole… Y sí hubo “sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7)

¿La familia pequeña vive mejor?

Por Irene Hernández Oñate

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“La familia pequeña vive mejor” fue un eslogan gubernamental en nuestro país a principios de los años setenta; su objetivo era detener la tasa de crecimiento poblacional del país. México crecía en ese entonces a una tasa anual del 3.1 % (en 2020 la tasa anual fue del 1.2%).  

En 1970 yo tenía ocho años y recuerdo que mi padre hizo de dicho eslogan el mantra, de lo que él quería transmitir a sus tres hijos, como el secreto de las familias felices. Siempre que tenía oportunidad ponderaba las ventajas de las familias que sólo tenían dos hijos con aseveraciones como las siguientes: “en los restaurantes la mayoría de las mesas son para cuatro comensales”; “en los autobuses la disposición de los asientos es de dos en dos”; “para cruzar la calle sólo podemos tomar de la mano a dos niños pequeños a la vez”; y “en los autos sedanes la comodidad es sólo para cuatro pasajeros”.

Imagen publicada en El Imparcial, 1974.

A la distancia reflexiono la cantaleta del “mal tercio” que infinidad de veces sacó a colación mi padre; la percibí como una agresión, ya que mis hermanos y yo éramos tres, y definitivamente el “tres” descomponía  la ecuación de la familia feliz que tanto exaltaba mi padre. ¡Y si yo percibía esto como una agresión imagínense con cuánta más razón mi hermana menor! ¿Qué tenía de malo que los niños en las familias superaran el número dos? Este era mi desazonado cuestionamiento interior.

¿A qué viene esta triste anécdota? Creo que lo que mi padre consideraba en aquel entonces una convicción personal, en realidad fue una ideologización sutil que lo atrapó simplemente porque nunca tuvo formación ética cristiana de ningún tipo. Era el clásico bautizado no practicante de su fe y, por tanto, susceptible de enajenarse con cualquier frase que a su entender vendiera alguna ventaja o beneficio existencial.

Atención, esta ideologización que atrapó a mi padre es en realidad, desde mi punto de vista, violencia velada contra la vida humana, en especial contra los niños, tanto los que están en gestación, como los que ya disfrutan de la luz del sol. Porque como lo cantan las sirenas del individualismo rampante: “los niños son los que en términos de cantidad de confort, disminuyen el confort notablemente en relación inversa a su existencia en números absolutos.” (Entre más niños menos confort, pues).

A este respecto vale la pena conocer lo que nuestra madre y maestra, la Iglesia, en la Instrucción Donum Vitae nos enseña: “El hijo no es algo debido y no puede ser considerado como objeto de propiedad: es más bien un don, el más grande y el más gratuito del matrimonio (…) y tiene también derecho a ser respetado como persona desde el momento de su concepción”. 

En esta misma instrucción  “a la luz de la verdad sobre el don de la vida humana y de los principios morales consiguientes, se invita a cada uno a comportarse, en el ámbito de su propia responsabilidad, como el buen samaritano y a reconocer en el más pequeño de los hijos de los hombres al propio prójimo. Resuenan aquí de modo nuevo y particular las palabras de Cristo: <<Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo>> (Mt 25,40)”.

Familia Shumard. 1950. Archivo municipal de Seattle.

¡Violencia contra los niños, bonita sociedad la nuestra! Una sociedad que pregona su añoranza por la paz, pero que ejerce violencia sobre sus propios miembros.  Pablo VI en su mensaje para la X Jornada de la paz de 1977 afirmaba claramente que “paz y Vida son bienes supremos en el orden civil y además son bienes correlativos pues es innegable la relación de la paz con la concepción que el mundo tiene de la vida humana. ¿Queremos la paz? ¡Defendamos la vida!”  El ahora papa Santo, Pablo VI,  a su vez nos advierte:

“Pero no es fácil, no es sencillo lograrlo porque hay demasiadas objeciones custodiadas en el inmenso arsenal de las pseudo-convicciones, de los prejuicios empíricos y utilitarios, de las llamadas razones de Estado o de las costumbres históricas y tradicionales. […] Para encontrar la clave de la verdad en este conflicto, que de teórico y moral se convierte en trágicamente real […] son esenciales tres imperativos: <<defender la Vida, cuidar laVida, promover la Vida>>”.

Pablo VI

Por último quisiera también compartir un pensamiento de Giovanni Papini sobre Jesús y los niños:

Familia. Foto: Vidal Balielo.

“Jesús a quien nadie llamó padre, se sintió especialmente atraído por los niños como por los pecadores. La inocencia y la caída eran, para él, prendas de salvación; la inocencia, porque no ha menester limpieza alguna; la abyección, porque siente más agudamente la necesidad de limpiarse. […] Jesús vuelve las cosas del revés. Los mayores deben tomar ejemplo de los pequeños; los ancianos deben esforzarse en volverse niños; los padres deben imitar a sus pequeños. En el mundo donde prevalecía la fuerza, donde únicamente se apreciaba el arte de enriquecerse y de sobresalir, el niño era tenido apenas por una larva de humanidad. En el nuevo mundo, en el mundo anunciado por Cristo, donde reinarán la pureza confiada y el amor de la inocencia, los niños son los arquetipos de la ciudadanía feliz.

Giovanni Papini

Con franqueza, yo, que soy madre puedo decir que una de las alegrías que no defraudan (entre las muchas alegrías superfluas con que se engañan los hombres) es la de abrazar o tener en las rodillas a un infante de cara chapeada por una sangre que es también la nuestra.

Gente de chile, dulce, mole y pozole… Y sí hubo “sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7)

Es el sueño americano, baby

Por Irene Hernández Oñate
Foto: Jorge Razzo

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Es el sueño americano, baby.

En la segunda mitad de la década de los años ochenta, a mi entonces novio, ahora esposo, la firma de auditores para la que trabajaba le ofreció un intercambio profesional en Estados Unidos por un período de año y medio en las oficinas de su firma asociada Coopers & Lybrand.  Por supuesto que aceptó la oportunidad, nos casamos y nos embarcamos en la aventura más trascendente de nuestras vidas a nivel personal y de pareja.  

Llegamos bastante limitados en  el presupuesto económico y con poca fluidez en el inglés hablado. Sin embargo, la calidad profesional de mi esposo era excepcional (siempre ha sido estudiosito, súper ñoño y muy trabajador). Cuando llegó a la oficina de Coopers & Lybrand, mi esposo sufrió el ostracismo por parte de la mayoría de sus compañeros debido a su cargado acento mexicano y su dificultad para la plática coloquial. Por ello, le sugirieron que se inscribiera a un curso de inglés en Interlingua, cuyo costo sería absorbido por la firma. Mi esposo se inscribió al curso. Tomaba dos horas de clase en la mañana antes de llegar a la oficina en la que durante semanas y felices días no le asignaron ningún trabajo. Él aprovechó el ostracismo al que fue sometido, dedicándose a repasar los principios contables americanos y a leer las revistas técnicas a las que tenía acceso en la oficina hasta que llegó la temporada alta de trabajo para la firma.

Echaron suertes para ver en qué equipo de auditoría trabajaría “el mexicanito cuyo inglés hablado era fatal y que además nadie conocía”. Mi esposo tuvo que medirse técnica y profesionalmente con auditores de Reino Unido, Suecia, Irlanda, Sudáfrica, Australia y los mismos gringos, todos de países anglófonos y poco a poco durante el desarrollo de su trabajo, su equipo se fue dando cuenta de que “el mexicanito” dominaba el inglés escrito y técnico así como los principios contables gringos y todos los aspectos de una auditoría de gran envergadura (en México uno de los clientes que atendía era grupo Ford).

Con orgullo, puedo decir que su calidad profesional y su cultura general, pues es filósofo de corazón con licenciatura y maestría, le ganaron la amistad de varios de sus compañeros de oficina, pues se dieron cuenta de que sus temas de conversación eran muy interesantes, divertidos y para ellos hasta exóticos. También se ganó una admiración intrigada de parte de sus superiores y fue así como fuimos integrados en la vida social de sus compañeros de trabajo, tanto los de intercambio como en la de los nativos del lugar. 

Ensueño americano.
Ilustración: Dario Marcucci

Durante las reuniones sociales en las que comenzamos a participar, me di cuenta de que la gran mayoría de sus compañeros de intercambio a lo que aspiraban era lograr quedarse a trabajar y vivir en Estados Unidos. El intercambio profesional era sólo la plataforma para lograrlo. Todos, excepto el sueco, se quejaban de la mala situación económica de sus países de origen, especialmente el irlandés y el australiano. 

Un día de asueto (Memorial day), uno de los socios grandes de la firma invitó a todos los de intercambio junto con sus respectivas esposas a un brunch en su casa. Ahí convivimos con su familia, y resultó ser que su esposa era norteamericana de padres irlandeses inmigrantes. Enterada de esto y durante la plática “de señoras”, la esposa del irlandés, sin ambages, le pidió a la esposa del socio que la ayudara a encontrar un empleo de secretaria. La amable señora le dijo que haría lo que estuviera en sus manos para ayudarla, pues estaba encantada con “la típica irlandesita pelirroja” a quien veía como la hija que nunca tuvo.  Acto seguido, se dirigió a las otras esposas de los de intercambio y les ofreció la misma ayuda excepto a mí.

Debo confesar que me sentí discriminada, porque la verdad yo también en mi fuero interno rogaba a Dios que mi esposo y yo pudiéramos quedarnos a radicar en un país en el que los trámites de cualquier tipo son expeditos y transparentes, en el que gran parte de la oferta cultural es de calidad y no onerosa (museos, bibliotecas y talleres de todo tipo), en el que la posibilidades de esparcimiento de naturaleza son prácticamente gratuitas y hermosas (parques públicos y parques nacionales), en el que un sueldo medio alcanza hasta para ahorrar, en el que las comunidades parroquiales son auténticamente fraternas, en el que los vecinos no envidian sino que hacen labor comunitaria, en el que las universidades locales son de calidad, y lo que ustedes gusten agregar.

Para no hacer el cuento largo, mi esposo logró dos ascensos dentro de la firma. Primero de semi-senior a supervisor, y después de supervisor a gerente, por lo que pudo extender su intercambio un año y medio más.  Menciono con orgullo que hasta esa fecha ningún mexicano de intercambio había logrado ser ascendido a ese nivel por los gringos.

 ¿Y cómo creen que tomó dichos ascensos la firma en México? Pues muy mal. En vez de felicitarlo, lo presionaron para que no se le ocurriera quedarse a vivir en Estados Unidos. Incluso su situación detonó tensiones entre las firmas (la mexicana y la gringa). Así que,  al término de su segundo período, mi esposo decidió regresar a la firma en México muy a mi pesar.

Así fue como terminó mi sueño de vida americana. A pesar de esto, de vuelta en México, con una bebé mexico-norteamericana en brazos, como familia, siempre hemos ido hacia adelante socioeconómicamente hablando. Durante el tiempo que llevamos de casados, mi esposo ha superado con creces cualquier expectativa mía de una vida confortable aquí en nuestra patria, pero, sin duda, mucha de esa superación ha sido gracias a la experiencia de tres años que vivimos en Estados Unidos. Hoy por hoy, el hecho de que mi esposo haya asimilado perfectamente la mentalidad y la ética de trabajo y de negocios de los gringos ha sido el mayor plus para su desarrollo profesional en México.

Estatua de la libertad
Foto: Darren Patterson

Ahora bien, dada mi experiencia personal arriba narrada ¿Cuál es mi posición respecto de la llamada “fuga de cerebros”? 

El papa Juan Pablo II, en su discurso a los representantes del mundo intelectual y del Colegio “La Salle” de Santa Cruz, Bolivia el jueves 12 de mayo de 1988, señala que “Motivo de seria preocupación para todos debe ser la actitud insolidaria de lo que ha venido a llamarse <<fuga de cerebros y capitales>> que, en lugar de contribuir al desarrollo progresivo de la comunidad nacional, prefieren desvincularse de su propia tierra para buscar otros medios más prósperos donde podrán establecerse supuestamente en condiciones más favorables. Con esto, no queremos negar el legítimo derecho, consagrado por la doctrina social de la Iglesia, a emigrar a otros países y fijar allí su domicilio, cuando así lo aconsejen justos motivos (Pacem in terris, 25), ni tampoco el hecho de que a veces esas migraciones estén provocadas por situaciones de inseguridad reinantes en el propio ambiente”.

Aunque su Santidad Juan Pablo II en aquella ocasión haya tachado la fuga de cerebros como actitud insolidaria, yo estoy a favor de ella, sobre todo tratándose de fugas desde países de origen en los que, como en el nuestro, la meritocracia está subordinada al compadrazgo y a la grilla institucional tanto pública como privada. Situaciones que mis padres, esposo y yo hemos sufrido en nuestra vida laboral. Hoy, a la distancia, sé que a finales de la década de los años ochenta, mi mayor ilusión era que mi esposo y yo fuésemos cerebros fugados de México y avecindados en Estados Unidos.

 Como ven, no todos los sueños se cumplen, pero hoy, en la segunda década del siglo veintiuno, una de mis hijas acaba de terminar sus cuatro años de especialidad en ortopedia y trauma, en adición a seis de medicina general y uno de servicio social y lo que le ofrecen en los hospitales es un sueldo irrisorio. Al no tener padres o familiares médicos, no puede aspirar a ser integrada en los equipos de cirugías programadas. Ni siquiera le ofrecieron apoyo laboral sus profesores y jefes del INR (Instituto Nacional de Rehabilitación) Profesores y jefes que en su momento se beneficiaron de la capacidad sobresaliente de mi hija, ya que, desde el primer año de internado, la incorporaron en cirugías de pacientes particulares y no le remuneraban sus servicios con base en tabulador alguno; sino que “le daban para el Uber” o la gasolina; porque la paga real, decían, era la práctica quirúrgica que le hacían favor de proporcionarle.

Ante esta situación, mi hija se encuentra actualmente en la Universidad de Illinois tomando un curso para intentar lograr su sueño de pasar el examen USMLE (United States Medical Licensing Exam), un examen que se sabe es muy difícil de aprobar para estudiantes mexicanos. Mi hija aspira a poder ejercer su profesión médica en un país en el que no hay castigos tipo arresto militar; donde las jornadas laborales se programan para no dejar exhaustos psíquica y físicamente a los médicos; donde en los hospitales-escuela el gobierno no limita los insumos desde torundas hasta prótesis; donde las cirugías programadas no se cancelan porque llegó una urgencia recomendada de alguna secretaría de estado y donde tus convicciones religiosas no te granjean llamadas de atención y amenazas por parte de tus superiores y/o colegas.  Además, como ella menciona: “siempre puedo participar periódicamente (una vez al año) en las campañas de cirugías de ortopedia que se lleven a cabo en las comunidades marginadas de mi país”.  

Como podrán ver, mi hija, es la encarnación de un cerebro que quiere fugarse a un país donde aprecien su capacidad y pueda ganarse el sustento haciendo lo que le gusta. Y nosotros, sus padres, por supuesto que la seguiremos apoyando en esta decisión de fugarse a un país mejor, mas no perfecto. Su padre y yo sabemos de primera mano que, aunque no lograra obtener un empleo en el vecino país del norte, todo lo que viva, experimente, lea y aprenda allá, le servirá mucho para abrirse paso profesionalmente de regreso en su patria.

Gente de chile, dulce, mole y pozole… Y sí hubo “sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7)

Agradecimiento a “mi Mary”

Por Irene Hernández Oñate

Dios ha bendecido mi casa con la presencia y el trabajo doméstico de una persona a quien admiro y respeto: la Sra María Pedro Pablo originaria de Nochixtlán, Oaxaca. Llegó conmigo para alivianar la carga de mi trajín doméstico. Cuando la conocí, me limité a preguntarle si estaba casada y si tenía hijos. Me contestó que estaba casada sólo por la iglesia y que tenía dos hijos: Alberta de siete años y Carlos Daniel de cuatro.

Acto seguido le indiqué sus responsabilidades, los días que necesitaba que viniera a trabajar y su paga diaria. En esa época no me interesaba conocer más de las circunstancias de su vida. Así dio inicio una relación que empezó siendo sólo laboral a secas, que dura ya más de veinte años y que ha madurado y se ha convertido en una relación fraterna-laboral. Durante los primeros diez años de convivencia, ella padeció muchas vicisitudes en su vida personal: al poco tiempo de nacer su ultimo hijo Oswaldo, su frustrado esposo comenzó a golpearla y pasado el tiempo también comenzó a golpear a su hijita Alberta, de diez años, hasta que el hombre acabó abandonando a su familia.

Mujer indígena. Ilustración Claudio Linati del libro
“Costumbres civiles, militares y religiosas de México”.

María vivía arrimada, con sus tres niños pequeños, en un cuartito con techo de lámina propiedad de su padre; sus hermanos solteros comenzaron a maltratar física y psicológicamente a sus niños mientras ella tenía que trabajar.  Dejaba su cuartito muy temprano en la mañana pues hacía dos horas de camino a su lugar de trabajo, es decir, mi casa; y regresaba ya de noche con sus niños. Al abandonarla, su esposo la despojó del único patrimonio que entre los dos estaban creando: un terrenito en un área popular del estado de México. 

Pasados tres años de todas estas vicisitudes, la Sra. María me sorprendió un día con una solicitud desesperada: “Sra. Irene, necesito que me preste $5,000.00 para no perder un terrenito que estoy pagando. Mis padres y mis hermanos no tienen la voluntad ni los medios para ayudarme. Mi padre me increpó porque las mujeres no saben nada de negocios y que mejor debo dejar perder el terreno y no meterle más dinero bueno al malo”. Nunca me esperé que con el magro ingreso que obtenía de trabajar conmigo (a estas alturas ya trabajaba conmigo cinco días a la semana y yo era su única patrona), todavía tuviera la “disciplina financiera” de limitar sus gastos (básicamente agua, luz, gas y comida para ella y sus tres hijos) y poder pagar ella sola los abonos mensuales de un nuevo terrenito. Ustedes pensarán: qué buen corazón de la Sra. Irene. ¡Le prestó los cinco mil pesitos! Pues no, realmente no le creí lo del pago del terrenito en mensualidades, así que le pedí los papeles donde constara dicha situación. ¡Y me los trajo!  Me quedé con el ojo cuadrado, y ahora sí, le presté los $5,000.00 los cuales fue pagando semana a semana. 

  Pasada una década de relación, Dios nos iluminó a mi esposo y a mí, para reconocerle su trabajo diligente y honrado y convenimos en otorgarle una gratificación para que pudiera construir un cuartito y poder así, liberarse ella y sus hijos del infierno en el que vivían por ser arrimados en casa de su padre. ¿En dónde creen que iba a construir el susodicho cuartito? Pues ni más ni menos que en el terrenito que ella sola terminó de pagar y del cual me trajo sus papeles de posesión. Se trata de un área en el Estado de México regularizada durante la gestión del presidente Vicente Fox. Mi esposo y yo le pedimos que nos trajera un presupuesto del costo de dicho cuartito y le dimos su gratificación.  ¡Esta mujer hace milagros con el dinero! Le alcanzó para hacer dos cuartitos en lugar de uno y callarle la boca a su padre. Su padre es trabajador de la construcción y terminó por ayudarle con su mano de obra y su “know-how” de albañil. 

 Mirando en retrospectiva ella es la roca invisible, inadvertida que sostiene mi cordura por su constancia, su honradez, su lealtad y su diligencia, así como la suave discreción que caracteriza su personalidad. Y por ello tiene mi eterno agradecimiento. Tristemente su personalidad discreta proviene del sometimiento machista que a la fecha vive en su propia familia (ahora sus dos hijos varones son los que la hacen sufrir) y del que vivió con el padre de sus hijos hasta que la abandonó.

El Papa Juan Pablo II -en su discurso dirigido a los colombianos en el parque El Tunal en Bogotá el jueves 3 de julio de 1986- decía que entre ustedes, hijos de Dios “… habrá muchos que encuentran en el trabajo grandes satisfacciones. Un trabajo seguro, con un salario suficiente para poder sustentar la propia familia; felices de poder ofrecer a los hijos una mesa bien servida, en un hogar decente y acogedor, vestirlos bien, darles una buena educación con miras a un futuro mejor”. Si este es tu caso el Papa te aconseja:  “Mostrad por ello siempre un corazón agradecido a Dios”.  Pero el Papa también te pide que no pierdas de vista  que hay “también no pocos con grandes dificultades. Me refiero a cuantos sufrís el dolor de ver a los hijos privados de lo necesario para su alimento, vestido, educación; o que vivís en la estrechez de un humilde cuarto, carentes de los servicios elementales, lejos de vuestros sitios de trabajo; un trabajo a veces mal remunerado e incierto; angustiados por la inseguridad del futuro. Y hay también, por desgracia, muchos de entre vosotros que sois víctimas del desempleo. Sufrís porque no tenéis trabajo, después de haberlo buscado inútilmente y a pesar de estar capacitados para ello”.  

Esta última descripción del Papa señala a cabalidad las angustias de la mayoría de las “Marys”, conserjes y chóferes particulares de mi colonia; y he corroborado que a muchas de mis “vecinas patronas” no les interesa conocer la vida personal de sus “Marys” y mucho menos involucrarse en sus vicisitudes. Desgraciadamente, las patronas que más aguantaron, a los tres meses del encierro forzoso por la pandemia despidieron a sus “Marys”.

La muchacha de la escuderia. Lienzo Jean-Baptiste Simeon Chardin

En mi familia hicimos un gran esfuerzo, pero apoyamos a la Sra. María pagándole íntegro su sueldo durante 10 meses y medio sin que tuviera que venir a trabajar, para evitar así que se expusiera al Covid por tener que usar transporte público. Si antes de la pandemia tú eras una patrona agraciada con el privilegio de tener una “Mary” a tu servicio, deseo de corazón que hayas hecho un esfuerzo por pagarle su día o semana o mes a pesar de no aceptarla a trabajar en tu casa por el riesgo que corría tu familia de contagiarse de Covid19 y de no correrla dejándola a su suerte.

Me despido con una última reflexión del Papa Juan Pablo II del mismo discurso antes mencionado: “El trabajo, que lleva siempre el sello de la dignidad del hombre, no es superior o más digno porque sea objetivamente más importante o mejor remunerado; también los trabajos más humildes y fatigosos tienen como distintivo propio la dignidad personal. En consecuencia, no olvidéis que la dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta que, en caso del hombre, es un ser espiritual, inteligente y libre”. 

¿Tú has admirado a alguna de las “Marys” que Dios ha puesto en tu vida? ¿Alguna de ellas ha crecido en humanidad al trabajar para ti?

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Gente de chile, dulce, mole y pozole… Y sí hubo “sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7)

La baba que engendra violencia

Por Irene Hernández Oñate

Hace ya algunos años, durante la construcción del deprimido de Río Mixcoac entre Revolución e Insurgentes, bajo un puente peatonal, estaba el campamento de los albañiles que trabajaban en dicha obra.
Un día a la hora de la salida de los niños de primaria de una escuela cercana, los referidos trabajadores de la construcción estaban comiendo su almuerzo bajo el puente peatonal y observé  cómo un niño en uniforme se entretenía dejando escurrir hilos de su saliva tratando de atinarle, asomado desde el puente, a alguno de los trabajadores que estaban comiendo su almuerzo abajo.

Temiendo por la integridad física del niño, en caso de que fuera descubierto por alguno de los trabajadores, me acerqué a él y le pregunté si a él le gustaría que le escupieran desde lo alto tal y como él lo estaba haciendo. Lo que pretendía con la pregunta era hacerlo reflexionar sobre su acción y las consecuencias que podrían suscitarse.

Mi instinto de madre protectora me hizo preocuparme por el hecho de que, si alguno de los trabajadores era afectado, fácilmente él y sus compañeros atajarían al niño en cualquiera de los dos extremos del puente y cuando menos se llevaría una buena zarandeada y un gran susto. También consideré que era una oportunidad para enseñarle al niño la famosa regla de oro: “trata a tus semejantes como quisieras que ellos te trataran a ti”.

Estaba interpelando al niño cuando vio a su mamá subiendo el puente y salió disparado hacia ella. La señora alcanzó a ver que yo estaba hablando con su hijo y en desaforada carrera se me vino encima gritando: “Oye tú cabr#&!*, ¿por qué te metes con mi hijo?” y, con una violencia pavorosa, me dio un fuerte empujón contra el barandal del puente. La señora no me dio oportunidad de explicarme o de iniciar conversación alguna. Todo se le iba en “mentarme la madre” y en acorralarme contra el barandal dando oportunidad a que varias de sus amigas, mamás de otros niños de la escuela, se aproximaran con una actitud bastante beligerante y violenta.

Me asusté muchísimo y en verdad temí por mi integridad física pues era un grupo de mujeres agresivas y sus hijos estupefactos atrás de ellas acechando de manera amenazante; me quedé paralizada sin atinar a hacer nada sólo pidiendo disculpas. Pasados unos momentos, que me parecieron una eternidad, la mamá del niño me fintó con un toque en la mejilla y me dijo: “La próxima no la cuentas pend#&!*”. Acto seguido, otras dos señoras me fintaron con un pequeño empujón y toda la turba comenzó a retirarse del lugar. 

Cabezas, Streetart Valencia. Foto: A. Fajardo

Recuerdo que, cuando niña, era normal que cualquier adulto nos interpelara para corregirnos a mis hermanos o a mí, y lo que mis padres hacían en esas circunstancias era despedirse amablemente de quien nos corrigió y abochornados inmediatamente decirnos: “Se siente mucha vergüenza cuando un desconocido nos señala nuestros malos comportamientos ¿verdad? Sin embargo, estoy seguro de que en la vida lo volverás a hacer”.

La anécdota hace referencia a un fenómeno que está difundiéndose en la vida cotidiana: el de la violencia pasional privada que, en mi opinión, deriva de una decadencia de la conciencia moral, no educada, no acompañada, empapada de un pesimismo social que ha apagado en el espíritu de las personas el gusto por la convivencia amable, acomedida y de buen trato personal.

Su Santidad Pablo VI en su mensaje para la celebración de la XI jornada de la paz resaltó que “La violencia no es fortaleza. Es la explosión de una energía ciega que degrada al hombre que se abandona a ella, rebajándolo del nivel racional al pasional; incluso cuando la violencia conserva un cierto dominio de sí, busca vías innobles para afirmarse, las vías de la insidia, de la sorpresa, de la prevalencia física sobre un adversario más débil y posiblemente indefenso”.

A la distancia del incidente referido, me pregunto: ¿cómo marcó a aquel niño la manera violenta en que reaccionaron su madre y las amigas de su madre? ¿el incidente ayudó a formar un ciudadano pacífico o a un bruto? Su Santidad Juan Pablo II en su mensaje para la XXVII jornada de la paz nos hace conscientes de que “Los niños son el futuro ya presente en medio de nosotros; es, pues, necesario que puedan experimentar lo que significa la paz, para que sean capaces de crear un futuro de paz”.

Lo que percibo es la exagerada preponderancia con que en nuestros días se defiende el ámbito de lo privado dando lugar a un individualismo donde cada uno puede reivindicar sus derechos como mejor le parezca sin hacerse responsable del bien común. Y como dice José I. González Faus “… no es sólo la violencia ya ejercida lo que engendra violencia; es también la violencia preparada, o la agresividad, lo que engendra otro modo de ser violento. Y si no siempre vivimos en una de esas clásicas <<espirales de violencia>>, sí que vivimos casi siempre en una espiral de agresividad”.

El no. 496 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia señala “que la violencia es un mal, que la violencia es inaceptable como solución de los problemas, que la violencia es indigna del hombre. La violencia es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano”.

Si alguien le dijera a tu hijo que escupir a una persona es un acto deleznable e indecente, ¿cómo reaccionarías? ¿Qué saben nuestros niños acerca de las consecuencias violentas que el uso vulgar de su saliva puede provocar?

Un poco de “baba” resulta no ser tan inofensivo… Desafortunadamente, al tratar de evitar violencia, resulté agredida violentamente.

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