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Deconstrucción

Deconstrucción

Vulgarmente se afirma que la historia la escriben los vencedores. Sin embargo, ya no es así. La cultura woke nos ha enseñado a reescribir la historia, a resignificar la cultura, los hechos, la realidad toda, viéndola desde un nuevo prisma, lo que otorga una nueva vigencia a las palabras de Campoamor: “Nada es verdad, nada es mentira, todo es del color del cristal con que se mira”.

En el caso del catolicismo reciente, estamos viendo cómo se ha reescrito su historia y resignificado su papel en la cultura, la sociedad y el mundo. Hay tres ejemplos paradigmáticos de este proceso de “deconstrucción”, es decir, deshacer una realidad en sus elementos más simples, para reconstruirla de forma diferente. El resultado es que, con elementos verdaderos, deconstruyes una realidad, para construir otra nueva, diferente, que ya no es verdadera. Sustituyes así una narrativa original y veraz, por otra divergente y falaz, que pasa a ocupar el lugar de la primera. Se trataría de la deconstrucción del papel que tuvieron en la Iglesia y el mundo el Venerable Pío XII, santa Teresa de Calcuta y san Juan Pablo II, por orden cronológico.

Primero, Pío XII. Al terminar la guerra, recibió repetidas veces el reconocimiento del pueblo judío, por su callada labor que salvó directamente a miles de judíos en Roma, y sus esfuerzos diplomáticos por alcanzar la paz y salvar judíos del holocausto nazi. Así, nada más terminar la guerra, el 21 de septiembre de 1945, Leo Kubowitzki, Secretario General del Congreso Judío Mundial, expresó su “más sentido agradecimiento por la acción realizada por la Iglesia Católica a favor del pueblo judío en toda Europa durante la guerra”. Así se percibía la labor de Papa -avalada con hechos concretos- al finalizar la guerra. Pocos años más tarde, cuando falleció Pío XII en 1958 y habiendo surgido ya el Estado de Israel, con más perspectiva histórica, Golda Meir, entonces Ministra de Asuntos Exteriores y más tarde Primera Ministra Israelí, consideró a Pío XII como “un gran amigo de Israel”. No contenta con eso subrayó: “Compartimos el dolor de la humanidad… cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de las víctimas”. Esa era la percepción de las autoridades judías, cuando todavía estaban frescos en la memoria, los espantosos sucesos del holocausto. Aunque el testimonio más elocuente de la labor del Papa a favor de los judíos, es el del Gran Rabino de Roma, Israel Anton Zoller, que había desempeñado esa función entre 1939 y 1945 -los años de la guerra-, y al final de la guerra se convirtió al catolicismo, tomando por nombre de pila Eugenio, en honor a Eugenio Pacelli (Pío XII), por los esfuerzos que había realizado para salvar judíos en Roma.

El proceso de “deconstrucción” de la figura del Venerable Pío XII comenzó en 1963, con ocasión de la obra de teatro “El Vicario”, de Rolf Hochhut, en la que presenta la figura del Papa como temerosa y apegada a su estatus y privilegios, de modo que, por miedo, decide callar todo lo que sabía sobre el holocausto judío. En el año 2007 se hizo público que “El Vicario” fue mandado a hacer por la KGB soviética, por indicaciones de Nikita Kruschev, pues buscaba minar la autoridad moral de la Santa Sede. Sin embargo, a 16 años de haberse hecho pública esta noticia, no se ha podido rehabilitar la figura de Pío XII, hasta el punto de que no se ha beatificado, para evitar fricciones con el pueblo judío. Ha prevalecido la imagen pública del Papa basada en una mentira.

Segundo acto: santa Teresa de Calcuta. Cuando murió santa Teresa de Calcuta, en 1997, representaba la imagen encarnada de la caridad. La carta de presentación del catolicismo, mostrando cómo su congregación – las Misioneras de la Caridad- hacía por caridad, por los más pobres de los pobres, lo que nadie más hacía en el mundo. Recibió el premio Nobel de la Paz en 1979 y en 1980 el premio Bharat Ratna de la India, considerado el mayor galardón civil de ese país. Sin embargo, ya había comenzado el proceso de “deconstrucción” de su imagen. Era demasiado atractiva, buena, dejaba muy bien parada a la Iglesia, había que reescribir su historia. En 1994 el periodista ateo beligerante Chistopher Hitchens realiza el documental: “Ángel del Infierno” sobre la Madre Teresa. Es una obra maestra de cómo se puede mirar desde otra perspectiva a la realidad, sirviéndose de la “hermenéutica de la sospecha”, para cambiar la percepción pública de la santa.

Primero Hitchens, y más tarde otros periodistas ateos e instituciones nacionalistas hindús, reescribieron la historia de la santa. Así, aparecía como alguien amante de los micrófonos y las cámaras, que instrumentalizaba a los pobres para codearse con los poderosos. Amiga de dictadores, como Fidel Castro, Jean-Claude Duvalier, o Augusto Pinochet, con quienes se entrevistó para abrir casas de las Misioneras de la Caridad en sus respectivos países. Se le acusaba de poca claridad en los manejos económicos, de manejar enormes sumas de dinero para sus obras de beneficencia, sin haber sido auditada nunca; de aprovechar la situación de desamparo de los moribundos que atendía, para presionarlos a convertirse al catolicismo, y de que, ni sus monjas tenían preparación suficiente para cuidar enfermos, ni sus hospitales contaban con equipamientos básicos. A la santa le encantaría aparecer fotografiada junto a Lady Diana y, finalmente, las monjas de la caridad no la atenderían a ella en sus hospitales -mal equipados- al final de su vida, sino en instituciones hospitalarias privadas. Especialmente insidiosa fue su crítica a la “teología del dolor” de la santa, para quien el sufrimiento representaba un modo de unirse a Cristo, y el sufrimiento de los enfermos resultaría grato a Dios. Fruto de esa campaña denigratoria, a los ojos de muchos intelectuales y bastantes jóvenes, santa Teresa de Calcuta no representa más el modelo acabado de caridad e interés por los pobres.

Por último, san Juan Pablo II. Al morir este Sumo Pontífice, en 2005, se verificó una insólita y apoteósica peregrinación, de todas partes del mundo, para velar sus restos mortales, protagonizada especialmente por jóvenes, que hacían colas de hasta 10 o 12 horas, por pasar tan solo unos instantes al lado del cuerpo del Papa difunto. Tanto es así, que Benedicto XVI, al iniciar su pontificado, no pudo sino exclamar, ante tal espectáculo que “la Iglesia está viva y es joven”. Nadie ha reunido en la historia, mayor número de jefes de estado como él en su funeral. Juan Pablo II fue, además, el hombre que consiguió la mayor concentración de seres humanos en la historia, al reunir a más de 5 millones de personas en Manila, Filipinas, en 1995. Fue la persona que ha sido vista directamente por más personas en la historia universal. Pieza clave para la caída del Muro de Berlín y del comunismo en el este de Europa, lo que devolvió la libertad a millones de personas. Fue el Papa que impulsó para que se esclareciera la verdad sobre el caso “Galileo” y que pidió perdón a Dios en el año 2000, por los crímenes perpetrados en Su Nombre a lo largo de la historia, particularmente la Inquisición y las Cruzadas. Alguien que incansablemente intercedió por la paz en el mundo… Todo ello, llevó al Papa Emérito, Benedicto XVI, a escribir una carta, con motivo del centenario del nacimiento de Karol Wojtyla, sugiriendo tímidamente, que podría incluírsele en la lista de los Papas que llevan el calificativo “Magno”, es decir, sólo dos en la historia de la Iglesia: San León Magno y San Gregorio Magno.

Sin embargo, nada de eso cuenta ya. A san Juan Pablo II se le echa en cara haber, no sólo tolerado, sino promovido y puesto como ejemplo, a clérigos culpables de pedofilia o de abuso sexual. Tal sería el caso de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y al Cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de Washington, promovido a esa sede por el Papa Wojtyla. En ambos casos, ya había sido advertido. En efecto, las denuncias contra Maciel, ya antiguas, se renovaron a mediados de los años 90 del siglo pasado, pero no se les prestó mayor atención. También, importantes autoridades eclesiásticas le advirtieron de que McCarrick gozaba de pésima reputación en los Estados Unidos, pero McCarrick le escribió directamente al Papa, defendiéndose, argumentando que sólo eran calumnias eclesiales de envidiosos. Finalmente le creyó y lo puso al frente de la arquidiócesis de Washington.

Valentina Alazraki ha sugerido que san Juan Pablo II estaba acostumbrado, por su largo tiempo en la diócesis de Cracovia, bajo el mando de un gobierno comunista, a escuchar miles de calumnias falsas contra sacerdotes, con el fin de desprestigiar a la Iglesia. Lo mismo pensó en el caso de Maciel. No podían sino ser calumnias, pues, como dice el evangelio: “no hay árbol bueno que produzca frutos malos” (Mateo 7, 18), y los frutos de la institución fundada por Maciel eran más que elocuentes. Al mismo tiempo, el P. Maciel tuvo importantes defensores dentro de la Curia Romana, particularmente al Cardenal Angelo Sodano, segundo de a bordo en el gobierno de la Iglesia. Las denuncias, renovadas contra Maciel al final de su pontificado, le agarrarían muy cansado y cedería a la visión que le ofreciera su más directo colaborador, el cardenal Sodano, defensor de los Legionarios.

Cuando juzgamos con perspectiva histórica y teniendo todos los elementos de juicio, podemos cometer injusticias contra los directos protagonistas de los hechos. Tenemos una información de la que ellos no gozaban. Ahora bien, en estos tres casos, resulta fundamental que prevalezca la verdad histórica, es decir, que no cedamos el paso a narrativas basadas en la “hermenéutica de la sospecha”. Recuperemos, por el contrario, la iniciativa y ofrezcamos una narrativa basada en la verdad, que tome conciencia de las limitaciones y los elementos de juicio que tenían en su momento los protagonistas de los hechos.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Cristo y la nada plenificada

Cristo y la nada plenificada

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Para Jorge Rodriguez Martínez, in memoriam

Pareciera que mirar al Crucifijo es mirar a la nada: al despojo y al triunfo del vacío que es la muerte. La idea de la muerte de Dios no es nietzscheana. Al contrario, Nietzsche sabía muy bien que el origen de este pensamiento está en la experiencia cristiana. Ratzinger también defendió que la experiencia de la nada en la muerte de Dios está enraizada en la relación que el cristiano tiene de Dios en la contemplación del Crucificado. (La angustia de una ausencia, 2006)  ¿Cómo comprender la nada de la muerte de Cristo? ¿Cómo, si no es razonable, a lo menos acercarse a esta experiencia de un vacío en el que Cristo se sumerge? La reflexión filosófica puede ser una herramienta para contemplar el misterio (no así para resolverlo, sino vivirlo).

Se puede proponer que hay dos tipos de nada: la nada del vacío y la Nada soberana. Por una parte, la nada de la vaciedad, o la nada vacía, se ha pensado desde la antigüedad como la oposición a la realidad experimentable en el ámbito del ser o del mundo. Justamente la oposición entre la plenitud de las cosas naturales y su ausencia, dinamizada en los ciclos de los elementos llevó a los filósofos presocráticos a poner las bases de la metafísica. El mundo es de modo inestable, y por ser, su estructura se opone a la nada, que se piensa como lo que no es. Lo ente es, de modo trascendental y estable.

Se opone de modo óptimo a la nada. Esta doble noción de nada se refiere a la ausencia de algo, ya sea inestable o estable. Pero siempre va en contraposición o correlato de algo que es. Esta nada es la del vacío. Por ejemplo: un cajón que debería de tener un libro, pero no lo tiene, tiene nada, porque se nota la ausencia del libro. El mejor exponente de esta propuesta es Parménides, quien incluso llegó a pensar que sólo hay ser y entidad, y que la nada sólo es una imagen en nuestra mente. Aristóteles continuó en esta línea, pues pensaba que toda la naturaleza está llena de entidad, y que la nada, como vaciedad, es un concepto en la mente. El ser humano experimenta el miedo a la nada vacía cuando contempla la fragilidad de su propia vida y asoma por el abismo de la muerte, en pobreza existencial.

Por otra parte, está la Nada del Absoluto o Nada soberana. Esta es una de las grandes conquistas de la filosofía clásica. Sobre todo, es un trofeo obtenido por Plotino y sus seguidores. Las escuelas anteriores habían pensado en la nada como la negación del ser. Esto es, como una categoría aristotélica que, por default, por falta, está vacía de ser. Pues, como se dijo, Aristóteles concibe a la negación como la manifestación lingüística de la ausencia de una substancia. (Metafísica, IV, 7).

De este modo, Aristóteles se acerca a la nada a través de la negación de una substancia, como categoría del pensamiento.  Sin embargo Plotino profundiza su exploración sobre la nada y ahonda más allá de las categorías aristotélicas. Fue Platón quien comenzó a postular esta paradoja en República VI, 22, donde se dice que el principio de las cosas que son está más allá de la substancia. Por su parte, en las Enéadas III, 8, Plotino, el filósofo de Licópolis, explica esta como una de las mayores y mejores paradojas de todo el pensamiento occidental: que el bien sumo está más allá del ser y de las categorías de substancia o accidente. Esto significa que el sumo bien está por encima de la existencia y más allá de sus categorías. El sumo bien vive en una nadeidad no porque sea la ausencia de una realidad, sino porque no es ninguna de las cosas y porque, más bien, es causa de todas ellas. Plotino lo dice así:

“Mas si alguno pensase que aquél es el Uno mismo a la vez que todas las cosas, será según eso, o todas las cosas una a una o todas juntas. Pues bien, si es todas las cosas agrupadas juntamente, será posterior a todas; pero si es anterior a todas, todas serán distintas de él y él de todas. Por otra parte, si es a la vez él mismo y todas las cosas, no será el principio; ahora bien, es preciso que él mismo sea el principio y que exista antes que todas las cosas para que todas existan también a continuación de él. Pero si es todas las cosas una a una, en primer lugar, una cualquiera será idéntica a cualquier otra; en segundo lugar, aquél será todas las cosas juntas y no hará distinción de ninguna. De este modo, la conclusión es que no es ninguna de todas las cosas, sino anterior a todas.”

Enn. III, 8, 9, 45 – 58.

El sumo bien, que Plotino identifica con el Uno, también se puede pensar como Dios. Ninguna cosa se identifica con el Uno. Él no es cosa, en un contexto concreto, ni en contingencia, sino que vive como la causa del ser y de las cosas y, misteriosamente, está en todas ellas, pero no es una de ellas. En este sentido se puede pensar que Plotino piensa en la vida del Uno y sumo bien más allá del ser como una Nada soberana, porque vive de modo absoluto, incondicionada y libre de las categorías del ser y de la substancia. Con esto podríamos decir que Dios no está atado a las categorías del ser, y mucho menos a las categorías de nuestra imaginación o expectativas. Incluso desde la filosofía, acercarse al misterio de Dios es aprender a usar el lenguaje de las paradojas y del asombro.

Platón y Aristóteles. Escuela de Atenas, Rafael Sanzio.

Antes de la aparición de Cristo en el mundo, la filosofía antigua contemplaba estas paradojas mencionadas. Pero con el crecimiento del cristianismo, luego de la aparente derrota de la Cruz, las meditaciones paradójicas sobre la Nada soberana se convirtieron en una poderosa herramienta para esclarecer la doctrina cristiana. ¿Qué predica el cristianismo? Que Cristo es Dios, que murió en el dolor y la ignominia y que volvió a la vida con su Resurrección. Ahora bien, si Cristo es Dios y hombre -al mismo tiempo- y Cristo muere, eso significa que Cristo se sumerge en el abismo de la aniquilación que tanto tememos los hombres. Esto es, Cristo, como Dios, no es cosa, y vive en la soberanía absoluta como principio de la substancia, en trascendencia y plenitud, pero se sumerge en la nada vacía de nuestra fragilidad humana, con la que nos puede plenificar. Aparece aquí uno de los misterios del cristianismo por la que somos unidos a Dios: en Cristo se encuentran dos Nadas, la Nada soberana de su divinidad absoluta, plena, feliz y trascendente, que no es ninguna cosa, que se abaja a la nada nuestra, de vaciedad y contingencia, para llenarla con su presencia solidaria que abre las puertas de la vida verdadera y eterna. Ratzinger lo expresaba así:

“Porque esto es el sábado santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. (…) Tengamos en cuenta que la muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de los vivos y –aunque con distinta intensidad– algo parecido al «infierno», a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad impenetrable. Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquél que es la vida, al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?».

La angustia de una ausencia, 2006.

Podemos ver que la Nada supersubstancial, que no es ninguna cosa, sino que vive de manera inefable, perfecta, feliz, y misteriosa para nosotros, llena nuestro vacío humano que es ausencia. No es que Cristo no sea nada, o que no sea real, sino que, al ser el principio de la realidad, “el Logos por quien todas las cosas fueron hechas” (Jn, 1, 3), se solidariza con los hombres y llena su nada vacía con la plenitud de su soberanía supersubstancial y principial, que no es comparable con ninguna cosa contingente del mundo.

El texto donde mejor se muestra cómo Cristo llena el vacío de la nada humana contingente con su soberanía supersubstancial es el famoso himno cristológico de San Pablo en Filipenses 2, 6-11. San Pablo, como judío de cultura helénica, estaba al tanto de las grandes autoridades del pensamiento griego. Habla como Píndaro sobre los juegos. Conoce la filosofía estoica. Ha oído hablar de poetas sagrados como Homero, Hesíodo y Orfeo. Conoce de lógica y retórica. También conocía sobre la filosofía platónica, y griega en general, y comenzó a usar sus términos para aclarar mejor la Sagrada doctrina. El himno cristológico de Filipenses contiene multitud de términos filosóficos como morfé; forma, yparjo; existir, y kénosis; vacío, etc. Todos estos términos son usados para aclarar cómo Cristo, siendo el principio de las entidades, plenifica el vacío humano con su presencia. El himno dice así:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús -toda rodilla se doble- en los cielos, en la tierra y en los abismos, -y toda lengua confiese- que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.”

Flp, 2, 5 – 11, Biblia de Jerusalén.

El himno cuenta y alaba el hecho del vaciamiento (kénosis) de Cristo de su forma de Dios para tomar la forma de siervo humano. Hecho como los hombres, y ya exaltado, abrió para ellos la posibilidad de experimentar la plenitud de la vida. Como el Solidario, Cristo deja la soberanía de no ser ninguna cosa, sino el principio de todas, y llena con su presencia el vacío de la nada humana pobre, y le comunica la vida de su soberanía supersubstancial, que es vida eterna, perfecta y feliz. Es así que Cristo llena nuestros vacíos, existenciales y diarios, con su presencia. Ser cristianos implica siempre vivir maravillado de cara a esta paradoja hermosa, en la que Cristo, tan lejano, se hace el más cercano; y tan trascendente se hace el más inmanente.

Redescubrir el alma

Redescubrir el alma

Por Salvador Fabre

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“De hecho, en el Nuevo Testamento no puede encontrarse literal y unitariamente el concepto tradicional de alma” (Joseph Ratzinger). En esta temporada, estudiando el manual de “Escatología” (tratado de las realidades últimas o novísimos), me encontré con esta aseveración del primero teólogo, después cardenal y finalmente Papa, Joseph Ratzinger. Es más, su obra me introdujo en una interesante disputa teológica postconciliar (Concilio Vaticano II, 1962-1965), que estaba en su punto álgido a mediados de los años setenta del siglo XX, sobre la realidad y la existencia del alma. Para un grupo considerable de teólogos alemanes y franceses, parecía un concepto superado, después de hacer una depuración de elementos helénicos -griegos- del cristianismo original -hebreo-. El alma no sería otra cosa que una importación del platonismo dualista en el pensamiento cristiano, del cual se podría prescindir, más incluso, se debería, siempre que uno quisiera ser fiel al cristianismo original y puro.

Debo reconocer que no me esperaba esta ofensiva histórica en contra del alma, que se adelantó cronológicamente al generalizado desprestigio de dicha noción, causado por el pensamiento científico, concretamente, por parte de las neurociencias, que desde los años 90 del siglo XX comenzaron a considerarla un concepto superado, una adherencia religiosa al pensamiento -propia del cristianismo- que se había generalizado durante la Edad Media y ahí habría cobrado legitimidad. Científicos como Francis Crick (“La búsqueda científica del alma. Una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI”, Madrid 1994), Daniel Dennett, Christof Koch, Gerhard Roth, Vilyanur Ramachandran, Thomas Metzinger, Antonio Damasio, etc., la consideraban una reliquia del pasado, algo superado.

Al frente teológico y científico, se unía el clásico frente filosófico materialista, encabezado por el marxismo militante, también en boga durante los años 70 del siglo XX. El panorama para el “alma” parecía desolador: ni filosófica, ni científica, ni teológicamente se tomaba como un concepto estable, seguro, sino que comenzaba a ser descartada como parte del acervo cultural de la humanidad.

Como dice el refrán, “nada peor que el fuego amigo”: Que la filosofía materialista, que va de Demócrito a Marx, o los científicos “cientificistas” (no todos los científicos ni filósofos son materialistas, por ejemplo, sir. John Eccles, premio Nobel o el filósofo Markus Gabriel) de matriz materialista, negaran la existencia del alma, era de esperarse. Se podría aplicar en su conjunto el famoso dicho del Quijote: “ladran Sancho, quiere decir que cabalgamos.” Pero que de la misma teología surgiera el cuestionamiento, era como “para pasarse al enemigo.”

Ahora bien, con todos estos argumentos en contra ¿sigue siendo válida la noción de “alma”? ¿ha sido superada o abandonada definitivamente? ¿tal noción ofrece respuestas a realidades humanas? Es esto lo que pretendemos dilucidar en estas breves líneas.

El alma espiritual inmortal se considera un elemento fundamental característicio del hombre. El resto de las criaturas vivas también poseen un alma inmaterial, pero no espiritual, y por tanto no inmortal — no hay cielo de los perros. El alma espiritual e inmortal fundamenta el humanismo, los derechos humanos y con ellos la dignidad de la persona, por su trascendencia real frente a todo el universo material. La noción de alma espiritual entonces sí que forma parte del acervo cultural, y por tanto espiritual, de la humanidad. Y vale la pena defender este acervo -pacíficamente, se entiende- con argumentos en los tres frentes de batalla.

Karl Marx.

El materialismo filosófico se puede refutar. Parte de una posición poco elegante. O bien asume que las cosas han existido desde siempre —lo que no es sostenible científicamente por la ley de la entropía— o bien propone que el universo ha surgido sin razón, simplemente apareció de la nada. El materialismo es profundamente desesperanzador: ni el universo, ni consiguientemente la vida humana tienen sentido.

En el ámbito científico no es tan sencillo refutar la neurociencia de corte fisicalista o materialista, porque es un tema abierto: la cuestión no ha sido resuelta definitivamente, y la posición de la neurociencia suele caer en varios equívocos filosóficos, como por ejemplo, la falacia mereológica, confundir la parte por el todo; confundir también la causa necesaria con la suficiente (sin el cerebro nada se puede hacer, pero el cerebro no lo es todo), o vivir de esperanza -lo que no es una actitud científica sino religiosa- de que en el futuro se podrá descifrar el misterio de la conciencia humana o la percepción de los qualia. Muros contra los que la investigación científica se ha estrellado, sin avanzar prácticamente nada los últimos 30 años.

Por último, la vertiente teológica ya está más tranquila en este rubro, un paso importante fue la Escatología de Ratzinger -invito a su lectura directa- publicada en 1977, y que concluye: “El alma no es otra cosa que la capacidad del hombre de relacionarse con la verdad, con el amor eterno.”

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La grandeza del sacerdocio

Por Salvador Fabre

Portada: Gabriel Manjarres

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Mucho se ha escrito recientemente, debido a los escándalos sexuales, sobre la fragilidad del sacerdote. Muy poco, sin embargo, sobre la grandeza del sacerdocio católico. Si bien no podemos obviar las flaquezas de algunos sacerdotes, sería injusto meter a todos los que son perseverantemente fieles a su vocación en el mismo saco. Y es justo hacer una reflexión, ahora que padecemos una aguda crisis vocacional, en el inexplicable hecho de que un joven -la mayor parte de las veces- lo deje todo por seguir a Cristo más de cerca y servir a su Iglesia.

Queda ya lejano aquel 16 de junio de 2009, cuando Benedicto XVI escribió su carta, conmemorando el 150 aniversario del fallecimiento del Santo Cura de Ars, convocando al “Año Sacerdotal.” Año que el New York Times se encargó de hacer verdaderamente tormentoso para la Iglesia, pero que, a más profundidad, por encima de las tormentas superficiales, nos recordó a todos los católicos, el inigualable tesoro que tenemos en la Iglesia gracias al sacerdocio y la impresionante e inmerecida gracia que supone recibirlo. Quienes alcanzan esta comprensión, consideran poco dar la vida “y mil vidas que tuvieran”, para seguir un ideal tan grande, aunque luego, con el paso de los años, se encuentren con la evidencia de su propia fragilidad que contrasta vivamente con el inconmensurable don de Dios.

Estatua del Cura de Ars.
Iglesia de Vieux-Ferrette.

Benedicto XVI cita en esa carta, con frecuencia a san Juan María Vianney, quien da una sintética definición del sacerdocio: “El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.” Un poco más adelante vuelve a citar al santo de Ars, patrono de todos los sacerdotes, especialmente de los párrocos, quien afirma: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia.” La grandeza del sacerdocio está vinculada al “Misterio de Fe”, es decir a la Eucaristía. Ninguna realidad humana es más grande que la capacidad, otorgada gratuitamente por Dios, de celebrar la Misa, de consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y, en esa línea, de perdonar los pecados, y volver limpia un alma que estaba manchada y aprisionada por el mal.

Mucho se ha discutido, sobre todo después del Concilio Vaticano II sobre la identidad del sacerdote (como si no hubiera dejado una clara pauta el decreto Presbyterorum Ordinis, emanado por el mismo concilio). Es el momento de volver la mirada a los grandes santos sacerdotes que nos han precedido. Indudablemente que el tesoro -insisto de intento- más grande que tienen es la Eucaristía. Existe un trinomio indisoluble entre Sacerdocio, Eucaristía e Iglesia. Como bien vio san Juan Pablo II: “la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia.” San Juan María Vianney y san Pío de Pietrelcina, nos han dejado ejemplo del sacrificio, casi hasta una especie de “martirio” por desvivirse en la impartición del sacramento de la penitencia. ¿Qué es lo más grande que tiene entre manos el sacerdote, lo que sólo él puede hacer? Celebrar la Misa, dar a Jesús a su Iglesia y prestarle sus palabras a Jesús para consagrar y perdonar los pecados.

Con esto no quiero caer en una visión “sacramentalista” del sacerdocio, como si fuera exclusiva y excluyente. Al contrario, es quizá la parte más importante del pastel, pero no la única. La clave la tenemos en la Sagrada Escrituras, en las últimas palabras de Jesús según san Mateo: “vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” Es decir, la función sacerdotal es doble: por un lado, administrar los sacramentos, pero por otro, predicar la palabra de Dios, el Evangelio, la Buena Nueva. Eso podría complementarse con la misión de los diáconos, en los Hechos de los Apóstoles, dedicados a la atención de las viudas y los huérfanos, es decir, a las obras de misericordia.

Foto: Oleksandr Pidvalnyi

Por eso, es imprescindible que, al pensar en el sacerdocio, más que mirar a los que han caído, causando tanto mal en las almas, miremos a los testigos de la grandeza del sacerdocio, a los santos, que se han desgastado por predicar la palabra de Dios, administrar los sacramentos y vivir las obras de misericordia, como los ya mencionados san Juan María Vianney, san Pío de Pietrelcina, pero también san Damián de Molokai, san Maximiliano María Kolbe o san Josemaría Escrivá entre otros.

No debemos, sin embargo, dejar caer en saco roto las dolorosas enseñanzas que nos ha traído el siglo XXI. La idea angelical del sacerdote se ha quebrado para siempre. Ahora tomamos conciencia de que son hombres, de carne y hueso, que tienen que luchar por la santidad y por ser fieles a Dios cada día de su vida. En esto ha puesto su acento el magisterio de Francisco, para animar a los sacerdotes para que se enfrentan con el drama de conciliar su propia flaqueza con la grandeza de su misión. Basta para ello leer la homilía maravillosa que hizo este año en la Misa Crismal, el Jueves Santo con los sacerdotes de Roma. Con esta conciencia, se le pide al pueblo fiel, apoyo, cariño, comprensión y vela por sus sacerdotes y, sobre todo, oración por su fidelidad y para que vengan nuevas vocaciones.

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10 años de Francisco

Por Salvador Fabre

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El pasado 28 de febrero se cumplieron 10 años de la histórica renuncia de Benedicto XVI. Valiente y oportuna decisión, que seguramente le hará merecedor de algún título especial, al “Papa Teólogo”. Por otra parte, este 13 de marzo se cumplen 10 años desde que Francisco fue elegido Pontífice o, como a él le gusta más decir, Obispo de Roma.

Así como a 10 años de distancia, se puede calificar la renuncia de Benedicto como una realidad benéfica para la Iglesia, es difícil emitir un juicio sobre el pontificado de Francisco, pues no tenemos la necesaria perspectiva histórica, pues al momento de redactar estas líneas, sigue siendo Papa. Sin embargo, diez años sí son suficientes para señalar muchas cosas que han cambiado en la Iglesia bajo su mandato.

Con tres Encíclicas y cinco Exhortaciones Apostólicas, su magisterio es muy rico, pero se puede afirmar que el documento programático de su pontificado, el que ha marcado la pauta de su ministerio petrino, es la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Ahí se nos da a conocer como persona y, en definitiva, como un pastor cercano a su pueblo. De todas formas, si el papado de Benedicto XVI estuvo marcado por los textos, siendo quizá la Encíclica Spe Salvi el más logrado de todos, el de Francisco, en cambio, ha estado marcado por los gestos. Esos gestos translucen una autenticidad insoslayable y una profunda espiritualidad.

Son muy numerosos los gestos de Francisco, que van desde las llamadas por teléfono para mostrar cercanía a alguien que sufre, como a la mamá de Gustavo Cerati, o para decirle a una pareja gay que no hay ningún inconveniente en bautizar a sus hijos, reunirse con un grupo de mujeres divorciadas, para decirles que hay lugar para ellas en la Iglesia, o postrarse y besar los pies de líderes africanos, para pedir humildemente el cese a la violencia en sus regiones.

Su pontificado también se ha caracterizado –en sintonía con sus dos predecesores- por una fuerte dosis de diálogo interreligioso. Es icónica su fotografía, en frente del Muro de las Lamentaciones, abrazando a un imán musulmán y a un rabino judío. También lo es su empeño en mantener abierto y vivo el diálogo ecuménico, señalando que “la sangre está mezclada”; es decir, reconociendo que el primer ecumenismo es el de los mártires, cuya sangre derramada por fidelidad a Jesucristo está mezclada, sin importar de qué denominación cristiana sean cada uno de ellos.

Papa Francisco en San Pedro, 6 de junio 2014. Foto: Alfredo Borba.

Ha tenido que cargar bajo su mandado, con el pesado lastre que le dejaron sus dos predecesores: graves problemas de pedofilia clerical y escándalos financieros, que manchan incluso a altos miembros de la curia romana. Al igual que su predecesor, ha puesto todos los medios a su alcance para superar estas dos enfermedades de la Iglesia. Sin que pueda afirmarse que ya está todo esclarecido y resuelto, sí se puede afirmar que en los dos últimos pontificados se han dado grandes pasos en esa dirección. En medio de la refriega, ha tenido que juzgar a un cardenal por motivos económicos (Becciu) y aceptar que otro fuera llevado a prisión injustamente (Pell). En medio del escándalo que esto causa, el Papa ha dado la cara con dignidad.

Por lo demás, es proverbial su pobreza personal y el fomento de la austeridad en el seno de la Iglesia. Sin duda alguna su preocupación por los pobres, por las víctimas de la cultura del descarte, su deseo de vincular a todos los creyentes con estas causas humanitarias, su contemplación del misterio de Cristo sufriente en todo ser humano que padece, todo ello, en suma, ha florecido en una renovación espiritual en el seno de la Iglesia, cuajada de obras concretas.

Queda mucho por decir de su pontificado, por ejemplo, es el primer Papa en publicar una Encíclica sobre Ecología (Laudato Si´), o el que más ha luchado por los inmigrantes, hasta el punto de añadir una oración a la Virgen pidiendo por ellos en el rezo del rosario. Un Papa de las periferias, que goza de gran autoridad moral, un Papa, sin duda, enviado por Dios para purificar a su Iglesia y para hacer de ella una “Iglesia en salida”, un Papa para los revueltos tiempos contemporáneos, que busca más lo que une, que lo que nos separa, un Papa puente y no un Papa muro, eso es Francisco.

La herencia de Benedicto XVI

Por Salvador Fabre

Puede sonar un tanto pretencioso el título, pues en realidad, será el paso del tiempo quien nos diga si Benedicto XVI merece entrar en el selecto grupo de los clásicos y en el exclusivo club de los santos. Sirvan, sin embargo, estas breves reflexiones a vuelapluma, para encuadrar algunas de las líneas maestras de su vida y su pensamiento, de aquello que deja a la Iglesia y al mundo.

Es difícil elegir por dónde comenzar. Podríamos señalar detalles anecdóticos que perfilan su figura, como puede ser su amor por la música clásica, Mozart en particular, o su afición por los gatos. Pienso, sin embargo, que no me equivoco en señalar que su gran ambición, la gran tarea de su pensamiento ha sido elaborar una síntesis entre fe y razón, mostrando cómo ambas van de la mano, y cómo la Iglesia y el Mundo las necesitan, para hacer de ellas un lugar más humano, acorde a la dignidad de los hijos de Dios.

En un marco negativo, podría describirse su lucha como un decidido enfrentamiento con la “dictadura del relativismo”, cómo el mismo la llamó en vísperas de ser elegido Papa. En ámbito positivo, en cambio, tenemos todos sus esfuerzos por abrir caminos de diálogo con quienes no pensaban como él. Diálogos de altura intelectual, que mantuvo siendo primero cardenal y después Papa, con personalidades como Jürgen Habermas, Marcello Pera, Paolo Flores d´Arcais, Piergiorgio Odifreddi, por citar algunos. Más de fondo, está su iniciativa, titulada “El Atrio de los Gentiles”, diseñada como un espacio abierto para dialogar por ateos, agnósticos y librepensadores.

En este sentido, sea como cardenal o como Papa, mantuvo un intenso contacto con los teólogos que podríamos calificar de “rebeldes”. Icónico es el ejemplo de Hans Küng, con quien se reunió al poco tiempo de ser elegido Papa, con quien mantenía una larga amistad, desde los años anteriores al Concilio Vaticano II. Tuvo la habilidad de dialogar con otros igualmente importantes de la historia reciente de la Iglesia, entre los que pueden mencionarse Johann Baptist Metz o Gustavo Gutiérrez.

Otra característica definitoria del Papa Emérito fue su amor por la liturgia. La contemplaba como algo vivo que se va desarrollando. Quizá es este el único aspecto donde tuvo un desencuentro con su sucesor, Francisco. En efecto, Benedicto XVI estableció el rito extraordinario de la liturgia latina, es decir, reconoció la validez de la Misa de San Pío V y el misal de Juan XXIII. Francisco, en cambio, restringió esta forma litúrgica, imponiéndole una serie de candados. La humildad del Papa Emérito le llevó a callar y a aceptar las disposiciones del Papa reinante.

No se puede hablar de Benedicto XVI sin tocar el espinoso y doloroso expediente de la pedofilia en la Iglesia. Si bien ya san Juan Pablo II impuso algunas normas para evitarla, realmente quien se hizo cargo del problema y le plantó cara valientemente, fue Benedicto XVI. Reformó la normativa de la Iglesia para atajar tan abominable delito, escribió documentos, como su “Carta a los Católicos de Irlanda” donde recoge todos los ángulos del problema; pidió perdón una y otra vez, y se reunió en sus viajes con las víctimas de tan horrendo crimen. Las leyes que estableció, el diálogo con la autoridad civil, las medidas disciplinares que tomó, así como su política de “tolerancia 0”, pusieron las bases para erradicarla del seno de la Iglesia. Luego están los temas de sus cartas encíclicas. Claramente van a lo esencial: La caridad, la esperanza y la fe, que dejó incompleta, y la concluyó y firmó Francisco. Personalmente pienso que la más necesaria es su encíclica sobre la Esperanza, pues viene a regar un mundo cansado y hostil. Luego están sus largos encuentros con periodistas, los diversos escritos que publicó en diálogo con Peter Seewald o Vittorio Messori y, ¡cómo no!, su maravillosa obra, en tres entregas, “Jesús de Nazaret”. En dicha obra aúna erudición, espiritualidad, y asombro ante el misterio central de la historia de la humanidad. El hecho insólito de que Dios se haya hecho hombre. Si creemos en ello, cambia nuestra visión de la vida y el mundo. Benedicto XVI expresa en dicha obra su fe, con un hondo fundamento teológico y racional, de forma que consiste en uno de sus testamentos más valiosos. Al final, de Benedicto XVI nos quedará un inmenso e invaluable corpus doctrinal, que sintetiza en forma muy profunda y a la vez accesible, cómo es posible pensar el mundo y hacer frente a sus problemas desde la perspectiva de la fe.

MDNMDN