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Las 5 enseñanzas que nos deja la narración más antigua de la historia: la Epopeya de Gilgamesh

por | Dic 22, 2021 | 0 Comentarios

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La Epopeya de Gilgamesh es un poema con una antigüedad de más de 4,000 años. Es el texto narrativo más antiguo que conserva la humanidad. Fue escrito por la civilización sumeria con caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla, en la región entre el Tigris y el Éufrates que hoy conocemos como Irak.

La historia de Gilgamesh todavía tiene mucho que decir a los seres humanos de nuestro tiempo. Es, a final de cuentas, la primera y la más importante de todas las aventuras: la aventura de buscar un sentido para la vida humana.

Por eso, sin reducirla a estas pocas líneas, sino con el ánimo de invitar a que sea más conocida y disfrutada, aquí se proponen cinco grandes verdades contenidas en la Epopeya de Gilgamesh, que el lector podrá descubrir si se adentra en el texto.

Quinta tabla de la Epopeya del Gilgamesh en el museo Sulaymaniyah, Iraq.
Quinta tabla de la Epopeya del Gilgamesh en el museo Sulaymaniyah, Iraq.

El poder debe limitarse para evitar la tiranía.

Gilgamesh, rey de la ciudad de Uruk, es el hombre más poderoso del mundo, más divino que humano. Su fuerza, la efectividad de sus armas, la gloria y la majestad de su liderazgo indiscutido no tienen par en toda la tierra y, precisamente por eso, porque no existen límites materiales a sus deseos, inevitablemente se convierte en un tirano: esclaviza a los hijos de sus súbditos, toma por la fuerza a las mujeres de su pueblo para saciar sus impulsos más básicos.

En medio del éxito y la riqueza, el ser humano es retratado en Gilgamesh con toda su miseria: cuanto más poder tiene, tiende más a la tiranía; porque el mundo de los deseos es desordenado, y si no se le limita, engendra la monstruosidad.

Los habitantes de Uruk claman a los dioses para que pongan freno a las injusticias de su glorioso rey. No quieren deshacerse de él, no piden que sea fulminado por el rayo o destruido por las fuerzas sobrenaturales; lo que piden es que pueda medirse frente a un semejante, que encuentre –como diríamos en México– la horma de su zapato.

El poder político, militar, económico o de cualquier otro tipo no puede ser destruido. Tiene la característica de que, si alguien lo deja, otra persona inmediatamente lo toma, porque es quizá el recurso más deseado del mundo, el que da la capacidad de hacer valer la propia voluntad. Por lo que la única manera de evitar su corrupción es enfrentarlo a otro poder igual.

Estatua de Gilgamesh en la Universidad de Sidney.
Estatua de Gilgamesh en la Universidad de Sidney.

La igualdad puede dar miedo, pero es una condición indispensable para el amor.

La respuesta de los dioses ante el clamor de los habitantes de Uruk es crear a un hombre, Enkidu, tan fuerte como el propio Gilgamesh, al que ubican fuera de la ciudad, como un salvaje que vive entre las bestias.

Ante la noticia de que los dioses han creado a un hombre que lo iguala en fuerza, Gilgamesh siente temor. Tiene pesadillas acerca de cómo ese otro ser puede despojarlo de su poder, quitarle la veneración de sus súbditos y reducirlo a vasallaje.

La intuición de Gilgamesh sobre Enkidu es que tendrán que luchar hasta que uno prevalezca, pero la conclusión de la batalla entre ellos es que dos seres iguales no pueden ni vencer ni quedar derrotados entre sí. La constatación de esa realidad aplaca sus miedos y su ira, y da pie a una relación de auténtica amistad, tan profunda que engendra el amor.

El amor entre Gilgamesh y Enkidu no es un amor erótico, es un amor que nace del reconocimiento mutuo y desvela una realidad más profunda: el auténtico amor sólo puede darse entre personas que se reconocen como iguales.

Una persona que se ama sólo puede amar en otra aquello que identifica como reflejo de lo que ama en sí misma. Otro tipo de relaciones provienen de la carencia que se quiere resolver, la admiración que se quiere expresar o el deseo que se quiere realizar; pero el amor en libertad, sin el factor necesidad de por medio, exige necesariamente la igualdad.

El amor que nace entre Gilgamesh y Enkidu es transformador también, porque aleja a Gilgamesh de la tiranía y lo empuja fuera de su reino a emprender aventuras nuevas, junto a su amigo. Es un amor que se reafirma constantemente en el trabajo de equipo, en los logros y las dificultades que se comparten. Es un modelo de amor que puede trasladarse a otros ámbitos además de la amistad, desde la pareja hasta la familia y la sociedad.

Busto de Gilgamesh tallado en piedra.
Busto de Gilgamesh tallado en piedra.

La sexualidad tiene un poder civilizador.

Muchos piensan en la sexualidad como una fuerza instintiva, casi animal. Irónicamente, la Epopeya de Gilgamesh reconoce en la sexualidad más bien un ejercicio de inculturación.

El poderoso Enkidu, tan fuerte como Gilgamesh, vivía libre de toda civilización antes de encontrarse con el que se convertiría en su mejor amigo; creció en medio de las bestias, se comunicaba con ellas, comía la hierba y abrevaba en el lago junto a las gacelas, vivía en esa forma de Edén al que algunos filósofos luego llamaron “estado de naturaleza”.

Antes de presentarse con Gilgamesh, Enkidu experimentó un proceso de civilización a través del sexo.

Shamhat, una prostituta (probablemente sacerdotisa de la diosa Ishtar), es enviada al abrevadero para encontrarse con Enkidu cuando las gacelas bajaran a beber. En el momento mismo en que Enkidu la ve, Shamhat se desnuda y él es inmediatamente atraído hacia ella.

Seis días y siete noches pasó Enkidu haciendo el amor con Shamhat, pero cuando por fin sació todos sus impulsos sexuales, las bestias –que antes eran sus hermanas– huyeron de él, no lo reconocieron más, perdió la vida como la conocía, para poder abrirse a una nueva etapa en la que ganó, tanto sabiduría como capacidad de conocer y darse a conocer a otro ser humano, con un lenguaje que entre las bestias nunca alcanza ese nivel de eficiencia comunicativa.

En definitiva, la sexualidad humana en la Epopeya de Gilgamesh, sin renunciar a su esencia de impulso, y hasta en cierta medida de instinto, es sobre todo una forma de comunicación y por lo tanto de cultura.

Estatua de Gilgamesh, 
Universidad de Sidney.
Estatua de Gilgamesh,
Universidad de Sidney.

Tarde o temprano hay que enfrentar la finitud.

Gilgamseh y Enkidu ganaron incluso más fama y poder juntos, pero en el camino, también se enemistaron con los dioses. Después que Gilgamesh rechazara la oferta de matrimonio de la diosa Ishtar, ésta amenazó con hacer surgir de la tierra a todos los muertos para que superaran a los vivos (el primer apocalipsis zombie) si Gilgamesh no era castigado, por lo que el dios Anu decide enviar al toro del cielo para que castigue la insolencia de Gilgamesh, pero él y Enkidu –magníficos y poderosos– matan al toro del cielo, con lo que desatan una auténtica confrontación entre los dioses y los hombres.

El viejo sueño humano de erigirse en dios de sí mismo está ya retratado en este primer poema épico de la humanidad, pero como cualquiera sabe, entre los dioses y los hombres hay una diferencia sustancial: la muerte.

El consejo de los dioses decide castigar directamente a la dupla y hace enfermar gravemente a Enkidu que, viendo la muerte cercana, maldice toda su vida, maldice sus logros, maldice a la mujer que lo hizo hombre y muere en medio de la confusión y de la tristeza.

Gilgamesh se enfrenta por primera vez con una realidad que lo sobrepasa y que no puede evitar: su mejor amigo, el gran amor de su vida, está muerto y él no puede hacer nada más que llorar; ordena que lloren todos los súbditos de su ciudad, vela a Enkidu, transido de dolor y desesperación como una leona que ha sido privada de sus cachorros, y lo despide con un glorioso funeral.

La realidad de la muerte lo atormenta y piensa que debe haber una manera de evitarla. Sabe que hay un hombre inmortal en la tierra, Utnapishtim “el lejano”,que sobrevivió al diluvio construyendo un arca (sí, es el primer Noé), y a quien los dioses concedieron la inmortalidad junto a su esposa, aunque a costa del exilio.

Sólo que Utnapishtim le hace ver a Gilgamseh que la inmortalidad es patrimonio exclusivo de los dioses y sólo ellos pueden concederla. A lo mucho, le enseña que existe una planta que le puede devolver la juventud.

Gilgamesh consiguió la planta, pero la pierde al fin, porque una serpiente se la robó. Con lo que a Gilgamesh no le queda más que encontrar la resignación en la idea de que, sin importar cuánta gloria haya conseguido, también su vida debe terminar en algún momento.

Cansado, derrotado al fin, simplemente se detiene, no tiene ya más qué buscar.

La verdadera felicidad está en las cosas pequeñas.

El mensaje de la Epopeya de Gilgamesh podría parecer desolador, por más bello que sea el texto, sin embargo, la más importante de sus enseñanzas da al lector un auténtico sentido, no sólo para la aventura de su personaje, sino para la vida humana en general.

En la antigua versión babilonia de la Epopeya de Gilgamseh, Siduri la tabernera, diosa de la fermentación del vino y la cerveza, trata de persuadir a Gilgamesh de buscar la inmortalidad –empresa inútil– con unas palabras que mantienen una vigencia eterna:

Haz de cada día un gozo,
baila y toca instrumentos día y noche.
Ponte ropa limpia,
lávate el pelo y báñate.
Contempla al pequeño que te toma la mano.
Deja que tu esposa disfrute tu abrazo repetidamente.
Pues ese es el destino del hombre mortal.

Por lo que la principal enseñanza es esta: la vida de los grandes y de los pequeños es igual en dignidad, su destino es el mismo, su alegría consiste en disfrutar los pequeños placeres cotidianos y la vida familiar. Todo lo demás, o bien carece de importancia, o bien engendra dolor.

Jesús Rogelio Alcántara

Jesús Rogelio Alcántara

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