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La posibilidad más propia

Por Mariana Barry

Las Iglesias y las tumbas están situadas de acuerdo con la salida y la puesta del sol, zonas de la vida y de la muerte, desde las cuales la existencia misma (Dasein) está determinada desde el punto de vista de sus más propias posibilidades-de-ser-en-el-mundo.” (Martin Heidegger, Ser y Tiempo)

Existir es, según las reflexiones de Heidegger, abrirse a las propias posibilidades. Entre ellas, la propia muerte es la posibilidad más cierta. Pero la muerte no es simplemente el último suceso de la vida. No es un incidente final, sino que su incidencia se da a lo largo de toda la existencia: el morir surca la existencia del ser humano de inicio a fin. La posibilidad de la muerte se revela como la constante amenaza del desvanecimiento de todas sus posibilidades. La muerte es la insuperable posibilidad de la sustracción absoluta de toda posibilidad. Y pese a ser posibilidad, la muerte es sin embargo el hecho máximo, la facticidad más contundente. La propia existencia se realiza así en la conjunción de posibilidad e imposibilidad. Asumir la muerte como tal posibilidad, es asumir la integridad de la propia existencia finita.

No se trata sin embargo de una representación oscura de su ser. La muerte, como la posibilidad de la propia imposibilidad, se revela más bien como la posibilidad más radical de asumirse en lo crudo del más propio ser sí mismo y entrever así los profundos alcances y límites de la propia libertad.

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Piedras de tropiezo

Piedras de tropiezo

En 1966 el artista Gunter Demnig comenzó un proyecto llamado Stolpersteine, que podríamos traducir como piedras de tropiezo. Berlín amaneció desde entonces con adoquines que saltan a la vista: una piedra de concreto de 10 cm cubierta con una placa de metal. Tras una investigación, se colocan las Stolpersteine, en el último lugar de residencia de las víctimas del nazismo. Los nombres, la fecha de nacimiento, de deportación y de muerte están grabados en la placa. Con el tiempo las piedras de tropiezo se difundieron por toda Europa.

Estas pequeñas piedras nos hacen recordar, por ejemplo a la pintora Charlotte Salomon, quien huyó a la Costa Azul; después de unos meses fue deportada a Auschwitz y murió –embarazada– en la cámara de gas; así como a su padre Albert Salomon –un famoso médico– y su madrastra Paula Lindberg –una cantante de ópera– quienes lograron sobrevivir.

Charlotte Salomon
“Aquí vivió Charlotte Salomon, nacida en 1917, huyó en 1938 a Francia. Internada en los campos de Gur y Drancy en 1940. Deportada y asesinada en Auschwitz en 1943.”

Las tumbas nos traen a la memoria a aquellos que partieron primero, pero ¿qué sucede cuando no hay una tumba que nos permita recordar? Estas piedras que “nos hacen tropezar”, porque saltan a la vista, son un llamado a la memoria.

Las piedras no se marchitan

Entre el Valle del Cedrón y el Monte de los Olivos –fuera de las murallas de Jerusalén y mirando directamente al Monte del Templo– se encuentra uno de los cementerios judíos más importantes del mundo. Construido aproximadamente hace 3000 años –tiempo del Primer Templo– el cementerio se expandió durante el Medioevo. Ahí descansan 150.000 judíos de diversas épocas y lugares. Algunos arqueólogos señalan que en este cementerio se encuentran las tumbas de los profetas Zacarías y Malaquías. 

Quizá lo más significativo de todo cementerio judío es la falta de flores. Es parte de la tradición colocar una piedra, no solamente para señalar la visita, sino porque al contrario de las flores, las piedras no se marchitan: son duraderas y simbolizan la permanencia –de los difuntos– en nuestra memoria.

Las piedras son también un símbolo de esperanza en la resurrección: cuando el profeta Elías toque el shofar anunciando la llegada del Mesías, los muertos resucitarán y con las piedras de sus tumbas comenzarán a reconstruir el Templo de Jerusalén.

Amor y muerte

Son célebres los retratos de mujeres con un cuello alargado y ojos almendrados que pintaba Amadeo Modigliani. Varios de estos retratos son de Jeanne Hébuterne: musa y compañera del pintor judío.

La relación entre Modigliani y Hébuterne va más allá del arte, el amor y la muerte. La familia Hébuterne no consideraba apropiado que Jeanne viviera sin casarse con un pintor judío al que consideraban un libertino; a pesar de la desaprobación de a familia, la pareja se mantuvo unida hasta la muerte. En 1918 Modigliani enfermó de tuberculosis. Para mejorar la salud del pintor, la pareja se mudó a Niza donde nació Jeanne Modigliani, quien años más tardes escribió la biografía de su padre.

La familia regresó a París en 1920. Modigliani continuaba con su vida bohemia a pesar de la enfermedad, que causó su muerte a los 35 años. En la madrugada del mismo día Jeanne Hébuterne –en el noveno mes de embarazo– saltó de un quinto piso. Mientras que Modigliani fue enterrado precedido por los honores de la comunidad artística –incluido Picasso– en el cementerio de Pére-Lachaise; Jeanne fue enterrada casi en secreto, por tratarse de un suicidio. Diez años después el hermano de Modigliani convenció a la familia Hébuterne para que trasladaran los restos de Jeanne a la misma tumba del pintor. Desde 1930 Modigliani y Hébuterne reposan juntos en el cementerio parisino. El epitafio de Jeanne dice: “Compañera devota hasta el sacrificio extremo”.

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El enigmático epitafio griego

El enigmático epitafio griego

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Una de las tumbas más visitadas en Pére-Lachaise es la de “el Rey Lagarto” Jim Morrison, poeta y vocalista del grupo The Doors. Morrison murió en París en 1971 con apenas 27 años –pertenece al club de los 27– a causa de un problema cardiaco. Morrison yace cerca de los restos de Oscar Wilde, uno de sus autores preferidos. El deseo de ser enterrado cerca de Wilde motivó que sus restos permanezcan en París y no en Estados Unidos.

La tumba fue objeto de vandalismo por parte de los fanáticos, que llegaron incluso a robar el busto que la adornaba, es por ello que la tumba no tiene lápida. Entre las flores, que dejan los visitantes, también se puede encontrar ocasionalmente una botella de Bourbon. Y es común que admiradores rompan el silencio sepulcral con temas como Light my fire y Riders on the storm.

El mayor enigma de la tumba de Morrison es el epitafio en griego elegido por su padre- y que tiene diversas interpretaciones: kata ton daimona eaytoy. La frase podría tener un origen en el movimiento esotérico –Thelema– formado por Aleister Crowley en 1900. Algunos interpretan y traducen el epitafio como: “fiel a su espíritu”, “al espíritu que llevaba en su interior” e incluso “cada uno es dueño de los demonios que lleva dentro.” Con o sin enigma, el epitafio afirma firmemente que Morrison murió en su ley.

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