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¿Tenemos que compartirlo todo?

por | Jun 14, 2023 | 0 Comentarios

Por Mauricio Valdez

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Pertenezco a una generación que fue educada con la idea de que tenemos que hacer la diferencia en el mundo, ese es el espíritu del tiempo que nos ha tocado vivir.

Crecí en una familia tradicional y asistí a un colegio católico; y me acuerdo de varias veces en las que destaqué en alguna actividad o demostré algún talento y escuchaba interpretaciones aplicadas de la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30). Recuerdo sentirme presionado y sentir casi una obligación por poner esos talentos al servicio de los demás y en la construcción del Reino de Dios porque no quería ser como aquel que enterró sus talentos. No quería ser un cobarde al que le quitaran sus talentos para dárselos a otro.

Este pensamiento se llevó a un extremo, sobre todo por los que yo considero malos formadores: el niño canta bien, entonces que cante en el coro de la iglesia porque sino está enterrando sus talentos; el niño dibuja bien, entonces que pinte arte cristiano porque sino está enterrando sus talentos; el niño habla elocuentemente, entonces que predique en los retiros de la parroquia porque sino está enterrando sus talentos; y así podríamos continuar con ejemplos y llenar varias páginas.
Creo que podrás estar de acuerdo conmigo en que esto es una mala interpretación de la parábola de los talentos, quizá hasta convenenciera, pero cuando era niño no era tan evidente.

Pasaron los años y aunque nunca fui un niño que obedeciera en todo y siempre cuestioné a los que me formaban, algo de aquella malinterpretación se quedó en mi inconsciente y no sabía por qué cuando aprendía algo sentía una necesidad inmediata por enseñarlo. El auge de las redes sociales, especialmente Twitter, no ayudó nada. Cada vez que leía algo, así fuera un capítulo de 10 páginas de un libro sentía la necesidad de compartir una idea en Twitter para olvidarla antes de poder hacer algo con ella que le sirviera a alguien más.

Después de muchos años me di cuenta que por ahí no iba la cosa, que no tengo la obligación de enseñar o compartir un concepto o una idea apenas entra en mi cabeza, y mucho menos sin antes haberla procesado y aprendido bien, porque es evidente que el aprendizaje es mucho más complejo que leer 3 páginas (a veces ni eso).

Foto: Sanket Mishra.

Un día me di cuenta que el uso excesivo de las redes sociales me distraía más de lo que me ayudaba; aprendí que hace falta tener momentos de reflexión para procesar lo que aprendemos durante el día, utilizar nuestro cerebro para conectar puntos, atar cabos, generar ideas, procesar y comprender.

Hice una pausa, dejé de usar redes sociales por un tiempo largo y cada vez sentía menos la necesidad de compartir cada cosa que hacía. Pude disfrutar algo tan simple como armar un rompecabezas que al final iba a volver a desarmar y escribir en una libreta que nadie iba a leer, que aunque parezcan actividades tan simples no sabía por qué tenía años sin hacerlas. Quizá algún rezago inconsciente de esa parte de mi formación, quizá combinado con la llegada de las redes sociales con la ansiedad que generan, las constantes comparaciones y la necesidad de compartirlo todo como si eso evitara la pérdida de los recuerdos y la memoria. Estos efectos no sólo los he notado en mí, también los observo en mucha gente de mi generación y sobre todo en los más jóvenes.

Después de este detox de inmediatez, empecé a notar cada vez más lo mucho que opina la gente sin tener conocimiento de los temas, sin citar a nadie, realmente sin conocer. Cada vez sueno más anciano cuando digo cómo me preocupa que los jóvenes por esa necesidad de querer hacer una diferencia hablan de temas que no conocen con una autoridad que no le vi ni a Aristóteles.

No pretendo criticar a nadie, porque los entiendo, yo también sentí esa necesidad de aportar algo, también sentí que sino opinaba del tema de moda estaba enterrando mis talentos, que iba a pasar por este mundo sin pena ni gloria; sé que no es su culpa, y también sé que el hecho de que eso se haya exponenciado no es porque vengan con otro chip o porque esta generación venga “revolucionada”, es porque las herramientas que usan para consumir contenido y para crearlo han sido perfeccionadas al grado que la polarización de ideas ha llegado a unos extremos que nunca creí ver.

Hoy tengo la oportunidad de ser docente de la materia de Comunicación en una Universidad para alumnos de aproximadamente 20 años, y por la naturaleza de la materia hay varios trabajos en los que tienen que hacer un video explicando cualquier tema que les interese. Muchos hablan de algún deporte que practican o algo de arte que conozcan, pero observo que muchos se van por la crítica social. Quieren concientizar a la sociedad de una postura que tienen sobre un tema importante, y noto la polarización, poco pensamiento crítico, poca argumentación y mucho adoptar la postura del influencer que esté de moda como si fuera propia, sin haberla analizado realmente.

Mi trabajo es retroalimentar sus habilidades de comunicación, dicción, tono de voz, manejo de nervios, etc. Me abstengo de enfocar mi aportación en el contenido ya que no es mi papel, pero a veces no encuentro las palabras para recomendarles analizar más, pensar más, formarse un pensamiento propio, ya que creo que lo pueden tomar como otra polarización opuesta a una postura que ellos creen está formada. Además no quiero proyectar mis propios traumas en ellos diciéndoles que no tienen que opinar de todo lo que está de moda y no pasa nada si leen más y escriben menos.

Creo que también es parte de mi propio proceso no tener que aportar algo cuando no me toca, un poco quitarme esa presión de pensar que si no les digo algo estoy pecando de omisión, quién sabe, igual y yo soy el que está equivocado.

El pensador, Rodin. Expuesto en la Plaza Mayor de Cáceres. Foto: Jesús Castillo.

Aunque he experimentado mucha paz en no opinar sobre todo, no publicar todo lo que hago y vivir mi día a día sin documentar todo, también a veces me pregunto si no compartir absolutamente nada y no opinar de absolutamente nada sea un extremo del que me tengo que cuidar, y la respuesta la encontré en Aristóteles, precisamente en temas como el vicio, la virtud, y la prudencia. Y lo voy a citar a continuación.

“La virtud es, por tanto, un hábito selectivo, consistente en una posición intermedia para nosotros, determinada por la razón y tal como la determinaría el hombre prudente. Posición intermedia entre dos vicios, el uno por exceso y el otro por defecto”.

Aristóteles, Ética a Nicómaco.

Sí, yo sé que Aristóteles no nos da la respuesta a cada situación concreta en la que podamos encontrarnos en un dilema moral, pero sí que nos enseña un principio que nos toca a nosotros aplicar a cada caso particular.

Es importante buscar siempre el punto intermedio, y mientras escribía eso noté una contradicción, porque “siempre” no es un punto intermedio, pensé en borrarlo pero mejor evidencio mi propio error para que tú como lector no tomes todas mis palabras como verdaderas.

Redacción

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