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Una fuerza imparable y un objeto inamovible

Esta semana han pasado muchas cosas. Entre ellas terminé un libro que requirió un compromiso largo que acepté antes de empezar. Era El Quijote. Si quisieras leer El Quijote sin spoilers, no leas este correo. (Pondré una advertencia cuando empiecen los spoilers del final del libro)

Cuando acabé el libro quedé en shock. No estaba seguro de lo que sentía. Primero, ese sentimiento de acabar un libro y preguntarte ¿Ahora qué? un compañero que estuvo a mi lado durante cuatro meses se había separado. Era parte de mí pero al mismo tiempo ya no estábamos juntos. Miré el libro unos minutos tratando de procesar todo lo que había sucedido y no me resolvía a alabar o condenar el libro. No entendía porque sucedió lo que sucedió.

Esta pregunta siempre me ha llamado la atención: “cuando una fuerza imparable se enfrenta a un objeto inamovible ¿qué es lo que pasa?”, he tratado de convertirlo en una metáfora para darle sentido a la pregunta. En nuestra vida hay elementos que definen quienes somos, dan forma a nuestra identidad. Uno de ellos son las ideas, o mejor dicho los ideales y sueños que perseguimos, que nos mueven a salir de nuestra zona de comfort e impulsan nuestro actuar, esa sería “la fuerza imparable”. Por otra parte, todos tenemos una base sólida de donde partir, tenemos un marco de referencia que guía nuestras acciones: nuestras convicciones; ese es el objeto inamovible.

¿Qué pasa cuando nuestros sueños e ideales chocan con nuestras convicciones? ¿Cuál permanece y cuál se destruye? Es algo tan importante que no podemos vivir sin ninguno de los dos. Todos tenemos sueños y aspiraciones a dónde queremos llegar. De igual manera, todos tenemos pilares que definen lo que hacemos, lo que creemos que es correcto y lo que no. No necesariamiente uno va a chocar con el otro pero si llegara a pasar necesariamiente hay un cambio el alguno de ellos y en nuestra propia vida. Pienso en una solución pero me gustaría escuchar la tuya. Después de este Gif empiezan los spoilers.

¿Qué sucede en el Quijote?
La historia de Don Quijote de la mancha es una serie de aventuras que sólo le podrían pasar a un loco. En un resumen muy exagerado, Alonso Quijano es un señor de edad avanzada que fundió su cerebro por leer tantos libros de caballeros antiguos. Esto le llevó a pensar que las historias eran ciertas, y que él mismo debe restaurar el honor de los antiguos caballeros convirtiéndose en uno. Por su falta de juicio, alucina cosas, pelea contra molinos pensando que son gigantes y entra en posadas como si fueran grandes castillos. En una introducción de Mario Vargas Llosa describe el libro en un paso de la realidad a la ficción, como la historia que el Quijote busca se va convirtiendo en la verdad. Esto es cierto, poco a poco las historias se alinean más con el personaje, de alguna u otra forma se revive el mundo de los caballeros.

Sin embargo, el final del libro rompe la tesis. Rompe al ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y nos presenta a otra persona. En los últimos capítulos, el Quijote es derrotado por el caballero de la luna blanca (su amigo Sansón de Carrasco) y es forzado a regresar a su aldea y dejar el ejercicio de la caballería por un año. Esto con la idea de sanar su juicio en este tiempo. En el camino hay un cambio de clima en la trama, se puede notar cómo el espíritu peleador y valiente de Don Quijote va apagándose, entra poco a poco en la melancolía (conocida hoy en día como depresión) y pierde sus ánimos. En su aldea enferma y en pocos días empeora, uno de esos días, despierta sano, lúcido, arrepentido… pide que le lleven un confesor y un escribano para realizar su testamento, da su último respiro queriendo disculparse por arriesgar a los demás y llevar a Sancho con él.

Ahora bien, a lo largo del libro conocimos a Don Quijote y sólo al final entendimos quién es Alonso Quijano. Claramente no son la misma persona. La pregunta es ¿fue bueno el cambio? ¿Qué quiere decir Cervantes? Me parece que es una cuestión de identidad, ideales y convicciones. Si realmente estaba enfermo no podemos decir que tuviera entero uso de su razón, por tanto de su libertad, no podemos juzgar sus acciones. Pero suponiendo que estuviera lejos de enfermedad, ¿cuál debió permanecer?

Sus convicciones son las que quedan después del dilema. Prefiere morir siendo buen hombre para llegar al cielo que aferrarse a la caballería. Los ideales cambiaron, y lo llevo a él a cambiar. Dejó de ser ese caballero para ser Alonso el bueno, el sano. No porque el caballero estaba mal, sino porque era mejor ser el bueno. Se dió cuenta que sin sus valores, convicciones, sus ideales no valen nada, porque no se puede ser dos personas distintas.

Gracias por leer lo que escribo, si quieres conocer más visita mi blog:
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Se publica contenido cada domingo 7pm.
El circulismo

El circulismo

Foto de portada: Miguel Á. Padriñán

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Por Daniel Limac

El ser humano asesinó en la primera guerra mundial (1914) a más de 10 millones de personas, entre heridos y desaparecidos suman 40 millones aproximadamente. 25 años después, según la Enciclopedia Británica, se estima que entre 40 y 50 millones de personas murieron durante la Segunda Guerra Mundial (1939).

Según el libro La Segunda Guerra Mundial, del escritor e historiador británico Antony Beevor, miles de personas murieron en Hiroshima con la explosión de la bomba atómica, cifra que aumentó a 200 mil en los días siguientes, debido a las consecuencias de la radiación. “Alrededor de 100 mil personas murieron instantáneamente, y miles más perdieron la vida después, por quemaduras, shock o envenenamiento por radiación”, escribe Beevor.

La tercera guerra mundial (2250) fue la más atroz y devastadora que terminó con la vida de 6 mil millones de personas. Los países conformados por la OTAN desataron el primer ataque nuclear a los países comunistas, entre ellos Rusia, Corea del Norte, y Japón que replicaron de inmediato el ataque. Más de 11 años transcurrieron para dar fin a la temible guerra y que por poco exterminó a la raza humana.

Posterior a la guerra nuclear, cerca de 160 mil personas se aglomeran en Uruguay, el país menos atacado por la guerra, donde las personas buscan un bien común: el vivir y ser felices, sin embargo, comenzar desde cero será difícil, hartos del capitalismo y del comunismo del mundo, buscan una nueva forma de gobernar.

Tras la terrible guerra nuclear se perdió todo, absolutamente todo: familia, amigos, propiedades, trabajos, medios de comunicación y medios de transporte. Se estima que murieron poco más del 80 por ciento de la humanidad total, y los pocos sobrevivientes quisieron reiniciar la humanidad en Uruguay. Por su posición geográfica fue el que menos sufrió las consecuencias nucleares, radioactivas y químicas de la guerra, se mencionaba que había gente refugiada en Groenlandia y la Antártida, pero no se obtuvo comunicación con ellos y sólo eran rumores.

En los años de la pre-guerra y antes de perderlo todo, el ser humano, poco a poco fue perdiendo lo inmaterial, lo no tangible, fue perdiendo la razón. Y con ello la reflexión, la duda, la pasión, el amor, y por imposición fue perdiendo los derechos más hermosos que gozaba, los derechos que con sangre los mártires habían conseguido: la libertad, la independencia, la soberanía.

Las falacias ideológicas penetraron fuerte en la política del mundo: se adoctrinó a niños, jóvenes y adultos, sobre toda idea en cuanto a gusto y placer conviniera. Se prohibieron los textos bíblicos y filosóficos, sólo los afortunados tenían algún libro en sus hogares, escondidos para no ser condenados por el gobierno. Ya no había iglesias ni escuelas, el humano sólo vivía para trabajar para la clase alta, el proletariado vivía como esclavo, sin derechos, sin un sueldo digno, sin protección social. Los de la clase media se quedaban sin trabajo, las instituciones gubernamentales (sector salud, educación y seguridad) empezaron a dejar de ser del gobierno y se vendieron a manos extranjeras. La mayoría de las personas que sufrieron más fueron la clase baja, la media se sostenía por sus ingresos que iban en picada.

La guerra nuclear del año 2250 vino a rematar el horror que todas estas personas estaban sufriendo. El fin de la humanidad se acercaba. Aun así, el ser humano sobrevivió en refugios antinucleares y sótanos caseros, la guerra regresó al hombre algo que había perdido: la compasión. En la guerra eran uno mismo, eran hermanos que se apoyaban para sobrevivir. Bastaron 11 años de guerra para casi extinguir al ser humano. En Uruguay eran poco más de 160 mil personas cuando finalizó la guerra. Y el 11 de diciembre del año 2260 terminó lo que parecía nunca iba a tener fin. ¡La guerra terminó!, ¡la guerra ya no existe!, ¡la guerra desapareció!, ¡ya no hay guerra! Gritaban miles de personas. Esa noche celebraron y se abrazaron por última vez.

¿Qué sigue para ellos si ya la guerra se lo llevó todo? Lo primero que se comenzó a discutir durante la postguerra fue el modelo económico que regiría a la nueva sociedad. Pero había un problema, nadie lideraba a nadie, no había algún representante general y como los efectos de la guerra eran recientes poca comunión había entre los hombres. Se hablaba de iniciar con el modelo capitalista para arrancar la economía, y así fue, sin nadie que gobernara o quien dirigiera al principio. Pasaron un par de meses y los 160 mil sobrevivientes se dividieron y agruparon en tres sectores: 60 mil de clase baja, 40 mil de clase media y 60 mil de clase alta. Cada clase tenía un objetivo en común, recrear una sociedad estable y con una política integra. Pero el objetivo se les fue olvidando al pasar los meses. Los de la clase alta querían ser los dueños de toda empresa que se construyera, de los puestos políticos y todo aquello que generara riqueza. Los de la clase media estaban dispuestos a trabajar mediante un sindicato que les proporcionara derechos justos. Los de la clase baja que fueron los más explotados en tiempos pasados decidieron que no trabajarían para nadie, sino que formarían su propia sociedad con principios socialistas. Fue en ese momento de desorden y confusión cuando aparece el mediador de las clases: Robert Lim, que vino a dirigir un evento que marcaría la humanidad por completo.

Lim promovió la formación de líderes en cada clase, y semanas después pudo convocar a los 3 líderes de las tres clases en una reunión. Jorge Gorman representaba a la clase alta, Toé Rodrigué a la media y José Cantú a los obreros; y así comenzó la famosa Semana del destino, donde en 7 días se definió el destino de todas las personas, compartiendo razones y justificaciones para comenzar la nueva vida. La reunión fue caótica, nadie quería dar y ceder. Ninguna de las clases quería aportar algo, los más indiferentes eran los de la clase baja, José Cantú afirmaba que nadie trabajaría sin garantías, derechos y buenos sueldos. El problema es que no había ni siquiera todavía una moneda de cambio. Pero el dinero, como antes era conocido, tardaría años en crearse e imprimirse, así que el trabajo de los próximos años no sería pagado. Era algo injusto. La clase alta quería los privilegios de antes. Parecía como si la guerra y la miseria se les hubiera olvidado. La clase medio y baja trabajaban casi como esclavos y la brecha de odio se hacía cada vez más patente y abierta. Ninguna clase se ponía de acuerdo. Fue entonces cuando a Robert Lim se le ocurrió la teoría circulatoria, o mejor conocida como circulismo. Robert Lim unificó a toda la población, clase alta, media y baja. Después estableció dos grupos: el grupo A y el grupo B. Los que conformarían el grupo A serían la primera clase, que era la baja con aproximadamente 60 mil personas, y 20 mil de clase media. El grupo B lo conformarían 20 mil personas de clase media y 60 mil de clase alta. Les hizo una propuesta a los tres líderes de las clases sociales: “Si no llegamos a un consenso hoy, mañana el ser humano entrara en crisis y volveremos a los tiempos antiguos de guerra, nos mataremos como animales, haremos cosas reprobables por placer, sufriremos y acabaremos con nuestra propia existencia. Así que queridos amigos escuchen esta propuesta, esta teoría se llama la teoría circulatoria, donde las personas cada 20 años cambiaran su clase social para pertenecer a la clase contraria. Es decir, el grupo A comenzará los primeros 20 años trabajando para el grupo B, y cuando se cumplan los 20 años, el grupo B será el que va a trabajar los siguientes 20 años, y el grupo A será quien disfrute. Así pues, será un círculo para toda la vida, donde cada 20 años se cambiarán los papeles.”

José Cantú preguntó: “pero ¿cómo elegirían qué grupo comenzaría a trabajar?” Alguno de los dos grupos tenía que empezar los 20 años de trabajo, pero nadie quería, los del grupo A, la mayoría clase baja, no aceptarían de nuevo volver a la casi esclavitud. Y los ricos por su propio ego no aceptarían trabajar como esclavos viniendo ellos de una clase social alta anteriormente. Se investigó a toda persona para ver quiénes eran y a que se dedicaban, sus ingresos eran lo que pondrían en tela de juego su destino. Así formaron el grupo A y grupo B.

El líder Robert Lim propuso a los dos líderes, anexando a Toé Rodrigué (clase media) a la clase alta: “Vayan con su gente y platiquen lo que propongo, la propuesta es esta: Un grupo trabajará por 20 años consecutivos, y el otro grupo disfrutará en esos mismos 20 años los beneficios que se puedan obtener. Al año 0 le llamaremos el inicio del círculo, y al año 20 el cierre del círculo. Cuando pasen 20 años y se cierre el círculo, el grupo que disfrutó ahora comenzará un nuevo círculo trabajando los próximos 20 años. ¿Quiénes empezarán siendo pobres o siendo ricos? Muy fácil, mediante una ceremonia donde estarán presentes todos los habitantes se echará suerte con una moneda y el perdedor será nombrado clase baja y empezará el circulo trabajando, y el ganador será nombrado clase alta y disfrutará de los beneficios obtenidos.”

Lim dió un día para que la propuesta fuera informada. La respuesta fue contundente: todos aprobaron la idea. Así comenzó una nueva división histórica, era el año cero después de la guerra (0 D.G.). Quienes ganaran la partida, dictarían las leyes, los derechos y obligaciones de todas las personas. Se convocó al día más esperado por la humanidad, el día del círculo, así fue llamado. De las tres clases sociales ahora sólo habría dos y se alternaría cada 20 años.

Lim presidió la ceremonia en un valle, en el que se agruparon más de 140 mil personas; Jorge Gorman y José Cantú pasaron al frente, como los representantes de cada grupo. Nadie sabía que la ceremonia daría inicio al siguiente infierno terrenal. Gorman y Cantú se dieron la mano, Lim lanzó la moneda al aire que decidiría el destino de la sociedad. La moneda antigua cayó cara, favoreciendo a la clase alta, es decir, la clase alta empezaría el círculo disfrutando los siguientes 20 años. Y la clase baja seria la trabajadora. Lim, Gorman y Cantú firmaron el acuerdo para el nuevo comienzo, mientras tanto los espectadores, algunos felices y otros con caras largas se alejaron del valle.

El primer día de la semana el grupo A dictó las nuevas leyes:

1.- El país se dividirá en dos por un muro ­–construido por el grupo B y supervisado por el A­– para separar la región norte y sur. En el norte vivirá el grupo A porque era la región más conservada y el grupo B estará en el sur. Asimismo, la zona norte será reconstruida prioritariamente.

2.- El grupo B trabajará principalmente el campo, la construcción y todo lo que conlleve un mayor esfuerzo y sea manual. Los mejores trabajos serán para el grupo A.

3.- La zona norte será exclusiva para el grupo A. Solamente se le permitirá el ingreso a los trabajadores del grupo B que cuenten con el certificado de entrada. Al terminar la jornada deben volver al sur.

4.- Las armas quedan absolutamente prohibidas en el sur, solamente los guardianes y el grupo A podrá portarlas.

5.- Solamente el grupo A será educado. El grupo B y sus futuros descendientes tienen prohibido ir a la escuela y el único tipo de educación que tendrán será manual y referente a los oficios. Queda prohibido cualquier tipo de libro, escuelas e iglesias en la zona sur.

6.- Las actividades de ocio y deporte para el grupo B están prohibidas, a excepción de una vez al mes, que se les permitirá atender alguna actividad recreativa, siempre y cuando no interfiera con sus labores.

7. Las familias del grupo B no podrán reproducirse, a menos que cuenten con el permiso otorgado por el parlamento A. Toda mujer que se embarace sin el consentimiento del grupo A y empezando el año 0 D.C. será condenada a muerte. 8.- Está prohibida la vida familiar en el grupo B, no habrá comidas caseras, sino que todos comerán en los comedores comunes. La ración consistirá en una hogaza de pan, 50 gramos de fríjoles y 60 gramos de arroz. Ocasionalmente habrá una pequeña ración de carne.

9.- Queda prohibida la privacidad, toda familia del grupo B será monitoreada, tanto en el trabajo como en casa.

10.- Las mujeres del grupo B pueden usarse como madres subrogadas y con otros fines de concubinato por el grupo A.

11.- El grupo B tiene derecho a bañarse una vez a la semana en la bañera comunitaria.

12.- Los guardianes serán la máxima autoridad civil. El grupo B debe respetarla y obedecerla siempre. Los guardianes tienen derecho a castigar físicamente a los individuos problemáticos del grupo B.

13.- Quedan prohibidas las manifestaciones del grupo B y las reuniones de grupos mayores a 5 personas. En caso de que esto ocurra, los guardianes podrán castigarlos con la pena capital.

14.- Toda persona del grupo B mayo de 60 años, enfermo o con alguna discapacidad será enviada al campo experimental, con el fin de avanzar en el ámbito científico. El grupo A puede elegir a cualquier persona del grupo B para que sea transferida al campo experimental. Es posible que durante el experimento o después se produzca la muerte.

15.- El grupo A tiene derecho a gozar de todos los privilegios por decreto divino. Por los siguientes 20 años el grupo B tendrá que aceptar y someterse a cualquier cambio constitucional que el grupo A pueda llegar a dictaminar.

Con las nuevas leyes y el acuerdo firmado ya no había marcha atrás, se comenzó la construcción del muro, se confiscó cualquier cosa que pudiera ser utilizada como arma, se quemaron libros y los guardianes utilizaron su poder. La razón llevó a la humanidad a la fabricación de armas, tanques, bombas, casquillos y muertes. El circulismo surgió como un efecto de la postguerra, quería evitar futuros derramamientos de sangre, sin saber que desde el principio ya estaba condenado a la repetición. Se creyó que después de la Tercera Guerra Mundial el hombre volvería a la bondad y al menos así fue por un tiempo para sobrevivir a los horrores de la guerra nuclear. Pero después y con la calma regresó la corrupción, la arrogancia y el egoísmo. Se buscó el poder y el dinero cuando lo único que quedaba era la destrucción. El año 0 D.C. había comenzado.

NO MÁS LIBROS

NO MÁS LIBROS

¿Qué pasaría si los libros y las bibliotecas desaparecieran?

Hace una semana, el 24 de octubre, se conmemoró el día de las bibliotecas. Esta fecha se celebra desde 1997 en recuerdo de la quema de la Biblioteca de Sarajevo, en 1992, por órdenes de un político nacionalista serbio y profesor de “Poesía y Crítica” en la Universidad de Sarajevo. Ávido lector de Shakespeare y responsable de la orden que produjo la quema de una biblioteca, se trata de dos rostros que parecen incoherentes en Nikola Koljevich (1936-1997).

La pregunta de mi título es un esfuerzo por valorar realistamente esta conmemoración: ¿Son tan importantes las bibliotecas para el ejercicio intelectual y el proceso educativo como asumimos? Formulo la pregunta desde el punto de vista de quien está realizando labores bibliotecarias en la Universidad Panamericana y quien es un usuario frecuente de las bibliotecas.

Hago saber al lector que tengo en la memoria dos presentaciones relevantes que escuché durante mis estudios de filosofía en 2021: el seminario sobre Ciudad y Belleza, del Dr. Víctor Isolino Doval; y, la ponencia del Dr. José Luis Rivera sobre Defensa del Iletrado. No es necesario conocerlas, ofrezco aquí lo necesario para aclarar lo que quiero decir.

En términos muy generales, el Dr. Isolino Doval afirma que la arquitectura de los lugares tiene un efecto importante en la formación de nuestros hábitos. Podemos suponer que las bibliotecas, e incluso las universidades, son espacios para la lectura y el estudio, que han sido diseñados para propiciar a los profesionistas, a los intelectuales y a las personas que se apropian de la tradición con un sentido de discernimiento para actuar virtuosamente.

Tal propuesta puede denominarse como: “arquitectura social”. Y se inscribe ante el vértigo de la modernización de los espacios urbanos, cuyo exponente es el arquitecto francés Le Corbusier (1887-1965), autor de La Ciudad del Futuro (1920). La arquitectura social la podríamos atribuir a Jane Jacobs (1916-2006), autora de Muerte y Vida de las Grandes Ciudades (1961). Su argumento principal es una crítica a la modernización de las ciudades que estorba a las personas para sus funciones sociales, fragmentando las comunidades; y a cada uno de sus miembros, podría añadirse.

Maqueta de La Ciudad Radiante (La Ville Radieuse) de Le Corbusier.

Por otro lado, el Dr. José Luis Rivera defiende que no es tan efectiva la relación entre los libros y el buen aprendizaje. Estoy extendiendo este argumento a las bibliotecas y a las universidades. Su argumentación se apoya en dos fragmentos clave de la literatura: Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury. Y Don Quijote de la Mancha (1605) de Cervantes.

Los fragmentos clave son los discursos del Capitán Beatty, quien el Dr. Rivera enfatiza que sustenta su decisión de quemar los libros a partir de su estudio de los mismos. Siempre responde a Montag, el protagonista, con citas y lecturas argumentadas sobre las contrariedades e irrelevancias que contienen libros que habitualmente asumimos invaluables (la Biblia, Pope, Shakespeare…). En opinión de Beatty, leer no vale la pena y lo dice en pretensión de sabiduría.

También, el fragmento del Don Quijote donde los amigos lectores de Alonso Quijano, el barbero y el sacerdote, hacen una revisión de los libros que éste tenía en su biblioteca y que pudieron influir en su locura de ser un caballero y en abandonar sus responsabilidades. Los libros que dañaron a su amigo, los queman.

Según el Dr. Rivera, esta escena es clave de la versión cinematográfica de Fahrenheit 451 de 1966 dirigida por François Truffaut.

Mi posición es que ambos argumentos, el del Dr. Isolino y el Dr. Rivera, tienen que verse a trasluz de nuestra libertad y de nuestra disposición a actuar con prudencia. Si no se comprenden así, creo que fácilmente ambas posturas pueden derivarse en vértigos. Al decir esto no asumo que ambos profesores no tienen esto en cuenta.

En el primer capítulo de El Trabajo Intelectual (1951), Jean Guitton nos da su testimonio de cómo actúa un intelectual cuando pierde sus libros y su espacio. Guitton fue prisionero de guerra durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial y en ese tiempo no tuvo acceso a sus libros ni a un espacio diseñado para el ejercicio intelectual. Descubrió en esta situación que ni la frugalidad de los instrumentos ni la comodidad de los espacios define a los buenos frutos intelectuales.

Jean Guitton (1901-1999), filósofo francés del Catolicismo.

Guitton nos invita a cambiar el enfoque y a usar la prudencia antes que los instrumentos o nuestros espacios. Por ejemplo, parafraseando a Aristóteles, nos dice que el signo del conocimiento es la capacidad de enseñar. Y que el signo de nuestra profesión es la vocación manifiesta en el hábito experto. Los artistas siguen haciendo arte reinventando sus materiales y sus espacios. Lo mismo aplica para los intelectuales.

Mi invitación no es a quemar libros, no apoyo al Capitán Beatty: el olvido de lo inútil es natural. Esto está inscrito en nuestros procesos sociales, neurocognitivos y en la evolución. Tampoco esta es una invitación a dejar de investigar y evitar dar clases en las universidades. Sólo señalo que no es sostenible convencernos que hay una conexión fuerte entre la lectura y los espacios designados para el ejercicio intelectual, y, aquellos resultados del esfuerzo intelectual y educativo que les atribuimos; que es lo que realmente valoramos.

El capitán Beatty y Guy Montag.

No hay otro secreto para nuestros ejercicios intelectuales y la preservación de sus instituciones. Concluyo este argumento parafraseando una vez más a Aristóteles: adoptando este principio en nuestros esfuerzos intelectuales ya habremos logrado la mitad de toda nuestra responsabilidad.

Por lo anterior, me inclino a definir con claridad nuestros objetivos con la preservación de la tradición y de la misma actitud crítica (que puede fracasar al enfrentarse a su misma duda o a sus convicciones). Poner en el centro de todo esfuerzo de investigación su practicabilidad, a partir de una amplia comprensión de las virtudes humanas.

Esto significa convertir los libros, las bibliotecas y las universidades (todo dispositivo intelectual; incluso la investigación “lógica”, “ética” o “pedagógica” ), en oportunidades para el aprendizaje de quienes, de antemano, valoran el aprendizaje como objetivo último.

Lo cual requiere manejar el discurso institucional de los y las “intelectuales”, parafraseando al filósofo C. S. Peirce (1839-1914): con convicción de la falibilidad humana, y, de la utilidad del conocimiento enfocado a la solución de problemas, que tienen un espacio y tiempo, y perfecciona a las personas; y, quizá sobre todo, una gran pasión por aprender y por cooperar intelectualmente.

Charles Sanders Peirce, filósofo del Pragmatismo Americano.

Por ahora, mi respuesta a la pregunta de este ensayo es que si los libros, las bibliotecas y las universidades desaparecieran, tendríamos que reinventarlas.

Mientras tanto, podemos enfocar nuestros esfuerzos en mantener tales instituciones, recordando que su valor reside en los hábitos que formamos día con día en su uso. Pues si las instituciones educativas e intelectuales como las conocemos desaparecen o se transforman, sólo será una manifestación de lo que ya ha ocurrido en nosotros mismos. Se trata de una extensión de nuestros hábitos intelectuales y educativos. Entonces, concluyo con una pregunta que invito a hacernos: ¿Qué dice el estado actual de estos espacios e instrumentos intelectuales sobre nuestros hábitos comunitarios y personales? La tarea es desmenuzar nuestros hábitos intelectuales y educativos en virtudes y vicios, para esforzarnos en mantener sólo lo bueno.

El dilema de Mary Poppins: las inversiones tienen consecuencias

El dilema de Mary Poppins: las inversiones tienen consecuencias

Texto publicado originalmente en: Vitalis

Imagen: Olivia Reed

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¿Comida a las palomas o dinero en el banco?

Tras un día lleno de emociones, Jane y Michael Banks no podían conciliar el sueño. Así que Mary Poppins los arrulló contándoles la historia de una viejecita mendicante que pasaba sus días sentada en la escalinata de la Catedral de San Pablo en Londres, vendiendo en dos centavos bolsitas de migajas para alimentar a las palomas.

Al día siguiente los niños vieron a la viejecita cuando pasaban frente a la catedral de camino al banco donde trabajaba su padre, George Banks. Solo alzando la voz y casi a la fuerza George pudo evitar que Michael corriera a comprar la bolsita de migajas.

Ya en el banco, el Sr. Dawes, fundador y director general, a coro con sus otros directores y con George Banks intentó persuadir a un escéptico Michael sobre los beneficios de invertir su moneda de dos centavos (Tuppence) en el banco:

Gracias a los rendimientos notables pronto la moneda “comenzaría a generar interés compuesto”; satisfacción personal y creciente sentimiento de conquista conforme se “expande la afluencia”; creciente sentimiento de grandeza, conforme se expande la influencia del inversionista en las altas esferas financieras.

Más allá de los beneficios personales, el dinero de Michael puesto a trabajar en el banco produciría estructuras ferroviarias en África; presas en el Nilo; flotas de navieros comerciales; majestuosos canales que se pagarían solos (self-amortizing) y plantaciones de té listo para cosecharse.

Los banqueros no escatimaron en adverbios para calificar el manejo de las inversiones: prudentemente, sobriamente, ahorradoramente, frugalmente, pacientemente, cuidadosamente, confiadamente. ¡Qué puede supercalifragilísticoespiralidoso frente a estos adverbios!

Y sin embargo el pequeño Michael no se dejaba convencer y prefería la satisfacción emocional inmediata de comprar la bolsita de migajas.

Las inversiones tienen consecuencias

Dos enseñanzas resaltan de estos simpáticos episodios: No es fácil hacer el bien con el dinero invertido; y es fácil obtener rendimientos o algún tipo de satisfacción emocional a corto plazo, pero a costa del futuro a mediano y largo plazo. Ninguna de las dos opciones de Michael cumpliría con los criterios de ESG (medio ambiente, sociedad y gobernanza) contemporáneos.

El gesto generoso de la bolsa de migajas no resolverá nada, y sí agudizará problemas ya existentes: la proliferación de las palomas eventualmente dañará el edificio con la acidez de sus excrementos, como vemos que sucede en tantos templos y edificios antiguos. Y la viejecita mendicante no estará más cerca de superar las condiciones indignas en que vive. Los dos pennies de Michael únicamente le permitirán subsistir.

Invertir el dinero en el banco tiene sus propios problemas: estructuras ferroviarias en África, presas en el Nilo y demás, son inversiones que presentan todos los riesgos relacionados con el daño al medio ambiente, y el daño a la sociedad a través de la explotación laboral, en muchos casos hasta llegar a trabajos forzados y casi a trabajos en condiciones de esclavitud; la devastación del ecosistema que es fuente de supervivencia para muchas comunidades, e incluso conflictos geopolíticos, resultado de un dominio imperial colonial.

A pesar de las afirmaciones a coro de los banqueros, la historia reciente y no tan reciente nos enseña que al invertir el dinero ajeno muchas instituciones sí predican, pero no siguen los valores del “Fidelity, Fiduciary Bank” de la historia de Mary Poppins.

Las inversiones tienen consecuencias. Consecuencias que van más allá de rendimientos u ocasionales pérdidas. Toda inversión ocasiona de manera más o menos directa externalidades benéficas o perjudiciales para el medio ambiente, para el sistema financiero y para la sociedad. Externalidades que, como en el caso del consumo del tabaco o el uso de hidrocarburos, no siempre se ven reflejadas en el precio monetario que paga el consumidor. Y por tanto no siempre afectan el desempeño financiero de la inversión.

Invertir por el futuro

Es difícil obtener rendimientos sin causar ninguna externalidad negativa (sin hacer algún daño) Es aún más difícil obtener rendimientos y hacer el bien generando externalidades positivas. Gastar dinero sin buscar rendimiento financiero sino únicamente “impacto social”, tampoco es fácil — como muestra el ejemplo de la bolsita de migajas.

Obtener rentabilidad financiera causando externalidades negativas es lo contrario de invertir en el futuro y en pro del futuro; es invertir a costa del futuro: obtener hoy un rendimiento que generará costos futuros muy superiores al rendimiento inmediato para la sociedad, el medio ambiente y a veces incluso para la institución inversionista.

Sobran ejemplos de inversiones a costa del futuro en el uso inadecuado de los recursos naturales: tala inmoderada, monocultivo, pescar con dinamita, son actividades que obtienen ganancias a costa de destruir las condiciones necesarias para que las generaciones futuras puedan seguir aprovechando tales recursos naturales. Algunas de estas actividades incluso pueden afectar las condiciones ambientales para la vida de las generaciones futuras.

El poder de una inversión responsable

Conscientes de este peligro, comunidades religiosas tradicionales como los Cuáqueros, los Metodistas o los Católicos han aplicado desde hace décadas criterios de exclusión para evitar invertir en sectores que van en contra de sus principios teológicos o éticos.

En la historia de la inversión responsable el Pax World Fund es un punto de inflexión: Establecido en 1971 (en plena guerra de Vietnam) fue el primer fondo de inversión que excluyó y excluye hasta la fecha de manera explícita y estricta toda inversión relacionada con la industria armamentista.

Algunos años después, en enero de 2004, el entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, convocó a directores generales de importantes corporaciones empresariales a reflexionar sobre estrategias de inversión redituable y benéfica para la sociedad y el medio ambiente. El resultado de esta convocatoria fue un reporte titulado “Who Cares Wins” (“Quien se preocupa y cuida, sale ganando”) Dicho reporte acuñó la denominación ESG y sentó las bases para la red de los Principios de Inversión Responsable (PRI)

Como sabemos, el primero de los seis principios nos compromete a integrar criterios de ESG en el análisis de la inversión y en los procesos de toma de decisión sobre colocación de activos. Tal compromiso va más allá del ingenuo y simplista dilema entre la bolsita de migajas y el dinero en el banco. Pero también es más exigente que la aplicación de criterios de exclusión en sectores y empresas que afecten negativamente al medio ambiente y a la sociedad. El principio demanda cuidar que nuestras inversiones no sean redituables a costa del futuro, pero también que tengan un impacto positivo, que sean inversiones en pro de nuestro futuro y de las generaciones venideras.

Los rituales que se fueron para volver

Los rituales que se fueron para volver

Por Valente Arturo Osornio Franco

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Los rituales progresivamente se van extinguiendo y cada vez los realizamos menos de forma consciente. Por el contrario, consideramos que cuando hablamos de rituales, nos referimos a supercherías, asuntos diabólicos, etc. y pareciera que, en general, tienen mala prensa. 

El mundo smart, intervenido por  los dispositivos tecnológicos-inteligentes no permite que nos valgamos de la función ritual. Dentro del flujo de información posmoderna en que surfeamos desbocadamente, se vuelve imposible destacar una semilla de ritual. Y es que si tan  sólo recordáramos que absolutamente todo puede ser ritualizable, toda acción humana, toda palabra, todo gesto puede volverse simbólico si así convenimos su ritualización. 

¿Para qué hacer un ritual? Byung Chul-Han, en su libro La desaparición de los rituales, nos explica un poco el sentido que puede llegar a tener un ritual: su vinculación con lo sagrado, el ordenamiento de realidad que produce, su carácter de festividad, su vínculo con los otros, etc. Estoy de acuerdo, pero para mí, el hacer un ritual va por otro lado. 

Si estiramos el concepto de ritual y lo abrimos hasta sus límites más explayados, podríamos comprender que cuando hablamos de ritual hablamos prácticamente de lo cotidiano. ‘Ritual’ y ‘habitual’ son palabras muy parecidas. Y si lo pensamos, en todo momento estamos haciendo rituales: lavarnos los dientes, levantarse del mismo lado de la cama, consumir alimentos a determinada hora, fumar un cigarrillo, etc. Este tipo de rituales están tan cerca de nosotros que ni los consideramos y los repetimos automáticamente. También conviene pensar en los rituales colectivos o sociales que compartimos en comunidad como: el uso de determinada vestimenta, las leyes, normas y reglas, las celebraciones patrias o religiosas, los días festivos y luctuosos, etc. 

Byung-Chul Han

Detengámonos un momento.: reflexionemos en torno a todos los rituales de los cuáles participamos sin darnos cuenta, les propongo realizar una lista con los que más llamen su atención. Los rituales moldean nuestra vida humana, ¿por qué entonces no los estamos valorando inmediatamente? Al participar de rituales y no sabernos partícipes, se nos arroja a un lugar secundario. Quiero decir que se están creando rituales con nosotros como si fuésemos materia prima. Pero ¿qué pasaría si recuperáramos nuestro poder de establecer rituales a nuestro beneficio? Establecer rituales a nuestro favor y recuperar nuestro poder de simbolización, implica principalmente una reminiscencia de nosotros mismos, una recuperación de la capacidad de decisión, una apropiación determinada del tiempo y el espacio. 

El arte nos propone un sinfín de posibilidades para inventar rituales, sencillamente porque no hay nada más simbólico que el arte mismo. Pintar un cuadro, escribir una canción, hacer una película, actuar una escena, bailar y cantar una canción, etc. solo por mencionar algunos ejemplos relacionados con las llamadas “bellas artes”. ¿Pero qué pasa si estiramos también el concepto de arte y nos situamos en su limítrofe? ¿Si todo lo que hagamos lo entendemos como arte, todo lo que hagamos entonces se vuelve ritual? Una vida humana, concebida como arte, indudablemente tiene relación con lo ritual. Y es que volver al ritual no tiene nada de primitivo, ni nos vuelve conservadores ni tampoco estamos diciendo nada nuevo.

Si el pesimismo de Byung Chul-Han, nos dice que los rituales han desaparecido o están por desaparecer; yo me coloco del otro lado de la acera para afirmar precisamente lo contrario: que los rituales van a volver, qué están volviendo y que no tardan en llegar para quedarse, algo así como la revitalización de los rituales. Así nos podríamos seguir, dando toda clase de ejemplos individuales y colectivos, pero lo que quiero dejar remarcado aquí no es tanto los ejemplos sino el retorno del ritual en tanto tal.

Creo que conforme vayamos adentrándonos al (re) conocimiento de lo que entendemos por ritual, interesándonos tan solo un poco en el tema, investigando un mínimo para superar ese estado de ignorancia y desconocimiento que es necesario quebrar, entonces pueden aparecérsenos nuevas combinaciones para inventar rituales. No se trata de llegar a un ritualismo ni que compulsivamente ritualicemos todo a nuestro paso. Se trata nuevamente de una toma de poder. Podemos ejercer un poder sobre nuestra realidad –aunque sea mínimo- y ese poder se establece a través del símbolo, del ritual.

Portada del libro la desaparición de los rituales.

¿Cómo sería nuestra vida si nos apropiamos tan solo un poquito de aquello que llamamos realidad? ¿Cómo viviríamos, cómo nos moveríamos, que palabras diríamos, que sentimientos tendríamos, sabiéndonos siquiera, ligados a la Realidad? ¿Qué es la Realidad?  Es una pregunta que nos sobrepasa y que no sabría desarrollar aquí. Tan solo diré que es un misterio, y está bien que permanezca siendo Eso. Quizá nunca lleguemos a saber que es, pero lo que sí sé es que, podemos aproximarnos a un tipo de conocimiento de ese misterio que llamamos Realidad a través de la simbolización ritual, a través de este intermediario necesario que hace de nuestras acciones algo significativo. 

Vivir de forma significativa, de forma simbólica, de forma ritual, es vivir una vida que bien vale ser vivida. Esto es una invitación a establecer nuevos rituales, nuevos hábitos; poner a prueba lo que podemos llegar a crear y observar cómo lo que llamamos realidad se empieza a moldear de acuerdo a nuevas posibilidades. Creo que podríamos cambiar nuestras vidas, implementando nuevas formas rituales en nuestro día a día, logrando habitar de una forma diferente la cotidianidad, pero sobre todo transformándola. Tenemos un poder que aguarda allí por nosotros, que espera que lo tengamos en nuestras manos para usarlo a nuestro favor y nuestro crecimiento.

Los rituales que se fueron para volver

Una locura bien decidida

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Ilustración: fotografía de rusyena tomada de Unsplash

Don Quijote, hasta cierto punto, es un criminal suelto. Basta con leer sus primeras aventuras. Vemos a alguien capaz de acometer a un inocente fraile de san Benito, tumbarlo a fuerza de lanza de la mula en que venía, y a Sancho, su ejemplar escudero, lo vemos robarle al pobre fraile todas sus pertenencias. Déjenme compartirles el pasaje y luego explicarles por qué escribo esto:

Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. […] Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. (Parte I, cap. VIII).

Quise escribir este breve ensayo, después de leer detenidamente durante dos años la novela, para exhibir lo inadecuadas que pueden llegar a ser ciertas representaciones de éste, probablemente el más famoso de los caballeros. En algunos contextos, los clásicos son los libros más leídos; en otros, se habla mucho de ellos sin haberlos leído. Parte de la culpa la tenemos nosotros, filósofos y humanistas, cuando presentamos estos libros como sumamente nobles y elevados —nobles en el mal sentido de la palabra: petulantes—. No lo son. Son, más bien, libros divertidos y enriquecedores.

Una de las escenas que más disfruté, y con la que me torcí de la risa, es cuando Sancho no se atreve en la noche a apartarse de don Quijote, y decide hacer «lo que otro no pudiera hacer por él» allí junto. “Hacer sus necesidades”, como decimos ahora. Al grado en que don Quijote se ve obligado a decirle «que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar» (Parte I, cap. XX), entre otros regaños y reproches graciosos. A ambos personajes, lejos de ser leyendas intangibles, los conocemos como seres de carne y hueso. Y como esos personajes humanos que son, tienen mucho que enseñarnos. Me gustaría ofrecer una probada de ello, para que quienes ya han leído la novela disfruten al recordar y volver a tan grata lectura y quienes no, sepan que encontrarán en ella algo mucho más interesante que lo que solemos imaginarnos cuando aún no la hemos leído.

Volviendo a la idea del Criminal Andante, ciento cincuenta páginas después de la aventura de los frailes (si se me permite usar la edición de Francisco Rico como referencia), don Quijote libera a una cadena de galeotes, esto es, bandidos que habían sido condenados a remar en las galeras. Tras liberarlos, él y su escudero se esconden en la Sierra Morena, porque saben que la Santa Hermandad podría arrestarlos legítimamente en cualquier momento. Rara vez escuchamos hablar de los heridos y graves desmanes que produjo la locura de este personaje.

Porque el Quijote, a despecho de todo ello, es de nuestros héroes favoritos. Mientras planeaba cómo escribir este ensayo, le pregunté a mi abuelo, quien también leyó el libro este año que pasó, cuál le parecía que era la idea principal de la novela.

—Ayudar a la gente, hijo —me dijo.

No me dejarán mentir si digo que los pasajes en los que nuestro héroe hace un recuento de sus labores son de lo más emblemático de la novela. El mismo Sancho repite ya la fórmula al final de la novela, cuando habla, en contraposición del Quijote de Avellaneda, del «verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas…» (Parte II, cap. LXXII).

Que por cierto, a propósito de las viudas y las doncellas desamparadas, una cosa son las ideas del protagonista y otra muy distinta las ideas del escritor. El Quijote es un tanto machista, sí, sin embargo Cervantes no.

Una de los personajes, la pastora Marcela, decide apartarse a vivir en el campo porque no quiere la vida de una mujer casada. Su razonamiento consiste en que, por más que muchos hombres la pretendan, reconozcan su hermosura y la amen bien, ella no está obligada a corresponder a ninguno. Hay un pretendiente llamado Grisóstomo que se suicida por ella. Y ella explica en un muy bello discurso por qué no es culpa suya la muerte de Grisóstomo. Al final de la escena, después de que Marcela deja en claro lo absurdas que son las actitudes de los enamorados que quieren forzar a las mujeres a corresponderles, don Quijote trata de alcanzar a la pastora Marcela, para ofrecerle su protección; mas a pesar de sus intentos, está claro que ella no lo necesita.

Con todo y sus defectos, no deja de ser un héroe. Una cualidad fundamental de su carácter heroico es su resolución, es decir, la capacidad de actuar conforme a sus propósitos y mantenerse firme en sus decisiones. En ética, la resolución es un tema recurrente; sin ella, nadie puede alcanzar la felicidad. En el caso de don Quijote, él está resuelto a vivir y comportarse según las normas de caballería, porque está convencido de que eso dará plenitud a su vida de un modo genuinamente personal.

En el camino de una de sus aventuras, se encuentra con Vivaldo, un caminante que, hablando con él, se entera de su locura. En esa conversación surge una comparación entre los frailes cartujos y los caballeros andantes. Don Quijote lo explica de la siguiente manera: «Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados yelos del invierno.» Y continúa: «Así que somos los ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia» (parte I, cap. XIII). Hace lucir a la caballería como una actividad más fructífera y honorable que la vida consagrada. En su descripción exagera. Él sabe que todos los presentes consideran que la vida consagrada es más noble y sensata. Nada más con decir que, si se hubiera decidido a ser fraile cartujo, no lo llamarían loco.

Puestos en estos términos, más adelante, surge una pregunta; si la vida de los frailes cartujos conforma un camino más directo y llevadero hacia la santidad (en el que hay una consagración explícita y no hace falta sufrir los erizados hielos del invierno), ¿por qué Sancho y Quijote no adoptan mejor esa vida? Porque esa vida, por más deseable que sea, no es la suya.

Su resolución por la caballería es, de hecho, una locura, y quienes lo rodean lo consideran así. No obstante, cuando hablamos del Quijote como un loco, conviene calibrar el ancho de su locura. Todos los personajes que conviven el suficiente tiempo con él están de acuerdo en que su locura está delimitada al tema de la caballería. Cuando habla de cualquier otro tema, lo aprecian como una persona sumamente sabia (da consejos a los padres, a los enamorados, a los jóvenes; habla de historia, de arte, de ética y de política con suma perspicacia). El Quijote es loco sólo respecto de una cosa. Y además de sabio, era una persona muy agradable. En su lecho de muerte, a propósito de lo mucho que lo querían sus seres cercanos, el narrador nos dice: «porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían» (Parte II, cap. LXXIV).

Así que, sí, estaba loco, pero sólo un poco. Una de las razones de los demás personajes por las que se dice que está loco se basa en que la edad de la caballería en esos tiempos ya había quedado atrás, o que sólo existe en los libros. El argumento parece bueno hasta que lo piensas en otros contextos.

Imaginemos que nadie se esforzara por hacer lo que no existe, o lo que ya no existe. Si no tiene sentido esforzarse por ser un caballero andante porque la caballería ya no existe, entonces, siendo consecuentes, tendríamos que pensar que no tiene sentido esforzarse por tener un país justo porque ya todos son corruptos; o que no tiene sentido luchar por la igualdad de la mujer porque hay muchos que las menosprecian. Nadie haría nada. Siempre que nos esforzamos, lo hacemos para conseguir lo que no existe (o para cuidar lo que puede dejar de existir). Estudiamos una licenciatura cuando no tenemos una licenciatura, precisamente porque no la tenemos y queremos tenerla; construimos asociaciones que todavía no han sido instituidas; favorecemos a personas que aún no son oficialmente amigas nuestras, y un largo etcétera.

Será la caballería de don Quijote una completa locura, y de cualquier modo su resolución es totalmente sensata.

Sabemos que al final del libro se arrepiente (pide un cura y se confiesa, y públicamente se retracta); tanto, que ordena desheredar a su sobrina si ella llegara a casarse con alguien que tenga algo que ver con la orden de caballería. Pero ¿exactamente de qué se arrepiente? Si queremos entender esta novela o, mejor dicho, interpretarla, hemos de compaginar al Quijote heroico que combate molinos de manera irreductible y pertinaz con el Quijote derrotado por el Caballero de la Blanca Luna. Para quienes no lo han leído, el Caballero de la Blanca Luna es un personaje que reta a un duelo al Quijote, con la condición de que, si lo vence, estará obligado a renunciar por un año a la caballería. Y lo derrota.

Algunas reseñas de cine incluyen una alerta cuando van a revelar algún suceso central de la trama. No hacen falta esas alertas cuando se trata de los clásicos de la literatura: lo interesante de los clásicos, más que saber la historia, es leerlos. Por ello, no guardaré recato en seguir hablando del final.

Aunadas a la tradición literaria de novelas de caballería, Cervantes retoma las ficciones de la tradición poética pastoril. La historia de Grisóstomo y la pastora Marcela es uno de estos casos. Al menos en castellano, la obra de Garcilaso de la Vega es la más representativa de la tradición de poesía pastoril.

Y resulta que los versos y el vocabulario de Garcilaso ornamentan incontables escenas del libro. Por ejemplo, cuando llegan a la casa de don Diego de Miranda, nuestro caballero se topa con unas tinajas del Toboso, que le obligan a pensar en Dulcinea. Al momento, exclama:

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!

Son nada menos que los primeros versos del soneto X de Garcilaso.

Pues bien, después de derrotado, ya que está obligado a renunciar por un año a su profesión, él y Sancho deciden que, mientras, se convertirán en pastores como los de las églogas de Garcilaso. Una égloga es precisamente un poema que idealiza la vida del campo y de los pastores, y que generalmente trata sobre el desamor de los pastores.

El ideal caballeresco y el ideal pastoril difieren bastante. ¿Qué quiere decir el hecho de que el Quijote muere tras decidir ser pastor? Los caballeros duermen poco, comen mal, reciben heridas, en fin, sufren. Y lo hacen en vistas a favorecer a los necesitados; realizan una misión que de no ser por ellos ninguna otra persona emprendería. Están motivados ya sea por honor, por su dama, por sus seres queridos, y también por el compromiso que sienten hacia las demás personas.

Los pastores, en cambio, no tienen propósitos que los conduzcan a salir de sí mismos. En todo caso, están fuera de sí mismos en el mal sentido de la expresión. Sufren por amor no correspondido, pero no tienen propósitos. Leemos en los poemas pastoriles asombrosas escenas naturales contrastadas con la tristeza de los pastores. Una estancia de las églogas más famosas, la Égloga I de Garcilaso, describe:

El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio
y al usado ejercicio
do su natura o menester l’inclina;
siempre está en llanto esta ánima mezquina
cuando la sombra el mundo va cubriendo
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Esa ‘ánima mezquina’, aunque tiene razones para llorar, no parece tener razones para dormir en las piedras, comer mal, sudar y arrojarse a las batallas peligrosas. La vida de los caballeros es un transcurso lleno de propósitos. La vida de los pastores es un final paralizado por un lamento.

No hay una historia del pastor Quijótiz y su amigo el pastor Pancino. De hecho, Garcilaso tampoco cuenta historias, sino que cuenta «el dulce lamentar de dos pastores». La historia del Ingenioso Hidalgo termina de un modo no muy distinto al que comienza. Termina dejando las armas, y había comenzado tomándolas. Antes y después no hay historia. En su primera salida, hablando consigo mismo, él se imagina cómo narrarán su historia, cómo dirán que «el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel» (Parte I, cap. II).

La vida, quiere decirnos Cervantes, está fuera de las ociosas plumas (de la almohada, es decir, de la comodidad) y de los lamentosos finales (o de los idílicos escenarios de paz y estabilidad). Lo principal está en la lucha por los propósitos honorables.

Si esto es cierto, queda aún una pregunta por responder: ¿cuáles son esos propósitos honorables? ¿Cómo distinguir un propósito honorable de un molino de viento que nos arrojará al suelo estúpidamente?

De algo se arrepiente don Quijote, y no he respondido esa otra pregunta que planteé líneas atrás. Me atrevo a decir que se arrepiente de, en ocasiones, haber luchado por las imaginaciones equivocadas y también, en otras ocasiones cuando sus objetivos eran los correctos, de haberlo hecho de la manera inadecuada. Pero no veo cómo podría arrepentirse del hecho de haber luchado.

La siguiente vez que lea el Quijote, pondré especial atención en todos esos pasajes en los que se confunde realidad con ficción. Quisiera saber cómo reconstruir esa ética de las ficciones que vemos palpitar en la novela.

Por lo pronto, queridos amigos, espero haber exhibido la resolución del ingenioso don Quijote, uno de los incontables descubrimientos que uno puede sacar de esta novela: la determinación de traer a la existencia todo el bien que aún no existe.

Ilustraciones, en orden de aparición, de Ashlyn Smith, Timothy Dykes, Nik Shuliahin, Mick Haupt, Farina Hussain, Michal Matlon tomadas de Unsplash.

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