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Protagonistas del Adviento: san José

Protagonistas del Adviento: san José

Si lo pensamos un poquito, san José es la persona más santa, después de Jesús y de la Virgen María, que ha pisado esta Tierra. Pero, a diferencia de los primeros dos, tiene una característica que lo acerca a nosotros: es totalmente como nosotros. Jesús es Dios; no puede haber pecado en Dios, sería como un círculo cuadrado, una contradicción en los términos. La Virgen fue preservada del pecado original, aunque es igual a nosotros, como Jesús, por su condición humana, no experimentó el lastre del pecado, la atracción de la tentación, el vértigo de la concupiscencia (seguramente Ella, como Jesús, fue tentada -el demonio no se toma vacaciones-, pero no sentía la inclinación que nosotros sentimos hacia lo prohibido, fruto del pecado original. Sus tentaciones, como las de Jesús, serían semejantes a las de Adán y Eva: más intelectuales que carnales). San José en cambio, él sí que es uno de nosotros: con pecado original, teniendo que luchar cada día por no ceder a las tentaciones que se le presentaban en el camino. Es verdad que hay un grupo de fieles devotos que sostienen la opinión teológica, de que análogamente a la Virgen, él también habría estado privado del pecado original, por el mismo motivo. Sin embargo, tal opinión no es doctrina oficial de la Iglesia. Personalmente me ayuda más pensar que compartió conmigo el pecado original y, con él, el zarpazo de la concupiscencia.

San José corrige o precisa más nuestra comprensión del misterio de la santidad. A veces la asociamos a manifestaciones sobrenaturales aparatosas: estigmas, don de profecía, bilocación, levitación, fenómenos místicos, cuerpos incorruptos. De todo eso hay, y abundante, en la bimilenaria historia de la Iglesia, que debería comprenderse, fundamentalmente, como la historia de los santos (quienes han vivido plenamente su vocación dentro de la Iglesia). Pero san José nos muestra que eso no es lo más importante, y que el santo más santo de todos, no tuvo prácticamente nada de eso -a excepción de los mensajes que los ángeles le daban en sueños-, y que alcanzó la cima de la santidad fundamentalmente a través de su vida ordinaria: su trabajo bien realizado y su vida familiar. La familia y el trabajo serían los dos ascensores que lo elevaron a la más eximia santidad. Y eso, nuevamente, lo acerca a nosotros, pues su vida es como la nuestra: una vida entretejida en el entramado de relaciones familiares, profesionales y sociales. De hecho, san José tenía prestigio profesional, buena cuenta dan de ello los evangelios, cuando identifican a Jesús como “el hijo del Carpintero” (Mateo 13, 55).

Sagrada Familia

La enseñanza es clara: es en la vida corriente, más que en los fenómenos extraordinarios, donde todos tenemos la posibilidad de encontrar a Dios. Nos ayuda a redescubrir el inmenso filón espiritual que supone una realidad a la que quizá estamos acostumbrados, transfigurándola, convirtiéndola en vía expedita hacia la unión con Dios, accesible a “todos los presupuestos”, es decir, a toda clase de personas. El más grande santo de los santos así se hizo santo. San José era, sobre todo, absolutamente normal. No quiero entrar ahora en la discusión teológica sobre la primacía de la santidad; no busco enmendarle la plana a Jesús cuando afirma: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista” (Mateo 11, 11), frente a la conciencia que progresivamente ha adquirido la Iglesia de que san José “le rebasó por la derecha” al ser el Padre putativo de Jesús, es decir, cumplir la misión más importante -después de la Virgen- en la historia de la salvación. Lo cierto es que san José se nos muestra mucho más cercano e imitable a nosotros que Juan el Bautista. Este último vivía en el desierto, se alimentaba de langostas y miel silvestre, vestía una piel de camello y anunciaba en tonos dramáticos y urgentes la necesidad de la conversión… no deja de ser una personalidad excéntrica. San José, en cambio, se nos muestra callado, trabajador, amante de su familia. Digamos que representa un esquema vital mucho más común que el anterior. No faltarán en la Iglesia vocaciones proféticas, como la del Bautista, pero la inmensa mayoría de los cristianos, nos vemos reflejados más bien en san José.

Los evangelios son parcos al hablar de María, recogen pocas palabras de Ella. De san José, ninguna. Es el hombre de confianza de la Trinidad, atendiendo especialmente al tiempo en el que Jesús vino al mundo, marcadamente machista, en el cual las mujeres contaban más bien poco, José era cabeza de familia. Bajo su responsabilidad estaba la Sagrada Familia. Podríamos decir que “las joyas de la corona de la Trinidad”, Jesús y María, habían sido puestas bajo su cuidado. Por eso es él quien recibe el aviso, por parte de los ángeles, de huir a Egipto y luego de volver a Judea primero, Galilea después. Los más valioso del Dios Trino en el mundo era su responsabilidad, lo que no nos permite dudar de que san José fue el hombre de confianza de la Trinidad.

¿Cómo era san José? Esa pregunta se la han hecho prácticamente todos los hombres de oración a lo largo de la historia. Los evangelios nos dejan ver más bien poco, pero rico en contenido y en enseñanzas para nuestra vida. Lo más clamoroso y evidente es que José era callado. No era un varón de muchas palabras, de las palabras más largas que las obras, como sucede con frecuencia; por el contrario, era un hombre de hechos, en el que Dios podía confiar. Si comparamos el desvelamiento de la vocación de la Virgen con el de san José, hay una diferencia muy clara: a la Virgen el Arcángel Gabriel le pregunta y, como diría san Bernardo, toda la creación espera anhelante su respuesta. A san José, en cambio, simplemente le avisan -no le preguntan-, el ángel le dice con claridad lo que tiene que hacer: recibir a su esposa y ponerle al fruto de su seno Jesús, y lo hace.

Es decir, no sólo era callado. Era eficaz. No un hombre de problemas, sino de soluciones. Pero -y esto es muy importante- ante todo, un hombre dócil a la acción de Dios, maleable a la acción del Espíritu Santo. Se deja conducir por Dios, baila al son que Dios le pone. Vive, en consecuencia, un confiado abandono en las Manos de Dios, pero, al mismo tiempo, pone toda su energía y creatividad al servicio del designio divino. Por eso, por ejemplo, en vez de quedarse en Belén o en Judea al morir Herodes, prefiere irse a Galilea para estar más seguro, y un ángel le confirma en la corrección de su decisión. Es decir, no era alguien pasivo, que se limitaba a “cumplir órdenes”, sino que tenía iniciativa personal, sólo que la adecuaba al plan de Dios cuando este le era manifestado. Por eso, con toda naturalidad, no le tembló la mano a la hora de enseñarle a Jesús su propio oficio, de manera que también Jesucristo era conocido por su trabajo: “¿no es este el carpintero, el hijo de María?“ (Marcos 6, 3). Alguien hubiera podido pensar: “¡cómo se atreve a enseñarle un oficio tan humilde al que ha venido al mundo para salvarlo!” Pues sí, se atrevió, de forma que Jesús nos salvó no sólo en la Cruz, sino también a lo largo de sus años de vida oculta, trabajando, codo con codo, con san José.

Callado, eficaz, dócil y humilde. San José era el más humilde de los hombres. No “se le subió” haber desempeñado el más importante de los oficios: ser cabeza de familia en la Sagrada Familia; tener a su resguardo a Jesús -¡Dios mismo!- y a María. Por el contrario, vivió una vida absolutamente normal y murió, podemos suponerlo, agotado, trabajando. No por nada es el “patrono de la buena muerte”, pues murió acompañado de Jesús y de María, “pronunciando estos nombres dulcísimos”. Impresiona pensar que Jesús y María sufrieron por la muerte de José, le echarían en falta. En cualquier caso, fue un hombre de trabajo y de humildad, nada pagado de sí mismo, consciente de que él no era el centro, sino lo era Jesús. Aceptando gozoso esa realidad, asumiendo su papel.

Muerte de san José

San José, en consecuencia, puede ser también descrito como alguien cuya pasión era servir y pasar desapercibido, es decir, no “apuntarse el tanto”.  Trabajador, discreto, eficaz, servicial. Entendía su vida entera como un servicio, a Dios en primer lugar, a través de Jesús y de la Virgen, y eso le llenaba el alma. Pero, con su trabajo, además de servir a su familia proporcionándole un digno medio de sustento, servía a la entera sociedad, al realizarlo bien, con perfección, con pasión. Un hombre cuya pasión es servir, vivir para los otros, estar disponible a la misión de Dios. San José redescubre entonces la grandeza del servicio -tan vilipendiada e incomprendida por la cultura dominante- mostrándonos cómo servir es “oro molido” en la presencia de Dios. De hecho, Jesús dijo con claridad: “no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida” (Marcos 10, 45). Impresiona pensar que eso mismo Jesús lo vio encarnado en la vida de su padre putativo. De manera que, como san José, vamos por buen camino -y a contracorriente, lógicamente-, cuando nuestra mayor aspiración es servir. El servicio desinteresado a Dios y a los demás colma de sentido nuestras vidas. La humanidad tiene urgente necesidad de redescubrirlo, como tiene necesidad de redescubrir la vocación de madre, es decir, la grandeza de la vocación al servicio desinteresado, que se convierte en donación total de sí misma; un auténtico holocausto discreto, agradable a los ojos de Dios a la par que políticamente incorrecto.

Por todo eso y por mucho más, san Josemaría Escrivá afirmaba que san José era “patrono de la vida interior”. En efecto, la esencia de la vida cristiana es el amor. Si san José se hizo santo no fue solamente por trabajar y tener una familia -prácticamente todos los seres humanos nos encontramos en ese supuesto y no por eso somos santos-, sino por amar a Dios a través de su trabajo y de su familia. Aunque, de alguna forma, él “hizo trampa”, porque Jesús, que es Dios, era parte de su familia. Amar a Dios y a su familia eran uno y lo mismo, la misma cosa. La santidad puede ser descrita, más amablemente, como amor a Jesús y, ¿por qué no?, a la Virgen (nos parecemos a Jesús cuando amamos a su Madre como Él la amaba). José no hizo otra cosa en su vida que amar a Jesús y a la Virgen. Realizaba su trabajo por amor a Jesús y a la Virgen, vivía su vida familiar amando a Jesús y a la Virgen. A nosotros se nos presenta la misma atractiva posibilidad, sólo que más difícil: san José amaba a una familia real y perfecta; nosotros tenemos que amar a una familia real e imperfecta, y quizá por eso tenemos más mérito. San José no tenía que hacer esfuerzos para descubrir a Jesús; nosotros tenemos que hacerlos para descubrirlo en nuestros familiares, colegas y amigos. Pero, precisamente por ello, le pedimos ayuda al mismo san José, para que, como él, amemos a Jesús y a María a través de nuestra familia y nuestro trabajo.

La contemplación sencilla del nacimiento -¡qué no se pierda esta hermosa costumbre cristiana!- no sólo nos obtiene este año la “indulgencia plenaria”, ofrecida por el Papa Francisco, sino que también nos ayuda a redescubrir el sentido de nuestra vida ordinaria, a replantearnos su valor, a vivirla de manera diferente, transfigurada, henchida de amor y como lugar de contemplación.

Cinco falacias educativas

Por Fernando Galindo Cruz

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Una falacia es una afirmación o creencia que parece verdadera, pero en realidad es falsa. Después de su salud, el tema que más nos preocupa como padres es la educación de nuestros hijos. Asumimos, con razón, que la educación es quizá el aspecto más determinante para el futuro de un  niño.

Confundidos y agobiados mamás y papás vamos por ahí preguntando opiniones (o recibiendo opiniones no pedidas) recabando historias y recordando nuestras propias vivencias en torno a la educación.

No sé si la elección de la escuela sea tan determinante para el futuro de nuestros hijos como a veces pensamos o tememos; sí sé que una mala experiencia en al escuela pueda dejar cicatrices difíciles de borrar. Me parece sin embargo que de unos años para acá, campean sin refutación algunas falacias respecto a la educación. Y que su permanencia y popularidad atormenta de manera excesiva e innecesaria a muchos padres y madres de familia.

Detecto al menos 5 cinco  falacias educativas: la falacia de control, la de predictibilidad, la de la premura y el “demasiado tarde”, la de la perfección, y por último la falacia del éxito. Las explico brevemente:

La falacia de control: Queremos creer que está bajo nuestro completo control el resultado de la educación de nuestros hijos. Pero ayudar a un niño o adolescente a modelar su carácter es completamente distinto a la mera fabricación de un producto artesanal. El docente y los padres de familia no tienen en sus manos un material que puedan manipular con violencia; no pueden ir en contra de la voluntad del educando. La libertad personal es un límite a nuestra capacidad de control del resultado del proceso educativo. Respetar la libertad de los hijos es indispensable para respetar su dignidad y ayudarlos a que asuman su propia responsabilidad.  

Es imposible controlar por completo el ambiente al que estará expuesto un niño o una niña. Por supuesto que hay que cuidar que tengan el mejor de los entornos posibles; pero siempre encontrarán en su camino malas ideas, malas influencias y malos ejemplos que tendrán que enfrentar y a los que tendrán que responder por sí mismos. Y esa respuesta personal les ayudará a madurar su carácter y a adquirir sabiduría de vida.

La falacia de predictibilidad: Como queremos su bien, pensamos en ocasiones que sabemos con certeza qué es lo que más conviene a nuestros hijos para asegurarles “un buen futuro”, sean clases de chino mandarín, de tenis o de pintura; aprendizajes provechosos por sí mismos, pero no necesariamente fundamentales para el futuro que cada niño decidirá construir. Contrario a predicciones en boga, nadie sabe qué nos depara el futuro ni qué habilidades serán demandadas por el mercado laboral en 5 o 10 años. Mucho menos sabemos qué futuro querrán construir nuestros hijos; no tiene caso por eso tratar de predecirlo. Habilidades que hoy nos parecen imprescindibles, el día de mañana pueden resultar triviales o hasta perjudiciales. Por eso es más importante trabajar en la educación del carácter, a través del fomento diario de las diferentes virtudes, que apostar a ciertas habilidades técnicas de moda. Más allá de hablar, contar, leer y escribir, la mayoría de las habilidades son más o menos prescindibles.  

La falacia de la premura y de “demasiado tarde”: “Si tu hija no aprende tal o cual cosa antes de la primaria…será demasiado tarde.” Avances y tendencias pedagógicas nos han sensibilizado respecto a la importancia de la educación en las etapas tempranas de la niñez, pero hemos llegado a excesos que hacen sentir a los padres que siempre vamos demasiado tarde: Antes de la primaria; antes del kínder; en la etapa prenatal.

“Si tu hijo o hija no aprende un segundo idioma antes de “x” momento, será demasiado tarde.” Nuestra capacidad de aprender se mantiene vigente mucho tiempo después de la infancia, siempre somos capaces de aprender algo nuevo. Más valioso que el aprendizaje de técnicas o habilidades concretas, es el fomento del amor al conocimiento y a la búsqueda de la verdad; y la disposición al esfuerzo y la perseverancia. Esas virtudes sí que conviene cultivarlas lo más pronto posible. Y hacerlo no es ni costoso ni complicado:

Respecto al amor al conocimiento vivimos una bonanza de materiales valiosos, nunca como ahora ha sido tan fácil aprender algo  nuevo. Pero hace falta predicar con el ejemplo y mostrar a nuestros hijos que aprender es fascinante; y promover con ellos conversaciones sobre temas serios y no tan serios; conversaciones que los hagan sentir que los tomamos en cuenta y escuchamos con atención sus preguntas, dudas, críticas y opiniones.

Respecto al esfuerzo y la perseverancia más que la actividad lo difícil es promover la permanencia en la actividad: Es fácil para papás e hijos darnos por vencidos. Cualquier disciplina que vale la pena — artística, lingüística, deportiva o de otra índole —cuesta trabajo de desarrollar e implica justo eso: disciplina. Por eso nos toca como papás animar a nuestros hijos a seguir con sus proyectos y no dejarnos vencer por la apatía o el caos de las actividades extracurriculares.

La falacia de la perfección: “Lo mejor o nada” (Das Beste oder nichts) proclama el lema de una conocida armadora automotriz. Este pretencioso slogan se aplica por error a la educación y arroja a los padres a una carrera sin final para darle “lo mejor a sus hijos o nada”: Ninguna escuela, atención médica, actividad extracurricular es suficiente. Siempre habrá algo mejor. Siempre le estamos fallando a nuestros hijos.

Dos errores hay en esta falacia: Primero creer que se puede definir de manera objetiva y sin error qué es lo mejor en educación, al margen de lo mejor para el niño. Las personas tenemos diferentes talentos, y lo que a unos les resulta útil y atractivo a otros les aburre y frustra. Antes de saber si “tenemos al mejor maestro” o “el mejor método” hace falta conocer los talentos e intereses de nuestros hijos.

Es segundo error es todavía más obvio: pensar que la perfección está a nuestro alcance, si nos esforzamos lo suficiente. Siempre seremos padres imperfectos, educando hijos imperfectos. Parte de la educación de padres e hijos — la educación mutua que se da en la convivencia cotidiana — es aprender a convivir con nuestras imperfecciones. Para participar de una vida doméstica sana y llevadera necesitamos aprender a amar incluso a lo imperfecto; aprender a convivir con nuestras limitaciones y las de los demás; aprender a sobrellevar las frustraciones entre los planes ideales y la terca realidad imperfecta.

La falacia del éxito: Esta es quizá la peor de todas:  El sentido de la educación es asegurar que  nuestros hijos tengan éxito en el futuro. Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de éxito? ¿Éxito profesional? ¿éxito como pareja, como padre o madre de familia? ¿éxito como deportista o como miembro de una comunidad religiosa? ¿éxito en un ámbito intelectual o científico?

Las ambigüedades ineludibles de nuestra noción de éxito la terminan reduciendo a su expresión más burda: éxito como que tengan mucho dinero.  Pero el sentido de la educación es precisamente formar el carácter, intelecto y afectividad de nuestros hijos, para que sean persona libres y responsables. Personas críticas que resistan a nociones tiránicas, arbitrarias y pobres de éxito. Nociones que hacen depender el éxito de factores externos y azarosos, como la fama, la fortuna y el poder. Y que no suelen tomar en cuenta la calidad de nuestras relaciones con los demás: nuestra capacidad de amar, de agradecer y de impulsar el desarrollo de otros.

Abrumados por las expectativas muchas veces fantasiosas, impositivas e incluso torpes de sus padres, no es extraño que tantos niños y jóvenes vivan angustiados y temerosos del fracaso. Los mismos padres no están en una mejor situación, también viven consumidos por la angustia de no hacer lo suficiente.

Por eso debemos resistir estas falacias y recordar que la calidad de la convivencia y el calor familiar son por mucho los factores más importantes para la educación de los niños. Y esos factores dependen del amor entre los padres y la atención y el esfuerzo que pongamos de hacer de nuestra casa un hogar donde nuestros hijos quieran estar, y no un centro de alto rendimiento.

Una locura bien decidida

Una locura bien decidida

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Ilustración: fotografía de rusyena tomada de Unsplash

Don Quijote, hasta cierto punto, es un criminal suelto. Basta con leer sus primeras aventuras. Vemos a alguien capaz de acometer a un inocente fraile de san Benito, tumbarlo a fuerza de lanza de la mula en que venía, y a Sancho, su ejemplar escudero, lo vemos robarle al pobre fraile todas sus pertenencias. Déjenme compartirles el pasaje y luego explicarles por qué escribo esto:

Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. […] Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. (Parte I, cap. VIII).

Quise escribir este breve ensayo, después de leer detenidamente durante dos años la novela, para exhibir lo inadecuadas que pueden llegar a ser ciertas representaciones de éste, probablemente el más famoso de los caballeros. En algunos contextos, los clásicos son los libros más leídos; en otros, se habla mucho de ellos sin haberlos leído. Parte de la culpa la tenemos nosotros, filósofos y humanistas, cuando presentamos estos libros como sumamente nobles y elevados —nobles en el mal sentido de la palabra: petulantes—. No lo son. Son, más bien, libros divertidos y enriquecedores.

Una de las escenas que más disfruté, y con la que me torcí de la risa, es cuando Sancho no se atreve en la noche a apartarse de don Quijote, y decide hacer «lo que otro no pudiera hacer por él» allí junto. “Hacer sus necesidades”, como decimos ahora. Al grado en que don Quijote se ve obligado a decirle «que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar» (Parte I, cap. XX), entre otros regaños y reproches graciosos. A ambos personajes, lejos de ser leyendas intangibles, los conocemos como seres de carne y hueso. Y como esos personajes humanos que son, tienen mucho que enseñarnos. Me gustaría ofrecer una probada de ello, para que quienes ya han leído la novela disfruten al recordar y volver a tan grata lectura y quienes no, sepan que encontrarán en ella algo mucho más interesante que lo que solemos imaginarnos cuando aún no la hemos leído.

Volviendo a la idea del Criminal Andante, ciento cincuenta páginas después de la aventura de los frailes (si se me permite usar la edición de Francisco Rico como referencia), don Quijote libera a una cadena de galeotes, esto es, bandidos que habían sido condenados a remar en las galeras. Tras liberarlos, él y su escudero se esconden en la Sierra Morena, porque saben que la Santa Hermandad podría arrestarlos legítimamente en cualquier momento. Rara vez escuchamos hablar de los heridos y graves desmanes que produjo la locura de este personaje.

Porque el Quijote, a despecho de todo ello, es de nuestros héroes favoritos. Mientras planeaba cómo escribir este ensayo, le pregunté a mi abuelo, quien también leyó el libro este año que pasó, cuál le parecía que era la idea principal de la novela.

—Ayudar a la gente, hijo —me dijo.

No me dejarán mentir si digo que los pasajes en los que nuestro héroe hace un recuento de sus labores son de lo más emblemático de la novela. El mismo Sancho repite ya la fórmula al final de la novela, cuando habla, en contraposición del Quijote de Avellaneda, del «verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas…» (Parte II, cap. LXXII).

Que por cierto, a propósito de las viudas y las doncellas desamparadas, una cosa son las ideas del protagonista y otra muy distinta las ideas del escritor. El Quijote es un tanto machista, sí, sin embargo Cervantes no.

Una de los personajes, la pastora Marcela, decide apartarse a vivir en el campo porque no quiere la vida de una mujer casada. Su razonamiento consiste en que, por más que muchos hombres la pretendan, reconozcan su hermosura y la amen bien, ella no está obligada a corresponder a ninguno. Hay un pretendiente llamado Grisóstomo que se suicida por ella. Y ella explica en un muy bello discurso por qué no es culpa suya la muerte de Grisóstomo. Al final de la escena, después de que Marcela deja en claro lo absurdas que son las actitudes de los enamorados que quieren forzar a las mujeres a corresponderles, don Quijote trata de alcanzar a la pastora Marcela, para ofrecerle su protección; mas a pesar de sus intentos, está claro que ella no lo necesita.

Con todo y sus defectos, no deja de ser un héroe. Una cualidad fundamental de su carácter heroico es su resolución, es decir, la capacidad de actuar conforme a sus propósitos y mantenerse firme en sus decisiones. En ética, la resolución es un tema recurrente; sin ella, nadie puede alcanzar la felicidad. En el caso de don Quijote, él está resuelto a vivir y comportarse según las normas de caballería, porque está convencido de que eso dará plenitud a su vida de un modo genuinamente personal.

En el camino de una de sus aventuras, se encuentra con Vivaldo, un caminante que, hablando con él, se entera de su locura. En esa conversación surge una comparación entre los frailes cartujos y los caballeros andantes. Don Quijote lo explica de la siguiente manera: «Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados yelos del invierno.» Y continúa: «Así que somos los ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia» (parte I, cap. XIII). Hace lucir a la caballería como una actividad más fructífera y honorable que la vida consagrada. En su descripción exagera. Él sabe que todos los presentes consideran que la vida consagrada es más noble y sensata. Nada más con decir que, si se hubiera decidido a ser fraile cartujo, no lo llamarían loco.

Puestos en estos términos, más adelante, surge una pregunta; si la vida de los frailes cartujos conforma un camino más directo y llevadero hacia la santidad (en el que hay una consagración explícita y no hace falta sufrir los erizados hielos del invierno), ¿por qué Sancho y Quijote no adoptan mejor esa vida? Porque esa vida, por más deseable que sea, no es la suya.

Su resolución por la caballería es, de hecho, una locura, y quienes lo rodean lo consideran así. No obstante, cuando hablamos del Quijote como un loco, conviene calibrar el ancho de su locura. Todos los personajes que conviven el suficiente tiempo con él están de acuerdo en que su locura está delimitada al tema de la caballería. Cuando habla de cualquier otro tema, lo aprecian como una persona sumamente sabia (da consejos a los padres, a los enamorados, a los jóvenes; habla de historia, de arte, de ética y de política con suma perspicacia). El Quijote es loco sólo respecto de una cosa. Y además de sabio, era una persona muy agradable. En su lecho de muerte, a propósito de lo mucho que lo querían sus seres cercanos, el narrador nos dice: «porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían» (Parte II, cap. LXXIV).

Así que, sí, estaba loco, pero sólo un poco. Una de las razones de los demás personajes por las que se dice que está loco se basa en que la edad de la caballería en esos tiempos ya había quedado atrás, o que sólo existe en los libros. El argumento parece bueno hasta que lo piensas en otros contextos.

Imaginemos que nadie se esforzara por hacer lo que no existe, o lo que ya no existe. Si no tiene sentido esforzarse por ser un caballero andante porque la caballería ya no existe, entonces, siendo consecuentes, tendríamos que pensar que no tiene sentido esforzarse por tener un país justo porque ya todos son corruptos; o que no tiene sentido luchar por la igualdad de la mujer porque hay muchos que las menosprecian. Nadie haría nada. Siempre que nos esforzamos, lo hacemos para conseguir lo que no existe (o para cuidar lo que puede dejar de existir). Estudiamos una licenciatura cuando no tenemos una licenciatura, precisamente porque no la tenemos y queremos tenerla; construimos asociaciones que todavía no han sido instituidas; favorecemos a personas que aún no son oficialmente amigas nuestras, y un largo etcétera.

Será la caballería de don Quijote una completa locura, y de cualquier modo su resolución es totalmente sensata.

Sabemos que al final del libro se arrepiente (pide un cura y se confiesa, y públicamente se retracta); tanto, que ordena desheredar a su sobrina si ella llegara a casarse con alguien que tenga algo que ver con la orden de caballería. Pero ¿exactamente de qué se arrepiente? Si queremos entender esta novela o, mejor dicho, interpretarla, hemos de compaginar al Quijote heroico que combate molinos de manera irreductible y pertinaz con el Quijote derrotado por el Caballero de la Blanca Luna. Para quienes no lo han leído, el Caballero de la Blanca Luna es un personaje que reta a un duelo al Quijote, con la condición de que, si lo vence, estará obligado a renunciar por un año a la caballería. Y lo derrota.

Algunas reseñas de cine incluyen una alerta cuando van a revelar algún suceso central de la trama. No hacen falta esas alertas cuando se trata de los clásicos de la literatura: lo interesante de los clásicos, más que saber la historia, es leerlos. Por ello, no guardaré recato en seguir hablando del final.

Aunadas a la tradición literaria de novelas de caballería, Cervantes retoma las ficciones de la tradición poética pastoril. La historia de Grisóstomo y la pastora Marcela es uno de estos casos. Al menos en castellano, la obra de Garcilaso de la Vega es la más representativa de la tradición de poesía pastoril.

Y resulta que los versos y el vocabulario de Garcilaso ornamentan incontables escenas del libro. Por ejemplo, cuando llegan a la casa de don Diego de Miranda, nuestro caballero se topa con unas tinajas del Toboso, que le obligan a pensar en Dulcinea. Al momento, exclama:

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!

Son nada menos que los primeros versos del soneto X de Garcilaso.

Pues bien, después de derrotado, ya que está obligado a renunciar por un año a su profesión, él y Sancho deciden que, mientras, se convertirán en pastores como los de las églogas de Garcilaso. Una égloga es precisamente un poema que idealiza la vida del campo y de los pastores, y que generalmente trata sobre el desamor de los pastores.

El ideal caballeresco y el ideal pastoril difieren bastante. ¿Qué quiere decir el hecho de que el Quijote muere tras decidir ser pastor? Los caballeros duermen poco, comen mal, reciben heridas, en fin, sufren. Y lo hacen en vistas a favorecer a los necesitados; realizan una misión que de no ser por ellos ninguna otra persona emprendería. Están motivados ya sea por honor, por su dama, por sus seres queridos, y también por el compromiso que sienten hacia las demás personas.

Los pastores, en cambio, no tienen propósitos que los conduzcan a salir de sí mismos. En todo caso, están fuera de sí mismos en el mal sentido de la expresión. Sufren por amor no correspondido, pero no tienen propósitos. Leemos en los poemas pastoriles asombrosas escenas naturales contrastadas con la tristeza de los pastores. Una estancia de las églogas más famosas, la Égloga I de Garcilaso, describe:

El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio
y al usado ejercicio
do su natura o menester l’inclina;
siempre está en llanto esta ánima mezquina
cuando la sombra el mundo va cubriendo
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Esa ‘ánima mezquina’, aunque tiene razones para llorar, no parece tener razones para dormir en las piedras, comer mal, sudar y arrojarse a las batallas peligrosas. La vida de los caballeros es un transcurso lleno de propósitos. La vida de los pastores es un final paralizado por un lamento.

No hay una historia del pastor Quijótiz y su amigo el pastor Pancino. De hecho, Garcilaso tampoco cuenta historias, sino que cuenta «el dulce lamentar de dos pastores». La historia del Ingenioso Hidalgo termina de un modo no muy distinto al que comienza. Termina dejando las armas, y había comenzado tomándolas. Antes y después no hay historia. En su primera salida, hablando consigo mismo, él se imagina cómo narrarán su historia, cómo dirán que «el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel» (Parte I, cap. II).

La vida, quiere decirnos Cervantes, está fuera de las ociosas plumas (de la almohada, es decir, de la comodidad) y de los lamentosos finales (o de los idílicos escenarios de paz y estabilidad). Lo principal está en la lucha por los propósitos honorables.

Si esto es cierto, queda aún una pregunta por responder: ¿cuáles son esos propósitos honorables? ¿Cómo distinguir un propósito honorable de un molino de viento que nos arrojará al suelo estúpidamente?

De algo se arrepiente don Quijote, y no he respondido esa otra pregunta que planteé líneas atrás. Me atrevo a decir que se arrepiente de, en ocasiones, haber luchado por las imaginaciones equivocadas y también, en otras ocasiones cuando sus objetivos eran los correctos, de haberlo hecho de la manera inadecuada. Pero no veo cómo podría arrepentirse del hecho de haber luchado.

La siguiente vez que lea el Quijote, pondré especial atención en todos esos pasajes en los que se confunde realidad con ficción. Quisiera saber cómo reconstruir esa ética de las ficciones que vemos palpitar en la novela.

Por lo pronto, queridos amigos, espero haber exhibido la resolución del ingenioso don Quijote, uno de los incontables descubrimientos que uno puede sacar de esta novela: la determinación de traer a la existencia todo el bien que aún no existe.

Ilustraciones, en orden de aparición, de Ashlyn Smith, Timothy Dykes, Nik Shuliahin, Mick Haupt, Farina Hussain, Michal Matlon tomadas de Unsplash.

Una locura bien decidida

Sobre el dinero y la vida (y como balancearlos)

El dinero no lo es todo en la vida, pero es bastante. No hay que permitir que las películas de romance barato nos convenzan de otra cosa. Sin dinero no es posible huir a las montañas con el amado, o dejar familia, estudios y carrera para ir en pos de la pasión. El amor no paga las cuentas. Sin dinero, en fin, no se puede construir un proyecto de vida con libertad. Quienes no piensan nunca en el dinero están condenados a ser sus esclavos para siempre (sin contar a los herederos que tenían la vida resuelta desde antes de nacer, claro está).

También es un error pensar demasiado en él. Son igualmente esclavos los que lo ponen al último como los que lo ponen al centro. Hay quienes ya no saben hacer otra cosa que acumular oro en la bóveda, juntando cosas brillantes como urracas, sin saber para qué lo quieren, lanzándose como desquiciados por más y más y más y mucho más. Los archimegamultisupermillonarios en realidad ya no pueden ser más ricos de lo que son, por mucho que acumulen. Aumentan los ceros a la derecha del valor de sus acciones, sus propiedades, sus inversiones y su dinero en el banco, pero la riqueza real tiene un tope. No hay mucha diferencia entre el que puede comprar una isla privada y el que puede comprar cien, pues ambos pueden habitar solo una al mismo tiempo.

Nada de lo mencionado en el párrafo anterior quiere implicar en modo alguno que ser rico es inmoral. Es un asunto más bien de salud mental. La obsesión por el dinero no es sana. Daña la cabeza y la vida de la víctima y de paso la de todos sus allegados, como cualquier otra adicción. La clave para no contraer esa enfermedad degenerativa conocida como avaricia es deshacerse del excedente monetario de que uno disponga. Dicho de otro modo, regalar lo que sobre. Se puede hacer de muchas y muy variadas maneras, desde una simple donación hasta la construcción de proyectos de desarrollo social. Lo importante es recordar continuamente que somos nosotros los dueños del dinero y no al revés.

Tampoco es cierto que para ganar dinero sea necesario partirse la espalda y que cualquier centavo que no costó sangre es en automático dinero sucio. Cierto es que el sudor y la plata suelen estar relacionados, pero no están intrínsecamente unidos. Lo natural, lo sano, lo ideal, es comenzar trabajando mucho y ganando poco, para terminar ganando mucho y trabajando poco. Formarse en la juventud para que en la madurez se vean los frutos.

Para esto es importante nunca dejar de aprender, mejorando continuamente nuestras habilidades en todos los ámbitos posibles. Nótese que esto no excluye la especialización. Un contador fiscal, por ejemplo, puede crecer eternamente en sabiduría en su ámbito específico, siempre aprendiendo nuevos conceptos, manteniéndose al día en materia de regulación, conociendo otros métodos de hacer lo mismo de forma más sencilla, descubriendo nuevas tecnologías que facilitan su trabajo y le permiten reducir el error humano. En otras palabras, se trata de siempre buscar crecer.

Sin embargo es importante que nuestra vida no se limite al perfeccionamiento y crecimiento profesional, cerrando nuestros ojos a todas las demás dimensiones de nuestra existencia. Es muy común y humano confundir una cartera llena con el éxito. Los ingresos, si bien son un componente del éxito, no definen por sí solos qué tan bien o mal estás llevando tu vida.

Pareciera entonces que a fin de cuentas estamos afirmando que el dinero no importa, pero no es así. El dinero es un catalizador de crecimiento para todas las dimensiones del ser humano. Si bien es cierto que el dinero no compra la felicidad, tampoco estorba. Pongamos por ejemplo a una joven universitaria que quiere irse de intercambio al extranjero. Es una experiencia que sería enriquecedora en todos los sentidos. Conocer otra cultura, otro idioma, ver otros paisajes, respirar otro aire, convivir con gente distinta, todo eso sería increíblemente provechoso. Pero es una experiencia que cuesta dinero. Si nuestra joven dispone de él, no solamente no será un problema, sino que ni siquiera pensará en ello. Si por el otro lado (y que sería más normal) se encuentra en una situación financiera complicada, será mucho más difícil para ella concretar el proyecto, y en caso de lograrlo, habrá gastado una considerable cantidad de tiempo y espacio mental para pensar en dinero y conseguir el suficiente.

Un último comentario: Si bien perfeccionarnos profesionalmente es algo bueno y deseable, me parece equivocado pretender que todos tus ingresos provengan del trabajo profesional. Vivir en esta época y no aprovechar todos los recursos que existen para obtener alguna fuente de ingreso extra es no solamente desaprovechar una oportunidad, es irresponsable. Existen todo tipo de plataformas en las que crear o enseñar algo puede ser redituable. Si tienes cualquier habilidad que valga la pena compartir, hazlo, y asegúrate de que te paguen por ello.

En conclusión, tener dinero es bueno y necesario, siempre y cuando sea visto siempre como herramienta y no como fin. Se puede ser incluso multimillonario sin ningún problema, siempre y cuando el amo siga siendo uno. Es una cosa muy triste servir a un objeto inanimado y ficticio, real solamente en la mente de los humanos.

Una locura bien decidida

¿Balance Vida-Trabajo? Una des-industrialización de la sociedad moderna

Por Alfonso Torres Farber

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“The Great Attrition” (El Gran Desgaste) o “The Great Resignation” (La Gran Renuncia), términos que se escuchan mucho en estos últimos meses, establecen un símil entre la Gran Depresión de los años treinta o la Gran Recesión de 2008 y la situación actual en Estados Unidos. A diferencia de las otras crisis, La Gran Renuncia no se trata de una crisis económica ni de desempleo. Se refiere más bien al fenómeno del aumento de renuncias que se ha dado en el mundo.

Se calcula que alrededor de 20 millones de personas en Estados Unidos han renunciado a sus trabajos desde inicios del 2021. Numerosos sectores y empresas están teniendo problemas para “encontrar talento”, es decir, candidatos con el perfil adecuado para las funciones que necesitan cubrir las empresas. Se han publicado muchos estudios y artículos intentando explicar las razones detrás del fenómeno y dar recomendaciones a las empresas sobre como reaccionar para retener (o “fidelizar” en uno de esos términos de moda) “el talento”.

La pandemia por COVID 19 generó muchos cambios en la sociedad: las crisis emocionales, la patente cercanía de la muerte y la dolorosa pérdida de seres queridos y amigos hicieron reflexionar a muchas personas sobre el valor de la vida cotidiana en el hogar y las relaciones familiares. Más allá de si esta valoración es positiva o negativa, está claro que es distinta a la visión que se tenía antes de la pandemia.

Muchas personas han cambiado de residencia buscando una mejor “calidad de vida”, entendida como tener más tiempo para otras actividades más allá de las profesionales.

Convivir y asumir a mayor profundidad el cuidado de pareja, hijos, primos, abuelos, etc., ha motivado una revalorización del tiempo que se dedica a la familia. Hay quienes buscan ahora poder dedicar más y mejor tiempo a la familia, pero también se da el fenómeno contrario; para algunos la pandemia los reafirmó en su intención de huir del hogar y desentenderse de las obligaciones familiares.

Desde hace varios años en entornos profesionales se promueve la idea de un balance vida-trabajo. En estas discusiones no queda del todo claro qué es el trabajo, pues parece que todas las actividades humanas requieren “trabajo” en algún sentido.

Solemos llamar “trabajo” a las actividades profesionales remuneradas que desempeñamos. Sin embargo, recordando lo básico de mis clases de física: la fuerza que se aplica sobre un cuerpo para desplazarlo una distancia genera una transmisión de energía que se llama trabajo. Si llevamos esto a nuestra vida diaria el trabajo es el esfuerzo que tengo que realizar (fuerza) para conseguir un resultado (mover un cuerpo una distancia).

En el mundo laboral, el trabajo es el esfuerzo que los trabajadores realizan para obtener un resultado. Por ejemplo, el esfuerzo de un agricultor al preparar la tierra, sembrar las semillas, regarlas y cultivarlas para poder obtener un fruto. O el esfuerzo que debe realizar un vendedor entrenándose, conociendo a fondo lo que vende y convenciendo al comprador para lograr vender un producto o servicio.

Pero el trabajo no se limita a las actividades profesionales, las actividades sociales también requieren un esfuerzo. Para cultivar una amistad hay que interesarnos por el amigo, estar pendiente de él, frecuentarlo, dejar de hacer alguna cosa en favor de la amistad y poder mantener y profundizar la amistad. Y la amistad, en estricto sentido, no tiene precio, ¿cuánto costaría tener una persona en la que confías, que te puede apoyar o con quien simplemente puedes pasar un buen rato?

Lo mismo con las actividades familiares. Recuerdo una plática con una persona de recursos humanos que me decía que mi esposa no trabaja, a lo cual respondí que sí trabaja y mucho, probablemente más que yo. Ella se dedica a la administración de mi familia, atiende a la casa, cuida de mis hijos, crea un hogar. Me replicó que se refería a que no recibe una contraprestación por ese trabajo, lo cual tampoco es cierto. Muchas veces yo quisiera recibir una contraprestación como la que ella recibe en el día a día: ver crecer a sus hijos, formarlos en personas de bien, el alivio de consolar a la familia y poder tener una casa digna. No todo resultado tiene que ser monetario. Como me decía un buen amigo, “las mejores cosas de la vida son gratuitas”, o muchas de las cosas que se logran a través de un trabajo no se pueden monetizar.

Y qué decir de las actividades personales, ya sea mantener la salud física, mental o intelectual. Incluso descansar requiere de algún esfuerzo, solo hay que ver a todos los que sufrimos de insomnio.

Al final todas las actividades que desempeña una persona exigen un trabajo. Es la energía que se requiere para todos estos trabajos no monetarios la que se está revalorando.

¿Qué es lo que no me gusta del término de “Balance de Vida y Trabajo”? Que contrapone la vida al trabajo, cuando están intrínsecamente unidas, y crea la percepción de que el trabajo es contrario a la vida o es un mal necesario que hay que disminuir o intentar eliminar.

El trabajo es parte de la vida, le da un sentido de dignidad a la persona. El trabajo es directamente proporcional al prestigio de la persona. Un buen profesional es el que realiza un buen trabajo laboral. Un buen amigo es el que se esfuerza por serlo. Un buen padre de familia es el que lucha por estar para su familia. Es decir, la energía que se genera al trabajar nos hace crecer como personas y más aún cuando el propósito de ese trabajo va más allá de lo meramente material o mundano-. Este es el tipo de reflexiones que se están dando en esta nueva normalidad.

El balance de vida no se logra separando las actividades o responsabilidades de la persona (Profesionales, Familiares, Sociales y Personales), sino fomentando la flexibilidad para que convivan unas con otras, reconociéndonos como personas íntegras que realizan todo tipo de actividades que contribuyen a un mejor desempeño del negocio y de la vida en general.

Y vuelvo a la fórmula de trabajo, reconociendo tanto el esfuerzo como el objetivo logrado, de manera balanceada, sin fomentar organizaciones con empleados cuya principal meta es crear la percepción de que generan grandes resultados, sin importar cuánto se desgasten o “apoderándose” del esfuerzo de otros para su propio reconocimiento. Ni organizaciones que generen un ambiente de laboriosidad improductiva, donde lo que más importa es “calentar la silla” y se ve con malos ojos o se critica a los que combinan actividades profesionales, personales y sociales durante su jornada laboral.

Se tiene que reconocer a la persona por lo que es, no por lo que hace o sabe hacer, dejando atrás la asignación de un capital humano donde se tiene a la persona como un activo que genera crecimiento, sino más bien fomentar el crecimiento de las personas a través de su trabajo de manera integral para beneficio de la sociedad.

Cada vez más, la automatización va eliminando las actividades repetitivas que se realizan en el ámbito profesional.  Ahora se necesitan personas capaces de conectar los puntos, que entiendan por qué suceden las cosas, que sepan interpretar los datos, no solo procesarlos, y que sepan intercalar sus tareas profesionales con la vida social y familiar.

El tener personal que lleva una vida social, familiar y personal sana enriquece a la organización, no por la experiencia que sus colaboradores puedan tener en un tema en específico sino por cómo pueden contribuir de una forma más integral a la toma de decisiones.

Alguien me dijo que la mayoría de las tareas profesionales que se realizaron en 2018 no existían en 1940. Esto va a seguir sucediendo y creo que a mayor velocidad; con la cantidad de información que se tiene, que cada vez es mayor, la capacidad de procesamiento de esta información que nos brinda la tecnología, que cada vez va a ser mayor, visualizo un nuevo tipo de organizaciones matriciales, donde se realizarán tareas que respondan a proyectos específicos, con menos niveles jerárquicos, con liderazgo positivo, con personas más generalistas que saben interpretar lo que la tecnología nos brinda y conectarlo con la vida real.

En los tiempos pre-industriales (antes de la revolución industrial), la economía era comunitaria. La familia jugaba un rol indispensable. El padre, la madre y los hijos  trabajaban hombro con hombro para generar bienes y eran reconocidos en la sociedad como personas, no como activos o capital humano. Con la revolución industrial se utilizó la tecnología para aumentar la productividad y disminuir los precios. Se mecanizaron muchos procesos, tanto en la educación, la vida profesional y el trabajo en general. Ahora estamos entrando en una nueva era donde se pueden explotar los beneficios cada vez mayores de la tecnología y reintegrar al “trabajador” en todas sus dimensiones.

Actualmente, hay muchas preocupaciones entre si el trabajo debe ser presencial, remoto o híbrido. Primero que nada se tienen que ajustar los horarios de trabajo, como sucedió en los tiempos de la industrialización, donde se redujeron los tiempos de 12 horas laborables a 8 horas. Después, el principal reto está en revalorizar a las personas como individuos íntegros que aportan un valor superior al capital que se genera y que deben ser recompensados justamente por el trabajo (esfuerzo y resultados) que generan.

El valor de los bienes y servicios tendría que incluir el valor del trabajo (esfuerzo y beneficios) y no solo la utilidad que le asigna el consumidor, utilidad sujeta a percepciones y modas que pueden modificar sustancialmente el precio que paga  el consumidor por esos bienes o servicios.

Creo que estamos viviendo un punto de inflexión en la sociedad moderna y no solo por lo que vemos más cercano: digitalización, ocupación profesional remota y sin barreras de nacionalidad, renuncias y dificultad para conseguir talento y muchos etcéteras. Todo esto solo nos está mostrando el cambio social que estamos transitando y se trata sin duda de un cambio positivo.

Una locura bien decidida

Mirar con los ojos del tiempo la cotidianeidad: Conversación con Domitille Cure

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Con el paso de las estaciones nos damos cuenta del avance de la vida. La temporalidad cambia de colores: los árboles cambian del verde al amarillo hasta perder el follaje; las mandarinas que encontramos en otoño se cambian por las fresas y cerezas del verano; los vestidos ligeros y coloridos de algodón dan paso a los abrigos pesados y obscuros. 

La vida, dividida en cuatro temporadas, nos enseña a lidiar con los constantes cambios. Simbólicamente representamos la primavera con la infancia, el verano con la juventud, el otoño con la madurez y el invierno con la vejez. Las plantas, los animales y los hombres pasan por un ciclo, claramente hay un comienzo y un final; sin embargo no creo que podamos decir con tanta simpleza que la vejez es invernal y la infancia es primaveral. Me parece que somos seres estacionales, a veces nos sentimos más veraniegos, otras veces primaverales y otoñales. A veces una estación puede durarnos años y otras meses. En ocasiones pensamos que un amigo es más solar, siempre sonriente y viste con colores brillantes; y otras veces encontramos una ciudad, como Berlín, casi siempre vestida de negro, como un eterno otoño-invierno. Así que lejos de asociar el invierno con la decrepitud, simplemente hay que observar que así como la tierra necesita de una helada para preparar de nuevo el florecimiento de las flores; del mismo modo nosotros debemos pasar por altos y bajos. 

Colaboración para el Berliner Planze Kalender 2022
Ilustración: La Météo

Nuestros recuerdos también se mueven dentro de esta temporalidad, recordamos la cerveza que tomamos con una amiga en el parque para aprovechar los primeros días soleados de primavera; un verano en la costa; alguna caminata con amigos mientras pisamos las hojas otoñales; la última Navidad de alguien. Y la vida se nos representa con este ciclo que va y viene. Las estaciones son el reloj del mundo.

La Météo, en francés, significa el tiempo o el clima. En palabras más técnicas, la meteorología estudia los fenómenos climáticos y atmosféricos para pronosticar el tiempo o el clima de un lugar específico. Precisamente esto hace Domitille Cure, con su marca de ilustraciones La Météo. Domitille estudia las estaciones, los colores, temperaturas, predice y graba la temporalidad en sus impresiones. 

Podría parecer banal, pero una decoración adecuada puede ayudarte a sentirte en casa. En mi caso, después del caos de la mudanza, me encontré con las paredes desnudas y su palidez me pedía a gritos un poco de color. Diariamente tenemos que lidiar con lo que colgamos en las paredes, así que la imagen que verás mientras bebes tu café diario tiene que encantarte. 

Imagiers La Météo.

Jamás he entendido a los coleccionistas de arte que compran una obra por estatus. Se debería comprar por la estética que te transmite. Como en el caso del famoso falsificador-pintor Wolfgang Beltracchi, quien tiene la habilidad de copiar el estilo de varios pintores y sus copias eran tan fabulosas que cualquiera podía jurar que se trataba de una obra perdida de algún pintor importante. Cuando lo descubrieron, siguió pintando con los diversos estilos que podía imitar, pero firmaba con su nombre. Pues la falsificación se produce solamente hasta que se firma con otro nombre. Sin embargo algunos de los que compraron sus obras, decidieron que perdieron valor, porque compraban una firma y un estatus, no una pintura que les gustara y evocara algo. Pero no es mi intención escribir un texto sobre estética. Quedémonos con una idea: que te guste y disfrutes lo que miras en tu casa.

Era finales de otoño cuando coincidí con Domitille Cure en una clase de alemán. Cuando llegó el invierno con sus mercadillos navideños compré mis primeras ilustraciones: unos limones (citrons) y un gato (chat). Cada vez que entro a la cocina, lo primero que veo son sus colores vivaces que me recuerdan el verano y tierras soleadas lejanas de Berlín. 

Domitille es una artista francesa que estudió diseño en la Universidad de Glasgow y vive en Berlín, una ciudad en la que confluyen artistas internacionales y que cuenta con una gran variedad cultural. Desde hace tres años Domitille, junto con la artista sueca Maja Björk –quien ilustra imágenes de la vida y la cotidianeidad– participan en un mercado de arte. La pandemia cerró por mucho tiempo los lugares públicos y aunque los mercados son al aire libre, la vida cultural berlinesa está regresando lentamente desde el verano pasado; esto dio pie a que los ilustradores pasaran de las exhibiciones al Etsy, que tiene la ventaja de llegar a cualquier ciudad. Las impresiones de Domitille han llegado a México, Corea y varios países de Europa. 

Platón consideraba que el artista era un entusiasmado, con un dios dentro (en-theos) y que su obrar era inspirado. En ocasiones se piensa que la inspiración es un impulso irracional que aparece sorpresivamente, pero me parece que la inspiración, aunque puede llegar a cualquier hora, también requiere del ejercicio constante. En palabras de Picasso: “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Para comprender un poco mejor el trabajo, el esfuerzo y la inspiración de las ilustraciones que adornan mis paredes conversé con Domitille.

Retrato de Domitille Cure por Maja Björk.

Muchas gracias por tomarte el tiempo para esta entrevista, creo que a muchos que conocen tu trabajo les da también curiosidad conocer un poco más a la ilustradora. Elegir una ilustración para decorar tu hogar u oficina es algo íntimo y se produce un vínculo, una relación entre el ilustrador, la imagen y quien la mira. De cierta forma, miramos el mundo a través de tus ojos. Y quisiera que me hablaras un poco sobre ese mundo. Por lo regular tus ilustraciones no son composiciones, sino que son imágenes precisas: tomates, mariposas, flores, animales. ¿Por qué dibujas lo que dibujas? Y ¿qué significan para ti tus ilustraciones? ¿Qué buscas transmitir?

Gracias por tan bello retrato de la esencia de mi mundo. Como bien dices, mi marca, La Météo, se inspira en las estaciones del año, en Francia, en la botánica y sobre todo en la idea de la temporalidad: tomo un elemento efímero de una estación y lo inmortalizo en otra. En los años 90, en Francia teníamos estos carteles inspirados en imagiers, que es un libro de imágenes, con animales o dibujos botánicos que se utilizaban a menudo como decoración de la cocina. Las imágenes se clasifican por temas y tienen su nombre asociado debajo. Es un concepto bastante simple, pero me gustó la idea de reapropiarme de él con mi propia estética y también de perpetuar la idea de un arte popular accesible para todos.

Para mi tus ilustraciones muestran pequeños detalles y escenas de la vida; como una invitación a poner atención a lo cotidiano y aprender a apreciarlo. Quisiera saber un poco más sobre tu proceso creativo, ¿cómo pasas de la observación a la ilustración?

¡Eso es exactamente! Mis dibujos pretenden realzar las cosas cotidianas que pueden parecer banales o que a veces nos olvidamos de mirar, dándoles una nueva mirada o un nuevo color, literalmente. Me gusta pensar que con la elección de paletas brillantes, mis ilustraciones pueden tener el efecto de las vitaminas en invierno, aunque claro, que también a veces son un poco nostálgicas. 
Mi proceso creativo se basa en mis exploraciones en la naturaleza, viajes, libros iconográficos como los de Taschen, imaginarios botánicos clásicos o las películas de la Nouvelle Vague. Me empapo de lo que veo y trato de inmortalizarlo en un boceto, un collage o un juego de colores. A veces mis imágenes son sencillas e iconográficas, como la serie botánica inspirada en los imagiers, otras veces intento expresar un momento concreto, como la escena del desayuno inspirada en la película Le Rayon VertEl rayo verde– que me recuerda los veranos vividos en Francia y evoca la nostalgia de un momento pasado. 

Cuatro postales de paisajes. La Météo.

No me parece una coincidencia tu nombre artístico, La Météo, en relación con tus ilustraciones. Creo que las estaciones influyen en tu proceso creativo. ¿Cómo comenzaste con este proyecto? 

Absolutamente, quería expresar algo cambiante como una estación, pero expresarlo en relación con nuestras emociones y como una metáfora de nuestra espiritualidad. La Météo no trata sólo del tiempo y las estaciones, sino también del paso del tiempo y de los pequeños y sencillos momentos que forman parte de nuestras vidas. En el otoño de 2019 creé La Météo, justo cuando nos conocimos. Había empezado a trabajar en una serie de collages y quería encontrar la forma de imprimirlos. En esa época descubrí la risografía y empecé a imprimir mis ilustraciones en Drucken3000, una imprenta berlinesa especializada en este proceso. Y así comencé a imprimir con ésta técnica, en la que era necesario limitar la elección de colores, pero mantener los atrevidos contrastes de mis collages iniciales.

En cuestiones un poco más técnicas, el papel debe tener cierta porosidad para que el color se vea tan vivaz. ¿Podrías describir brevemente y de forma sencilla el proceso técnico de la impresión? O ¿cómo trabajas en tu taller? 

Por supuesto. Utilizo dos procesos de impresión para mis grabados: la risografía y la serigrafía. Me gustan ambas técnicas por diferentes razones. La risografía por la textura granulada que da la tinta. La tinta es más transparente que la serigrafía y cuando las tintas se superponen, se pueden crear increíbles combinaciones de colores. Con  solamente tres colores básicos se pueden crear varios de tonos diferentes. Y la serigrafía me gusta por los colores vivos y el aspecto casi pintado de la impresión final. Con esta técnica puedo crear contrastes ricos e interesantes. Me fascina el proceso de mezclar cada color antes de la impresión, es una parte realmente importante de mi trabajo porque definirá todo el ambiente de la ilustración final. Finalmente imprimo personalmente las serigrafías en el estudio que comparto con otros artistas en el barrio de Wedding y las risografías en Rosenthaler Platz. Todo mi trabajo se crea e imprime en Berlín, aunque con mi toque personal francés.

Domitille en el taller de impresión.

Quisiera abordar cuestiones más personales con dos preguntas muy concretas. ¿Dibujabas desde pequeña? Y ¿cuál fue la reacción de tu familia cuando decidiste ser ilustradora? 

Sí, siempre me ha gustado dibujar y desde pequeña he sido creativa. Creo que encaja con mi personalidad soñadora y a veces me ayuda a expresarme sin necesidad de utilizar palabras. En el instituto, descubrí el movimiento fauvista, artistas como Gauguin y Matisse que pintaron mujeres y paisajes con colores vivos. El color aportaba mucha emoción a las obras, al tiempo que hablaba de viajes y descubrimientos. Esto me llamó la atención e inspiró mi forma de dibujar o pintar con el color. Más tarde, cuando tenía 20 años, viví una temporada en el sur de Francia siguiendo los pasos de los fauvistas, descubrí la Provence, cuyas paletas han inspirado mi trabajo en los últimos años. 
Sobre tu segunda pregunta, diría que no hubo realmente ese momento teatral –que te puedes imaginar en las películas– en el que anuncié: “mamá, papá, voy a ser ilustradora” (risas). No, fue más bien algo que se estableció orgánica y lógicamente con el tiempo. Mis padres no siempre entendieron a dónde iba y por qué, pero siempre me apoyaron en mis decisiones de ir a vivir al extranjero o de estudiar arte en la Escuela de Arte de Glasgow.

Todos tenemos algún libro, canción o pintura que nos ha influido en nuestra percepción de la vida. ¿Quién o qué ha sido tu mayor influencia?

Creo que la inspiración evoluciona y cambia a medida que conocemos gente nueva y descubrimos cosas nuevas, y esto es lo que principalmente construye y enriquece nuestra identidad creativa. Si tuviera que definir una obra que haya inspirado mi trabajo de forma continua durante años, creo que es el movimiento cinematográfico de la Nouvelle Vague de los años 60, en particular las películas de Eric Rohmer. Me parece que este director domina el arte de la sencillez a la perfección. De hecho, todas sus películas se hacen sin guiones. Representa una Francia del pasado, un poco ingenua y llena de ligereza en una atmósfera muy rica en colores, típica de la estética de este movimiento cinematográfico.

Domitille Cure en Design-Market:
imagiers y Le Rayon Vert. La Météo.

Quizá sea difícil decidir cuál es tu ilustración favorita. Pero ¿cuál es la ilustración más vendida y por qué crees que eligen más esa? 

Me gusta mucho la ilustración del desayuno inspirada en la película Le Rayon Vert de Eric Rohmer. Es la que me resulta más íntima y la que, en definitiva, más evoca esta idea de estacionalidad. Para mi, esta imagen, es mi magdalena (madeleine) de Proust de mis veranos en Francia. Desayunar al aire libre, bajo el sol, leyendo el periódico mientras bebo un café en una taza grande. Es curioso porque otros franceses me han dicho que también les recuerda a eso y me alegro de haber conseguido captar ese fugaz momento.

Muchas veces en las entrevistas de trabajo preguntan: “¿dónde te ves en cinco años?” Esa pregunta siempre me ha parecido difícil de responder, porque en lo personal me cuesta planificar o tener un esquema de la vida. Por el contrario, creo que la vida muchas veces acontece como menos lo esperábamos. Así que me parece un poco injusto preguntarte sobre el futuro y que adivinemos sobre el porvenir. Aunque sí quisiera saber un poco sobre tus planes… no sobre las ilustraciones de los siguientes años, pero al menos si ya tienes una idea de la próxima. Y si te gustaría ilustrar en otros materiales, por ejemplo bolsas de algodón, playeras, cuadernos o libros.

Esa es una buena pregunta. Me interesa mucho seguir trabajando en ilustraciones inspiradas en películas y también quisiera recopilar todos mis dibujos botánicos en un libro infantil. Más allá de las ilustraciones en papel, me encantaría ofrecer artículos de papelería o de moda, como, por ejemplo, unos bonitos calcetines afrutados. Estoy impaciente por seguir desarrollando y perfeccionando este proyecto tan querido para mí.

Auto-retrato.

Si quieres conocer más sobre el trabajo de Domitille Cure o conseguir alguna de sus ilustraciones puedes visitar el Instagram de La Météo o su tienda de Etsy.

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