Religiones y cambio climático

Religiones y cambio climático

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

San Juan Pablo II en tres ocasiones (1986, 1993 y 2002) reunió a los líderes religiosos del mundo para orar por la paz en Asís. Quería mostrar de esa forma cómo la religión en general puede ser una fuerza de paz, generar paz a su entorno y no violencia como algunas veces sucede — en el 2002 estaba muy reciente el atentado a las Torres Gemelas perpetrado por fundamentalistas islámicos. La crítica atea suele señalar que la religión es quizá la causa más profunda de la de división en el mundo, y por ello sería un deber moral atacarla. El Papa santo salió a refutar tal crítica tendenciosa y mostró cómo los líderes religiosos pueden obviar sus diferencias, dialogar y unirse para orar por la paz.

Ahora, en el 2021, la humanidad, junto con la necesidad de paz, que nunca puede darse por descontada, tiene la urgencia de cuidar el planeta. ¿Pueden unirse las religiones para pedir por la salud del planeta y hacer frente al cambio climático? Lo que san Juan Pablo II hizo por la paz, lo hace ahora Francisco con el cambio climático: El Papa reunió en el Vaticano cerca de 40 líderes religiosos para expresar su apoyo a la COP 26 de Glasgow y su preocupación por el cambio climático. Todos firmaron un llamamiento para frenar el cambio climático. Entre los participantes se encontraban el Arzobispo de Canterbury, el Patriarca Ecuménico Bartolomé y el Imán de Al-Azhar, entre otros: Las religiones unidas para hacer frente a la contaminación y defender la salud del planeta.

Junto a los representantes de las diferentes confesiones cristianas, había líderes judíos, musulmanes, hinduistas, budistas, sijs, confucionistas, taoístas y zoroástricos. Representantes de las religiones más representativas del planeta. Todos expresaban su común preocupación por el clima y la ecología. Esta realidad muestra cómo las religiones tienen puntos en común, a pesar de sus diferencias históricas y culturales, y esos puntos en común convergen en beneficio de la humanidad. El cambio climático contribuye de esa forma también a la unidad entre los diferentes credos, pues muestra como todos juntos pueden trabajar en pro del hombre y la sociedad. Las diferencias doctrinales no son obstáculo para poder hacer el bien en conjunto, en equipo.

El Papa Francisco tuvo el detalle de no leer su discurso, para no extender en demasía la ceremonia y dar pie a que los demás líderes religiosos pudieran explayarse. Pero les entregó escrita su intervención. En ella insiste, fiel a su habitual esquema de pensamiento, en tres puntos: “la mirada de la interdependencia y de compartir, el motor del amor y la vocación al respeto”. Fiel a sus intuiciones de fondo, Francisco recuerda que “todo está conectado”, y por ello debemos tener una “mirada abierta a la interdependencia y al compartir”. Todos somos miembros de la única familia humana, y compartimos la responsabilidad de sacarla adelante.

El tercer elemento señalado por Francisco es el “respeto por la creación, respeto por el prójimo, respeto por sí mismos y respeto hacia al Creador. Pero también respeto mutuo entre fe y ciencia”, para que el fecundo diálogo entre ellas esté orientado al “cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y fraternidad”. Como se puede observar, el Papa Francisco es ambicioso en su perspectiva. Considera que es mucho lo que la religión puede aportar a la ciencia, y cómo juntas pueden contribuir para frenar el cambio climático. En el ámbito cristiano, este cuidado formaría parte la espiritualidad católica.

La misión de León XIV

La misión de León XIV

De su homilía en el solemne inicio del pontificado, el pasado 18 de mayo, se colige que León XIV tiene bien clara la función que desempeña el Papa en el seno de la Iglesia y en medio del mundo: ser principio de unidad. Como dice el Concilio Vaticano II: “El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles” (Lumen Gentium, n. 23).

Si siempre ha sido esa la misión del papado, si cabe, en el momento presente se manifiesta con mayor actualidad y urgencia. En medio de todas las cosas maravillosas que nos dejó el pontificado de Francisco, hubo una, sin embargo, que quedó como tarea pendiente para el próximo Papa: la unidad. Se ve con claridad cómo León XIV captó esta prioridad del actual momento histórico de la Iglesia. Su homilía de inicio de pontificado es, en este sentido, un canto de unidad y de comunión, que nos invita a adentrarnos más profundamente en el misterio de la Iglesia.

En efecto, en su dimensión más profunda, la eclesiología que mana del Concilio Vaticano II -un concilio que tuvo como uno de sus objetivos primordiales reflexionar sobre el ser y la naturaleza de la Iglesia-, apunta a que, principalmente, la Iglesia es un misterio de comunión: un misterio de comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. O, con palabras del Concilio Vaticano II “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, n. 1).

Por eso León XIV pudo proclamar taxativamente: “Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro.” El primado del Papa es un primado en el amor, que tiene por objeto conseguir la unidad de la Iglesia. En efecto, ningún “pegamento” más fuerte que el del amor. Nada une tanto como el amar y saberse amados. No es una unidad artificial, provocada por la fuerza o la coacción, sino una unidad que mana naturalmente, como si de un manantial se tratara, del amor.

Una muestra de que no se trata de un objetivo periférico sino central, es precisamente el lema que León XIV ha elegido para su pontificado: “In Illo uno unum” (“En el único Cristo somos uno”). La unidad tiene así una razón sobrenatural: es, al mismo tiempo, querida y causada por Jesucristo. Jesús la quiere, eso está claro, pero es necesario que también nosotros la queramos: “Hermanos y hermanas, quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.”

El primer gran deseo del Papa es la unidad. Su tarea fundamental es conseguir, bajo la guía del Espíritu Santo, la unidad de “la católica”, es decir, la unidad en medio de la universalidad y la diferencia. Pero el Papa es consciente de que no está sólo en este cometido. Junto con él, todos los bautizados estamos llamados a ser artífices de la unidad: “nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad.” 

La visión de León XIV es amplia: no se trata sólo de restaurar la unidad fragmentada en el seno de la Iglesia, sino de ser instrumentos de unidad para la humanidad entera, no sólo los católicos. Así lo expresa con claridad en su homilía: “Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz.”

Es decir, la unidad se va construyendo como en círculos concéntricos: primero entre los católicos entre sí, pero a partir de ahí se trata de construir puentes con los integrantes de otras confesiones cristianas y, a partir de ahí, con personas de otras religiones -comenzando con los judíos, nuestros “hermanos mayores en la fe”-, con personas que están en búsqueda de Dios, y con los ateos y agnósticos de buena voluntad, con los que podemos trabajar juntos para construir un mundo mejor. Podemos colaborar unidos, para instaurar el Reino de Dios, reino de justicia y de paz, con todos los hombres de buen corazón. León XIV busca entonces más lo que nos une que los que nos divide, para hacer sinergia en beneficio de la Iglesia primero, pero de la humanidad también.

El nacimiento de un pontífice

El nacimiento de un pontífice

La llegada de un nuevo Papa siempre es un momento delicado de la historia de la Iglesia. También constituye una ocasión de profunda esperanza. El advenimiento de León XIV no ha sido la excepción, máxime cuando ha sido fruto de un cónclave muy breve, lo que transluce un evento de profunda unidad eclesial.

El entusiasmo por el nuevo pontífice ha sido generalizado, se ha vivido un auténtico coro de acogida en toda la Iglesia. En esta ocasión no sólo la Iglesia, sino el mundo entero estaba a la ansiosa expectativa de quien sería el siguiente sucesor de Pedro. León XIV nos ha sorprendido a todos. En cierta forma, su elección expresa una instantánea de cómo está la Iglesia en la actualidad. Se trata de un Papa Americano, no en el sentido exclusivo de norteamericano, estadounidense, sino de toda América, la del norte y la del sur. Al día de hoy, la mayor parte de la Iglesia se encuentra en América y, desde un punto de vista tanto geopolítico como eclesial, resulta necesario, si no urgente, reconciliar a “las dos américas”, la del norte y la del sur. Si esa reconciliación pudiera encarnarse en una persona, esa sería León XIV.

Nació en los Estados Unidos, pero su ministerio lo ha desarrollado a caballo entre Norteamérica, el Perú y Roma. Ha sido, por lo demás, variopinto y rico: superior general de los agustinos, obispo de una diócesis peruana, prefecto del dicasterio de obispos, misionero, profesor de seminario y juez de tribunal eclesiástico. Si a ello se le añade que es políglota, difícilmente podría haberse encontrado una persona con un perfil más completo y rico, para desempeñar el oficio del Vicario de Cristo.

Ahora bien, desde una perspectiva católica, de fe, al Papa se le quiere como venga, no es necesario que tenga todas las dotes humanas y sobrenaturales de León XIV; pero, gracias a Dios, las tiene y ello redundará seguramente en bien de la Iglesia y la sociedad. La labor de los cardenales en el cónclave va más allá de ser “head hunters”, no se realiza analizando el LinkedIn de los candidatos; ojalá fuera tan sencillo, se trata de discernir quién es el indicado, el que el Espíritu Santo desea para la Iglesia en el momento actual.

Por eso, más allá de esquemas sociopolíticos, sobre si es de izquierda o derecha, conservador o reformador, lo importante es situarnos en un horizonte sobrenatural. El Papa, sea quien sea, es el “Vicario de Cristo” en la Tierra o, en expresión de Santa Catalina de Siena, que tanto amó a la Iglesia y al Papa, “el dulce Cristo en la Tierra.” Creo que, en líneas generales, así lo hemos recibido los católicos, más allá de las diferentes alianzas o tendencias que pueda haber en el seno de la Iglesia. Y pienso que esa es la actitud correcta, la que es grata a Dios, la perspectiva de fe, sobrenatural.

¿Qué nos queda ahora a los católicos? Después de un primer momento comprensible, de pasmo o asombro, el camino es muy claro: rezar habitualmente por el Papa, hacer el esfuerzo por estar en sintonía con lo que dice, y para eso es necesario conocer su magisterio y, ¿por qué no?, difundirlo de modo amable y accesible ahí donde nos encontremos. No es banal el servicio que se presta a la Iglesia y, finalmente, a la causa de Jesucristo, el de quien busca “llevar Roma a la periferia”, en expresión de san Josemaría. Y ello resulta especialmente urgente cuando, en la práctica, los medios de comunicación, ajenos a todo sentido sobrenatural, y sedientos de sensacionalismo y polémica, son los que filtran las enseñanzas del Pontífice. Difundir la auténtica doctrina del Papa, darle contexto y vulgarizarla, viene a ser un claro servicio a la Iglesia y a las almas. Hacer amable y atractiva la figura y el mensaje del Papa es tarea de los buenos hijos de la Iglesia. Se trata, en definitiva, con una expresión del beato Álvaro del Portillo, de “hacer amable la verdad.” Ojalá que no seamos remisos en ese deber con León XIV los buenos hijos de la Iglesia.

La IA, el Espíritu Santo y el Cónclave

La IA, el Espíritu Santo y el Cónclave

¿De dónde viene la idea de que el Espíritu Santo guía al cónclave para elegir al Papa? ¿Es siempre y necesariamente el Papa electo el candidato del Espíritu Santo? ¿Esto sucede de forma necesaria, automática?

Debo reconocer que esta inquietud agitaba mi ánimo, más al leer unas palabras de Joseph Ratzinger pronunciadas en 1997, durante un programa para la televisión de Baviera:

“Yo no diría que el Espíritu Santo elige al Papa, pues no es que tome el control de la situación, sino que actúa como un buen maestro, que deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos… hay muchos papas que el Espíritu Santo probablemente no habría elegido… el papel del Espíritu Santo hay que entenderlo de un modo más flexible. No es que dicte el candidato por el que hay que votar. Probablemente, la única garantía que ofrece es que nosotros no arruinemos totalmente las cosas.”

Ratzinger corregía así dos visiones contrapuestas del proceso de elección de un sumo pontífice: por un lado, estaría la visión ingenua de pensar que prácticamente el Espíritu Santo ilumina a los cardenales, haciéndoles ver de forma inconfundible quien es el bueno. Por otro lado, estaría la versión excesivamente mundana, ajena a todo sentido sobrenatural, más o menos como aparece reflejada en la reciente película “Cónclave”, en la que todo se reduce a cálculos políticos de poder, intereses personales y poco más. En medio estaría el camino señalado por el teólogo bávaro: el Espíritu Santo acompaña, guía, pero no impone el candidato. Entran en juego tanto la gracia de Dios como la libertad de los cardenales, en su misterioso mutuo implicarse.

Contra lo que pudiera pensarse, esa perspectiva refleja de un modo mejor cómo, en realidad, toda la Iglesia está involucrada en la elección de un nuevo pontífice, no sólo los cardenales; pues no da igual que el resto de los fieles rece o no por el próximo Papa. No es un proceso automático, garantizado, en el que, independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer, Dios pondrá a su candidato de manera inconfundible e incontrovertible. No, no es así. Dios actúa, Dios habla, Dios ilumina, pero los cardenales conservan su libertad, y no tienen una certeza absoluta de que el candidato que ellos proponen sea en realidad el mejor. Para que eso suceda toda la Iglesia debe estar reunida en oración, de forma análoga a lo que dicen los Hechos de los Apóstoles 12, 5: “Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la iglesia oraba insistentemente a Dios por él.”

Para salir de la duda pregunté a la Inteligencia Artificial (Chat GPT y Magisterium AI) de dónde venía la idea de que el Espíritu Santo guiaba a los cardenales para elegir el “candidato de Dios.” La respuesta resulta interesante: “La idea de que el Espíritu Santo asiste a los cardenales durante el cónclave proviene de una comprensión teológica tradicional dentro de la Iglesia Católica, pero no es una afirmación dogmática ni garantiza que siempre se elija al mejor o más santo candidato.”

Esta idea tiene un fundamento múltiple. Se enraíza en la interpretación de algunos pasajes bíblicos, como el de Juan 14, 26, que afirma: “el Espíritu Santo os enseñará todas las cosas”; o el de Hechos de los Apóstoles 15,28, en el contexto del Concilio de Jerusalén (primer concilio de la Iglesia), donde se afirma: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias.” Se señala así que la Iglesia goza de la asistencia del Espíritu Santo en los asuntos esenciales, como puede ser la elección del sucesor de Pedro.

Pero, “la asistencia del Espíritu no implica que se imponga sobre la libertad humana, sino que puede inspirar, iluminar y mover las conciencias de los cardenales.” Por otra parte, los cardenales antes de comenzar el cónclave invocan al Espíritu Santo rezando el himno “Veni, Creator Spiritus, pidiendo expresamente su ayuda. Se entiende que, en la mente de los cardenales, ellos quieren ser intérpretes del Espíritu Santo y por eso piden su auxilio. “En resumen, la asistencia del Espíritu Santo es una creencia basada en la confianza en la acción de Dios en la Iglesia, pero no significa que la elección papal sea infalible o milagrosa. Es un acto humano que se desea sea guiado por Dios.”

La misma Inteligencia Artificial concluye mostrando la perspectiva sobrenatural desde la que se plantea la elección de un nuevo Papa, mostrando cómo se trata, en realidad, de una sinfonía de oración: “La Iglesia universal, unida espiritualmente a María, la Madre de Jesús, debe perseverar unánime en la oración; así la elección del nuevo Papa no será algo ajeno al Pueblo de Dios y concerniente únicamente al Colegio de electores, sino que será en cierto sentido un acto de toda la Iglesia.” Por lo tanto, a las puertas del Cónclave, en este momento histórico y delicado de la vida de la Iglesia, nuestra actitud debe ser como la de los apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, a la espera del Espíritu Santo, según nos lo narran los Hechos de los Apóstoles 1, 14: “Todos ellos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús.”

La muerte, Wojtyla y Bergoglio

La muerte, Wojtyla y Bergoglio

No dejan de tener cierto sabor “providencial” las similitudes existentes entre las muertes de san Juan Pablo II y Francisco. Pareciera que la Providencia quisiera marcar, en cierta forma, las similitudes entre ambos pontífices, igualmente carismáticos, como si la historia se repitiera con 20 años de diferencia.

Para ambos papas su última aparición pública fue el domingo de resurrección, la principal fiesta litúrgica del año. En ambos casos esta aparición estuvo precedida por una o varias estancias en el Policlínico Gemelli, el hospital del Vaticano. Tanto Wojtyla como Bergoglio pasaron cierto tiempo internados en la clínica antes del desenlace final. Es inolvidable la escena en la que san Juan Pablo II intenta saludar a la multitud reunida en la Plaza de san Pedro, para dar la bendición en el día de Pascua, sin poder hacerlo en voz alta debido a la traqueostomía que tenía. De manera análoga, Francisco pudo dirigir algunas pocas palabras con sumo esfuerzo, pidiéndole a una persona que leyera su mensaje pascual. En el caso de Francisco, él sí tuvo la suficiente energía para dar una última vuelta por la plaza con el “papamóvil.” Pero en ambos casos, su última aparición pública fue en el domingo de Pascua.

San Juan Pablo II murió la víspera de la fiesta de la Divina Misericordia, fiesta litúrgica instituida por él mismo, a la que tenía una particular devoción. Los funerales de Francisco fueron la víspera de la Divina Misericordia. Ambos papas reunieron en la Plaza de san Pedro a lo más granado de las autoridades civiles y religiosas del mundo con motivo de su funeral, mostrando ello, de alguna forma, el reconocimiento que el mundo civil le daba a su actividad religiosa

Los dos papas murieron en la “semana de pascua”, el octavario con el cual la Iglesia celebra solemnemente la alegría de la resurrección de Jesús. Es decir, murieron en medio de un clima litúrgico de inmensa alegría, como si la Providencia no quisiera que nos pusiéramos tristes por su causa, sino que, por el contrario, nos llenáramos de alegría por su partida a la casa del Padre. Curiosamente, en ambos casos, la homilía de su Misa de funeral, tuvo semejanzas. En las dos ocasiones, como mandan las rúbricas, la Misa fue presidida por el Cardenal Decano del Colegio Cardenalicio; los cardenales Ratzinger y Re respectivamente. Los dos cardenales, en su homilía, recordaron el último saludo de los pontífices fallecidos, en la plaza de san Pedro. Ambos hicieron mención a que ahora nos bendicen desde la “casa del Padre”.

Ambos papas fueron muy devotos de la Divina Misericordia y de la Virgen María. San Juan Pablo II eligió como lema pontificio “Totus tuus” (“Todo tuyo”), refiriéndose a la Virgen. Francisco, por su parte, pidió ser enterrado en la Basílica de Santa María la Mayor, en vez de el Vaticano. Francisco, además, tenía la costumbre de visitar dicha basílica antes y después de sus viajes pontificios. La visitó por última vez al salir del policlínico Gemelli, después de su larga convalecencia.

En cualquier caso, parece como si la Providencia quisiera “hermanar” a los dos papas, ambos pontificados. Los dos fueron marcadamente revolucionarios en cuanto a los protocolos vaticanos y la forma de ejercer el papado. Los dos acercaron la figura del pontífice a la gente. Ambos tuvieron un marcado carisma y dejaron una honda impronta en la Iglesia y en el mundo, de la cual dieron fe sus ceremonias exequiales. De alguna forma Francisco fue heredero de san Juan Pablo II y también como “su creación”. En efecto, fue san Juan Pablo II quien primero hizo obispo a Jorge Mario Bergoglio y más tarde lo creó cardenal, abriéndole así el camino hacia el Papado. Por su parte, el papa Francisco fue el que canonizó a san Juan Pablo II, convirtiendo de esa forma su culto en universal.

Mucho se ha hablado de las diferencias entre ambos papas y entre los dos pontificados. Hay quienes los quieren ver en clave antitética incluso, enfrentados en forma dialéctica. Y, sin embargo, parece que la Providencia quiere subrayar, a través de estos hitos, más sus semejanzas que sus diferencias. Mostrando así, misteriosamente, su continuidad, en medio de los diferentes estilos. Una última coincidencia es que ambos papas fueron pontífices del jubileo. San Juan Pablo II del jubileo del año 2000, que felizmente pudo culminar; Francisco del jubileo del 2025, que dejó apenas incoado.  Esperemos que ambos, desde el Cielo, sigan intercediendo por la Iglesia, especialmente por la unidad de la misma.

El legado de Francisco

El legado de Francisco

Hace poco más de doce años participaba en un programa de televisión católica, en el canal peruano JN 19.  Nos habían invitado a dos sacerdotes para comentar el cónclave, con la pretensión de “adivinar” quién sería el próximo papa. Obviamente no teníamos ni idea, pero hicimos nuestro mejor esfuerzo. En ese momento preciso salió la “fumata blanca” y unos minutos después el nombre del elegido: Jorge Mario Bergoglio. Nos sorprendió a todos, no nos lo esperábamos, a pesar de ser presuntos “vaticanistas”. Se trataba del primer papa latinoamericano, primer papa jesuita de la historia y primer papa en elegir como nombre pontificio “Francisco.”

Y, ¡vaya que Francisco ha hecho historia! A lo largo de estos doce años su pontificado ha marcado hondamente a la Iglesia, dejando una profunda huella. Simplificó la figura del Papa, la acercó a la gente, poniendo el énfasis en que es “obispo de Roma”, quitándole ínfulas al cargo.

Su pontificado es susceptible de dos lecturas antagónicas: una que subraya la “hermenéutica de la ruptura”, en feliz expresión del papa Benedicto XVI, frente a la que ofrece una hermenéutica de la continuidad. Se puede tener, en consecuencia, una visión antitética y una versión complementaria de los últimos pontificados. La realidad, sin embargo, no suele ser tan simple, ni resulta correcto, ordinariamente, reducirla a esquemas dicotómicos.

Francisco desarrolló, por ejemplo, algunas de las líneas de fuerza del pontificado de san Juan Pablo II: la misericordia, la centralidad de la persona. Si el papa polaco instituyó la fiesta de la Misericordia divina, en cuyas vísperas falleció, Francisco nos ha enseñado, yendo él por delante, a vivir la misericordia en primera persona, con los necesitados y con los que sufren. Es el ejemplo de la misericordia hecha vida, y como nota programática de la misión de la Iglesia.

Francisco complementó al pontificado de Benedicto XVI. Si para el papa alemán lo importante era la ortodoxia (la doctrina recta, como deja ver su lema: “cooperadores veritatis”), para Francisco lo importante es la “ortopraxis”, la práctica correcta, la puesta por obra de la caridad y la misericordia. Y más que ver a los dos pontificados como antitéticos, se pueden contemplar como complementarios. Finalmente, desde una perspectiva de fe, es el Espíritu Santo el que va dando sus líneas maestras a la Iglesia sirviéndose de los papas como instrumentos.

De Francisco destacan su coherencia y su autenticidad. Su empeño por llevar a la práctica las directrices del Evangelio, con gestos a la par simbólicos y elocuentes: celebrar su cumpleaños con mendigos de la calle, darles acogida en el Vaticano, celebrar la Misa In coena Domini en las prisiones, lavándole los pies a prisioneras y prisioneros, etc. La pobreza y el tenor sobrio de su vida, así como su cultura del trabajo dejan muy alto el listón de la sede papal.

Francisco diversificó los intereses políticos y sociales de la Santa Sede. Si antes estaban centrados, casi exclusivamente, en la promoción de la paz y la defensa de la vida, especialmente en la lucha contra el aborto y la eutanasia; ahora, sin dejar aquellos rubros, la Iglesia ha subido un clamor incesante por los migrantes y refugiados, así como en la defensa de nuestra casa común, es decir del planeta. El magisterio de Francisco sobre la ecología es bastante rico y elocuente.

Imagen generada con IA.

Otro tema donde Francisco ha sido pionero, y que ha impactado profundamente en la forma de entender la Iglesia y hacer la Iglesia es la sinodalidad, como forma de dirigirla y encauzarla. También durante su pontificado, se ha observado un lento pero progresivo protagonismo de la mujer en el seno de la Santa Sede. Claramente Francisco tuvo la intención de colocar a mujeres en altos puestos del Vaticano, para beneficiarse de la impronta femenina en la organización y el gobierno de la Iglesia.

En fin, Francisco, desde el primer momento de su pontificado, luchó por conseguir y promover una Iglesia abierta, “en salida”, como le gustaba decir, donde caben todas y todos, y donde nadie se sienta incómodo o excluido, como, por ejemplo, las personas homosexuales o los divorciados vueltos a casar. Un buen amigo, nada practicante, al enterarse de su fallecimiento, me escribió: “Siempre lo recordaremos, sobre todo cuando mencionó: «En la Iglesia ninguno sobra. Ninguno está de más. Hay espacio para todos. Así como somos.»”

¿Cuáles serán los principales desafíos del próximo papa? El sucesor de Francisco se encuentra con una Iglesia marcadamente dividida. Muchos miembros de la Iglesia han leído la ortopraxis de Francisco en clave antagónica o dialéctica respecto a la ortodoxia de Benedicto XVI y san Juan Pablo II. Tres han sido los hitos que han provocado esta deriva antagónica: la ambigüedad del capítulo octavo de Amoris Laetitia, que abre la puerta de la comunión a divorciados vueltos a casar; el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe llamado Fiducia suplicans, donde se permite dar bendiciones a parejas homosexuales; y el hecho de que personas marcadamente heterodoxas participaran en los sínodos, especialmente en los sínodos sobre la sinodalidad.

En ese sentido se ha simplificado superficialmente la división en el seno de la Iglesia entre liberales o reformistas y conservadores; entre una Iglesia que se mimetiza con el mundo -mundana a fin de cuentas- y otra que desarrolla una función profética respecto del mundo, denunciado su corrupción y yendo contra corriente. El nuevo papa se enfrenta con una Iglesia dividida, y tiene el desafío de ser el vínculo de unidad en el seno de la misma, que es la misión específica de todo sumo pontífice Por nuestra parte, a los fieles católicos no nos queda sino rezar por el eterno descanso de Francisco y por el papa que va a recibir su legado, que no la tiene fácil.

MDNMDN