En la cima de un risco, lejos de los hombres, cerca de Dios, había un pueblucho. Su placita era la joya del pueblo, con su fuente, su farola y sus gorriones. Artesanos, zapateros y alguna viejecita sin dientes ni paciencia, una que otra casa en medio de las rocas, una iglesia y poco más.
Llegó un día Don Belisario, gran empresario. Llegó con todo y asistente, con corbata y zapatos relucientes. Llegó con grandes planes para aquel lugar. Sabía a qué venía y no iba a fallar. Preguntó rápidamente por quien allí diera las órdenes. Horas después, se presentó Hipómenes.
— ¿Es usted quien manda aquí?
— Sí, se podría decir.
— Quiero hacer negocio con este pueblo hermoso.
— De eso no sé decirle, pues mío no es.
— Vale, pero podrá mostrármelo.
— De acuerdo.
Fue pues Hipómenes delante, con Belisario detrás, mostrándole lo poco que podía mostrar. Llegaron al risco, con su vista hermosa, y Don Belisario, codicioso como era, quiso tomarla toda y, en su codicia, avanzó de más.
Mire usted, Don Belisario, que, si no quería caerse, no debió haberse parado tan cerca de la orilla.

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