La cueva interior

por | Ago 21, 2024 | 1 Comentario

Hay una escena en Fight Club, de David Fincher, en la que el Narrador, personaje principal de la película, participa en una sesión de meditación guiada, donde la instructora invita a todos los participantes a entrar en sí mismos, a su cueva interior. Ahí dentro, muy en el fondo de su propia persona, encuentra a su animal interior, su power animal, el cual resulta ser un pingüino que lo invita a “deslizarse”.

En el contexto de la película, sabemos que el Narrador está pasando por un momento difícil de su vida. No se trata de una crisis novelesca. Él mismo lo dice. No se está muriendo, no tiene cáncer, no sufre de ninguna condición psicológica particularmente angustiante o difícil de sobrellevar, simplemente está hastiado. Está cansado de su vida, de su trabajo rutinario y mediocre, de su soledad.

Escenas como la del pingüino me parecen absolutamente maravillosas. Parece que algo significativo está por suceder. Una sesión de meditación guiada debería llevar a una gran reflexión, a un descubrimiento profundo de sí mismo. Efectivamente, entra dentro de sí, entra en su cueva, en la parte más interna de su ser, para encontrar que ahí no hay nada más que un pingüino. ¿Qué tiene que ver con nada? Qué importa, es genial. Es una de esas escenas con sustancia, pero lo suficientemente ambiguas para dar espacio a la generación de una amplia gama de interpretaciones pedorras y pretenciosas de parte de todo tipo de “expertos” (véase el presente artículo).

Para mí, ofrece una burla magistral de la búsqueda de “experiencias” que tanto atrae hoy en día. Sobre todo cuando se trata de espiritualidad chatarra como el yoga, los retiros con drogas o los gurús y consejeros de vida como Oso Trava. Somos muchos los que vamos por la vida como el Narrador. Cansados, hastiados, buscando algo más. Muchos no saben ni siquiera qué es eso que están buscando. De ahí se deriva el éxito de toda esta pseudo espiritualidad (a veces disfrazada con nombres como “mindfulness”) que nos venden refinada y procesada para que sea fácil de digerir. Nada de lo anterior pretende implicar que este tipo de experiencias no ofrecen nada de valor. También un gansito tiene algo de valor nutricional, pero no creo que una buena dieta los incluya como base y mucho menos como único alimento.

Por otro lado, dio lugar en mí a una reflexión que me ha acompañado por años. Es verdad que todos tenemos un lugar interior. Una cueva donde sólo nosotros podemos entrar. Un espacio donde se esconden los deseos y los miedos más profundos de nuestro corazón. Quien hace el esfuerzo por entrar a esa cueva, se encuentra cara a cara con su esencia y logra conocerse mejor. Los monjes cistercienses tienen como uno de los pilares de su espiritualidad y modo de vida el encuentro con el propio ser. Este encuentro lleva a un conocimiento más profundo de uno mismo, que lleva a un conocimiento más profundo de Dios. Esa cueva termina siendo el lugar más maravilloso del mundo, porque en el fondo, en el centro, no hay un pingüino, hay un Dios.

Eso es lo que todos buscamos. Nuestra alma anhela la unidad con lo divino. La tendencia natural apunta a buscar en el exterior, en los demás, en la riqueza, en el éxito profesional, en publicar un libro, en terminar esa maestría. Buscamos esa divinidad que anhelamos y que sabemos nuestra de alguna forma.

La paradoja es que esa grandeza está encerrada dentro de nosotros. Cualquier persona que busque con sinceridad terminará por darse cuenta del valor de conocerse a uno mismo, y al conocerse, terminará por encontrarse con Dios. Si el Narrador siguiera entrando a esa cueva con regularidad, terminaría por encontrar el brillo radiante de lo divino en lugar de un pingüino.

Lo más maravilloso es que se trata de un ciclo infinito. Conociéndonos conocemos a Dios. Conociendo a Dios nos conocemos a nosotros. Cada vez que se repite el ciclo entramos más dentro de nosotros y más dentro de la divinidad. Esa es la verdadera meditación.

Por esto son tan geniales escenas como esta. Por un lado, puede ser una burla o algo totalmente trivial. Es posible que el guionista no tuviera ninguna intención más allá de generar una escena bizarra y quizá generar comentarios como el mío. Por otro lado, tiene una cierta profundidad enraizada en profundos anhelos humanos. Representa de forma corta y cómica el viaje de autoconocimiento que todos estamos llamados a emprender y que comienza por entrar a esa cueva interior con honestidad y apertura.

En resumen, recomiendo ampliamente ver Fight Club, sobre todo si disfrutas las sátiras cargadas de sarcasmo e ironía.

Marduk Ilim

Marduk Ilim

1 Comentario

  1. María de la Parra

    ¡Me encanta!

    Responder

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