Afganistán ha estado varias veces en la mira y como centro de las noticas: país clave para la ruta de la seda, régimen talibán, ocupación soviética, guerra civil, invasión y abandono de las tropas estadounidenses, la captura y muerte de Osama bin Laden y el regreso de los talibanes. Afganistán tiene una vasta historia y cultura, que desgraciadamente es casi ignorada e incluso intenta ser borrada por el régimen totalitario. Las ruinas arqueológicas no sólo no son estudiadas, sino que incluso son destruidas en un afán de borrar la memoria histórica, dejando al pueblo en la ignorancia de sus orígenes.
Desde hace años, Afganistán tiene una situación precaria: pobreza, corrupción, guerra, violencia y falta de libertad. Debido a estos y otros problemas más, se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo para las mujeres.
En una provincia cercana a Kabul, nació Maryam H., una de las pocas mujeres afganas que ha podido ir a la universidad. Maryam estudió para convertirse en maestra y trabajaba en una escuela de su localidad. El padre de Maryam era un hombre más liberal, por lo que permitió que su hija estudiara y fuera más independiente; es la única mujer de su familia que ha estudiado hasta la universidad. La mayoría atiende la escuela hasta los 8 o 9 años. Sin embargo, aunque las mujeres estudien y trabajen, siempre van a depender de un hombre que se los permita. La hermana menor de Maryam no corrió con la misma suerte. Cuando su padre murió, su hermano se convirtió en su tutor y decidió que se quedara en casa a ayudar a su madre y cuñada en las labores del hogar.
Maryam se enfrentó a un régimen retrógrado al estudiar y trabajar, pero también ha luchado constantemente contra los papeles establecidos por la sociedad. En una comunidad que pide sumisión femenina, ella salía con su velo a educar a los niños y ganaba el dinero suficiente para sentirse independiente e ignorar las habladurías. Se dice que el ocio es la madre de todos los vicios, y en efecto, una mala concepción de ocio lo es. El aburrimiento nos hace estar muy al pendiente de lo que hace el vecino. En cuanto nos aburrimos, abrimos Facebook para chismosear lo que otros hacen o al menos los memes que comparten.
En un país en el que casi no hay trabajo y un gran porcentaje de desocupación los cotilleos no se hacen esperar: que si estudia; que si trabaja; que si no limpia bien la casa; que si es mala ama de casa; que no cocina bien; que no es buena anfitriona; que si sale con sus amigas; que si es seria o se ríe; que se compró una blusa nueva con su salario; que no atiende al marido como se debe; que está casada y no ha tenido hijos; que si es buena o mala musulmana e hija. Porque, a fin de cuentas, un pueblo chico es un infierno grande.
Hace casi cuatro años un cerebro se fugó de Afganistán: Maryam y su esposo tomaron un vuelo hacia Berlín y pidieron asilo político. Afortunadamente, no experimentaron una travesía riesgosa, de vida o muerte, como muchos migrantes que, huyendo de la violencia y la miseria, se ahogan en el Mediterráneo. Alí, el esposo de Maryam, vivió durante varios años en Italia por lo que les resultó un poco más fácil llegar a Alemania y pedir refugio. Sin embargo, esto no significa que la vida súbitamente se haya tornado sencilla.
Es un error pensar que el migrante se encuentra en una situación por completo privilegiada, si bien ya no teme que le corten la cabeza, en caso de que huyera de la violencia, tiene otras preocupaciones y tristezas.
No por estar en un país primermundista, de pronto, te encuentras nadando en dinero y con lujos. Quizá la mayor tristeza del migrante, y hablo también por mí misma, es tener el corazón partido en dos: estás aquí, en Berlín, pero también estás allá, en tu tierra (Heimat) y con los tuyos. Y tienes el corazón desgarrado: estás en un lugar donde los tuyos no están y piensas en tus padres, hermanos, amigos y en tu gente. Porque aunque estés en otro lugar, el destino de tu país te sigue importando. El migrante vive con un pie aquí y otro allá.
Hace algunos años conocí a Maryam en el curso de integración, que todos los migrantes que llegan a Alemania deben tomar. En estos cursos, he conocido a muchos migrantes con calidad de refugiados, con historias muy fuertes e interesantes, dignas de una película, de esas que te hacen llorar.
Foto: Faruk Toklogluo
En esas clases, estaba Maryam, con sus hiyabs coloridos y sonriente, inmediatamente nos hicimos amigas. A pesar de las diferencias culturales e historia de vida, compartimos el hecho de ser mujeres migrantes en Alemania; y eso nos permite ponernos en los zapatos de la otra. Cada vez que en los cursos nos preguntaban de dónde veníamos, qué hacíamos antes, por qué estábamos en Berlín y cuáles eran nuestros planes; me sentía un poco avergonzada porque mi motivo puede resultar banal en comparación con los motivos de mis compañeros. No escapé de la guerra y tampoco me jugué la vida cruzando fronteras. Simplemente tomé un vuelo, con un par de escalas, desde la Ciudad de México con destino a Berlín. Ante aquellas preguntas, rompehielos, respondía escuetamente: me casé con un alemán y por eso estoy aquí. Banal o no, ese es mi motivo e historia.
Por el contrario, aunque Maryam tuviera un trabajo, se fue de Afganistán por la violencia y desempleo que azotaban al país. Maryam era maestra y no cabe duda que hacía un gran bien en Afganistán, sin embargo, su tierra no tenía las condiciones necesarias para que ella se desarrollara ahí; y eso es una mayor pérdida para Afganistán que para ella.
El camino del migrante en Alemania es más lento en comparación con los migrantes que van a lugares con un idioma más accesible. Primero, tiene que aprender el idioma y muchas veces tiene que replantearse lo que quiere hacer en el futuro.
Maryam era maestra en Afganistán, pero es muy posible que no vuelva a pararse en un salón de clases frente a los estudiantes. Para ello necesitaría un nivel de alemán muy alto, como si fuera su lengua materna, además de revalidar sus títulos (en caso de que sus estudios pudieran ser reconocidos en Alemania) y muy posiblemente tendría que estudiar de nuevo una carrera para ser maestra. No es imposible, pero es un largo camino. Por circunstancias como esta, muchos migrantes, a pesar de sus estudios universitarios y vocación, tienen que dar un giro laboral drástico al dejar su país. La llegada a un país obliga a reflexionar sobre el futuro, a buscar nuevas pasiones y diversas perspectivas.
Ser migrante no es sencillo, y creo que ser refugiado es aún más difícil, aunque en ocasiones los refugiados tienen más ayudas gubernamentales que los migrantes, al menos en Alemania.
Maryam vivió por tres años en diferentes campos de refugiados. Al principio, pasó seis meses en una casa de mujeres, separada de su esposo. Después los asignaron a un nuevo refugio (Heim), en el que al fin pudieron estar juntos. Tenían una habitación propia y podían utilizar la sala común, los aseos y la cocina. Para evitarle preocupaciones a su madre, Maryam no le contó cómo vivían, y en una video-llamada le mostró la casa de una amiga como si fuera la suya. Mientras en Afganistán, todos hablaban de ella, sobre todo juzgándola porque no enviaba dinero a su familia ¿Pero qué dinero iba a enviar, si vivía en un refugio y sólo tenía los euros necesarios para la despensa mensual? Y si no la juzgaban por su supuesta fortuna, la juzgaban por su bebé perdido, presionando a su marido para que se divorciara de ella y se casara con una mujer que pudiera darle hijos.
Las preocupaciones y tristezas de Maryam eran muchas: el idioma, encontrar un departamento, buscar trabajo, la burocracia, que el marido cediera a la presión y la dejara, el bebé que perdió, la salud de su madre, la escasez de su tierra y recientemente el regreso de los talibanes que pone en peligro la vida de su hermana menor.
Afortunadamente, no todo en la vida es drama. Hace un año le avisaron a Maryam que habían sido elegidos para ocupar un departamento. Al fin tenía un lugar propio, que sí podía enseñar a su madre. Ya no tendría que mentirle para no preocuparla.
Maryam es una afgana moderna, aunque no reniega de su religión y costumbres; estudió, trabajó y se está integrando a la sociedad alemana. Maryam está construyendo una vida en Berlín. Después de mucho tiempo y los cuidados intensivos de un embarazo de riesgo, y soportando la presión social que la apachurraba desde Afganistán, dio a luz a una pequeña.
Hace un par de meses la visité, me sorprendió que me recibiera sin hiyab, por estar en casa y ser de confianza, en seguida me presentó a la pequeña Diana. Un nombre que me pareció más occidental que afgano. Ella me dijo que es mejor así, sin duda la decisión le facilitará las cosas a la bebé afgano-alemana. Aunque para la sociedad afgana lo más deseable es un varón, esas tonterías tienen sin cuidado a Maryam, quien está desbordada de amor y alegría por Diana. La pequeña tendrá el ejemplo de una mujer fuerte que hizo lo que quiso en una tierra llena de prohibiciones, y la pequeña gozará de libertad de ser lo que quiera en un país que no sofoca a las mujeres.
En el exilio judío en Babilonia (586 – 537 a. C.), el emperador Nabucodonosor seleccionó a los intelectuales y a los que podrían ser de utilidad para ser deportados a su imperio, uno de los primeros registros de fuga de cerebros. Qué ironía que alguna vez estas tierras pertenecieron a un imperio que, lejos de expulsar cerebros, quisiera acapararlos.
Lo esperable es que cada miembro de la sociedad mejore la comunidad en que vive, no sólo por el bien propio, sino del país.
¿Qué se espera de una tierra que no ofrece las condiciones para que sus cerebros se desarrollen? Aridez. Así de simple. Alguna razón tendrán para desear que su gente continúe en la miseria, la turbulencia de la violencia y la ignorancia ¿Cuánto bien no habría hecho Maryam en Afganistán? ¿A cuántos niños habría educado? ¿A cuántas niñas habría inspirado a estudiar? Nunca lo sabremos.
Con certeza, puedo afirmar que Afganistán perdió a un miembro clave de su sociedad, que habría colaborado en transformar a Afganistán en un lugar mejor. Porque el bien común se construye a diario con pequeñas acciones. Maryam perdió su patria, probablemente nunca vuelva a pisar Afganistán; probablemente ni siquiera podrá acompañar a su madre cuando muera. No puede ayudar a su hermana, no verá a sus sobrinos crecer y se convertirán en desconocidos.
Mientras que la pequeña Diana crecerá hablando alemán, con algunas nociones del persa, conocerá a su abuela y a su tía solamente de oídas y sin una relación directa con la tierra de sus padres. Junto con la maestra Maryam, Afganistán perdió el abanico de posibilidades que representa Diana, quien sin duda tendrá más oportunidades en Alemania. El impacto de la fuga de cerebros muchas veces alcanza más de una generación.
Maryam tiene el corazón partido en dos, dividido entre Afganistán y Berlín; entre la familia que dejó y la familia que está formando; entre su pasado y el futuro que espera construir.
Estimados lectores, hace unos pocos días llegó a mis manos, como un regalo de mis padres, una bolsa de papel que contenía en su interior un delicioso bollo llamado “chocolatín”. Este hecho ordinario me llevó a escribir las conexiones existentes entre este delicioso manjar de trigo y la historia que les comparto. En verdad les digo que soy un glotón. He comido decenas de veces esta pieza de pan, pero ninguno como este. La belleza exterior me volvió dubitativo para decidir si algo tan sublime debía ser devorado por las fauces del homo sapiens que suscribe. He de advertir que las tribulaciones fueron cortas e hinque el diente en el panificado tras tres segundos de acalorado debate interior para descubrir que existía una proporción directamente proporcional entre el elemento exterior con el interior: sublime en diseño y en sabor.
Este frenesí de sabor y textura alimentó mi curiosidad de conocer el origen de este delicado bizcocho. En la pesquisa descubrí la relación entre éste y los austriacos. El Chocolatín está clasificado dentro de la panadería vienesa, conocida como Viennoiserie. Nuestro invitado está elaborado con masa de trigo y mantequilla, el amasado requiere destreza y dedicación del artesano panadero para ser de calidad, a fin de lograr el esponjado en capas que se entrelazan al contacto de calor del horno.
Antes de dar a conocer las conexiones históricas, quisiera comentar al lector, que el pan que llegó a mis manos denotaba el esmero y labor de quién conoce el oficio gastronómico y no es tentado a la charlatanería de las cadenas de hamburguesas que venden productos cuyas fotografías no son acordes a lo que recibe el comensal.
En mi boca, el chocolatín, transformó mis sensaciones, se dirigió a mis cinco sentidos y despertó mi curiosidad. Tras investigar, descubrí que el método de elaboración es concomitante con otro de los panes más famosos del mundo: el Croissant.
He notado que tanto el chocolatín como el croissant están hechos con la misma masa de lo que en México conocemos como Cuernito. El croissant y el chocolatín no sólo comparten casi la misma receta, sino que su conexión es de origen histórico.
El croissant se remonta a Viena en los postrimeros años del siglo XVII. La batalla de Kahlenberg, o segundo sitio de Viena, tuvo lugar los días 11 y 12 de septiembre de 1683. El Sacro Imperio Romano Germánico y la Liga Santa (Mancomunidad de Polonia-Lituania) resistieron por dos meses el asedio de las tropas otomanas, antes de que se librara esta batalla. El rey Leopoldo, de Polonia, decidió intervenir en la cruzada para prever que una ciudad cristiana cayera bajo el dominio musulmán. El éxito de la batalla por parte de los defensores evitó el avance del Imperio Otomano en Europa.
Pero ¿qué relación hay entre esta batalla y el croissant?
La leyenda cuenta que fue creado para conmemorar el levantamiento del sitio que el ejército otomano ejercía en la ciudad en 1683. Los panaderos vieneses, que laboraban en la noche, descubrieron que los turcos estaban cavando túneles bajo las murallas para entrar sin ser vistos; dieron la voz de alarma, y así impidieron el asalto y salvaron a Viena de sucumbir ante el invasor.
Ante tal éxito, el rey de Polonia y Lituania, encargó a los panaderos la creación de un pan con la forma de luna en cuarto creciente, emblema de los turcos y así surgió el kipferl, y sus posteriores variaciones: croissant, cornetto, brioche, cuernito y chocolatín. Si la leyenda es cierta y los vieneses no hubiesen ganado, quizá el croissant no existiría como lo conocemos.
Afortunadamente, este bollo, fue posteriormente introducido a la corte francesa por María Antonieta de Austria en 1770. De ahí que pueda desatar confusiones sobre su origen francés.
August Zang, un pastelero austriaco, abrió en 1838 su panadería en París: la Boulangerie Viennoise, y entre todos los bollos se encontraba el Kipferl. Pronto la panadería vienesa y su variedad de bollos y pasteles se volvieron muy populares en París.
Es hasta 1920 cuando aparece el croissant tal y como lo conocemos ahora: los panaderos parisinos remplazaron la masa original por una de hojaldre con manteca, que es un orgullo de la panadería francesa para el deleite de la humanidad.
Lo antes narrado, fue un acontecimiento para mí, porque había vivido engañado durante mi media centuria de vida pensando erróneamente que el croissant era de origen francés y que su forma era en alusión a las cornamentas del ganado vacuno.
Ahora, cuando el lector coma un croissant evocará en su imaginación la media luna de la bandera turca y el origen austriaco de este bollo.
«Que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea.» Cor, 14:34
¿Debe una mujer guardar silencio en la asamblea? Esta afirmación ha generado controversia durante siglos. Con el paso del tiempo, ha aumentado la cantidad de opiniones al respecto. Sin embargo, estas tienden a dividirse en dos posturas principales; por un lado, quienes siguen creyendo que la mujer no tiene la capacidad de ejercer ningún tipo de liderazgo, y por el otro, los que defienden que sí la tiene.
El primer grupo, suele sostenerse en lecturas literalistas de algunos pasajes bíblicos y en el caso del islam y el judaísmo de sus propios libros sagrados y comentarios de los eruditos. El segundo grupo, en cambio, está conformado por personas que se hacen preguntas y no se conforman con aceptar la información que dicta alguien más, y que buscan comprobar o analizar por sí mismas lo que se dice.
Si bien algunas religiones han sido escenario de movimientos y corrientes que luchan por la igualdad de género desafiando las interpretaciones patriarcales de las enseñanzas religiosas e intentado modificar los textos desde una perspectiva actual, aún está pendiente un cambio radical que promueva una evolución profunda en el pensamiento religioso, político y social.
Aunque este tema pueda parecer relevante sólo para quienes practican una religión o están interesados en el tema del feminismo, en realidad tiene un trasfondo mucho más impactante, del cual no todos somos conscientes: la formación del comportamiento social a partir de creencias que se han aprendido y enseñado durante siglos.
La fe y los roles de género son objetos de estudio amplios y complejos, a continuación se presentan cuatro objetivos que nos permitirán adentrarnos en este vasto universo de información. No sólo funcionará para conocer el origen del problema sino también, lo que esto podría significar para el futuro.
La influencia de la religión en la vida cotidiana
“La mujer cuando conciba y dé luz a un varón, será inmunda siete días pero si diera luz a una niña, será inmunda dos semanas.” Lev 12: 1,2,5
No es posible entender completamente la construcción de las problemáticas sociales sin revisar el papel de la religión; incluso, es posible que sin esta revisión no logremos generar los cambios significativos que dichas problemáticas requieren. La vigencia de las religiones en el mundo actual no es un simple hecho cultural sin relevancia; por el contrario, demuestra cómo tocan dimensiones profundas de la existencia humana: como el anhelo de trascender, el sentido de pertenecer, y la búsqueda de significado de la vida.
Religión y política no solo han coexistido desde tiempos antiguos, sino que constantemente se alimentan una de la otra. Por ejemplo, sin la figura del demonio no se entenderían los conceptos del bien y el mal en nuestra cotidianidad, y por ende tampoco existiría una noción clara de la justicia. Muchas de las estructuras modernas hablando desde la política, provienen directamente de tradiciones religiosas, lo que hace imposible comprender lo político sin considerar lo religioso.
Algunas interpretaciones de los textos religiosos han dado pie para justificar la desigualdad de género, esto ha sucedido desde hace siglos hasta nuestros días. Si observamos el imaginario básico de muchas doctrinas , veremos que la mujer suele ser representada como símbolo del mal, del pecado, y del origen de la desgracia humana, mientras que el hombre representa lo virtuoso y divino. Aunque estas creencias no sean la única causa de la discriminación, tienen un peso significativo en la formación de pensamientos y valores sociales, tanto en el pasado como en el presente, y probablemente también en el futuro.
El pensamiento precede la acción
“Odio a la mujer docta. Ojalá no entre a mi casa una mujer que sepa más de lo que debe saber.” Eurípides
Como enseñaron Kant y Descartes, pensar implica método, es decir, hacerlo con rigor, cuidado y estructura. No se trata simplemente de rechazar las ideas de los demás por no coincidir con las nuestras, pues pensar no significa adoptar una ideología y dejar que esta regule todo lo que sucede en nuestro día a día. Las ideologías son sistemas cerrados de pensamiento; en cambio, el pensamiento real es libre, abierto, y nos permite actuar con mayor conciencia.
Para poder creer algo, primero debemos tener la capacidad de cuestionarlo. Los contrarios pueden ser de gran ayuda para contraponer una idea con otra; así como no se puede comprender el bien sin antes reconocer la existencia del mal, tampoco podemos construir pensamientos libres sin antes desafiar lo que por años nos han enseñado como “la verdad”. Muchas veces, la religión establece límites entre lo correcto y lo incorrecto, lo que se debe hacer o evitar, y usualmente seguimos estas normas aún sin conocer realmente el motivo por el cual fueron establecidas.
Al analizar el comportamiento de las sociedades en torno a la fe podemos formular tres preguntas fundamentales: ¿Cambiará nuestra manera de actuar si nos enteramos que no existe una figura superior que nos vigile o imponga normas?¿Actuamos por amor a nosotros mismos, al prójimo, o por miedo al castigo divino?¿Realmente hemos indagado dentro de nuestro conocimiento para comprender porque creemos lo que creemos?
Muchas personas viven su fe a través de experiencias de autotrascendencia, o en otras palabras,comienzan a creer únicamente cuando enfrentan situaciones difíciles y de pronto algo sucede –milagro, revelación, iluminación de conciencia– que rompe el patrón. De tal manera que la experiencia religiosa tiene algo de incomunicable porque se trata de una vivencia personal. Por otro lado, aunque se consideren fieles creyentes, rara vez se atreven a investigar todo lo que implica seguir un pensamiento que bien puede derivar en ideología. Uno de los temas más debatidos en este sentido es el lugar de la mujer en las estructuras religiosas, ya que se justifica su subordinación a partir de los textos sagrados y los comentarios. Lo más preocupante es la manera en que estas ideas se normalizan y se presentan como incuestionables.
Conocer el pasado, vivir el presente, y actuar en el futuro son los tres pasos fundamentales para ser más conscientes de nuestras convicciones. Solo cuestionando las ideas heredadas y buscando acciones justas podemos construir una sociedad donde el pensamiento crítico y la igualdad convivan de forma democrática.
Dar voz a la mujer en las instituciones
“Las mujeres han de guardar la casa y el silencio.” Fidias
La desigualdad de género no es simplemente hablar sobre mujeres o de feminismo y señalar los problemas. Es, más bien, una invitación a revisar críticamente cómo ciertos estereotipos han distorsionado nuestra comprensión de figuras femeninas históricas generalmente marginadas. Las religiones han sido, a lo largo del tiempo, uno de los vehículos más poderosos para difundir imaginarios sociales a través de doctrinas, rituales y jerarquías que al día de hoy siguen colocando a la mujer en segundo plano.
Sin embargo, cuando se cuestiona la escasa participación de las mujeres en espacios de poder, ya sean religiosos, laborales o políticos, la mayoría de las instituciones sostienen que es un tema del pasado, argumentando que “las mujeres ya tienen la importancia que pedían”. Pero al observar la realidad, es evidente que esa afirmación está lejos de ser cierta. Aún persisten los reconocimientos simbólicos para aquellas mujeres que renuncian a las libertades modernas y se adhieren al modelo tradicional de castidad y obediencia.Paradójicamente los textos religiosos en su orígenes promovían la igualdad: “Ya no hay judío griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.” (Carta a los Gálatas 3:28).
La historia de las mujeres en la tradición cristiana ha sido narrada a menudo como una oscilación entre dos nombres: Eva y María. Dos figuras que, más que personas, se volvieron arquetipos; símbolos de lo que una mujer puede ser —o debe evitar ser, sin embargo María restaura el imaginario de la mujer.
Eva aparece en el origen como la transgresora. No es simplemente la que peca, sino la que desea. La que mira, escucha, razona, actúa. Su gesto ha sido condenado por siglos, pero también puede leerse como el despertar de la conciencia, como la entrada —dolorosa, sí, pero lúcida— en la historia humana. María, en cambio, ha sido presentada como su opuesto: la que obedece, la que acepta sin dudar, la que calla. Pero esa imagen, tan dulcificada por siglos de devoción y dogmas, corre el riesgo de despojarla de su verdadera grandeza. Porque María no es una figura pasiva. Su “sí” al ángel —ese fiat tan breve y tan absoluto— no es una rendición, sino una elección radical. María no actúa por miedo, sino por amor y por fe. En ella no hay sumisión, sino una forma serena pero firme de libertad espiritual.
Entre Eva y María se ha construido un péndulo moral: la tentación frente a la pureza, la rebeldía frente a la obediencia, el castigo frente a la redención. Y sin embargo, ambas, leídas con mirada despierta, pueden ser entendidas como mujeres que actúan, que deciden, que se enfrentan al misterio de lo divino desde su humanidad.
Tal vez el problema no fue nunca Eva ni María, sino la manera en que se las hizo hablar en nombre de lo que convenía callar: el deseo, el cuerpo, la inteligencia, la palabra. Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre una y otra, sino escucharlas a ambas y recuperar, en sus voces, la complejidad silenciada de lo femenino en la fe.
Los debates en los que se busca replantear el papel de la mujer están presentes en las universidades, la política y algunas instituciones religiosas. Esto ha dado paso a procesos de actualización normativa, diálogos interreligiosos y resignificaciones simbólicas. Si bien los avances han sido lentos y muchas veces resistidos, no deben ser motivo para abandonar la exigencia de cambios profundos y reales en todas las culturas del mundo.
Para que las instituciones religiosas puedan afirmar con veracidad que esta problemática ha sido superada, no basta con repetir dogmas ni aplicar normas sin reflexión. Es imprescindible pensar con método, estudiar la historia desde diversas perspectivas, y mantener una actitud abierta al cambio, especialmente frente a las nuevas generaciones.
Solo así podremos transformar aquellas estructuras que, bajo el disfraz de la espiritualidad, continúan limitando la participación activa y equitativa de las mujeres en espacios fundamentales de nuestras sociedades. La voz de esta problemática debe seguir resonando, porque aún está lejos de haber sido escuchada.
Enseñar, cuestionar y replantear
“¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué no puedo ser sacerdote cuando sea grande?” Ana Paola Arce (7 años)
En una sociedad marcada por siglos de tradición, autoridad, y normas, la curiosidad no siempre ha sido bienvenida. De hecho, si analizamos las vidas de la mayoría de los personajes que transformaron nuestra historia, podemos darnos cuenta de que todos, en su momento, fueron juzgados por buscar más allá de lo establecido. Preguntar, cuestionar, o incluso simplemente dudar, ha sido visto a menudo como una amenaza. Sin embargo, todo proceso de transformación y creación comienza con una pregunta. Cuestionar no es una invitación a rebelarse ante cualquier sistema, sino a despertar el pensamiento crítico, la conciencia, y la libertad humana.
En la actualidad, los creyentes modernos ya no vivimos una fe ciega como lo hacían muchos de nuestros antepasados. Hoy nos encontramos en un punto medio entre la creencia y la duda, un espacio que nos invita a renovar el verdadero significado de la racionalidad. Como bien dijo Descartes: “No puede haber pensamiento racional sin duda, y no puede haber búsqueda de Dios sin preguntas”. La mente se adormece cuando deja de cuestionar, y la fe, al rechazar el pensamiento, se encierra en sí misma.
Todo lo anterior nos lleva a una pregunta de gran importancia, ¿necesita el ser humano la religión? No hay respuesta correcta o incorrecta; la clave está en cómo se vive esa religión. Si se practica bajo el miedo y la obediencia ciega, se convierte en un obstáculo para uno mismo como para el prójimo. Pero si se vive desde las experiencias, la reflexión, y el cuestionamiento continuo, puede convertirse en una fuente profunda de sentido y crecimiento.
Poseer el don de cuestionarse es, en última instancia, aprender a vivir mejor. La curiosidad no destruye la fe; la purifica. Porque quien se atreve a dudar no lo hace por debilidad, sino por valentía. Solo a través del ejercicio constante de no conformarse podemos construir una sociedad menos ignorante, más libre, y más viva.
Hoy, más que nunca, necesitamos cuestionarlo todo. A lo largo de la historia, la Iglesia, al igual que muchas otras instituciones religiosas, ha definido un rol específico para la mujer, caracterizado en gran parte por la obediencia, el servicio, el silencio y la exclusión de cargos de liderazgo o autoridad espiritual.
No existe argumento racional que sostenga que el valor, la espiritualidad o la capacidad de una persona para guiar dependa de su sexo. Las mujeres tienen la misma inteligencia, sensibilidad, fe y capacidad para liderar que los hombres. De hecho, en muchas comunidades religiosas, son ellas quienes sostienen las actividades, organizan eventos, educan y acompañan a los más necesitados.
La exclusión por género tiene un profundo impacto en la sociedad. Cuando una institución poderosa como la Iglesia refuerza la idea de que las mujeres deben callar, obedecer o permanecer al margen, envían un mensaje que trasciende lo religioso. Contribuye a normalizar la desigualdad, a limitar las aspiraciones de muchas niñas y jóvenes, y a generar una mentalidad colectiva de menor autoestima femenina.
Cuando era pequeña, mi sueño más grande era llegar a ser sacerdote. Yo quería dar misas, hacer que escucharan mis palabras e interpretaciones, y, sobre todo, sentir que lo que decía cada domingo impactaría la vida de quienes me escuchaban. Al crecer, la Iglesia me hizo darme cuenta que ese sueño que tanto anhelaba no sería posible. Aún así, estoy segura de que cuando se permita a las mujeres participar activamente en la vida religiosa, la transformación será inmediata y profunda. Recientemente, el nuevo papa, León XIV, dió un paso histórico al nombrar a una monja para un cargo de alto rango en la Curia Romana. Este gesto simbólico y a la vez poderoso representa un cambio de rumbo dentro de la Iglesia y alimenta mi esperanza de que algún día, las voces de las mujeres tendrán un lugar pleno en la toma de decisiones y en la vida espiritual de la comunidad.
La igualdad no es una amenaza, sino una expresión del amor y de la coherencia con los valores que proclamamos. El silencio de la mujer no es sagrado por ser sumiso, sino sabio por saber cuándo callar y cuándo hablar.
None of us expected to wake up to this news today. Normally the Vatican sends out prayer requests for the Pope’s health when it is failing; when Pope Francis recovered from several complications back in February, we thought the moment of his departure was set back at least several months. As we wrap our minds around the fact that St. Peter’s chair is suddenly empty, I would like to honor Francis’ 12 years of service to the Church and the world.
I had the grace of running to St. Peter’s Square in Rome 12 years ago and waiting for THE news of 2013: who was going to be Benedict XVI’s successor. When we heard the name “Bergoglio,” luckily enough smartphones were around the plaza to at least identify where Jorge was from. In all the hoopla and protocol of a papal election, I’ll never forget how Francis humbly asked us for our blessing on him, before he gave us his first papal blessing.
As many signs held up in the Square over those first months of his pontificate expressed, we felt Pope Francis as one of us, a pope close to the people. He made a point of going himself to pay his hotel bill left pending from before the conclave; he chose to drive in a Fiat, not a Mercedes Benz. A very different charisma, compared to Pope Benedict. For those less involved in Church affairs, Pope Francis has been lovable since day 1.
Besides that Latino warmth, he was more extroverted than his predecessor: where Ratzinger had to put up with the necessary effort of meeting and greeting guests at his weekly Wednesday audiences, Francis would circle the Square a few times in his Popemobile before each audience, to get himself psyched. The COVID-19 pandemic had a visible impact on him, because he no longer had those crowds to energize him. A people-person pope is obviously great PR for the outside world. What about inside Church circles? What follows is my own personal stance, as a I have had to make sense of a man who, while overall endearing and charismatic, still made those statements and gestures that left me a bit perplexed.
After studying in Rome under John Paul II and Benedict as popes, I was ordained a priest under Pope Francis. The bishop who ordained me a deacon was a good friend of Francis, and the Pope sent each of us a rosary blessed personally by him. My first Mass that I celebrated as a priest in Rome was at the altar to Our Lady in St. Mary Major’s Basilica, where Pope Francis visited over 150 times during his pontificate, and where he is to be buried. His unofficial motto – “a Church focused outwards”, towards the world – marked my first 10 years as a priest. My first Mass upon returning to Mexico City as a priest in early 2015 was at the city dump here, followed by my first 13 baptisms for the poor who rummage through trash to find food and a living. As a Francis priest, I felt called to go out to the outskirts of society, to make God present there for his poor. Likewise the earthquake here in 2017 was another Francis moment for me: helping volunteers and families of victims, I understood the wisdom of the Pope’s invitation: “approach others’ suffering with feet bared, for it is sacred ground.” In that sense, Francis was the Pope of the Vatican II Council: he put into practice the council’s invitation to establish a better dialogue with modern society, and not get so lost in internal bickering and hair-splitting.
When Pope Benedict XVI resigned in 2013, the cardinals who were to elect his successor knew the next pope would have to face head on the challenges that – in part – led Ratzinger to step down. Those challenges regarded above all the governing body of the Catholic Church, called the Roman Curia, in the Vatican. As one cardinal put it afterwards, they elected Pope Francis for his no-nonsense governing style, without knowing that he would be such a rockstar with the public. Bergoglio took this task of reforming the Curia quite seriously, and made several important reforms over his 12 years as pope. When he spoke to lay Catholics and the public, he came off as very understanding of their everyday challenges; that was certainly not the case when he spoke to us clergy and religious. He had a serious, no fooling around mode that kicked in periodically, and he could be very harsh in reprimanding the sins of the hierarchy. Whether or not he has completely reformed the Curia, I definitely could not say: lucky for everyone, especially me, I am NOT a part of that organ.
I do know that being run by Italians for the most part, and given their tendency towards favors and overlooking dubitable deeds that so allows the mafia to thrive so much in their culture, reform will be an ongoing issue. So while time will tell whether Francis’ governing mechanisms and decisions were correct, at least he dedicated lots of energy to reforming a 2,000-year-old institution. Where many Catholic circles have bones to pick with this pontificate has to do more with Francis’ moral teachings. For instance, two Vatican documents published under Pope Francis within two years of each other regarding homosexual marriage for Catholics seemed to contradict each other. First, no Catholic minister could bless a homosexual couple, so as to avoid confusion about them being somehow married in the Church. But then it was decided that in certain circumstances, as a blessing of persons – not as a couple – a priest could indeed give a blessing. The final call is still unclear regarding the matter. Other issues such as ordaining women ministers and giving communion to the divorced and remarried were constant thorns, if not in Francis’ side, certainly for plenty of Catholics. After clearcut orthodoxy under John Paul II and Benedict XVI, Catholic teaching now seemed to be quite versatile on subjects that seemed pretty much set. I include myself among those confused at times with certain statements and gestures under Francis’ reign. I certainly accept his authority as Vicar of Christ on earth, with no doubts in my mind; however I have had to make a conscious effort in making sense of topics that, yes, to the general public seem quite minor, but for a priest, involved deeper issues God’s revelation in the Church that need proper understanding.
Let me be perfectly clear: only Francis himself knew what he was about when he published those statements; I definitely have no direct insight into his intentions. I will share a few ideas that have helped me make sense of his at times bewildering stances. First of all, Bergoglio is a Jesuit, with all the impressive cultural and historical pondus that involves, alongside the not so glorious side of their method and mindset. From what I have been able to gather in dealing with a few Jesuits, they can come off as politically correct, hard to pin down, never giving a black or white answer: they try to capture reality in all its complexity, which goes beyond so many of our prejudiced mental models. So as a Jesuit, Francis loved to spark debate about a given issue, in order to gain other points of view than the cut and dry. Besides being a Jesuit, Bergoglio had little experience beyond Argentina (which explains his – to Americans incomprehensible – aversion to capitalism, given his country’s economic history). While Woytla was forged under Communist regimes in Poland, and Ratzinger had 20 years of global perspective working in Rome before becoming pope, I get the feeling that Francis did not always realize the global impact and implications that his words and gestures had. Nor did he always weigh the sense of instability his Jesuit approach could raise among the faithful. Again, this is my personal take on Francis’ stance on certain sensitive issues; Francis will have to answer to his conscience and his Creator.
I believe the overall takeaway from this papacy for me would be the aspect of “pastoral.” As the universal shepherd of the Catholic Church, Bergoglio showed us that while the Church does possess divinely inspired truth, as she presents that truth to individual people, like a good mother and shepherd the Church must take into account their personal situation at the moment. This is known as a gradual approach, rather than touting the whole Gospel truth and forcing it on those who are only just starting their journey towards the faith. Francis has definitely shown us how to show genuine pastoral interest in men and women who are searching for happiness in today’s world. Perhaps as Church, we must keep this pastoral approach balanced with a clearer sense of what core values we hold dearest: there is a danger in being so open and gradual in our presenting the truths of the faith that the Truth becomes lost or disguised. That would mean losing the one unique thing we are called to offer today’s world: the Truth of Jesus Christ.
I personally thank God for giving the Church Pope Francis as the Vicar of Christ these 12 years, especially regarding these two points: directing the Church out towards today’s world, and creating a debate on what is truly essential to following Jesus and how to present that attractively to men and women. May the Risen Lord, who called Francis to himself this Easter octave, grant him His eternal Mercy, and bring him to his home; and may the entire Church continue to follow Her Lord as He continue to guide us all towards our heavenly home.
Hace poco más de doce años participaba en un programa de televisión católica, en el canal peruano JN 19. Nos habían invitado a dos sacerdotes para comentar el cónclave, con la pretensión de “adivinar” quién sería el próximo papa. Obviamente no teníamos ni idea, pero hicimos nuestro mejor esfuerzo. En ese momento preciso salió la “fumata blanca” y unos minutos después el nombre del elegido: Jorge Mario Bergoglio. Nos sorprendió a todos, no nos lo esperábamos, a pesar de ser presuntos “vaticanistas”. Se trataba del primer papa latinoamericano, primer papa jesuita de la historia y primer papa en elegir como nombre pontificio “Francisco.”
Y, ¡vaya que Francisco ha hecho historia! A lo largo de estos doce años su pontificado ha marcado hondamente a la Iglesia, dejando una profunda huella. Simplificó la figura del Papa, la acercó a la gente, poniendo el énfasis en que es “obispo de Roma”, quitándole ínfulas al cargo.
Su pontificado es susceptible de dos lecturas antagónicas: una que subraya la “hermenéutica de la ruptura”, en feliz expresión del papa Benedicto XVI, frente a la que ofrece una hermenéutica de la continuidad. Se puede tener, en consecuencia, una visión antitética y una versión complementaria de los últimos pontificados. La realidad, sin embargo, no suele ser tan simple, ni resulta correcto, ordinariamente, reducirla a esquemas dicotómicos.
Francisco desarrolló, por ejemplo, algunas de las líneas de fuerza del pontificado de san Juan Pablo II: la misericordia, la centralidad de la persona. Si el papa polaco instituyó la fiesta de la Misericordia divina, en cuyas vísperas falleció, Francisco nos ha enseñado, yendo él por delante, a vivir la misericordia en primera persona, con los necesitados y con los que sufren. Es el ejemplo de la misericordia hecha vida, y como nota programática de la misión de la Iglesia.
Francisco complementó al pontificado de Benedicto XVI. Si para el papa alemán lo importante era la ortodoxia (la doctrina recta, como deja ver su lema: “cooperadores veritatis”), para Francisco lo importante es la “ortopraxis”, la práctica correcta, la puesta por obra de la caridad y la misericordia. Y más que ver a los dos pontificados como antitéticos, se pueden contemplar como complementarios. Finalmente, desde una perspectiva de fe, es el Espíritu Santo el que va dando sus líneas maestras a la Iglesia sirviéndose de los papas como instrumentos.
De Francisco destacan su coherencia y su autenticidad. Su empeño por llevar a la práctica las directrices del Evangelio, con gestos a la par simbólicos y elocuentes: celebrar su cumpleaños con mendigos de la calle, darles acogida en el Vaticano, celebrar la Misa In coena Domini en las prisiones, lavándole los pies a prisioneras y prisioneros, etc. La pobreza y el tenor sobrio de su vida, así como su cultura del trabajo dejan muy alto el listón de la sede papal.
Francisco diversificó los intereses políticos y sociales de la Santa Sede. Si antes estaban centrados, casi exclusivamente, en la promoción de la paz y la defensa de la vida, especialmente en la lucha contra el aborto y la eutanasia; ahora, sin dejar aquellos rubros, la Iglesia ha subido un clamor incesante por los migrantes y refugiados, así como en la defensa de nuestra casa común, es decir del planeta. El magisterio de Francisco sobre la ecología es bastante rico y elocuente.
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Otro tema donde Francisco ha sido pionero, y que ha impactado profundamente en la forma de entender la Iglesia y hacer la Iglesia es la sinodalidad, como forma de dirigirla y encauzarla. También durante su pontificado, se ha observado un lento pero progresivo protagonismo de la mujer en el seno de la Santa Sede. Claramente Francisco tuvo la intención de colocar a mujeres en altos puestos del Vaticano, para beneficiarse de la impronta femenina en la organización y el gobierno de la Iglesia.
En fin, Francisco, desde el primer momento de su pontificado, luchó por conseguir y promover una Iglesia abierta, “en salida”, como le gustaba decir, donde caben todas y todos, y donde nadie se sienta incómodo o excluido, como, por ejemplo, las personas homosexuales o los divorciados vueltos a casar. Un buen amigo, nada practicante, al enterarse de su fallecimiento, me escribió: “Siempre lo recordaremos, sobre todo cuando mencionó: «En la Iglesia ninguno sobra. Ninguno está de más. Hay espacio para todos. Así como somos.»”
¿Cuáles serán los principales desafíos del próximo papa? El sucesor de Francisco se encuentra con una Iglesia marcadamente dividida. Muchos miembros de la Iglesia han leído la ortopraxis de Francisco en clave antagónica o dialéctica respecto a la ortodoxia de Benedicto XVI y san Juan Pablo II. Tres han sido los hitos que han provocado esta deriva antagónica: la ambigüedad del capítulo octavo de Amoris Laetitia, que abre la puerta de la comunión a divorciados vueltos a casar; el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe llamado Fiducia suplicans, donde se permite dar bendiciones a parejas homosexuales; y el hecho de que personas marcadamente heterodoxas participaran en los sínodos, especialmente en los sínodos sobre la sinodalidad.
En ese sentido se ha simplificado superficialmente la división en el seno de la Iglesia entre liberales o reformistas y conservadores; entre una Iglesia que se mimetiza con el mundo -mundana a fin de cuentas- y otra que desarrolla una función profética respecto del mundo, denunciado su corrupción y yendo contra corriente. El nuevo papa se enfrenta con una Iglesia dividida, y tiene el desafío de ser el vínculo de unidad en el seno de la misma, que es la misión específica de todo sumo pontífice Por nuestra parte, a los fieles católicos no nos queda sino rezar por el eterno descanso de Francisco y por el papa que va a recibir su legado, que no la tiene fácil.
La vida transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Doce años de un pontificado. Se escribe muy rápido y doce años han pasado muy rápido, pero en realidad es un periodo largo. Si bien el papado más longevo fue el de Pío IX con 31 años y 7 meses (1846 – 1878), seguido por el de Juan Pablo II con 26 años y 5 meses (1978 – 2005), los 12 años y 1 mes del Papa Francisco (2013 – 2025) no son pocos.
Hace doce años, llevaba poco más de un mes en Roma, cuando explotó la noticia de la renuncia voluntaria del Papa Benedicto XVI, un pontificado que duró 7 años y 10 meses. Fue un momento histórico, la segunda vez en la historia de la iglesia que un Papa renunciaba. Para algunos significó que el lado más conservador de la iglesia se retiraba, un Papa que podría parecer demasiado serio y severo, quizá por su carácter alemán; pero que a la vez dejó un gran legado intelectual. Sin temor a equivocarme, creo que es de los grandes pensadores de nuestra época.
Tras el carismático Juan Pablo II, la personalidad de Ratzinger no resultaba tan magnética y por eso se especulaba con ansias las cualidades del siguiente pontífice. Quizá el problema es que nos gusta comparar personalidades y queremos que estas se amolden a nuestras expectativas. En lo personal, Ratzinger, me parece todo un personaje, gran intelectual y con un gran amor a Dios y a la liturgia. Por eso no me extraña que el Aula Paolo VI estuviera a tope para la última audiencia aquel febrero del 2013.
Los cardenales se encerraron cum clave –cónclave– a reflexionar. Aunque no ha sido el cónclave más largo de la historia. Cuando el Papa Gregorio X fue elegido en 1271, los cardenales deliberaron por más de 2 años y como estaban muy divididos, el cardenal de Viterbo decidió encerrarlos con llave y racionar la comida. A partir de esta experiencia se reformó el proceso de cónclave. Así que en el 2013 los cardenales no se encerraron por años y meses, sino que tras un par de fumate nere, el 13 de marzo salió de la chimenea de la Capilla Sixtina la fumata bianca. Recuerdo que aquella tarde llovía un poco, fue un día nublado y fresco. Francamente esperaba el humo negro porque por el frío quería irme y comer una sopa caliente; un pelícano descansaba sobre la chimenea y revoloteaba, cuando de pronto se elevó el humo blanco. El frío desapareció y el atrio se conmocionó cuando un cardenal salió por el balcón y anunció: Habemus Papam.
Se rumoreaba que el nuevo Papa era latinoamericano, que hablaba español, pero no eran sólo rumores: Jorge Mario Bergoglio, argentino y jesuita, aunque como bien los italianos no dejaban de mencionar, un Papa latinoamericano, con raíces italianas. No sé cuánto tiempo habrá pasado, la incertidumbre hacía que los minutos parecieran horas. Al fin, Bergoglio, se asomó, investido como pontífice y tomó el nombre de Francisco, por san Francisco de Asís. El flamante Papa Francisco cerró su primer mensaje pidiendo oración, pregate per me.
Desde ese momento, Francisco, hizo cosas de forma diferente, desde la cuestión de la sedia vacante, los zapatos rojos, y el recordar a una iglesia europea que los sacerdotes deben tener olor a oveja. Algo que no resulta tan novedoso en la iglesia latinoamericana y africana, pero que, en ocasiones, parece que se ha olvidado en Europa, de ahí que insistiera constantemente en ello.
Todo pontificado, como ocurre en la vida, tiene aciertos y desaciertos, luces y sombras, pero aquellas cuentas le corresponden a Dios. El Papa Francisco fue cercano al pueblo y también vivió momentos con una gran carga histórica y simbólica, como cuando en el 2020 con la pandemia, dio la bendición Urbi et Orbi, ante una plaza vacía y silenciosa, pero con espectadores de todo el mundo. Solo y empapado por la lluvia, caminó con esfuerzo con el crucifijo de san Marcelo y el ícono de la virgen de la salud, tras la oración, recalcó “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca. Todos frágiles, pero llamados a remar juntos”. En una era en la que nos sentimos inmortales e invencibles, es bueno recordar que somos frágiles, que somos débiles, pero que juntos podemos hacer más que en soledad.
Hoy culminan doce años de un pontificado que nos llamó a estar abiertos a la vulnerabilidad, a salir a las calles y a servir. Así como al inicio de su pontificado, el Papa Francisco, pidió oración y con la esperanza en la resurrección, elevamos una última oración. Quizá podemos sentirnos un poco huérfanos, pero nunca desamparados. Cada pontificado ha sido diferente, no sólo por la personalidad y carisma de cada Papa, sino porque el Espíritu sopla según las necesidades de la iglesia de este tiempo. Acabamos de vivir la Pascua, la tumba está vacía, la silla está vacía, pero con confianza esperamos el siguiente humo blanco.