La IA, el Espíritu Santo y el Cónclave

La IA, el Espíritu Santo y el Cónclave

¿De dónde viene la idea de que el Espíritu Santo guía al cónclave para elegir al Papa? ¿Es siempre y necesariamente el Papa electo el candidato del Espíritu Santo? ¿Esto sucede de forma necesaria, automática?

Debo reconocer que esta inquietud agitaba mi ánimo, más al leer unas palabras de Joseph Ratzinger pronunciadas en 1997, durante un programa para la televisión de Baviera:

“Yo no diría que el Espíritu Santo elige al Papa, pues no es que tome el control de la situación, sino que actúa como un buen maestro, que deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos… hay muchos papas que el Espíritu Santo probablemente no habría elegido… el papel del Espíritu Santo hay que entenderlo de un modo más flexible. No es que dicte el candidato por el que hay que votar. Probablemente, la única garantía que ofrece es que nosotros no arruinemos totalmente las cosas.”

Ratzinger corregía así dos visiones contrapuestas del proceso de elección de un sumo pontífice: por un lado, estaría la visión ingenua de pensar que prácticamente el Espíritu Santo ilumina a los cardenales, haciéndoles ver de forma inconfundible quien es el bueno. Por otro lado, estaría la versión excesivamente mundana, ajena a todo sentido sobrenatural, más o menos como aparece reflejada en la reciente película “Cónclave”, en la que todo se reduce a cálculos políticos de poder, intereses personales y poco más. En medio estaría el camino señalado por el teólogo bávaro: el Espíritu Santo acompaña, guía, pero no impone el candidato. Entran en juego tanto la gracia de Dios como la libertad de los cardenales, en su misterioso mutuo implicarse.

Contra lo que pudiera pensarse, esa perspectiva refleja de un modo mejor cómo, en realidad, toda la Iglesia está involucrada en la elección de un nuevo pontífice, no sólo los cardenales; pues no da igual que el resto de los fieles rece o no por el próximo Papa. No es un proceso automático, garantizado, en el que, independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer, Dios pondrá a su candidato de manera inconfundible e incontrovertible. No, no es así. Dios actúa, Dios habla, Dios ilumina, pero los cardenales conservan su libertad, y no tienen una certeza absoluta de que el candidato que ellos proponen sea en realidad el mejor. Para que eso suceda toda la Iglesia debe estar reunida en oración, de forma análoga a lo que dicen los Hechos de los Apóstoles 12, 5: “Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la iglesia oraba insistentemente a Dios por él.”

Para salir de la duda pregunté a la Inteligencia Artificial (Chat GPT y Magisterium AI) de dónde venía la idea de que el Espíritu Santo guiaba a los cardenales para elegir el “candidato de Dios.” La respuesta resulta interesante: “La idea de que el Espíritu Santo asiste a los cardenales durante el cónclave proviene de una comprensión teológica tradicional dentro de la Iglesia Católica, pero no es una afirmación dogmática ni garantiza que siempre se elija al mejor o más santo candidato.”

Esta idea tiene un fundamento múltiple. Se enraíza en la interpretación de algunos pasajes bíblicos, como el de Juan 14, 26, que afirma: “el Espíritu Santo os enseñará todas las cosas”; o el de Hechos de los Apóstoles 15,28, en el contexto del Concilio de Jerusalén (primer concilio de la Iglesia), donde se afirma: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias.” Se señala así que la Iglesia goza de la asistencia del Espíritu Santo en los asuntos esenciales, como puede ser la elección del sucesor de Pedro.

Pero, “la asistencia del Espíritu no implica que se imponga sobre la libertad humana, sino que puede inspirar, iluminar y mover las conciencias de los cardenales.” Por otra parte, los cardenales antes de comenzar el cónclave invocan al Espíritu Santo rezando el himno “Veni, Creator Spiritus, pidiendo expresamente su ayuda. Se entiende que, en la mente de los cardenales, ellos quieren ser intérpretes del Espíritu Santo y por eso piden su auxilio. “En resumen, la asistencia del Espíritu Santo es una creencia basada en la confianza en la acción de Dios en la Iglesia, pero no significa que la elección papal sea infalible o milagrosa. Es un acto humano que se desea sea guiado por Dios.”

La misma Inteligencia Artificial concluye mostrando la perspectiva sobrenatural desde la que se plantea la elección de un nuevo Papa, mostrando cómo se trata, en realidad, de una sinfonía de oración: “La Iglesia universal, unida espiritualmente a María, la Madre de Jesús, debe perseverar unánime en la oración; así la elección del nuevo Papa no será algo ajeno al Pueblo de Dios y concerniente únicamente al Colegio de electores, sino que será en cierto sentido un acto de toda la Iglesia.” Por lo tanto, a las puertas del Cónclave, en este momento histórico y delicado de la vida de la Iglesia, nuestra actitud debe ser como la de los apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, a la espera del Espíritu Santo, según nos lo narran los Hechos de los Apóstoles 1, 14: “Todos ellos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús.”

Pope Francis: God’s Guide for His Church

Pope Francis: God’s Guide for His Church

By Peter Mullan, LC

None of us expected to wake up to this news today. Normally the Vatican sends out prayer requests for the Pope’s health when it is failing; when Pope Francis recovered from several complications back in February, we thought the moment of his departure was set back at least several months. As we wrap our minds around the fact that St. Peter’s chair is suddenly empty, I would like to honor Francis’ 12 years of service to the Church and the world.

I had the grace of running to St. Peter’s Square in Rome 12 years ago and waiting for THE news of 2013: who was going to be Benedict XVI’s successor. When we heard the name “Bergoglio,” luckily enough smartphones were around the plaza to at least identify where Jorge was from. In all the hoopla and protocol of a papal election, I’ll never forget how Francis humbly asked us for our blessing on him, before he gave us his first papal blessing.

As many signs held up in the Square over those first months of his pontificate expressed, we felt Pope Francis as one of us, a pope close to the people. He made a point of going himself to pay his hotel bill left pending from before the conclave; he chose to drive in a Fiat, not a Mercedes Benz. A very different charisma, compared to Pope Benedict. For those less involved in Church affairs, Pope Francis has been lovable since day 1.

Besides that Latino warmth, he was more extroverted than his predecessor: where Ratzinger had to put up with the necessary effort of meeting and greeting guests at his weekly Wednesday audiences, Francis would circle the Square a few times in his Popemobile before each audience, to get himself psyched. The COVID-19 pandemic had a visible impact on him, because he no longer had those crowds to energize him. A people-person pope is obviously great PR for the outside world. What about inside Church circles? What follows is my own personal stance, as a I have had to make sense of a man who, while overall endearing
and charismatic, still made those statements and gestures that left me a bit perplexed.

After studying in Rome under John Paul II and Benedict as popes, I was ordained a priest under Pope Francis. The bishop who ordained me a deacon was a good friend of Francis, and the Pope sent each of us a rosary blessed personally by him. My first Mass that I celebrated as a priest in Rome was at the altar to Our Lady in St. Mary Major’s Basilica, where Pope Francis visited over 150 times during his pontificate, and where he is to be buried. His unofficial motto – “a Church focused outwards”, towards the world – marked my first 10 years as a priest. My first Mass upon returning to Mexico City as a priest in early 2015 was at the city dump here, followed by my first 13 baptisms for the poor who rummage through trash to find food and a living. As a Francis priest, I felt called to go out to the outskirts of society, to make God present there for his poor. Likewise the earthquake here in 2017 was another Francis moment for me: helping volunteers and families of victims, I understood the wisdom of the Pope’s invitation: “approach others’ suffering with feet bared, for it is sacred ground.” In that sense, Francis was the Pope of the Vatican II Council: he put into practice the council’s invitation to establish a better dialogue with modern society, and not get so lost in internal bickering and hair-splitting.

When Pope Benedict XVI resigned in 2013, the cardinals who were to elect his successor knew the next pope would have to face head on the challenges that – in part – led Ratzinger to step down. Those challenges regarded above all the governing body of the
Catholic Church, called the Roman Curia, in the Vatican. As one cardinal put it afterwards, they elected Pope Francis for his no-nonsense governing style, without knowing that he would be such a rockstar with the public. Bergoglio took this task of reforming the Curia quite seriously, and made several important reforms over his 12 years as pope. When he spoke to lay Catholics and the public, he came off as very understanding of their everyday challenges; that was certainly not the case when he spoke to us clergy and religious. He had a serious, no fooling around mode that kicked in periodically, and he could be very harsh in reprimanding the sins of the hierarchy. Whether or not he has completely reformed the Curia, I definitely could not say: lucky for everyone, especially me, I am NOT a part of that organ.

I do know that being run by Italians for the most part, and given their tendency towards favors and overlooking dubitable deeds that so allows the mafia to thrive so much in their culture, reform will be an ongoing issue. So while time will tell whether Francis’ governing mechanisms and decisions were correct, at least he dedicated lots of energy to reforming a 2,000-year-old institution.
Where many Catholic circles have bones to pick with this pontificate has to do more with Francis’ moral teachings. For instance, two Vatican documents published under Pope Francis within two years of each other regarding homosexual marriage for Catholics seemed to contradict each other. First, no Catholic minister could bless a homosexual couple, so as to avoid confusion about them being somehow married in the Church. But then it was decided that in certain circumstances, as a blessing of persons – not as a couple – a priest could indeed give a blessing. The final call is still unclear regarding the matter. Other issues such as
ordaining women ministers and giving communion to the divorced and remarried were constant thorns, if not in Francis’ side, certainly for plenty of Catholics. After clearcut orthodoxy under John Paul II and Benedict XVI, Catholic teaching now seemed to be quite versatile on subjects that seemed pretty much set. I include myself among those confused at times with certain statements and gestures under Francis’ reign. I certainly accept his authority as Vicar of Christ on earth, with no doubts in my mind; however I have had to make a conscious effort in making sense of topics that, yes, to the general public seem quite minor, but for a priest, involved deeper issues God’s revelation in the Church that need proper understanding.

Let me be perfectly clear: only Francis himself knew what he was about when he published those statements; I definitely have no direct insight into his intentions. I will share a few ideas that have helped me make sense of his at times bewildering stances. First of all, Bergoglio is a Jesuit, with all the impressive cultural and historical pondus that involves, alongside the not so glorious side of their method and mindset. From what I have been able to gather in dealing with a few Jesuits, they can come off as politically correct, hard to pin down, never giving a black or white answer: they try to capture reality in all its complexity, which goes beyond so many of our prejudiced mental models. So as a Jesuit, Francis loved to spark debate about a given issue, in order to gain other points of view than the cut and dry. Besides being a Jesuit, Bergoglio had little experience beyond Argentina (which explains his
– to Americans incomprehensible – aversion to capitalism, given his country’s economic history). While Woytla was forged under Communist regimes in Poland, and Ratzinger had 20 years of global perspective working in Rome before becoming pope, I get the feeling that Francis did not always realize the global impact and implications that his words and gestures had. Nor did he always weigh the sense of instability his Jesuit approach could raise among the faithful. Again, this is my personal take on Francis’ stance on certain sensitive issues; Francis will have to answer to his conscience and his Creator.

I believe the overall takeaway from this papacy for me would be the aspect of “pastoral.” As the universal shepherd of the Catholic Church, Bergoglio showed us that while the Church does possess divinely inspired truth, as she presents that truth to individual
people, like a good mother and shepherd the Church must take into account their personal situation at the moment. This is known as a gradual approach, rather than touting the whole Gospel truth and forcing it on those who are only just starting their journey towards the faith. Francis has definitely shown us how to show genuine pastoral interest in men and women who are searching for happiness in today’s world. Perhaps as Church, we must keep this pastoral approach balanced with a clearer sense of what core values we hold dearest: there is a danger in being so open and gradual in our presenting the truths of the faith that the Truth becomes lost or disguised. That would mean losing the one unique thing we are called to offer today’s world: the Truth of Jesus Christ.

I personally thank God for giving the Church Pope Francis as the Vicar of Christ these 12 years, especially regarding these two points: directing the Church out towards today’s world, and creating a debate on what is truly essential to following Jesus and how to present that attractively to men and women. May the Risen Lord, who called Francis to himself this Easter octave, grant him His eternal Mercy, and bring him to his home; and may the entire Church continue to follow Her Lord as He continue to guide us all towards our heavenly home.

La muerte, Wojtyla y Bergoglio

La muerte, Wojtyla y Bergoglio

No dejan de tener cierto sabor “providencial” las similitudes existentes entre las muertes de san Juan Pablo II y Francisco. Pareciera que la Providencia quisiera marcar, en cierta forma, las similitudes entre ambos pontífices, igualmente carismáticos, como si la historia se repitiera con 20 años de diferencia.

Para ambos papas su última aparición pública fue el domingo de resurrección, la principal fiesta litúrgica del año. En ambos casos esta aparición estuvo precedida por una o varias estancias en el Policlínico Gemelli, el hospital del Vaticano. Tanto Wojtyla como Bergoglio pasaron cierto tiempo internados en la clínica antes del desenlace final. Es inolvidable la escena en la que san Juan Pablo II intenta saludar a la multitud reunida en la Plaza de san Pedro, para dar la bendición en el día de Pascua, sin poder hacerlo en voz alta debido a la traqueostomía que tenía. De manera análoga, Francisco pudo dirigir algunas pocas palabras con sumo esfuerzo, pidiéndole a una persona que leyera su mensaje pascual. En el caso de Francisco, él sí tuvo la suficiente energía para dar una última vuelta por la plaza con el “papamóvil.” Pero en ambos casos, su última aparición pública fue en el domingo de Pascua.

San Juan Pablo II murió la víspera de la fiesta de la Divina Misericordia, fiesta litúrgica instituida por él mismo, a la que tenía una particular devoción. Los funerales de Francisco fueron la víspera de la Divina Misericordia. Ambos papas reunieron en la Plaza de san Pedro a lo más granado de las autoridades civiles y religiosas del mundo con motivo de su funeral, mostrando ello, de alguna forma, el reconocimiento que el mundo civil le daba a su actividad religiosa

Los dos papas murieron en la “semana de pascua”, el octavario con el cual la Iglesia celebra solemnemente la alegría de la resurrección de Jesús. Es decir, murieron en medio de un clima litúrgico de inmensa alegría, como si la Providencia no quisiera que nos pusiéramos tristes por su causa, sino que, por el contrario, nos llenáramos de alegría por su partida a la casa del Padre. Curiosamente, en ambos casos, la homilía de su Misa de funeral, tuvo semejanzas. En las dos ocasiones, como mandan las rúbricas, la Misa fue presidida por el Cardenal Decano del Colegio Cardenalicio; los cardenales Ratzinger y Re respectivamente. Los dos cardenales, en su homilía, recordaron el último saludo de los pontífices fallecidos, en la plaza de san Pedro. Ambos hicieron mención a que ahora nos bendicen desde la “casa del Padre”.

Ambos papas fueron muy devotos de la Divina Misericordia y de la Virgen María. San Juan Pablo II eligió como lema pontificio “Totus tuus” (“Todo tuyo”), refiriéndose a la Virgen. Francisco, por su parte, pidió ser enterrado en la Basílica de Santa María la Mayor, en vez de el Vaticano. Francisco, además, tenía la costumbre de visitar dicha basílica antes y después de sus viajes pontificios. La visitó por última vez al salir del policlínico Gemelli, después de su larga convalecencia.

En cualquier caso, parece como si la Providencia quisiera “hermanar” a los dos papas, ambos pontificados. Los dos fueron marcadamente revolucionarios en cuanto a los protocolos vaticanos y la forma de ejercer el papado. Los dos acercaron la figura del pontífice a la gente. Ambos tuvieron un marcado carisma y dejaron una honda impronta en la Iglesia y en el mundo, de la cual dieron fe sus ceremonias exequiales. De alguna forma Francisco fue heredero de san Juan Pablo II y también como “su creación”. En efecto, fue san Juan Pablo II quien primero hizo obispo a Jorge Mario Bergoglio y más tarde lo creó cardenal, abriéndole así el camino hacia el Papado. Por su parte, el papa Francisco fue el que canonizó a san Juan Pablo II, convirtiendo de esa forma su culto en universal.

Mucho se ha hablado de las diferencias entre ambos papas y entre los dos pontificados. Hay quienes los quieren ver en clave antitética incluso, enfrentados en forma dialéctica. Y, sin embargo, parece que la Providencia quiere subrayar, a través de estos hitos, más sus semejanzas que sus diferencias. Mostrando así, misteriosamente, su continuidad, en medio de los diferentes estilos. Una última coincidencia es que ambos papas fueron pontífices del jubileo. San Juan Pablo II del jubileo del año 2000, que felizmente pudo culminar; Francisco del jubileo del 2025, que dejó apenas incoado.  Esperemos que ambos, desde el Cielo, sigan intercediendo por la Iglesia, especialmente por la unidad de la misma.

Elegía para el papa Francisco

Elegía para el papa Francisco

25 de abril de 2025 A.D.

Lloren, romanas musas pastorales,
y con las galileas musas petrinas,
lloren porteñas musas argentinas,
vaticanas musas pontificales.

Pues Francisco murió, pastor cercano,
seguidor del Rabino y Carpintero.
Y dio su ministerio a cuerpo entero,
buscaba al descartado y al lejano.

En mayo, austral, jesuítica sorpresa,
blanco entre blancos mármoles te viste:
mostraste del servicio la grandeza.

Amor y sencillez le discerniste
a la Esposa: discipular pobreza.
Tu fértil obra, padre, canto triste.

El legado de Francisco

El legado de Francisco

Hace poco más de doce años participaba en un programa de televisión católica, en el canal peruano JN 19.  Nos habían invitado a dos sacerdotes para comentar el cónclave, con la pretensión de “adivinar” quién sería el próximo papa. Obviamente no teníamos ni idea, pero hicimos nuestro mejor esfuerzo. En ese momento preciso salió la “fumata blanca” y unos minutos después el nombre del elegido: Jorge Mario Bergoglio. Nos sorprendió a todos, no nos lo esperábamos, a pesar de ser presuntos “vaticanistas”. Se trataba del primer papa latinoamericano, primer papa jesuita de la historia y primer papa en elegir como nombre pontificio “Francisco.”

Y, ¡vaya que Francisco ha hecho historia! A lo largo de estos doce años su pontificado ha marcado hondamente a la Iglesia, dejando una profunda huella. Simplificó la figura del Papa, la acercó a la gente, poniendo el énfasis en que es “obispo de Roma”, quitándole ínfulas al cargo.

Su pontificado es susceptible de dos lecturas antagónicas: una que subraya la “hermenéutica de la ruptura”, en feliz expresión del papa Benedicto XVI, frente a la que ofrece una hermenéutica de la continuidad. Se puede tener, en consecuencia, una visión antitética y una versión complementaria de los últimos pontificados. La realidad, sin embargo, no suele ser tan simple, ni resulta correcto, ordinariamente, reducirla a esquemas dicotómicos.

Francisco desarrolló, por ejemplo, algunas de las líneas de fuerza del pontificado de san Juan Pablo II: la misericordia, la centralidad de la persona. Si el papa polaco instituyó la fiesta de la Misericordia divina, en cuyas vísperas falleció, Francisco nos ha enseñado, yendo él por delante, a vivir la misericordia en primera persona, con los necesitados y con los que sufren. Es el ejemplo de la misericordia hecha vida, y como nota programática de la misión de la Iglesia.

Francisco complementó al pontificado de Benedicto XVI. Si para el papa alemán lo importante era la ortodoxia (la doctrina recta, como deja ver su lema: “cooperadores veritatis”), para Francisco lo importante es la “ortopraxis”, la práctica correcta, la puesta por obra de la caridad y la misericordia. Y más que ver a los dos pontificados como antitéticos, se pueden contemplar como complementarios. Finalmente, desde una perspectiva de fe, es el Espíritu Santo el que va dando sus líneas maestras a la Iglesia sirviéndose de los papas como instrumentos.

De Francisco destacan su coherencia y su autenticidad. Su empeño por llevar a la práctica las directrices del Evangelio, con gestos a la par simbólicos y elocuentes: celebrar su cumpleaños con mendigos de la calle, darles acogida en el Vaticano, celebrar la Misa In coena Domini en las prisiones, lavándole los pies a prisioneras y prisioneros, etc. La pobreza y el tenor sobrio de su vida, así como su cultura del trabajo dejan muy alto el listón de la sede papal.

Francisco diversificó los intereses políticos y sociales de la Santa Sede. Si antes estaban centrados, casi exclusivamente, en la promoción de la paz y la defensa de la vida, especialmente en la lucha contra el aborto y la eutanasia; ahora, sin dejar aquellos rubros, la Iglesia ha subido un clamor incesante por los migrantes y refugiados, así como en la defensa de nuestra casa común, es decir del planeta. El magisterio de Francisco sobre la ecología es bastante rico y elocuente.

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Otro tema donde Francisco ha sido pionero, y que ha impactado profundamente en la forma de entender la Iglesia y hacer la Iglesia es la sinodalidad, como forma de dirigirla y encauzarla. También durante su pontificado, se ha observado un lento pero progresivo protagonismo de la mujer en el seno de la Santa Sede. Claramente Francisco tuvo la intención de colocar a mujeres en altos puestos del Vaticano, para beneficiarse de la impronta femenina en la organización y el gobierno de la Iglesia.

En fin, Francisco, desde el primer momento de su pontificado, luchó por conseguir y promover una Iglesia abierta, “en salida”, como le gustaba decir, donde caben todas y todos, y donde nadie se sienta incómodo o excluido, como, por ejemplo, las personas homosexuales o los divorciados vueltos a casar. Un buen amigo, nada practicante, al enterarse de su fallecimiento, me escribió: “Siempre lo recordaremos, sobre todo cuando mencionó: «En la Iglesia ninguno sobra. Ninguno está de más. Hay espacio para todos. Así como somos.»”

¿Cuáles serán los principales desafíos del próximo papa? El sucesor de Francisco se encuentra con una Iglesia marcadamente dividida. Muchos miembros de la Iglesia han leído la ortopraxis de Francisco en clave antagónica o dialéctica respecto a la ortodoxia de Benedicto XVI y san Juan Pablo II. Tres han sido los hitos que han provocado esta deriva antagónica: la ambigüedad del capítulo octavo de Amoris Laetitia, que abre la puerta de la comunión a divorciados vueltos a casar; el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe llamado Fiducia suplicans, donde se permite dar bendiciones a parejas homosexuales; y el hecho de que personas marcadamente heterodoxas participaran en los sínodos, especialmente en los sínodos sobre la sinodalidad.

En ese sentido se ha simplificado superficialmente la división en el seno de la Iglesia entre liberales o reformistas y conservadores; entre una Iglesia que se mimetiza con el mundo -mundana a fin de cuentas- y otra que desarrolla una función profética respecto del mundo, denunciado su corrupción y yendo contra corriente. El nuevo papa se enfrenta con una Iglesia dividida, y tiene el desafío de ser el vínculo de unidad en el seno de la misma, que es la misión específica de todo sumo pontífice Por nuestra parte, a los fieles católicos no nos queda sino rezar por el eterno descanso de Francisco y por el papa que va a recibir su legado, que no la tiene fácil.

Pregate per me: el pontífice de la fragilidad

Pregate per me: el pontífice de la fragilidad

La vida transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Doce años de un pontificado. Se escribe muy rápido y doce años han pasado muy rápido, pero en realidad es un periodo largo. Si bien el papado más longevo fue el de Pío IX con 31 años y 7 meses (1846 – 1878), seguido por el de Juan Pablo II con 26 años y 5 meses (1978 – 2005), los 12 años y 1 mes del Papa Francisco (2013 – 2025) no son pocos.

Hace doce años, llevaba poco más de un mes en Roma, cuando explotó la noticia de la renuncia voluntaria del Papa Benedicto XVI, un pontificado que duró 7 años y 10 meses. Fue un momento histórico, la segunda vez en la historia de la iglesia que un Papa renunciaba. Para algunos significó que el lado más conservador de la iglesia se retiraba, un Papa que podría parecer demasiado serio y severo, quizá por su carácter alemán; pero que a la vez dejó un gran legado intelectual. Sin temor a equivocarme, creo que es de los grandes pensadores de nuestra época.

Tras el carismático Juan Pablo II, la personalidad de Ratzinger no resultaba tan magnética y por eso se especulaba con ansias las cualidades del siguiente pontífice. Quizá el problema es que nos gusta comparar personalidades y queremos que estas se amolden a nuestras expectativas. En lo personal, Ratzinger, me parece todo un personaje, gran intelectual y con un gran amor a Dios y a la liturgia. Por eso no me extraña que el Aula Paolo VI estuviera a tope para la última audiencia aquel febrero del 2013.

Los cardenales se encerraron cum clave –cónclave– a reflexionar. Aunque no ha sido el cónclave más largo de la historia. Cuando el Papa Gregorio X fue elegido en 1271, los cardenales deliberaron por más de 2 años y como estaban muy divididos, el cardenal de Viterbo decidió encerrarlos con llave y racionar la comida. A partir de esta experiencia se reformó el proceso de cónclave. Así que en el 2013 los cardenales no se encerraron por años y meses, sino que tras un par de fumate nere, el 13 de marzo salió de la chimenea de la Capilla Sixtina la fumata bianca. Recuerdo que aquella tarde llovía un poco, fue un día nublado y fresco. Francamente esperaba el humo negro porque por el frío quería irme y comer una sopa caliente; un pelícano descansaba sobre la chimenea y revoloteaba, cuando de pronto se elevó el humo blanco. El frío desapareció y el atrio se conmocionó cuando un cardenal salió por el balcón y anunció: Habemus Papam.

Se rumoreaba que el nuevo Papa era latinoamericano, que hablaba español, pero no eran sólo rumores: Jorge Mario Bergoglio, argentino y jesuita, aunque como bien los italianos no dejaban de mencionar, un Papa latinoamericano, con raíces italianas. No sé cuánto tiempo habrá pasado, la incertidumbre hacía que los minutos parecieran horas. Al fin, Bergoglio, se asomó, investido como pontífice y tomó el nombre de Francisco, por san Francisco de Asís. El flamante Papa Francisco cerró su primer mensaje pidiendo oración, pregate per me.

Desde ese momento, Francisco, hizo cosas de forma diferente, desde la cuestión de la sedia vacante, los zapatos rojos, y el recordar a una iglesia europea que los sacerdotes deben tener olor a oveja. Algo que no resulta tan novedoso en la iglesia latinoamericana y africana, pero que, en ocasiones, parece que se ha olvidado en Europa, de ahí que insistiera constantemente en ello.

Todo pontificado, como ocurre en la vida, tiene aciertos y desaciertos, luces y sombras, pero aquellas cuentas le corresponden a Dios. El Papa Francisco fue cercano al pueblo y también vivió momentos con una gran carga histórica y simbólica, como cuando en el 2020 con la pandemia, dio la bendición Urbi et Orbi, ante una plaza vacía y silenciosa, pero con espectadores de todo el mundo. Solo y empapado por la lluvia, caminó con esfuerzo con el crucifijo de san Marcelo y el ícono de la virgen de la salud, tras la oración, recalcó “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca. Todos frágiles, pero llamados a remar juntos”. En una era en la que nos sentimos inmortales e invencibles, es bueno recordar que somos frágiles, que somos débiles, pero que juntos podemos hacer más que en soledad.

Hoy culminan doce años de un pontificado que nos llamó a estar abiertos a la vulnerabilidad, a salir a las calles y a servir. Así como al inicio de su pontificado, el Papa Francisco, pidió oración y con la esperanza en la resurrección, elevamos una última oración. Quizá podemos sentirnos un poco huérfanos, pero nunca desamparados. Cada pontificado ha sido diferente, no sólo por la personalidad y carisma de cada Papa, sino porque el Espíritu sopla según las necesidades de la iglesia de este tiempo. Acabamos de vivir la Pascua, la tumba está vacía, la silla está vacía, pero con confianza esperamos el siguiente humo blanco.

MDNMDN