El mar se fue de pronto. Un hombre está gritando. Dice que el agua volverá y al volver nos matará a todos. Está gritando. Quiere que corramos, que huyamos a las montañas. Algunos lo escuchan y corren. Los niños comienzan a llorar.
Yo solo me siento extrañado. No puedo mentir, también algo inquieto. Pero, ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Por qué grita? ¿Qué gana este hombre sembrando el pánico? ¡Estábamos tan tranquilos! Volteo y veo tranquilo al sabio del pueblo, un anciano venerable que siempre ha guiado nuestro pueblo. La paz es la máxima que vive y predica a todos los que lo seguimos. No tiene caso preocuparse de más en esta vida. Verlo me tranquiliza casi del todo, solo queda un pequeño nudo en el fondo de mi estómago.
Ya muchos han corrido, uniéndose a los gritos del hombre alarmista, huyendo como si hubieran visto un espectro. El sabio levanta entonces la voz:
“¡No teman, hijos míos! El mar siempre ha sido amable con nosotros, ¿Por qué habría de ser distinto ahora? ¿Quién es este hombre que grita y vocifera para que le presten oídos? No dejen que el mal espíritu entre en ustedes. Mantengan la calma. Nada puede turbar el interior de quien en verdad vive en paz.”
Sus palabras me tranquilizan. Ahora que oigo al sabio sé que todo estará bien. No sé cómo pude dejarme turbar por el teatro de este loco.
“¡Escuchen, por favor! Sé que no me conocen. Soy extranjero, extraño en medio de ustedes, pero les suplico que crean cuando digo que lo que viene nadie puede detenerlo. El mar que ahora se ha retirado volverá con fuerza despiadada sobre ustedes y sus familias. ¡Huyan ahora que pueden!”
“¿A qué viene todo esto, insensato? ¿Quién te dio autoridad para hablar así? ¿Acaso has visto alguna vez al mar volcándose sobre la tierra, como dices?”
“Nunca con mis ojos, pero he visto lo que viene después. Conocí un pueblo, haya en el sur, que sufrió algo parecido; pocos sobrevivieron. Cuando llegué tenía no más de dos días de sucedido. Con mis propios ojos vi las casas destruidas y la tierra transfigurada en caos y escombros. También crucé caminos con un hombre de Oriente, habitante de una isla, que tuvo que salir de su hogar porque todo fue arrasado por el mar.”
“¿Y qué tienen que ver tus cuentos con nosotros?”
“Las dos historias comenzaron como ahora, con el mar retirándose de pronto.”
“¡Bah, necio tú y necio quien te escuche! Quieres sembrar el terror entre nosotros con tus historias disparatadas. ¡Largo de aquí, forastero! ¡Corre, ve a tu montaña! En este pueblo somos hombres de paz. En paz vivimos y en paz seguiremos, aquí, en nuestra playa. El mar se fue, ¿y qué? ¡Ya volverá!”
“¡Oh, sí que volverá, pero no como imaginas!”
“¿Quién ha oído que el mar ataque la tierra? ¡Fuera, largo ya! ¡Vete de aquí con tus fábulas!”
“¡Allá tú y los que te escuchen, anciano idiota! ¡Me voy! Quien ame su vida y quiera conservarla, venga ahora conmigo. ¡Nadie diga que no quise advertirles!”
Corre entonces el forastero y corren detrás suyo unos pocos más, dominados por el miedo.
Nuevamente entra la duda a mi corazón. Este forastero… ¿dirá la verdad? No, imposible. El sabio no puede estar equivocado. Debo ser fuerte. Debo luchar por guardar la paz. Aquí me quedaré, al lado del maestro.
Pasa el tiempo y nada pasa. Todo está en paz.
Pasa un poco más de tiempo y se ve entonces algo en el horizonte, allá lejos. Una línea azul.
En la cima de un risco, lejos de los hombres, cerca de Dios, había un pueblucho. Su placita era la joya del pueblo, con su fuente, su farola y sus gorriones. Artesanos, zapateros y alguna viejecita sin dientes ni paciencia, una que otra casa en medio de las rocas, una iglesia y poco más.
Llegó un día Don Belisario, gran empresario. Llegó con todo y asistente, con corbata y zapatos relucientes. Llegó con grandes planes para aquel lugar. Sabía a qué venía y no iba a fallar. Preguntó rápidamente por quien allí diera las órdenes. Horas después, se presentó Hipómenes.
— ¿Es usted quien manda aquí?
— Sí, se podría decir.
— Quiero hacer negocio con este pueblo hermoso.
— De eso no sé decirle, pues mío no es.
— Vale, pero podrá mostrármelo.
— De acuerdo.
Fue pues Hipómenes delante, con Belisario detrás, mostrándole lo poco que podía mostrar. Llegaron al risco, con su vista hermosa, y Don Belisario, codicioso como era, quiso tomarla toda y, en su codicia, avanzó de más.
Mire usted, Don Belisario, que, si no quería caerse, no debió haberse parado tan cerca de la orilla.
Hay una escena en Fight Club, de David Fincher, en la que el Narrador, personaje principal de la película, participa en una sesión de meditación guiada, donde la instructora invita a todos los participantes a entrar en sí mismos, a su cueva interior. Ahí dentro, muy en el fondo de su propia persona, encuentra a su animal interior, su power animal, el cual resulta ser un pingüino que lo invita a “deslizarse”.
En el contexto de la película, sabemos que el Narrador está pasando por un momento difícil de su vida. No se trata de una crisis novelesca. Él mismo lo dice. No se está muriendo, no tiene cáncer, no sufre de ninguna condición psicológica particularmente angustiante o difícil de sobrellevar, simplemente está hastiado. Está cansado de su vida, de su trabajo rutinario y mediocre, de su soledad.
Escenas como la del pingüino me parecen absolutamente maravillosas. Parece que algo significativo está por suceder. Una sesión de meditación guiada debería llevar a una gran reflexión, a un descubrimiento profundo de sí mismo. Efectivamente, entra dentro de sí, entra en su cueva, en la parte más interna de su ser, para encontrar que ahí no hay nada más que un pingüino. ¿Qué tiene que ver con nada? Qué importa, es genial. Es una de esas escenas con sustancia, pero lo suficientemente ambiguas para dar espacio a la generación de una amplia gama de interpretaciones pedorras y pretenciosas de parte de todo tipo de “expertos” (véase el presente artículo).
Para mí, ofrece una burla magistral de la búsqueda de “experiencias” que tanto atrae hoy en día. Sobre todo cuando se trata de espiritualidad chatarra como el yoga, los retiros con drogas o los gurús y consejeros de vida como Oso Trava. Somos muchos los que vamos por la vida como el Narrador. Cansados, hastiados, buscando algo más. Muchos no saben ni siquiera qué es eso que están buscando. De ahí se deriva el éxito de toda esta pseudo espiritualidad (a veces disfrazada con nombres como “mindfulness”) que nos venden refinada y procesada para que sea fácil de digerir. Nada de lo anterior pretende implicar que este tipo de experiencias no ofrecen nada de valor. También un gansito tiene algo de valor nutricional, pero no creo que una buena dieta los incluya como base y mucho menos como único alimento.
Por otro lado, dio lugar en mí a una reflexión que me ha acompañado por años. Es verdad que todos tenemos un lugar interior. Una cueva donde sólo nosotros podemos entrar. Un espacio donde se esconden los deseos y los miedos más profundos de nuestro corazón. Quien hace el esfuerzo por entrar a esa cueva, se encuentra cara a cara con su esencia y logra conocerse mejor. Los monjes cistercienses tienen como uno de los pilares de su espiritualidad y modo de vida el encuentro con el propio ser. Este encuentro lleva a un conocimiento más profundo de uno mismo, que lleva a un conocimiento más profundo de Dios. Esa cueva termina siendo el lugar más maravilloso del mundo, porque en el fondo, en el centro, no hay un pingüino, hay un Dios.
Eso es lo que todos buscamos. Nuestra alma anhela la unidad con lo divino. La tendencia natural apunta a buscar en el exterior, en los demás, en la riqueza, en el éxito profesional, en publicar un libro, en terminar esa maestría. Buscamos esa divinidad que anhelamos y que sabemos nuestra de alguna forma.
La paradoja es que esa grandeza está encerrada dentro de nosotros. Cualquier persona que busque con sinceridad terminará por darse cuenta del valor de conocerse a uno mismo, y al conocerse, terminará por encontrarse con Dios. Si el Narrador siguiera entrando a esa cueva con regularidad, terminaría por encontrar el brillo radiante de lo divino en lugar de un pingüino.
Lo más maravilloso es que se trata de un ciclo infinito. Conociéndonos conocemos a Dios. Conociendo a Dios nos conocemos a nosotros. Cada vez que se repite el ciclo entramos más dentro de nosotros y más dentro de la divinidad. Esa es la verdadera meditación.
Por esto son tan geniales escenas como esta. Por un lado, puede ser una burla o algo totalmente trivial. Es posible que el guionista no tuviera ninguna intención más allá de generar una escena bizarra y quizá generar comentarios como el mío. Por otro lado, tiene una cierta profundidad enraizada en profundos anhelos humanos. Representa de forma corta y cómica el viaje de autoconocimiento que todos estamos llamados a emprender y que comienza por entrar a esa cueva interior con honestidad y apertura.
En resumen, recomiendo ampliamente ver Fight Club, sobre todo si disfrutas las sátiras cargadas de sarcasmo e ironía.
Rollo, Ragnar y Lagertha, los protagonistas de la serie original
Hace poco empecé a ver Vikingos: Vallhala. Estaba muy emocionado porque hace años vi la serie original de Vikingos, y para mí fue una experiencia increíble. Pude aprender un poco de historia y de lo que eran los vikingos a la vez que me entretenía como pocas veces antes (y después).
Siempre he sido curioso y me encantó cómo la serie original incitó mi gusto por los nuevos conocimientos, llevándome a investigar sobre sucesos aparentemente fantásticos como la toma de París por el ejército vikingo. Aunque no hay ninguna evidencia de que Ragnar Lodbrok entrara nunca en París, es un hecho histórico que, en algún momento del siglo IX, los vikingos asaltaron París con éxito, y luego tres veces más durante los años siguientes.
Ragnar tomando París en la temporada 3 de Vikingos
Vikingos es, por supuesto, un retrato novelado de lo que se sabe de aquella época, y por supuesto no todo es históricamente correcto. Pero la serie es, en todo momento, un gran esfuerzo por dar vida a algunas de las figuras y acontecimientos históricos más importantes de aquella época. Ciertamente con muchas licencias creativas, pero siempre moderadas (en mi opinión). Por encima de todo, está magníficamente escrita, interpretada y producida. Al menos las tres primeras temporadas en su totalidad fueron una absoluta delicia, y eso es mucho decir de cualquier serie.
Vikingos: Vallhala, por otro lado, no estuvo a la altura de mis expectativas en absoluto. Los dos primeros episodios fueron muy divertidos y me alegró ver que, una vez más, iba a aprender historia mientras me entretenía. La masacre del día de San Bricio (St. Brice’s Day Massacre) era algo de lo que nunca había oído hablar y fue genial conocer el hecho y leer sobre el tema luego de ver el primer capítulo.
Harald, Freydis y Leif, los decepcionantes protagonistas de la nueva serie
Más tarde, me enteré de que Leif Erikson nunca llegó a conocer a Harald Sigurdsson ni tuvo contacto alguno con los vikingos de Noruega y Dinamarca, lo que me pareció una licencia creativa bastante grande, casi grosera. Esta fue sólo la primera de muchas inexactitudes históricas que iban más allá de una simple libertad creativa y que me hicieron perder interés en la serie como fuente de nuevos conocimientos históricos.
Luego tienes escenas como la toma del Puente de Londres por el rey Canuto y su ejército, que no me podía creer lo sosa y aburrida que lograron hacerla (por no hablar de la tonelada de fallas históricas innecesarias que tienen lugar en solo unos minutos, como el hecho de que fue Olaf, no Canuto, quien tomó el puente).
En resumen, Vikingos fue genial, Vikingos: Vallhala, no tanto. Al principio pensé que si no tuviera la serie original como referencia, probablemente no sería tan duro contra la nueva (a decir verdad, es medianamente entretenida). Pero entonces me di cuenta de que esto no es más que un claro ejemplo de lo que viene ocurriendo con la televisión y el cine por muchos años ya.
No, no soy yo. Lo consideré. Pero luego regresé a ver algunas películas realmente buenas como Shawshank Redemption, La lista de Schindler, El Padrino y Gladiador (Gladiador II parece prometedora, pero prefiero no hacerme ilusiones). No soy yo. Antes había grandes películas, y no eran tan pocas. En cuanto a las series, baste el ejemplo de Vikingos.
Estamos en plena crisis creativa, y está pegando fuerte. Algo ha pasado y sigue pasando. No sé quién o qué tiene la culpa. Quizá Instagram y Twitter tengan la culpa, inculcando odio e idiotez en las mentes de la gente. Tal vez esto es lo que las masas demandan y nos hemos convertido en un rebaño de seres descerebrados que simplemente van a trabajar y consumen lo que se les dice. Tal vez la industria sea rehén de un grupo de personas que antepone el dinero a crear algo de valor.
Quizá sea mi culpa, y tuya, y de todos. Quizá deberíamos empezar a exigir calidad en lugar de cantidad. Realmente no sé la respuesta, pero espero vivir lo suficiente para ver un renacimiento del cine, donde las buenas películas y series no sean tan raras como ahora.
Toda mi vida he sido un cristiano católico más o menos convencido, a veces más, a veces menos. Yo lo considero un regalo y estoy agradecido por ello. Muchos podrían decir de mí que soy un pobre iluso que no ha entendido que esos son mitos del pasado y que hoy en día lo razonable es creer únicamente en la ciencia, o al menos en un dios impersonal, al que en realidad no podemos conocer, pues cabe cómodamente en una concepción práctica de las cosas.
Yo por mi parte no me voy a poner a defender el catolicismo como la única vía razonable de entender el mundo. Para empezar, estoy convencido de que la fe es, como ya dije, un regalo, algo que se te da, no que se obtenga por medio de grandes esfuerzos. Además, de ninguna forma me atrevo a decir que entiendo a fondo muchos de los misterios de la que vivo como mi fe. Basta voltear a ver la Cruz para quedar profundamente desconcertados. Tuve y posiblemente volveré a tener épocas de duda por este y otros motivos. Es sano plantearse constantemente si estamos o no en lo correcto, creas lo que creas. Y en este “creas” incluyo a la ciencia como explicación última de la realidad. Decir que todo se limita a lo material y lo explicable mediante el método científico es también una creencia, no una verdad absoluta.
No, no estoy negando a la ciencia. Sería muy poco razonable comparar una creencia religiosa con una creencia científica, pues una es comprobable en el mundo físico y la otra no. Sin embargo, el que la ciencia nos explique el cómo de las cosas no quiere decir que explique el por qué. Pensar que la física, la química y la genética han desmentido irrefutablemente la existencia de Dios es tan risible como pensar que los huesos de los dinosaurios fueron plantados por Satanás para confundirnos, como defienden algunos creacionistas radicales.
El único género de religión que quedaría desmentido con los descubrimientos científicos es el de las religiones naturalistas, donde se adora a los fenómenos físicos como dioses, y aún no puede negarlas del todo, pues saber que la lluvia cae como resultado del proceso de condensación, el cuál puede observarse y explicarse paso a paso, no implica necesariamente que no hay un ser superior responsable de la caída de la lluvia. Perfectamente podría ser que Tlaloc, Indra, Thor o cual fuera su nombre, siga siempre el mismo proceso para hacer llover y no porque lo hiciera ordenada y metódicamente en lugar de agitando una varita mágica dejaría de ser cierto, si lo fuera.
Es un error igual de grande negar la ciencia que negar la fe. Quizá los es un poco más la negación de la fe, pues aún para saber ciencia necesitamos creer en lo que otros han descubierto. No todos nos vamos a poner a probar la existencia de la gravedad o que la tierra es redonda o que el sol es una masa gigante de hidrógeno y helio ardiente. La mayoría lo creemos porque es razonable y porque así nos lo han dicho otros.
Ciencia y fe deben complementarse. Antes que nada, porque se ocupan de contestar preguntas distintas. Una el cómo, otra el por qué. Luego es importante reconocer y aceptar que ninguna de las dos terminará nunca de desplegarse en su totalidad. Cada vez que se responde una pregunta, surgen tres o veinte más, como una hidra mítica. La realidad nos sobrepasa, es un hecho. Quien intente abarcarlo todo terminará siempre decepcionado. Las personas verdaderamente sabias son también muy humildes, pues se ven claramente a sí mismas como seres pequeños frente a la verdad de las cosas. Quien cree que ya entendió todo es víctima de su soberbia y vive una vida limitada por su propia voluntad, en una jaula invisible de su propia hechura.
Para mí, la conclusión de mis épocas de duda ha sido que nuestras creencias están determinadas más por nuestras experiencias personales que por nuestras grandes capacidades de razonamiento y análisis crítico. Yo soy católico primeramente porque nací en una familia católica y así me criaron. Con los años he interiorizado mis creencias a través de experiencias que me han marcado fuertemente. El proceso de razonar y poner a prueba siempre es posterior a la experiencia. No por esto es menos importante cuestionarse las cosas. Es indispensable. Nadie puede profundizar en ningún tipo de conocimiento sin preguntar. En mi caso, la duda me ha llevado a conocer mucho más mi fe, otras religiones, otros puntos de vista, incluyendo argumentos agnósticos y ateos, terminando siempre, hasta ahora, en un convencimiento más profundo de mi fe. Sin embargo, soy consciente de que no lo veo todo y no lo sé todo. Puede ser que nada de lo que creo sea cierto. Me parece poco probable, pero puede ser.
Esto no quiere decir entonces que todas las creencias son válidas y que da igual si crees en Cristo, Buda, Ahura Mazda o en nada. No todos podemos tener la razón. Si Buda predicó la verdad entonces Cristo fue un mentiroso porque se dijo Dios, Ahura Mazda no existe porque todo es parte de una unidad inmanente, y los ateos materialistas son los más desconectados de todos, pues niegan la espiritualidad. Si alguna creencia tiene la razón, quiere decir que todas las demás no la tienen. Si bien no es tan simple, pues la vida no es en blanco y negro y muchas creencias tienen rasgos de verdad, tampoco es tan complicado. Cuando dos afirmaciones contradictorias se contraponen, o una o ninguna tiene la razón, nunca las dos.
Un ciego le toca la trompa al elefante y cree que es una serpiente. Otro encuentra la pierna y cree que se trata de un árbol. Otro más toca el lomo y asegura que es una pared. Uno un poco más despierto le da la vuelta al elefante y siente las piernas, la cola, el lomo y la trompa. ¿Alguien diría que ese último no tiene un entendimiento más completo del elefante? Quien busque la verdad puede encontrarla, aunque sea de forma siempre incompleta. Aplíquese tanto para la ciencia como para la fe.
En el campo de la ciencia, es verdad que es un poco más sencillo. Se puede verificar que la tierra es redonda y no plana con un experimento simple y fácil de ejecutar. Entender cómo es que el sol está compuesto principalmente de hidrógeno y helio está al alcance de todos. La fe es un terreno complicado, pues buscamos alcanzar verdades que no son evidentes a nuestros sentidos físicos. Sin embargo, sí es posible poner a prueba los argumentos del catolicismo, del budismo, del zoroastrismo, del ateísmo materialista y de todas las demás creencias, sistematizadas o no.
Yo soy de la idea, dado lo que he vivido y estudiado con el paso de los años, de que la religión católica es la única verdadera y el mejor camino para la plena realización de las personas. Le he intentado dar vueltas al elefante, sin quedarme solo en la trompa o en la cola, y me parece que esa es la verdad. Eso no quiere decir que ya acabé ni que estoy absolutamente seguro de tener la razón. Quizá nunca salí de la trompa. Seguiré buscando, escuchando y estudiando y espero nunca dejar de hacerlo.
Vivamos despiertos y con los ojos bien abiertos, siempre escuchando, siempre reflexionando, siempre con un sano escepticismo de todo, incluidas nuestras propias ideas, aunque sea cansado y desconcertante. Solo así conoceremos un poco más. Solo así podremos acercarnos a entender qué es un elefante.